La Vida Que no Elegí
Zero no Tsukaima
Todo era normal con ella. Iba a terminar la Universidad, su familia era pacífica y nada podía alterarla. ¿Un accidente, tal vez? Cambio de vida, nuevos desafíos y peligros. Secretos ocultos acerca de su pasado y ahora presente. Se le ha encomendado una misión que ni ella misma está segura de poder cumplir. Ha perdido su libertad, ahora vive con miedo de ser herida o herir a otros. Ya ha perdido mucho y no está dispuesta a perder más. Mucho menos ahora que el amor ha vuelto a golpear en su puerta, mas sin embargo, no es un rostro desconocido. ¿Qué serías capaz de hacer para proteger al amor de tu vida y a la vez, mantener a salvo el mayor tesoro familiar? ¿Qué darías por su bienestar y protección?
-…- (Diálogos)
-"…"- (Pensamientos)
Blah blah blah (Flashbacks)
(…) (Notas de la autora)
Disclaimer: Los personajes no me pertenecen. Sólo hago uso de ellos para crear una historia que me mantenga entretenida durante toda la tarde, al igual que a ustedes, los lectores.
Cáp. 13: ¿Infierno o Paraíso?
Ambos estaban dentro de la habitación. La puerta estaba cerrada y tenían en la ventana un espectáculo digno de un rey. La puesta de sol brillaba esplendorosamente al ser reflejada en las azuladas aguas del mar. Las cosas ya habían llegado a la casa y ahora cada quien la acomodaba dentro del ropero. Decidieron compartir la habitación, guardar distancia entre ellos a la hora de dormir y nada de intentos extraños cuando alguno de los dos se encuentre con la guardia baja, o sea, cuando ya esté completamente incitado. Resumiendo lo último, nada de aprovecharse. Habían decidido ir a conocer la isla e ir a cenar algo, pues entre el viaje y todo lo demás ya se les había pasado todo el día.
-¿Qué te vas a poner?—preguntó Saito de espaldas a ella.
-Un vestido—respondió mientras terminaba de doblar su ropa. El chico suspiró mientras tomaba una camisa sin mangas y un pantalón y se encaminaba al baño. La miró por el rabillo del ojo y fue entonces cuando pudo distinguir entre las prendas un objeto de color oscuro, que al igual que la ropa era guardado en el cajón. ¿Qué sería eso? Ella notó sus ojos sobre su figura y gruño obligándolo a seguir con su camino y encerrarse en el baño para que se cambiara. Sacó un sencillo vestido blanco; se desabotonó la blusa y se la quitó, quedando sólo con su sujetador negro. Ya comenzaba a quitarse la otra prenda cuando la puerta del baño se abrió y el chico salió sólo usando el pantalón y con la camisa en la mano.
-Perdón, olvide algo…--decía sin darse cuenta del naciente enojo que provocaba el cuerpo de la chica. Se giró y se quedó parado mirándola. Sus mejillas se enrojecieron y sintió como si su boca fuera a tocar el piso ante el gran espectáculo.
-Saito…--dijo en voz baja y tenebrosa.
-¿Eh?—fue todo lo que dijo saliendo de su ensoñación. Sólo pudo ver los ojos llameantes de la chica y después nada, sólo oscuridad.
-¿Qué sucedió?—preguntó Kirche al ver a Louise bajar las escaleras usando un vestido blanco y su cabello recogido en una coleta alta. Usaba unas sandalias cafés. Por otro lado, Saito usaba un pantalón café y una camisa blanca sin mangas, dejando al descubierto sus musculosos brazos. Pero ambos no tenían precisamente cara de felicidad, sino que la chica parecía tener deseos homicidas y el pobre muchacho sufría ante algún despliegue de esta ira. La marca roja en su mejilla era la prueba viviente de lo dicho con anterioridad.
-Nada—respondió la pelirosa mirándolas a ambas. Tabitha vestía un pantalón corto amarillo y una blusa de tirantes blanca. Kirche una falda algo corta azul marino y una blusa blanca que dejaba al descubierto su ombligo y resaltaba aún más sus bien definidos atributos.
-Parece que nos pusimos de acuerdo con el blanco—dijo la pelirroja riéndose.
