Hola a todos, tras muchas eternidades sin continuar este fic, por fin subo capítulo nuevo, que aunque corto, da un gran paso en la trama. Como sé que probablemente ninguno de sus lectores recuerde apenas la historia, os hago un breve resumen hasta este capítulo, el 13. Mis más sinceras disculpas por la eterna demora, y espero que el mundo de los fics os haya seguido ilusionando todo este tiempo, como a mí.

.Kahenia.

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Tras un largo viaje de la mano de la vampiresa Teressa Brown, Zero por fin consigue encontrar a Kaname Kuran, el vampiro de sangre pura que le arrebató al amor de su vida. Sin embargo, al encontrarlo descubren que se ha convertido en una bestia poseída por la sed, y Teressa hace jurar al prefecto que no le hará daño hasta que no vuelva a ser el vampiro de antes, para después abandonar Siberia y seguir con sus propios planes. Zero se ha quedado ahora sólo en el frío con la bestia Kuran, y tras un acercamiento progresivo que los ha llevado a tolerarse mutuamente, Zero se refugia de una tormenta en una cueva desconocida...

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CAPITULO 13: Ambrosía


Zero despertó muchas horas después, al débil pero insistente calor de un fuego que estaba muriendo. No abrió los ojos en un principio, se concentró en sentir el suelo rocoso, la brisa un tanto gélida (¿de dónde venía?) y el latido de su corazón...

Inesperadamente, había sobrevivido a la noche.

Todo su cuerpo empezó a temblar, su mente estaba nublada. Recordaba y no recordaba a la vez dónde estaba, qué pasaba, incluso quién era. Parecía que la necesidad de calor y de sangre eran lo único que lo mantendrían despierto.

De pronto un sonido de algo afilado rasgando la roca le hizo mirar hacia delante, ojos vidriosos, aún tumbado y acurrucado en sí mismo como un niño.

Su corazón latió más fuerte y se retorció: incluso delirando y exhausto el lazo de sangre lo llamaba hacia la criatura que acababa de entrar en la cueva.

Zero a penas podía pensar. A penas podía reaccionar. Así que cuando la criatura se acerco a él despacio, con la clara intención de devorarlo ahora que estaba débil, se quedó quieto, muy quieto, con la boca entreabierta como poseído por el mismo hambre que veía en los ojos de la bestia.

Era de noche, la noche de su perdición. Lo único racional que pasó un momento por su cabeza era que nunca vería la luz del sol de nuevo. Quizás daba igual: hace ya mucho que no sentía el sol.

La criatura se acercó hasta que su olor lo impregnó todo, hasta que todo lo que pudo ver eran sus intensos ojos y su nariz que lo olfateaba. Se acercó tanto que algunos bigotes le rozaron la cara.

Y sin embargo, la muerte no llegó.

Si Zero hubiera estado más lúcido, quizás se hubiera dado cuenta que no era odio lo que impregnaba sus ojos de animal, ni su movimiento indicaba caza alguna. Si hubiera estado más lúcido, quizás hubiera pensado que Kaname Kuran se estaba compadeciendo de él.

Pero no lo estaba, y el lazo rugió en su interior cuando se incorporó de repente, y atrayendo la bestia hacia él, hundió sus colmillos en el cuello limpiamente.

La resistencia duró a penas unos segundos. La bestia se calmó casi tan pronto como pasó la sorpresa y se quedó quieta.

Se quedó quieta mientras él bebía su sangre.

La bestia tampoco podía pensar con claridad. Algo dentro de ella explotó de puro sentimiento cuando entraron en contacto. Esto estaba en contra de todas sus normas para la supervivencia. No sólo no había matado al chico, sino que lo había protegido... y ahora lo alimentaba con su propio cuerpo.

¿Qué le estaba pasando? ¿Por qué no se lo quitaba de encima y lo devoraba? Sería presa fácil, sin duda. Sería más tierno que cualquiera de las presas que hubiera probado en los últimos tiempos.

No.

No podía. No podía. No podía.

