Gente!!! Hola a todos! Perdón por el retraso, se que ya no me quedan mas excusas y las que se me ocurren son muy poco originales, asique directamente emito esa parte y los dejos con el anteúltmo capítulo, si señores y señoras, el siguiente capítulo es el final, posiblemente haya un epilogo, pero un futuro muy muy lejano ya que estoy super enganchada con una nueva historia InuKag que voy a subir muy pronto... Lo último y no los molesto más: muchisisisisisiismas gracias a todos por sus reviews! no puedo creer que tenga ya mas de 100, la verdad que me alegra mucho saber que hay tanta gente que dee verdad le gusta lo que escribo, es una inspiración muy grande. Los quiero, disfruten, besos.
Capítulo 13: Reencuentro
-¿Hay algo que yo deba saber?- preguntó Kagome cruzándose de brazos mientras se acercaba a las dos estáticas muchachas.
-Bueno- comenzó Sango evitando la dura mirada de la menor –Esta tarde papá quería hablarnos de algo muy importante, y como no estabas se supone que nosotras debemos decírtelo- termino jugando con sus manos nerviosamente.
-¿Decirme qué?- inquirió deteniéndose frente a ambas a la espera de la tan importante noticia,
-Los Taisho vienen en dos días- dijo Kagura sin inmutarse, sabía que lo mejor era cortar por lo sano y no darle muchas vueltas al asunto; Kagome iba a enterarse igualmente.
La menor de las Higurashi se dejó caer sobre el sofá con los ojos bien abiertos, incapaz de asimilar lo que acaban de decirle, él no podía…
-¿Es una broma cierto?- murmuró en un hilo de voz intentando mantener unidos los pedazos de su resquebrajado corazón.
Sango la miró apenada, triste al notar el daño que le causaban a su hermanita.
-Lo lamento muchísimo Kag, nosotras quisimos impedirlo pero ya sabes cómo es nuestro padre, es medio terco y escucha lo que quiere oír- habló en un intento de calmar el creciente dolor en la joven.
Repentinamente, el ceño de Kagome se frunció con enojo y se puso de pie de un salto, con los puños bien apretados.
-Yo lo haré escuchar- masculló rechinando los dientes mientras daba media vuelta en dirección a la oficina del señor Higurashi.
-¡Espera Kag!- chilló Sango horrorizada corriendo hacia ella, Kagura la siguió desde atrás consciente de que no podrían detenerla.
-¡Cómo eres capaz de hacerme esto!- gritó la menor irrumpiendo en la habitación dónde Kaoru revisaba unos papeles, miró a su hija por encima de sus gafas de lectura a la espera de que la muchacha continuara argumentando.
-Sango- Kagura detuvo a su hermana por el brazo y negó con la cabeza –Déjala desahogarse, lo necesita-
-Pero…-
-Papá se lo merece- agregó sin darle tiempo a reprochar, afianzó el agarre y la arrastró nuevamente hacia la sala, ellas no tenían nada que ver en aquella pelea.
-¡¡Cómo eres capaz de estar tan tranquilo cuando estas a punto de arruinarme la existencia!!- bramó la morocha afectada por el calmo silencio de su progenitor.
-No exageres- contestó el mayor contemplando distraído sus manos –No es tan malo-
-¡¿Qué no es tan malo?! ¡¿De verdad lo dices?!- preguntó con la voz un poco más aguda por tanto griterío– ¡¿Tanto me odias cómo para hacer esto?!- inquirió cruzándose de brazos sintiéndose muy vulnerable, el nudo en su garganta amenazaba con largas horas de llanto, pero ella no se quebraría frente a su padre.
-Lo que dices es una estupidez- dijo el señor Higurashi comenzando a molestarse –Entiendes todo al revés, porque te amo estoy haciendo esto por ti, por tu bien-
-¡¿Mi bien?! ¡Lo único que lograras será empeorarlo todo, hacerme sufrir más de lo que ya lo hago!- Kagome se llevó disimuladamente una mano a la cara para limpiarse una traicionera lágrima sin que su padre lo notara.