-¿Nos vamos?—preguntó Tabitha mirándolos.
Los tres asintieron, pero el celular de la joven Valliére sonó—Esperen un minuto—dijo contestando y alejándose un poco.
-Una pregunta—dijo Saito recargándose en el sillón--¿En qué nos iremos?—preguntó—No conocemos la isla para nada y no sabemos acerca de las paradas de autobuses—añadió frustrado.
-Buena pregunta—murmuró Kirche.
-Creo que no hay por qué preocuparnos por eso—dijo de repente Tabitha, quien veía a una iluminada Louise que cerraba su celular y salía corriendo por la puerta de atrás. Un grito se escuchó y temiendo lo peor salieron los tres en su auxilio.
-¡Louise!—exclamó Saito mirando a su alrededor, sin rastro de ella. Comenzó a desesperarse y a temblar de miedo ante lo que le pudo haber sucedido hasta que…
-¡Sí, sí, si!—gritaba alguien del otro lado de la casa. Se miraron entre ellos antes de salir corriendo para ver de quién se trataba y allí estaba ella, abrazada a un jeep color verde con una gran sonrisa surcando su rostro.
-¡Idiota, casi nos matas de un susto!—le regañó Kirche acercándose a la joven.
-Perdón, pero, ¿no está genial?—preguntó más que feliz de que en tan poco tiempo hayan acatado sus órdenes de brindarles un vehículo para moverse en la isla—Tiene lo necesario para estar en la isla, incluidos mapas y un navegador virtual—agregó separándose para verlo mejor.
-No preguntaré cómo lo conseguiste—gruñó Saito frustrado de tanta sorpresa--¿Nos podemos ir? Me muero de hambre—dijo caminando hacia el jeep. Tabitha lo siguió, subiendo en lso asientos de atrás junto a Kirche, Saito se detuvo frente a Louise—Es mi turno de conducir—dijo mirándola—Has de estar cansada--.
-¡Bah!—exclamó cruzándose de brazos—Sabes que no soy tan débil—agregó.
-Sí, pero te mereces un descanso—respondió.
-Mi auto, yo conduzco—gruñó.
-Eso me parece injusto, cariño—dijo él apresándola contra el vehículo y acercando su rostro al de ella.
-Y esto, hacer trampa—respondió visiblemente nerviosa y desviando la mirada una y otra vez, intentando no verlo a los ojos o caería por completo bajo su encanto. Sintió la frente del joven recargarse contra la suya y sus labios acercarse tanto que casi rozaban contra los de ella.
-Por favor…--pidió contra su boca, provocando temblores a la chica. Sus manos se movieron instintivamente hacia las de la chica y al ya tenerla sujeta, unió por completo sus labios. No duró mucho, pues el chico se separó de ella con una sonrisa de victoria mientras que la joven parecía a punto de caer desmayada. A penas y había enfocado sus rosáceas orbes en Saito cuando frente a ella aparecieron las llaves del Jeep, siendo sujetas por el chico. Abrió los ojos asombrada y recuperó su compostura preparándose para irse contra él.
-¡Devuélvemelas!—chilló estirándose, pero el chico sonrió mientras que rápidamente elevaba su brazos sobre ambos—Saito, te lo advierto…
-No, ya gané, ahora sube—pidió empujándola un poco con la otra mano para así abrir la puerta del conductor.
-Tú maldito…--gemía apretando los puños. No completamente resignada subió de lado del copiloto y se puso el cinturón de seguridad de mala gana. Saito subió, se puso igualmente el cinturón y encendió el motor.
-Buen espectáculo que dieron, ¿eh?—decía Kirche sonriendo con picardía—Nada tonto Saito, buena estrategia—añadió guiñándole un ojo al chico, quien sonrió por el espejo retrovisor.
-Kirche, has el favor de callarte—ordenó Louise haciendo un chistoso puchero que más que ofender a la chica, le provocó una carcajada. Se cruzó de brazos y se hundió en su asiento, siendo observaba todo el tiempo por Saito quien también sonreía ante sus reacciones y su inigualable ternura casi infantil.
