Treceavo capítulo: "Avanza y no mires atrás"

DISCLAIMER: Hetalia y todos sus personajes son propiedad de Himaruya Hidecaz.

Luego de viajes al exterior, mudanzas, renuncia de trabajo y demás, finalmente acabe este capítulo, gracias a todas y todos por no abandonarme.

La historia es original mía: Mely-Val, pero quiero agradecer a "Reino Inquieto" por ayudarme. Mil gracias por tu ayuda y tus geniales ideas. Les recomiendo que la busquen en fanfiction o wattapad, sus fanfics son espectaculares. Y queridos lectores, gracias por acompañarme hasta acá. Puedo tardarme bastante pero no los voy a abandonar. Ya tengo el final del fic. No voy a dejar la historia inconclusa.

ADVERTENCIA: Exhibición de pechos descomunales, nombre de personajes humanos, FEELS, insultos, violencia, sangre.

-Ludwig, yo…-, por más de que le doliera en el alma, no podía decirle la verdad. Debía resistir ese enorme impulso, pero… dios, como quería volver con él en ese mismo instante y no regresar nunca más a la unión soviética.

Alemania lo sobresaltó de pronto cambiando drásticamente su actitud, lo empujó brutamente contra la pared, gruñendo -¡cuidado!-. Apretó los dientes al ver quiénes eran los que estaban en el palco frente. Una poderosa fusión de ira y frustración se apoderó de él y metió deliberadamente la mano dentro del saco, asustando al pruso.

-¡Espera un momento bruder!- Gilbert jaló del robusto brazo, intentando hacerlo entrar en razón. Este no era el Alemania que él había formado, estaba actuando de forma impulsiva e irracional.

El germano se detuvo de pronto ocasionando que el otro suelte el aire contenido, aflojando el agarre.

-¿Acaso estoy escuchando mal Gilbert?… ¿me pareció que lo estabas defendiendo?- argumentó extrañado, girando lentamente en su dirección con sus ojos celestes bien abiertos, culpándolo silenciosamente de suposiciones que hacían ebullición en su conciencia, pero Gilbert antepuso a esa mirada con una más recia y tenaz.

La joven nación se equivocó de persona… no era Bavaria, no era Sajonia, no era Hesse. Él era Prusia, la gran ex nación militar, su nombre era la propia definición de disciplina y nadie, ni siquiera el propio Alemania, le haría doblegarse y ceder a su voluntad. El respondía solo a sí mismo y lo que decía, se hacía. Por eso Austria no quiso formar parte del Primer Reich, la conformación de Alemania, porque lo conocía bien y nunca aceptaría estar bajo sus órdenes.

La inusual expresión retadora que le propinó el pruso despertó una incómoda sensación de desconfianza en el germano, aflorando lentamente y amarrando su buena voluntad y amor fraternal hacia su persona como una enredadera llena de espinas.

Liberó bruscamente el brazo de las tensas manos de su hermano que lo había estado agarrando como tenazas, retrocediendo con el ceño fruncido. -¿Qué te ha hecho ese monstruo soviético?... ¿cuáles son las cosas que ha estado metiéndote en la cabeza? su tono sonó lastimero, notándose la indignación y decepción en cada palabra.

-Nein, no entiendes bruder- se notó en su voz rasposa lo sumamente ofendido que estaba por las suposiciones de Ludwig. ¿Qué acaso no lo conocía?, le había enseñado todo lo que sabía, lo había hecho una versión más adecuada de él, le pasó su conocimiento, poder, riqueza, prestigio. ¿Cómo podía siquiera pensar que se dejaría llevar por alguien bruto y campesino como Rusia?, ni siquiera se había dejado convencer por el propio Hitler, cuando el alemán se había comido cada mesiánica frase del Fhurer sin prestarle atención a sus advertencias. Gilbert, a diferencia de él, llevaba mucho tiempo pisando el suelo y habiendo vivido innumerables cosas, eso lo había vuelto difícil de manipular.

Alemania gruñó frustrado y apuntó hacia lo que estaba ocurriendo en el palco de enfrente. -¿Qué es lo que no entiendo bruder?, ¿el arma con la que está apuntando Rusia?-, dijo en tono forzadamente calmado. -¡¿Por qué me detienes, acaso ya no quieres defender a tu país?, ¿o te sientes más a gusto en tu mitad?!-, bramó de golpe, notándose el inusual tono quebradizo por el nudo ajustando su garganta.

