Buenas tardes a todos!!

He llegado con la parte II de Octubre y les digo algo... se viene interesatísimo!! así que acomódense y disfruten- que es lo que espero de corazón.
Muchas gracias por sus comentarios, ya vendré luego con Octubre parte III y el Epílogo, ok? Así que como podrán concluir éste es el PENÚLTIMO CAPITULO

Un beso enorme, espero que les haya encantado esta historia, luego vengo con el final y ojalá que mis detectives- ustedes- hayan deducido bien a lo largo de la trama ;)

Un abrazo y buen viaje!!!!


La distancia entre él y la camilla que soportaba el cuerpo de su castaña era de pasos gigantescos… ¿Cuándo fue que los metros se convirtieron en kilómetros de repente? Harry creía que delante de él no había más camino para recorrer, como estar detenido ante un abismo que al primer movimiento caería al vacío y moriría sin remedio. No le quedaban latidos en ese corazón que había bombeado sangre de manera muy inconstante, preso de una velocidad inestable que sólo desequilibraba su organismo. No era más que un despojo de humano en el umbral de ese cuarto.

Adelante…- lo invitó el medimago a pasar pero él no pudo hacerlo. Se quedó allí varios segundos sin ordenarle a sus piernas avanzar por ese pantano fangoso y espeso que dificultaba su andar. No obstante, con toda la fortaleza que le restaba en los recodos ocultos de sus células, caminó con las manos empuñadas y tan lentamente como un octogenario.

Allí estaba ella, hermosa y ausente. Con sus párpados cerrados, labios serios y cabello derramado por la almohada. Era una sirena en un mar de sábanas, una visión de translúcida de perfección que siempre estuvo a su lado. La amaba, la amaba tanto que ya esa connotación no tenía sentido para él. Se debía inventar una nueva frase que reemplazara el típico y sobrestimado "Te amo" porque sencillamente no era suficiente. Harían frente a las adversidades, juntos… si es que la mala noticia salía desde algún rincón en donde se ocultaba para asaltarlos y robarles la felicidad como una maldita ladrona de simplonas cualidades. Cuando estuvo a menos de un metro de Hermione, el moreno estiró su brazo adormecido por las horas de tensión, para acariciar su frente despejada. Fue entonces donde Harry comenzó a llorar para soltar la piedra que pesaba en su pecho…

XIII. Octubre – El verdadero culpable

Parte II

El suelo disparejo tras su espalda, dañaba su columna mientras sentía que la vida se le iba en chorros de sangre. El miedo que sentía simplemente le quitó el habla, le quitó los pensamientos, le quitó el valor… trataba de ponerse de pie de alguna manera pero sus extremidades no respondían a sus órdenes. Con la vista nublada, la joven trataba de levantar la cabeza pero las energías la habían abandonado. ¿Dónde estaba Harry?, si se enteraba de lo que había pasado se enfadaría mucho más con ella por su imprudencia. El dolor en su vientre la doblaba en dos al tiempo que creyó ver luces de hechizos reflejados por doquier y gritos que se oían en el interior como ecos rimbombantes. No pudo precisar quien había llegado dejándose vencer por el letargo…

Hermione se despertó gimiendo roncamente. Mojada en sudor, la joven se sentó en la cama repasando ese sueño maldito que había vuelto a su subconsciente gracias a la ausencia de Harry en la alcoba. Sólo él conseguía apaciguar esas imágenes siniestras con su roce y calor bajo las cobijas. Lo necesitaba, lo extrañaba con cada poro de su piel, con cada espasmo de su corazón agitado. La noche anterior habían discutido sobre el anónimo y su intento por ocultárselo lo que conllevó a una incómoda medida. Harry dormía en el sofá tan molesto con ella como nunca imaginó verlo antes. Su dolor de cabeza causado por una velada terrible, quizás la peor de su vida, trajo consigo náuseas conocidas. Hermione se destapó de un golpe, corrió al baño y vomitó, asqueada por todo lo que estaba ocurriendo. No obstante, a pesar de sentir que aún era de noche en su cuerpo, la joven notó que ya había amanecido. La luz matutina llenaba la ventana percibiendo de pronto un cansancio terrible. Calzó sus zapatillas, recogió su cabello y bajó por las escaleras con la ilusión de despertar a Harry con un abrazo, suplicarle su perdón a fuerza de besos desesperados. Sin embargo, al llegar a la sala casi volando, el sofá estaba vacío. El moreno debió salir a la oficina más temprano que de costumbre con el sólo fin de eludirla. La castaña se sintió peor.

-Dale un poco de tiempo- le dijo Ginny mientras desayunaban junto con Luna en un salón de té esa misma mañana. Hermione miraba su taza tristemente, sin deseos de ir a su oficina todavía- Debes comprender que para Harry es difícil el nivel de compromiso que sientes con tu cliente. Opino que deberías comprometerte también con tu embarazo. Recuerda lo que pasó en la cámara cuando se cerró la puerta con ustedes dos dentro.