-Hemos encontrado al objetivo—decía un joven haciendo una reverencia ante el hombre que lideraba la operación.
-Excelente—dijo mirando al chico—Denle caza, más no lo eliminen, lo necesitaremos como cebo para un pez más gordo…--dijo sonriendo perversamente.
Ya pasaban de las doce cuando volvieron a la casa. Lo poco que habían conocido de la isla ese día los había maravillado. No podían esperar para conocer más, pero primero necesitaban descansar para conseguir renovadas energías. Entraron a la casa prácticamente arrastrando los pies y subieron las escaleras ahogando algunos bostezos. Se despidieron en la entrada de sus cuartos. Los últimos dos se miraron y entraron uno tras el otro. Venía la prueba de fuego. La primera noche que compartirían la maldita cama. Saito se fue a sentar en el colchón y encendió el televisor, mientras que Louise sacaba su pijama. Al tener la prenda en las manos miró de reojo a Saito y se sonrojó. Entró rápidamente al baño y cerró la puerta, dejando al chico solo para que escogiera su ropa de dormir. Tomó el conjunto beige y se regresó a la cama a esperar que la chica saliera. Escuchó como el seguro de la puerta cedía e involuntariamente se giró y la imagen lo golpeó como un martillazo. Ahí tenía a Louise, vistiendo un babydoll corto, de una tela tan delgada que parecía trasparente. Le llegaba a la mitad de los muslos y en la parte de arriba sólo unos delgados tirantes sujetaban la prenda, que apropósito, tenía un llamativo escote. Abrió y cerró la boca, sacándose a sí mismo de la ensoñación en la que se encontraba y sacudió su cabeza, poniéndose de pie. Pasó a su lado, pero no pudo reprimir decir un último comentario.
-Te vez exquisita—dijo cerrando la puerta. La chica se sonrojó al instante y se giró hacia la puerta cerrada, totalmente abochornada.
-Idiota…--murmuró girándose y yéndose hacia la cama y cubriéndose hasta la cabeza. Tomó el control remoto del televisor y comenzó a cambiar de canales. Escuchó que él salía del baño pero no se tomó la molestia de voltear, hasta que este pasó frente a ella, bloqueándole la vista con su cuerpo. Frunció le ceño y ya le iba a gritar cuando se puso de frente hacia ella y las palabras se le atoraron en la garganta. ¿Qué acaso era concurso de haber quien tentaba más al otro, o qué?
Usaba una simple pijama de camisa y pantalón, pero como el jovencito tenía calor no traía abrochados los dichosos botones. Sonreía de una manera tan sensual que ya la tenía hipnotizada y hubo un colapso cuando se puso de rodillas y fue subiendo hasta ella. Se olvidó de respirar y sentía como si se estuviera asfixiando. Cuando estuvo completamente sobre ella sonrió y se dejó caer de lado, acostándose junto a ella y aumentar su orgullosa sonrisa al ver los estragos que había provocado en la pobre chica. Louise estaba prácticamente en shock con los ojos como platos y comenzó a jadear. ¿En qué pensaba ese hombre? ¡Casi la mata! Gruñó cubriéndose con las sábanas y girando, quedando de espaldas a él y cerró los ojos, buscando conciliar el sueño.
-¿Te molestó eso, Louise?—preguntó jalando un poco de las sábanas para él.
-Cállate—ordenó apretando los párpados. Unos brazos la rodearon por la cintura obligándola a dar un leve brinco y temblar involuntariamente. Podía sentir el cuerpo del chico pegado a ella por la espalda--¿Qué haces?—preguntó intentando que su voz no sonara entrecortada.
-Nada—dijo quitando el cabello de su cuello para poder besarlo.
-Te advierto, suéltame—ordenó sacando valentía de quien sabe dónde, puesto que ya estaba más que rendida ante él.
-Lo haré si muestras que lo deseas—dijo besando su cuello. La chica apretó los párpados y haciendo uso de la poca cordura que le quedaba, movió su pierna hacia atrás, golpeando directamente la parte más cercana a ella. Escuchó un quejido y sintió como él se separaba.
-Malvada—gimió dolorido.
