Cap. 13 El Secreto de Malfoy
Si había algo que Draco Malfoy siempre recordaría sería los meses que pasó junto a Hermione. El rubio inmortalizó cada momento entre ambos, cada conversación, cada caricia. No se arrepintió ni por un segundo de haberse entregado por completo, y si lo invadían las dudas, los acuosos y brillantes ojos café de Hermione se apoderaban de él nuevamente; lo que era mejor aún, jamás pensó que podía sentirse tan bien el ser correspondido. Jamás pensó que podría existir una persona a la que quisiera proteger con tanta voluntad y que ésta a su vez, intentara darle lo mejor de ella.
Tampoco alcanzó a creer en algún punto que el sexo podría ser tan sublime. No porque Hermione fuera una entendida en la cama, al contrario, Draco nunca se había visto obligado a tener tanta paciencia con alguien en ese aspecto, pero no era algo que le molestara. No había mayor satisfacción que satisfacerla, porque todo con ella era diferente. Darle un beso, con todo el sentimiento que se lo daba, siempre temiendo que fuera el último, era lo que quizá marcaba la diferencia entre uno ofrecido a una extraña, en medio de la oscuridad y el alcohol, con la música ensordeciéndolo.
Draco se sobresaltó al escuchar un jadeo. Salió del pequeño baño donde se encontraba cambiando el tergum de su piel y se dirigió a la cama, observando a Hermione. La chica yacía sumergida entre sábanas verdes y rojas que la Sala que viene y va ofrecía. Se recostó cautelosamente observando como Hermione, sudorosa, se retorcía y sollozaba, sufriendo en una aparente pesadilla. El rubio posó una mano en su frente, apartando los mojados bucles de su cara y mirándola con pesar. Intentó despertarla sin éxito hasta que la castaña lanzó un grito, más parecido a un rugido, abriendo sus ojos de par en par. Al fijarse en el par de iris grisáceo que la observaba toda su expresión se alivió y lo miró con apremio.
-¿Qué soñaste?-
-Smith.- se limitó a murmurar, aferrándose el rostro con las manos. Draco se revolvió, incómodo. No había reunido el valor suficiente para preguntarle qué tanto daño le había infringido el chico por su culpa. No quería saberlo. Desde aquella noche en el despacho de Dumbledore había cerrado con vehemencia sus ojos ante el resto de hechos de ese espantoso día. Ni siquiera le había importado el destino de Smith. Aparentemente, ambos pensaron en ese momento lo mismo. -¿Qué habrá sido de él?-
-Pudriéndose en una celda en Azkaban, supongo.- siseó con desenvoltura, acomodándose mejor en la cama. A pesar de que Draco no había resultado ser un asesino después de todo, sintió una espina de remordimiento cuando supo que Zacharias había sido expulsado y transportado directamente a Azkaban; sin juicio. Este hecho le había salvado automáticamente el pellejo a los Slytherin; eso más la ayuda proporcionada por Severus Snape: la pócima de veritsaserum con la que el chico declaró estaba alterada.
-Lo tiene bien merecido.- susurró Hermione con rencor. El rubio la estudió unos segundos y deseó con todas sus fuerzas no ser nunca merecedor de esa mirada. Y, a pesar de que todo este embrollo había traído a Hermione de regreso, la situación estaba muy lejos de ser ideal. Blaise Zabini se había encargado de sembrar incertidumbre entre los demás Slytherin que no paraban de preguntar cuál era el siguiente movimiento. No había siguiente movimiento. Habían fallado la misión de asesinar un sangre sucia y lo que quedaba era el futuro que tendría que recorrer él solo. Pero Blaise no se tragaba esa mentira. Y mientras no se tragara esa mentira él debía permanecer endemoniadamente alerta ante cualquier impulso del moreno por cumplir la misión frustrada. La otra persona que se había sumado a no dejarlo dormir era Louis Mortimer. El hombre se había tomado como ofensa personal no haber sido llamado para hacer confesar a Smith. Él, el profesor de pociones y no Snape, debía haber estado ahí esa noche. Este acontecimiento había traído como consecuencia el constante revoloteo del hombre alrededor de todos los hechos de ese día. Estaba consciente de que había interrogado al zopenco de Hagrid unas 5 veces ya en lo que iba de semana, sin contar a San Potter y a la misma Hermione. –Malfoy... ¿por qué tan pensativo?- Draco apartó esas dos moscas de su mente y le sonrió, distraído. Había jurado no contaminar sus citas con la chica con pensamientos mortíferos y tampoco hablar de la realidad que los hacía diferentes.
-Nunca me contaste acerca de ese día. ¿Qué creaturas viste?- Hermione se incorporó en la cama más animada, al tiempo que la traslucida sábana dejaba al descubierto su pecho. Al darse cuenta, se tapó, sonrojándose un poco.
