Capítulo 13: Celos

Ayame llevaba una semana trabajando para Inuyasha en la taberna y al parecer, éste había acabado cediendo para contratarla. No solo ayudaba tanto como Kagome a atraer clientes sino que además hacía el trabajo igual de bien y eso les resultaba de gran ayuda teniendo en cuenta la evidente reducción de los turnos de Kikio. Algún que otro indeseable había intentado reclamar sus servicios durante sus horas de trabajo pero Inuyasha se había encargado personalmente de dejarle claro la nueva posición de Ayame y tras eso, le había invitado a salir de la taberna amablemente.

En ese momento se encontraba todo el personal de la taberna en el río, tomándose una tarde libre. Se habían llevado los bañadores, habían sacado la barbacoa, habían jugado a volleybol con una pelota hinchable e incluso llegaron a organizar un pequeño baile del que desgraciadamente Kagome e Inuyasha tuvieron que retirarse debido a su rodilla. Finalmente, había ganado Ayame con Houjo.

Kagome se estiró sobre su toalla y aspiró el delicioso aroma que desprendían los pinos y los abetos. Ella se había decidido por descansar mientras que la mayoría de los cocineros se encontraban en el agua. No pudo evitar el volver a mirar a Inuyasha. Llevaba puesto un bañador pirata rojo que evitaba exponer la cicatriz de su rodilla y se había recogido el cabello en una coleta alta. Aunque su evidente atractivo era suficiente para captar su atención, no era eso en lo que se fijaba, si no en lo que tenía entre sus brazos. Inuyasha se había ofrecido voluntario a meter a Shippo en el agua puesto que a ella no le apetecía y estaba nadando suavemente con él. Lo trataba con tanto amor y delicadeza como si fuera su propio hijo, y eso le encantaba. De repente les salpicó algo de agua a Inuyasha y a Shippo y apareció Ayame junto ellos, provocando que Kagome frunciera el ceño. Su hermana llevaba un bikini rojo muy ajustado que a penas cubría sus exuberantes curvas. En un caso normal no se sentiría celosa, pero es que Ayame llevaba toda la semana pegándose a Inuyasha y tirándole los tejos. Además, Ayame era tan bonita y tan sexi… todos los hombres iban detrás de ella.

- ¿Te pican los celos?

Kagome dejó de mirarles cuando Kikio le habló.

- Un poco la verdad… - murmuró- deberías ponerte en bañador…

- ¿Y lucir mi pierna ortopédica?- le preguntó con escepticismo-¡Ni de coña!

- Pero debes estar pasando mucho calor.

- No quiero que Onigumo vea mi cuerpo demacrado…- musitó- con la cara que tengo, le sobra…

Kagome le echó un vistazo a Onigumo descubriendo que él no tenía ni una sola cicatriz en su lozano cuerpo. Él sí que estaba en bañador y se encontraba jugando otro partido de voleibol con los cocineros de la taberna. Se volvió de nuevo hacía Kikio y miró con pesar sus largos pantalones vaqueros y su camisa blanca de manga corta.

- ¿Aún no lo sabe?

- No… - musitó- no me atrevo a decírselo…

- Desconfías demasiado, Kikio- le sonrió- a lo mejor a él no le importa. Parece un buen hombre.

- Puede que tengas razón.

Kikio se tumbó sobre la toalla y tras ponerse las gafas de sol se ausentó del mundo. Kagome con pesar se volvió hacía el río y se le puso la cara roja de rabia por lo que estaba viendo. Ayame tenía a Shippo entre sus brazos y estaba riendo junto a Inuyasha, pero eso no era lo peor, lo peor era que al ser Shippo pelirrojo parecía el hijo de Ayame y que junto a Inuyasha eran una familia. Apretó los puños a los costados y gruñó frustrada. Ella no era tan descarada como su hermana y no se atrevía a presentarse de esa manera ante él pero a lo mejor sí que podría enseñarle su bikini en privado. Aún no se había atrevido a quitarse la sudadera de encima y lo único que se atinaba de ella eran las largas piernas. A lo mejor si conseguía apartarlo de las garras de su hermana y enseñarle lo que ocultaba bajo la sudadera se quedaría a su lado. No había nada que pudiera desear más que recibir su atención aunque fuera durante unos minutos. El máximo de tiempo que habían pasado juntos en ese día, eran los dos minutos que dedicaron al baile.

