¡Adelante con el espectáculo, señoras y caballeros!
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La música en el alma
Capítulo 13: Fatalidad
Diez días después,
Jueves, 2 de junio de 1870
—Vamos, vamos señora Giudicelli, desde el principio —escuchamos decir a monsieur Reyer, quien se pasaba el pañuelo que tenía entre los dedos sobre su húmeda frente.
—Yo, yo, yo —dijo la diva, moviendo las manos con desdén—. Que tengan cuidado las mujeres y hombres danzarines y no me toquen el vestido —gruñó.
Todo el coro había decidido sentarse, teniendo que practicar únicamente los bailarines con La Carlotta en uno de sus solos. Esta estaba verdaderamente enfadada dado que un varón había rozado con su mano una de las telas que le caían del traje, desde la espalda hasta el suelo, al dar una vuelta demasiado cerca de ella.
Nosotros observábamos en silencio las discusiones que tenían allá arriba en el escenario, contentos de que no tuviésemos que estar en sus lugares, pero apiadándonos de igual forma. Nos habíamos puesto de acuerdo en nunca desearle tal calvario a nadie.
—Comience desde la nota indicada, por favor —insistió Reyer, cerrando la mandíbula con fuerza.
Estaba posado sobre uno de los decorados encima del tablado, vigilando los movimientos de la mujer e intentando instruirla lo mejor que pudo a pesar de sus contestaciones; y el resto de cantantes se hallaban sentados con nosotros, mirando la estancia con ojos cansados y aburridos.
Carlotta frunció los labios, pero, estirando los brazos y abriendo la boca salió de su garganta el tono indicado, emprendiendo por decimocuarta vez lo que llevaba repitiendo desde que empezaron la práctica.
Los bailarines esperaban pacientes a iniciar sus bailes, y la orquesta, escondida en el foso con el señor Rousseau como guía, aguardaba su entrada para animar el enfado y los celos de Juno, creándose así una de las mejores partes de la ópera.
Comenzaron a sonar los violines, de forma muy suave, estando simplemente de fondo; un ligero ruido que acompañase la voz principal, subiendo y subiendo cada vez más hasta que se unieron todos los instrumentos.
Carlotta parecía airada allá arriba y no sabía si era un enfado real o sus capacidades de actuación lo que le hacían ser tan realista; acabándome por decantar por la primera, sin lugar a dudas.
Se escuchaban las pisadas fuertes de los bailarines y bailarinas, quienes caían sobre las puntas de los pies en el suelo de madera y se retorcían al son de la música. Tenían un aspecto acalorado, y algunos de ellos cansado, no haciéndolo tan bien como cuando había empezado la mañana.
—Esto está llevando más tiempo del que debería —me dijo Angeline al oído, cambiando su posición incómoda en la butaca.
Asentí fervientemente mientras suspiraba.
—Podrían dejarnos marchar. Sé formas mejores para pasar las horas —la dije sacudiéndome el vestido, buscando alguna distracción mayor en las telas que cubrían mis piernas, a las cuales había arrancado todos los hilos que sobresalían de ellas.
La corista se había reído, comenzando a decir algo que no conseguí entender, viendo ante mis ojos como Odette se paseaba frente a la diva con sus ágiles movimientos, agitando con desenvoltura las faldas de tul que llevaba su traje, consiguiendo que la mujer gritase y se apartase de su camino, casi tropezando y cayendo de espaldas de no ser gracias al resto de bailarines que se pararon a ayudarla, tomándola de los brazos y caderas.
El señor Reyer se llevó las manos a la cara e inclinó su cuerpo sentado, acercando casi pecho contra las rodillas. Esta clase de cosas llevaban ocurriendo desde hacía una semana y la frustración que creaban no ayudaba a la buena cooperación.
Se percibieron el sonido de algunas risas, siendo pronto acalladas por la voz enfadada de Carlotta:
—¡Non interessa a nessuno! —Se apartó de quienes la habían recogido, con poco cuidado y sin una palabra amable—. ¡A nadie le importo! ¡Nadie tiene cuidado!
Se acercó con pasos amenazantes a la morena, quien tenía las manos en la boca por la sorpresa.
—Yo… no la he golpeado, señora —había dicho, con ojos asustados.