-Jamás podría olvidarlo- comentó Luna, tejiendo un pequeño gorro color rosado con sus dedos más ágiles gracias a la práctica.

-Y la verdad, no creo que haya sido "accidental".

-Sí estoy comprometida con mi embarazo, Ginny- reclamó la abogada como vano intento de sentirse mejor consigo misma. Amaba a su hija, sobre eso no cabía duda, pero no podía abandonar a Ian en ese nido de magos prejuiciosos ante la calidad de su sangre. No lo permitiría. Ella había conseguido ser la voz progresista que aseguró la erradicación de las leyes opresivas pro-sangres puras. Era muy capaz. Pronto lograría ganar el caso, comparado a lo anterior lo actual parecía pan comido y todo volvería a la normalidad… si es que lo fue alguna vez desde ese lejano febrero.

No hubo caso. Hermione cayó en cuenta que dentro de la ancestral mansión había más de una persona testaruda y orgullosa. Harry no salió de su hermetismo por los siguientes dos días. En cada oportunidad que la muchacha intentaba acercarse, él la rechazaba con sutileza. Antes, se angustiaba mucho cuando se enfadaba así con ella, como aquella vez que rompió su varita sin intención tratando de escapar de Nagini hace ya tantos años. Sin embargo, las cosas obviamente habían cambiado. En esos momentos su disgusto era una total tortura. Harry no quería hablar del tema, sólo se limitaba a preguntar cómo se sentía y si necesitaba algo. La castaña lo miraba con ojos suplicantes mordiéndose la lengua… ¿Que qué necesitaba? Sólo lo necesitaba a él.

Aquella tarde otoñal y terrible de octubre, Hermione tuvo la última audiencia frente a la Asamblea. Tratando de dejar todas sus emociones en casa, la joven abogada se presentó en la Sala del Tribunal con Ian McAlister muy pegado a su brazo. El muchacho se ubicó en la silla al centro de la aquel escenario abovedado y esperaron a que llegase el Ministro Shacklebolt para dar inicio a la sesión. Mafalda Weasley ya estaba allí, con su mirada insidiosa, altanera y arrogante, como si se tratase de una Malfoy en vez de un familiar de Ron y Ginny. Entre los magos ubicados en sus altas butacas, el duende banquero Grikbold miraba a la castaña con sus ojos de perlas negras. Parecía ofendido por todas las conversaciones que sostuvieron en sus encuentros pero a Hermione le importó un carajo. Miró a su cliente a su lado, quien frotaba sus manos de forma nerviosa, y pensó que salvando a ese chiquillo todo habría valido la pena. El segundo duende, el responsable de llevar a los magos a sus respectivas cámaras llamado Sumizíuss, debía estar sometiéndose al examen de los Desmemorizadores en esos instantes para que durante la misma sesión pudiesen ratificar que fue manipulado por aquel hechizo. Sólo con ese detalle gran parte del caso estaba en la bolsa. Hermione suspiró con la esperanza bien colgada a su cuello.

Como era de esperarse, Mafalda comenzó su alegato cuestionando a Ian por haber intentado escapar hacía unas semanas. Potenció el hecho de que era sospechoso que un joven "inocente" como profetizaba su defensora, no hiciera actos nobles como confiar en la decisión de la Asamblea. Aquello logró inquietar a los magos presentes y encender la rabia de Hermione. Esa mujer podía ser una verdadera serpiente si se lo proponía, notando que ésta la miraba burlonamente al reconocer las reacciones favorables del jurado frente a sus palabras.

-No traté de huir por ser culpable- dijo Ian de un salto- Estaba desesperado dentro de ese cuarto que se volvió mil veces peor de lo que debe ser Azkabán. Soy inocente… sólo quiero que todo esto acabe para ir a casa.

-Señores de la Asamblea- intervino la castaña, abriendo su portafolio y extrayendo de él fotografías recientes de la cámara- Tengo aquí pruebas de que cosas anormales siguen sucediendo dentro de la escena del crimen, la cual debería estar en estricta observación y vigilancia durante este proceso judicial. Estas incompetencias sólo me convencen más de la poca seriedad que existe frente a este caso.

-¿Qué ha sucedido?- preguntó Kingsley, mostrándose muy interesado en esa información.

Hermione desplegó ante él varias de las fotografías más importantes. Recalcó que las copas de plata que aparecían en una foto antigua, ya no estaban en su lugar si se inspeccionaba la cámara con rigurosidad. Lo mismo había pasado con una cadena de oro blanco hacía unos cuantos meses atrás. Todos los magos quedaron dubitativos y Grikbold torció sus delgados labios. Era lógico, alguien estaba robando las cosas, tan sutil y paulatinamente que nadie se estaba percatando. Hermione enfatizó que para cuando la cámara estuviera vacía recién comprenderían que tuvo la razón todo el tiempo y aquello abofeteó a Mafalda en medio del rostro. Dio un par de pasos al frente para capturar la atención del político.

-¿Cómo sabremos que no fue realmente el mismo acusado quien las tomó?