Los colmillos dolían y a la vez se sentían terriblemente bien. Se descubrió ladeando un poco la cabeza para darle más acceso.

Zero emitió un ronco sonido de satisfacción. Enloquecía con aquella sangre, la sangre deliciosa que probó tanto tiempo atrás. Era la misma y a la vez diferente, puesto que ahora se sentía como si paladeara el mismísimo lazo que los unía cada vez que tragaba.

Mordió de nuevo rajando la piel sin preámbulos y se estremeció cuando la bestia gimió de dolor.

Era ambrosía. Pura y simple ambrosía para sus sentidos, y no tenía ninguna intención de parar de saborearla.

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La siguiente vez que Zero despertó, se incorporó de golpe, con las pupilas dilatadas y los oídos alerta para detectar cualquier cosa que lo acompañara en aquella cueva.

Los recuerdos de la noche eran borrosos: había seguido a Kuran a través de una tormenta de nieve y este le había guiado hasta la cueva. Notó una sensación empalagosa en la boca y comprobó que había bebido sangre. ¿Cuándo fue eso?

Al pasar la lengua suavemente por uno de sus colmillos y volver a saborearla, la sensación de vértigo que le produjo el lazo casi lo marea.

Dios mío...

Había bebido su sangre. ¿Lo habría matado? ¿Cómo lo hizo sin que reaccionara el juramento?

Fuera como fuera, se sentía fuerte, mucho más que ayer o el día anterior. La sangre del vampiro puro le había llenado de energía. Así que apagó la llamita que quedaba en las ascuas, estiró los músculos y salió al exterior, en busca de su peor enemigo y su salvador.

A fuera, el sol estaba ya en lo alto del cielo, indicando un fresco mediodía. El blanco virginal de la nieve de las laderas casi le daña los ojos, pero escrutó el paisaje igualmente. No muy lejos había un llano con algunos árboles. Quizás Kuran se hubiera escondido de él por allí.

No tenía ni idea de cómo conseguiría que la bestia se acerca de nuevo después de haberla atacado.

Zero marchó hacia los árboles, y al poco rato vio los reconocidos harapos de la bestia junto a un pino. Parecía estar encorvada y apoyada contra el tronco, y la nieve del llano lo hacía destacar dolorosamente.

Zero se preguntó qué demonios haría allí, tan vulnerable y visible para el resto del mundo.

- ¡Hey, Kuran! - llamó en voz alta. Si la criatura quería venganza, mejor observar sus reacciones desde lejos.

La criatura no se giró, aunque un estremecimiento casi imperceptible la sacudió. Ignorando sus piernas desentrenadas, Zero aceleró el paso y lo volvió a llamar cuando estaba justo detrás de él.

Algo no iba bien. Su sentido de vampiro se agudizó, como preparándose.

Pero nada podría haber preparado a Zero para lo que pasó entonces. La criatura se incorporó hasta hacerse más alta que él. Se giró hacia él.

De pie. Sobre dos piernas.

Zero se quedó paralizado.

Allí, delante de él y bajo el sol, tan hermoso que dolía mirarlo, estaba Kaname Kuran. Nada quedaba del animal que había conocido: el pelo de su cuerpo había desaparecido, dando paso a la piel de alabastro del vampiro. Sus garras se habían escondido de nuevo tras manos grandes y firmes y su melena castaña ondeaba al viento siberiano. Las facciones volvían a ser humanas y atractivas, su nariz recta, sus cejas finas.

Sus ojos, esos ojos que habían perseguido a Zero durante su viaje, ya no eran rojizos, sino chocolate, y miraban a través de él, hacia un punto no concreto del universo.

El cuerpo de la criatura también se había transformado: el pecho se había encogido hasta recuperar la forma original, y aunque los músculos flexionaban suavemente contra los jirones de ropa, que a penas tapaban nada de su cuerpo, se le veía más delgado que la última vez que Zero lo observó en la academia.

Cuando Yuuki aún vivía.