-¡¿Cómo te atreves siquiera a decir eso?, estoy ayudándote, dummkopf!-, alzó la voz, pero pareciéndole extraño gritarle a quien nunca se imaginó hacerlo. Los efectos de la segunda guerra aún deterioraban la salud mental de Ludwig, podía percibirlo, Alemania no dispararía a Rusia para proteger a su país, sino por venganza. Y lo que desate a partir de ahí no tendría solución.

El rubio se lo quedó observando inmóvil con expresión de piedra. No parpadeó, tampoco exhaló. El pruso podía leer la incomprensión y desconcierto marcada en sus facciones.

-Ludwig, préstame atención. Nada de lo que ves es lo que parece. He venido a protegerte pero no puedo explicarte lo que está ocurriendo. Créeme, es por tu bien- Hizo un esfuerzo para levantarse, sujetándose de la silla a su costado. El forcejeo le había quitado más energía de lo esperado.

El más alto respondió con una expresión de desconfianza que Prusia jamás se imaginó que recibiría. Eso… lo devastó más que perder las dos guerras mundiales.

-Siempre has sido la persona que más he admirado… te imitaba, leía e investigaba todo acerca de ti, quería ser como tú Prusia… pero ya no. Has cambiado. El estar solo me ha obligado a madurar y seguir mis propias decisiones. Ya no más un gobernante loco, ya no más un hermano sobreprotector. A partir de ahora haré mi propio camino…- Mientras lo anunciaba, extrajo una pistola del bolsillo interno del saco que heló la sangre del pruso.

-Yo no he cambiado, bruder. Has sido tú-, remarcó Gilbert apretando los dientes. Ya no tenía más poder de persuasión sobre la joven nación, todo intento era inútil.

Ludwig lo observó con expresión de piedra una última vez y luego alzó el brazo, apuntando en dirección a Iván, quien estaba intentando liberarse de alguien que lo rodeaba por la espalda con claras intenciones de alejarlo del borde del palco.

Gilbert, a pesar de estar sintiendo como se quebraba por dentro, su voluntad lo levantó e intentó detenerlo nuevamente. -¡NEIN!, ¡Ludwig, vas a cometer una gravísima equivocación!-. Sus advertencias no surtieron efecto, los ojos del germano estaban enceguecidos por la sed de venganza. Y muy dentro, Gilbert también deseaba que Iván recibiera el disparo, sin embargo su fuerte disciplina era lo único que lo mantenía de traspasar el límite. Su persistencia fue tal que llegó a tomar la robusta mano sobre el arma en el último instante.

Un disparo se soltó en aire pero no provino de Ludwig y en el mismo instante el salón enmudeció, buscando inquietamente el origen.

El sujeto que anteriormente forcejeaba con Iván en el palco ahora estaba muy inclinado sobre el borde de la baranda con el ruso sosteniéndolo para evitar que cayera desde el segundo piso. Sin embargo, un segundo disparo resonó en el recinto e Iván se abalanzó violentamente hacia adelante, casi perdiendo el agarre sobre el hombre.

Fue entonces cuando Katiusha lo vio. -No…-, frunció el ceño indignada, -¡esta vez no voy a permitir que dañen a mi hermano!-. Con una mano desenfundó hábilmente el arma sujeta a su pierna, escondida debajo de la falda y con la otra alzó el comunicador a sus labios.

-¡Fue él, Arthur disparó, hay que detenerlo!-, ordenó mientras trataba de fijarlo en la mira sin una pizca de duda.

Edward no podía creer lo que estaba viendo. Todo el plan ingeniosamente elucubrado se estaba yendo a la basura. Arthur se dio cuenta de la pelea en el palco e interfirió disparando accidentalmente a Alfred. Seguramente en ningún momento supo que se trataba del americano, pero ahora por su culpa no podían detener a Iván y encontrar a Kurishov.

Gruñó furioso, empujando rudamente la muchedumbre alertada yendo en dirección al fondo del salón donde estaban los lujosos pilares de mármol, sabiendo que allí no se encontraba nadie. Necesitaba un momento para pensar en algo y vislumbrar mejor al inglés, pero de pronto, algo escondido detrás de un pilar le llamó mucho la atención.