-Te aseguro que si lo hubiese hecho, habría de tener bolsillos muy profundos para poder esconderlos hasta el día de hoy- ironizó la castaña deleitándose con los ojos ofendidos de su contrincante.

Kingsley le ofreció a Hermione una mirada significativa y muy elocuente. Parecía ser que él estaba completamente convencido de que el chico era inocente, pero no era sólo su decisión. Los demás magos cuchicheaban el uno con el otro, viendo posibilidades, razonando opciones posibles dentro de un mundo mágico en donde casi todo era posible. La abogada destacó la vieja silla que aparecía un par de veces en las fotografías. Les dio la teoría del Jefe de Aurores: Harry Potter- al nombrarlo, no pudo evitar sentir cómo su hija pateó con fuerza- sobre la posibilidad de que no fuese un objeto ordinario sino que un mago disfrazado para poder entrar y salir de allí sin problemas ni sospechas. Él debía de tener la llave perdida de Ian, él debía de haber robado las cosas y pretendía seguir haciéndolo. No era otra cosa que codicia, se enfrentaban al común denominador de un tipo ambicioso y capaz de todo por tener el doble de Galleons al alcance de sus manos. Al acabar de hablar, sintiendo que su corazón se había acelerado gracias a la pasión de su argumento, Mafalda resopló hallando esa eventualidad como una enorme estupidez de niño que jugaba al detective. Nadie en su sano juicio desconfiaría de una silla quemada y mugrienta que bien pudo estar en la cámara desde el principio. Objetó que no eran más que manipulaciones de la abogada Granger para que pusieran en libertad a un delincuente por el cual sentía un cariño especial, un cariño fundado en el hecho de compartir el mismo origen de sangre muggle. Al escuchar aquello, Hermione tuvo que debatir contra todas sus voluntades para no cogerla por el cuello y extraerle el aire de los pulmones como a un balón pinchado.

-Bueno, espero tener noticias de los Desmemorizadores del Ministerio- dijo la castaña, manteniendo su profesionalismo- El señor Sumizíuss está siendo sometido a un examen para verificar si efectivamente fue víctima del hechizo "Obliviate". Veremos si reconoce o no al acusado como cliente del banco Gringotts- Su voz sonó justo como lo esperaba: desafiante y segura. Mafalda arrugó la nariz, intentando no verse afectada bajo ningún concepto, eso era para los débiles según su opinión.

-Aquella prueba es muy subjetiva- debatió agudizando la acidez en su tono- Depositas tu confianza en un recuerdo… algo tan efímero como el humo.

-No creo equivocarme, Mafalda- refutó Hermione, sintiendo cómo se endurecía su vientre. Respiró hondo tratando de disolver el mareo que acariciaba su cabeza.

-De acuerdo, esperaremos entonces esos resultados para dar una resolución final, abogadas- concluyó Shacklebolt. Los otros magos volvieron a intercambiar veredictos a media voz, mientras que la sesión tomaba un descanso de una hora antes de seguir adelante. Los Aurores tomaron a Ian por los brazos llevándolo de regreso al cuarto de retención. Hermione le palmoteó la espalda proporcionándole confianza. "Todo saldrá bien, ya verás", le murmuró la joven…


Para mayor ironía, Ginny tuvo que entrevistar a su hermano por motivos de su columna sobre Quidditch en El Profeta. Desde el incidente en Las Tres Escobas, donde lo vio reñir a golpes contra Harry como un par de cabezas huecas, que no quería hablar con él. Como toda mujer le era difícil entender esa forma que tenían los hombres de arreglar las cosas. De cualquier manera, ella era una periodista deportiva y debía cumplir con su trabajo. Por esto mismo, cuando llegó hasta los camerinos de las instalaciones del equipo Chudley Cannons, entre casilleros vio que Ron la esperaba vestido con su uniforme de Guardián. Se veía como un escolar en el equipo de Hogwarts. Se saludaron con cierta sequedad y fiereza, sobre todo por parte de Ginny. No quería ser injusta con él, sabía por lo que había pasado al enterarse de todo, relación y embarazo entre su ex novia y mejor amigo, pero él ya había entendido que nunca se amaron de la misma forma en que los hacían Harry y Hermione.

La pelirroja tomó lugar frente a él extrayendo de su bolso una libreta de hojas blancas y una larga pluma para escribir en ellas. Le hizo preguntas de rigor como: ¿Qué sentía al ser una figura reconocida en el mundo del deporte?, ¿Cuáles eran sus planes futuros?, ¿Estaba dispuesto a jugar un partido contra el ícono de los tres aros Víktor Krum?... cada vez que desarrollaba una pregunta y escuchaba las respuestas de su hermano, más le hervía la sangre en las venas. Ginny no podía creer el nivel de egocentrismo y narcisismo que había alcanzado Ron. Daba la impresión de que estuviese hablando con el pedante de Percy en vez de con el más humilde de la familia Weasley. No quiso decirle nada hasta que su paciencia se agotó y dejó la libreta a un lado.

