Flores para Kise: Spin off.

Ganarse a la familia de tu novio y cosas que ocurrieron durante la Copa de Otoño.

Estaba nervioso.

No, no nervioso. Estaba muy, muy, demasiado, exageradamente nervioso. Apenas había tenido tiempo de correr a su departamento para darse una ducha (otra más después del partido contra Shutoku), cambiarse el uniforme por algo ni muy formal ni muy callejero y salir. Cuando cruzó la puerta del edificio, recordó que se había dejado el celular en la mesa del comedor y se golpeó la frente con fuerza. Quizás le quedaría rojo. Volvió, sin molestarse en llamar el ascensor, aunque vivía en el quinto piso.

No se podía quejar; la vista a la ciudad era espectacular.

Agotado, llegó frente a la puerta y puso la llave para entrar, tomar el celular, y volver a salir, echando el seguro a toda velodidad.

Decidió que sería mejor tomar un taxi si no quería llegar tarde; los padres de Kuroko le habían puesto un horario de llegada a cenar. A las ocho de la noche. En punto.

Hizo parar un vehículo alzando la mano y al entrar le dio la dirección al conductor. Miró por la ventana durante el corto viaje de seis minutos y algo así, pensando en cómo sería. Cómo lo trataría Natsuki, su suegra —ese pensamiento le dio escalofríos—, si Souta sería mordaz y si Asuka lograría distender el ambiente, como cada vez que estaba cerca. Tal vez, lo acribillarían a preguntas acerca de su modo de vida, de Estados Unidos, de sus notas, qué quería hacer en el futuro…

Porque sí, Tetsuya le había dicho que a sus padres eso les preocupaba, y que si iban a estar juntos, tenía que ser en serio.

Entendía que los padres de Kuroko fueran tan… japoneses, en las propias palabras de su menudo novio; sus situaciones eran distintas. Mientras los Kuroko eran una familia conservadoramente japonesa, sobre protectora, cariñosa con su único hijo, Takeshi y Ana Kagami se habían adaptado al liberalismo de Estados Unidos y le habían enseñado todas esas cosas a Taiga —aunque era un chico que ya tenía una fuerte carga valórica de su país de origen, y el hecho de que ambos se separaran hizo que pusiera en la balanza todos esos valores.

Le costaba un poco proyectar su futuro, pero, por el momento, lo único que sabía era que quería que Tetsuya Kuroko formara parte de él.

Cuando se bajó del taxi pagó los yenes correspondientes y se plantó frente a al umbral de la puerta, esperando, miró la hora en el celular que no había soltado desde que había vuelto a salir del departamento. Había, contra todo, llegado con veinte minutos de adelanto y se sintió idiota por haber tenido tanta prisa. Siguió parado ahí sin saber si tocar o no. Finalmente, contuvo el aliento y llamó al timbre.

Inmediatamente, las cortinas del segundo piso se corrieron y un segundo después se abrió la ventana, dejando ver a Kuroko, que aún estaba desarreglado, con el cabello húmedo y una camiseta gigantesca de los Chicago Bulls —que era de Taiga, pero eso Natsuki Kuroko no lo podía saber—, con el cepillo de dientes metido en la boca. Se fue un par de segundos y volvió, sin el cepillo. Sonrió, igual que siempre que le veía parado en la acera frente a la casa, cuando iba a buscarlo para jugar, ir a comer algo o simplemente porque sí.

—¿Te lanzo las llaves? —Preguntó. Kagami alzó una ceja—. Mis padres todavía no llegan y aún no me visto…

—¿Y qué importa? No seas flojo, baja a saludarme como se debe —hizo un mohín, inflando los cachetes, logrando que Tetsuya soltara una risa. El chico de pelo celeste cerró su ventana y Kagami pudo escuchar sus pasos apresurados, bajando la escalera. Escuchó un par de ladridos de Número Dos y se estremeció ligeramente. Acto seguido, la puerta se abrió y Kuroko se le lanzó encima, echándole los brazos al cuello. Kagami lo sostuvo y dio una vuelta con él antes de darle un beso corto y dejarlo en el suelo—. Me mojaste la camiseta —le dijo, haciendo un puchero. El perro daba vueltas a su alrededor, contento de verlo.

—Oh, vamos. Deja de quejarte y entra antes de que te deje fuera —dijo y lo tomó del brazo para entrar en la casa. Kuroko silbó al can y este se adentró por el corredor de la entrada, para ir a echarse en uno de los sofás de color avellana que había en la sala. Kagami no podía dejar de mirar a Kuroko, que a su parecer se veía endemoniadamente lindo con la enorme sudadera de los Chicago Bulls, blanca con detalles rojos, y que de paso estaba firmada por Michael Jordan en persona; su madre lo había conseguido con una amiga suya. Llevaba pantalones cortos, pantuflas de perro y el cabello desordenado. Llegaron al inicio de la escalera y Taiga se detuvo ahí cuando el otro trató de avanzar—. Ven, vamos.

—No creo que sea seguro… —estaba en terreno desconocido, por lo tanto, tenía que andarse con cuidado si quería sobrevivir a la tarde—. Si estuviera seguro de que tus viejos no vuelven hoy, subo y me dedico a hacer lo que quieras el resto del día, pero tengo que causar buena impresión —dijo y Tetsuya se rió antes de subir un par de escalones para quedar a su altura y rodearle el cuello con los brazos, acercando sus rostros.

—Se suponía que el recatado era yo —declaró Tetsuya y avanzó un poco para chocar su nariz con la contraria, antes de darle un beso corto en los labios.

—Se suponía, pero este es territorio Kurokiano —dijo, Tetsuya soltó otra risa más. Adoraba hacerlo reír—. Y en tu casa te comportas distinto. Es como si soltaras todas las amarras.

—Contigo es igual, tú también eres mi hogar —soltó como si fuera lo más natural. Kagami lo alzó para abrazarlo en el aire. Ese era otro detalle más que no podía dejar de querer: era sincero, dulce. Cuando estaba con él era el Tetsuya Kuroko real, no el que se sentía menos, invisible. Era una persona diferente en algunos aspectos e igual en otros.

Por ejemplo, no tardaba en dejarlo en vergüenza o hacerle un chiste ácido en cuánto podía. O desaparecía de la vista de sus padres cuando entraban a ponerse demasiado melosos. Seguía apreciando la soledad, pero no le gustaba estar solo.

Taiga quería creer que parte de ese comportamiento más ameno tenía que ver con él.

•••

Midorima respiró hondo, unas dos, unas seis veces antes de tomarle la mano a Takao y meter la llave en la rendija, hacerla girar, y entrar en el departamento —el gigante departamento— de su familia. Ese día, lo presentaría como su novio a sus padres de forma oficial y a su hermana de una forma no tan oficial.

