Capitulo 12. Apóstoles Parte III
Colisión en Tauro
Grecia, Santuario de Atena
En el segundo templo del Zodiaco, el ascenso de los invasores fue interrumpido por la presencia del guardián del signo de Tauro.
Se dice que los santos que han custodiado la constelación del toro desde la era del mito han sido los más poderosos de la orden, y cuya fuerza era comparada con la del valeroso Hércules.
Conciente de esto, el grupo bendecido por Ra aguardó expectante a que la oscuridad desvelara la apariencia del titán al que han imaginado de muchas formas.
Los cuatro invasores quedaron confundidos cuando la figura que apareció no cubrió las expectativas. Delante de ellos encontraron a una mujer vistiendo la armadura de grandes astas. Largo cabello verde caía sobre la capa blanca que colgaba de sus hombros. La máscara que portaba fue diseñada con un gesto pasivo, contrastante a la actitud del toro embravecido que esperaban enfrentar.
La amazona de Tauro avanzó con un andar delicado hasta detenerse lejos de los muros ensombrecidos, encarando abiertamente a los que osaban pisar el recinto.
Antes de que alguna palabra saliera de los labios de la amazona, el hombre de oscura armadura lanzó una estruendosa carcajada que confundió incluso a sus mismos compañeros— ¡Una mujer, en Tauro! —rió fuera de control—. ¡Después de escuchar de la fuerza de los gigantes de ésta constelación, es toda una sorpresa que sea una mujer su representante! ¡Es como dicen entonces, en verdad el Santuario pasa por su peor época!
La amazona de Tauro ignoró el comentario sexista. Aunque bajo la máscara sus cejas se tensaban con furia. Ladeó la cabeza hacia la guerrera de Virgo con una actitud hostil, siendo en un arranque inesperado en que levantó el puño para liberar una ráfaga dorada a la velocidad de la luz.
Reaccionando inmediatamente, el guerrero Asiut apartó con el hombro a Shai, interponiendo la mano izquierda con la que detuvo el proyectil luminoso. Le tomó unos segundos a Asiut el desvanecer el fulgor de ese cosmos.
— Tienes muchas agallas para volver al Santuario con este hedor a traición, Shai —recriminó Tauro.
— Calíope… veo que lograste tu ansiada meta después de todo —comentó la aludida. No por nada ambas mujeres comparten diversas vivencias de cuando fueron aspirantes a una cloth. No eran muy cercanas, pero entre ellas solía existir cordialidad y respeto—. Te recomiendo que no sobrestimes tu habilidad o te pasará lo mismo que a Souva.
— La estupidez del Escorpión se curará sólo muriendo, algo que ocurrirá pronto en el mejor de los casos —respondió ella de forma despectiva.
— Eres muy osada al atacar de esa forma pese al desventajoso número que te rodea —masculló el hombre de siniestra apariencia, en cuanto se colocara tras su retaguardia.
— No tengo interés en ustedes guerreros de Egipto —la amazona aclaró con prisa—. Todos pueden pasar, pero la traidora se queda aquí.
La mujer con armadura turquesa, Kaia, bufó ante lo oído— ¿Y quién eres tú para escoger el orden de los combates, amazona? —dijo, separándose de los suyos—. Temo que tendrás que conformarte conmigo. Si buscas un oponente, seré yo quien te enfrente.
— Quien pone un pie en mi casa debe darse por muerto, por lo que les convendría aceptar mi propuesta, de lo contrario los retendré aquí por la fuerza.
Virgo buscó la decisión del líder del escuadrón, quien parecía considerar lo dicho por Tauro.
Shai estaba dispuesta a luchar ahora, mas no alcanzó a dar ni un paso hacia delante cuando Asiut la detuvo.
— Sabes bien que es de vital importancia que continúes avanzando —dijo él en un murmullo, lejos de poder ser escuchado por la guerrera de oro—. Kaia —pronuncio en voz alta a su compañera, quien sonrió al recibir la silenciosa petición
— Siempre un paso adelante —respondió ella al elevar un azulado Ka*.
Calíope se cruzó de brazos ante la sorpresa de sus adversarios ¿acaso era una forma de negarse a combatir? ¿Se estaba rindiendo?
Obvio es que no. La egipcia se dejó guiar por sus sentidos, los cuales le alertaban que Tauro no tenía la intención de dejarles pasar; en esa posición era todo un muro que no resultaría fácil derribar.
— ¡Comencemos entonces!— clamó la sierva de Isis al trazar pequeños círculos en el aire con el dedo índice, el Ka dibujó las circunferencias luminosas que se fueron multiplicando por si mismas hasta formar toda una pared entre Kaia y Calíope— ¡Lágrimas de Isis! —resplandores color plata iluminaron el interior de los aros, de estos emergieron miles de gotas de luz que fueron contra Calíope como lluvia que fluía de forma horizontal.
En respuesta, el cosmos de la amazona se encendió en una escandalosa llama dorada antes de lanzar su— ¡Embestida del toro dorado! —generando una ventisca de cosmos que colisionó con el poder de Isis.
El estruendo sacudió el templo de Tauro, la entrada y salida se volvieron chimeneas de las que escaparon nubarrones de polvo con aire caliente.
Alrededor de la ilesa Calíope, el salón de batalla adquirió un aspecto derruido. Observó atentamente los cuerpos abatidos que se encontraban en el suelo. Sólo uno de ellos es quien se mantenía de pie, envuelto en un capullo de protección al entrelazarse las alas turquesas del Alba* de Isis.
La amazona decidió tener cuidado, le resultaba sospechoso, no podía haber sido tan fácil derribar a los Apóstoles, por lo que al prestarles mayor atención a los cuerpos es que descubrió el engaño.
— Demasiado tarde —añadió Kaia al abrir un poco la protección de su vestimenta— Ahora nos hemos quedado solas.