—¡¿Y si lo hubieras hecho?! —volvió a gritarla, agitando su cuerpo frente a ella.
Comenzó una sarta de insensateces contra la bailarina que consiguieron crispar su rostro, hasta que repentinamente un estruendo sonó, siendo este producido por el bastón de Madame Giry, quien se acercaba con paso severo y con la mirada en alto, con aparentes intenciones de discutir a la diva, sin ningún tipo de miedo en su expresión.
Pude sentirnos a todos encogernos ligeramente; me habían dicho que en pocas ocasiones se veía a Antoinette enfadada de verdad, pero cuando lo estaba era mejor no cruzarse en su camino, y podía creerles.
—No diga sandeces, señora Giudicelli —habló con voz firme y en un tono que jamás hube escuchado salir de ella antes. —No ha pasado NADA, no hay por qué alarmase y formar tal escándalo.
Tomó la mano de la mayor de las bailarinas, indicándola que bajase por las pequeñas escaleras.
—Nosotras hemos terminado. Ya hemos desperdiciado suficiente tiempo —declaró.
Y con eso, un grupo de jóvenes en tutús vaporosos huyeron por la puerta de salida, dejándonos a nosotros soportando los restos; viendo como la mujer sobre el escenario volvía a formar un escándalo por lo que le había dicho la maestra.
Incluso la que eran nuestras amigas habían decidido marcharse en vez de esperarnos; y no podría culparlas.
El señor Onetto hablaba en italiano con la mujer junto a Piangi, quien se subió también al escenario, escuchándose perfectamente su armoniosa voz de tenor por la silenciosa sala.
Monsieur Reyer se había levantado también de su sitio, caminando de un lugar a otro, alegando que no sabía qué más hacer para que esa escena fuese del todo correcta.
Era cierto que por culpa de Carlotta tenían que cambiar los pasos de baile, pero se veía igual de bien con aquellos que ya se sabían, y no hacía falta que se acercasen tanto a la asustadiza y torpe mujer. Pero, por supuesto, cuanto más complejo se viese el acto más hermoso sería, y la nueva meta en el rendimiento era conseguir vender todas las entradas de al menos una actuación.
Según había oído a mis compañeros, lo mejor sería esperar a la próxima producción y realizar una obra conocida y memorable, que cualquiera quisiese ver; no obstante, rondaban los chismes acerca de que el dinero escaseaba y era necesario un buen aumento en el público.
Aquello me había dejado preocupada acerca de mi puesto en la ópera, pero pronto me aseguraron que cada cierto tiempo pasaban este tipo de situaciones, consiguiendo asustar a todos los novatos; enseguida se recuperarían y sería como antes, incluido el intentar cambiar las escenas de la obra actual.
Saqué el relojito de plata, viendo que solo se trataban de las doce menos cuarto, colocándolo de nuevo en su lugar con un suspiro, estirándome todavía más si era posible en el incómodo asiento, de forma muy poco elegante.
Realmente lo que acababa de ocurrir no era de mi importancia; no quería tener nada que ver con aquella estrepitosa mujer nunca jamás. Había comenzado a esquivarla en todo momento, evitándola incluso a la hora de representar la ópera, no queriendo que me volviese a culpar por un agujero en su traje o, tal vez, un pelo mal colocado en su peluca. Dios sabía lo absurda que podía llegar a ser.
En algunas ocasiones la había escuchado mencionarme, intentando llamar mi atención, o al menos eso suponía; pero no sería yo quien fuese a por ella, no me dejaría engañar ni entraría al trapo. No me arriesgaría a perder el puesto de trabajo por confrontar a una desequilibrada que pensaba que todo el mundo intentaba atacarla o estaban a su alrededor cumpliendo sus órdenes.
Ya llevaba un mes en el edificio y había aprendido todas las cosas que necesitaría para sobrevivir.
Observé con indiferencia el escenario de nuevo, mordiéndome el interior de las mejillas, notando un sabor metálico cubrirme la boca.