Hibiki, su padre, sólo lo conocía de pasada, porque vivía viajando con su mujer por cuestiones del trabajo de ella ahora que los niños estaban bien solos. Pero dada la personalidad de su padre, estaba seguro de que le caería, como poco, bien.

Su madre era otra cosa…

Yuna Midorima tenía la mala costumbre de cargarle a su hijo una cruz en la espalda con sus expectativas. Ella, por supuesto, quería que formara una familia, fuera a la universidad y llegara a ser un médico exitoso —y esto último, Shintaro lo haría más por su propia voluntad que por otra cosa, porque amaba la medicina. Tener un chico como pareja, para ella, era un estorbo en los bellos planes que tenía para su bebé. Midorima sabía que podría haber más de un conflicto con su madre aunque conocía a Takao lo suficiente como para saber también que no se dejaría amedrentar por nadie. Yuna sería la única piedra de tope en esa relación, pero Kazunari no era de los que se limitaban a lanzar la piedra hacia adelante para hacerse camino; él, la rompería, y con ello, la anticuada forma de pensar de la mujer.

O eso esperaba él.

Antes de que pudiera terminar de abrir, Hikari había abierto la puerta con una sonrisa radiante. O era el vestido el que brillaba demasiado. Shintaro la acercó por la cintura y le dio un beso en la mejilla antes de empujarla al interior del domicilio. Su hermana menor tenía quince años y era una revoltosa, de personalidad avasalladora y risa estridente. Era calcada a él, excepto por el detalle de que ella prefería llevar lentes de contacto antes que gafas. El largo cabello lacio y verde le llegaba hasta las caderas. Y era de la estatura de Kazunari, justamente, un poco más de un metro setenta.

—Yo pensaba que tardarían más —le dijo y de inmediato, cuando la puerta se cerró tras Takao, se acercó a él y lo saludó con un beso en la mejilla—. ¿Cómo estás? —Preguntó. Takao le caía bien y ambos habían hecho muy buenas migas la tarde que Kazunari se había quedado a alojar, cuando aún vivía en ese edificio—, ¿listo para conocer mejor a la ogra y el príncipe del cuento?

—Hikari.

—Ay, Shintaro —se quejó ella, poniendo las manos en la cintura—, sabes que es verdad. Son tal cual, Takao, ya lo verás —dicho esto, le tomó la mano al novio de su hermano y lo arrastró hasta el living, con Midorima yendo tras ellos. En la cocina se escucharon los traqueteos apresurados de platos y el lanzador recién cayó en cuenta de que había un aroma dulce a limón.

Seguramente su padre estaría haciendo algún postre.

Dicho y hecho, el alto hombre de cabello verde oscuro, se acercó con un mantel de cocina cubriéndole el pantalón de tela liso y negro, un paño de cocina en las manos y en el rostro una sonrisa idéntica a la de su hija menor. En cuanto lo vio, Hikari tiró de Kazunari para llevarlo hasta él.

—Papá, este es... —iba a decir, pero Shintaro se acercó con expresión molesta y le arrebató la mano del pelinegro.

—Debería ser yo quien lo presentara, después de todo…

—Dios mío, Shintaro —el hombre sacudió la cabeza y abandonó el paño sobre uno de los sillones de terciopelo color marfil—. Tanta formalidad. Te pareces mucho a tu madre, hijo, y eso no siempre es bueno —ahora, desde su altura de metro noventa, miró al muchacho que había llevado su hijo a la casa—. Es un gusto, Kazunari Takao —dijo y le extendió la mano para que el pelinegro la tomara y le dio un apretón—. Mi nombre es Hibiki.

Midorima se tensó un poco, esperando la respuesta de su compañero. Así que le alegró pero no le sorprendió que devolviera la sonrisa con naturalidad.

—Gracias, pero está siendo tan formal como su hijo —Hibiki se rió a gusto, sin soltarle la mano.

—Me agradas muchacho. Pero me agrada más que hagas tan feliz a mi hijo, y ya veo por qué.

Hikari le volvió a robar a Kazunari, agarrándose de su brazo.

—¿Cierto que es lindo y genial, papá? Y Shintaro dice que es increíblemente talentoso en el básquet. Aunque si ha podido descongelar a este bloque de hielo —empujó con cariño a su hermano—, es que es el indicado, ¿no? —el hombre volvió a reírse y asintió.

Le dio una palmada en el hombro a Shintaro, recogió su paño y volvió a la cocina, a evitar que su postre se quemara, supuso. Apretó la mano de Takao para que le diera su impresión. Él, levantó el pulgar y Hikari soltó una risita satisfecha.

—Me agrada, parece la clase de hombre que no se incomoda por mucho.

—No lo hace.

—Me recuerda a mi mamá —dijo y miró en dirección de la cocina. Midorima recordó que los padres de Kazunari vivían lejos, en un pueblo cerca de los campos de arroz del sur. La nostalgia pasó como una sombra por sus ojos y se esfumó enseguida, porque Shintaro lo acercó para darle un beso en la cabeza.

—Eso lo sabré cuando me lleves a conocerla.

Kazunari se mordió el labio y fue extremadamente incapaz de reprimir la sonrisa de enero a enero que se le formaba. O eso hasta que unos tacones de color blanco y unas largas piernas delgadas salieron del pasillo, y la mujer dueña de aquellas estaba a mitad de hacerse un moño alto en la cabeza. Ahora sí, Shintaro apretó los dientes, presa del nerviosismo.

Yuna Midorima era una mujer alta, su cabello castaño claro daba señal de algunas pocas canas, aunque su rostro era liso y sin arrugas. Tenía los ojos verdes, como su marido y bajo ellos había unas ojeras muy bien disimuladas con la mejor base de maquillaje que ofrecía el mercado. Ese dato Shintaro lo sabía porque la había visto cubrir las sombras oscuras durante toda su vida, pero dudaba que Takao, con su vista prodigiosa, no lo hubiera notado.

Ella terminó con su moño y dejó caer el resto de su pelo desde lo alto, y se acercó con paso altanero hasta sus hijos y… su yerno. Sin detenerse a ser cortés, dijo:

—Así que este es en realidad el muchacho del que no dejas de hablar, Shintaro —ella miró consecutivamente a Shintaro y Kazunari, como comparándolos. Comparándolos, de hecho—. Pues ahora que lo veo bien no es nada especial —soltó con desdén, observándolo de arriba abajo. Takao había abierto la boca para decir algo pero ella ya se había dado la vuelta para entrar a la cocina, ignorándolo completamente.

Midorima bajó la vista para poder cruzarla con la de su novio, pero Kazunari tenía la mirada fija en la cocina, con el gesto plano y los ojos ligeramente entrecerrados.