- ¿Pero qué estoy pensando?- se regañó en voz alta.

Se suponía que Inuyasha la amaba, no necesitaba enseñarle su cuerpo para tenerlo al lado, sólo tenía que pedírselo aunque le diese vergüenza. Ahora bien, al mirar la hora descubrió la excusa perfecta. Se levantó de la toalla y se acercó a la orilla del río en su busca.

- ¡Inuyasha!

Inuyasha se volvió hacía Kagome con una sornrisa en la cara.

- ¡Ya es la hora de comer de Shippo!

Inuyasha entendiendo el mensaje cogió a Shippo de entre los brazos de Ayame y se dirigió hacía la orilla con él en sus brazos. En seguida el niño comenzó a trepar por el torso de Inuyasha sintiendo el frío y éste le pasó el brazo por la espalda para aplacarlo un poco. Era normal sentir el choque del cambio de temperatura al salir del agua pero el niño temblaba tan violentamente que le había asustado.

- ¿Le vas a dar el pecho o el biberón?

- Eso depende de lo que él quiera- respondió.

Juntos se dirigieron hacía la toalla y se sentaron sobre ella. Kagome le puso a Shippo un pequeño alborno mientras que Inuyasha se secaba con una toalla azul marino. Estaba sacando el biberón y el termo en el que tenía la leche caliente cuando apareció Ayame completamente mojada y se sentó frente a Inuyasha. La postura a cuatro patas era claramente indecente y le hizo fruncir el ceño de nuevo, pero Inuyasha no parecía en absoluto disgustado. Claro, seguro que se estaba poniendo morado con la visión de los senos a penas cubiertos de su hermana.

- ¿Por qué te has salido ya del agua? – le preguntó relamiéndose los labios.

- Es la hora de comer de Shippo.

- Bueno, Kagome es su madre, tú no tienes nada que ver con el niño- le agarró el brazo y tiró de él- así que vente al agua.

Kagome esperaba que Inuyasha se negara y alegara que prefería estar junto a ella, que quería hacerle compañía , pero cuando él aceptó ir con ella al río estuvo a punto de gritarle. No era más que un gigante insensible. ¿Si tanto la amaba por qué se iba con Ayame y la dejaba sola? Claro, le resultarían más atractivas las curvas de una mujer que no había sufrido ningún parto o a lo mejor estaba aburrido de ella.

Asqueada llenó el biberón de leche y empezó a dársela a Shippo mientras observaba con rabia a Inuyasha y Ayame jugando en el agua. Su hermana estaba yendo a por todas con él y estaba claro que lo estaba consiguiendo. Nunca se la había ocurrido pensar que pudieran quitárselo y ahora que estaba ocurriendo se sentía tan inútil y tan indefensa que tenía ganas de llorar. ¿Qué tenía ella que ofrecer? Estaba casada con un hombre horrible, no tenía ninguna herencia, ni una familia respetable y tenía ya un hijo. Ayame estaba sin compromiso, sin hijos y estaba segura de que tenía mucho más dinero que ella ahorrado. Para colmo, Ayame era tan atractiva y sabía a la perfección cómo hablar con los hombres. Sus años de experiencia debían de haberla echo infalible.

- No soy rival…- murmuró.

- ¡No digas tonterías!

- ¡Kikio!

La susodicha se acaba de incorporar y se estaba quitando las gafas de sol.