-¡Vimos un nido de glumbumble! Son unos insectos gigantescos peludos y grises, persiguieron un rato a Ron porque se topó con uno… y la profesora Grubby Planck capturó unos cuantos. – Hermione hizo una pausa. –Sabes, con ellos se puede combatir la…-
-Histeria provocada por las hojas de alihotsy, lo sé.- la castaña lo miró asombrada y Draco se apresuró a agregar: -Aunque ahora que descubrieron a Smith ya no servirán de nada.-
-Si… tienes razón.- murmuró pensativa. –Vimos gorros rojos, gusamocos, kneazles, hadas y un kelpie que hipnotizó a Lavander y Parvati antes de entrar a la cueva-
-Siempre he querido ver un kelpie…- pensó en voz alta el rubio. –Cuando era pequeño, mi madre solía contarme la historia del domador de kelpies– al ver la interrogante en la cara de Hermione se aclaró la garganta,
"Hace cientos de lunas, cuando no había diferencias entre muggles y brujos, existió un brujo que consiguió domar a un gran Kelpie sin ayuda de una brida mágica. Pero el Kelpie era listo, y por cada montada exigía sangre como recompensa. Por ello, el brujo tenía que hacer toda clase de fechorías para complacerlo y poder seguir montando a la bestia. Un día, el brujo conoció a una hermosa damisela muggle, se enamoró perdidamente de ella y pidió su mano en matrimonio; pero la noche antes de la boda el Kelpie la raptó y le pidió al brujo un pueblo entero a cambio de su amada. Como el Kelpie suponía, el brujo no dudó en atraer a cientos de personas a las orillas del mar tras la falsa promesa de un paraíso terrenal al otro lado; con complejas invocaciones, abrió el mar para que el pueblo pasara y pudiera ser devorado por el Kelpie que yacía ansioso, esperando. Pero cuando el mar se cerró sobre el pueblo, la bestia olvidó que a su lado se encontraba la damisela y ésta murió ahogada al instante. La furia del brujo fue tan imparable que recorrió los océanos en gigantescos barcos el resto de su vida, buscando al Kelpie para asesinarlo. Desde ese día, ningún Kelpie se atreve a abandonar el agua, y permanece a la orilla de cada charco, inquieto, temiendo que el brujo vengue a su amada".
Draco terminó de recitar la historia con los ojos perdidos en la lejanía. Hermione lo miró estupefacta.
-Es… nunca la había oído antes.- Draco sonrió, silencioso.
-Tengo un repertorio de cosas que no has oído antes, Granger.- dijo, arrastrando las palabras y mirando su reloj. Era tarde. Se levantó de la cama y se colocó rápidamente su camiseta, se apretó la corbata, verde con plata y buscó con la mirada su capa negra. Hermione empezó a vestirse también en silencio. Cuando estuvieron listos para salir al mundo real, el chico la sujetó con fuerza y la arrastró hacia sí, plantando un beso violento en su boca. -¿Puedes librarte de tus amiguitos esta noche?-
-No estoy segura Malfoy, siento que Harry sospecha algo.- era verdad. La chica no había podido dejar de notar la manera en la que Harry la miraba cada vez que ésta desaparecía por largos períodos. Era una mirada dura, resentida, mucho más incómoda que las constantes preguntas de Ron.
-Quiero mostrarte el lado de Hogwarts que conozco.- aclaró con decisión sin darle importancia al comentario sobre Potter.
-¿Está relacionado con el rompimiento de alguna regla?- Draco sonrió ante el tono represor de Hermione.
-¿Desde cuándo eso te ha importado?- La castaña sonrió, avergonzada y se alejó con ímpetu de él.
Draco alzó una ceja y le abrió la puerta. El creciente murmullo de estudiantes invadió la sala, rompiendo la burbuja fantasiosa que los inspiraba en las noches.
El peso de la realidad los aplastó y Hermione aceptó con resignación la máscara que Draco le ofrecía: -Hasta otra vida, hurón.-
-Dios me libre, Granger.- siseó, despectivo.
(. . .)
La mañana no pudo haber amanecido más resplandeciente ese día. Sin embargo, Ron se encontraba de muy mal humor. Se vistió con pesadez y lentitud, y regañó a unos chicos de segundo curso que encontró obstaculizando la entrada por el retrato de la Dama Gorda.
-Anímate, Ron. Hoy será un día perfecto para entrenar. – comentó Harry mientras bajaban las escaleras rodantes hacia el Gran Comedor. Ron gruñó en señal de respuesta. La razón por la que había amanecido así era por un sueño que lo había atormentado toda la noche, una pesadilla, más bien. En ella, Ron caminaba entre la oscuridad pero Hermione era su luz. Sin embargo, la castaña no quería estar a su lado, huía cada vez que él se acercaba y con ella, la claridad. Finalmente, la encontraba quieta, mirando hacia las ramas de un gigantesco árbol. Cuando Ron se acercó al árbol, entrecerró los ojos para entender que era lo que la chica miraba. Arriba, sentado encima de una gruesa rama, se encontraba la silueta de un chico.
-¿Quién es?- le había preguntado Ron con curiosidad. Hermione sonreía abiertamente.
-Mi demonio.- y ahí, fue cuando Ron despertó con una extraña sensación oprimiéndole el pecho.
Harry le dio un codazo que sobresaltó a Ron. Su rostro retomó su normal semblante al contemplar que Ginny no estaba traicionando su casa al sentarse con Slytherin. La chica se encontraba sola en una esquina de la mesa de Gryffindor, jugaba distraídamente con su plato de cereal y suspiraba a menudo.
-¡Hoy es un gran día para entrenar! ¿Por qué la cara larga?- exclamó Ron con una ancha sonrisa al mismo tiempo que se sentaba en la mesa. Harry le dirigió una mirada crítica a su amigo. Ginny apenas se percató de la presencia de Harry y Ron. –Espero que no hayas peleado con Marcus Flint.- soltó con un tono de estar deseando profundamente lo contrario.
-Déjame en paz, Ron…- el pelirrojo advirtió que la voz de su hermana había salido quebrada y pastosa, como si le costara hablar.
-Te hice una pregunta.- habló entrecerrando los ojos. -¿Qué te hizo esa serpiente?- Harry miró alarmado a Ron para indicarle que se callara. Si algo sabía de Ginny, era que ésta podía explotar con temible facilidad, e incendiar todo a su paso.
La pelirroja se levantó del asiento, posando con fuerza sus dos manos sobre la mesa. Un grupito de chicas voltearon las cabezas ante el sonido. –Y yo te di una respuesta.- murmuró, fulminándolo con la mirada. Sus marrones ojos brillaron, hoscos. –DÉJAME EN PAZ.- Ron se encogió en el asiento, mirando como Ginny se alejaba ruidosamente del lugar. Retomó nuevamente su huraña expresión y empezó a desayunar, amargado.