Una corriente le pasó por la espalda. Él recordaba esa mirada, era la misma que le había dado a un grupo de pervertidos antes de arreglárselas para hacer caer a uno de ellos desde un autobús en movimiento cuando habían estado molestando a unas chicas de primaria, sin que lo notaran. El tipo se había roto una pierna.

Sintió algo de lástima por su madre.

•••

Las manos de Akashi eran tibias, lo cual lo sorprendió la primera vez que el pelirrojo lo había tocado. Había sido en el rostro, para limpiar una manchita del carboncillo que había tenido que usar para clase de artes plásticas. Era lo contrario a Furi, que tendía estar helado a todas horas —que resultaba increíblemente ventajoso en los veranos calurosos y los partidos de básquetbol. Le encantaba.

En ese momento tenía las manos templadas por la adorable temperatura corporal de su novio, pero no podía evitar sudar frío, haciendo que el contacto se tornara húmedo.

El tren que iba hacia Kioto esa mañana dominical iba medio vacío. Tenía una bufanda de color claro atada al cuello y el abrigo café puesto encima, mientras que Seijuuro se limitaba a un sobretodo de franela color azul grisáceo y una bufanda. Furi se entretuvo mirando hacia afuera, el término de la zona rural y el inicio de la enorme ciudad. Se volteó y miró a su novio un segundo.

—¿Estás seguro de que no te molesta? —Preguntó, señalando sus manos unidas, ocultas en el bolsillo del abrigo café. Akashi negó con la cabeza.

—No mientras pueda tomarte la mano —contestó. Kouki se apretó más contra él y recostó su cabeza en el hombro del otro. La franela era suavecita y lo invitaba a acomodarse ahí y dormir, pero la voz del conductor se coló por el altavoz, anunciando la pronta llegada a la estación central de Kioto—. Vamos —indicó cuando el vagón se hubo detenido en su andén. Sin soltarse, caminaron hacia la puerta automática y Akashi lo dejó bajar primero. Esa era otra cosa que amaba de él; su forma de tratarlo, como si fuera a quebrarse. No como si fuera débil, pero sí con sumo cuidado, tal vez, temiendo por sí mismo.

Anduvieron un momento hasta la salida de la estación. Estacionada, había una elegante limosina negra con cristales polarizados. Se preguntó si alguna personalidad importante se presentaría ese día en la ciudad. Antes de que pudiera seguir caminando, Akashi se detuvo con brusquedad, justo después de darse cuenta de que el vehículo estaba ahí.

Furihata entendió enseguida la mueca de desagrado que pasó fugazmente por su rostro, y que fue descartada cuando el castaño apretó su mano.

Esa limosina, seguramente —claramente, obviamente—, era perteneciente a la influyente y poderosa familia Akashi.

Y Seijuuro parecía verse incómodo tanto ante la presencia de la máquina como del chófer que salía de ella para saludarlo con una reverencia.

•••

Al rato después llegaron sus padres, cargados con bolsas, disculpándose continuamente por el retraso. Sobre todo Natsuki, que no soportaba la idea de haber llegado tarde y que el novio de su pequeño hubiera sido tan puntual —Tetsuya estaba seguro de que su madre había imaginado que llegaría un muy buen rato después de lo estipulado.

Eso pareció relajar la situación durante un rato en el que ambos jugadores aprovecharon para poner la mesa junto a Asuka mientras los dueños de casa se enfrascaban en la comida que aún no estaba hecha.

La pequeña y delgada figura de su madre iba y venía casi sin ser vista, el cabello azul claro ondeándole hasta el pecho y los ojos de un color similar echando con avidez miradas hacia donde estaba Taiga. Souta, lo mismo.

Ya luego comenzaron las hostilidades. Fingidas hostilidades, la verdad. Kagami estaba a prueba, se recordó, y recordó también que no le había contado toda la verdad y no le había dicho que finalmente sus padres lo habían aceptado después de escuchar un largo discurso de su parte, acerca de cómo él había sido su luz todo ese tiempo; la forma en la que lo había empujado a amar el básquet aún más que antes, cómo le enseñó que la vida no se resumía a sus libros, a la soledad. Había algo más para él, incluso si no era juntos. Cómo Taiga lo había hecho levantarse en el momento en que todo se la había estado a punto de írsele encima, creyendo que no podría cumplir su promesa. La manera especial que tenía de subirle el ánimo con sus payasadas, sus sonrisas, la calidez de su mirada cuando caminaban.

Lo importante que era para él que sus padres supieran que era cariñoso, que lo cuidaba y lo mimaba, teniéndolo en cuenta siempre, siendo capaz de verlo en la cancha y fuera de ella. Les había dicho que para él no pasaba desapercibido y que, principalmente, lo hacía feliz. Todo eso respaldado por la abuela.

Souta se había acomodado los anteojos ovalados que solía usar en la casa y asintió al final, dando en el gusto tanto a su hijo como a su madre, a pesar de los reclamos de su mujer.

—A prueba —dijo, antes de que Tetsuya pudiera celebrar mucho más—. No es que no confíe en tu palabra. Tus ojos brillan y nunca te había visto así, aunque ese… ¿chico? Dios, es demasiado alto, ¿cómo puede estar sólo en preparatoria? Como sea, necesito, necesitamos conocerlo y comprobar por nosotros mismos lo que dices, hijo.

—Invítalo a cenar —soltó su madre de repente, sorprendiendo a los tres—. Va a venir al campo de batalla a demostrarme que es suficiente para mi bebé. No, por el amor del cielo, Tetsu, cariño, sabemos que muchos chicos están con otros chicos, es el siglo veintiuno. Cuesta asumirlo, sí, pero si lo quieres tanto le daremos su oportunidad. Pero ¡ay de él que se atreva a lastimarte, mi vida! porque se me va a olvidar que la vajilla china que tenemos es cara.

Recordarlo lo hizo reír.

—¿Qué pasa? —Preguntó Kagami, sacándolo de sus pensamientos—. Hace rato que estás haciendo todo en modo autómata. El que tiene que estar nervioso aquí soy yo.

—No pasa nada —contestó y tiró de él para darle un beso en la mejilla cuando su abuela no miraba—. Sólo pensaba, es todo. Ahora, ya, pásame los vasos, los últimos de arriba, esos mismos —acabaron con los preparativos, y aprovechando que su madre le había pedido que sacara a Número Dos al patio, le dijo—: Sé tú mismo, ¿bueno? Responde con sinceridad, es la mejor manera de que llegues a ellos —Kagami asintió antes de darle un beso en la coronilla de la cabeza.

Un rato después estaban todos a la mesa, y Kuroko tuvo que reprimir el impulso imperioso de tomarle la mano a Kagami para tranquilizarlo. En el personaje, pensó. En el fondo, sus padres estaban jugando con los nervios del pobre pelirrojo. No dijeron mucho, durante varios minutos. Tetsuya no podía dejar de echarle miradas. Taiga estaba cortando todo en pedacitos y comiendo a bocados normales. Eso ya decía mucho de él. Se estaba esforzando en serio por agradar a sus padres y la ternura de aquello lo llenó completamente. Ese hombre no dejaba de sorprenderlo nunca.