Se agachó frente al artefacto y picándole la curiosidad manipuló los cables queriendo indagar su origen, sin embargo se detuvo al percatarse del familiar conteo de un reloj. Su corazón se le subió hasta la garganta -¡Oh dios mío!-, retrocedió rápidamente dando tropiezos hasta detrás de uno de los gruesos pilares de pierda. -¡KERI PUTSI!-

Repentinamente el salón se bañó de luz plateada, cegando momentáneamente a todos, acompañado de un ensordecedor estruendo.

"¿Por qué oigo un agudo pitido en mis oídos y por qué esta todo oscuro?", fueron las primeras dos preguntas que se hizo el alemán antes de que se comenzara a esclarecer lentamente la visión. Sintió un líquido caliente deslizándose por su frente y un punzante dolor en el abdomen que le impidió respirar adecuadamente.

Su cuerpo pareció reactivarse obedeciendo sus comandos, pero obligándolo a sostenerse contra la pared de enormes huecos de madera partida, dificultándole ponerse de pie nuevamente. El dolor en el vientre se hizo mucho más agudo mientras se fue irguiendo provocándole bajar la mirada.

-Scheibe…-, arrancó bruscamente la estaca de su zona abdominal, más con bronca y odio que con dolor, tirándola violentamente fuera de su vista. La irritación no aminoró, sino más bien agravó su estado, permitiendo que fluya una constante corriente de sangre por la cintura y pierna hasta humedecer su pantalón y manchar el suelo. La visión se estaba tornando nuevamente borrosa, sin embargo, algo logró reconocer.

-Bruder, bitte-, exhaló en forma de súplica, extendiendo el brazo con palma abierta, mientras que su cuerpo se fue apagando luego de adrenalina minutos previos. –Por favor…-. Sus piernas se fueron doblegando bajo el esfuerzo.

El pruso lo observó inmóvil, como si tuviera los pies con clavos al piso. Su rostro evidenciaba cortaduras y moretones, pero más allá de todo se lo veía bien a diferencia suyo. Sin embargo tenía los ojos muy abiertos y las cejas alzadas. ¿Estaba en shock, estaba impresionado de verle brotar tanta sangre? ¿Qué le sucedía, porque no venía a ayudarlo?

-Ayúdame Gilbert-. Se dejó deslizar hasta tocar el suelo pero nunca bajó la mano extendida. Si bien no era el malestar físico lo que realmente le aquejaba, si era el hecho de que la gran figura de su vida, mentor, protector, hermano, se mantuviera allí observándolo con cara de ciervo encandilado por las luces de un auto. Le dolía asimilar que evidentemente el pruso no iba a acudir a su lado. Las pruebas estaban a la vista, lo estaba presenciando. Pero no quería aceptarlo…no podía luego de haber estado separados. Aún no era el momento de separarse, esto no debía terminar así.

Gilbert parpadeó poniéndose tenso. Cerró los puños temblando y apretó la mandíbula visiblemente.

-Bruder…- le suplicó el menor, con voz quebradiza. Su apariencia sucia y ensangrentada encajaba con el entorno destrozado y en llamas.

El otro dio un paso hacia atrás, luego dos, luego tres.

-No-, el alemán soltó en un pesado suspiro de derrota. –Te necesito-, pero el pruso le dio la espalda de una manera horrorosamente frívola, yendo lentamente en dirección a las escaleras.

-¡NO!, ¡COMO PUDISTE!-, dio un grito tan potente que casi se le desgarra la garganta, su voz al borde de ahogarse con las lágrimas de un corazón deshecho. -¡GILBERT, BRUDER!-. Ya no podía verlo, su visión estaba oscura, pero confiaba en que el aún le estaba prestando atención. -¡PRUSIA, POR FAVOR, REGRESA, NO ME DEJES!-

Eso fue todo para Gilbert. No pudo soportarlo más. Brotó en lágrimas desconsoladas pero se largó a correr oyendo como Ludwig seguía gritando frenético su nombre, volviéndose un eco cada vez más distante. Esto era sin duda lo peor que le pasó en la vida.

Edward sintió a alguien jalándole del brazo ayudándolo a levantarse de entre los escombros. El pilar lo había protegido y tuvo suerte de que la parte superior solo se resquebraje sin aplastarlo.