-Sabía que él no le convenía.- murmuró con orgullo.
-Eso no es algo difícil de ver.- comentó Harry sintiéndose incómodo.
-¿Qué puede ver en él? ¿Por qué alguien se fijaría en un Slytherin? No lo comprendo.- Harry pensó afligido en Hermione. –Son arrogantes, elitistas y malvados.- el chico dejó que Ron se descargara; total, él pensaba exactamente lo mismo. Pasó una mirada por el Gran Comedor mientras masticaba huevos con tocineta y fue cuando reparó en alguien que venía aproximándose hacia ellos: Greco Raven. Ron continuó charlando: - Casi preferiría que estuviera contigo.-
Harry tosió escandalosamente y apartó la vista de Raven. Un segundo después, se recuperó del atraganto. -¿Qué tu qué?-
-Oh, ¿estás muriendo, Potter?- la delicada voz de Raven hizo que Ron se volteara electrizado y abriera la boca de par en par. La chica lucía ropa deportiva que la hacía ver muchísimo más joven; recogía su abundante cabello en una cola, dejando libre el mechón blanco que le adornaba el rostro. Con un movimiento torpe, Ron se echó hacia un lado para darle espacio. Raven detuvo su mirada en el pelirrojo y le sonrió, deslumbrándolo.
-Raven... Hola.- alcanzó a decir Harry, todavía abstraído por la opinión de Ron.
-No te preocupes, Weasley. Estoy de pasada.- Ron abrió la boca varias veces sin articular sonido, ¿se sabía su apellido? Raven pareció leerle la mente. –Se quién eres, comparto ciertas ideas de tu padre. – giró rápidamente hacia Harry y volvió a sonreír. –Debo ir a conversar con mi tío. Quería notificarles que conseguí transmitir el Mundial de Quidditch aquí, dentro de Hogwarts.-
Esta vez, Ron no pudo quedarse callado. -¿Transmisión del Mundial? ¿Reino Unido contra Japón? ¿Cómo?-
-Con la intrusión de otro artefacto muggle encantado…- respondió Harry por ella. La sonrisa de Raven se ensanchó.
-Correcto, Potter. Bueno, debo irme. ¡Por el triunfo de la magia!- señaló como despedida dejando a los dos chicos confundidos.
-¿Por el triunfo de la magia?- preguntó Harry, sintiéndose nuevamente incómodo. -¿A qué se refiere con esa despedida?- Ron se encogió de hombros sin entender. Los dos amigos charlaron larga y extendidamente sobre la breve conversación con Greco Raven. En la clase de Encantamientos se encontraron con Hermione, y aprovecharon de ponerla al tanto de lo que había sucedido. El semblante, minutos antes muy alegre de la castaña se tornó sombrío y duro.
-¿Por el triunfo de la magia?- repitió, agitando muy bruscamente su varita. El cuervo, antes gordo por acción del hechizo, explotó por culpa de Hermione. Los tres chicos gritaron, asqueados, cuando percibieron que las tripas y la sangre del animal les empapó la cara y la ropa.
-¡Srta. Granger!- exclamó Flitwick cuando al igual que el resto de la clase, reparaba en los chicos. -¡Es un toqueteo rápido hacia arriba y un descenso lento!- se lamentó al ver el terrible estado de los chicos.
-Lo siento, profesor.- repuso Hermione agitando su varita y quitándose así las tripas del cuervo. Repitió el movimiento con Harry y Ron pero éstos no quitaron la cara de asco que quedó estampada en sus rostros. -¡Oh Harry no confío en ella!-
-Es un revolucionara, Hermione. ¿Qué esperabas? Puede tratarse del triunfo mágico sobre ya-ustedes-saben-quién.- atajó Ron.
-No, no lo es. ¿De dónde salió? ¿Quién la inspira? ¿Por qué defiende a los muggles un día y saca un logotipo anti-muggle al día siguiente? –
-¿Logotipo anti-muggle?- preguntó Harry frunciendo el ceño.
-¡Vamos, Harry! Eso ya debieron haberlo imaginado. Triunfo de la magia. ¿Contra quién podría triunfar la magia? – Hermione pasó las páginas de su libro, Descubriendo la Quinta Esencia con amargura.
-¡Contra más magia! ¡Magia maligna! ¡Artes Oscuras! Claramente está de nuestro lado, si no fuera así, ¿por qué Dumbledore deja que se pasee campante por el colegio?- protestó Ron, siguiéndole la batalla.
–Dumbledore tiene razón, no te puedes mezclar con ella, Harry.- murmuró la Gryffindor sin prestarle atención a Ron.
-En ningún momento dije que me mezclaría con ella- se defendió Harry al tiempo que la clase terminaba. –Ella es amable conmigo, eso es todo. –
-¡Conmigo también lo es!- interrumpió Ron al tiempo que salían del salón y se dirigían a Transformaciones. -¡Dijo que compartía las ideas de mi padre!- Hermione permaneció callada con una cara de pocos amigos hasta que entraron a la siguiente clase.
-Sus ensayos sobre transmutación humana, aquí por favor.- tronó Minerva McGonagall antes de que los alumnos en su totalidad se situaran en sus puestos. Uno a uno llevó su pila de 3 pergaminos al escritorio. –Finalmente hemos llegado al tema más importante del sexto año. La trasmutación humana. A través de nuestros cursos pasados hemos estudiado específicamente a los animagos, metamorfomagos y hombres lobo. Existe una última rama de la trasmutación, sumamente compleja y con limitaciones distintas a las anteriormente estudiadas.- McGonagall hizo una pausa y los miró con severidad. –En pocas palabras, aprenderán a transformarse en cualquier cosa a su antojo. – un silencio orgulloso acompañó algunas caras de asombro de la clase. –Y transformar a otros. Todos estarán al corriente de la existencia de Morgana Le Fay gracias a su cromo de brujas y magos famosos. Su gran poder se basaba en su conocimiento sobre Transformaciones puesto que podía convertirse en cualquier animal y cualquier cosa.-
-Malfoy debe ser un experto en esto.- susurró Ron a sus dos amigos soltando una risita.