Los coloridos e inertes cuerpos se opacaron hasta tornarse completamente en imágenes pétreas, estatuas que con un soplo de magia arcana sustituyeron a los Apóstoles.
Varias escaleras arriba hacia el templo de Géminis, tres personas corren a pasos agigantados. Shai y Asiut debieron tirar de los brazos de su otro acompañante para que abandonara la casa de Tauro junto con ellos. Sin duda, para ese misterioso y malvado guerrero habría sido fascinante pelear con una mujer tan exquisita como la amazona Calíope, pero él tenía sus órdenes, y respetar en parte las decisiones de los Apóstoles era parte del paquete.
Conforme ascendían, Shai se percató de algunas manchas rojas en los escalones. Miró a Asiut quien corría al frente, notando su lesión. Virgo aumentó la velocidad, deteniendo unos momentos al Apóstol.
— Estás sangrando —le advirtió, creyendo que no se había dado cuenta todavía, sin embargo, Asiut contempló su brazo nada sorprendido.
El brazal izquierdo del Alba se encontraba profundamente cuarteado; desde el codo hacia la punta de los dedos su extremidad se hallaba tullida y sangrante.
— Parece que tu amiguita es más poderosa de lo que imaginé —comentó burlón el de ropaje negro, prestando atención a la herida del Apóstol.
— Espero que te quede claro ahora —espetó Shai—, la fortaleza de un Santo no depende del tamaño de sus músculos, ni de su sexo, sino de la intensidad de su cosmos, y en esa rama, Calíope es temible. Temo por Kaia.
— Kaia estará bien… —el egipcio bajó su brazo adolorido, dispuesto a continuar subiendo—. Es tal como dijiste —mirando dentro de los ojos del otro sujeto—, Tauro será quien entienda la diferencia existente entre un Apóstol y un Apóstol Sagrado. ¡En marcha, que el tiempo sigue corriendo! —ordenó sin dar un vistazo hacia atrás, a diferencia de Shai quien dio un suspiro melancólico.
— Espero y no te moleste que sea yo quien deba aceptar tu desafío —comentó sarcástica.
— Lamentarás haberte entrometido en mis asuntos —murmuró la amazona, alistándose para el combate. Una vez más enfundó ambos brazos al cruzarlos sobre el pecho.
— Me alegra ver que también en el Santuario valoran a las mujeres con talento —notó como las puntas de las alas del Alba presentaban fisuras por el ataque anterior, pese a solo haber recibido residuos de la explosión—. Esto será interesante.
Calíope se encontraba preocupada, no percibió el momento del engaño con esos títeres de roca. No los sintió moverse, ni alejarse, habría jurado que los derribó con su embestida. Optó por tener extremo cuidado con la guerrera de Isis, quien sabe de qué formas podría ser capaz de manipular sus sentidos.
— Ojalá que tú y tus amigos tengan un buen motivo para llevar a cabo ésta campaña. No preguntaré tu inspiración ya que es obvio que mis palabras no te harán cambiar de parecer.
— No sabes lo mucho que te lo agradezco, no tolero a los entrometidos —la mujer sonrió cínicamente. Kaia entendía que la fuerza de Tauro destrozaría su Alba con facilidad, pero no pensaba dejarse intimidar pues ha domado animales más feroces. Acumular heridas no era una opción, peleará en serio desde el principio, así se había prometido. ¡No permitirá que el sacrificio de Hafiz y Giezi sea en vano!
El Ka que la rodeaba creció hasta tocar el techo, alzó los brazos para que las alas del alba formaran un arco invertido sobre su cabeza, en cuyo interior se manifestó una mancha que se coloreó plasmando líneas de doradas, negras y azules, dibujando un párpado durmiente.
— Tefen y Befen —recitó en la lengua de Egipto. Los adornos dorados grabados en su Alba comenzaron a emitir un fulgor divino —, Mestet y Mestetef —dos en el brazal derecho, otros dos en el izquierdo—, Petet, Tetet y Matet —uno más en el vientre, otro en el pecho y por ultimo en la espalda—. ¡Por la gloria de Ra, siete escorpiones sirvan una vez más a los designios de Isis!
El Ka de Kaia adquirió un aire diferente en cuanto el ojo sellado entre sus brazos se abriera de golpe.
La capa y cabello de Calíope se mecieron con violencia ante la mirada divina del ojo de Ra. Sintió un escalofrío por la brisa que sopló en su contra, sabiendo que no era la primera vez que experimentaba algo así.
La egipcia juntó los brazos sobre su cabeza antes de regresarlos a los costados, desvaneciendo la manifestación de Ra. Kaia estaba bañada en una luz celestial que mantenía a flote su melena oscura.
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Grecia, Santuario de Atena
Prefirió enclaustrarse en su dormitorio dentro del Templo de Plata, lugar donde los santos de la orden plateada habitan. Elphaba se conocía perfectamente, sabía que las noticias de los combates terminarían por desbordar su impaciencia, obligándola a acudir al llamado de la batalla pese a que se le ha prohibido.
Según tenía entendido, los intrusos se encontraban ahora en el segundo Templo, siendo la amazona Calíope quien tenía la atención entera del Santuario así como Souva de Escorpión y el nuevo santo de Acuario la tuvieron con anterioridad.
Conocía bien el trabajo de Calíope dentro del Santuario, sus méritos como sanadora eran similares al reconocimiento obtenido como guerrera. Su maestro Seiya, alguna vez comentó que aquel que sabía cómo curar un cuerpo maltrecho, al mismo tiempo entendía como provocarle un daño irreparable; así es como la amazona dorada de Tauro ha demostrado su ferocidad y valía dentro de la orden.
