ADAPTACIÓN. Ni los personajes ni la historia me pertenecen, está adaptado por Martasnix.
Capítulo 13
Ruta 84, cena en las afueras de Mountain Home, Idaho
Nia levantó el cuello de su abrigo verde oscuro y apartó su rostro del viento. La cabina de teléfono era menos que un escudo, pero era más privado que el que colgaba en una pared en la esquina trasera de la cafetería donde ella y Titus se habían detenido para desayunar. Él todavía estaba dentro, disfrutando de un café y donuts. Ella llevó su segunda taza de café al aire libre en un recipiente de poliestireno y bebió entre oraciones, tratando de mantener su rostro caliente y evitando que sus manos se congelaran.
—La mejor oportunidad que tendremos es que yo aborde el tren…— dijo Nia —… pero no podemos contar con que me acerque. Tengo otros planes.
Cuando le habló de los explosivos, esperó sus protestas. Sabía lo temible que podría ser la tarea. Sin importar dónde estaba el presidente, dentro de la Casa Blanca, en un vehículo, o en un escenario, o en un tren, era el hombre mejor guardado en el mundo. De todos modos, las personas siempre habían sido capaces de acercarse y no sólo antes que el Servicio Secreto fuese asignado a protegerle. Sólo hacía falta ingenio y lo inesperado. Era cierto que Kennedy había sido asesinado por un disparo de largo alcance, pero Reagan casi había sido asesinado por un hombre desquiciado que había salido de una multitud que rodeaba una línea acordonada mientras Reagan salía de un hotel y le disparó, junto con varios otros, con la esperanza de impresionar a una estrella de cine. Gerald Ford fue atacado en una multitud por una mujer con cuchillo en mano y pudo haber recibido un disparo de otro si ella no hubiese sido detenida antes que pudiera salir del asalto. Sólo la suerte lo había salvado la segunda vez. Las multitudes ofrecían una excelente cubierta a un asaltante, especialmente las muchedumbres fuera de las puertas donde los individuos no podían ser escaneados con detectores de metales. Y afortunadamente, Griffin tendría programado muchos eventos al aire libre. Pero necesitaba algo más que simplemente matarlo. Lo necesitaba con vida por un tiempo. Sabía de memoria su ruta programada. Estaba a un poco menos de 900 millas de distancia del punto de intersección. Estaría allí mucho antes que él. Mucho antes que todos los caminos que se acercaban a la ruta del tren estuviesen cerrados. Y estaría en Colorado Springs por la mañana, donde los contactos de Titus le proporcionarían las armas que necesitaba. A Robbie no le gustaba el plan.
—Tengo una ventaja— dijo ella —Te tengo adentro.
—Trabajaré en ello— dijo Robbie inconforme.
Él no tenía miedo por él, sino por ella. Ella lo entendía. Prefería estar en peligro ella que ponerlo a él en peligro, pero estaban en un punto donde el riesgo ya no importaba. Esta vez, el plan tenía que funcionar.
—Te llamaré nuevamente de acuerdo a lo programado. No te preocupes.
Colgó el teléfono, encorvó sus hombros cubriéndose de la nieve que soplaba y que había comenzado una hora antes y empujó la puerta veteada y manchada de grasa entrando en el comedor. Titus estaba donde lo había dejado, tendido en una cabina con ambas manos enormes y enrojecidas acurrucadas alrededor de una taza blanca de vidrio con café humeante. La rosquilla había desaparecido. Se deslizó frente a él y vació su taza
—Debemos irnos. Viene una tormenta. Encárgate de la cuenta.
Él se rio —Supongo que es justo, ya que estarás comprando el gas.
Él actuaba como si fuesen socios. Pero no lo eran. Él era un desvío del plan y no le gustaba eso. No confiaba en él, pero necesitaba sus contactos. No lo necesitaba para conducir, aunque con este tiempo un viaje de 15 horas fácilmente podría convertirse en uno de 30 cuando la nieve que caía y la blancura del terreno podrían desacelerar el tráfico a paso de tortuga. Si lo dejaba conducir, probablemente llegarían más rápido y estaría más fresca para cuando fuese necesario. No había posibilidades de que la matara, no mientras no supiera dónde estaba el dinero. Claro, podía disponer de ella y hacer pedazos el Jeep para conseguirlo, pero no podía estar seguro de que realmente estaba en el Jeep. Por lo que él sabía, ella podría haberlo enviado a cualquier parte del país con otra persona, la noche que el campamento fue destruido. No, no iba a matarla. Al menos no todavía.
