Nada de esto es mío, todo le pertenece a Suzanne Collins.
Antes: Solo digamos que mi falta de inspiración se debió a un par de hechos trágicos y un par de hospitalizaciones debidas de mi don crónico de mala suerte.
Ahora: Este es el último capítulo. Gracias chicos, en serio, se han pasado... y sí, puede que haya dicho que esto originalmente iba a constar de veinte capítulos, pero dudo alguna vez cumplir con eso, por lo que quedará como "Complete", sin embargo, no descarto subir una que otra viñeta si llega algún momento de inspiración. Y, ¡adivinen qué! Este fanfic ha sido recomendado en el foro "Buenos Fics y sus Autores" La verdad es que no sé bien qué significa exactamente, pero de todas formas es un hecho que me hace feliz.
"Serie de Viñetas Post Sinsajo y Pre-Epílogo, sin orden cronológico. Porque el panadero y el Sinsajo finalmente terminaron juntos, pero nadie explicó cómo fue su diario vivir, ni como llegaron a él."
* O: Tengo una nueva historia, chicos. Vamos, no sean tímidos, leanla, que le tengo un poco bastante de fe y sería lindo conocer sus opiniones :) *
-Aquí tiene, Señora Mellark.-sonríes como idiota cuando escuchas a la dependienta de la tienda dirigirse de esa manera a tu esposa. Tu pecho se infla de orgullo. Han pasado muchos años casados, y por respeto ambos intentan no recordar cuántos exactamente, pero solo hace cosa de una década, más o menos, que la gente logró hacer la distinción entre Everdeen y Mellark. Una de las consecuencias de haber participado de manera activa en los Juegos y la Revolución, aunque todo haya pasado hace más de treinta años.
La dependienta se les queda mirando por más del tiempo recomendado y temes que de pronto saque una de esas cosas a las que en el Capitolio llaman teléfono celular y pida hacerse una foto con ustedes. Lo odias. Sí, puede que se te dé muy bien eso de hablar con elocuencia frente a grandes masas de gente, pero de todas formas detestas cuando interrumpen tu tiempo con Katniss, ese escaso y hermoso tiempo que tienen a solas.
Y no te equivocas, la dependienta se sonroja y pide hacerse una foto con ustedes. Katniss suspira y cierra los ojos unas milésimas de segundo para luego fingir una sonrisa. Su capacidad de fingir de esas ha aumentado, y tú sinceramente crees que la tuya ha disminuido con el tiempo.
Quizá se deba a eso que hizo el Capitolio contigo.
Ambos se detienen a escuchar la historia de vida de la dependienta. Sus padres eran del distrito cuatro, y lucharon activamente en la revolución. De hecho, comenta emocionada que ella es algo así como prima en segundo grado del difunto Finnick Odair.
Cuando menciona este hecho la sonrisa de Katniss se congela, convirtiéndose lentamente en una mueca. Esa es su principal razón de haber estado allí, en el ex Capitolio, que ahora tiene un nombre ridículo que no siempre recuerdas. Annie Odair, la antigua Vencedora y viuda del difunto Finnick, ha empeorado. Cuando su pequeño hijo, llamado igual que su padre, cumplió la mayoría de edad, Annie poco a poco fue dejando este mundo. Sus lapsus, conocidos por todos, se hicieron más largos, hasta llegar al punto de pasar días completos mirando a un punto fijo sin hacer nada más. Johanna Manson ha sido quien se ha encargado de ayudar a Finnick con su madre, sin embargo, son ustedes dos quienes se ocupan de comprar las medicinas y enviárselas al distrito cuatro.
Tomas por la cintura a tu esposa, quién pese a tener dos embarazos a cuestas aún conserva su contextura pequeña y con una voz un poco forzada te despides de la muchacha, alegando de que tienen muchas cosas que hacer. Temes que Katniss se ponga a llorar allí mismo. Puede que hayan pasado los años, pero hay días en los que tu esposa aún no puede manejar sus emociones, y al parecer, hoy es uno de esos días.
Salen lentamente de la farmacia y una vez afuera, en uno de esos bellos caminos peatonales, buscas un banco en el cual sentarte. Cuando lo hacen, ella rodea tu cuello con sus manos y esconde su cabeza dentro del hueco de tu hombro. Algunas veces te maravillas por la forma en que encajan. Otras veces te maravilla la naturalidad con lo que Katniss se desenvuelve contigo, completamente segura de que nada le pasará a tu lado.
Aunque aún existan esos pequeños flashbacks.
-Tranquila.-susurras, a medida de que pasas tu mano por su cabello. Depositas un pequeño beso en su cabello. Y luego otro. Ella, casi más por instinto que otra cosa, mueve lo suficiente sus labios para que choquen con los tuyos.
El beso es suave, tranquilo y tiene un pequeño sabor a sal, debido a las lágrimas de tu mujer.
-Tranquila.-repites, otra vez en forma de susurro. Ella asiente lentamente.
-Dandelion quería que le compráramos uno de los reproductores de música que vimos en el catalogo el otro día. Creo que esa niña ha recibido demasiada influencia de Effie para mi gusto.-y tu esposa arruga su nariz, como siempre lo ha hecho. Sin embargo, sabes que ella está intentando evitar el tema.
-Katniss.-le riñes, mirándola fijamente, aunque sin retarla del todo. No podrías.
