13
El Espejo de Oesed
Se acercaba la Navidad. Una mañana de mediados de diciembre Hogwarts se descubrió cubierto por dos metros de nieve. El lago estaba sólidamente congelado y los gemelos Weasley fueron castigados por hechizar varias bolas de nieve para que siguieran a Quirrell y lo golpearan en la parte de atrás de su turbante. Las pocas lechuzas que habían podido llegar a través del cielo tormentoso para dejar el correo tuvieron que quedar al cuidado de Hagrid hasta recuperarse, antes de volar otra vez.
Todos estaban impacientes de que empezaran las vacaciones. Mientras que la sala común de Gryffindor y el Gran Comedor tenían las chimeneas encendidas, los pasillos, llenos de corrientes de aire, se habían vuelto helados, y un viento cruel golpeaba las ventanas de las aulas. Lo peor de todo eran las clases del profesor Snape, abajo en las mazmorras, en donde la respiración subía como niebla y los hacía mantenerse lo más cerca posible de sus calderos calientes.
—Me da mucha lástima —dijo Draco Malfoy, en una de las clases de Pociones— toda esa gente que tendrá que quedarse a pasar la Navidad en Hogwarts, porque no los quieren en sus casas.
Mientras hablaba, miraba en dirección a la mesa de Harry y Vega. Crabbe y Goyle lanzaron risitas burlonas. Harry y Vega, que estaban pesando polvo de espinas de pez león, no les hicieron ni caso. Después del partido de quidditch, Malfoy se había vuelto más desagradable que nunca con Harry y sus amigos, pero sobretodo con Harry. Disgustado por la derrota de Slytherin, había tratado de hacer que todos se rieran diciendo que un sapo con una gran boca podía reemplazar a Harry como buscador. Pero entonces se dio cuenta de que nadie lo encontraba gracioso, porque estaban muy impresionados por la forma en que Harry se había mantenido en su escoba. Así que Malfoy; celoso y enfadado, había vuelto a fastidiar a Harry por no tener una familia apropiada.
Era verdad que Harry y Vega no irían a Privet Drive para las fiestas. La profesora McGonagall había pasado la semana antes, haciendo una lista de los alumnos que iban a quedarse allí para Navidad, y los dos pusieron su nombre de inmediato. Vega no iba a volver a casa porque sus padres siempre estaban muy ocupados durante aquellas fiestas, por lo que le habían propuesto que aquellas Navidades las pasase con sus amigos. Ron y sus hermanos también se quedaban, porque el señor y la señora Weasley se marchaban a Rumania, a visitar a Charles.
Cuando abandonaron los calabozos, al finalizar la clase de Pociones, encontraron un gran abeto que ocupaba el extremo del pasillo. Dos enormes pies aparecían por debajo del árbol y un gran resoplido les indicó que Hagrid estaba detrás de él.
—Hola, Hagrid. ¿Necesitas ayuda? —preguntó Ron, metiendo la cabeza entre las ramas.
—No, va todo bien. Gracias, Ron.
—¿Te importaría quitarte de en medio? —La voz fría y gangosa de Malfoy llegó desde atrás—. ¿Estás tratando de ganar algún dinero extra, Weasley? Supongo que quieres ser guardabosques cuando salgas de Hogwarts... Esa choza de Hagrid debe de parecerte un palacio, comparada con la casa de tu familia.
Ron se lanzó contra Malfoy justo cuando aparecía Snape en lo alto de las escaleras.
—¡WEASLEY!
Ron soltó el cuello de la túnica de Malfoy.
—Lo han provocado, profesor Snape —dijo Hagrid, sacando su gran cabeza peluda por encima del árbol—. Malfoy estaba insultando a su familia.
—Lo que sea, pero pelear está contra las reglas de Hogwarts, Hagrid —dijo Snape con una voz amable que no le pegaba nada—. Cinco puntos menos para Gryffindor; Weasley, y agradece que no sean más. Y ahora marchaos todos.
Malfoy, Crabbe y Goyle pasaron bruscamente, sonriendo con presunción.
—Voy a atraparlo —dijo Ron, sacando los dientes ante la espalda de Malfoy—. Uno de estos días lo atraparé...
—Los detesto a los dos —añadió Harry—. A Malfoy y a Snape.
Vega asintió enfadada mirando como se alejaban los tres chicos riendose.
—Vamos, arriba el ánimo, ya es casi Navidad —dijo Hagrid—. Os voy a decir qué haremos: venid conmigo al Gran Comedor; está precioso.
Así que los cuatro siguieron a Hagrid y su abeto hasta el Gran Comedor, donde la profesora McGonagall y el profesor Flitwick estaban ocupados en la decoración.
