Disclaimer and notice eternals.

Capítulo dedicado a Adriss, por fin tienes lo que deseabas. Besos, amiga. :)

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13

Realidad vs ilusión

Sarada tomó su mochila sin siquiera mirarla y bajó corriendo las escaleras. No soportaba el cinismo de sus padres al creer que discutiendo en su recámara, Sarada dejaría de escucharlos. Era la segunda vez que ella salía de casa sin avisar, despedirse o pedir permiso. Sabía que aún faltaban veinte minutos para su salida, pero prefería esperar a sus compañeros en la salida de Konoha antes de seguir oyendo los gritos de sus padres.

Sin embargo, para evitar que sus padres la persiguieran y le mintieran de nuevo, prometiéndole que las discusiones cesarían, cerró la puerta con cuidado y procuró no hacer mucho ruido. Únicamente dejó una nota sobre la mesa donde les decía que regresaría en unos cuantos días. Ellos adivinarían la razón por la que no había querido despedirse.

Corrió sin detenerse hasta llegar a la salida de Konoha. Miró su reloj y resopló: aún faltaban quince minutos para la cita. Sería mejor sentarse a esperarlos.

Intentó no recordar las palabras de sus padres, pero éstas golpearon su mente sin lástima. Sarada ya había percibido que a cada pelea, las frases que soltaban eran más lastimeras, más terribles. Su intención de dañar era cada vez más grande y Sarada recibía cada gesto como si se tratara de una bofetada a su corazón.

— ¡Y no creo que ése sea el tono adecuado! — había exclamado Sakura.

— ¿Y cómo quieres que te hable si no comprendes mi punto? ¡Jamás lo has entendido! Desde que tenías doce años creías que a un hombre se le conquistaba a base de patéticos coqueteos en lugar de entrenar, ¡y lo sabes!

— ¡Soy una sanin, Sasuke, ya no soy la niñita que miró sus espaldas y lo sabes! Además, si hablamos de errores a los doce años, creo que sería muy bueno mencionar que te fuiste con un pedófilo cuyo único deseo era poseer tu cuerpo en el sentido más literal de la palabra. ¡Vaya inteligencia!

— Y tú bien sabes por qué hice eso. — espetó Sasuke arrastrando las palabras con dolor. — Lo hice por venganza, no por un estúpido amor infantil.

— ¿"Estúpido amor infantil"? — repitió Sakura. — Discúlpame por enamorarme de un idiota narcisista. — replicó con ironía. — Sólo tenía doce años, no sabía lo que hacía. Pero, ¡adivina!, fue ese amor infantil el que te salvó de la soledad, de la oscuridad eterna, ¿o no dijiste eso en la noche de bodas?

— Eres la única mujer que habría soportado todo lo que te hice, por eso me casé contigo. — farfulló entre dientes. Ése había sido el momento en el que Sarada había decidido marcharse.

Irremediablemente, las lágrimas acudieron a sus ojos. Había escuchado las terribles historias que se contaban de sus padres en Konoha, había escuchado los terribles deseos y augurios hacia esa pareja; pero nunca había querido advertir que fueran tan reales, que estuvieran tan cercanos. Sarada no quería ver esa realidad, no estaba preparada para continuar escuchando tales palabras.

Antes, su madre le había enseñado una caja donde Sasuke y ella guardaban objetos que consideraban tesoros. Su padre había arrojado ahí una foto vieja de su familia, su primera cinta de Konoha y un cuadro de su boda, donde se asomaban cuatro individuos que Sarada no reconoció.

— Es Taka. — dijo Sakura después de soplar sobre el cuadro para eliminar la capa de polvo. — Suigetsu, Karin y Jūgo. — señaló con una ladeada sonrisa. — No me terminaron de agradar hasta ese día; Suigetsu es una persona muy graciosa y Karin no puede vivir cinco minutos sin discutir con él. Jūgo nos llevó una decena de gorriones que cantaron en la ceremonia, es muy agradable, pero algo callado. Ellos fueron el equipo de tu padre durante un par de años, me parece.

— No son de Konoha. — dijo Sarada advirtiendo que ninguno llevaba la banda de la aldea.