-Kagome cálmate- dijo el hombre sin inmutarse, sus pobladas cejas se fruncieron unos segundos al ver el mortificado rostro de su hija y como todo su cuerpo temblaba de rabia y tristeza –Debes darle una oportunidad niña- agregó refiriéndose a cierto ambarino.
La joven se quedó muda por un instante, mirando a la nada con ojos ausentes, pequeñas gotitas comenzaron a resbalarse por sus mejillas, no podía contener el llanto por mucho más.
-No es así de simple padre- habló en un bajo hilillo de voz, luchando con la opresión constante en su pecho –Lo que ha hecho no se perdona de la noche a la mañana-
-Estoy seguro de que si hablan, las cosas se arreglaran, tú lo amas- dijo con confianza intentando borrar esa martirizada expresión del rostro de Kagome.
-Sí, puede que yo lo ame- susurró acercándose hacia la salida, ya sin ganas de gritar ni seguir luchando por algo que sabía no conseguiría –Pero el sentimiento no es mutuo-.
-¿Tienes todo listo?- preguntó Miroku adentrándose en la habitación de su hermano.
-Ya casi- contestó Inuyasha sentado sobre su cama.
Sobre ésta también descansaba una valija a medio hacer, con claros síntomas de haber sido llenada sin muchas energías.
El menor miró desaprobatoriamente aquel hecho y se acercó a la maleta para acomodar las ropas de una mejor manera.
-No te gastes- recomendó al peliplateado –Terminarán arrugadas de todos modos-
Miroku bufó haciendo caso omiso a lo que el ojidorado le decía, sacó prenda por prenda para doblarla prolijamente y volverla a colocar dentro del bolso.
-Sé que no te entusiasma la idea de ir a Kioto hermano, pero al menos puedes tener un poco de esperanza de que las cosas se arreglen- comentó sin mirar al tieso muchacho a su lado.
Inuyasha suspiró pensativo, cerró las manos con fuerza sintiéndose un cobarde, dentro de ellas se encontraba la foto de Kagome, aquella que él había robado del álbum de fotos.
Aquella imagen que no podía evitar mirar.
-Sé que debería estar esperanzado, y juro que lo intento, pero conozco a Kagome, ella no me perdonará tan fácil-
-Nada pierdes con intentarlo- reprochó el joven repasando con la mirada su terminada labor, satisfecho con el resultado.
-Oigan par de tontos, tenemos que irnos- mascullo Sesshomaru desde el umbral de la puerta.
-Enseguida bajamos- contestó el menor luego de echarle una última ojeada a Inuyasha –Te esperaré abajo-.
-Ya voy- contestó el mayor levantándose con pereza, guardó la gastada foto dentro de la maleta y con un hondo suspiro la arrastró escaleras abajo.
-¿Kagome? ¿Puedo pasar?- preguntó su madre al otro lado de la puerta.
La muchacha lo pensó unos segundos, la verdad no tenía ganas de hablar con nadie, prefería quedarse sola todo el día recostada en su cama a la esperara de que el ser indeseado llegara.
-Pasa- susurró sobre la almohada.
Los tranquilos pasos de su madre se acercaron a ella, el colchón se hundió allí donde la señora Higurashi se sentó, contemplando el abatido cuerpo de su hija menor, que ocultaba el rostro bañado en lágrimas tras su espeso pelo oscuro.
-Kagome, no puedes estar todo el día aquí encerrada, debes arreglarte para cuando los Taisho lleguen- dijo con voz suave y tranquilizadora acariciando la espalda de la muchacha.
Esta suspiró, sabía que debía prepararse, al menos darse un baño y ponerse algo de ropa decente, pero no podía soportar el saber que pronto vería a Inuyasha nuevamente, tenía tan pocas ganas de hacerlo.
-Todavía es temprano madre, puedo arreglarme más tarde- murmuró bajito deseando que la dejara sola.
-Hija, los Taisho llegarán en menos de dos horas- comentó su progenitora.
Kagome abrió los ojos sorprendida, ¿dos horas?, ¿por qué el tiempo se había pasado tan rápido?