La alcoba que le ha pertenecido desde que se volvió la amazona de Perseo era espaciosa, mas algo descuidada al no contar con elementos que personalizaran el interior. Allí sólo había una cama, una silla, una mesa, un escritorio y un estante con libros que rara vez son tocados. Por las dos ventanas con marco de piedra es que podía ver hacia el exterior, de donde provenía un aire helado gracias a la nieve que circulaba todavía por el ambiente.
Se frotó los hombros para entrar en calor, pasando los dedos por las vendas que todavía cubrían sus heridas. A diferencia de muchas mujeres, ella no se preocupaba por las cicatrices que la mayoría de ellas dejarán, era capaz de ignorar todas ya que se unirían al resto que por la vida ha coleccionado. Pero al tocarse la cara, un sentimiento diferente la embargaba…
Esas dos líneas que subían desde el mentón y marcaban su mejilla la confundían. No porque le importara la estética de su blanco rostro, simplemente la hacían recordar el momento en que fueron trazadas con salvajismo, así como también al hombre que las hizo.
— Escuché que uno de los asgarianos vio tu rostro durante el combate Elphaba ¿qué harás ahora?— preguntó alguna de sus compañeras amazonas durante los días en que estuvo recuperándose.
No es que se sintiera obligada a algo. Aunque el decreto de matar o amar al hombre que osara ver el rostro de una amazona fue un principio impuesto desde épocas antiguas, el Patriarca Shiryu aprueba la libre elección de seguir o no dicho precepto. Él permite a cada conciencia dictaminar si tal hecho merece o no tal sufrimiento. Sin embargo, en la mayoría de las amazonas persiste el orgullo de antaño, la costumbre es respetada, y aquellas que escogen optar por la amabilidad del Patriarca son señaladas, incluso discriminadas.
En su caso muy personal, ella no se sentía capaz de elegir ya que… ya había hecho esa misma elección en el pasado, en la que decidió amar. Esa vez fue diferente, igual de accidentado por supuesto, pero más privado e intimo… Nadie, a excepción del hombre que ama, lo sabe, y prefería que continuara así.
Le frustraba el descubrir que no le quedaban muchas opciones después de todo… Sólo había un camino.
Elphaba se alejó del espejo que colgaba de la pared, colocando la temible máscara de Medusa en su rostro. Se apresuró a mirar por las ventanas, donde divisó un punto dorado que se desplazaba por el sendero montañoso que conducía hacia el Templo de Plata.
Nauj detuvo su andar por la nieve. Observó en redondo con un gesto de desconcierto. Se encontraba en un terreno completamente desconocido, saberse extraviado lo molestaba en gran medida.
Se adentró a la tormenta de arena esperando batalla. Siguió el rastro que sintió seguro, persiguiendo una sombra a la que no alcanzó, la cual se desvaneció en cuanto la tempestad se tornó blanca.
Fue engañado por el enemigo, de eso se dio cuenta muy tarde, enfureciéndolo todavía más.
Ya que sus sentidos estaban libres para extenderse más allá de lo que la vista le permite, descubrió lo lejos que se encontraba de los problemas.
Se decidió a encontrar la manera de llegar hasta donde la guerra se desataba, aunque tuviera que volar todas esas montañas a su paso.
Un sonido contuvo tal ímpetu. Creyó estar escuchando mal pues es extraño que algo de música pudiera circundar por esa zona desértica. Caminó con cautela algunos metros, buscando el origen de la tonada. Pronto, vio una figura humana sentada en lo alto de los muros de piedra.
Allí, Nauj encontró a un hombre que sujetaba una lira de cuerdas y caja plateada, la cual destellaba por los rayos del brillante sol.
El enigmático músico vestía una cloth de plata. El aspecto del joven lucía frágil, pero hombres y mujeres no podían negar la hermosura con la que fue bendecido. Su tersa piel era de un color lechoso. Cabello rubio ornaba su cabeza; por lo largo lo sujetaba con un listón azul a la altura de los hombros.
El santo mantenía los ojos cerrados mientras deleitaba al aire, a las rocas y a los insectos con una melodía celestial que, por momentos, conmovió hasta al tosco caballero dorado.
— ¿Quién eres? Tu cosmos es desconocido para mí, es la primera vez que cruzas por estos senderos ¿o me equivoco? —Nauj escuchó de una voz suave en cuanto los delgados labios del santo plateado comenzaron a moverse—. Traes contigo la esencia del bosque, del mar… has viajado mucho para llegar hasta aquí. ¿Hacia dónde te diriges?
Nauj abrió los ojos con sorpresa, ¿acaso no reconocía a un caballero dorado cuando lo tenía frente a sus narices?
— Parece que has logrado saber mucho sobre mí pese a que ni he abierto la boca —comentó con desconfianza—. Mi nombre es Nauj, santo dorado de Libra. Llegué recientemente a estas tierras para ver al Patriarca, pero entonces todo este lío comenzó.
— ¿El Santo de Libra? —meditó el arpista, deteniendo el movimiento de las cuerdas—. Extraño, tu cosmos no lo refleja, difiere al de los santos dorados que conozco… Es demasiado intenso, pero inseguro… como si un conflicto muy grande albergara tu espíritu.
— ¡¿Acaso podrá leer mi mente?!— pensó aterrado. El santo alistó su puño en caso que tuviera que actuar.
— Pero la cloth de oro está sobre él, Aristeo. Es tal como afirma— intervino la voz de una mujer, la cual apareció por el camino, acorralando al santo dorado—, el caballero de Libra ha llegado al Santuario.
Nauj miró sobre su hombro, encontrando a una amazona con armadura plateada.
— ¿Y quién eres tú?— preguntó Nauj lo menos hostil que pudo, pues el rostro durmiente de Medusa lo hizo desconfiar.
— Soy Elphaba de Perseo. Él es Aristeo, santo de la Lira. Somos santos de plata al servicio del Santuario. Para ser un caballero de oro estás muy lejos de donde se supone deberías estar —aclaró con severidad.