-¡Muévete rápido, se está por caer el palco encima de tu cabeza!- El estonio abrió de golpe sus ojos celestes y avanzó de prepo, justo un minuto antes de que el pilar se desplome pesadamente a su espalda levantando una gran ola de polvo y escombros.

-Ka… Katia-, suspiró con voz débil. A pesar de haber perdido sus lentes en la explosión, pudo vislumbrar que la mujer poseía cortaduras sangrantes y la ropa rasgada. -¿Estas bien?-, más que pregunta sonó como confirmación llena de sorpresa.

Katyusha arqueó una ceja. –Soy Ucrania, esto no es nada para mí cariño-, sonrió confiada.

Al verla tan fuerte y segura, el rubio también sonrió aliviado. –Me había olvidado que eres la hermana mayor de Rusia-

-Vamos, hay que buscar a los demás e irnos antes de que nos descubran-, lo llevó de a pasos alargados entre medio de muebles en llamas, personas desparramadas en el suelo aparentemente inconscientes y escombros cayendo desde piso superior.

-¿Chto?- Iván reabrió nuevamente los ojos tras caer del segundo piso. El cuerpo le dolía en algunos lugares más que otros, pero lo iba a soportar, siempre lo hacía. Exhaló un pesado suspiro y tomó una bocanada de aire limpio, energizando sus atrofiados músculos. Sin embargo sintió una presión descomunal en el pecho. Quizá se había quebrado una costilla, o solo era un montón de escombros de mármol. Movió sus pesados brazos, queriendo empujar lo que sea que estuviera aprisionándolo contra el piso.

-¿América?-, alzó las cejas extrañado notando por primera vez a la joven nación inconsciente, desplomada encima de su amplio pecho como si él fuera su colchón. Frunció el ceño haciendo una mueca de desagrado, pensando en sacarlo bruscamente, pero se detuvo tras recordar lo que ocurrió. –Estás sangrando-, notó preocupadamente, aun teniendo la expresión llena de odio del inglés grabada en su memoria. Arthur les había disparado dos veces y durante la caída, él trató de colocarse debajo de Alfred para evitar agravarlo.

Irguió lentamente su destartalada espalda emitiendo crujidos de queja, mientras cayó polvo, madera y mármol a sus costados, cual Frankenstein alzándose de su lecho con una víctima entre sus brazos. Debía huir a un lugar seguro lo antes posible pero una de sus piernas se dobló bajo el peso desbalanceando su equilibrio y por consecuencia soltando por accidente al hombre profundamente herido. –Blyád-. Le pareció raro escuchar maldiciones con su voz. Generalmente no le parecía educado decir profanaciones y por eso solía regañar a los demás si llegaba a escucharlas… pero Prusia siempre lograba sacarlo de sus casillas mucho más que el resto, seguramente para fastidiarlo a propósito.

Reajustó al hombre de una forma que creyó humillante para él y probablemente muy divertida para los demás, cargándolo como si fuera una novia entre sus brazos, solo que el americano estaba inconsciente y sangrando sin parar, manchando todo su traje militar.

Ya casi. Estaba cerca, podía ver la salida a unos cuantos pasos más. –Eres un lechón, camarada, tantas hamburguesas capitalistas no son buenas para ti-

La elegantemente tallada compuerta se interpuso entre él y la libertad. El picaporte… y sus manos sosteniendo el gordo imperialista. –Esto no puede estar pasándome-, gruñó con dientes apretados. Decidió despegar lentamente una de las manos extendiendo los largos y gruesos dedos hacia la manija de metal, pero el americano comenzó a deslizarse entre brazos. – Kolkolkolkol-

De pronto, con una sola patada la doble puerta se abrió brutalmente al exterior.

-¡¿Por el amor a Bismarck, acaba de salir la compuerta volando de sus bisagras?!-

El ruso emergió de entre las nubes de escombros con el traje, pelo y cara cubiertos de una extraña mezcla de ceniza blanca y sangre.

-¡Gilbert, ayúdame a sacar a Esti de abajo de la puerta!- ordenó frustradamente la mujer tirando con poca delicadeza los brazos del estonio, que gritaba exageradamente al ser arrastrado debajo de la pesada y enorme compuerta.

El pruso se detuvo un momento. -¿Acaso acabas de casarte con Estados Unidos o qué?-, remarcó, levantando una ceja.