-En ese caso, creo que debería alistarme- aceptó abatida, se sentó sobre el borde de la cama levantando la mirada para contemplar a su madre, ella la observaba con ternura y paciencia, entendiendo el sufrimiento que debía estar pasando.
-Ve a darte un baño de agua tibia, te hará bien- aconsejó la mujer poniéndose de pie, observó una vez más el enrojecido rostro de la niña antes de dejarle un poco de privacidad.
La desganada joven contuvo la respiración por unos segundos, pensaba indecisa si lo mejor era levantarse con su poca fuerza de voluntad y alistarse o tomar la segunda opción y quedarse echada en la cama todo el día.
A pesar de que la última alternativa sonaba tentadora, su lado racional le advertía que debía hacerle caso a su madre, con un gruñido de insatisfacción se puso de pie encaminándose hacia el armario.
Sacó de él unos jeans desgastados y una blusa escotada color azul, si bien no eran sus mejores ropas nadie podía decir que estaba impresentable.
Llevó lo que se pondría al interior del cuarto de baño y lo dejó en un rincón sobre una pequeña mesita, luego se despojó de su andrajoso vestido de entrecasa y abrió la llave de la ducha esperando a que el agua se calentara.
Una vez dentro del pequeño cubículo dejó que el cálido líquido se escurriera entre su agarrotado cuerpo, destensando suavemente cada músculo, relajándola y alejándola de todo lo que estaba sucediendo…
-Inuyasha, ya llegamos- Miroku meció levemente el hombro de su hermano, el cual dormía profundamente recostado contra la puerta del coche.
El ceño del ambarino se frunció molesto de que lo despertaran de aquel hermoso sueño, había sentido a Kagome tan real entre sus brazos que casi podía confundir la realidad de la fantasía. Si Kagome no le huyera como lo hacía.
Se obligó a no pensar en eso para luego echar un vistazo a su alrededor, el automóvil estaba estacionado frente a una casa enorme de dos pisos construida en medio de un decorado jardín, lleno de flores y plantas de todo tipo.
-¿Qué esperas para bajar?- preguntó Sesshomaru un poco molesto mirándolo desde el exterior.
El ambarino gruñó de mal humor mientras se estiraba para poder salir hacia afuera, unas cuantas nubes se veían a lo lejos pero el imponente sol brillaba ajeno a ese hecho, calentando con sus rayos aquella tensa tarde.
El señor Taisho avanzó hacia la puerta de la casa y tocó suavemente un par de veces, a la espera de ser atendido, a su lado, su mujer miraba a los tres muchachos que caminaban nerviosos con los rostros serios.
-Taisho, que alegría verte- saludó el señor Higurashi estrechando la mano de su viejo amigo, Izayoi saludó a Kaoru para luego adentrarse en la casa en busca de la esposa de éste.
-Igualmente amigo- respondió el ambarino mayor.
Kaoru miró por sobre el hombro de Inu-no, tres ansiosas miradas lo observaban desde la vereda, sin saber cómo actuar.
-Pasen muchachos, creo que es momento de resolver todo este asunto- opinó señalando el interior del hogar.
Inuyasha cruzó un par de miradas con sus hermanos antes de caminar hacia dónde el señor Higurashi les indicaba.
-Miroku, Sango está en el jardín, creo que sentada bajo un árbol descansando- explicó Kaoru sentándose junto al señor Taisho sobre uno de los sofás de la sala.
-Gracias- dijo este encaminándose hacia donde el señor Higurashi le había indicado.
-Sesshomaru- comenzó el hombre mirando al alto ambarino que esperaba expectante –Kagura está en el estudio, probablemente leyendo- informó señalando un largo pasillo –última puerta a la izquierda.
El aludido asintió con la cabeza y luego se perdió por el corredor.
Finalmente, Kaoru miró a Inuyasha, el cual sudaba frío y sentía un nudo de nervios en el estómago.
-Kagome está en su habitación. Inuyasha, te agradecería que seas paciente con ella, ha llorado toda la mañana y de seguro no está de su mejor humor- pidió el Higurashi mirándolo severamente.