El salón estaba espectacular. Guirnaldas de muérdago y acebo colgaban de las paredes, y no menos de doce árboles de Navidad estaban distribuidos por el lugar, algunos brillando con pequeños carámbanos, otros con cientos de velas.
—¿Cuántos días os quedan para las vacaciones? —preguntó Hagrid.
—Sólo uno —respondió Hermione—. Y eso me recuerda... Vega, Harry, Ron, nos queda media hora para el almuerzo, deberíamos ir a la biblioteca.
—Sí, claro, tienes razón —dijo Vega, obligándose a apartar la vista del profesor Flitwick, que sacaba burbujas doradas de su varita, para ponerlas en las ramas del árbol nuevo.
—¿La biblioteca? —preguntó Hagrid, acompañándolos hasta la puerta—. ¿Justo antes de las fiestas? Un poco triste, ¿no creéis?
—Oh, no es un trabajo —explicó alegremente Harry—. Desde que mencionaste a Nicolás Flamel, estamos tratando de averiguar quién es.
—¿Qué? —Hagrid parecía impresionado—. Escuchadme... Ya os lo dije... No os metáis. No tiene nada que ver con vosotros lo que custodia ese perro.
—Nosotros queremos saber quién es Nicolás Flamel, eso es todo —dijo Vega tratando parecer inocente.
—Salvo que quieras ahorrarnos el trabajo —añadió Harry—. Ya hemos buscado en miles de libros y no hemos podido encontrar nada... Si nos das una pista... Yo sé que leí su nombre en algún lado.
—No voy a deciros nada —dijo Hagrid con firmeza.
—Entonces tendremos que descubrirlo nosotros —dijo Hermione. Dejaron a Hagrid malhumorado y fueron rápidamente a la biblioteca.
Habían estado buscando el nombre de Flamel desde que a Hagrid se le escapó, porque ¿de qué otra manera podían averiguar lo que quería robar Snape? El problema era la dificultad de buscar; sin saber qué podía haber hecho Flamel para figurar en un libro. No estaba en Grandes magos del siglo XX, ni en Notables nombres de la magia de nuestro tiempo; tampoco figuraba en Importantes descubrimientos en la magia moderna ni en Un estudio del reciente desarrollo de la hechicería. Y además, por supuesto, estaba el tamaño de la biblioteca, miles y miles de libros, miles de estantes, cientos de estrechas filas...
Hermione sacó una lista de títulos y temas que había decidido investigar; mientras Harry y Ron se paseaban entre una fila de libros y los sacaba al azar. Vega se acercó a la Sección Prohibida. Se había preguntado si Flamel no estaría allí. Pero por desgracia, hacía falta un permiso especial, firmado por un profesor, para mirar alguno de los libros de aquella sección, y sabía que no iba a conseguirlo. Allí estaban los libros con la poderosa Magia del Lado Oscuro, que nunca se enseñaba en Hogwarts y que sólo leían los alumnos mayores, que estudiaban cursos avanzados de Defensa Contra las Artes Oscuras.
—¿Qué estás buscando, muchacha?
—Estoy buscando a un amigo —respondió Vega.
La señora Pince, la bibliotecaria, empuñó un plumero ante su cara.
—Pues no creo que lo encuentres mirando por la sección prohibida ¡Vamos, fuera de aquí!
Vega volvió hacia la mesa en la que seguía sentada Hermione, revisando libros. Todos se habían puesto de acuerdo en que era mejor no consultar a la señora Pince sobre Flamel. Estaban seguros de que ella podría decírselo, pero no podían arriesgarse a que Snape se enterara de lo que estaban buscando.
Vega ayudó a Hermione a mirar los libros que traían los chicos, pero no tenía muchas esperanzas. Después de todo, buscaban sólo desde hacía quince días y en los pocos momentos libres, así que no era raro que no encontraran nada. Lo que realmente necesitaban era una buena investigación, sin la señora Pince pegada a sus nucas.
Cinco minutos más tarde, cerraron los libros con un suspiro cansado y se marcharon a almorzar.
—Vais a seguir buscando cuando yo no esté, ¿verdad? —dijo Hermione—. Si encontráis algo, enviadme una lechuza.
—Y tú podrás preguntarle a tus padres si saben quién es Flamel —dijo Ron—. Preguntarle a ellos no tendrá riesgos.
—Ningún riesgo, ya que ambos son dentistas —respondió Hermione.
Cuando comenzaron las vacaciones, Vega, Ron y Harry tuvieron mucho tiempo para pensar en Flamel. Como todos los compañeros de su edad, chicos y chicas, aparte de ellos tres, se habían marchado, Vega se mudó al dormitorio de los chicos solo por las vacaciones. Tenían el dormitorio para ellos y la sala común estaba mucho más vacía que de costumbre, así que podían elegir los mejores sillones frente al fuego. Se quedaban comiendo todo lo que podían pinchar en un tenedor de tostar (pan, buñuelos, melcochas) y planeaban formas de hacer que expulsaran a Malfoy, muy divertidas, pero imposibles de llevar a cabo.