Comenzaron con la oleada de preguntas. Desde su departamento hasta sus notas, pasando por sus gustos, el tiempo que le dedicaba al básquet. Qué y cuánto comía y si había sido el responsable de que Tetsuya llegara más tarde de lo que correspondía casi todos los días —eso, pensó, sería motivo de una buena reprimenda. Su madre adoraba los batidos, pero prefería que su hijo consumiera los que ella misma preparaba, "sin tantos químicos y basuras varias que dañen su organismo".

—Dime, Taiga —dijo Souta de repente en un gruñido. Kagami se tensó y apretó los dientes ligeramente antes de asentir con la cabeza—, ¿es cierto que viviste en Estados Unidos? ¿Cuánto tiempo?

—Bien… —esta vez, Kuroko puso su mano sobre el muslo de su novio y apretó ligeramente en un gesto tranquilizador— Sí, viví ahí unos siete años más o menos.

—Y luego volviste a Japón, ¿y eso por qué?

—Mis padres se separaron, hace poco se firmó el divorcio —dijo, y el jugador sombra casi palpó la nota de pesar en su voz. Nunca hablaban de eso, pero a Kagami le había dolido bastante la separación de sus viejos.

—Ya veo —soltó Natsuki, quien, Tesu sabía, no concebía la idea de la separación. Había vivido buena parte de su vida junto a Souta y su familia había sido de las mismas—. Lo siento.

—Está bien —contestó Kagami, con una pequeña sonrisa—. Uno se acostumbró más a la libertad, eso es todo. Al final fue para mejor, porque nunca hubiera conocido a su hijo de no ser porque mi papá se devolvió a Japón —esa respuesta le quitó el aliento. Controló las ganas de saltar sobre él para darle un beso muy apretado, porque lo hubiera echado a perder. Miró a sus padres consecutivamente y ambos se veían igual de asombrados por eso. Eran un par de melosos. Con eso, Kagami ya había pasado el examen, pero eso no lo sabía y no lo haría hasta que Souta lo hubiera torturado lo suficiente.

—¿Y tus estudios? —Preguntó cambiando de tema—, ¿qué quieres hacer en el futuro?

Ay.

Kuroko sabía de sobra que Kagami sentía una pasión extraña por ayudar a los demás, y siempre había admirado lo que los cuerpos de bomberos hacían. Y él quería ser uno de ellos, así como él quería ser profesor de párvulo.

—Bombero —dijo sin más, sin pensarlo, haciendo caso al consejo de su novio, que fuera sincero con lo que decía—. Quiero unirme al cuerpo más adelante. Quizás seguir en el básquetbol…

—¿Y nada más? —Inquirió Natsuki, entrecerrando los ojos—. ¿Sabes que Tetsu quiere ser parvulario? No me malinterpretes, pero no creo que ser bombero te deje mucho.

—Mamá —amonestó Kuroko, eso no se lo esperaba. Una cosa era criticar a Taiga dentro del plan de revisión, pero otra muy distinta era meterse con sus aspiraciones delante de sus narices—. Podré arreglármelas por mi cuenta ¿Cuántos años crees que tenemos? ¿Veinte?

—Van para allá.

—Señora —interrumpió, como hacía cuando desviaba un balón demasiado peligroso del camino de Tetsuya—, con todo respeto, para eso todavía queda bastante —en seguida, pareció perder todo su valor. Pero a Kuroko no dejó de parecerle adorable que lo defendiera de esa forma tan inconsciente. Se calló entonces y apretó los dientes. Seguramente no querría regarla. Kagami quería desesperadamente la aprobación de los padres de Kuroko, y para el caso, él quería lo mismo.

—Pues muy bien —Souta se levantó de su asiento, con el entrecejo fruncido. Taiga, a su lado, se tensó, y Tetsuya sintió algo de miedo. La que tenía su padre era esa mirada, la que usaba cuando tenía que dejar de lado su personalidad tímida para hacerle cara a algún mastodonte del cuerpo de policía cuando no hacía bien su trabajo. Estiró la mano hacia Kagami como para despedirse de él, y el pelirrojo se mantuvo en su lugar, quieto. El juego había acabado ahí, Kuroko estaba seguro.

Hasta ese punto había llegado. Nunca había visto a su papá con ese gesto de seriedad tan inescrutable. Incluso él sintió el calor de la reprimenda que procedería a soltar. Luego pasó algo inesperado.

Natsuki soltó una risita que trató de ocultar tras su mano, la abuela negó con la cabeza, pero también contenía la risa. Kuroko los miró a los cuatro, consecutivamente, a su madre y a su abuela que ya no podían dejar de reírse, a su novio, que estaba recio en su asiento con la respiración contenida y a su padre, que ahora estaba inclinado hacia Taiga con la mano en el mismo sitio, sonriendo.

—He de decir —dijo, con su voz de siempre, la relajada y tranquila— que por un segundo creí que tratarías de matar a mi esposa cuando le habló así a Tetsuya. Con eso sumaste todos los puntos. Jamás le diríamos algo así a nuestro hijo. Respetamos todas sus decisiones y tú, muchacho, pareces haber sido de las buenas —Kagami, por fin decidió a darle la mano, que Souta apretó—. Bienvenido a la familia.

Taiga soltó todo el aire que había estado conteniendo y una expresión de alivio supremo surcó su rostro y lo opresión en el pecho de Kuroko se disipó. Su padre lo había engañado. Odió por primera vez en su vida que sus clases de actuación en la universidad siguieran tan patentes —aunque de niño no se quejaba de los leones y los dragones que le interpretaba cuando contaba cuentos.

—Eres malvado —dijo, dirigiéndose a su padre—. Me engañaste, yo no sabía nada de esto. Estuvo totalmente fuera del plan.

—¿Plan? —Preguntó Kagami, comenzando a comprender— ¿Quieres decir que toda esa tensión no era de verdad? —Kuroko negó con la cabeza y se echó a reír también. El rostro de su novio no tenía precio en ese momento. Había una mezcla de frustración, molestia, alivio y un puchero que no podía formar. Le habían tomado el pelo y Tetsuya había sido cómplice.

Pero se lo vio más contento y bastante más relajado el resto de la tarde. Era un poco más él mismo. Le cobraría la mala pasada, eso era seguro; nada que no pudiera arreglar con un beso, o dos, y mucha comida casera.

Estaba feliz, mucho más de lo que hubiera podido pedir.

•••

El aire estaba denso, denso, denso.