-Gracias Sr. Weasley por ofrecerse a ser el voluntario de la clase de hoy.- tronó McGonagall con gravedad. La sonrisa del pelirrojo quedó congelada al escucharla y luego dibujó una mueca de horror. La profesora hizo un ademán para que se levantara. Ron tragó saliva y se acercó con temor hasta ella. -Concentración, agilidad y decisión: CAD.- pronunció al tiempo que apuntaba su varita hacia Ron. El pelirrojo reparó en los cientos de ojos expectantes que lo observaban con diversión, -¡Morfeosis!- el Gryffindor sintió su cuerpo sacudirse involuntariamente, sus brazos y piernas empezaron a hormiguear al tiempo que se reducían, su estómago se revolvió, el latido de su corazón se aceleró, sus ojos lagrimearon y una chocante mezcla de fuertes aromas producto de su ahora sensible olfato lo mareó momentáneamente. La clase dio un jadeó.
-¡Weasley la comadreja!- soltó Draco Malfoy entre risas. Una ola de carcajadas, empezando por el fondo del salón invadió la clase. Ron sollozó en su mente. El resto de la hora transcurrió entre insatisfactorios intentos por parte de los alumnos en imitar el nuevo hechizo. Cuando sonó la campana, sólo Daphne Greengrass había conseguido transformar a Millicent Bulstrode en algo más peludo y hosco que antes. La mayoría de Slytherins aún seguían burlándose de Ron.
-Voy a aprender a transmutar sólo para convertirlo en un hurón.- bufó Ron con rencor cuando recogían sus cosas para ir a la siguiente clase. Los tres chicos estaban pasando entre una nube de serpientes para salir del salón cuando Hermione sin querer tropezó torpemente con alguien.
-Disculp…- la frase de la castaña quedó en el aire cuando reconoció al chico que le dirigía una extraña mirada. El Slytherin la miró de arriba abajo con detenimiento y luego sonrió. Pero fue una sonrisa que asustó a Hermione, una sonrisa grotesca; la sonrisa de alguien capaz de hacer las más irreflexivas aberraciones.
Blaise Zabini siguió sonriéndole a Hermione aún después de que la chica volteara, espantada, y apresurara el paso. No había considerado que un Gryffindor se pudiera acobardar tan fácil ante una mirada, pero era interesante estar al tanto. Siguió al resto de las serpientes, como borrego de un rebaño, con la mirada perdida entre la multitud. Una vez que llegó al Gran Comedor a almorzar, observó brevemente a su mesa en busca de Pansy. La chica acababa de sentarse entre un grupo de Slytherins animados que bromeaban sobre cosas que no alcanzó a escuchar. Entre ellos estaba Nott, Daphne y Travis. Sin embargo, Blaise notó como al instante los chicos callaban y la miraban con extrañeza. Sintió el fuerte rechazo hacia la chica y el rostro embarazoso de ésta, y vio como todos se rodaban de asiento, alejándose de ella y volviendo a charlar entre risas. Blaise suspiró y se acercó. Pansy escondía su cara entre su esmerado flequillo y comía con lentitud, aparentemente imperturbable.
-Te estás acostumbrando al rechazo mejor de lo que creí.- comentó seriamente mientras se sentaba, a pesar de que sus ojos brillaban con regocijo. Pansy le dedicó una mirada vacía y carente de emoción; bien podría haber estado mirando a la pared del fondo. –Debe ser duro ser considerada la mudbloodkiller- bromeó sin esperar respuesta. Pansy dejó escapar una tímida sonrisa.
-¿Vas a lamerme el culo al igual que al resto de la casa como lo haces siempre?- soltó la chica con inocencia. El chico la miró impresionado unos segundos pero se recuperó rápidamente y soltó una carcajada.
–Debo admitir que deposité mis esperanzas en el hecho de que pertenecíamos a la misma… secta.- Pansy resopló sin darse cuenta que la expresión del Slytherin se endurecía. –Nunca imaginé que tus sutiles ofrecimientos sucedían sólo cuando Malfoy andaba cerca.-susurró, acercándose más a ella con una sonrisa. La chica dejó de intentar comer y le lanzó una peligrosa mirada.-Eso también debe ser duro, ¿no?... Ser remplazada por una sangre sucia...- el moreno pensó que tanta humillación la harían cometer una estupidez pero para su sorpresa, Pansy sabía controlar más sus emociones. Lo miraba con un rostro colérico, apretando los labios con fuerza. –Es difícil creer algo así, considerando lo preparada que dicen que eres en la cama. –
-Percibo anhelo en tu discurso, Zabini. –murmuró Pansy. El chico se encogió de hombros.
-Cualquiera desearía comprobar esos rumores.- confesó Blaise con picardía.
-No es eso lo que quieres de mí.-
-Hay un par de cosas que quiero de ti…- Blaise no supo cómo seguir a continuación. Pasó su mirada a lo largo de la mesa de Slytherin, tratando de encontrar las palabras. En ese instante, divisó a Malfoy, siendo aplaudido por sus amigos por aparentemente un muy buen chiste. Pansy siguió su mirada y juntos, contemplaron unos segundos en silencio. Esa era el tipo de gloria al que un Malfoy siempre ha estado acostumbrado. Honrados por su apellido, respetados por su fortuna y protegidos por sus aliados.