-¿Estás bien?- Ron frunció el ceño, comprendiendo que esa pregunta era extraoficial. Se encogió de hombros.

-Sí, supongo- Ginny recorrió los machucones que veía en su rostro logrando que el muchacho mirara hacia otro lado.

-¿Por qué se golpearon con Harry?

-¿Qué hacías con él aquel día? Se supone que eres mi hermana y debes apoyarme a mí.

-No es cuestión de quién está de parte de quién- rebatió la aludida- Es una situación que bien sabías podía suceder. Harry y Hermione juntos tiene mucho más sentido. Estás consciente de ello, sólo debes dejar tu nuevo orgullo de lado y escuchar al viejo Ronald Weasley… ¿Qué haría él?

Simple y a la vez tan compleja pregunta. El pelirrojo se quedó pensativo ante eso. No quiso reconocer que el viejo Ronald Weasley hubiese reaccionado de otra manera, quizás mucho más compresivo después de enfurecerse, claro. No podía culparlos, se amaban, lo había visto en sus miradas en casa de Luna. Cada roce que existía entre ellos parecía que brotaban chispas por todas partes. Una conexión que siempre existió y que nunca lograría romperse. Ahora mucho menos gracias a la hija que esperaba Hermione. Se sorprendió al sentirse ansioso por conocer a la criatura. Meneó la cabeza creyendo que esos pensamientos se irían al hacerlo, como moscas molestas rondando su cabeza. Se sinceró con su hermana, le dijo que después de todo golpearse con Harry había sido necesario; fue necesario para ambos quitarse la rabia de encima, la decepción, el rencor, todo lo que apresaba al corazón sin dejarlo latir libremente. Ahora, con las cuentas saldadas y un perdón inminente que se daría con el paso del tiempo, sólo sentía preocupación por Hermione agolpándose en sus sienes. Le contó lo de su caso importante y del anónimo que había recibido. Ginny asintió, estaba enterada del caso como también de la testarudez de la castaña al negarse a dejarlo. No sólo era preocupación del pelirrojo sino que de todos los que la rodeaban. Harry por sobre todos.

-Tendré que hablar con él- señaló Ron, mostrándose muy juicioso- Podríamos entre los dos hacerla declinar y protegerla contra quien sea que la esté amenazando.

-No creo que lo consigan, Hermione es una ostra bien cerrada al momento de decidir algo.

-Bueno, tenemos que intentarlo en equipo… como antes- dijo finalmente.

Ginny le sonrió sabiendo que su hermano ya había entrado en razón aunque no lo dijera en voz alta. Se mantenía en su semblante de hombre intransigente pero él no era así, afortunadamente era más fuerte de lo que él mismo creía. Saldrían adelante y la amistad no se perdería porque resultaba ser un lazo tan inquebrantable que los atraería siempre, sin importar lo que pasara. La joven se despidió agradeciendo su tiempo para la entrevista, lo besó en la frente y se retiró de los camerinos hacia las dependencias de El Profeta. Ron aprovechó para darse una ducha y cambiarse de ropa, después de la práctica y ese juego de emociones, se sentía como si lo hubiesen apaleado. Mientras sentía el agua caer por su espalda, pudo experimentar su cuerpo mucho más liviano, como si hubiese dejado ir una tonelada de lastre que cargaba por muchas semanas siendo puro rencor. Fue lo mismo que salir de una celda claustrofóbica hacia la frescura del aire fresco. Sonrió por última vez poco antes de enterarse de lo que pasaría logrando borrarla desde ese momento…


Harry sentía los minutos pasar como una manada de caracoles. Aquel día era el último día de sesiones en el juicio de Ian McAlister y en silencio deseaba que a su castaña le fuera bien. A pesar de estar molesto con ella por su manía de ser tan obstinada, se enorgulleció de su responsabilidad. Ian era muy afortunado de tenerla a ella como abogada defensora. El ojiverde estaba sentado en su escritorio, tamborileando sus dedos sobre la carpeta. Esperaba ansioso que Hermione entrara por su puerta para decirle que había ganado el caso y que todo estaría tranquilo a partir de ese minuto. Quería gozarla a ella, quería acariciar de nuevo su vientre, sentir su perfume, decirle al oído que esperaba ansioso formar una familia a su lado. Dentro de su despacho, no podía dejar de recriminarse por la frialdad con la cual la había tratado los últimos dos días. No tenía por qué ser tan duro con ella, tal vez estaba exagerando ante una situación que podía ser controlada. Estando él a su lado nada dejaría que le pasara. Primero muerto que verla lastimada.

La necesitaba, la necesitaba tanto como el aire que le proporcionaba la vida. Hermione lo era todo y se lo haría saber esa misma noche. Estaba decidido, una vez se reunieran en la mansión al término de la jornada laboral obviaría la cena para encerrarla entre sus brazos y hacerle el amor delicioso que sólo puede lograrse cuando se busca la reconciliación. Le diría al oído dulcemente que la amaba más que a nadie en el mundo. Hasta ese momento comprendió que al parecer nunca se lo había dicho. Al menos con palabras.