— No, ellos no pertenecen a ningún lado. Les gusta viajar, pero no hemos recibido carta suya desde hace varios años; supongo que se molestaron porque Sasuke sólo les contestaba con una postal de Konoha que no tenía escrito ni un: "Felices fiestas". — bromeó Sakura. — Aún así, Suigetsu le obsequió a Sasuke un artefacto para llamarlo en caso de necesitarlo. No era un celular, esas cosas no existían en ese momento y no creo que tengan cobertura en los lugares que frecuentan.

— ¿Entonces no regresaron a Konoha? ¿No los conocí? — preguntó Sarada forzando a su memoria para encontrar algo de ellos.

— Sí, pero eras muy chica, tenías un año. Sasuke y yo tuvimos que salir a una misión y ellos estaban de visita. Estuvieron aquí cerca de un mes, me parece. Se quedaron contigo unos días… creo que no les agradaste mucho, pero no sé por qué, jamás nos lo dijeron. — mencionó con la mirada clavada en la ventana. — No regresaron después de eso. — dijo antes de echarse a reír.

Sarada sonrió entre lágrimas al recordar aquel día. Su madre también le había enseñado un par de cartas que Sasuke le había hecho cuando se marchó de la aldea. En ellas le confesaba lo difícil que era alejarse de Konoha y le suplicaba que no lo olvidara, que lo sacara de la oscuridad. Después de leer aquellas cartas y escuchar el cariño con el que Sakura mencionaba a los amigos de su padre, Sarada confió en que su amor siempre fuera más poderoso que sus diferencias.

Se dejó caer de rodillas al admitir que las cosas no siempre son lo que uno desearía.

Durante varios minutos permaneció en esa posición; se sentía demasiado débil como para alzar las manos y limpiarse el rostro y demasiado cansada como para levantarse. No escuchó a Yūyin pararse frente a ella y mucho menos escuchó su nombre salido de la voz de su amigo. El dolor era tal que no le permitía hacer otra cosa además de sufrir.

— Cuando estoy feliz — dijo Yūyin sentándose a su lado. — me gusta escribir lo que me hace estar feliz y lo guardo en una cajita de madera que papá me regaló cuando llegamos a Konoha. — Sarada apenas lo vio por el rabillo del ojo, preguntándose qué demonios querría esta vez. — Así, cuando me siento triste o deseo tener a mamá conmigo, abro la caja, leo los papeles en ella y me siento mejor. Sin importar lo que suceda, recordar lo que un día te hizo feliz es bueno.

Sarada se limpió el rostro con su antebrazo, pero no respondió. El problema era que para Sarada, los momentos alegres se arruinaban al llegar a casa; no era de todos los días, pero sí con frecuencia. Prefería alejarse de esa zona de confort – que significaba para Yūyin – y esconderse de sus padres, de sus discusiones. Para Yūyin era sencillo decir eso porque en su hogar no ocurría lo mismo que en el de ella, en su casa tenía la libertad de llorar, gritar o escribir lo que deseara. Sarada sólo entraba a ese lugar para seguir sufriendo. La diferencia era radical.

— No lo entenderías. — afirmó tratando de ser sutil.

— No busco hacerlo. — respondió él con honestidad. — Sólo busco hacerte sentir menos miserable.

Sarada lo observó incrédula. A veces, ese sujeto hablaba de una manera muy extraña, mas pensaba de una manera todavía más extraña. Sin embargo, algo de esa extrañeza – reflejada también en el color de sus ojos, al que Sarada ya se había acostumbrado – le gustaba a Sarada, le confortaba. No importaba qué sucediera a su alrededor, qué opinaran de ella o de su familia, Yūyin siempre había estado ahí en el momento preciso para palparle el hombro y repetirle lo especial que era para él. No era muy normal que entre ninjas se lo dijeran, aunque él tampoco lo hacía directamente; siempre utilizaba otras palabras, otro sentido. Eso también le gustaba a Sarada.

— Muchachos, ya están aquí. — dijo Konohamaru acercándose a ellos. Hizo una mueca de molestia al ver la hinchazón en los ojos de Sarada: sus padres habían vuelto a discutir. — Sólo falta Bolt, enseguida llegue, nos iremos. — prometió.