Todo era tan diferente; en un solo mes había conseguido avanzar en mi vida; literalmente. Los nervios que sentí el primer día que llegué al edificio habían volado lejos, dejando a su paso sentimientos nuevos que usaría para la ocupación que me habían otorgado. Podía ver todo con nuevos ojos; el telón ya no me hacía sentir pavor, y la gran sala vacía se había transformado en alguien de confianza con quien compartir las penurias de los ensayos. Incluso la preocupación que había tenido la primera vez que salí al escenario había cambiado, tornándose únicamente en una ligera excitación al comenzar, relajándome al pasar los minutos cantando.
Aquello era mi vida actualmente y no lo cambiaria, ni me la jugaría a perderla.
Miré a mi alrededor, viendo a la gente con ojos perdidos, cada uno en sus cosas. Algunos vigilaban los movimientos de la diva sobre las maderas; unos varones intercambiaban cuchicheos entre ellos, señalándose los puños de las mangas de las camisas, dejándome intrigada acerca de lo que hablaban; una de las mujeres más mayores leía el periódico con ojos veloces…
—¡Por supuesto, por supuesto! ¡Todo son peticiones! —Escuché a La Carlotta continuar con sus quejas, consiguiendo sacarme de mis pensamientos.
—Por favor, madame —rogó el señor Onetto, intentando calmarla—. Háganos caso, es por el bien de la producción.
Vi en la cara del hombre mayor un aire cansado, y el señor Reyer parecía ciertamente irritado con toda la situación, haciendo que me preguntase el dónde estaban los gerentes para apaciguar a la terrible mujer.
El señor Piangi continuaba con sus palabras, dando la sensación de que sabía cómo tranquilizarla, haciendo que el color rojo que habían adquirido sus mejillas bajase deliberadamente a un simple rosado. Este le pasó las manos por los brazos con suavidad, intentando sosegar la situación lo mejor que pudo, consiguiendo que en mi rostro enarcase una ceja ante tal acción deliberada; si cualquier otra persona hubiese intentado tocar a la diva de tal forma, ella le hubiera golpeado hasta echarle del lugar.
Pero debíamos admitir que aquel tenor tenía muy buen porte, y unos ojos brillantes encantadores, dándole un aspecto continuamente tranquilo. Habíamos notado cierto afecto por parte de la Prima Donna hacia él, siendo considerablemente una pareja un poco extraña. El hombre apenas solía decir palabra, ni si quiera en su idioma natal y, al menos, acostumbraba a saludar por las mañanas a todo el mundo con quien se cruzaba, en un pobre francés, pero aún así muy educado, a diferencia de la harpía de su compañera.
Ninguno de los cantantes principales era como Carlotta; a pesar de que no todos se acercasen demasiado a los puestos bajos, el respeto estaba allí, y solían agradecer la ayuda que se les ofreciese.
Uno de los más divertidos había sido un señor mayor llamado August Wyclif, quien había creado una tertulia en el comedor varios días atrás, originando verdaderas risas cada vez que levantaba la voz.
Era barítono, según había podido apreciar; solía moverse y salir con monsieur Signoret junto a varios tramoyistas más, prefiriendo las "clases más tranquilas" como había dicho él, pese a su fama. Era muy conocido a las afueras de Francia, habiendo estado en la cabeza de grandes producciones operísticas.
Me encontraba distraída, pensando también en lo que querría hacer aquella tarde con el dinero que me habían dado por trabajar, decidiendo que le devolvería a Antoinette lo suyo y me compraría al menos una falda y camisa, cuando de repente una voz resonó en el auditorio, una voz que nunca antes había escuchado, siendo melódica y suave.
—No tienen por qué mentirla. Es lo suficientemente inteligente como para saber cuándo ha de aceptar las cosas —había dicho, dejando escapar una risa, la cual pareció fundirse contra la piedra de las paredes.
Toda la sala quedó en silencio, cesando las habladurías del personal.
Miré a Angeline, que observaba con los ojos desorbitados el escenario frente a nosotras, como si de un momento a otros fuese a salir aquel que había expuesto esa idea.
El señor Ubaldo palideció, al igual que Onetto, quien comenzó a pasarse de forma rápida un pañuelo por las sienes.
Monsieur Reyer, a diferencia de ellos, parecía vigilar la zona por encima de su cabeza, por donde se movían los decorados.
—Su salario es pagado a causa de los clientes que vienen a verla, madame Carlotta. Por lo que debería de tener cuidado con lo que les ofrece, no vaya a ser que queden insatisfechos en la próxima actuación.