-Quieres acabar con él.- Blaise volteó ante el susurro revelador de Parkinson. Lo había dicho con tanta simplicidad que por un momento se preguntó si tanto se le notaban las ganas.
-¿De verdad pensabas perdonar la humillación por la que te hizo pasar?- Pansy se alejó un poco de él y desvió la mirada, pensando. Blaise no se rindió. –¿De verdad aún anhelas recuperarlo? ¿Deseas las sobras de Hermione Granger?-
-No sé qué es lo que deseo...- confesó Pansy, bajando las defensas. Sus ojos se aguaron brevemente pero respiró profundo y apartó la mirada de nuevo, con dignidad.
-Deseas que él vuelva arrepentido a tus pies, Parkinson. – le dijo el chico con la voz más apacible que pudo sacar. –Pero mientras Granger acapare su mente…-
-Igual no pienso hacerle daño a esa… a …- La Slytherin se llevó una mano a la cara para limpiarse las lágrimas con repulsión mientras respiraba entrecortadamente.
-¿Por qué no? ¿Por qué no hacerle daño a quien te lo hizo?- Pansy no contestó. Recordó con amargura las palabras de Draco…
"No puedo hacer eso" le había susurrado el rubio con profunda vergüenza.
"Porque estoy enamorado de ella." El solo recuerdo de sus palabras le daba nauseas. Y desde ese día había sollozado en su cuarto todas las noches, lamentándose, maldiciendo y odiando. La odiaba. Odiaba a Hermione Granger por despertar lo que había despertado en Draco, todo lo que ella sabía que él podía llegar a sentir.
Blaise Zabini sostuvo sus manos con delicadeza y la miró con compasión. Pansy sintió un poco de grima ante su contacto pero no lo dio a demostrar.
-¿Qué quieres de mí, Zabini?- se escudriñaron en silencio uno al otro durante breves segundos.
-La traición se paga con traición. – Pansy abrió la boca en señal de protesta pero Zabini se apresuró. –¡Un Slytherin no soportaría el escarmiento público que supone estar con una sangre sucia!- Blaise apretó las manos de la chica con fuerza y sus oscuros ojos brillaron, apasionados. –Ayúdame a delatar a Malfoy y te juro por Salazar Slytherin que él regresará a ti.- Pansy se desligó de sus pegajosas manos con gesto desconfiado, pero sus ojos fallaron al intentar esconder esa sed de esperanza.
-¿Cómo sabremos que sigue revolcándose con ella?- Zabini sonrió ampliamente y se enderezó en el asiento. –Draco no confía en ti.- aclaró la chica al ver su engreída sonrisa.
En la mente de Blaise se formó la imagen de Hermione dirigiéndole una asustadiza mirada. –Sólo la necesito a ella.- masculló con un dejo de malicia.
(. . .)
Woody golpeó tan fuerte su bludger que ésta atravesó el campo y le dio de lleno a una de las gárgolas del patio. La estatua crujió en señal de queja y los Gryffindor silbaron con admiración. El chico se colocó su bate sobre el hombro y sonrió, complacido. Harry aun sonriendo, pasó a dar la señal de que tanto Abril como Aleine y Ginny arremetieran en contra de su guardián. El chico tenía su vista clavada en Ron, que esperaba con ansias la quaffle, hasta que un fuerte zumbido en sus oídos lo mareó momentáneamente. Harry perdió el equilibrio en su escoba pero logró remontar enseguida y miró alrededor.
Otra vez tenía la ligera sensación de que estaba siendo observado. Paseó su mirada por todo el campo de quidditch sin encontrar nada; reparó unos segundos de más en las copas de los árboles del Bosque Prohibido que permanecían inertes y luego intentó apartar el suceso de su mente. Unos minutos después, se dio cuenta que el equipo de Slytherin estaba entrando en el estadio, dispuestos a entrenar. Harry sobrevoló el campo a toda velocidad hasta los cazadores.
-¡Hora de un descanso! Mañana continuaremos el entrenamiento a la misma hora.- habló con autoridad y señaló de mala gana al grupito que se encontraba en tierra. Cuando su Saeta de Fuego aterrizó, se dirigió con el resto del grupo hacia los vestidores, no sin antes atreverse a dirigirle a Marcus Flint una retadora mirada. Marcus le sonrió abiertamente.
-No, tú eres el desconsiderado.- Harry volteó para escuchar la conversación que Woody y Deivid, los dos golpeadores de Gryffindor, tenían con Ron.
-¡Era ella! Ustedes no podrían ni aguantar un mes a su lado.- protestó Ron.
-Yo aguantaría todos los meses que fuera necesario con tal de abrirle las piernas.- Woody y Deivid rugieron a carcajadas y Ron se sonrojó hasta la raíz del cabello. -¿Pero no esperaste, cierto? – Harry desconectó sus oídos porque no le interesaba hablar de lo que Lavander Brown tenía entre las piernas y se apresuró a alcanzar a Ginny, que entraba sola a los vestidores.
-¡Hey Ginny!- Harry entró a los vestidores pero no recibió respuesta. Empezó a desabrocharse su ropa de entrenamiento mientras iba caminando hacia el armario de las escobas, pero una vez que lo abrió, Harry soltó un aullido de impresión y cayó al piso. Dentro del armario unos grandes y anormalmente redondeados ojos lo miraban con curiosidad.
-¡Harry!- Ginny lo observó tirado en el piso y se apresuró a levantarlo. -¿Qué ha pasado? ¿Es tu cicatriz?- Harry la miró alarmado para luego señalar con vehemencia hacia el fondo del armario de escobas. Pero no había nada. Ginny frunció el ceño y sacó la varita. -¡Lumos!- la luz de su varita alumbró por completo el armario. Sin embargo, no había nada dentro de este.