Aristeo dejó el asiento sobre la pendiente, bajando de un salto.
— Me extravié dentro de la tormenta —Nauj explicó secamente—. No conozco el lugar que me parece un completo laberinto, pero planeo ir hacia donde se me necesita, de eso no tengas duda.
— Éste es el camino que lleva hacia el Templo de Plata, y más allá se encuentra el Templo de Curación —explicó el rubio, quien mantenía en sus manos la preciada arpa—. Hemos recibido la orden de mantenernos al margen del conflicto, siendo los santos de oro los únicos autorizados para enfrentar al enemigo quien ahora sube por las Doce Casas.
— Ya habrá suficiente tiempo para aprender detalles— Nauj se precipitó, dejando en claro que no conocía demasiado de los protocolos y estancias del Santuario—. Ahora necesito ir hacia allá ¿Me ayudarán o tendré que abrirme paso a mi modo?— cuestionó con un tono amenazante.
— Supongo que no hay razón para no auxiliarte, caballero —añadió Elphaba—. Es toda una bendición de Atena que tanto el santo de Acuario como el de Libra arribaran justo cuando se corre un gran percance.
Pero Aristeo, quien siempre ha sido un hombre precavido, agregó— En otras circunstancias, el Pontífice debería aprobarte antes de entrar en funciones como guardián, pero al ser ésta una situación especial supongo que podré mostrarte el camino. No me lo tomes a mal, pero continúas siendo un extraño, sólo por precaución espero que mi compañía no te incomode —explicó el santo, manteniendo los ojos cerrados.
Nauj estuvo de acuerdo con el santo de la Lira… Percibió su recelo desde el momento en que escudriñó de alguna manera en su cosmos, por lo que debía ser cauteloso. Se preguntaba qué clase de habilidades tendría, no se trataba de telepatía, habría sentido la intrusión en su mente.
— Hagan lo que quieran— respondió, mirando fijamente a Aristeo— Muéstrame el camino entonces.
Aristeo de Lira levantó los párpados unos segundos, dejando a la luz los ojos completamente blancos que prefería mantener ocultos.
No había pupila, ni iris, dentro del espacio blanquecino de la esclerótica de dichos ojos.
— Los acompañaré —Elphaba se ofreció.
Aristeo negó con la cabeza, volviendo a cerrar los ojos— Conmigo bastará. Permanece aquí en caso de que ocurran imprevistos. Vergil y Nimrod todavía están impedidos.
Elphaba no se atrevió a oponerse a la orden. Después de Shaina de Ophiuchus, Aristeo era el segundo al mando de las fuerzas plateadas.
Vio partir a ambos santos. La amazona de Perseo permaneció en su lugar hasta perderlos de vista. Conforme vio la espalda de Aristeo alejarse, Elphaba resintió la impresión que le dejó el ver nuevamente los ojos ciegos del caballero.
Tiempo atrás ella se enteró, como la mayoría de los habitantes del Santuario, del origen de su ceguera a través de rumores e historias que se transmiten entre aspirantes y soldados. En cierta ocasión, el cuento se había deformado demasiado para su gusto, así que decidió preguntar a una fuente más confiable al no existir todavía ninguna clase de acercamiento con el santo de la Lira, su maestro Seiya.
Aristeo nació con unos bellos ojos rojos, como dos rubíes invaluables. Siendo un aspirante a caballero, él se enamoró de una joven chica de Villa Rodorio, Fedora. Al poco tiempo de convertirse en Santo, Fedora cayó víctima de una enfermedad que amenazó su vida, ningún doctor encontró remedio para ello. Perdiendo cualquier fe en la medicina tradicional, Aristeo decidió acudir con la bruja Althea.
Althea, según dicen, es una mujer mayor que vive a varios kilómetros al este de la villa, su cabaña está junto al mar. Posee una fama de 'hechicera' pues concede remedios y lleva a cabo grandes milagros a las personas que paguen un precio, uno que era equivalente al favor pedido.
Aristeo no temió las consecuencias, si existía una manera de salvar a su amada, él con gusto pagaría lo que fuera. Una vez que Althea escuchó la petición, le propuso darle una fórmula que salvaría a la dulce joven. Desde entonces, Aristeo no volvió a ver jamás.
Todavía se recordaba el día en que lo encontraron vagando exhausto por la playa. Estaba tan pálido y demacrado, que se llegó a pensar que tuvo un enfrentamiento con un espectro. De sus párpados, corrían lágrimas de sangre mientras su brazo derecho tanteaba el aire frente a él con mucha inseguridad, y la izquierda sujetaba una botellita de cristal con un líquido marrón en su interior.
Fedora sanó, siendo enorme el dolor al enterarse de lo que su amado había sacrificado. El sufrimiento que Aristeo habría pasado por la muerte de Fedora se transformó en una angustia diferente, una insoportable, pues cayó en la frustración al darse cuenta de sus nuevas limitantes como hombre y como Santo. Pensó en retirarse por su lastimera condición, pero el venerable Patriarca, quien entendía mejor que nadie la pena por la que pasaba, fue el pilar del que pudo sostenerse para no claudicar.
Le tomó tiempo, dedicación y mucho esfuerzo encontrar la manera de adaptarse a la ceguera, pero al final encontró paz. Sus demás sentidos nunca estuvieron tan despiertos, y su percepción se desarrolló a un nivel impresionante, siendo muy útil con el paso del tiempo.
Los pensamientos de Elphaba fueron interrumpidos cuando un cosmos hizo contacto con el suyo. De inmediato reconoció la voz del Patriarca, quien le transmitió algunas órdenes por cumplir.
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Doce Casas, Templo de Tauro.
Calíope decidió tomar la iniciativa, dispuesta a comprobar el significado de ese halo luminoso que rodeaba ahora a la sierva de Isis. Elevó su cosmos hacia el infinito, invocando la mejor técnica del maestro Aldebarán— ¡Gran cuerno! (Great Horn!).