Ron también comenzó a enseñar a Harry y a Vega a jugar al ajedrez mágico. Era igual que el de los muggles, salvo que las piezas estaban vivas, lo que lo hacía muy parecido a dirigir un ejército en una batalla. El juego de Ron era muy antiguo y estaba gastado. Como todo lo que tenía, había pertenecido a alguien de su familia, en este caso a su abuelo. Sin embargo, las piezas de ajedrez viejas no eran una desventaja. Ron las conocía tan bien que nunca tenía problemas en hacerles hacer lo que quería.
Harry y Vega jugaron con el ajedrez que Seamus Finnigan le había prestado a Harry, y las piezas no condiaban en ellos. Harry no era muy buen jugador, y las piezas le daban distintos consejos y lo confundían, diciendo, por ejemplo: «No me envíes a mí. ¿No ves el caballo? Muévelo a él, podemos permitirnos perderlo». Vega era algo mejor, pero aún así Ron seguía ganando muchas de las partidas de las que jugaban porque las piezas de Seamus no le hacían caso.
En la víspera de Navidad, Vega se fue a la cama (había ocupado la de Neville), deseosa de que llegara el día siguiente, pensando en toda la diversión y comida que los aguardaban además de esperando los regalos que le llegarían por su cumpleaños. Cuando al día siguiente se despertó temprano, lo primero que vio fue unos cuantos paquetes a los pies de su cama.
—¡Feliz Navidad! —la saludó medio dormido Ron, mientras Harry miraba alucinado unos cuantos paquetes a los pies de su cama.
—¡Y Feliz cumpleaños! —añadió con una sonrisa radiante Harry—. Por fin tienes once años.
Ron giró su cabeza extrañado hacia Vega.
—¿Hoy cumples once años? —dijo muy confundido.
—Si
—¿Y como es que entraste en Hogwarts?
Vega y Harry dejaron sus regalos y miraron a Ron. No entendían cual era el problema, así que Ron se apresuro en explicarse.
—Tienes que tener once años para recibir la carta de Hogwarts, es una norma. Charlie cumple los años en diciembre también, por eso para entrar a Hogwarts tuvo que esperar un año más que otros niños que nacieron el mismo año que él, pero antes de septiembre.
Vega y Harry se miraron extrañados. Nadie le había dicho nada a Vega de que no podía entrar en Hogwarts, y estaba claro que había recibido la carta, pues estaba allí. Vega se encogió de hombros. Realmente no le importaba mucho pues gracias a ello había entrado en el colegio a la vez que su amigo. Dejaron pasar el tema y se centraron cada uno en sus regalos. Harry parecía encantado de tener tantos regalos porque sus tíos no solían regalarle nada.
Vega cogió el paquete que estaba más arriba. Estaba envuelto en un papel que Vega reconoció enseguida. Tenía escrito: «Para Vega de parte de Remus, Albert y Janet». Vega se alegró de que su padrino hubiese compartido el regalo con sus padres, pues no le hacía mucha gracia que se gastase su escaso dinero en cosas para ella. El paquete contenía un gran cuaderno con hojas de pergamino, una pluma con una forma muy curiosa y retorcida, y un set de tintas de colores. Iba acompañado de un par de notas.
Hola cariño,
¡Feliz cumpleaños! Espero que lo estes pasando bien estas Navidades con tus amigos. Tu padre y yo queríamos regalarte algo que tuviese que ver con este mundo mágico tan maravilloso así que le pedimos al señor Lupin que nos ayudase a elegir y a comprar el regalo. Espero que te guste, aunque no estoy muy segura de que és.
Janet.
La otra nota estaba escrita con otra letra, que Vega no reconoció.
Querida Vega,
Estoy seguro de que lo estaras pasando genial con Harry y tus nuevos amigos en el colegio. Tus padres me pidieron ayuda para encontrarte un regalo bonito por tu cumpleaños, así que espero que te guste esto. Es un cuaderno, una pluma y tintas especiales para hacer dibujos mágicos. Todo lo que dibujes en el cuaderno se animará como si fuese uno de los cuadros del colegio.
Nos veremos en verano, que pases un buen cumpleaños, el banquete de Navidad de Hogwarts es la mejor forma de celebrarlo, estoy seguro.
Un abrazo,
Remus Lupin.
Vega miró alucinada el cuadernillo que tenía sobre las piernas y decidió que lo probaría cuanto antes. Por el momento pasó al regalo siguiente. Mientras, Harry le enseñaba a Ron el regalo que le habían enviado los Dursley, un a moneda de cincuenta peniques.
—¡Qué raro! —dijo— ¡Qué forma! ¿Esto es dinero?