Yuna, desde que había salido de la cocina con una taza de porcelana llena de té verde para sentarse en uno de los mullidos sillones, se había dedicado a lanzarle miradas inquisitivas al novio de su hijo. Takao no se sentía incómodo para nada, pero el que sí parecía estarlo era Shintaro.

Tenía la horrible sensación que la que llevaba la casa y a la familia por las astas era esa mujer que no podía dejar de resultarle desagradable.

¿Qué le habría contado la arpía de su tía? Sabía que se veían, se juntaban a veces. ¿Le habría hablado del "pobretón" del padre de Takao, de su madre y sus sobrinos? No imaginaba que le mujer lo detestara tanto. Ahora entendía por qué su madre había estado tan dispuesta a llevárselo de vuelta a casa cuando no encontró más arriendo que el que podría conseguir con ella.

La forma en que Yuna lo examinaba… era despectiva. Lo miraba en menos, lo sabía, lo veía debajo de sus cejas ligeramente mal depiladas, los ojos delineados finamente con un lápiz negro —y no cualquier lápiz, veía lo liso del trazo desde esa distancia de tres metros, así que era de marca— y las sombras claras que usaba, que le daban un deje de joven seriedad, el ligero polvo compacto de sus pómulos los alzaba, dándole un aire de autoridad ¿Es que aquella señora no dejaba nada al azar?

Ya le había sacado el rollo, claro: estirada, perfeccionista, clasista. Tendencia a la ingesta de grandes cantidades de té verde o café —recientemente se había tomado uno de esos últimos, había una mancha en la comisura de sus labios— y sin embargo era resistente a ellos, porque se veía relajada. Orgullosa, arribista.

Y claro, tradicionalista, por lo tanto, detestaría que el niño de sus ojos tuviera a un chico y no a una tonta niña de clase alta como su pareja.

Había dado con eso en un vistazo, cosa que lo enorgullecía. Últimamente le había dado por analizar a la gente y le resultaba muy bien. De haber sido otra persona, se lo habría comentado a Midorima para que le diese el visto bueno a su análisis.

Le tendría el respeto estándar que se le tiene a la madre del novio.

Hasta que ella decidiera perderlo, claro. Entonces, soltaría todo sin hacerse un solo lío, sin pelos en la lengua.

Mientras Midorima padre dejaba su pie de limón en el horno un rato —lo que indicaba el cronómetro—, se quedaron los cuatro en el espacio que había entre la enorme cocina y el living, hablando de cualquier cosa. Shintaro, más que nada, los oía.

—Pero quiero cortármelo. O sea, amo mi cabello y el largo es precioso, pero a veces me molesta mucho —dijo Hikari, jugando con las puntas de un largo mechón verde.

—La hermana de Kise lo tiene así de largo —contestó Kazunari, ladeando la cabeza, observando a su cuñada—. La quiero mucho, en serio, pero es lo suficientemente vanidosa como para que cortar su cabello sea el crimen más fatal de la vida.

—Recomiéndame algo, anda. ¿Estaría mal si abuso de tu "Ojo de Halcón"? —Takao se rió y miró a Hibiki, que asintió y le tomó la mano a su hija para que modelara una vuelta. El pelinegro sintió la mirada inquisidora de su suegra sobre él—. ¿Y bien? —Kazunari entrecerró los ojos un poco y puso el mentón entre su índice y el pulgar.

—Una melena, tal vez —escuchó el imperceptible gemido de horror de Yuna y el tintineo nervioso de la taza. Quiso reírse—. Depende de qué tan radical quieres es cambio.

—En una escala de uno a diez, cielo —sugirió el padre. Ella lo pensó, mirando a todos lados.

Shintaro le echó una mirada a su madre por encima del hombro, cosa que Takao no pasó por alto.

—Ocho, nueve —contestó ella, moviendo las manos emulando una balanza.

—Insisto en la melena.

—¡Oh por favor! —Yuna Midorima había dejado la taza sobre la mesa, molesta—. Ya fui muy paciente. Esperaba que captaras el mensaje inicial y te fueras, chico —ella se cruzó de piernas y alejó su coleta de un manotazo altivo.

—Mamá, para —gruñó Midorima, tratando de ponerse delante de Takao, pero el pelinegro se lo impidió. Había estado esperando ese momento, sólo necesitaba una discusión tan trivial como esa para darle rienda suelta a inquina de Yuna.

Era capaz de pelear sus propias batallas.

La mujer siguió hablando, como si su hijo no hubiese dicho ni pío.

—No puedes simplemente venir, colgándote de mi hijo cual lapa, para aprovecharte de su buena situación. ¿Crees que no sé de dónde vienes? ¿Un campesino de Nagano tratando de llevarse por delante la moral y las buenas costumbres de Shintaro? No me hagas reír. No tienes nada que ofrecerle. Habiendo tantas muchachas, Shintaro, de buena familia, incluso muchachos decentes para ti…

—Pues no creo que hubiera podido conseguir nada mejor que yo —soltó Takao con acidez, interrumpiéndola y Shintaro parecía no saber si sentirse terriblemente orgulloso o aterrado. Yuna se irguió en su asiento y su ceño se frunció—. Además —continuó, y ni Hibiki, ni Hikari ni Shintaro trataron de frenarlo. Los tres querrían ver si era capaz de taparle la boca a Yuna Midorima—, si su hijo me escogió de entre todo su montón de niños bonitos y mimados es por algo. Y según usted, si mi Shin es lo suficientemente adulto como para estar seguro de que en veinte años va a ser feliz sentado detrás de un escritorio y no se va a lamentar después, entonces es perfectamente capaz de decidir si quiere estar enamorado de un don nadie, campesino, poca cosa y mala clase como yo, ¿o no?

Yuna apretó los dientes.

Takao había soltado información que Midorima nunca le había dado, pero que él mismo había deducido. Y le dio justo a la vaina. Sabía de antemano que su novio sentía ilusión por la carrera de medicina, y era propia su decisión. Pero también veía la presión que lo invadía cada vez que le entregaban resultados y lo tenso que se ponía si las cosas no iban como lo esperaba. Eso, seguramente, sería culpa de su madre.

—¿Puedo decirle algo? —Preguntó, pero no esperó a que terminara—. No tiene nada que ver el corte de cabello de Hikari con mi relación con su hijo, así que si quería echarme lo hubiera dicho antes. No tiene necesidad de hacerse la ofendida por una sugerencia.

—¿Escuchas cómo me habla, Shintaro? ¿Vas a permitirle que lo haga?

—Justamente —soltó Midorima, para sorpresa de todos—. No tienes derecho de decir las cosas que dices, madre —el de gafas dio unos pasos al frente, ahora sí poniéndose delante de Kazunari—. Y Takao tiene razón; sé más consecuente. No voy a permitirte que lo trates de esa manera si ya luché tanto. Lo siento, pero es lo que pienso.