Zero sacó la Bloody Rose como en trance, y Kuran no se inmutó mientras apuntaba a su cabeza. Cuando fue a disparar, sin embargo, el dolor del pecho volvió con más fuerza que nunca y pensó que le estaba dando un ataque al corazón.

Cayó a la nieve de rodillas con un alarido y soltó la pistola. No entendía nada. Lo que tenía enfrente de él era sin duda Kaname Kuran en todo su esplendor, pero sin embargo no estaba libre del juramento.

Durante un terrible momento pensó que quizás Teressa lo había engañado y nunca podría consumar su venganza. Quién sabe, quizás desde el principio nunca tuvo intención de ayudarlo y su lealtad a los de su raza había podido más, o quizás quería investigar con sus pequeños sujetos de experimento un ratito más, la muy retorcida.

¿Qué podía ser sino?

Alzó la vista y atravesó a Kuran con ojos llenos de plata y odio.

- Te mataré – le dijo entre dientes – Te mataré por lo que me hiciste, Kuran.

El vampiro frunció el entrecejo y lo miró con mucho interés. Luego dio un paso tentativo hacia él y se dejó caer sobre la nieve, a su altura, y con mucho esfuerzo abrió la boca y replicó.

- ¿Ku...Kuran?

Zero no entendía qué clase de pregunta era esa. El nombre sonaba exótico y rasposo pronunciado por esos labios, como si lo dijera alguien que llevaba mucho tiempo sin hablar. Evidentemente le había supuesto un gran esfuerzo.

Por primera vez desde que le vio en su forma verdadera, Zero se preguntó exactamente qué le había pasado a Kuran.

Mientras intentaba pensar con claridad, el vampiro agachó la cabeza y olfateó a una distancia prudencial a Zero. Tenía una expresión de infinita curiosidad, como la de un perro que conoce a un nuevo amigo en el parque. El prefecto tuvo una corazonada, y se acercó lentamente hacia el vampiro. Calmada su ira anterior, no le costó tanto reprimirse. Kuran lo observó con una ligera tensión, pero era evidente que la curiosidad podía más que el miedo.

Zero extendió una mano y, con bastante reparo, palmeó la cabeza del castaño.

Su corazonada estaba en lo cierto. Kuran se restregó inmediatamente contra la mano, cerrando los ojos y dejando escapar un sonido sospechosamente parecido a un ronroneo mientras los dedos de Zero se envolvían entre cabellos más suaves de lo que deberían ser, teniendo en cuenta las circunstancias.

Apartó la mano como si se quemara, entre avergonzado y alucinado.

- Todavía eres un animal – dijo, aunque sabía que Kuran no lo entendía.

Kuran ladeó la cabeza. A su belleza extraordinaria se le sumaba ahora un halo de inocencia que parecían suavizar a un más esos ojos.

En ese momento sonó un móvil. Zero no había recordado que aún llevaba su móvil en el bolsillo del pantalón, por si Teressa se decidía a llamarle.

Qué momento tan idóneo para charlar con ella. Kuran se tumbó en la nieve de espaldas, mirando al cielo.

- Vuelve a ser él – dijo nada más descolgar – al menos físicamente.

- ¿Qué qué qué? - replicó la voz al otro lado del auricular, claramente sorprendida - ¿Pero qué demonios ha pasado?

Zero se lo explicó sin una pizca de remordimiento.

- Anoche perdí el control. Le mordí y ahora su cuerpo ha cambiado. Dentro sigue siendo... como un perro, creo.

Oyó una risa socarrona al otro lado de la línea.

- Y yo que te llamaba para decirte que no sabíamos todavía nada sobre el tema. ¡Así que el cazador listillo ya ha hecho avances sin ayuda!

- ¿Por qué el juramento no me impidió beber su sangre?

- Mmmm... te hice jurar que no le harías daño... aunque morderlo sin duda causa dolor, tu objetivo sólo era alimentarte. Además, déjame adivinar, ¿él se dejó, no es así? Se quedó bien quieto y dócil mientras bebías su sangre deliciosa... me pregunto cómo sabrá ese manjar, señorito afortunado. Zero se puso de mal humor. Aún no entendía siquiera por qué Kuran le había dejado beber su sangre. Apartó esos pensamientos. Los motivos del vampiro le resbalaban, de todas maneras era un cabrón demasiado misterioso como para entenderlo.