-Esa cosa tiene semanas siguiéndome.- habló el chico completamente convencido, escarbando entre las escobas viejas. Harry le dedicó una mirada testaruda a Ginny, casi esperando que ésta no creyera en él.
-¿Lograste ver qué era?- preguntó Ginny, examinando con su varita detrás del armario. Harry suspiró aliviado por la reacción de la chica.
-Siempre supe que me observaba pero ésta vez vi sus ojos. Temo estar enloqueciendo.- Ginny rió y decidió sacar su vieja barredora del armario de escobas.
-Cuando pasas el día a día con Lunática Lovegood terminas creyendo que cualquier cosa puede ser verdad. Creo que mejor me llevo mi escoba, no quiero que esa cosa que viste cague sobre ella.- Harry rió entre dientes pero estuvo de acuerdo. Vio como la chica le daba la espalda y se disponía a abandonar los vestuarios cuando se armó de valor.
-¡Ginny!- la chica volteó con curiosidad.
-¿Podemos hablar?- la voz le salió tan atropellada que Harry se arrepintió de haberlo dicho. Ginny sonrió desanimada.
-No esta vez, Harry.- murmuró dándole la espalda. El resto del equipo entró en ese momento mientras Ginny abandonaba el lugar. Caminó resueltamente por el campo sin reparar en las figuras con capas verdes y plateadas suspendidas en el aire. Sintió el peso de una conocida mirada pero se obligó a seguir caminando.
-¡Weasley!- Ginny no quiso responder al llamado de Marcus. El chico decidió volar hacia ella para alcanzarla pero la pelirroja fue más rápida; montó en su vieja barredora y abandonó el campo de quidditch. Marcus la siguió, dejando a sus compañeros atrás. Sobrevolaron los alrededores del castillo y al ver que Marcus la estaba alcanzando fácilmente, la pelirroja dio arriesgadas volteretas alrededor de las ventanas de las torres. -¡Ginny!- soltó con un jadeo que fue extinguido por el ruido del viento, al tiempo que pasaban por debajo del puente que daba hacia el patio empedrado con gran velocidad. Marcus vislumbró fugazmente el sauce boxeador, la gran vidriera del Gran Comedor, la Torre del Reloj y la Torre de Astronomía, mientras que Ginny para él era simplemente una voluta borrosa de color rojo que se estaba empezando a disipar en el crepúsculo de la tarde. Pero de repente, la chica se detuvo. Ginny aterrizó como pudo en los resbaladizos adoquines de uno de los tejados. Marcus la siguió y, aunque resbalándose, consiguió sentarse cerca de ella, en la cima del tejado de una de las torres. La pelirroja estaba sentada, abrazando sus piernas flexionadas y mirando el atardecer. El viento alborotó más el despeinado y oscuro cabello del Slytherin, pero éste no pareció importarle. Su piel blanca lechosa lucía como un papel de cebolla frente a la poca luz solar que quedaba.
-¿Siempre eres así de insistente?- Marcus no contestó inmediatamente la pregunta de Ginny. Se limitó a seguir observando con impresión el horizonte.
-Me pregunto qué sería de mí si siempre me rindiera…- comentó, con ese hablar calmado que lo caracterizaba. Ginny se estremeció pero se quedó callada. La brisa sopló con más fuerza, adornando el silencio entre ambos.
-La última vez que hablamos…
-Salí corriendo.- río el chico al recordarlo. –Slytherin, después de todo.
Ginny ignoró el comentario. –Me llamaste de una manera bastante degradante.
-Sólo dije lo que es evidente.- La chica resopló con resentimiento.
-Yo no lo veo así.-
-Ningún drogadicto se considera un drogadicto. Pero la verdad está ahí, y no va a ser diferente sólo porque le cambies el nombre. – Ginny se enfurruñó más dentro de sí misma y apretó la mandíbula con fuerza. –Yo…- ésta vez, la profunda voz de Marcus no salió con desenvoltura como siempre. Tragó saliva y suspiró. –Una vez que lo pruebas, es muy difícil controlarse. Te domina, se vuelve una necesidad para ti, una necesidad por la que harías cualquier cosa. No importa cuánto intentes detenerte, siempre querrás un poco más. – La chica lo observó con el ceño fruncido, incapaz de creer lo que estaba oyendo. –Es algo que te hace sentir tan vivo, que al final terminas pensando que…
-…que la vida no es vida si no lo has probado.- terminó Ginny con los ojos vidriosos. Se sorprendió al ver que la mirada de Marcus estaba cargada de temor, como si recordar lo acobardara.
-Yo perdí un año de Hogwarts.- confesó con la voz entrecortada y pastosa. Ginny se desligó de sí misma y lo observó con atención. –Lo que estabas probando, cuernio… Hice cosas horribles, cosas de las que siempre me arrepentiré. Fui recluido en San Mungo por un año a causa de mi adicción. Mis padres estaban felices de tenerme lejos. Llegué a pensar que querían dejarme allí, pudriéndome y enfermándome–terminó, apretando los dientes y desviando su rostro lejos del de Ginny. La chica sólo pudo fijarse en la sombra que se cernía sobre él a causa del anochecer. –Al final, nunca volví a reconocerme.
Ginny se acercó un poco a él, puso su mano alrededor de su hombro y recostó su cabeza con tranquilidad. Esperó con paciencia que el chico terminara de superar su recuerdo sin decir una palabra. Jamás se imaginó que él también tendría su historia, su pequeña carga. ¿Cómo alguien tan tranquilo podía albergar dentro de si tan violento recuerdo?