La onda de energía dorada escapó de sus manos, estallando en cuanto alcanzara el objetivo.
De entre la bruma de cosmos y polvo levantado, Kaia apareció sin ningún nuevo rasguño. Los pies de la guerrera no retrocedieron ni siquiera un milímetro por el impacto.
Calíope se contrarió por la falta de resultados, era inconcebible que la técnica no haya logrado nada.
Kaia sonrió triunfante, no necesitaba ver el rostro de la mujer de cabello esmeralda para imaginar el rictus de sorpresa que en él se marcaba— ¡Ahora es mi turno! —gritó al impulsarse hacia adelante.
Calíope no le temía al combate directo, por lo que respondió lazando un potente golpe sobre el flanco descubierto de la egipcia. Sintió como los nudillos golpearon con fuerza una superficie muy dura, pero se quedó sin aliento al ver cómo es que entre su puño y el cuerpo de la guerrera había un espacio vacío por el cual su mano no pudo avanzar más.
Aprovechando la impresión de la amazona, Kaia precipitó un brazo con la punta de los dedos extendidos— ¡Petet! —clamó en cuanto su extremidad se prendiera en llamas plateadas.
Calíope recibió el golpe en el muslo derecho. Las puntas de esos dedos se clavaron como una espada que perforó la armadura dorada.
— ¡Tetet!— prosiguió Kaia, precipitando la mano izquierda contra la cabeza de Tauro, quien alcanzó a ladearse hacia atrás para evitar el paso del golpe de espada, mas escuchó como una de las astas de su cloth fue cortada a la mitad.
Calíope desplegó un rodillazo, frustrándose al ver como el fenómeno se repetía.
— ¡Matet! —soltando una patada que Calíope logró eludir. Tauro retrocedió tras un par de acrobacias.
La amazona de Tauro ocultó el dolor lacerante de su pierna, permaneciendo de pie con el porte distinguido de siempre. Se negó a quitarle la vista de encima a Kaia quien reía airosa.
Calíope se tomó un poco de tiempo para analizar con cuidado lo sucedido, era como si una barrera invisible protegiera a la guerrera de Isis de todo intento de ataque. El que pudiera atravesar la cloth de Tauro la desconcertaba y la alarmaba…
Continuaba intentando recordar cuándo o dónde había sido víctima de esa misma sensación que le erizaba la piel, la de una brisa helada que susurraba a sus oídos para colarse entre los huesos.
Los ojos de la egipcia se prendieron en fuego azul, liberando un infernal torrente de energía que Tauro frenó con las manos, empujándola de regreso al sumarle la fuerza del 'Gran Cuerno' (Great Horn). La nube cósmica reventó en cuanto Kaia exclamara—. ¡Mestet, Mestetef!.
Calíope de Tauro tensó la mandíbula al descubrir que, una vez más, fracasó. El humo marcaba claramente ese campo invisible alrededor de la guerrera de Egipto. Siendo entonces que, en medio de los nubarrones, imaginó a Kenai sustituyendo a la egipcia. Tal ilusión la llevó a recordar sucesos de años atrás.
Memorias sobre Kenai, el caballero dorado de Cáncer quien profesa la existencia de fantasmas y espíritus habitando entre la gente; quien se hace llamar un 'shaman'.
Ella siempre mostró disgusto por todo lo referente a tales creencias, nunca lo ocultó… Tal vez esa fue la razón por la que Kenai se empeñó en mostrarle sus habilidades más de una vez, alegando que— "Me gusta abrir los ojos de las personas".
En más de una ocasión, Calíope fue testigo del extraño entrenamiento que Kenai impartió a sus discípulos. Incluso el muy descarado la hizo participar una vez — "Dame tu mejor golpe Calíope, muéstrame esa técnica tuya que es capaz de pulverizar a un oponente" — la incitó frente a dos aspirantes. Por supuesto ella lo llamó loco, ni cloth traía encima para defenderse. Pero en cuanto él la llamó cobarde, accedió gustosa.
Fue todo un golpe para su orgullo ver como el ataque no tuvo efecto alguno, siendo precisamente esa la enseñanza del día para los estudiantes… jamás hubiera imaginado que tal humillación le serviría en el futuro.
— Eres una shaman— anunció el descubrimiento, despertando el interés de Kaia.
— Jo, no tenía idea que en el Santuario pudieran distinguir las artes de mi pueblo— comentó, mostrando una cínica sonrisa.
— Por supuesto que no habría forma que lo supieras… la sucia traidora no permaneció aquí el tiempo suficiente para enterarse— aclaró con resentimiento.
La egipcia reprimió su risa— El saber eso no te servirá de nada. Sé muy bien que no tienes arma alguna contra mí, no mientras los espíritus de Isis estén de mi lado.
— Yo no estaría tan segura de eso — masculló la amazona al optar una pose de ataque, en la que jaló su puño derecho hacia la cintura.
— Cuando la gloriosa Isis huía por el desierto de las garras de su hermano Seth, siete escorpiones la acompañaban —explicó la guerrera, extendiendo las alas azules del Alba de Isis—. Detrás de ella se encontraban Tefen y Befen; a cada uno de sus lados estaba Mestet y Mestetef; y delante iban Petet, Tetet y Metet, vigilando y protegiendo el camino para que nadie entorpeciera el viaje. Esos mismos escorpiones me sirven ahora, siendo mis escudos y mis armas. ¡Debes rendirte, no tienes la experiencia ni la capacidad para luchar contra algo que no puedes ver o comprender!
— ¡De nada servirá que intentes asustarme! —aclaró Caliope con firmeza—. Para tu infortunio, un shaman muy hablador me ha facilitado la manera de acabar con tu charada —encendió su cosmos sin demora, contrariando a la egipcia.