Disimuladamente, apretó los puños detrás de la espalda. Si no fuera porque admiraba el poder de Sakura y Sasuke Uchiha, ya los habría golpeado por hacer sufrir de ese modo a su alumna. Sabía que mucho de su anhelo por ser hokage tenía que ver con sus padres y aunque no le molestaba el hecho de que Sarada deseara un puesto tan importante, sí lo hacía que sus padres fueran el factor más esencial de aquel deseo.

— ¡Ya estoy aquí, 'ttebasa! — exclamó Bolt mientras caía con elegancia de uno de los techos.

— Presumido. — susurró Sarada antes de ponerse de pie con la ligera ayuda de Yūyin sobre su codo.

— Muy bien, chicos, aquí traigo los paquetes que tenemos que llevar a Suna, uno lo llevará Sarada y otro lo llevaré yo, ¿está bien? — dijo alzando ambos paquetes con las manos.

Los tres ninjas asintieron. Bolt, a diferencia de su padre, no veía a su compañera Uchiha como un rival que vencer, sino veía a Yūyin, Sarada y Konohamaru como un equipo al que proteger, así que no le molestaba que Sarada fuera la elegida para tan importante tarea.

Su misión consistía en proteger los bultos durante los tres días de viaje a Suna. El kazekage Gaara había compartido información con Konoha acerca de unos ladrones que merodeaban por la zona y Naruto, una vez se encargó de ese asunto, le envió un reporte vía aérea – su computadora se había descompuesto, no había tenido tiempo de ir a recogerla y Shikamaru consideraba que esa tarea era muy aburrida para él – pero éste se perdió. Para evitar cualquier contratiempo, Naruto había enviado al equipo siete a hacer el trabajo. Les entregó dos paquetes con un pergamino sellado en cada uno, pero sólo uno tenía la información que Gaara necesitaba.

Avanzaron con rapidez sobre el bosque. Sarada miró cómo Yūyin era capaz de saltar de rama en rama sin mantener la expresión de alarma. Sonrió; había mejorado muchísimo en su entrenamiento de concentración de chakra. Sarada se descubrió orgullosa de él y evitó mirarlo para que no notara el ligero rubor en sus mejillas.

Repentinamente, Konohamaru, que iba al frente, se detuvo y ordenó a su equipo hacer lo mismo. De inmediato, Yūyin y Bolt cubrieron los laterales de Sarada, mas ella los empujó para colocarse un paso delante de ellos. La rama en la que estaban era demasiado ancha como para permitirse ese lujo de vanidad.

— Están cerca. — dijo Konohamaru. — Chicos, necesito que trabajen como lo hemos estado preparando, ¿de acuerdo?

— ¡Sí! — contestaron al unísono, mientras Yūyin sacaba una katana de su espalda, aquélla que Sasuke vio en el hombro de Hideo el día que los conoció.

Bolt, por su parte, preparó los sellos para el rasengan, ninjutsu que Konohamaru le había enseñado; para sorpresa de todos, él sí podía armarlo con una sola mano. Incluso, en una ocasión, provocó que su padre se deprimiera al hacer un rasengan por cada mano.

Sarada, simplemente activó el sharingan y sacó un kunai de su bolso para colocárselo sobre los labios y prepararse para el jutsu bola de fuego que tenía preparado.

Yūyin y Sarada exploraron la zona; fue Yūyin quien los encontró.

— ¡Sensei! ¡A su derecha! — gritó un segundo antes de que Konohamaru se concentrara en una pelea contra tres individuos que utilizaban el jutsu de invisibilidad.

— Son de Suna. — advirtió Sarada.

— Son ladrones. — corrigió Bolt.

— ¡Arriba! — gritó Yūyin.

De inmediato, Yūyin y Bolt dejaron a Sarada en esa rama para crear un triángulo y rodear al sujeto que planeaba atacarlos.

— ¡Katōn: jutsu bola de fuego! — exclamó Sarada antes de que su boca lanzara una magna cantidad de fuego que se dirigió al ninja en cuestión.