-Peeta.-te contesta en el mismo tono, frunciendo el ceño.
Una pequeña sonrisa nace en tu rostro.
-Annie ya estará bien. Y si no, ambos sabemos que ya es hora que se reúna con Finnick.-tu esposa se muerde el labio y con un dedo liberas aquella tensión. Le sonríes nuevamente, para intentar animarla. Y ella te devuelve la sonrisa, no tan convencida-. Supongo que yo estaría en un estado parecido de faltarme tu, luego de asegurarme de que los chicos ya pueden hacerlo bien.
-Dímelo a mí.-susurra ella, casi sin pensar. Luego, suspira-. Eres un gran padre, Peeta Mellark.
-Y usted la mejor madre de todas, Katniss Mellark.-tocas su nariz respingona y le sonríes nuevamente, esta vez de una forma más fidedigna-. Entonces, ¿Dónde nos podemos conseguir el dichoso reproductor de música?
Katniss brinca de tu regazo y te tiende una mano, como si su pequeño lapsus nunca hubiera existido. Le tomas la mano y le sigues, ya que ella ha estado más veces que tú en este lugar. Comienza a contarte las locuras de tus hijos, quienes por fin han dejado de reñirse a cada hora y han descubierto que juntos pueden hacer más cosas que cada uno por su lado. Observas como aquel brillo especial sale en sus ojos grises, como cada vez que habla de sus hijos. Por unos segundos, cavilas en la posibilidad de dejar la panadería para pasar todo el día con tu familia. Tienen los recursos necesarios. De hecho, más que necesarios, por lo que siempre intentas regalarle a quienes más lo necesiten. Te recuerdas de hablarlo con tu mujer más tarde, porque justo en este momento está describiendo cómo fue que tu pequeño hijo, hace una semana, logró sacar el arco de tu esposa del cajón que lo tenía guardado y junto con Dandelion jugaron a dispararle a los distintos blancos que ellos mismos habían construido.
Su día es apresurado, extraño y agotador. La gente les reconoce en la calle y se acercan a saludarles. Pese a que han pasado años desde los Juegos y la Rebelión, aún hay muchos cuyas heridas no han sanado, y a quienes aún no les han llegado justicia. Aún hay desaparecidos, muertos sin asesinos o asesinos sin juicios. Pero poco es lo que tu puedes hacer ahora, al igual que Katniss. Lo único que pueden hacer es escuchar, asentir e intentar consolar a aquellas personas. Lo han intentado en el pasado, pero los cambios en la política del lugar han sido tan solo de los nombres de quienes gobiernan. Y claro, ahora no se utiliza la represión como moneda del día a día. Sin embargo, y esta es tu humilde opinión, las heridas de las personas afectadas no sanarán mientras no encuentren justicia. Y tres décadas más tarde no es momento para poder establecerla, pese a que sepas que eso no sucederá.
Cuando están en el tren de camino al Distrito Doce, Katniss se sube a tu regazo y comienza a repartir besos por tu cuello. Con el transcurso de los años, a diferencia de tu esposa, sí has subido de peso. Incluso tienes una pequeña barriga regalona, como le llama tu hija. Y pese a que todos los días te digas que quieres batallar en su contra, la pereza te gana. Pero tu esposa no se queja. Y tampoco es impedimento para que prácticamente se suba encima tuyo, colocándose a horcadas. Te ríes ligeramente porque pese a que no haya sido el mejor día de tu vida, sabes que eso es lo que te hace más feliz a cada momento.
Y sientes que no se lo dices lo suficiente.
-Katniss.-susurras, mientras tu esposa está besando con bastante entusiasmo tu cuello. Cierras los ojos por unos segundos y tus manos se aferran a su cintura. No se te está haciendo fácil eso de concentrarte, eso es seguro.
-¿Humm?
-Kat, espera, tengo que...-tu mujer coloca su boca sobre la tuya, impidiéndote hablar. Y qué forma de impedirte hablar. Una de tus manos viaja hasta la nuca de tu esposa, mientras que la otra hasta una de sus nalgas, atrayéndola hacia ti. Ella se frota ligeramente contigo y un gemido, bajo y ronco, sale justo desde tu garganta-. Katniss.
-Peeta.-susurra ella, a medida de que juega con los rizos de tu cabello. Algunos se han esclarecido un poco, pero nada preocupante. Y sin duda, aquello ahora no le preocupa ni en lo más mínimo a tu esposa.
-Katniss, para.
Ella se detiene para mirarte unos segundos. Se ve sorprendida. Nunca, jamás, en toda su vida de pareja real, le has dicho que pare.
-¿Qué...?
-Te amo.-susurras, a medida de que miras esos ojos grises que tanto te gustan. Ella luce confundida por unos segundos, pero luego su mirada se dulcifica considerablemente-. Me haces el hombre más feliz, a cada día.
-Está bien.-dice ella rápidamente, por lo que se tapa la boca. Sueltas una pequeña risita-. Yo también te amo, Peeta.
Sonríes al escucharlo, y acaricias suavemente su mejilla.
-Y, ¿Peeta?
-¿Si?
-¿Podemos, eh... seguir en lo nue-?
Tu esposa ni siquiera ha acabado la frase cuando tus labios vuelven a estar sobre los de ella.
Donde siempre deben estar.