-¿Señor?- uno de sus subordinados interrumpió sus cavilaciones. El moreno lo miró con molestia- Disculpe, pero tenemos una notificación desde la localidad de Bristol. Hallaron un cadáver víctima del hechizo imperdonable- Harry frunció el ceño poniéndose de pie.

-¿Quiénes están en terreno?

-Hayes y Laurent.

-Muy bien, vamos allá- ordenó el ojiverde, acomodando la capa sobre sus hombros. Hayes era uno de los mejores forenses del Cuartel de Aurores. Podía saber con precisión la causa de muerte e incluso definir las torturas que pudo haber experimentado la víctima segundos antes. Por lo tanto, para Harry no cayó duda alguna que ése fue el motivo del deceso. Debían ir a inspeccionar la escena del crimen.

Bristol era una región al oeste de Londres, hermosa en paisajes e infraestructura. De cálidas tardes en donde los miles de universitarios que predominan en el lugar, aprovechan para estudiar en los verdes prados de sus universidades o parques en abundancia. No obstante, entre sus tranquilas avenidas, cerca de Westbury Park, se escondía un macabro asesinato que Harry tuvo que constatar por ser el Jefe de los Aurores en la comunidad mágica, aunque pese a ello, aún llevando un par de años en el oficio no podía acostumbrarse ante la idea de reconocer cuerpos y lidiar con la muerte tantas veces. El subordinado que le dio la noticia en su oficina, un joven llamado Clayton, lo miraba de reojo luego de Aparecer en el lugar. Podía notar la ansiedad que estremecía al ojiverde cada vez que restaban distancia. Siguieron las instrucciones de los dos Aurores que ya se encontraban en el sitio viendo que estaban entre árboles y arbustos espesos. Un escenario sombrío entre tanta belleza natural. Harry saludó a Hayes y Laurent al llegar preguntando cuáles eran las novedades. Miró a su alrededor buscando el cuerpo entre las ramas.

-Se trata de un cadáver reciente, señor- informó Hayes, haciendo alarde de su experiencia- El cuerpo está bajo una temperatura cálida, sin señales de agresión física, magulladuras o golpes. Tampoco existen señales de trauma encéfalo craneal que consiguiera alguna inconsciencia previa.

-¿Todo parece indicar entonces que fue un certero Avada Kedavra?- preguntó Harry, el aludido asintió seguro de sus propias conclusiones.

-Así es… por la limpieza e integridad del cuerpo, sólo pudo haber sido eso.

-¿Y dónde está?- los Aurores apartaron unos pastizales revelando ante el joven un pequeño personaje que reconoció en el acto. No se trataba de un mago o una bruja como esperaba, sino que de un duende y no cualquiera, sino de ese tal Sumizíuss, el que debía prestar declaraciones en la Asamblea esa misma tarde. Harry sintió un extraño pinchazo a mitad del estómago. Humedeció sus labios antes de hablar- Lo conozco, trabajaba en Gringotts.

Como buen investigador, el moreno se inclinó a un lado del cuerpo de ese duende que nunca mostró simpatía por nadie, al igual que Grikbold. Lo observó por todos sus detalles, reconociendo sus defectos y extrañas torsiones propias de su especie. Se veía tan sorprendido como todas las víctimas de ese maldito hechizo endemoniado. Pensó en toda su vida como mago comprendiendo que jamás podría sentir un odio de esas proporciones como para llevarlo a cabo y terminar con una vida así de fácil… por lo menos eso pensaba él. No pudo hacerlo contra Voldemort ni efectuar un Crucio contra Bellatrix luego de matar a Sirius, no sabía si alguna vez pudiese ser capaz de matar a alguien a través de ese hechizo. Sin embargo, debería verse en la circunstancia para averiguarlo. De repente, el viento se alzó por sobre la brisa tranquila que los acariciaba levantando consigo un aroma extraño que Harry percibió de inmediato. Acercó su nariz a la ropa del inerte duende sintiendo que despedía un fuerte aroma a azufre. ¿Era en realidad azufre? Volvió a oler y despejó toda duda un tanto asqueado. Su mente tardó unos segundos en unir las piezas.