- Tu hermana es muy bonita y sabe como seducir a un hombre pero a Inuyasha le gustas tú- afirmó- no te rompas la cabeza porque sea tan zopenco que no se dé cuenta de cuándo le están tirando los trastos.

- ¿Qué insinúas?

- Inuyasha sabe seducir a una mujer, pero no sabe cuando le están seduciendo a él- sonrió- está tan amargado por su aspecto que le parece imposible que una mujer esté ligando con él- le aseguró.

- Pero…

- Tú eres diferente- le aseguró- lo está dando todo por ti y para él solo con respirar ya le estás seduciendo- se volvió a poner las gafas de sol- te aseguro que tu hermana no le interesa.

Kagome recuperó la sonrisa tras escuchar todo lo que le había dicho Kikio y se volvió hacía su hijo muy sonrojada. En ese instante, le desapareció la sonrisa. El niño había vomitado toda la comida.

- ¡Oh, Shippo!

Kagome agarró una toalla blanca muy fina y comenzó a limpiar todo lo que había manchado. Al parecer iba a tener que darle el pecho para que no se quedara sin comer así que se levantó y se dirigió hacía el interior de la taberna con su hijo en brazos. Antes de entrar, le echó otro vistazo al río viendo como Inuyasha y Ayame se tiraban desde la rama de un árbol y sonrió. Sólo se estaban divirtiendo, nada más.

Entró en la taberna, se sentó en una silla y dejó a Shippo tumbado sobre la mesa mientras ella se preparaba. Se apartó la sudadera y se sacó un pecho del bikini rosa. Se había comprado ese bikini con el dinero que tenía de las costuras junto a el que le sobró de su primer sueldo. Se lo había comprado para impresionarle y aún no se lo había enseñado. ¡Qué tonta! Cuando saliera de la taberna y acomodara a Shippo lo que tenía que hacer era quitarse la sudadera de una vez y dejar de romperse la cabeza. No tenía por qué pasar vergüenza entre sus amigos y mucho menos ante Inuyasha.

Se volvió a colocar bien el bañador cuando Shippo terminó y mientras le daba suaves palmaditas en la espalda se dirigió hacía la salida pero se quedó allí parada mirando hacia al río como una tonta. Ayame se estaba frotando contra Inuyasha descaradamente y le daba un suave beso en los labios.

De repente sintió la penetrante mirada de Inuyasha en ella y al no poderla soportar lo que estaba viendo, se dio media vuelta y echó a correr hacía la puerta trasera de la taberna. No había llegado ni a la mitad del pasillo cuando Inuyasha la alcanzó y la hizo detenerse.

- Kagome, no es lo que parece.

- Tienes razón, no te estaba besando, me lo he imaginado- le contestó sarcástica.

- ¡Ella me besaba, yo a ella no!

- Tampoco la apartabas… - sollozó.

- ¿Cuántas veces tengo que decirte que te amo sólo a ti para que te lo creas?

Kagome empezó a sollozar más fuerte y permitió que Inuyasha la abrazara. Ni se enteró de cuando le había arrebatado a Shippo de los brazos para que no se atosigara.

- Vamos a dejar a Shippo con Kaede un ratito y hablamos, ¿vale?- le dio un beso en la frente como si se tratara de una niña.

Kagome asintió lentamente y se metió en su despacho mientras que Inuyasha dejaba a Shippo con la anciana Kaede. En menos de un minuto él estaba en el despacho y tras cerrar la puerta con pestillo, se sentó junto a ella en el sofá y la estrechó entre sus brazos.

- Te amo y te aseguro que no me interesa tu hermana, ni ninguna otra mujer- le afirmó- es cierto que es hermosa pero para mí tú lo eres mucho más, pequeña.

- ¿De verdad?

- Tú eres la única, Kagome.