—Puedes quedarte con ella —dijo Harry, riendo ante el placer de Ron—. Hagrid, mis tíos... ¿Este es tuyo Vega?
Levantó un paquete envuelto en papel rojo y Vega asintió con una sonrisa mientras se comía una de las ranas de chocolate de la caja que le había enviado Hermione.
—Ostras Vega ¡Como mola! —dijo Harry mientras desembalaba su nuevo ejemplar de Manual del viajero volador, historia de la escoba voladora desde la Sweep 1 hasta la Nimbus 2.000 —. Ahota abre tu el mio.
Vega se inclinó para recoger un paquete cuadrado que decía «De parte de Harry». Lo abrió y descubrió lo que parecía una cámara fotográfica muy antigua y un album, que al abrirlo vio que estaba vacio.
—Es una cámara mágica—explicó Harry—. Hace fotos en movimiento y las revela en el momento.
—¿Es algo así como una polaroid mágica? — preguntó Vega muy ilusionada. Harry asintió, pero Ron levantó la cabeza curioso.
—¿Qué es una polaroid?
Como respuesta, Vega giró la cámara hacia los dos chicos e hizo su primera foto. Enseguida, un papel salió de la parte baja de la cámara. Esperó un poco y miró la foto. Harry y Ron la miraban desde la foto. El primero sonreia y se ajustaba las gafas sobre los ojos mientras el segundo miraba hacia Harry y hacia el frente con expresión de curiosidad. Vega le dio las gracias a Harry y colocó la foto en la primera página del album que también le había regalado el chico.
Entonces volvió a mirar sus paquetes y detectó uno que no sabía de quien era. Al parecer a Harry le pasaba lo mismo, pues levantó un paquete similar de su montón de regalos.
—¿Quién me ha enviado éste? —preguntó el chico.
—Creo que sé de quién es ése —dijo Ron, algo rojo y señalando el regalo—. Mi madre. Le hablé de vosotros en una carta y... oh, no —gruñó—, os ha hecho un jersey Weasley.
Harry y Vega abrieron sus paquetes y encontraron dos jerseys tejidos a mano. El de Harry era grueso y color verde esmeralda, y el de Vega era de un tono morado claro. El de Harry venía acompañado de una gran caja de pastel de chocolate casero.
—Cada año nos teje un jersey —explicó Ron, desenvolviendo su paquete— y el mío siempre es rojo oscuro.
—Es muy amable de parte de tu madre —dijo Harry mientras Vega se acercaba a probar el pastel, que era delicioso.
Vega abrió un paquete de parte de Hagrid, que contenía uno de sus pasteles de piedra, por lo que quedó desechado rápidamente frente al increible pastel de chocolate de la señora Weasley. Ya solo le quedaba un solo regalo, de parte de los Tonks, que resultó ser una colección de vinilos del grupo favorito de Nymphadora, y del cual le había estado hablando todo el verano. Las brujas de Macbeth. Ron por otro lado agradeció el regalo que le había hecho Vega, un album gigantesco con espacio para almacenar ordenadamente todos sus cromos de las ranas de chocolate.
Solo le quedaba un regalo para abrir a Harry. Cuando rasgó el papel algo fluido y de color gris plateado se deslizó hacia el suelo y se quedó brillando. Ron bufó.
—Había oído hablar de esto —dijo con voz ronca, dejando caer la caja de grageas de todos los sabores, regalo de Hermione—. Si es lo que pienso, es algo verdaderamente raro y valioso.
—¿Qué es? —preguntó Vega curiosa.
Vega se acercó a Harry y acarició la tela brillante y plateada. El tocarlo producía una sensación extraña, como si fuera agua convertida en tejido.
—Es una capa invisible —dijo Ron, con una expresión de temor reverencial—. Estoy seguro... Pruébatela.
Harry se puso la capa sobre los hombros y Ron y Vega lanzaron un grito.
—¡Lo es! ¡Mira tus pies!
Efectivamente: Vega solo podía ver de Harry su cabeza suspendida en el aire (lo cual resultaba bastante inquietante), porque su cuerpo era totalmente invisible. Harry se puso la capa sobre la cabeza y desapareció por completo.
—Wooow—exclamó Ron alucinado
—¡Hay una nota! —dijo Vega—. ¡Ha caído una nota!
Harry volvió a hacerse visible al quitarse la capa y cogió la nota. Debía decir algo importante porque su cara se volvió un poco pálida al leerla.
—Yo daría cualquier cosa por tener una —dijo Ron admirando aún la capa— Lo que sea.
—¿Qué te sucede? —preguntó Vega al ver que su amigo estaba muy callado.
—Nada —dijo Harry, pero Vega no se lo creyó.