-Te lo advertí, además ya habíamos puesto reglas a la hora de dormir—recriminó sin voltearse—Si intentas repetirlo, te juro que ahora me volteo y te doy con la rodilla—advirtió furiosamente. El chico frunció el ceño y guardó distancia, girándose para que así quedaran espalda contra espalda y que la tentación dejara de acrecentarse con cada minuto que pasaba. Sin darse cuenta ambos se miraron de reojo, esperando ver alguna reacción del otro. Esa noche iba a ser una verdadera pesadilla…
Los rayos de sol se colaban entre las blancas cortinas de la habitación. Escucharon a la distancia el graznido de las gaviotas que recién despertaban gracias al astro naciente. Un suspiro sonó en la habitación y el movimiento se hizo visible entre las blancas sábanas de la cama. Unos cabellos rosados parecieron resplandecer ante el brillo que se colaba por la ventana y unos ojos del mismo tono se fueron abriendo totalmente desorientados y llenos de cansancio. Cuando todo se fue aclarando a su alrededor, con lo primero que se topó fue con el rostro adormilado de Saito, que parecía ausente de la cercanía entre sus rostros. Sus ojos se abrieron y rápidamente brincó hacia atrás. Se enderezó y bajó de la cama. Pudo ver en una repisa de enfrente un reloj que marcaban las ocho de la mañana. Bostezo ampliamente mientras se estiraba y junto a esto, pudo sentir como el chico despertaba, puesto que la cama se movía bastante y las sábanas se jalaron hacia arriba.
-Ya despierta, dormilón—se quejó girándose para sacudirlo un poco. Recibió un adormilado gemido—Saito…
-En un momento—se quejó zafándose de su agarre.
-Bien—dijo poniéndose de pie y caminar hacia el armario—Iré por un poco de agua—dijo caminando hacia la puerta. Escuchó lo que pareció ser una afirmación y negó con la cabeza, saliendo del cuarto.
Todo estaba oscuro y tuvo que bajar a tientas agarrada del barandal. La cocina no tenía iluminación ya que no habían abiertos las cortinas cafés. Se acercó al garrafón de agua y se sirvió un vaso. Lo tomó con calma mientras abría el refrigerador y se fijaba en la cantidad de comida que allí había. Lo cerró y dejó el vaso sobre la barra. Suspirando regresó a su habitación, no sin antes detenerse en las puertas de sus amigas, para ver si se escuchaba algún ruido que le indicara que no era la única despierta en la casa. Nada, total silencio. Refunfuñando regresó y notó que el chico ya no se encontraba en la cama. La puerta del baño estaba cerrada, así que era más que obvio en donde se hallaba. Encendió el televisor y buscó lo que fuera. La puerta se abrió y el chico salió al parecer más despierto.
-¿Cómo dormiste?—le preguntó ella, sin quitar la vista del monitor.
-Mal—gimió recordando las cuatro primeras horas donde sólo podía escuchar el suave respirar de la chica—Me dio como insomnio—admitió sentándose junto a ella.
-Lástima—respondió poniéndose en pie e ir al ropero—Iremos a la playa hoy, el clima está excelente—añadió tomando la bolsa donde aún estaba guardado su traje de baño--¿Quieres entrar tú primero?, por que yo me voy a tardar—le advirtió para que no estuviera esperando a que ella terminara de asearse, arreglarse y prepararse para salir.
-Podemos entrar ambos—sugirió con falsa inocencia. Su respuesta fue una botella de bloqueador que le dio de lleno en la cara. Escuchó la puerta cerrarse y suspiró—Era sólo una sugerencia…
Pasaban de las diez y ya estaban todos sentados en la mesa del comedor, desayunando de lo más simple. Fruta, huevos y jugo. Todos vestían ropa fresca y bajo las prendas de las chicas se notaban los tirantes de los trajes de baño. Al terminar salieron a la playa que tenía prácticamente incluida la casa. Y cómo tenía tiempo de no ser usada, mandaron a Saito por las sillas, sombrillas y algo para limpiar las hojas que caían de las palmeras. El pobre chico tuvo que aceptar y dar varias vueltas para traer todo lo deseado. Cuando terminó se tiró en una de las sillas y cerró los ojos, sintiendo la brisa de mar relajando su cansado cuerpo y provocándole leves escalofríos por el sudor que perlaba su frente. Escuchó algo raro a su alrededor y abrió los ojos. Las chicas no estaban, pero sí sus ropas. Pudo ver a Kirche algo lejos de él en otra silla, recibiendo directamente la luz solar y traía un bikini rojo y usaba lentes oscuros. A su lado estaba Tabitha, quien usaba igualmente un tipo de bikini, pero este era una blusa larga que le cubría parte del vientre. También usaba lentes y leía un libro. Pero… ¿Y Louise?