-Lo haré señor- accedió el peliplateado.
-Su cuarto es el segundo de la izquierda- agregó apuntando a las escaleras, Inuyasha avanzó dispuesto a irse pero su padre lo detuvo.
-Espera hijo, tu madre y yo iremos con los señores Higurashi a caminar por la ciudad, por favor no destruyan la casa en nuestra ausencia- pidió el patriarca de los Taisho mirando a su hijo fijamente.
-Está bien padre, no lo haremos- aceptó el muchacho ansioso por desparecer escaleras arriba…
Kagome cerró la llave de la ducha con un gran suspiro, pequeñas gotas se escurrían de su cabello y caían por su cuerpo hasta el suelo, la muchacha apoyó la frente sobre la fría pared buscando alguna salida a todos aquellos arremolinados sentimientos en su interior.
¿Qué haría cuando Inuyasha llegara? ¿Sería capaz de perdonarlo, o lo suficientemente fuerte como para rechazarlo? Honestamente, no lo sabía. Pero una parte de ella gritaba con tristeza que extrañaba sentir el calor de su cuerpo junto al suyo, el suave roce de sus labios, sus fuertes manos sosteniéndola posesivamente cómo si ella fuera lo más importante para él.
Sin querer, la imagen de aquella mujer abrazándolo del cuello se coló en sus recuerdos quitándole la respiración, ¿en qué estaba pensando? ¿Por qué no podía simplemente dejar de engañarse a sí misma? Inuyasha no la quería a ella, lo que había sucedido era sólo una fantasía.
Se mordió el labio con fuerza, intentando contener el llanto, y salió de la ducha secándose lentamente con una toalla. Se tomó su tiempo para no dejar ni una gota de agua en su cuerpo y luego se vistió sin prisa, intentando retrasar el momento de verlo.
Se colocó la ropa interior y la blusa, pero a la hora de ponerse los pantalones advirtió que los había dejado en su habitación, de seguro había estado muy distraída y no lo había notado. Con un largo gruñido se peinó el cabello lo mejor que pudo y salió hacia su cuarto con sus largas piernas desnudas.
La imagen frente a ella la dejó pasmada…
-Inuyasha- susurró incrédula, estática en su lugar, al verlo parado a unos metros observando con atención las fotos arriba de la biblioteca.
El ambarino se sobresaltó al escuchar la voz de la muchacha y rápidamente giró para encontrársela a medio vestir contemplándolo con los ojos bien abiertos.
-Kagome- dijo con la voz ronca por los nervios extendiendo una mano en su dirección, como si en ese simple acto pudiera alcanzarla.
La muchacha luchaba por respirar, siendo incapaz de quitarle los ojos de encima al alto hombre que esperaba alguna reacción de su parte, ¿debía correr y abrazarlo? ¿O salir disparada en otra dirección?
Los intensos ojos ámbares de Inuyasha la estudiaban como si pudieran ver más allá de ella, como si supieran el caos que había en su cabeza.
Las manos de Kagome comenzaron a temblar, recordando que estaba medio desnuda frente al sujeto que había decidido olvidar, ¡no podía ser peor!, abochornada y enojada con sí misma por haber dudado de lo que debía hacer dio la vuelta sin inmutarse y comenzó a alejarse directamente al cuarto de baño, allí se quedaría hasta que él decidiera irse.
Inuyasha la vio alejarse y un feo sentimiento nació en su pecho, él no quería dejarla ir, no podía dejarla ir. Corrió hacia ella y la sostuvo por un brazo, atrayéndola a su cuerpo en un abrazo posesivo, necesitaba tanto tenerla así, aferrada al calor de su pecho respirando el suave aroma de sus cabellos.
Kagome abrió los ojos sorprendida, asustada por lo bien que se sentía estar así junto a él, y lo mucho que extrañaba su cercanía, el corazón le latía desbocado, como si saltara de alegría de saber que él estaba allí, con ella.
-Inuyasha- murmuró en un suspiró ahogado, mientras los ojos se le llenaban de lágrimas.