Iba a insistirle, pero antes de que pudiera decir o pensar algo, la puerta del dormitorio se abrió de golpe y Fred y George Weasley entraron. Harry escondió rápidamente la capa bajo las sábanas.
—¡Feliz Navidad!
—¡Eh, mira! ¡A Harry y a Vega también les han regalado un jersey Weasley!
Fred y George llevaban jerséis azules, uno con una gran letra F y el otro con la G.
—El de ellos es mejor que el nuestro —dijo Fred cogiendo el jersey de Harry—. Es evidente que se esmera más cuando no es para la familia.
—¿Por qué no te has puesto el tuyo, Ron? —quiso saber George—. Vamos, pruébatelo, son bonitos y abrigan.
—Detesto el rojo oscuro —se quejó Ron, mientras se lo pasaba por la cabeza.
—No tenéis la inicial en los vuestros —observó George—. Supongo que ella piensa que no os vais a olvidar de vuestros nombres. Pero nosotros no somos estúpidos... Sabemos muy bien que nos llamamos Gred y Feorge.
Vega se rió y levantó la cámara de foto. Los gemelos al verla se pusieron a hacer muecas y salió una foto muy divertida que Vega se apresuró a meter en el album.
—¿Qué es todo ese ruido?
Percy Weasley asomó la cabeza a través de la puerta, con aire de desaprobación. Era evidente que había ido desenvolviendo sus regalos por el camino, porque también tenía un jersey bajo el brazo, que Fred vio.
—¡P de prefecto! Pruébatelo, Percy, vamos, todos nos lo hemos puesto, hasta Harry y Vega tienen uno.
—Yo... no... quiero —dijo Percy, con firmeza, mientras los gemelos le metían el jersey por la cabeza, tirándole las gafas al suelo.
—Y hoy no te sentarás con los prefectos —dijo George—. La Navidad es para pasarla en familia.
Cogieron a Percy y se lo llevaron de la habitación, con los brazos sujetos por el jersey.
Vega no había celebrado en su vida una comida de Navidad como aquélla. Un centenar de pavos asados, montañas de patatas cocidas y asadas, soperas llenas de guisantes con mantequilla, recipientes de plata con una grasa riquísima y salsa de moras, y muchos huevos sorpresa esparcidos por todas las mesas. Estos fantásticos huevos no tenían nada que ver con los flojos artículos de los muggles, ni con juguetitos de plástico ni gorritos de papel. Vega tiró uno al suelo y no sólo hizo ¡pum!, sino que estalló como un cañonazo y los envolvió en una nube azul, mientras del interior salían una chistera muy elegante y varios ratones blancos, vivos. En la Mesa Alta, Dumbledore había reemplazado su sombrero cónico de mago por un bonete floreado, y se reía de un chiste del profesor Flitwick.
A los pavos les siguieron los pudines de Navidad, flameantes. Percy casi se rompió un diente al morder un sickle de plata que estaba en el trozo que le tocó. Vega observaba a Hagrid, que cada vez se ponía más rojo y bebía más vino, hasta que finalmente besó a la profesora McGonagall en la mejilla y, para sorpresa de todos, ella se ruborizó y rió, con el sombrero medio torcido.
Cuando finalmente se levantaron de la mesa, iban todos cargados de cosas de las sorpresas navideñas, y que incluían globos luminosos que no estallaban, un juego de Haga Crecer Sus Propias Verrugas y piezas nuevas de ajedrez. Vega había conseguido un juego entero de ajedrez cuando, al enterarse los demás Weasleys de que era su cumpleaños, habían reunido todas las piezas que les hubiesen salido a ellos para ofrecerselas de regalo de cumpleaños.
Vega, Harry y los Weasley pasaron una velada muy divertida, con una batalla de bolas de nieve en el parque. Más tarde, helados, húmedos y jadeantes, regresaron a la sala común de Gryffindor para sentarse al lado del fuego. Allí Vega estrenó su nuevo ajedrez y, espectacularmente, consiguió ganarle a Ron dos partidas de cinco.
Después de un té con bocadillos de pavo, buñuelos, bizcocho borracho y pastel de Navidad, todos se sintieron tan hartos y soñolientos que no podían hacer otra cosa que irse a la cama; no obstante, permanecieron sentados observando a Percy, que perseguía a Fred y George por toda la torre Gryffindor porque le habían robado su insignia de prefecto. Vega rellenaba el album que le había regalado Harry con todas las fotos que había tomado durante el día. Había una de Hagrid, terriblemente borracho, abrazando con fuerza a Harry y a Ron y levantandolos del suelo; Una foto que había hecho Harry de Vega, Fred, George y Ron posando con sus sombreros (una chistera alta, una boina de pachwork, una pamela y un gorro ruso respectivamente); Una foto del profesor Dumbledore dando un brindis, y muchas otras fotos que habían tomado jugando en la nieve.