—Pide más café y sándwiches para llevar— dijo Nia.
—Puedo hacer eso— él se echó hacia atrás en la cabina, luciendo lleno y satisfecho, pero sus ojos eran agudos mientras vagaban por su rostro —¿Vas a decirme lo que tienes planeado?
—No.
—¿Por qué no? No es como que voy a entregarte.
—Porque no necesitas saberlo.
Él se encogió de hombros —Podría ayudar.
—¿Por qué lo harías? No hay nada para ti— Él sonrió —Todavía tienes más dinero.
—Y no puedo pensar en algo que tengas que desee comprar.
Él se rio y se puso de pie, imponiéndose sobre ella. Ella no se movió.
—Podría tenerlo después de unos días en la carretera, podrías cambiar de opinión.
Alice y Atlas habían pasado la tarde haciendo circuitos de 40 minutos en el área del tren verificando las vías, la superficie inferior de la plataforma y el tren de aterrizaje de cada uno de los vagones en busca de signos de perturbación u olores sospechosos. Después de cada circuito tomaban un descanso para entrar en calor y luego empezaban nuevamente. El cielo se había oscurecido y estaba salpicando nieve mezclada con pequeñas bolitas duras de hielo. Atlas no le importaba el clima, así que ella fingía que tampoco le importaba. Al menos estaba mejor que los agentes del Servicio Secreto del equipo de protección que estaban asignados a permanecer afuera de todos los vagones y afuera de los accesos a la estación del tren. Permanecer de pie era la forma más rápida de congelarse. Cuando la caravana llegó y el presidente y el resto de la comitiva desembarcó, ella y Atlas barrieron las limusinas, las camionetas de los K9 y los agentes de contraataque y los vehículos de emergencia y comunicación antes de ser cargados y remolcados. El resto de los vehículos de apoyo se quedarían atrás y recogerían los reemplazos en la siguiente parada. Una vez que todos estuvieron a bordo y que el tren indicó su salida con una serie de pitidos largos para el beneficio de la prensa que fotografiaba al presidente de pie en la puerta abierta del vagón presidencial, ella y Atlas se metieron en el vagón de los K9. Le dio una recompensa y lo aseguró en su caseta, donde rápidamente se acurrucó, colocó su cabeza sobre sus patas y luego de mirarla solemnemente durante unos segundos, cerró sus ojos. Sabía que su turno había terminado.
A diferencia de Atlas, quien estaba feliz luego de haber terminado el trabajo de un buen día, Alice por lo general revisaba los cabos sueltos al final del turno, con un par de horas que llenar antes de poder terminar la noche. La mayoría de los días, regresaba a la sala de la tripulación y tomaba una taza de café y algo de las máquinas expendedoras para abastecerse y luego salía a caminar por la ciudad. A veces se detenía en un museo o en una librería, regresando a media noche por Atlas y terminando la noche en casa con un libro. Ahora tenía una hora de espera antes de poder enviar un texto a Claire sobre su encuentro para cenar. Sus opciones eran limitadas: pasar el tiempo charlando con los otros agentes en el vagón de la tripulación o esperar en su litera. Palmeó el eReader en su bolsillo. De ninguna manera podía leer ahora. Estaba totalmente acelerada, electrificada, sintiendo como si estuviese a punto de saltar fuera de su piel. Y puesto que compartía su compartimiento para dormir con otro agente que tenía el turno nocturno, probablemente él estaría allí descansando un poco. Al menos habían hecho arreglos para dormir así que no habría dos personas tratando de dormir a la misma hora. Esperaría hasta que él saliera para ir a la cama. Eso funcionaba a menos que intentaras tomar una siesta, pero bueno, ella había dormido en un montón de espacios compartidos con amigos, extraños y posibles enemigos en los últimos años. Así que sería café en el vagón de la tripulación, al menos podría calentarse y siempre podría sentarse con Atlas por un rato después de eso. Abrió la puerta de su compartimento y en silencio entró. David Ochiba yacía de espaldas sobre la cama de la derecha, sus ojos cerrados, la boca abierta, roncando suavemente. El tren se puso en marcha con una sacudida apenas perceptible cuando deslizó la cremallera de su bolso. Deseó por un instante haber pensado en empacar una buena camisa o dos, pero lo único que tenía eran uniformes y ropa casual de civil. No estaba acostumbrada a pensar en socializar en su tiempo libre. David no se movió mientras se cambiaba de su uniforme a unos vaqueros y una camiseta térmica ligera. Cambió su libro de registro, su insignia y arma y se puso una chaqueta de béisbol azul