-Todo lo que te aísle te crea adicción. Todo lo que te cree adicción, será lo que más daño te haga. – murmuró el chico con seriedad luego de unos minutos. –Prométeme que no te seguirás haciendo daño.- La pelirroja mantuvo la penetrante mirada del chico, no sin antes preguntarse "¿Seguimos hablando de lo mismo?". Pronto la mirada de Marcus la hizo comprender que no estaban hablando del cuernio. Que no estaban hablando de qué, estaban hablando de quién. Marcus Flint era el único que podía leerla como un libro abierto y eso la llenó de tristeza. Era el único que intentaba hacer de su vida una armonía, el único que ponía su cabeza en orden; el único que se empeñaba en ofrecerle más de lo que merecía…
El problema era que Ginny adoraba el desorden.
-Lo prometo.- susurró, tragándose las palabras. Marcus sonrió ligeramente y le dio un beso en la frente. La chica intentó convencerse que ese beso había absorbido todas las dudas de su cabeza. No habían terminado de desligarse el uno del otro cuando un chillido inhumano se escuchó en la distancia. Ginny entrecerró los ojos, intentando ver. Otro chillido consiguió alarmarlos a los dos. Marcus se levantó y señaló un punto distante. Se trataba de una lechuza. El animal sobrevolaba los alrededores del bosque prohibido intentando llegar hasta la lechucería; pero una especie de campo lo impedía. La lechuza chocaba con el aire y chillaba. Finalmente, se llevó un último golpe al intentar aproximarse, chilló y cayó en línea recta dentro del frondoso bosque.
(. . .)
-¿Dónde está Harry?- quiso saber Hermione cuando salió de su dormitorio esa noche. La Sala Común estaba atestada de estudiantes haciendo deberes. Ron levantó la mirada de sus apuntes para mirarla. El pelirrojo compartía la mesa con Neville y Perikles.
-Dumbledore.- se limitó a contestar. -¿A dónde vas?- preguntó al verla vestida, amarrándose una cadena al cuello. Hermione peleó unos segundos con la capere balbus, una de las pequeñas cajas negras que conservaba de Malfoy, al tiempo que intentaba amarrarla a su cuello. Nadie podría imaginar que llevaba un espejo de doble sentido dentro.
-He olvidado mi libro de Aritmancia en la biblioteca- mintió resueltamente. Se acercó un poco a la mesa atestada de libros de Ron y hojeó un ensayo con el ceño fruncido.
-¿Podrías revisar mi ensayo también, Hermione?- soltó Perikles con un pronunciado acento, extendiéndole el pergamino. Ron lo fulminó con la mirada pero no dijo nada.
-Quizá en otro momento Per; Sprout te regañará por esto, Ron.- dijo señalándole un punto del ensayo al chico. El pelirrojo frunció el ceño mientras leía. Hermione abandonó la Sala Común por el retrato y se dispuso a recorrer el séptimo piso. Caminó con una mezcla de temor y decisión al mismo tiempo, sin dejar de voltear hacia atrás, pensando en que alguien la estaba siguiendo. Pasó de largo y apresurada una de las armaduras del pasillo pero se detuvo segundos después, giró el rostro y estudió con detenimiento la armadura. La figura, bastante destartala ya, permanecía inmóvil y sujetaba con fuerza una espada; pero entre la mano y la espada sobresalía un pequeño y casi asfixiado tulipán.
Hermione dejó escapar una risa nerviosa y sacó la pequeña flor de ahí. Sus pálidos pétalos estaban cerrados. Dibujó movimientos con la mano para que la flor se abriera y junto con ella, el recuerdo. La armadura dejó de aparecer ante ella para dar lugar a dos cuerpos completamente desnudos que danzaban al ritmo de unos ensordecedores gemidos. A pesar de la tenue luz que los acompañaba, Hermione se avergonzó de reconocerse. Clavaba sus uñas como zarpas en la espalda de Malfoy mientras éste se deslizaba dentro de ella con furia, arrancándole un gemido a Hermione con cada embestida. La lengua de Draco le recorría el pecho, produciéndole arcadas a la chica, mientras que una mano sujetaba con ímpetu su desbordado cabello y la otra sostenía los movimientos fieros de su delgada cintura. Sin previo aviso, Malfoy volteó a Hermione con violencia y ésta quedo bocabajo, apoyando brazos y codos en la cama. Los ojos del rubio se abrieron con deleite mientras admiraba y palpaba la silueta de Hermione debajo de él. Volvió a introducirse dentro de ella, soltando un suspiro de satisfacción y arrancándole un gemido de placer a la castaña.
Hermione sintió como una mano se posaba en su hombro y giró sobre sí misma, alterada. El recuerdo se borró tan rápido como había aparecido y cuando vio a la persona que estaba frente a ella soltó un bufido y le aventó con fuerza la flor contra el pecho. Los pétalos se resquebrajaron y una voluta de humo plateado se disipó en el aire. Draco Malfoy rió con maldad.
-¿Por qué hiciste eso?- reclamó Hermione con la respiración entrecortada y sus ojos cargados de rencor. La sonrisa de Draco no desaparecía.
-Quería mantener viva la llama, Granger.- Hermione le atestó un golpe que Draco esquivó, sonriendo. Aún con el recuerdo en la cabeza, el corazón le latió acelerado, y se avergonzó de reconocer que no era lo único. Volvió a refunfuñar y sujetó a regañadientes la mano que Draco le ofrecía. Caminaron en silencio hasta un rincón del pasillo donde sólo quedaba un gran cuadro con dos brujas chismosas susurrándose algo al oído. Una de ellas no paraba de abrir la boca con impresión al oír el secreto que la otra le susurraba.
-¿Qué estamos haciendo aquí?- quiso saber la chica, aún con molestia.