—Sí tanta confianza tienes, entonces atácame —desafió Kaia, alistando la lanza en la que puede convertir su mano. Estaba segura que en cuanto la amazona fuera repelida de nuevo por la barrera, quedaría indefensa; ese será el momento justo para acabar con la vida del toro dorado.
Calíope de Tauro se lanzó hacia la egipcia como un relámpago. Con el aura cósmica al máximo concentrada en los nudillos, los ojos del toro estaban sobre el blanco, las astas listas para cornear. Tenía que funcionar, si en verdad Kenai era tan buen maestro como presume, la teoría que vagamente ha escuchado de él debería ser útil.
— ¡Lágrimas de Isis!
Las pesuñas del toro no se detuvieron pese al ataque, avanzó la distancia justa para lanzar sus astas contra el enemigo— ¡Cuerno destructor!
El puño de Calíope se revistió de una luz cegadora que golpeó el campo protector, por una fracción de segundo el golpe frenó cuando el muro invisible lo contrarrestara. Antes que Kaia pudiera efectuar el contraataque por el que sus ojos vibraron impacientes, un agudo dolor la conmocionó.
La guerrera de Isis vio absorta cómo es que el puño de Tauro se le incrustó en el pecho, rompiendo la insignia de un escorpión que adornaba su peto. La fuerza del impacto fue devastadora para Kaia quien casi perdió el sentido. El color y el sabor de la sangre inundaron sus labios en cuanto pedazos del Alba comenzaran a caer al suelo.
Calíope sintió una presencia extraordinaria que buscaba repelerla, mas la mujer se empecinó en no retroceder. Clavó fuertemente los pies al suelo, reuniendo fuerzas para a atestar otro 'Cuerno destructor' en el brazo de la egipcia.
Pese a lo poco que conocía las artes de combate de un shaman, las palabras de Kenai resonaban con claridad en sus pensamientos— A esto se le llama 'Over Soul' (Posesión de Objetos), es una técnica utilizada por nosotros los shamanes para posesionar un objeto con el alma de un espíritu, claro que el objeto debe tener alguna relación con el espíritu. Si son capaces de reconocer esos artículos en otro shaman, busquen la manera de destruirlos, así de fácil.
Kaia gritó por la fractura en cuanto el brazal se rompiera junto a otras dos insignias de escorpiones.
La amazona percibió como la fuerza que se le oponía se debilitaba, por lo que buscó un tercer impacto con el que daría fin a la batalla.
—¡Dominio del Nilo! —Kaia exclamó adolorida, deteniendo así el mortal golpe a poca distancia de su rostro.
Bajo la máscara, los ojos de Calíope temblaban en desconcierto, bufó por el esfuerzo de querer avanzar, pero no podía… su cuerpo no respondía.
La egipcia le propinó un violento golpe con el codo que terminó por tumbarle el casco. Aunque la potencia fue la necesaria para mandarla contra alguna de las columnas cercanas, Calíope sintió como una extraña fuerza la jaló para mantenerse en su lugar, recibiendo los golpes de Kaia, quien enfurecida arremataba contra ella.
De su mano ilesa, Kaia liberó una ráfaga de Ka que tumbó a la amazona al suelo sin que esta pudiera ponerse de pie. La máscara de oro cayó a los pies de la egipcia quien la pateó con despecho.
Kaia enchuecó los dedos, y al instante el cuerpo de Tauro se levantó con movimientos extraños y rígidos.
Finalmente los ojos encolerizados de la guerrera de Isis se encontraron con los perturbados ojos verdes de la amazona de Atena.
— ¡¿Q-qué es… lo que me estás haciendo?! —bramó la amazona con una furia que no afectaba la belleza de su descubierto rostro.
— No puedo creer que en mi primera batalla deba utilizar esta técnica… —susurró disgustada, cerrando la palma de su mano, al mismo tiempo en que el cuerpo de la amazona se curveara súbitamente hacia atrás.
Calíope gritó al sentir dolores intensos de todo su ser.
— Shai te llamó Calíope ¿no es así?— Kaia estiró el dedo índice y el brazo tembloroso de Tauro se torció, como si un brazo invisible lo moviera de acuerdo a sus pensamientos—. Entérate que la diosa Isis es una entidad capaz de manipular los elementos de la madre Tierra, mas en el agua se encuentra su mayor fortaleza —dio un manotazo hacia la izquierda y Calíope salió despedida contra un muro situado en la misma dirección—. El cuerpo humano está compuesto por un gran porcentaje de agua ¿lo sabías?— repitió el movimiento ahora en la dirección opuesta, ocurriendo lo mismo con Calíope quien esta vez permaneció incrustada en el muro—, por lo que puedo manipular toda esa cantidad que corre libremente por tu cuerpo —abrió con saña la mano, provocando una intensa agonía en Tauro—, puedo destruirte desde adentro de la manera en la que desee… así que como rompiste mi brazo… yo romperé el tuyo— explicó con un semblante siniestro, moviendo dos dedos.
Calíope luchaba incesantemente por moverse a voluntad, pero entre más se esforzaba, más agobiante eran los dolores. Sentía como en su interior surcaban intensos remolinos que buscan formas de salir al exterior aunque tuvieran que atravesar la piel, músculos y órganos. La desesperación la embargaba, ese tormento no le permitía pensar con claridad.
Soltó un grito desgarrador cuando no pudo competir con la presión que terminó por fracturarle un brazo, el cual tronó como una rama seca.
Estuviste a punto de reventarme el corazón, sufre de la misma sensación— musitó Kaia al juntar los dedos nuevamente.
La amazona se tensó completamente por el horrible dolor que se centró en su pecho. No podía respirar.
La egipcia disfrutó de cada línea de horror en el rostro de la amazona, saberla desesperaba la complacía. Descargó el profundo sentimiento de venganza que sentía por la pérdida de Hafiz y la derrota de Giezi.