marina para cubrir la funda en su cadera. Estaba fuera de turno, pero técnicamente todos estaban de servicio mientras durara el viaje. El tren apenas se sacudió mientras avanzaba hacia el comedor de la División K9. Empujó la puerta, aún imaginando la cena con Claire y se detuvo pensando por un instante que su imaginación había distorsionado su visión. Porque Claire estaba sentada en una de las mesas que estaban ubicadas a lo largo de uno de los lados del vagón rodeada de cuatro agentes del Servicio Secreto de la K9. Ella se reía de algo que uno de ellos había dicho. Alice casi se volteó y se fue. Claire tal vez estaba trabajando y parecía que tenía un montón de gente con quien hablar. Los chicos, sin duda, parecían que estaban disfrutando de la conversación. Cada agente de la K9 era un experto leyendo el lenguaje corporal. Sin esa sensibilidad especial, el menor atisbo de movimiento de una oreja, nariz o cola de un perro, signo sutil de que algo malo estaba pasando, podría perderse. Y leer a los hombres no era diferente de leer a los perros. Incluso desde el otro extremo del vagón, su lenguaje corporal era fácil de leer. Estaban chocando hombros muy sutilmente, compitiendo por la posición, tratando de llamar la atención de Claire. Una sensación familiar de rivalidad estalló en su pecho; había competido durante toda su vida profesional, así que la reconoció, pero el rápido aumento de posesividad que corrió a través de ella cuando miró a Claire era nuevo. No estaba muy segura de qué hacer con eso, pero una cosa era segura. No se iría. Avanzó por el pasillo y Claire fue todo lo que vio. Claire levantó la mirada y sonrió. Alice también pudo leer esa sonrisa, al menos esperaba haberlo hecho, porque parecía decir me alegra verte. No pudo evitar contestar con otra sonrisa. Estoy muy contenta que estés aquí. No podía esperar.
—Hola— dijo Claire.
—Hola— a Alice no le importaba que los cuatro chicos estuviesen tratando de llamar la atención de Claire. Tenía una cita para cenar con Claire en una hora. No, ahora 49 minutos y eso era lo que importaba. Y Claire le había sonreído, una sonrisa que decía que se alegraba de verla. Se apoyó en la cabina enfrente de Claire —¿Trabajando? .
—Acabo de terminar— dijo Claire —¿Ya estás libre?
Los chicos se miraron los unos a los otros y miraron a Alice con curiosidad.
Ella se limitó a sonreír —Hasta el momento, pero nunca se sabe.
—En eso tienes razón— Joe Aiello, uno de los conductores, dijo con prontitud —Nunca sabes cuándo pueden llamarte.
—Ha sido un placer hablar con ustedes. Realmente aprecio toda la información— Claire se levantó, le dio a los hombres una sonrisa y asintió a Phil Virtucci —Y gracias nuevamente por ser tan generoso en darme acceso a su tripulación.
—No hay problema— dijo Phil.
Alice sentía que todos le miraban cuando Claire se acercó a ella —Tal vez podamos llenar alguno de los espacios en blanco de la entrevista de esta mañana.
—Buena idea— dijo Claire —¿En el comedor?
—Por supuesto— Alice no podía apartar sus ojos de Claire. Pequeños destellos de luz brillaban y saltaban en los ojos oscuros de Claire, como si estuviesen bailando. Su rostro también brillaba y sus labios ascendían en las esquinas, sólo una ligera sonrisa que parecía decir: Ven conmigo. Y eso era exactamente lo que Alice quería hacer. Seguirla a cualquier lugar. Tragó saliva porque repentinamente su garganta estaba seca —Estoy a tus órdenes.
Las pequeñas luces en los ojos de Claire bailaron aún más rápido.
Lexa hizo una seña al mayordomo que apareció en silencio al lado de su mesa para retirar sus platos. El tren había estado en marcha durante 30 minutos y la vista desde la ventana era una de un día de invierno ventoso y frío con nevadas ligeras aligerando el pesado cielo. Clarke estaba silenciosa, bebiendo su café y leyendo un periódico. Lexa se contentaba con mirarla, siempre asombrada por las múltiples facetas de su belleza. Clarke era aún más hermosa cuando pintaba, cuando su pasión, entusiasmo e inteligencia se desataban en conjunto. Pero también era hermosa en momentos como éste, cuando estaba relajada y despreocupada por lo que estaba sucediendo a su alrededor. Clarke casi nunca estaba verdaderamente relajada, probablemente debido a que casi nunca se sentía segura. La mandíbula de Lexa se tensó por la frustración que le había atormentado desde la primera vez que había visto a Clarke. Deseaba lo imposible, cambiar las circunstancias de la vida de Clarke, y no podía hacerlo más de lo que Clarke podía cambiar la suya.