Como lo esperaban, el ninja esquivó el ataque, mas Yūyin saltó sobre los árboles para atacarlo con su katana. No se sorprendió de que el criminal fuera tan veloz, pues distinguió en sus movimientos la marca del Jinton, elemento velocidad, un kekkei genkai de Suna. Sin embargo, los entrenados movimientos de Yūyin y su vista asombrosa, lo ayudó a derrumbar al sujeto sin muchas dificultades. Un segundo más tarde, se hizo a un lado para permitirle a Boruto terminar con el trabajo.

Mientras tanto, Sarada y Konohamaru ya habían acorralado a los tres ninjas que habían atacado al sensei. Konohamaru quería llevar a uno de ellos ante Gaara, pero sabía que cuando un ninja presentía su captura, prefería explotar su cuerpo antes de permitir que lo examinaran. Por esa razón, intentó colocar una mano frente a Sarada, para evitar que ella corriera hacia ellos y lo atacara.

Cosa que, evidentemente, hizo Sarada.

— ¡Espera! — le gritó tratando de alcanzarla.

En el momento en el que Sarada estuvo a dos metros de ellos, los tres criminales mordieron una pastilla y explotaron. Sarada apenas tuvo tiempo para saltar, pero la explosión la mandó a un árbol a más de diez metros de ellos. El golpe más fuerte lo recibió en la cabeza, lo que le provocó el desmayo.

— ¡Sarada! — gritaron Konohamaru y Bolt corriendo hacia ella.

Empero, Yūyin abrió los ojos aterrorizado al percibir cerca de ellos a más de diez ninjas del mismo calibre que con los que antes habían peleado. Supo que Sarada estaba fuera de combate y que al menos uno tendría que quedarse cerca de ella a protegerla y él ya estaba muy lejos para hacerlo. Necesitaría a Konohamaru para que le ayudase pues sería de más ayuda que Bolt por la cantidad de técnicas que conocía su maestro.

Yūyin desenvainó nuevamente la katana y esperó la llegada de los enemigos.

Konohamaru, al percatarse de la proximidad del aumento de problemas, le ordenó a Bolt quedarse con Sarada. Un instante más tarde, ya se encontraba a un lado de Yūyin. Agradecía que sus tres alumnos fueran muy poderosos y tuvieran el valor necesario para proteger a la aldea; sólo con ninjas así podía confiar.

— Relájate, Yūyin, los acabaremos en un segundo. — prometió.

— Al menos uno de ellos posee el Jinton, sensei. — le advirtió.

— No es uno, Yūyin, es todo un clan. — respondió. — Afortunadamente, Sarada pudo divisar los ataques de los oponentes, parece ser que ha despertado la segunda aspa del sharingan.

Yūyin no respondió. Por un lado, sabía que el sharingan incrementaba su poder después de una fuerte impresión y no creía que debiera alegrarse porque Sarada hubiera pasado por eso. Y por otro lado, cinco de los diez enemigos se dirigían a ellos.

— ¿Dónde están los demás? — preguntó Konohamaru.

— ¡A un lado, maldito bastardo! — gritó Bolt a varios metros de ellos.

Yūyin sintió cómo la sangre se le congelaba. Ellos sabían que Sarada poseía el pergamino real.

— Demonios. — farfulló Konohamaru antes de hacer los sellos necesarios para el Odama Rasen-shuriken. — ¡Atrás, Yūyin! — gritó, aunque no hubo necesidad.

Sarada apenas había abierto los ojos cuando vio que Bolt peleaba a diestra y siniestra contra cinco sujetos. Estaba magullado por todos lados, pero mantenía un ritmo ágil. Al tener un previo entrenamiento con su madre, los movimientos de Bolt eran veloces, pero estaba gastando mucho chakra.

Sarada se puso de pie y concentró chakra en uno de sus puños, tal y como su madre se lo había enseñado un mes atrás. Sabía que no tenía el poder para acabar con ellos de un solo golpe, pero podría ayudar a Bolt a eliminar a por lo menos uno.

— ¡No! — bramó Konohamaru al ver cómo sus cinco contrincantes huían hacia donde sus alumnos. Como pudo, arrojó el jutsu hacia ellos, pero sólo pudo derribar a tres de los cinco.

