13.
Perséfone
Creo que los
animales ven en el hombre un ser igual a ellos que ha perdido de
forma extraordinariamente peligrosa el sano intelecto animal, es
decir, que ven en él al animal irracional, al animal que ríe,
al animal que llora, al animal infeliz1
La noche en que Lena cumplía el año de vida, Lex volvió a la mansión a las dos de la mañana. Había estado intentado escapar de aquella absurda fiesta de sociedad organizada por el máximo mandatario de la banca metropolitana. No solía cumplir con las cortesías cuando no le apetecía. Se lo podía permitir. Pero este caso era diferente. Numerosas figuras importantes de la banca internacional habían acudido al llamamiento. El ambiente festivo propiciaba una actitud abierta, de diálogo. Era necesario cerrar algunos asuntos antes de que terminara la noche.
Al llegar a la casa, ésta se encontraba silenciosa y oscura, aunque algo más fría que de costumbre. Un acceso de ira recorrió su cuerpo: ninguna de las niñeras se había ocupado de mantener la casa a una temperatura apropiada para el bebé. Por la mañana se aseguraría de que esta pasara a ser una prioridad en sus correspondientes listas de tareas. Dejó el pesado abrigo en el perchero de la entrada. Su mayordomo debía haberse quedado dormido, lo cual no era habitual ya que siempre solía esperar a que Luthor llegase y comprobar así que nada le hacía falta. Se había vuelto blando con el servicio, pensó para sí mismo, debía ser que se aflojaba con la edad o con la niña o lo que fuera. Sus propios empleados no parecían tenerle el mismo respeto y temor de antaño.
No quería esperar más para ver a Lena. Bajó al sótano y recorrió el largo pasillo que separaba las estancias de Lena del cuerpo principal de la casa. Al llegar a la habitación de la niña intentó encender la luz principal, pero ésta no respondía. La lámpara estaba destrozada sobre el suelo. Con el corazón en la garganta se abalanzó hasta la cuna, sólo para comprobar que estaba vacía. Le invadió una inmensa negrura, una desolación como no había experimentado en toda su vida. Lena había desaparecido. Su única hija. Estaba fuera de su control, no podía influir sobre lo que le fuera a pasar, no sabía dónde se encontraba. Se desplomó de espaldas contra la cuna y comenzó a repasar mentalmente las posibilidades a tomar en caso de secuestro. Llevaba mucho tiempo preparándose para una cosa así, al fin y al cabo era una figura pública, de riqueza notoria, y sin embargo no estaba preparado para que fuera Lena la víctima. Por el amor de Dios, sólo era un bebé, incapaz de razonar o de negociar o de revelar ninguna información. ¿Quién habría podido raptar a una criatura tan indefensa?
Se levantó con vértigo y miró de nuevo la cuna. Ninguna nota hablando de dinero, hablando de un rescate. Ni direcciones, ni teléfonos, ni cantidades, ni demanda de información, ni de archivos, ni de documentos. Sea quien fuere no había dejado dicho lo que quería... A menos que lo que quisiera fuera la propia Lena. De repente le asaltó una terrible duda. ¿Y si Clark había descubierto la verdad, ¿habría decidido llevarse a Lena sin ninguna explicación, ¿habría considerado que le pertenecía por derecho propio y la habría arrancado de su lado? Se quiso negar a sí mismo esta posibilidad: Clark Kent era demasiado honesto, demasiado sincero. Le justaba arreglar las cosas de frente, el choque de trenes, la demanda de explicaciones. El suyo no era un estilo sibilino... Nunca se comportaría como lo harían otros muchos de sus enemigos. Como lo haría la Contessa. Entre las mantas encontró lo que buscaba: un ejemplar de "El curandero" dedicado en la primera página "Por los viejos sueños a los que quitaste la vida y los nuevos a los que yo se la he dado. - Erica Alexandra".
Le despertó Lana a las cuatro y media, con visible preocupación en la voz.
- Clark...
- Dime...
- Hay alguien ahí fuera... Observando la casa... Llegó hace una media hora y no se ha movido de la puerta. Es muy extraño.
Clark se asomó por la ventana del dormitorio. Frente a la casa había quedado aparcado el Porsche plateado y en la puerta la figura negra inconfundible de Lex Luthor. Clark sintió una punzada, mezcla de cansancio y preocupación. Miró el reloj. Quedaban tres horas para que sonara el despertador. Alguien como Lex Luthor a unas horas como aquéllas significaba graves problemas. Habían pasado siete meses desde su última visita a la mansión.
- Lana, pase lo que pase no te muevas de aquí
Se puso una camisa y un vaquero y bajó descalzo los escalones. Desde el otro lado de la entrada utilizó su visión de rayos-x. Parecía que Lex no llevaba armas, ni tampoco ningún tipo de piedras de kryptonita. Abrió la puerta con resolución.
- ¿Qué es lo que estás buscando aquí, Lex?
- Necesito hablar contigo
- ¿Tiene que ser ahora?
- Es muy urgente. No puedo esperar.
- No dejaré que me tiendas otra trampa, Lex. No han pasado dos años desde la última vez
Lex parecía terriblemente desasosegado. Parecía llevar una gran angustia en el pecho, que apenas le dejaba hablar. Su gesto no se aflojaba pero en su mirada vacía y su nerviosismo se leía su preocupación.
- Clark...
- Me gustaría que nos dejaras a mí y a mi familia en paz. Buenas noches, Lex.
Hizo ademán de cerrar la puerta, pero Lex se adelantó y la bloqueó de un golpe. Acto seguido cayó de rodillas a los pies de su enemigo. Clark no sabía cómo reaccionar ante aquello.
- Es una cuestión de vida o muerte. Se trata de la vida de mi hija. De mi hija, que es también la tuya.
1 Friedrich Nietzsche