-Tienes que revelarle un secreto para que te deje pasar.- contesto Draco arrastrando las palabras. -¿Quieres intentarlo?-
-No, gracias.- Draco dejó de mirarla e ignoró su mal humor. Se acercó, tapándose la boca con una mano y susurrándole algo a la primera bruja. La bruja jadeó mudamente, se tapó la boca y lo miró con preocupación. -¿Qué le has dicho?- preguntó la castaña. Inmediatamente la bruja se acercó a su amiga a susurrarle el secreto de Malfoy. Sin previo aviso el retrato se abrió de par en par revelando unas pequeñas escaleras en forma de caracol. Malfoy entró por el retrato y se dispuso a subir las escaleras, no sin antes tenderle nuevamente la mano. Hermione lo estudió con una leve desconfianza.
Draco rodó los ojos. –Confía en mí, Granger.- Hermione aceptó y juntos subieron por las escaleras de caracol durante lo que pareció ser unos interminables minutos. Hermione no dejaba de repasar en su mente si algo como esto salía en algún libro que hubiera leído de Hogwarts pero no conseguía recordar. Ni siquiera conseguía entender cómo podían estar subiendo más si ya de por si estaba en el séptimo piso. Pero cuando llegaron, Hermione dio un jadeo de impresión.
Se encontraban en una recamara demasiado pequeña pero luminosa, de techo alto y triangular; tenía un aspecto etéreo e íntimo. Pero no fue eso lo que más le impresionó, fue la gigantesca estatua que se alzaba con grandeza al fondo de la sala. Hermione entró con pasos inseguros y se acercó a la estatua, cuando una explosión de susurros la sobresaltó.
-¡Le mentí a mis padres!
-¡Le dije que no lo quería!
-¡He reprobado todas las materias del curso!
- ¡Robé las pertenencias de mi amigo!
-¡Engañé a mi mejor amiga con su novio!
-¡Intenté suicidarme!
Hermione se tapó los oídos con ambas manos ante la entrada de cada voz adolescente, angustiada y diferente. Se giró rápidamente y buscó a Draco en busca de una explicación. El chico sujetó su rostro, clavó sus gélidos ojos sobre ella y le dijo algo que no alcanzó a escuchar, pero leyó sus labios: relájate. Hermione confió en él y lentamente aceptó los susurros atropellados que liberaban las paredes, notando que cada vez se hacían menos intensos.
-Yo le llamo la Sala Susurrante.- comentó Draco mientras se paseaba por la estancia. Hermione se dedicó a estudiar de nuevo la estatua de la mujer que se hallaba frente a ella. Su semblante era poderoso pero su rostro era regordete y parecía a punto de querer echarse a reír. Llevaba el escudo de Hogwarts en su capa y era ella, la que le confería un aura tan mágico a la recamara.
-Helga Hufflepuff.- dijo la castaña finalmente. No pudo evitar notar la pequeña copa de piedra que sostenía en su regazo como si fuera un trofeo. Hermione frunció el ceño, pensativa.
-¿Ves esto?- preguntó Draco, tratando de ocultar la superioridad que sentía al conocer algo que Hermione no. La chica se acercó y observó los escritos en la pared que Malfoy le estaba enseñando. Poco a poco, Hermione entendió dónde estaba parada.
-El símbolo de Hufflepuff es un tejón porque representa una guía. ¿De esto se trata? ¿De derramarle tus secretos en busca de consejo?- exclamó, repentinamente admirada. Posiblemente estaba escuchando los susurros de miles de voces olvidadas en el tiempo. ¿Podría ser posible acaso que los demás fundadores hubieran dejado aportes de este tipo al colegio? Hermione miró a Draco con recelo. -¿Cómo es que conoces este lugar?-
Draco se encogió de hombros contemplando la estatua. –Más de una vez he venido a pedir consejo.- siseó, cruzándose de brazos.
-¿Cuándo?-
-Cuando llevaron a Azkaban a mi padre, por ejemplo.- respondió secamente, quizá más de lo necesario. La chica no se había percatado que la primera vez que hablaron de su padre, fue para insultarse mutuamente en la sección prohibida de la biblioteca. Parecía que habían pasado décadas desde ese dramático encuentro. Hermione empezó a escudriñar las interminables líneas de la pared:
…He reprobado todas las materias del curso…. A medida que leía, creía ser capaz de identificar entre la multitud el angustiado susurro del mensaje.
…Mi madre no quiere que siga asistiendo a Hogwarts… Creo que estoy embarazada… Me estoy obsesionando con este lugar… los susurros se hicieron más insistentes y apurados en su cabeza pero trató de relajarse de nuevo. Tragó saliva y siguió leyendo: …Me escapé a Hogsmade el otro día y ahora me quieren expulsar…Le robé dinero a un duende y me descubrió….
-¿Qué consejo te dio?- se atrevió a preguntar, luego de sentir que sus oídos se abarrotaban de más susurros. Al no recibir respuesta, la castaña se enderezó y lo miró con seriedad. Draco tenía sus ojos clavados en ella con cierta aprensión y seguía de brazos cruzados, aparentemente decidido a no hablar. El silencio receloso de ambos no hacía más que potenciar las voces de las paredes. –¿Por qué me dices que confíe en ti si tú no confías en mí?- murmuró, dándose por vencida. Por más que lo intentaba, era imposible atravesar esa coraza gris que Malfoy tenía por ojos; era imposible adivinar qué guerra interna estaba teniendo. Era imposible pedir que se abriera a ella si estaba tan acostumbrado a estar aislado.
-Me dijo que todo en la vida era saber elegir. –masculló con una voz leve y prudente. Hermione se estremeció ante esas palabras. –Y que eligiera bien. –
-¿Y qué elegiste?- preguntó, arrepintiéndose al instante de haberlo hecho.
-Te elegí a ti.- susurró con gravedad, llenándola de escalofríos con su mirada.
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