Yuna se levantó de su asiento, roja como un tomate, agarró su cartera e hizo amago de salir por la puerta.

—¿Ves lo que te ha hecho ese niño? —Inquirió con gesto dolido—. Tú no eras así, amor. Míralo, lo único que quiere es discordarnos… —pero Shintaro no se movió, de hecho, sujetó su mano para reafirmar sus palabras. Yuna miró sucesivamente a su hija, pero ella ya había entrado en la cocina a ver el postre de su padre, a su marido, que se le acercaba con pasos lentos y a su hijo, que seguía tomándole la mano a Takao. La había jodido en grande, pero no iba a aguantar que aquella mujer tratara de humillarlo. Hibiki, al llegar con ella, le tomó las manos y le sonrió.

—Tal vez deberías salir a despejarte un momento.

—Y ahora me echan —gruñó. Se soltó de la mano de su esposo y giró el pomo de la puerta.

—Yo no quise decir…

—¡No! Desde que llegó ese… muchacho, no han hecho más que ignorarme. Y yo haré lo mismo.

Dicho eso, giró sobre sus talones y salió, dando un estridente portazo. Kazunari no pudo dejar de sentir cierto miedo. ¿Se habría enfadado su suegro por lo que había pasado? ¿Y Hikari? ¿Y Shintaro? ¿Estaría enojado y lo dejaría por haber…?

Hibiki se dio la vuelta para mirarlos, suspiró pesadamente pero luego volvió a blandir su sonrisa normal. Se acercó a ello y puso una mano en el hombro del pelinegro y volvió a la cocina, a sacar su postre.

Midorima lo giró para que le diera la cara y lo tomó por las mejillas. Le dio un beso en la frente e hizo algo que no hacía tan seguido: sonrió con soltura.

—Eso —empezó— fue… no sé, ¿increíble?

—Increíble, genial, fantástico, maravilloso —siguió Hikari, saliendo de la cocina con unos guantes para horno cubriendo sus manos—. Nunca había visto a nadie plantarle cara de esa forma a mi mamá. Creo que eres lo mejor que le ha pasado a esta familia, Takao.

Kazunari, por su lado, no podía creer lo que le estaban diciendo ambos hermanos. De inmediato, el padre de ambos se apareció por el marco de la puerta, diciéndoles que fueran a comer a la cocina. Él, dudó un momento hasta que Hikari tiró de él y lo llevó a una mesita cuadrada en una de las esquinas.

Le explicaron que ellos, en realidad, vivían casi en un mundo aparte cuando Yuna no estaba en casa. La mujer era partidaria ferviente de que las comidas eran y eran en la mesa del comedor, porque la cocina era para empleados. No le sorprendió que Hibiki y Hikari lo hicieran, pero, Shintaro…

—Últimamente lo hemos obligado a ser cálido —dijo el hombre, poniendo platos con pastel de carne en la mesa—, pero anda a verlo cuando salía de la casa. Aunque llegó un momento en la secundaria en que se puso más frío de lo normal, al entrar en la preparatoria cambió un poco, hará a eso de mediados de año, y nosotros creemos saber por qué —comentó, mirándolo directamente ahora—. Me gustaría tener el crédito por los cambios de mi hijo, pero sé que no es así. A Yuna no le gusta, claro, y tampoco me gusta verla enojada o triste, porque la quiero. Pero tiene que aprender que no todas las cosas son como ella las desea.

Comieron un rato en silencio. Hibiki Midorima tenía muy buena mano en la cocina.

—He de decir, Takao —dijo repente el mayor de los cuatro—. Que te hemos estado usando.

—¿Qué? —Preguntó, enarcando una ceja.

—Shintaro no estaba de acuerdo, pero…

—Y sigo sin estarlo.

—Bien, vale, hijo, se entiende. Pero resultó, ¿o no? —Midorima pareció pensarlo y luego asintió—. Lo sentimos mucho. Aunque eso sí, adelantamos un mal rato que vendría eventualmente.

—Quiere decir, que Shin me trajo para sacar quicio a su mujer —preguntó, con gesto divertido. Si le hubieran dicho antes, habría estado preparado con algo, quizás un poco más sarcástico. No se sintió molesto para nada.

—Sí, una vez más…

—Está bien —contestó, llevándose un poco de pastel a la boca. Masticó, tragó y volvió a hablar—. No quiero ser grosero, pero su mujer intentó humillarme ahí hace un rato, y no es algo que pueda dejar pasar por alto. Muy del campo vendré, pero siempre se me enseñó que hay algo que se llama dignidad.

—Así me gusta, muchacho —dijo Hibiki y le tendió la mano para darle un apretón suave—. En lo que a mí y a mi hija concierne, por el sólo hecho de hacer feliz a Shintaro, eres completamente bienvenido a la familia.

—Gracias —respondió, con una sonrisa.

Si bien tenía la aprobación de Hibiki Midorima, faltaba la de Yuna, pero eso lo tuvo sin cuidado.

Takao no quería ni le interesaba la aceptación de una persona tan arribista y discriminadora como esa mujer. Y si tenía que llevársela por delante, lo iba a hacer, porque no iba a aceptar que nadie le dijera que era tan poca cosa que no podía estar con Shintaro.

Iba a pelear lo que tuviera que pelear, aunque le reconfortó saber que contaba con el apoyo de Hibiki, de Hikari y, más obviamente, de su novio.

Lo que ya era la gran cosa.

•••

La sensación de molestia no lograba salir de la cabeza de Seijuuro.

Cuando había tratado de eludir la limosina, el conductor había hecho una reverencia y le había indicado que su padre había enviado a buscarlo tanto llegara a la ciudad. Amaba a su padre, pero detestaba que tuviera ese control sobre él. Sin poder rechazar al hombre, sujetó con fuerza la mano de su novio y lo guió hasta el vehículo para hacerlo entrar. Una vez adentro, trató de relajarse. Su padre no podía ser tan malo con Kouki, ¿o sí? El hombre habría de tener claro lo mucho que su hijo apreciaba a Furihata, sino, no habría enviado por ellos.

Entonces pensó que no lo hacía de buena voluntad, sino para demostrar su superioridad.

—¿Sei? —Furihata le tocó la mejilla con los dedos fríos, y Akashi se dio la vuelta con una sonrisa algo forzada—, ¿estás bien?

—Claro —mintió.

Furi no hizo comentario alguno acerca de la fastuosa limosina en la que estaban siendo llevados a las afueras de la ciudad, por el lado norte. Cuando llegaron y se bajaron del auto, Kouki se vio honestamente sorprendido.