El ruso clavó una mirada intimidante, pero pesar de estar cubierto de polvo, se le notó las mejillas enrojecidas. Como odiaba que lo traten de gay, él era una nación muy masculina. –Niet-, respondió secamente. –Amerika está herido-

Gilbert cambio drásticamente su semblante e Iván noto algo oculto en sus inusuales ojos. -Maldición, porque Arthur siempre tiene que andar metiéndose en todo- masculló en voz baja.

-¿Cómo sabias que fue Arthur?- notó Iván, habiendo escuchado sus quejas.

El pruso pareció tensarse un momento. -Larga historia, mejor ocupémonos rápido de él. La policía no debe estar tardando en llegar-

-Muy tarde-, exclamó de pronto el soviético, observando calmadamente como los autos se aproximaron a toda velocidad dejando marcas en el asfalto en cada curva.

-¡Rápido, vayamos detrás de esos arbustos!- les comandó Gilbert mientras que el enorme ruso lo siguió detrás, corriendo con el americano colgando sobre el hombro como un saco de papas.

Prácticamente saltaron de cabeza sobre las ramas en el mismo instante que se detuvieron los vehículos, desplegando un abanico de policías que apuntaron con sus armas en distintas direcciones. -¡Manos arriba, entréguense ahora mismo!-, ordenó un alemán muy alto con cara constipada y roja de la rabia.

Edward reaccionó arrancando pedazos de tela del elegante traje y los envolvió alrededor de su cara, dejando libre únicamente los ojos. –Cubran su rostro con algo, nadie tiene que reconocernos-, murmuró.

-Ah, qué haríamos sin ti, Esti. Eres tan astuto- suspiró la gran mujer mientras tajó desvergonzadamente parte de su falda y escote, otorgándole un aspecto muy revelador, el cual puso nervioso al estonio pero por los motivos equivocados, denominados: "enorme hermano ruso esperando a que mire los tractos de tierra de su hermana, para hacerlo paté"

-Necesitamos un vehículo para ir hasta el aeropuerto y robarnos un avión-, masculló Gilbert, masajeándose las sienes con nerviosismo. –Veo uno muy cerca nuestro, podemos aprovechar-

Edward lo observó como si fuera el monólogo de un loco esquizofrénico. -¿Acaso estas sugiriendo que…?-

-Muchachos, déjenmelo a mí, yo los distraeré, mientras tanto consigan ese automóvil-, la ucraniana removió la tela de su rostro y salió decididamente de los arbustos dejando a los tres pasmados por igual sin tiempo a réplica.

- …Blyád-

-Hay cinco sospechosos en fuga, repito, necesitamos refuerzos- El oficial iba a guardar la radio cuando notó a una mujer asomar detrás de un árbol, haciéndole señas de ayuda. -¡Manos arriba señorita, está detenida!-, se acercó sigilosamente con el arma alzada, sin embargo la mujer se largó a llorar desesperadamente, corriendo a su dirección.

-¡Señor oficial, por favor ayúdeme, me tenían secuestrada!-. Lo abrazó de pronto, llorando desconsoladamente y empapando toda su camisa.

El policía se sintió intimidado ante tanta desesperación. -¡Cálmese por favor!-, pero Katiusha lo apretó en un abrazo constrictor, gimiendo incluso más fuerte.

-¡No puedo! ¡Tengo miedo, por favor lléveme a algún lugar seguro, oficial! ¡Le estaré enteramente agradecida, pero no me deje aquí!-. Mientras lloriqueaba lo fue lentamente llevando hasta reposarse contra la chapa del vehículo.

-Suba al auto, allí estará a salvo señorita-. El hombre le iba a abrir la puerta trasera pero ella abrió descuidadamente la puerta del acompañante y tomó asiento para continuar sollozando. El policía no se sintió con ánimos de pedirle que cambie de lugar, asique se rindió ocupando el lugar del conductor.

-Oh señor, no se da una idea de lo agradecida que me siento. ¿Cómo puedo pagárselo?-, cambió paulatinamente a un tono seductor, aproximándose delicadamente hacia él y deslizando sus elegantes pero fuertes manos sobre los rígidos hombros del policía. –Soy capaz de hacer… lo que sea- susurró muy cerca de su boca para luego desabrochar lentamente el primer botón de su camisa, ahondando mucho más el escote.