Y con otra risa más, varios sacos que colgaban cedieron a su peso, derramándose alrededor de la diva, haciendo que gritase del susto y a todos los demás se nos acelerase el pulso por la escena.
Muchas personas se levantaron y un murmullo atronador golpeó la sala.
—¡Es él! —dijo una mujer tras lo que pareció ser un berrido.
—¿No es obvio?
—¡Están cansando su paciencia!
—¿Qué acaba de pasar, Angeline? —tuve que preguntar a mi compañera entre el creciente, quien me tomó las manos. Aprecié como me temblaban cuando las acaricio, intentando serenarme, pero en sus ojos había un fulgor de lo que parecía ser miedo.
—Esa era su voz —me aclaró únicamente.
Dejé que el aire saliese de mis pulmones de forma estrepitosa.
¿Esa era la voz del Fantasma?
No tuve más hallazgos de él desde la última vez que le vi, suponiendo que se tratase del mismo que acababa de hablar. A pesar de que algunas noches había salido para volver a toparme con su presencia, rezando por mi ventura, no tuve esa suerte. Además, nunca pensé que pudiese ser alguien malo, pero aquellos pesados sacos podrían haber chocado contra la mujer y la habrían hecho verdadero daño.
Todo lo ocurrido golpeaba drásticamente lo que opinaba del espectro.
¿Qué se suponía que debía creer?
Nunca había hecho nada para asustarme o atacarme pero, comenzaba a pensar que, tal vez fuese mi suerte la que me estaba cubriendo de tales males.
¡Pero no! ¡Alguien debía de estar allá arriba, alguien que hubiese descolgado las correas para que derramasen contra el suelo lo que mantenían en su interior!
El señor Reyer tuvo que haberle visto, sin embargo, repentinamente todo el mundo estaba encima de la diva, intentando apaciguar los nervios que le había causado tal susto, escuchándose sus lágrimas y quejidos, apartando al hombre a un lado.
—¡Diego! —gritó el director de orquesta, quien estaba también al lado de la mujer—. ¿Hay alguien allá arriba contigo? —preguntó.
Desde lo más alto se pudo escuchar la voz de aquel joven, con cierta decadencia.
—No monsieur, lamento decirle que estaba yo solo.
El corazón volvió a latirme de manera intensa.
—¡Alguien debe vigilar las alturas! —gruñó Onetto, sudando de forma aún más pesada, moviendo sus manitas a un ritmo angustiado.
—Vámonos Christine, esto ya ha acabado —declaró Angeline tirando de mi brazo, saliendo a la carrera entre las puertas, dejando atrás los terribles ensayos.
Con paso veloz cruzamos los pasillos, sin mirar si quiera a nuestro alrededor. Fuera del auditorio todo parecía estar en calma, ignorantes al hecho que acababa de ocurrir allí dentro, cediendo en el interior de mi pecho una extraña sensación de falsa tranquilidad.
—Angeline, esto… debe de ser una cruel broma —hablé mientras cruzábamos el corredor que llevaba a la cocina.
—Estas bromas llevan sucediendo desde antes de que yo llegase, y de eso hace ya cuatro años Christine.
Me miró con ojos suplicantes, tirando más de mí hasta que llegamos a al pórtico que nos dejaba en la rue Gluck, observando el gentío que paseaba de una dirección a otra.
Comenzaban a molestarme dichos comentarios, no teniendo sentido y haciéndome preguntar el por qué continuaban creyéndolos a pesar de lo obvio.
—Vale. —Asentí—. ¿Y por qué estamos aquí? —la cuestioné mientras señalaba la atestada vía y me cruzaba de brazos, sintiendo como un nudo de frustración se formaba en mi interior al no entender el por qué salir de la ópera a tal velocidad, como si el Fantasma nos siguiese únicamente a nosotras.
—Vamos a ir a la cafetería frente a la plaza —me dijo mientras se encaminaba—. Por favor —rogó al ver que no la seguía—. Necesito escapar del endemoniado edificio. Hablemos fuera de sus paredes, ¿de acuerdo?
Inclinó su brazo para que lo cogiese, y con un rodamiento de ojos lo hice, consiguiendo que sonriese.
—Muy bien, pero todo esto aún me parece una absurdez —la aclaré.