La casa Akashi era una de estilo japonés tradicional, de madera —reforzada, muy reforzada—, tres pisos y un jardín de piedra en el exterior. Seijuuro se moría por mostrarle el patio interior, donde había una fuente y una pequeña laguna con peces de muchos colores. Después la parte de atrás, donde estaba la caballeriza y el extenso campo. A Kouki le fascinaría Yukimaru, su caballo, estaba seguro.

A recibirlos salió una mucama y les indicó que el señor de la casa estaba en una de las habitaciones de descanso.

Eso era extraño, en esas habitaciones habrían futones y fuego en las chimeneas, ¿qué planeaba? ¿Darle una inexistente sensación de tranquilidad a Furi? Akashi tenía que tener cuidado, pero no podía advertir a su novio, porque se asustaría. Tendría que ver qué era lo que su padre se traía entre manos realmente.

Llegaron con él y el hombre de inmediato se levantó y se presentó con educación reticente, sin perder sus modales. Pero Akashi vio su hostilidad nada más entrar en la estancia. Furihata, por su lado y en su inocencia, simplemente sonreía con tranquilidad, sin sospechar nada.

Todo se vio tranquilo hasta que fueron a comer. Habían dispuesto una mesa un poco más pequeña de lo habitual, eso, Seijuuro lo interpretó como que su novio no merecía estar en la mesa que usaban siempre, la de la familia. Sintió la irritación y la mirada de regusto de su padre cuando notó ese detalle. Pero no podía decir nada, era su padre y el dueño de casa.

Al sentarse, hubo otra cosa que notó: Kotaro había mandado poner todos y cada uno de los cubiertos disponibles en el orden que establecía la etiqueta. Furihata sí, se vio muy confundido al principio pues no sabía por dónde tomar qué cosa y cómo debía hacerlo. Los ataques no se hicieron esperar, partiendo sutilmente por ahí, aunque Akashi los sintió como si se los estuviera gritando a la cara, Furihata no se dio por enterado de las burlas y el desprecio de Kotaro hasta que tocaron el tema de su familia, donde su sensibilidad era más grande.

Los padres de Furihata vivían en una de las zonas de producción de arroz. Un pueblo humilde cercano a la costa. Su padre y su tío se dedicaban al cultivo, y su madre hacía las veces de profesora tanto para sus hermanos como para los pequeños de la localidad, siendo una de las pocas mujeres que contaban con estudios, al menos, primarios y secundarios. Lo que habían estado ahorrando toda su vida había sido para enviar a Furi a vivir a Tokio, para que estudiara. Muchos problemas para ayudarlo no tenían, puesto que Kouki había conseguido un trabajo de medio tiempo en una librería, y sus notas le permitían estar en Seirin con una pequeña beca.

Eso para Seijuuro era el real progreso, pero para su padre, no.

De repente, Kotaro fue ya increíblemente directo en sus ataques, la ponzoña saliendo de su boca enterrándose en los brazos de Kouki, que había soltado su cubierto en algún momento y había agachado la mirada. Akashi se sintió igual de agredido.

Empezó a hablar del futuro, del poder del Clan Akashi, de sus influencias y de las muchas personas que se reunían en torno a ellos. La cantidad de empresas que administraban —incluida la clínica donde Ryota Kise estaba internado.

—Claro que no se puede permitirle quedarse sin pagar nada, ¿no? Pero mi hijo ha insistido en que es su amigo y en que hay alguien ayudando a financiar su estadía. Lo hago, claro, porque es un Kise, sino, tampoco le estaría regalando las atenciones médicas que recibe.

—Daiki está pagando casi la mitad —apuntó Seijuuro, molesto.

—Casi.

—No tienes idea del esfuerzo…

—¿Qué ha realizado? —Completó, despectivo—. El empeño no lo es todo, hay cosas que también son importantes, como la clase —dijo, mirando desde arriba a Furihata, que se encogió en su asiento—, cosa que, sinceramente, no logro ver en este muchacho —Akashi apretó los dientes, sujetando con firmeza su cuchillo, resistiendo el impulso de lanzarlo a la cara de su padre—. Seijuuro sí tiene eso, como sabrás; no estás a su altura. Y seguramente, como habrás podido notar, la herencia de mi hijo es grande también. ¿Por eso lo cazaste? ¿Para aprovechar las riquezas que tu familia nunca podría darte? —Inquirió, sin dejar de mirar al castaño, que ya no era capaz de mantener la cabeza en alto. ¿Pero qué se creía su padre?—. ¿No respondes? Como lo imaginaba, no eres más que un oportunista que vio su chance de atrapar desde joven a mi hijo para engatusarlo, ¿verdad? No sientes nada por Seijuuro, lo único que quieres es aprovecharte de su situación. No lo puedes negar, todas las personas como tú, que están casi abajo, son iguales. Y un chico, para colmo de males, ¿cómo piensas darle una familia? No sirves. Para esta familia no sirves y por lo tanto, no deberías ni siquiera existir…

Kotaro siguió hablando, ajeno a la mirada asesina que se formaba en el rostro de su hijo y del temblor constante en los labios de Kouki y las uñas que ya marcaban sus manos de tanto apretar. En los ojos claros y castaños, había lágrimas agolpándose, tratando de salir. Pero el muchacho trataba de mantenerse calmo, pero ya no podían seguir mordiéndose la lengua, ninguno de los dos. Seijuuro había tenido suficiente.

Se levantó, de la mesa, haciendo sonar los cubiertos y alejó su plato con brusquedad. Se giró hacia Furihata y le tendió la mano.

—Kouki, iremos a buscar tus cosas. Nos vamos —dijo con un tono agresivo, mirando a su padre con desafío.

—No puedes levantarte así de la mesa.

—Si vas a hacer sentir de eso modo a mi novio haré lo que me venga en gana. Te respeto, pero no lo suficiente como para que te dé la libertad de hacer lo que quieras con sus sentimientos, ¿me oyes? —Kouki tomó su mano tímidamente y le dio un pequeño apretón para tranquilizarlo.

—Eso sacas por buscarte un… novio —dijo Kotaro en tono despectivo— tan debilucho y quebradizo como ese. Tan… nada, poca cosa.

—Basta ya —gruñó Akashi, perdiendo su paciencia de forma total. En esos momentos odiaba, odiaba a su padre y le echaría todo en cara—. ¿Sabes por qué dices todo eso? ¿Lo sabes? —Inquirió, volviendo a tirar de su chico para que esta vez, efectivamente se levantara—, porque estás resentido con la vida, que a mí me ha dado lo que a ti ya te quitó. No tiene nada que ver con Kouki, y aunque lo tuviera, sé lo que hago, sé dónde me meto y con quién salgo. No necesito de ti para eso —espetó, sin arrepentirse—. Que mi madre muriera no te da derecho de rechazar a Kouki, ni eso ni que su familia no sea como la tuya. Me importa un reverendo tábano de dónde venga o dónde se criara. Es mi novio, lo quiero y vas a respetar esa decisión te guste o no, porque la tomé yo y tengo siempre la razón, ¿entiendes? Me criaste para eso. Siempre. Gano. Yo.