—Puedo sentir que me miras— dijo Clarke en voz baja.
—Me gusta verte.
—No estoy haciendo nada.
—Lo sé. Es por eso que me gusta verte.
Clarke dejó el periódico junto a su plato y estudió a Lexa con el ceño fruncido —¿Quieres decirme por qué?
—Me gusta verte con la guardia baja. Tus ángulos de suavizan.
—¿En serio? ¿Estás tratando de decir que la mayor parte del tiempo estoy irritable e inaccesible?
Lexa sonrió —¿Te refieres como ahora? No.
Clarke reprimió una sonrisa. Una de las cosas que amaba de Lexa era la manera como Lexa nunca temía de su temperamento, de hecho, a veces parecía disfrutar incitarla. Tal vez porque siempre tenían una buena sesión de sexo. Tal vez por eso nunca tenía miedo de dejar que su temperamento surgiera, aunque, ahora que lo pensaba, su temperamento se había enfriado desde que estaban juntas —¿Sabes?... todo lo que tienes que hacer es pedirlo.
—¿Pedir qué? — dijo Lexa.
Clarke se inclinó sobre la mesa, mirando alrededor del vagón para ver qué tan cerca estaban los agentes. Becca y Marcus estaban en una mesa junto a la puerta. Abigail estaba sentada al otro extremo del comedor presidencial bebiendo una taza de té y leyendo un montón de escritos. Nadie estaba cerca —Si quieres echar un polvo, todo lo que tienes que hacer es pedirlo.
—Podría ser capaz de obtenerlo incluso sin pedirlo— Lexa también se inclinó —Soy buena con mis manos.
Clarke sonrió —Esa es una posibilidad.
—Parece que Abigail no va a ninguna parte por un rato— dijo Lexa —Tendremos todo el vagón para nosotras.
—Incluso si no lo tuviéramos, estoy bastante segura que todos los camarotes son a prueba de sonidos— Clarke se echó hacia atrás en su silla —¿Quieres probarlo?
—Sí— Lexa dejó caer la servilleta sobre la mesa y se levantó —¿Lista?
Clarke se puso de pie y deslizó su teléfono en el bolsillo de atrás —Por supuesto.
El teléfono de Lexa sonó justo cuando Clarke abrió la puerta. Ella lo miró e hizo una mueca —Tengo que atender esto. Lo siento.
Clarke se volteó hacia ella, se quitó las botas y abrió la cremallera de sus vaqueros
—Adelante. Esperaré.
Lexa le observó mientras tomaba la llamada —Woods.
Clarke bajó sus pantalones y se los quitó, llevando con él su ropa interior. Lexa deslizó una mano detrás de ella y cerró la puerta de la cabina. Se apoyó en ella mientras Clarke se desvestía lentamente.
—Creo que tengo algo para ti— dijo Sameen Shaw.
—Adelante.
—Resulta que uno de los asistentes del departamento del sheriff local ha estado dando información a los motorizados de la zona desde hace casi diez años. También tenemos a alguien en el departamento y él reporta que a este buen hombre le gusta hablar un poco. Parece que se enteró que la milicia estaba a punto de enfrentar una traición y probablemente involucraba una gran cantidad de armas. Él incitó a los motorizados, quienes llegaron disparando.
—¿Quien fue su fuente? — Lexa se quitó su suéter. Clarke sonrió, apartó la manta y la sábana de la cama y se acostó sobre uno de sus costados. Lexa levantó un dedo y le lanzó una mirada pidiendo clemencia.
—Un hombre llamado Titus, podría ser un alias, probablemente lo es. Pero él ha estado alimentando a este asistente, y probablemente también le ha bombeado un montón, durante bastante tiempo. Eso sugiere que está operando localmente.
—¿Un mercenario?
—Parece que sí. De todos modos, estamos profundizando. Tenemos encerrados a algunos de la milicia. Es probable que hayan lidiado con él. Si no llegamos a ninguna parte, atraparemos al asistente. Tendremos una identificación.
—Procedan— Lexa se acercó a la cama —Y buen trabajo.
—No hay problema. Estaré en contacto.
Lexa cortó la llamada y tiró el teléfono sobre la diminuta cómoda.
Clarke alcanzó su cinturón —Mi turno.