-Perdón Kagome, lo siento muchísimo- las palabras de Inuyasha la golpearon en su interior, y sintió como algo que antes estaba roto comenzaba a repararse, ella no era capaz de rechazar sus disculpas, lo amaba demasiado.
La muchacha pasó sus brazos por el cuello del ambarino, apretándolo contra sí. Despegó sus labios en un intento de hablar, de decirle que todo estaba bien, que ella no podía seguir enojada con él, pero Inuyasha atrapó su boca entre la suya, en un ansiado y desesperado beso.
El Taisho gruñó gravemente al sentir el hipnótico sabor de Kagome en su boca, y sus pequeñas manos tirando levemente de su cabello. Esta combinación de placeres nubló su mente, dándole paso a la fiera de su interior, que esperaba ansioso por salir.
Sin pensarlo dos veces, Inuyasha paseó sus manos por la cintura de la joven, levantando unos centímetros la blusa que llevaba puesta, mientras que sus piernas se enredaban con las desnudas de ella.
-Inuyasha- susurró Kagome casi en un gemido arañando suavemente la ancha espalda del muchacho, una parte de ella era consciente de que debían detenerse, no podía hacerlo con él en ese momento, pero una pequeña voz en su interior la alentaba a continuar.
Inuyasha la guió hacia la cama y la recostó sobre ella, luego se colocó encima con cuidado de no aplastarla, besándola con desesperación intentando refrenar aquel loco deseo.
La joven Higurashi entrelazó sus piernas en la cadera de él, evitando que pudiera escaparse de ella, paseó sus manos por aquel bien formado pecho, deleitándose con la dureza de sus músculos y como éstos se contraían ahí donde ella tocaba.
-Te amo- susurró el ambarino contra el oído de la muchacha, depositando pequeños besos sobre el lóbulo de éste –Te amo tanto, tanto, tanto- agregó abrazándola con fuerza.
El corazón de Kagome se hinchó de puro gozo al escuchar aquellas palabras, nunca en su vida había escuchado nada tan sincero, sabía que Inuyasha era honesto, había tanta verdad en aquella frase.
-Y yo a ti Inu- contestó ella sosteniéndolo del rostro para unir sus labios en una desenfrenada unión.
Inuyasha gruñó contra la boca de ella mientras tiraba desesperado el final de la pequeña blusa, en un intento de destapar aquel hermoso cuerpo que tanto quería ver. Repentinamente, las ropas habían comenzado a estar de más.
Las manos de Miroku temblaban convulsivamente mientras que todo su cuerpo sudaba frío, a medida que se acercaba al árbol más alejado del jardín, en el cuál se entreveía una hermosa silueta recostada sobre el tronco.
Sango dormitaba tranquila, extasiada con la calma de aquella tarde, y feliz de que nadie la molestara, sus pacíficos pensamientos fueron rotando hasta recaer por accidente en cierto muchacho.
-Te extraño Miroku- susurró al viento mientras su rostro se contraía por la tristeza.
El Taisho frenó su andar con sorpresa, en un principio pensó que ella lo había visto, pero el sollozo que siguió a esas palabras fue prueba suficiente de lo contrario, ella pensaba en él, lo añoraba, igual que él a ella.
-Sango- dijo lo suficientemente fuerte para que ella lo oyera.
La muchacha se sobresaltó asustada, creyendo que su imaginación le estaba jugando una mala pasada, se dio la vuelta con lentitud a la espera de encontrar sólo el desértico jardín, pero la figura de un alto morocho irrumpió en su visión, él estaba ahí.
-Oh por Dios- murmuró conteniendo la respiración –Eres tú- se puso de pie rápidamente, asustada de cerrar los ojos y que él desapareciera como una ilusión.
-Soy yo- susurró Miroku en voz baja abriendo sus brazos algo temeroso de que ella lo rechazara, ansiaba tanto abrazarla, sostenerla con fuerza y no dejarla ir por horas.