Fue el mejor día de Navidad y de cumpleaños de Vega de toda su vida. Ron, ahíto de pavo y pastel, se quedó dormido en cuanto corrió las cortinas de su cama. Vega se sonrió en la oscuridad y enseguida se quedó dormida a su vez.
A la mañana siguiente, nada más despertarse Harry les contó una historia maravillosa. La noche anterior, Harry se había dedicado a explorar el castillo con la capa de invisibilidad y había acabado encontrando un aula vacía en la que había un espejo maravilloso que le había mostrado a toda su familia.
—Podías habernos despertado —dijo malhumorado Ron.
—Podeis venir esta noche. Yo voy a volver; quiero enseñaros el espejo.
—Me gustaría ver a tu madre y a tu padre —dijo Vega con interés.
—Y yo quiero ver a todas vuestras familias, todos los Weasley y todos los Black... —se calló incómodo y rectificó—. O bueno, a todos los McKinnon…
—A mi familia podeis verla cuando querais —dijo Ron rápidamente para relajar la súbita tensión en el ambiente—. Venid a mi casa este verano. De todos modos, a lo mejor sólo muestra gente muerta. Pero qué lástima que no encontraste a Flamel. ¿No quereis tocino o alguna otra cosa? ¿Por qué no comes nada Harry?
Vega se fijó en que Harry estaba tremendamente serio y pensativo. Le daba la impresión de que haber visto aquel espejo le había causado una tremenda impresión. Se encogió de hombros y se sirvió un huevo cocido. Despues de todo era normal que Harry estuviese tan alucinado. Su mayor deseo siempre había sido conocer a su familia, y aquel espejo se la podía mostrar, era su sueño hecho realidad.
Aquella noche, cubiertos los tres por la capa, tuvieron que andar con mucha lentitud para no tropezar. Trataron de repetir el camino que había hecho Harry desde la biblioteca la noche anterior, pero acabaron vagando por oscuros pasillos durante casi una hora.
—Estoy congelado —se quejó Ron—. Olvidemos esto y volvamos.
—¡No! —susurró Harry ansioso—. Sé que está por aquí.
Pasaron al lado del fantasma de una bruja alta, que se deslizaba en dirección opuesta, pero no vieron a nadie más.
Justo cuando Ron se quejaba de que tenía los pies helados y Vega estaba a punto de salirse de la capa para volver a la sala común, Harry se sobresaltó y susurró:
—Es allí... justo allí... ¡sí!
Abrieron la puerta. Harry dejó caer la capa de sus hombros y corrió hacia delante.
Aquello parecía un aula en desuso. Las sombras de sillas y pupitres amontonados contra las paredes, una papelera invertida y apoyada contra la pared de enfrente... Había algo que parecía no pertenecer allí, como si lo hubieran dejado para quitarlo de en medio.
Era un espejo magnífico, alto hasta el techo, con un marco dorado muy trabajado, apoyado en unos soportes que eran como garras. Tenía una inscripción grabada en la parte superior: Oesed le nozaroc ut ed onis arac ut se on otse.
Harry estaba de pie delante del espejo, mirando su reflejo maravillado, pues Vega no podía ver más que al chico reflejado en el espejo.
—¿Veis? —murmuró Harry.
—No puedo ver nada—musitó Ron algo decepcionado.
—¡Mira! Míralos a todos... Son muchos...
—Sólo podemos verte a ti—dijo Vega.
—Pero mirad bien, vamos, ponte donde estoy yo Ron.
Harry dio un paso a un lado, y Ron se colocó frente al espejo. Vega tampoco notó ningún cambio, sólo veía a Ron con su pijama de colores.
Sin embargo, Ron parecía fascinado con su imagen.
—¡Míradme! —dijo.
—¿Puedes ver a toda tu familia contigo? —preguntó Harry que parecía muy ansioso, como si fuese a empujar al pelirrojo para volverse a mirarse a sí mismo al espejo.
—No... estoy solo... —respondió Ron confuso—, pero soy diferente... mayor... ¡y soy delegado!
—¿Cómo? —exclamaron Vega y Harry a la vez.
—Tengo... tengo un distintivo como el de Bill y estoy levantando la copa de la casa y la copa de quidditch... ¡Y también soy capitán de quidditch!
Ron apartó los ojos de aquella espléndida visión y miró excitado a sus dos amigos.
—¿Crees que este espejo muestra el futuro?
—¿Cómo puede ser? Si toda la familia de Harry está muerta... déjame mirar a mí ahora... —pidió Vega, deseando ver lo que le mostraba el espejo.
—Alá no, Harry lo tuvo toda la noche, déjame un ratito más.
Vega le lanzó una mirada inquisitiva y apartó al muchacho para colocarse frente al espejo. Enseguida vió porqué los dos chicos parecían tan maravillados por el espejo.