—Sigue hablando, Seijuuro —rugió el hombre con los labios apretados en una fina línea, lleno de cólera— y habrá consecuencias. No eres más que un muchacho caprichoso al que se le han permitido demasiadas cosas. No voy a aguantar que este capricho tuyo siga adelante. Si no obedeces…

—¡Me importan poco tus amenazas! —Le gritó, y ahora sí sujetó con fuerza Kouki y lo sacó del comedor a grandes zancadas.

En la entrada estaban sus cosas. Akashi las tomó y de un tirón abrió la gran puerta, tras él, se escuchaban los pasos débiles de alguna de las mucamas. Cuando estuvieron fuera y el chofer de su padre les indicó la limosina, Siejuuro simplemente lo ignoró y siguió andando con paso firme hasta que llegaron a una parada de autobuses. Antes de que pudiera hacer frenar a alguno, Furi le indicó el camino. Seguramente, tenía ganas de caminar.

Y eso hicieron hasta que llegaron a la estación. Kouki pagó su boleto para volver a casa y se encaminó en silencio al andén, pero Akashi lo detuvo.

—¿A dónde crees que vas solo? —Preguntó.

—Este… creí… cre… creí…

—Crees mal, voy contigo —dijo y pagó su boleto también. Entonces lo arrastró hasta el andén para sentarse ambos en un banco a la espera del tren que los llevaría de vuelta Tokio. Cuando este llegó, se subieron y se sentaron nuevamente, en silencio. Pasó un buen rato del trayecto en el que siguieron sin decirse nada, no se tocaban, no se miraban. Akashi quería darle su tiempo para que se relajara, y así mismo para tranquilizarse; el calor de la discusión seguía presente.

—¿Estás bien? —Le preguntó de repente, tomándole la mano y entrelazando sus dedos—. No claro que no lo estás. Qué estúpido de mi parte preguntarlo. Debí haberte sacado de ahí en cuanto entramos. Sabía que tramaba algo y no te lo dije porque no quería asustarte. Pero se pasó de la línea. No se lo voy a perdonar hasta que se digne a aceptarte y respetarte y…

—Sei —lo detuvo Furi, soltando su mano y sujetando sus mejillas. Aún tenía sus ojitos irritados. Se acercó a él y se acomodó en la curvatura entre su cuello y su cabeza, y antes le dejó un beso en la línea de la mandíbula—. No importa.

—Sí, importa. A mí me importa. Quiero que estés bien, que estés cómodo conmigo, y no sé si después de esto querrás seguir con una persona como yo que…

—¡Oh, por favor! —Exclamó, Kouki se veía entre molesto y aliviado y acongojado—. Yo te quiero así, tal cual —le dijo agarrando nuevo valor. Aunque lo perdió de inmediato—. Qui… quiero decir que… es que no me importa mucho lo que diga tu padre. No es que no me interese, porque es tu familia. Pero tú eres tú —siguió, con la voz en su nivel normal—. Tengo algo de miedo, eso sí…

—¿Te asusto? —Preguntó, dolido, mirándolo intensamente. Furihata se sonrojó hasta las orejas y apartó la mirada un segundo antes de volver a encararlo.

—No. Es otra cosa lo que me asusta… —ahora le tomó las manos y se las llevó al pecho— es que creo que… Ay, Dios, cómo te digo esto…

—Sólo dilo —Akashi ya sabía qué era lo que quería expresar. Ya lo había visto, y estaba de acuerdo en que el sentimiento era mutuo.

—Sei —dijo con la voz suave, tranquila pero agitada. El sonrojo intensificándose. Tembló un poco antes de volver a hablar—, creo que… que… —Seijuuro se estaba impacientando. Quería escucharlo. Que se lo dijera. Necesitaba oírlo y sacar de su mente las palabras de su padre— creo que me estoy enamorando de ti… —ahora agachó la cabeza, avergonzado de lo que acababa de decir. Pero Akashi quería ver su rostro, quería ver sus sentimientos plasmados en cada gesto suyo, en cada arruguita de su cara, en las pestañas espesas y su nariz respingada.

Sujetó su mentón para alzar su cara.

—No escondas tus ojos —le dijo, como había hecho incontables veces, aunque Furi siguiera haciéndolo—. Sabes que me gustan —y entonces, no pudo evitar el grandioso impulso de sonreírle con cariño y juntar su frente con la suya—. No dejes que lo que diga mi padre te afecte, ¿bueno? —Furi asintió, y se vio un poco más animado. Le dio un beso en la mejilla antes de abrazarse a su pecho, y Seijuuro le acarició los cabellos. Él también estaba enamorándose, eso era seguro.

Cada gesto, cada palabra, cada uno de sus besos tímidos, sus miradas llenas de cariño y la forma inocente en la que tomaba su mano. Su básquet, su determinación para demostrar su valía. Kouki Furihata le había mostrado muchas cosas suyas y Akashi trataría de responder de la misma forma en adelante, sin importarle la opinión de su padre.

Le daría a Furi todo el amor del que fuera capaz, hasta quedarse seco. Y esperaba —sabía, Akashi lo sabía— que su novio respondiera de la misma forma, con el mismo amor y siguiera poniendo la misma dedicación para que lo suyo funcionara. A pesar de todo, todo.

Parecían palabras demasiado mayores para muchachos de diecisiete años, dieciocho, incluso. Pero él era Seijuuro Akashi, y daba todo de sí por lo que le importaba, con la madurez y la conciencia correspondientes.

Kouki estaba dentro de sus más altas prioridades.

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Beteado por Persona Decente

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La semana anterior fue pesada. Muy, muy, muy pesada, chicas, y me disculpo por la tardanza, pero espero que esto compense el que no sé cómo hacer el partido Too/Rakuzan, es complicado ;A;

Espero que les gustara, quise introducir a las familias de estos chicos —si sé que me falta el MuraMuro, pero lo explico luego ;3;—. No esperé explayarme tanto. Sólo hasta ahora tuve tiempo de escribir, y eso que la próxima semana tengo tres pruebas más —aunque una es de inglés así que pfff no estudio y ya—. Pero eso, lamento mucho, mucho tardar tanto y no haber respondido a los comentarios al tiro, como acostumbro a hacer.

Un abrazo a mi beta que, conociéndola, no está estresada —o espero que no lo esté, lo más probable es que no… No, no lo está. Voh disfruta de la vida no más—:)

Un besito a todas porque son las mejores, me levantan el ánimo con sus comentarios y me dan energías para hacer muchas cosas. Es reconfortante ver que hay gente a la que no conoces pero que le importa lo que te pase (L)

¡Abrazos!