Sarada saltó para dejar caer el puño sobre el rostro de uno de los criminales, mas éste se hizo a un lado y la tomó del cuello mientras dos más se acercaban a ella.

Yūyin no tuvo tiempo de pensarlo. Bolt yacía en el suelo, sangrando por diversas partes, Konohamaru se encontraba a una distancia considerable y Sarada se encontraba en riesgo de morir.

Juntó las manos mientras decía unas palabras concretas, movió los dedos y despegó las manos frente a él. Un chakra azul lo rodeó mientras los rombos se dibujaban sobre las palmas de sus manos. Lentamente, el chakra azul se trasladó a los rombos y de ellos se desprendió una capa de humo dirigida a los siete ladrones. Éstos apenas percibieron la nube negra sobre sus cabezas antes de sumergirse a una realidad distinta a la que ellos conocían. Todo a su alrededor se oscureció, no podían percibir ni su propio cuerpo. Los que sostenían a Sarada, la dejaron de caer, perdidos en su mente. Perdidos en el genjutsu de un genin de doce años.

Sarada, Bolt y Konohamaru miraron a los criminales perder la conciencia de sus movimientos. El genjutsu era tan poderoso que incluso Yūyin pudo manejarlos a su antojo, haciéndolos marchar hacia donde yacía el ninja que Bolt había matado y después desmayarse. Enseguida, Yūyin cayó de rodillas al suelo y comenzó a jadear. Los rombos en las palmas de sus manos se desvanecieron.

Sarada olvidó el dolor en su cabeza al ver a Yūyin sostenerse la garganta en un intento por jalar más aire. Sarada se recriminó por no saber ninjutsu médico. Lo tomó de los hombros y lo ayudó a recostarse. Él se dejó manipular, pues no tenía fuerzas para hacer otra cosa.

— Relájate, Yūyin. — pidió Konohamaru acercándose a él. — No debes olvidar que el uso desmedido de chakra sólo te debilita más.

— Él lo hizo para protegernos. — contestó Sarada activando nuevamente su sharingan, pero esta vez, con la mirada clavada en su maestro. — No debería recriminarlo por esto; él posee un muy buen genjutsu, Konohamaru-sensei.

— Lo sé, admiro su valentía, pero me preocupo por mis alumnos; supongo que es lo que Kakashi-sensei sentía cuando uno de sus alumnos salía herido. — se disculpó Konohamaru. — Descansa, Yūyin. En cuanto te duermas, te cargaré y buscaremos un lugar donde pasar la noche.

— ¿Por qué no nos dijo que tenía un genjutsu? — inquirió Bolt, mas la severa mirada de Sarada lo congeló por un momento; jamás había visto que ella defendiera cual leona a su hijo a Yūyin. Algo raro había en esos dos.

— Voy a encerrar a esos sujetos. — dijo Konohamaru antes de dirigirse a los criminales. Invocó a un mono de casi dos metros y le señaló a los ladrones. El mono intercambió unas cuantas palabras con él antes de abrir un largo pergamino que los absorbió. Konohamaru se despidió de él y éste prometió entregar a los ninjas a Suna.

Bolt miró todo eso sin prestarle realmente atención, mientras presionaba sobre sus heridas unas gasas. Sentía que algo a su alrededor estaba sucediendo, pero él sólo podía quedarse con las migajas.


Por la noche, Sarada permaneció despierta sin dejar de mirar a Yūyin, que yacía dormido a su lado. Lucía cansado y unas pequeñas gotas de sudor permanecían pegadas en su sien. Sarada retiró un mechón de cabello de sus ojos antes de gruñir para sí. Ese niño había hecho todo eso para salvarlos, se había arriesgado a quedarse sin chakra sólo para salvarlos, había enseñado un jutsu seguramente secreto para evitar que salieran heridos. Y un pequeño dejo de vanidad le aseguró que él había querido salvarla a ella antes que a nadie. Su espalda se estremeció ante tal idea.