Y como si hubiera sido invocada, salió del agua con velocidad, lanzando su melena rosada hacia atrás, salpicando de agua a su alrededor. Las olas comenzaron a golpear su cuerpo, como invitándola a salir y volver loco al pobre chico que ya se encontraba paralizado con la vista fija en ella. Lentamente fue saliendo, mientras exprimía un poco su cabello. El mar de fondo y el sol de reflector hacían el perfecto conjunto para hacer a la chica mucho más atractiva de lo que ya era y ese bikini era el punto extra. Negro. Un maldito y tentador bikini negro.
Anonadado la vio venir hacia él, con sutiles y lentos movimientos, prácticamente contoneando sus caderas para él. Se detuvo frente a este y se inclino, haciendo que el cuerpo masculino tuviera más de una reacción involuntaria y cuando estaba estirando una mana para alcanzar "algo", ella se alejó con la toalla en la mano y comenzó a secarse el pelo.
-Louise…--dijo tan bajo que juraría que sólo movió sus labios.
-¿Sí, Saito?—preguntó mirándolo con inocencia y tranquilidad. El chico carraspeó e intentó tranquilizarse y cambiar el casi ahogado tono de voz que poseía.
-Te ves muy bien—dijo sonriendo torcidamente a lo que ella soltó una risita divertida.
-Gracias—respondió dejando la toalla y volviendo hacia él, pero para sentarse en la silla de al lado, donde extendió la toalla y se acomodó mejor para broncearse la espalda—Deberías de darte un chapuzón, el agua está exquisita—le sugirió poniéndose unas gafas de sol y recargarse sobre su brazo. Él asintió y se quitó la camisa. Tal vez con eso se le bajaría el calor que corría por sus venas. Se metió en el agua y se sumergió. Sacó la cabeza y miró a las tres chicas. Tabitha a pesar de ser tan seria atraería a cualquier hombre si se lo propusiera. Kirche, bueno, sin comentarios. Pero Louise… Ella había usado algo que aún no sabía como describirlo. Tal vez magia o simplemente su dulzura, por que desde el momento en el que la conoció se había prendado a ella. Intentó olvidarla ¡Y de qué maneras! Pero nada dio resultado y ahora, Dios, todo parecía decirle que debía de estar con ella de todas las formas posibles. Tragó saliva mientras caminaba hacia la orilla y se tiraba en la arena, respirando pausadamente. ¿Qué podía hacer para calmar estas ansias que lo consumían cada vez más? Se giró para quedar boca abajo y enderezó la cabeza para mirar a la chica. Las ideas que cruzaban su cabeza no eran nada puras, por lo tanto no podía arriesgarse ¿o sí…?
-¿A dónde creen que van?—preguntó Louise al verlas en la puerta, y Kirche con las llaves del Jeep en la mano.
-A conocer la isla—dijo sonriendo—Según como recuerdo, hoy les toca hacer la cena a ustedes—añadió. Sí, perdieron la contienda. Habían acordado que un día le tocaría a una pareja y otro día a otro y en la primera batalla para decidir la perdieron, por lo tanto, les tocaba hacer la cena ese día.
-Pero…--se quejaba la chica.
-Nada de peros—dijo abriendo la puerta—Espero que se luzcan, ¿eh?—dijo finalizando.
-Cuídense—agregó Tabitha siguiendo a su amiga.
Ambos chicos se miraron y luego al reloj. Eran las tres y cuarto. Iban a estar la mitad del día solos en la casa. ¿¡Que acaso esta era una maldita conspiración!?
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-
Continuará...