Según tenía entendido y le había comentado Hermione en esos momentos en que él no se molestaba en oírla gracias a su enfado, Sumizíuss debía someterse a un examen con los Desmemorizadores en el Ministerio. Ella tenía la certeza que había sido víctima del "Obliviates" y por esa razón no recordaba a Ian McAlister como cliente del banco. Alguien tuvo que eliminar al duende antes de ser examinado y prestado declaración ante la Asamblea… estaba tan claro como el agua. Sólo él podía esclarecer el juicio, ni siquiera los padres de Ian poseían aquella utilidad. Las declaraciones de los familiares directos de los acusados casi nunca tenían efecto en el curso de las sesiones debido a su inexistente imparcialidad. Ahora bien, con su mente de Auror corriendo a mil kilómetros por hora, Harry trataba de asociar ese fuerte y desagradable aroma a algún momento en particular. El olfato y la memoria estaban intrínsecamente unidos en la percepción. Varias imágenes se le vinieron encima. Primero, un recuerdo muy antiguo. Tenía once años y estaba en la cabaña de Hagrid junto a Ron y Hermione. El guardabosque les mostraba un huevo enorme de dragón que después de un rato se partió en pedazos revelando una cría de esos animales lanzando hipos con olor idéntico. Luego, como si hubiese sido ayer, evocó el instante en el cual tuvo que lidiar con un colacuerno húngaro para rescatar un huevo de oro en cuarto año de Hogwarts. Al momento de exhalar fuego por el hocico, vapores desagradables de azufre lo hacían sentirse mareado sobre su Saeta… finalmente, recordó un lugar en particular, el último que podría adherir ese aroma en las ropas de alguien: las profundidades que amparaban a las cámaras de alta seguridad en Gringotts y el dragón que cuidaba de ellas.

Harry dio un brinco desde dónde estaba creyendo que la cabeza iba a estallarle. Estuvo tan cerca del responsable y ni siquiera lo había notado. El sudor frío casi lo congela en medio de ese parque a kilómetros de Londres. Lo había descubierto, ya sabía quién era y no podía concentrarse para Aparecerse en el Ministerio debido al aturdimiento. Necesitaba hablar con Hermione, tenía que ir hasta su despacho y comunicarle lo ocurrido. Sus subordinados le preguntaron si estaba bien, pero para Harry aquello no fue más que zumbido. Cerró sus ojos, esforzándose casi encarecidamente en las dependencias mágicas hasta lograr la molesta sensación de Aparición en el cuerpo. El moreno ni siquiera sospechaba que sería demasiado tarde…


En el descanso de una hora en la sesión del juicio, Hermione aprovechó ese instante para beber un té de hierbas en la tranquilidad de su oficina. Con un montón de papeleo sobre su escritorio, la castaña seguía leyendo antecedentes de los empleados del banco y viendo fotos de la ennegrecida silla mientras que los Desmemorizadores hacían su trabajo con Sumizíuss, quienes de seguro ya estarían terminando. No había ido hasta ese Departamento, pero estaba confiada en que todo iba viento en popa, ellos eran unos profesionales. No obstante, el golpeteo en su puerta la sacó de su efímera paz viendo que al abrirse la cabeza de Mafalda Weasley se asomaba con su conocido gesto altivo. Hermione tuvo que luchar consigo misma para no rodar los ojos del fastidio. La molesta abogada hizo ingreso al despacho, insistiendo en su ilusa esperanza ante los resultados de un duende desmemoriado. No era aconsejable. Estaba dispuesta a renegociar el caso de Ian y bajar la condena de cuatro a dos años en Azkaban. La castaña no lo aceptó. No estaba dispuesta a negociar con la dignidad de su cliente, aceptar esa oferta sería lo mismo que llamarlo culpable. Llegaría hasta el final del camino tal como le había prometido al muchacho.

-¿Cuál es tu afán de creerle con tanto ahínco?- le preguntó Mafalda.

-No es ningún afán… sólo le creo y lucho por mis convicciones.

-¿Piensas que vas a vencerme?- Hermione alzó el mentón mirándola con frialdad.

-No sólo lo pienso… voy a vencerte.

Para cuando quedaban veinte minutos para el reinicio de la sesión, las abogadas fueron hasta la tercera planta donde residía el Cuartel General de Desmemorizadores para ir en busca de los resultados. Mafalda Weasley estaba tan expectante como Hermione, por eso mismo había insistido en acompañarla aunque la incomodidad entre ellas era casi palpable. Silenciosas dentro del elevador, se miraban sin disimulo como evaluándose las capacidades, viendo quién era la más débil para apartar la vista primero. Ninguna de las dos cedió hasta que la voz femenina resonó en el interior del cubículo avisando de la llegada a destino. Ambas salieron al deslizarse las puertas y caminaron rumbo a las oficinas con paso presuroso. Cuando cruzaban el pasillo principal, el propio director del Cuartel habría salido a encontrarlas a mitad de camino. Aquello no le pareció normal a ninguna de las dos. El director, un hombre alto y fornido llamado Morgan Wells, les informó que el señor Sumizíuss no se había presentado para el examen concertado. Hermione sintió que el mundo se le desmoronaba a pedazos sobre la cabeza. Maldito duende… ¿Por qué no había ido? ¿Cuál era su razón para no cumplir con lo estipulado?... resopló furiosa mientras que Mafalda por otra parte, sonreía satisfecha.

-¡Iré a buscar a ese pequeño pedazo de basura a Gringotts!

-No creo que debas, Granger. Dentro de muy poco se reanudará la sesión- le recordó la chica Weasley. Sin embargo, la castaña no quiso escucharla. Estaba enrojecida y animada por la rabia. Aún faltaban unos minutos, así que sería cosa de ir hasta allá, agarrar al duende por el cuello y traerlo en vilo en contra de su voluntad. No tomaría mucho tiempo.