En el veía su propio reflejo, pero no estaba sola. En cada uno de sus costados había dos personas. Dos personas que Vega reconoció enseguida gracias a la foto que le había enseñado su padrino en verano. Allí estaban sus padres, más mayores de lo que estaban en la foto de Remus, y los dos le sonreían mientras se abrazaban. Empezó a describirles lo que veía a los chicos cuando se fijó que ella y sus padres no eran las únicas personas en el reflejo. Remus, su padrino, estaba también en la foto. Parecía mucho más saludable que las veces que Vega lo había visto, y vestía ropa muy elegante y nueva. Harry estaba también en el fondo, como si se encontrase un poco detrás de ella, a pesar de que Vega sabía muy bien que el chico estaba de pie a su lado, algo apartado discutiendo con Ron porque quería acercarse a mirar lo que ella veía, pero Ron quería volver a verse a sí mirmo. Harry tampoco estaba solo en el reflejo. A su lado había también dos personas, que Vega no reconoció pero que supuso serían sus padres por el parecido del chico con el hombre.
Vega volvió a centrar la vista en sus padres, muy feliz. Su madre se había agachado y abrazaba a su reflejo mientras que su padre se había girado y chocaba los cinco con el padre de Harry mientras Remus, muy contento, pasaba un brazo por el hombro del padre de Harry también. Vega podría haberse quedado toda la noche mirando aquella imagen de pura felicidad, pero los chicos comenzaban a discutir en voz demasiado alta
—Pero si estás sosteniendo la copa de quidditch, ¿qué tiene eso de interesante? Quiero ver a mis padres.
—No me empujes.
Un súbito ruido en el pasillo puso fin a la discusión. No parecían haberse dado cuenta de que hablaban en voz alta.
—¡Rápido! —susurró Vega.
Ron tiró la capa sobre ellos justo cuando los luminosos ojos de la Señora Norris aparecieron en la puerta. Vega, Ron y Harry permanecieron inmóviles, los tres pensando lo mismo: ¿la capa funcionaba con los gatos? Después de lo que pareció una eternidad, la gata dio la vuelta y se marchó.
—No estamos seguros... Puede haber ido a buscar a Filch, seguro que nos ha oído. Vamos. —murmuró Vega.
Y junto con Ron, empujaron a Harry para que salieran de la habitación.
La nieve todavía no se había derretido a la mañana siguiente.
—¿Quieres jugar al ajedrez, Harry? —preguntó Ron.
—No.
—¿Por qué no vamos a visitar a Hagrid? —propuso Vega.
—No... id vosotros...
—Sé en qué estás pensando, Harry, en ese espejo. No vuelvas esta noche. —le pidio Vega, a pesar de que sabía como se sentía su amigo.
—¿Por qué no?
—No lo sé. Pero tengo un mal presentimiento—le respondió, no muy segura.
—Ya has tenido muchos encuentros—dijo Ron tratando de convencerlo— Filch, Snape y la Señora Norris andan vigilando por ahí ¿Qué importa si no te ven? ¿Y si tropiezan contigo? ¿Y si chocas con algo?
—Pareces Hermione.
—Lo decimos en serio, Harry, no vayas—zanjó Vega mientras empezaba una partida de ajedrez con Ron.
Pero Harry aún así parecía decidido, y Vega sabía que no podría hacer nada para detenerlo. Sabía como se sentía, ella también quería volver a mirar aquel espejo, pero ella era realista. Sabía que lo que le mostraba el espejo no podía ser real de ninguna forma y prefería no hacerse falsas ilusiones volviendo a mirar en su reflejo.
Efectivamente, aquella noche Harry salió mientras Vega y Ron dormían profundamente. La tercera noche encontró el camino más rápidamente que las veces anteriores. Harry andaba más rápido de lo que habría sido prudente, porque sabía que estaba haciendo ruido, pero no se encontró con nadie.
Y cuando llegó, allí estaban su madre y su padre, sonriéndole otra vez, y uno de sus abuelos lo saludaba muy contento. Harry se dejó caer al suelo para sentarse frente al espejo. Nadie iba a impedir que pasara la noche con su familia. Nadie.
Excepto...
—Entonces de vuelta otra vez, ¿no, Harry?
Harry se quedó helado. Miró para atrás. Sentado en un pupitre, contra la pared, estaba nada menos que Albus Dumbledore. Harry debió de haber pasado justo por su lado, y estaba tan desesperado por llegar hasta el espejo que no había notado su presencia.
—No... no lo había visto, señor.
—Es curioso lo miope que se puede volver uno al ser invisible —dijo Dumbledore, y Harry se sintió aliviado al ver que le sonreía—. Entonces —continuó Dumbledore, bajando del pupitre para sentarse en el suelo con Harry—, tú, como cientos antes que tú, has descubierto las delicias del espejo de Oesed.