De pronto, Kaia pestañeó al sentir un poco de arrepentimiento, como si de pronto hubiera recordado su objetivo al venir al Santuario… algo que la rabia le hizo olvidar.
Calíope volvió a respirar, abriendo la boca con desesperación para oxigenarse. Vio como el Ka de la egipcia creció, agrandando la sombra a sus pies. Dicha sombra se ennegreció tanto como si fuera una mancha de alquitrán. Del interior de ese círculo de oscuridad comenzó a levantarse una delgada silueta que se enredó en el brazo de Kaia. La mujer sopló un poco sobre esa masa negra, siendo su aliento el que retiró el velo negro para descubrir a una serpiente de relucientes escamas grises.
Calíope volvió a revolverse contra la pared en un intento por liberarse, resultando inútil.
Kaia sonrió a la serpiente que se mostró dócil en su mano— Una vez Isis creó una serpiente tan venenosa que ni el mismo Ra fue capaz de resistir —quiso compartir ese pasaje mientras hipnotizaba a la obediente criatura—, sólo ella conocía el antídoto, uno que intercambió a Ra a cambio que le revelara sus secretos.
La serpiente giró la cabeza hacia la amazona de Tauro, deslizándose suavemente por la extremidad de la egipcia— Que tu viaje al Duat*… sea revelador — sentenció la guerrera de Isis al lanzarle la serpiente, cuyos colmillos venenosos mordieron el cuello de la amazona.
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Desierto del Sahara, 13 años atrás.
Amanecía lentamente cuando un estruendo alzó un geiser de arena blanca hacia el cielo.
Extensos nubarrones cubrieron a los insectos y ahuyentaron a los animales carroñeros que comenzaban a volver a las madrigueras.
Sobre el terreno en el que momentos antes hubo numerosas dunas, se descubrió un amplio boquete circular sobre el que dos siluetas flotaban. Ambas poseían complexiones esqueléticas en sus cuerpos, nada que las alas que les brotaban de la espalda no pudieran elevar por el aire.
Una de ellas estaba rodeada por incontables esferas rojas que controlaba a sus deseos. La segunda parecía una copia de la anterior, un gemelo, quien descendió hacia la caverna, adentrándose sin temor a la penumbra.
Al instante, escuchó los sonidos de arañas, serpientes y escorpiones, los cuales se escondieron por su sola presencia.
Bajó varios metros, pisando finalmente un suelo firme hecho de roca. Inclinó la cabeza hacia arriba, viendo la entrada por la que un poco de luz comenzó a iluminar la catacumba.
Conforme el sol se elevaba en el horizonte, algunos rayos comenzaron a tocar el interior de la cámara secreta.
La criatura alada sonrió al saber que había seguido bien las instrucciones, estaba frente a aquello que los enviaron a buscar. Con una seña de su garra le indicó al otro que bajara.
El aire allí adentro era pesado, muy viejo. El exceso de polvo, así como la presencia de telarañas, delataban años de olvido, aunque algunas pisadas en el suelo, antorchas apagadas y restos de inciensos indicaban que alguien visitaba el lugar cada determinado tiempo
Con pasos sigilosos, ambos rodearon el sarcófago que sobre el altar se encontraba. El ataúd fue tallado en roca oscura. La tapa estaba completamente lisa, sólo el ojo de Ra se dibujaba en el centro.
Los jeroglíficos en él relataban la historia de aquel que dormía en su interior, quien fue en vida, sus hallazgos, su caída, su traición, junto a una advertencia para aquel que ose abrirlo. Mas esos seres desconocían por completo el lenguaje, no eran más que dibujos primitivos sin valor o importancia.
Lo único que reconocían sin equivocación era el pergamino adherido al sarcófago, sobre el que se plasmaba un pentagrama. El único que podría saber cuál era el sentido correcto del símbolo es aquel que lo dibujó con su sangre, pues cuando la punta se encuentra hacia arriba significa creación, por el contrario al encontrarse invertida significa destrucción.
A ambos se les advirtió extrema precaución hacia tan antiguo papel.
Aquel que controlaba las burbujas carmesí, sabía lo que debía hacerse. Abrió la boca, y de su garganta emergió una diminuta esfera rojiza no mayor a una lágrima. Manipuló la trayectoria de la gota, la cual cayó sobre el pergamino.
Las dos criaturas sintieron como dos fuerzas entraron en conflicto dentro de la cámara sepulcral. La mezcla de las dos sangres hizo temblar la mastaba. Cuando la pequeña gota absorbió la tinta sangrienta de la estrella, las vibraciones cesaron, quedando solo un punto rojizo sobre el papel, el cual por sí solo se desprendió del sarcófago.
Ambos espectros se sonrieron el uno al otro. Retiraron fácilmente la cubierta, la cual cayó sonoramente al suelo, liberando olores nauseabundos. Se asomaron curiosos por el contenido del ataúd, encontrando una momia de vendajes flojos y amarillentos.
El rostro del cadáver permanecía parcialmente cubierto por vendajes e hilos tiesos de cabello blanco; la mandíbula y dientes quedaban a la vista, con la boca entreabierta. Su pecho estaba descubierto, donde repugnantemente, a la altura donde se sitúa el corazón, había una amplia llaga que parecía muy reciente, pues la carne conservaba un aspecto vivo, rosado, sangrante y doloroso.
Ellos dos no eran nadie para discutir las ordenes que les fueron dadas, pero continuaban preguntándose la razón por la que ese individuo merece el interés de su señor.
Sin más preámbulo, otra pequeña gota de sangre salió de las fauces del ser alado, dirigiéndose hacia la boca momificada, dentro de la que cayó.
La reacción tardó un poco, llegaron a creer que no fue más que pérdida de tiempo, pero entre maldiciones e insultos el uno contra el otro, escucharon un tremendo suspiro proveniente del sarcófago. Escucharon una voz, débil al principio, en un idioma desconocido para ellos. Permanecieron mudos, inseguros de emitir palabra.