Haciendo caso omiso de lo que hablaba Mafalda, Hermione giró sobre sus talones y fue hasta el elevador para salir del Ministerio. Tenía que ir por ese testigo clave, estaba totalmente enceguecida en que tenía razón y no desperdiciaría el golpe de gracia. Viajó hasta el banco en la Red Flú que conectaba todas las importantes dependencias dentro de la comunidad. Pegó los codos al cuerpo y envuelta en llamaradas verdes su vista se aclaró después de unos momentos tosiendo por culpa del hollín. Allí estaba, en el vestíbulo principal de Gringotts y tan enfadada como nunca lo había estado en su vida. No estaba muy segura de cómo reaccionar frente al duende, si despotricarle maldiciones por ser tan jodidamente irresponsable o darle un par de escarmientos con su varita… realmente no conseguía tomar el control de sus emociones vapuleadas por las hormonas de embarazada. Faltaban sólo tres días para cumplir los siete meses y su vientre había aflorado más la última semana. Tuvo que sujetarlo con una mano para poder apurar su carrera por el interior del banco. No había nadie en la recepción, Hermione escupió un par de palabrotas antes de dirigirse a la oficina de Grikbold, el duende a cargo. Sin golpear la puerta, impulsada por el arrebato y la estrechez de tiempo, la castaña abordó el despacho exigiendo la presencia de Sumizíuss ante ella. El duende vestido con su típico uniforme impecable, la miró sin expresión en su rostro arrugado, como quien mira pero no ve nada en realidad.

-Fue a dejar a un cliente a las cámaras de alta seguridad.

-¿Por qué no se presentó ante los Desmemorizadores?- preguntó la abogada, apretando sus puños- Tenía una cita que cumplir y no lo hizo… ¿Por qué?- Grikbold se encogió de hombros con un aire ausente.

-Sólo sé que está allí, pregúntele usted misma.

Hermione no lo dudó. Enardecida como estaba, dejó la oficina caminando hacia los carros que transportaban a los clientes a sus cámaras junto con el guía que era el duende en cuestión. Obviamente no había nadie para dirigir el vehículo. La muchacha le pidió a otro empleado que llamara un carro para ella explicándole que se trataba de un asunto vital para el Ministerio de Magia. Consiguiendo la atención esperada, Hermione abordó el carro notando que se conducían solos. Se afirmó de los bordes internándose en las profundidades de las cámaras de alta seguridad. Estaba corriendo contra el reloj así que esperaba que el carro no tardara mucho en completar el recorrido.

El traqueteo oxidado sobre los rieles la ponía más nerviosa de lo que estaba. Repasaba mentalmente sus argumentos y preguntas para Sumizíuss. Debía mantener tranquila, sin caer en ansiedades. Ya el cuerpo estaba recordándole que no tenía quince años y que llevaba consigo a su hija de casi siete meses. Tenía que bajar su intensidad o aquello le cobraría consecuencias más tarde. Le dolían sus pies, los tenía hinchados al igual que sus manos, el anillo de compromiso que Harry le había obsequiado estrangulaba un poco su dedo anular sintiendo que su presión estaba un poco alta. El exabrupto que había tenido desniveló de cierta manera su bienestar. Respiraba hondo una y otra vez mientras el carro seguía hacia delante. Necesitaba descansar, necesitaba comer algo porque ya estaba hambrienta de nuevo y sólo pensó en una cosa: los sabrosos y ajustados besos de Harry. La boca se le hizo agua. Qué ganas de estar con él en esos momentos, recostados en su cama, acariciándose hasta sensibilizar la piel al punto de sentirla arder al tacto. Estaba decida que esa noche, cuando volvieran a reunirse en la mansión, buscaría la reconciliación de manera tal que recuperarían los días de fría separación con besos interminables y profundas embestidas. Comprendió que estaba hambrienta de él.

El carro ya había pasado las cámaras de baja seguridad, entre las cuales estaba la de Ian McAlister, por lo tanto, el trayecto estaba llegando a su fin. El molesto aroma a azufre se hacía mucho más intenso. El aliento del dragón que protegía esas cámaras bailaba en el ambiente revolviéndole el estómago. Al pasar de unos minutos, el vehículo se detuvo y Hermione pudo descender. La amplitud de esa caverna siempre la sobrecogía. Cualquier sonido generaba un eco estridente alardeando enormidad y longitud. Los pasos de la joven abogada resonaban multiplicados en una letanía de ultratumba. Todo se veía desolado, ni un alma se vislumbraba en las cercanías, ni siquiera los acostumbrados movimientos de un día ajetreado de trabajo bancario. La muchacha avanzó mirando en todas direcciones para distinguir al duende entre la penumbra espantada levemente por antorchas.

-¡Señor Sumizíuss! ¿Dónde está?- llamó Hermione escuchando su propia voz mil veces- ¡Señor Sumizíuss! ¡Necesito que asista al Ministerio ahora mismo!- Nada. Ninguna respuesta. Hermione comenzaba a perder la escasa paciencia que tenía, sólo faltaban minutos para que la sesión reanudara y ella estaba allí, en Gringotts, buscando a un testigo que podría cambiar el curso de las cosas. ¿Dónde carajo estaba?