La Higurashi no lo pensó dos veces, corrió hacia el Taisho y saltó entre sus brazos, aferrándose a su pecho. Sin poder evitarlo comenzó a llorar, pero esta vez las lágrimas tenían un significado distinto, lloraba de alegría.
-Perdón por haber sido tan tonta, por enojarme por una estupidez, por no saber valorarte, perdón por todo Miroku- Sango sollozaba contra la camisa del muchacho, hablando en susurros.
-No digas tonterías, tú no tienes la culpa de nada, fui yo el que arruinó todo- negó Miroku afligido por las disculpas de la morocha.
-¿Me prometes qué nunca jamás volveremos a pelearnos por algo tan estúpido?- pidió ella levantando la empañada mirada hacia aquellos hermosos ojos que la contemplaban tiernamente.
El Taisho sonrió y depositó un corto beso sobre los labios entreabiertos de Sango, apretándola más contra su pecho.
-Te lo prometo, nunca jamás- afirmó descansando la cabeza sobre el hombro de la joven.
-Te amo tanto Miroku-
-Y yo a ti, Sango-
Un ruido sordo en la puerta sacó a Kagura de su atrapante lectura, gruñó un "pase" enojada de que la interrumpieran cuando estaba tan tranquila, pero a la vez se preguntaba curiosa de quién vendría a molestarla.
La entrada se abrió lentamente, dejando ver la imponente figura de un muchacho de cabellos plateados y penetrantes ojos ámbares, Sesshomaru…
-No te esperaba tan temprano- murmuró la muchacha fingiendo indiferencia e intentando concentrarse nuevamente en la lectura, sin mucho éxito.
-Salimos antes de lo planeado- comentó el Taisho inexpresivamente mientras se paseaba por el estudio con tranquilidad.
-¿Necesitas algo?- preguntó Kagura algo irritada por su calmado silencio.
-Sí, hablar contigo- contestó él deteniendo su andar frente a la ventana, observando distraído el exterior.
-Soy toda oídos- dijo ella secamente sin desviar su mirada del libro.
Sesshomaru se quedó callado por unos largos segundos, pensando si estaba haciendo lo correcto, o debía dar media vuelta y olvidar que había venido a arreglar la horrible situación con la mujer que amaba.
-Es algo muy importante- aclaró incómodo de hablar sin que ella le prestara la más mínima atención.
Kagura asintió, apretando con fuerza los costados del libro, inquieta por lo que vendría.
-¿Podrías al menos, mirarme a los ojos?- pidió el muchacho con el corazón desbocado.
La muchacha suspiró, dejó su lectura sobre el escritorio y se puso de pie, cara a cara con el hombre que había decidido borrar de su memoria.
El Taisho apretó los puños con nerviosismo, cuando había pensando en esto, sólo en su cuarto, le había parecido una buena idea, pero en el momento de enfrentar la realidad y a Kagura, no parecía tan sencillo.
-He venido para hablar contigo, para arreglar este asunto- explicó acercándose inconscientemente a ella.
-¿Qué asunto?- preguntó la mujer con una ceja alzada -Que yo sepa entre nosotros no hay nada que arreglar- agregó cruzándose de brazos, sabía que a la larga terminaría perdonándola y haciendo las paces, pero no le venía mal hacerlo sufrir un poco.
Sesshomaru entrecerró los ojos, molesto con su indiferencia, intentando buscar las palabras correctas dentro de su pequeño vocabulario, ya que no era muy propenso al diálogo.
-Puede que tú no lo veas de las misma manera que yo, pero entre nosotros nada terminó bien, y estoy arrepentido por eso, no debí comportarme de la manera que lo hice-
-Continúa- pidió Kagura con las expresiones más suavizadas, era la primera vez que escuchaba al Taisho hablar tan largamente, y con tanto sentimiento.
-Sé que probablemente no me perdones, te entiendo si estás enojada, pero no podía no hacer nada y dejar que las cosas terminaran de esta forma, tan horrible y sin duda poco cortés…-
La Higurashi no soportó un segundo más, sin dejarlo terminar se abalanzó sobre él besando sus labios con fiereza, dispuesta a recuperar todo el tiempo perdido…