—No te culpo. —Se rio con nerviosismo—. Cuando llegué pensé que se trataba de algún tipo de mofa. Éramos muchos novatos y dudaba que alguien pudiese hacer ese tipo de cosas sin ayuda de más.
Fruncí las cejas sin saber a lo que se refería.
—A veces son varias voces las que hablan, como ya te han dicho. En otras ocasiones sale un terrible olor y humo donde se supone que ha estado —continuó—. Últimamente parece estar complacido por los nuevos cambios en el personal.
Cruzamos la calle, quedando frente al establecimiento, introduciéndonos en él y sentándonos en una de las coquetas mesas.
—Puedo invitarte si quieres. Sé que esto no estaba en los planes de la mañana —me anunció mientras le pedía al mozo una taza de té y un pedazo de clafoutis*.
—No te preocupes, tengo dinero conmigo.
Tras exigirle una taza de café, preguntándome si su sabor fuerte me haría salir de la sensación de embotamiento en la que me había metido, Angeline prosiguió a contarme más detalles sobre el espectro que parecía dominar la ópera de pies a cabeza.
Una en particular había llamado mi atención completamente:
—Recuerdo que, en una ocasión, decidieron no hacer caso a sus peticiones de dejar el palco cinco libre y lo alquilaron durante una semana entera a otros clientes.
—¿Dejarlo libre? —curioseé inocentemente, prestando más atención a sus siguientes palabras.
—Allí es donde él ve las actuaciones —me explicó, llevándose después un pedazo de cereza que se había separado de la tarta que tenía frente a ella—. El último día que decidieron hacer tal cosa —meneó la cabeza— estábamos representando Les voitures versées e íbamos por casi la mitad de la obra cuando, sin avisos, comenzó a salir humo de ese palco. En su interior estaba la hermana de uno de los gerentes, creo, junto a su marido y unos amigos más. —Dio un trago a su té, haciendo que yo bebiese también de mi taza—. Al principio pensamos que era fuego, ¿qué más si no? Pero las llamas no crean humareda blanca, y esta bajaba por las barandillas del palco con su propio peso, descendiendo casi hasta el suelo, como si fuesen controladas. —Se mordió el labio y apartó los ojos de los míos—. Una voz resonó en el auditorio, algo parecido a un gruñido, y tan tan fuerte que daba la impresión de estar a nuestro lado. Exigió que nunca jamás volviesen a hacer tales cosas de nuevo o se arrepentirían —finalizó, haciendo una mueca.
Me quedé boquiabierta.
—Pero, esas cosas… los fantasmas, los espectros no existen —murmuré, dirigiendo la mirada a mis manos, que mantenían el recipiente caliente entre ellas—. ¿No?
Permití que la duda que había nacido en mi cabeza hacía ya tantos días tomase forma real fuera de ella. Hablar sobre estas cosas con otras personas era diferente, sintiendo la realización golpearme tan duro como una piedra. ¿Qué otras explicaciones podrían tener aquello que decía que había ocurrido?
—Yo… no lo sé —me contestó, dejando caer los hombros—. Cuando llegué a la ópera no creía en ninguna de esas cosas, y todavía no lo hago, pero dentro es como si fuese un mundo diferente, haciéndome cuestionar el qué es real y qué no.
—Angeline —la llamé, intentando que me mirase—, esas cosas que han ocurrido… tal vez sean las gracias de alguien. —Me costaba tanto ceder a las creencias absurdas que reinaban allí—. Incluso puede que por parte de los gerentes —les ataqué, intentando culpar a todo el mundo.
—Eso no es posible, Christine. —Se inclinó hacia delante, bajando ligeramente la voz—. El Fantasma odia a La Carlotta. Todavía no te haces a la idea de cuánto, y los señores Firmin y Moncharmin la adoran. —Meneó la cabeza de un lado a otro, como intentando sacudirse los pensamientos—. Pero como te he dicho antes, tienes suerte de verle tan tranquilo.
—Es terrible que haga esos actos, sea quien sea —exclamé, dando un golpe a la mesa—. ¿Estás segura de que le han buscado bien? —la pregunté, intentando descartar todo lo que no sirviese.