Fue entonces donde recordó que estaba cerca de donde trabajaba Athos Greenwood, el Alimentador de dragones, considerando que tal vez él lo habría visto por los alrededores. Caminó hacia las escaleras que conectaban a la gran caverna en donde recluían a la enorme criatura. El aroma del azufre se intensificó y Hermione sintió ganas de vomitar. Tratando de recuperar el ritmo de su respiración, la castaña terminó de descender los últimos peldaños. No se veía nada gracias a la imprevista oscuridad que había en el interior. Llamó al mago un par de veces con su voz trémula debido a la incomodidad, como si entrara a la casa de alguien sin golpear, aunque… algo la hacía sentir insegura, expuesta, vulnerable… era muy desagradable estar allí sola y sin conocer muy bien el lugar. Llamó de nuevo pero nadie respondió, insistió en llamar al duende consiguiendo la misma silenciosa respuesta. Creyó escuchar un ruido a su costado derecho volteando al instante. Su estómago subió hasta su garganta cuando vio algo sobrecogedor. Juró haber visto la vieja silla desvencijada en un rincón. Hermione volvió a mirar y ya no estaba… ¿fue sólo su imaginación?... no obstante, con su hija inquieta dentro de ella pronosticando malos augurios, su mente comenzó enviarle señales de alarma. ¿Por qué había sido tan imprudente, tan impetuosa? Respiró hondo reuniendo fuerzas, tratando de no perder la confianza. Comenzó a retroceder hacia las escaleras pero su espalda chocó contra un pecho tras ella. Se alejó, sobresaltada.

-Qué bueno que vino, señorita Granger… necesitaba hablar con usted.

-¿Sobre qué?- dijo Hermione, sintiendo una extraña contracción en el vientre. El hielo del presentimiento recorrió su columna vertebral, creyendo que se le congelaba la sangre. Sin saber por qué, retrocedía el mismo número de pasos que la otra persona avanzaba con lentitud y sonriente.

-Ya lo sabe, no juegue conmigo- y fue entonces donde lo comprendió todo de un sólo golpe. No podía huir, no podía gritar, estaba atrapada en ese sitio sin chance aparente de correr ni defenderse. Aún así, se aseguró de que tuviese la varita a mano y esperó el momento oportuno para desenfundarla.

Recordó las últimas fotografías de la silla intrusa dentro de la cámara de Ian revelando un detalle que había pasado por alto: se hallaba ennegrecida, como si hubiese sido quemada en una de sus cuatro patas. Todos lo habían notado menos ella, incluyendo Mafalda. Sus palabras se le vinieron a la memoria como un relámpago: "Nadie en su sano juicio desconfiaría de una silla quemada y mugrienta"… quemada… ese detalle fue el que no reparó antes. De repente, el poder de la asociación la llevó a un determinado momento:

-¿Se encuentra usted bien?- la voz profunda de Athos Greenwood la hizo volver a poner los pies sobre la tierra. Hermione agradeció su ayuda notando que al rozarlo, el mago soltó un gemido de dolor. Se alejó al instante al sentir su olor a quemado.

-Lo siento, no sabía que estaba herido- el antebrazo de Greenwood estaba calcinado. Al parecer, alimentar al dragón del banco no era tarea sencilla…

Su mente daba brincos entre evocaciones como flashes que la cegaban por completo. Los nervios comenzaban a desbocarse, el temblor en sus rodillas casi no la mantenían en pie, se mordió los labios comprendiendo que todo estaba esclareciéndose ante ella como un amanecer desde el horizonte. ¿Cómo no había considerado las pistas tan obvias?:

-¿Quién más tiene permiso de entrar a las cámaras a excepción de ustedes?- preguntó Luna.

-Sólo el personal del banco de Gringotts, obviamente…- dijo Grikbold…

-¿A quienes se refiere con "sólo el personal del banco", señor?- insistió Hermione en el último punto.

-Pues, ya sabe… Rompedores de maldiciones, Vigilantes, Alimentadores de dragones… las cámaras están bien protegidas, de eso no hay duda…

¿Por qué un Alimentador de dragones tendría permisos para entrar a una cámara? ¿Con qué fin?, la castaña apretó los dientes llamándose idiota… ¿Cómo no preguntó eso antes? ¿Cómo no lo dedujo? Ahora, de pie dentro de la caverna del dragón, había ido hasta allá por su propia voluntad, hacia una trampa elaborada. No quería decirlo en voz alta, no quería reconocer la identidad del verdadero culpable por el miedo que la albergaba de sólo saberse atrapada por él, a su merced, lejos de Harry, lejos de todos, maldita sea…

-¿Qué necesitas hablar conmigo… Athos?- enfatizó el nombre viendo su brazo ennegrecido y un brillo perverso en sus ojos penetrantes…