- Da igual. ¿Ahora qué hago?

- Ni idea, chico. ¿Qué tal si le enseñas a ser humano otra vez?

- Kuran no es...

Teressa resopló.

- Sí, sí, sí, ya lo sé. ¿Alguna vez te he dicho que eres tan serio que hasta aburres? Insiste con él. Te lo digo de verdad. Creo que el lazo de sangre está teniendo efectos impredecibles en vosotros dos.

Zero colgó sin más dilación. Estaba sólo en esto, entonces.

Kuran seguía tumbado en la nieve, pero le miró cuando dejó de hablar. Zero se sintió totalmente desnudo bajo aquella mirada que lo atravesaba.

No podía ser tan difícil, ¿verdad?

Zero se levantó y fue hasta Kuran, indicándole que se pusiera de pie con una mano. El otro no lo hizo, así que Zero lo llamó por su nombre.

- ¿Kuran? - repitió el moreno, señalándolo con una mano.

- No, no, nada de eso. Tú eres Kuran, yo soy Zero. Bueno – pareció repensarlo – Zero Kiriyu para ti...

El moreno no lo entendió, evidentemente.

Zero lo señaló con un dedo y volvió a decir su nombre, despacio, sintiéndose como un imbécil. Luego se señaló a sí mismo y dijo el suyo.

Cuando pensó que el otro seguía sin entender, Kuran se irguió hasta sentarse, y con una rapidez que Zero no previó, puso su palma sobre su pecho.

Sintió el pulso acelerarse como un potro encabritado.

- Zero – repitió Kuran, muy serio, y su voz volvió a sonar grave y melódica, directa al corazón del chico.

Bum bum

Recordó con todo detalle cómo bebió su sangre la noche anterior, cómo el sabor le había ardido por la garganta como el más dulce de los licores. Incluso tantos meses después, seguía sin querer confesarse a sí mismo lo mucho que lo había turbado beber de él aquella primera vez, en la academia, escondidos entre las sombras como amantes. Entonces no había sabido apreciar la delicia que entraba en su boca, el corazón de Kuran corriendo por sus venas, porque el odio lo diluía todo. Pero incluso en aquella atrocidad voraz que era el hambre mezclada con odio, el deseo poseyó a Zero hasta los dedos de los pies. Aquel desgraciado que iba a ser la perdición de su chica, aquel asesino frio y calculador... quería devorarlo, poco a poco, sin dejar ni los huesos. Quería sorber hasta la última gota de esa sangre, esa sangre que nunca nadie se atrevía a probar... sólo él. Para cuando Zero se había apartado de Kuran aquella primera vez, había sentido con la mas profunda de las humillaciones que estaba excitado. Y que quería más. Antes moriría que admitirlo ante nadie, sin embargo, así que fingió despreciar el regalo que se le había ofrecido, simplemente por la persona que lo había dado.

Sin embargo, lo de la noche anterior fue algo diferente. Zero no sentía tanto desprecio en ese momento, seguramente porque la bestia le inspiraba una piedad a la que el Kuran real nunca hubiera podido aspirar. Así que, sin diluir, la pasión había sido devastadora, pero por suerte anoche estaba demasiado hambriento y agotado para concentrarse más allá del sabor irreal de su presa.

Ahora recordaba que ese sabor también había tenido trazas de Yuuki. Por supuesto, aún quedaban restos de cuando Kaname Kuran la mordió, la convirtió, y en última instancia la mató.

Qué ironía que sólo a través de él pudiera ahora probar su sangre.

Entrecerró los ojos y volvió a mirar a Kuran, para descubrir con asombro que la piel del vampiro se estaba quemando al sol como cuero cuarteado.

De momento Yuuki tendría que esperar. Ahora debía salvar a su asesino, por muy hermoso que hubiera resultado su cadáver a la luz del día.

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