—Por supuesto que sí. —Volvió a reclinarse contra el asiento, frunciendo el ceño—. Según tengo entendido, cuando todo esto comenzó se avisó incluso a la gendarmería, pero no consiguieron encontrar nada. —Se frotó la barbilla con los dedos, observándome con más atención—. Se dice que el Fantasma reside bajo la ópera, en la quinta planta.
Incliné la cabeza a un lado.
—Hay un lago en ese piso, ¿me equivoco?
Había odio leyendas que corrían por los pasillos del edificio, alegando que el agua de aquel charco era negra y brillante como la pizarra, pero nadie jamás parecía haber bajado allí, convirtiéndose entonces en un mito.
—Sí, es ahí, pero también es suya la cuarta bodega, o al menos eso tengo entendido.
Tuve que reírme.
—¿No ha ido nadie a comprobarlo?
—Claro que sí, pero no habrán encontrado nada —habló con apariencia frustrada—. Dicen que el espectro pertenece a uno de los carpinteros que trabajaron en levantar la ópera, el cual se ahogo en el lago ese. Al parecer lleva en ella desde que se colocó la última piedra.
—Pues sin duda sabe mucho de música para ser un simple constructor —tuve que burlarme.
Ella se rio, encogiéndose de hombros.
Pronto pagamos lo que habíamos pedido y volvimos a salir a la luz del día, observando desde la distancia los hermosos colores de las cúpulas que formaban la ópera popular, entando encima de ellas la famosa escultura de Apolo con su lira.
—Lo creas o no, y créeme que no soy de las que aceptan el daño como forma de castigo, hace bien el trabajo que se ha propuesto —me explicó mientras esperábamos a que pasase una berlina para cruzar la calle—. Antes no había seriedad entre los trabajadores. Daban verdadera pena las actuaciones, pero gracias a él se han conseguido buenos cambios, al menos en el tiempo que llevo aquí. —Me escrutó con la mirada—. Y tú eres uno de esos cambios, por lo que deberías estar agradecida de tener tu propia oportunidad.
Y allí estaba de nuevo la locura, como no, haciendo que adorasen los pasos de un der invisible, consiguiendo que volviese a dudar acerca de mi propia sensatez y la del resto.
¿Pero que sabía yo verdaderamente sobre la cordura?
Todavía podía recordar con vivacidad el volar de los bustos contra Buquet, o cuando dirigieron sus expresiones hacia mí.
¿Quién había realizado tales obras y dónde se escondía?
Tuve que darme ligeramente por rendida; al menos por el momento.
—Supongo… que tienes razón. Pero aún así no apruebo nada de lo que ha hecho hoy —la dije severa.
—Yo tampoco —alegó mientras cruzábamos la gran y decorada entrada, dirigiéndonos a donde se encontraban los cuartos de las bailarinas, dejando atrás las conversación, como si allí todo fuese escuchado y fuese preferible no mencionar nada, por si cierto demonio decidía aparecer repentinamente para defenderse.
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Todos los trabajadores oyeron los hechos sobre el tremendo susto que había sufrido la diva, y no parecían cesar los murmullos acerca del suceso a pesar de que los días pasasen. Carlotta por su parte tampoco ayudaba demasiado, derramando lágrimas a cada instante y culpando a las sombras cada vez que un estruendo sonaba.
A decir verdad, todos estábamos con los nervios a flor de piel, añadiendo además la tensión que nos concedían los directivos cada vez que nos visitaban, deseando que algún día venidero comprasen todas las entradas.
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Clafoutis*: tarta típica francesa la cual se elabora horneando en un molde cerezas bañadas en un líquido parecido al de las crêpes. Curiosamente las cerezas se ponen enteras, con el hueso incluido.
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El título viene a mención del libro que ha encontrado Christine; Victor Hugo vio en griego esa palabra tallada en la catedral de Nuestra Señora, muy escondida y rebuscada, y la tomó para luego poner ese nombre a uno de sus capítulos en la novela.
¡Creo que a éste también le ha venido como anillo al dedo!
En el siguiente capítulo (el cual es muy corto pero es que dejarlo en este no me parecía del todo bien) sabréis el por qué lo puse.
¡Millones de gracias por los comentarios! Me alegra muchísimo saber que alguien me lee.
Un besazo y hasta el próximo capítulo!