El alemán observó su pecho con ojos desorbitados, tragando forzosamente. -S-señora, ubíquese-.

Verlo tan nervioso le recordó momentáneamente a Ludwig cada vez que Veneciano lo abrazaba inocentemente. –Ups-, rio suavemente, no lamentándolo en lo absoluto y desabrochó los tres botones restantes de un saque, revelando sus blancos y enormes "tractos de tierra".

-Oh… mein gottt-. La voluptuosa mujer acarició los costados de su cabeza jugando con sus mechones cuidadosamente peinados hacia atrás y lo acercó lentamente más y más hasta hundirlo en su pecho como si ella fuera un almohadón. –E-esto… no es correcto… s-seño—

-Shhh- Katiusha le tapó la boca, levantando el mentón hacia arriba hacia sus seductores ojos celeste cielo. Sonrió de forma traviesa y con una mano desabrochó decididamente el sostén liberando a los dos melones previamente comprimidos de su cárcel de tela.

El hombre se quedó estupefacto mirando de forma hipnótica como un ratón embobado con la cola de una serpiente cascabel.

-¿Te gusta lo que ves cariño?-. Acercó sus labios casi rozando con los suyos pero este ni siquiera reaccionó. Estaba literalmente anonadado. ¿Acaso nunca vio pechos en su vida? –Disfrútalo, porque será lo último que verás hasta que despiertes-. El alemán parpadeó un ojo, luego el otro luciendo como un completo idiota. ¿Era saliva lo que estaba cayendo por la pera?, por dios estos germanos no conocen la sutileza. Apretó el puño sonando los nudillos. No la llamaban Katiusha por nada, sus golpes se comparaban con el poder del famoso lanzacohetes múltiple apodado con el mismo nombre.

Lo noqueó tan fuerte que la cabeza del oficial rebotó contra el respaldo acolchonado del asiento, dejándolo fuera de combate por unas cuantas horas. –Es como siempre digo, solo hay que mostrar las tetas-, sonrió satisfecha mientras arregló casualmente la ropa como si fuera un día normal de trabajo. Seguidamente abrió la puerta del conductor y tiró el hombre al pavimento sin cuidado. El resto de los policías estaban en dirección contraria asique nadie lo vería a menos de que mueva el vehículo. Puso el motor en marcha e hizo una sola vez seña de luces. –Con esto bastará- exclamó ansiosa y luego pisó decididamente el acelerador directo hacia los arbustos.

-Oh dios… ¡lo hizo, no puedo creer que lo hizo!- Edward estaba al borde de desmayarse.

-¡Prepárense, ahí viene!-. Gilbert apretó los dientes. No sabía que la mujer podía conducir como una loca prófuga.

-Porque mis hermanas tienen que estar tan locas-, rezongó el ruso, dándose por vencido.

El vehículo dio una vuelta cerrada en U, llevándose puesto un banco, un bebedero y dejando profundos surcos en la tierra. -¡Van a subir o quedarse mirando las moscas!-, gritó por la ventana a los tres hombres impactados como estatuas.

-¡Alto ahí!-, empezaron a disparar al automóvil que zigzagueó entre vehículos policiales buscando una abertura de escape, mientras que las cuatro naciones masculinas aún intentaban acomodarse todavía con las puertas abiertas.

-¡Gira a la derecha!, ¡no, a mi derecha!, ¡más rápido, están detrás nuestro!- Gilbert gritaba frenético direcciones mientras miraba constantemente por el espejo retrovisor. -¡Cuidado con el perro, por el amor a Fritz mujer, vas a matarnos!-

Katiusha estaba al límite de su paciencia, como si ya no hubiera hecho demasiado arriesgándose a conseguir el auto, pero el histérico alemán la ponía más y más nerviosa. Apretó los nudillos tensamente sobre el volante. ¿Quién se creía que era?, el no habría sido capaz de conseguir ni siquiera un triciclo de un niño de 3 años.

Disparos golpearon la chapa y partieron el vidrio trasero obligándola a pegar volantasos tan fuertes en las curvas que por poco se daban vuelta en cada esquina. Si llegaban a darle a alguna de las ruedas, estaban muertos.

En un giro abrupto Edward se estroló contra el torso de Iván, presionando su cuerpo involuntariamente culpa de la inercia e instantáneamente se ganó una mirada fulminante de advertencia. Temiendo por su bienestar, se esforzó por separarse mientras rogaba disculpas que más bien sonaban a súplicas.