Kagome se sonrojó al escuchar aquellas tiernas palabras y suspiró enternecida. Sintiéndose audaz se subió a horcajadas sobre Inuyasha, se bajó la cremallera de la sudadera y la deslizó lentamente por sus brazos, mostrando lo que tanto había tratado de ocultar. El hombre se quedó sin palabras.

Kagome llevaba un bikini fucsia brillante que se ajustaba a la perfección a sus deliciosos atributos femeninos, es más parecía que le quedase hasta pequeño. En la parte superior, tenía en un pecho, una estrella de lentejuelas que le incitaba a tocarla.

- Pensé que te gustaría… - murmuró- como me parecía un poco simple le cosí yo esta estrella… ¿qué te parece?

Inuyasha no se lo dijo, se lo demostró. De una rápida y fuerte sacudida la hizo caer contra su pecho y comenzó a besarla con desbordante pasión. Sus lenguas no tardaron en encontrarse y gimieron a la vez por el contacto. Inuyasha sin romper el beso llevó ambas manos a sus pechos y ahuecó las manos en éstos para poder acariciarlos. No tardó en notar los pezones erectos contra las palmas de sus manos e introdujo las manos bajo el elástico para subirle la parte superior del bikini hasta el cuello.

- Inuyasha…

Atendiendo a su ruego se encogió en el sofá y se metió uno de los pechos en la boca. Al instante le cayó algo de leche y la bebió extasiado por el delicioso sabor. Mientras continuaba con su labor bajó una de sus manos y deshizo por un lado el lazo de la parte inferior del bikini. Lo apartó para mejor acceso y comenzó a frotarle el clítoris. En un caso normal iría más despacio, pero ese día la necesitaba.

Se aflojó el bañador para poder sacar su miembro y la penetró de una rápida embestida. Ambos gimieron de placer y comenzaron a moverse el uno contra el otro hasta alcanzar la culminación. Kagome se dejó caer contra su pecho y le dio unos cuantos besos en la mejilla.

- Te amo, preciosa… - murmuró en su oído.

Kagome sonrió complacida por la confesión y comenzaron a vestirse para volver al río. Tras coger a Shippo salieron de la taberna y se sentaron en la toalla junto a Kikio.

- ¿Qué demonios estabais haciendo, pillines?

Kagome se sonrojó y comenzó a titubear, pero Inuyasha se le adelantó.

- Shippo no quería el biberón, Kagome tuvo que darle el pecho.

- Y tú también querías tomar el pecho, ¿no?

Kagome comenzó a temblar mientras miraba de un lado a otro buscando alguna excusa.

- ¿Kikio, cuánto hace que no mojas? – la retó.

- Tú ganas.

Inuyasha sonrió triunfante y se cruzó de brazos mientras disfrutaba de su victoria. No pudo evitar reír cuando se dio cuenta de que Shippo, quien se encontraba en su regazo, estaba imitándolo. Lo cogió por debajo de los brazos, lo sentó en su hamaca y le dio un volante de juguete que él mismo le había regalado.

- Inuyasha, ¿me echas crema?

Inuyasha cogió el bote de crema y comenzó a echársela a Kagome por la espalda.

Desde el río Ayame observó la escena con los ojos abiertos de par en par. Poco después de que Inuyasha se marchara a la taberna dejándola allí tirada, decidió seguirlo y al acercarse a su despacho había oído gemidos que dejaban claro que se estaba realizando el acto sexual ahí dentro. Estaba claro que uno de ellos era Inuyasha, pero no supo la identidad de la mujer hasta que la escuchó gemir el nombre de su amante. Inuyasha estaba acostándose con su hermana pequeña.

Al principio quería seducirle porque le parecía un hombre interesante, pero ahora que sabía que hacía feliz a su hermana, prefería evitarle. No iba a hacer sufrir más a su hermana, ya lo pasaba bastante mal con su marido. No sabía hasta qué punto sería su marido cruel con ella pero no había oído cosas demasiado buenas de él. Kagome se merecía a Inuyasha

Continuará…