Konohamaru los miraba en una de las ramas; sabía lo que estaba ocurriendo entre esos dos, pero prefirió mantenerse al margen. Sarada no necesitaba más problemas y Yūyin no parecía ser un chico problemático. Sólo esperaba que no se lastimaran el uno al otro. Suspiró y volteó a ver a Bolt, quien dormía plácidamente dándoles la espalda.

— Sensei — dijo Sarada, llamando su atención. — Iré a caminar, no puedo dormir.

Sin esperar respuesta, Sarada se levantó y anduvo por la maleza durante un rato, hasta que encontró un diminuto claro en el que se dejó caer de espaldas. Aspiró el aroma nocturno que despedía el bosque y cerró los ojos. Sabía que no se dormiría ahí, pero quería pensar un momento en lo que estaba ocurriendo en su vida: pensó en sus padres, pensó en los exámenes chunin, pensó en sus amigos, pensó en el sombrero de hokage que tenía colgado detrás de su puerta, pensó en cómo había fallado ante los ladrones y pensó en Yūyin. Pensó mucho en Yūyin. Recordó cómo lo trató cuando él llegó a Konoha, pensó en cómo la trató él desde ese momento, pensó en que siempre la apoyó, pensó en todo lo que él había hecho por ella y luego se abrazó a sí misma. Qué tonta había sido. El amigo que tanto había buscado siempre había estado ahí, siempre había formado parte de su vida. Y ella lo había despreciado tanto que le dolía.

— Lo siento, Yūyin. — susurró al viento.

— No tienes por qué decir eso. — respondió Yūyin, ante la sorpresa de Sarada.

Ella abrió los ojos asustada y se incorporó al verlo sentado a su lado. Siempre, siempre estaba a su lado.

— No quería asustarte. — aseguró un poco apenado. — Sólo desperté y no te vi. Konohamaru-sensei me dijo que habías ido a caminar y decidí buscarte.

— Ah. — contestó ella abrazándose las rodillas.

— Sarada-san, ¿te encuentras bien? Te golpeaste la cabeza y…

— No fue nada, dejó de dolerme enseguida. Tal vez me salga un pequeño chichón. — bromeó. Yūyin le sonrió tras ver la diminuta mueca de diversión en ella.

— Me gusta cuando eres feliz. — soltó y enseguida giró el rostro, ruborizado. Sarada no perdió detalle de eso y se sonrojó también. — Quiero decir, me gusta porque eres mi amiga y quiero que seas feliz, no es porque me gustes tú o algo parecido. Bueno, sí, me gustas porque me agradas, como a todos. — dijo rápidamente mientras jugaba con la orilla de su camisa. — Yo… bueno, ya sabes, soy algo torpe para hablar.

— ¿Quieres decir que no soy especial para ti? — cuestionó Sarada algo resentida. — Porque tú sí eres especial para mí.

— ¡¿Qué?! — exclamó él mirándola. El rostro de Sarada se coloreó del más intenso de los rojos. — No, Sarada-san, está bien. Tú también eres especial para mí. — aseveró tomándola de las manos. Repentinamente, ese gesto sólo intensificó su fortaleza recién adquirida. — Eres más especial que cualquiera de nuestros amigos y me preocupas mucho. Yo… yo te quiero. — susurró.

— ¿Me quieres? — repitió ella sin creérselo. — Yūyin, ¿sabes lo que dices?

— ¡Por supuesto que lo sé! Estoy diciéndote que te quiero, Sarada-san y lo mantengo: te quiero. — contestó él tomándola de la barbilla.

Sarada sintió el corazón en la garganta luego de mirar levemente el movimiento de los labios de Yūyin al decir aquella frase.

— ¿Tú me quieres? — preguntó él con súbita urgencia.

— ¿Eh? … Ah, bueno, yo… no lo sé. — contestó Sarada algo nerviosa, asiéndose de su falda con fuerza.

— Es algo sencillo de saber. Lo sientes o no lo sientes. — insistió Yūyin acercándose más a ella.

— Ah, ah, en ese caso… sí, sí te quiero. — se apresuró a decir mientras agitaba frenéticamente la cabeza de manera afirmativa. — Sí te quiero, Yūyin.