—No sabía que se llamaba así, señor.
—Pero espero que te habrás dado cuenta de lo que hace, ¿no?
—Bueno... me mostró a mi familia y...
—Y a tu amigo Ron lo reflejó como capitán, y a la señorita Black le mostró una imagen de sus seres más queridos felices a su alrededor.
—¿Cómo lo sabe...?
—No necesito una capa para ser invisible —dijo amablemente Dumbledore—. Y ahora ¿puedes pensar qué es lo que nos muestra el espejo de Oesed a todos nosotros?
Harry negó con la cabeza.
—Déjame explicarte. El hombre más feliz de la tierra puede utilizar el espejo de Oesed como un espejo normal, es decir, se mirará y se verá exactamente como es. ¿Eso te ayuda?
Harry pensó. Luego dijo lentamente:
—Nos muestra lo que queremos... lo que sea que queramos...
—Sí y no —dijo con calma Dumbledore—. Nos muestra ni más ni menos que el más profundo y desesperado deseo de nuestro corazón. Para ti, que nunca conociste a tu familia, verlos rodeándote. Ronald Weasley, que siempre ha sido sobrepasado por sus hermanos, se ve solo y el mejor de todos ellos. Vega Black, que siempre se ha preocupado por el bienestar de sus seres queridos, los ve completamente felices y sanos a su alrededor y a sus padres cuidando de ella sin que se tenga que preocupar por nada ni nadie. Sin embargo, este espejo no nos dará conocimiento o verdad. Hay hombres que se han consumido ante esto, fascinados por lo que han visto. O han enloquecido, al no saber si lo que muestra es real o siquiera posible. La señorita Black se ha dado cuenta, aunque no te lo haya sabido decir con palabras y por eso trató de prevenir que volvieses aquí esta noche.
Continuó:
—El espejo será llevado a una nueva casa mañana, Harry, y te pido que no lo busques otra vez. Y si alguna vez te cruzas con él, deberás estar preparado. No es bueno dejarse arrastrar por los sueños y olvidarse de vivir, recuérdalo. Ahora ¿por que no te pones de nuevo esa magnífica capa y te vas a la cama?
Harry se puso de pie.
—Señor... profesor Dumbledore... ¿Puedo preguntarle algo?
—Es evidente que ya lo has hecho —sonrió Dumbledore—. Sin embargo, puedes hacerme una pregunta más.
—¿Qué es lo que ve, cuando se mira en el espejo?
—¿Yo? Me veo sosteniendo un par de gruesos calcetines de lana.
Harry lo miró asombrado.
—Uno nunca tiene suficientes calcetines —explicó Dumbledore—. Ha pasado otra Navidad y no me han regalado ni un solo par. La gente sigue insistiendo en regalarme libros.
En cuanto Harry estuvo de nuevo en su cama, se le ocurrió pensar que tal vez Dumbledore no había sido sincero. Pero es que, pensó mientras sacaba a Scabbers de su almohada, había sido una pregunta muy personal.
Buenaas!
Antes de que digais nada, o por si os lo preguntabais, el trozo final de este capítulo lo he cogido tal cual del libro y le he añadido algunas cosas, por eso de meter alguna explicación y tal sobre la parte del espejo de Oesed... Porque no me pega con el carácter de Vega que vuelva a la sala del espejo una vez más, básicamente.
Eeenfin, tengo que darle la enhorabuena a uno de los que me ha escrito un review, me ha visto el plumero xDDD
No voy a decir quien, ni en que ha acertado, porque eso sería daros pistas (y no me apetece, pillines xD), pero me ha dejado a cuadros, porque me ha adivinado una cosa de las importantes XDD Seguid así, en serio, me encanta que me propongáis cosas y que en algunas de esas propuestas sigáis mi línea de pensamiento xP
Ya queda poquito para el final, apenas unos 5 capítulos de los que ya llevo escritos un trocito. Para la cámara de los Secretos aún tendreis que esperar un poco, porque vuelven las clases y la época de examenes. Pero de todos modos, conociendome a mí y mi forma de estudiar, probablemente algún día de estudio me ponga a escribir igualmente xP
Pooor mi parte nada más, nos veremos por aquí, o eso espero. Y parafraseando al gran Goyo Gimenez: "Recomendadme a vuestros amigos, pero sobretodo a vuestras amigas" (Si, porque me da la impresión de que fanfiction tiene más lectoras que lectores xD)
Nos vemos!
Lawliet
P.S.: Ya que alguien quiere saber mi aspecto para hacerme un monumento, voy a cambiar mi foto del perfil por la mía propia XDDD que no es que quiera un monumento ni nada eee? que como mi cartero tenga que traerme una estatua a casa le da algo, que está ya mayor el hombre XDDD