La voz se tornó más fuerte, desesperada, exigía respuestas con tono furioso.
Uno de ellos se atrevió a probar suerte, habló, pero su lengua también fue indescifrable para la momia quien permanecía tan decrepita e inmóvil como la encontraron.
De repente, observaron como de la llaga en su pecho, emergió un ojo de gran tamaño, parecido al de una serpiente por el iris y la pupila alargada, el cual parpadeó un par de veces con pesadez.
Escucharon como la voz sonó diferente, otro dialecto el cual tampoco descifraron. En un tercer intento pudieron entender — ¿Quiénes son ustedes? — sin temor alguno pese a que dos demonios ensombrecidos se encontraban profanando su prisión.
Las criaturas se miraron con complicidad, animándose una de ellas a hablar— Alégrate mortal, pues tus cadenas serán rotas para que andes una vez más por el mundo del hombre— poseyendo una voz con eco de ultratumba, fría, cizañera.
— ¿Quiénes son ustedes como para deshacer la voluntad del Rey? —cuestionó con ganas de reír. La voz provenía de todas direcciones—. La maldición que me ata a esta prisión marchita es imposible de romper… lo he intentado cada día desde el primer instante en que me encerraron aquí…
— Mortal, estás cargado de pensamientos mediocres. Si Él dice que te levantes y andes, el designio ocurrirá, lo único que tienes que hacer es aceptar estar de su lado.
La voz calló, un suspiro suyo se arrastró por las sombras con eco espeluznante—… Si ese a quien pareces servir tiene el poder para sacarme de aquí… no me importa quién sea… cumpliré con cualquier convenio… —murmuró a través de una brisa fría que removió la arena cercana.
— Él lo único que quiere es que seas feliz, que continúes con aquello que dejaste pendiente en el pasado… El resto dependerá de ti y el encuentro que tendrás pronto con Él —respondió el espectro, complacido por lo que ocurría.
— ¡Entonces llévenme, libérenme y gustoso repetiré las mismas hazañas para Él! —sonó ansioso, la cámara vibró por la misma emoción que fluía en su voz retumbante.
La criatura subió los brazos, manipulando el movimiento de todas las burbujas de sangre que había dentro de la habitación. Las unió en una inmensa concentración de fluido, la cual vertió dentro del interior del profundo sarcófago. Pese a la gran cantidad que allí entraba, no se desbordó ni una gota, como si el ataúd lo bebiera sin saciarse.
— Tú que has sido condenado a no abandonar este mundo, tu cuerpo sin vida se convirtió en un ancla —citó el controlador de la sangre mientras energía violácea impregnaba sus garras—. Pero ahora la vida le será devuelta al burdo recipiente que es tu carne. Convierte tu maldición en un regalo, pues la inmortalidad se te ha sido otorgada.
La sangre terminó de correr. El sarcófago se llenó hasta el borde, sin que nada saliera a flote. Aguardaron en silencio, inmóviles junto al altar.
Sintieron como una inmensa presencia comenzó a inundar la cámara conforme la sangre empezó a burbujear, hirviendo en saltos. Vapor rojo emanó por encima del sarcófago. El suelo y los muros comenzaron a crujir, dibujándose grandes grietas en ellas que nacían debajo del ataúd.
De pronto, una mano salió de la tina de sangre, la cual se aferró a la orilla frenéticamente. Una cabeza emergió instantes después, cubiertas por vendas húmedas que colgaban de largos cabellos. Un hombre estaba saliendo del sarcófago, tosía mientras la sangre escurría como agua por su cuerpo, las vendas ahora sí se sujetaban al cuerpo fornido que originalmente cubrieron.
Desorientado, el hombre buscó salir, ni un momento más iba a permanecer dentro de ese maldito sarcófago. Sintió el cuerpo muy pesado, no respondía como quería, pero el simple hecho de moverse le pareció una bendición por la que valía la pena seguir intentándolo.
Cayó fuera del ataúd, donde permaneció tendido, aspirando con fuerza. El golpe que se dio contra el piso le permitió saber que realmente estaba pasando… esto no era un sueño o una alucinación.
Los seres con alas se acercaron a él mientras buscaba apoyarse cuando menos sobre sus rodillas. Se miró las manos, tocando lo espacios carentes de vendajes, la piel tibia…
Una de las criaturas alargó una mano afilada, retirándole las vendas de la cara, revelando a un hombre joven, quien sonreía con una mirada enloquecida e incrédula. El extraño ojo en su pecho permaneció abierto, examinando con cuidado el entorno.
El sujeto soltó una carcajada, festejando su liberación. Rió tanto que llegaron a creer que había perdido la razón, pero en cuanto él los miró con una expresión siniestra prefirieron no juzgar.
El joven logró levantarse, caminando despacio para bajar del altar e ir hacia ese claro por el que entraba luz. Daba pasos erráticos, como los de un bebé que camina por primera vez. Vio el cielo azul sobre él, jamás se había sentido tan cautivado como en ese momento. Agradeció en silencio el simple hecho de sentir la brisa del aire en el rostro— Antes de reunirme con su amo —murmuró, sus ojos negros perdidos en la suavidad del azul—… hay algo que debo hacer…
FIN DEL CAPITULO 12
*ALBA: Así llamaremos a las armaduras de los Apóstoles.
*KA: Energía interna, cosmos.
* DIOSA ISIS
(Nombre egipcio: Ast , Nombre griego: Isis)Reina de los dioses. También fue llamada "La Gran Maga" ya que posee los poderes de una diosa del agua, de la tierra, de la cosecha, de la estrella, como reina del Más Allá y como mujer y reunió en ella los atributos de todas las diosas de Egipto.
*Duat: El inframundo para los egipcios.