El niño esbozó una ladeada sonrisa antes de acercar más el rostro de Sarada. Evidentemente, ninguno tenía la más mínima experiencia acerca de lo que estaba por ocurrir, pero el sentimiento podía más que el nerviosismo. Sin despegar la mirada de sus ojos, Sarada aprisionó los labios de Yūyin en un suave beso. Él se ruborizó aún más, pero no despegó los labios. Simplemente, permanecieron así unos segundos, mirándose, sintiendo la suave piel de su boca y experimentando un estremecimiento por cada poro en su cuerpo.

No fue un beso extendido o apasionado, no, únicamente fue un beso casto, un beso que selló aquella noche como la promesa de cariño entre dos genin de doce años.


Una semana después, cuando Sarada se despidió de Yūyin y entró a su casa, la luna ya estaba en su auge. La recibida a casa fue la más terrible que pudo encontrar: Sasuke y Sakura discutían en la sala; Sakura mantenía iluminado el puño derecho con un brillante chakra verde mientras el cuerpo de Sasuke manifestaba pequeños rayos.

Sarada quiso gritar, quiso huir, quiso mil cosas, pero sólo pudo permanecer quieta mirando las últimas palabras que ellos dos se dirigirían.

— Sigues siendo una molestia, Sakura. — espetó Sasuke mientras los rayos se dirigían a un punto determinado en la palma de su mano. — A veces me gustaría no verte más.

— ¡¿Entonces qué esperar para largarte?! ¡¿Por qué no buscas la felicidad que dices no has conseguido aquí?! — espetó Sakura provocando con el chakra en sus pies que se abriera una pequeña grieta en el suelo.

— Tienes razón, esta noche buscaré otro lugar para dormir. — aseveró Sasuke caminando hacia la puerta, sin darse cuenta siquiera de la presencia de su hija. — Cualquier lugar sin ti es mejor. — finalizó.

Sarada sintió cómo algo dentro de sí se rompía cuando su propio padre la hizo a un lado para salir.

Hasta que Sarada se dejó caer al suelo, Sakura la miró y en su mirada se encontró la determinación que sólo una mujer como ella podría tener. Necesitaba sacar urgentemente a Sarada de ese lugar.

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¡Hola!:

Sí, les doy permiso para que odien a Sasuke. Díganle hasta de lo que se va a morir y todo lo que quieran... total, en el siguiente capítulo van a llorar por él. Já, debería dejar de ser así, pero es que... ash, a veces hasta yo odio lo que escribo. Estúpido Sasuke... Hasta yo voy a llorar por él en una semana y eso sí es complicado.

Bueno, fuera de las hirientes palabras de Sasuke, creo que fue muy tierna la escena entre Yuuyin y Sarada. No quisiera perder a mis lectoras BoruSara, MitsuSara - Mitsuki ni siquiera está aquí - InoSara o las mil parejas para Sarada. Esta historia la creé hace mucho tiempo y todavía no tenía contemplado a mi OTP - ¡MitsuSara forever! - así que tenía que llegar otro niño por el corazón de Sarada. Espero no se enojen, recuerden que éste no es el final de la historia. Además, ya se les veía.

Por otro lado, siguiendo esa línea, un enano de doce años haciendo genjutsu. Justo en los Uchiha, qué golpe. Y vaya genjutsu. Bueno, en realidad, no sé nada acerca del rey de los genjutsu, Shisui - mi nuevo amor platónico - o de Kurenai, que también es buenísima en eso, pero creo que sí es algo extraño que un genin de doce años haga genjutsu. Ese niño todavía tiene muchas sorpresas para ustedes.

Y, les confieso, la primera parte, ésa de los recuerdos de Sarada, está basada en un one shot que publiqué hace tiempo - vil publicidad: Las cartas de un desertor - y en un one shot que nunca pudo germinar. El primero es de las cartas de Sasuke a Sakura y el segundo de qué hubiera pasado si Taka cuidara de Sarada. No pude armar bien el esquema y la idea quedó en eso: idea. Lo que sí, esos recuerdos no son simples rellenos, tendrán su importancia.

Al final, les agradezco mucho el apoyo que el fanfic está recibiendo.

Les mando un fuerte abrazo.

Andreea Maca.