-¡Scheibe!- Estalló otro vidrio clavándose los trozos en el costado de su rostro. – ¡No me dejan otra opción, pedazo de mierdas!- Tomó del piso el arma de la ucraniana y la recargó asomando por la ventana.

-¡Pero Prusia, esa es tu gente!, ¿Cómo vas a insultarlos así? ¡Y sobre todo dispararles!- exclamó confundido el estonio.

Gruñó mascullando algo en voz baja. –No es mi gente, son del cabeza hueca de mi hermano, ¡¿Qué no ves que son igual de idiotas?!- Esto último le extrañó demasiado a Edward, nunca había escuchado al pruso insultar así a Alemania. Definitivamente algo muy desagradable había ocurrido entre ellos dos dentro del palacio.

Un tiro perforó el vidrio rozando por poco la cabeza del americano que aún permanecía inconsciente, apoyado sobre el ruso que lo cubría como si fuera su guardaespaldas, muy a pesar de su disgusto –Kolkolkol…-

-¡Dejen!- (disparo) – ¡de!-(disparo), -¡seguirnos malditos idiotas!-, disparó dos veces más acertando con puntería increíble una rueda por auto, logrando hacerlos a un lado. -¡Ahora sí, toma esa calle y sigue derecho hasta el final!- comandó en uno de los famosos gritos germanos aturdiendo a la pobre mujer.

De pronto aparecieron dos autos más a su izquierda a toda velocidad queriendo bloquearles la entrada que llevaba directo al aeropuerto.

Iván sonrió inesperadamente, aterrando a Edward porque sabía que nada bueno saldría de esa expresión. –Do svidaniya- sacó una granada de quien sabe dónde y sin vacilación la lanzó por la ventana provocando una explosión tan espectacular y horrífica que dio vuelta los tres autos policías, despejando abruptamente el camino.

Sin embargo solo cinco pequeños minutos de paz llegaron a tener para recuperar el aliento.

-¡No puedo creerlo, también hay guardias en la entrada del aeropuerto!- Edward estaba al borde de entrar en un colapso.

Katyusha no lo pensó dos veces, frunció el ceño y pisó el acelerador. -¡Agárrense fuerte!-

La puerta de entrada se quebró como cartón y los guardias se tiraron para los costados con la gente corriendo lo más rápido posible del destartalado vehículo policial que tenía un tanque hidrante incrustado en el capó.

-¡Halt!- Los policías dispararon como locos al coche que se movía entre las pasarelas, llevándose puesto numerosos carteles. De pronto notaron el descenso de velocidad y dos oficiales no tuvieron mejor idea que tirarse encima del parabrisas creyendo que la mujer iría a parar, sin embargo el auto hizo abruptamente reversa y ambos salieron volando para distintos lados. La situación se veía como una película de comedia si no fuera por la lluvia de tiroteos.

-¡A este paso el auto va a parecer un colador con ruedas Katyusha!- Edward agarraba desesperadamente los costados del asiento de la mujer adelante suyo como si fuera una especie de salva vidas.

-¡¿Y qué quieres que haga?!- chilló histérica cayéndole lágrimas, como era de esperarse.

-¡Metete por allí, es una de las salidas hacia la pista de despegue!- Gilbert apuntó frenéticamente hacia la derecha a un pasillo cubierto de sillas de espera, sin dejarle otra opción más que cruzarlo haciendo todo a un lado como Moisés separando las aguas, solo que en este caso, los asientos.

El auto no se desarmaba en pedazos solo por alguna extraña suerte del destino.

Nuevamente las puertas se partieron en pedazos y el auto salió como un Ferrari a máxima velocidad directo a una avioneta que tenía el motor encendido, situado directamente en la pista de despegue. Sin duda, este era un gran e inusual golpe de suerte.

-¡Rápido!- El avión ya había comenzado a moverse muy lentamente pero Katyusha interpuso abruptamente el auto manteniendo una relativa distancia, forzándolo a detenerse.

Gilbert y Edward salieron a la velocidad del rayo y treparon las pequeñas escaleras, adentrándose dentro de la cabina a mano armada. Un minuto después bajaron cuatro personas aparentemente en shock e ingresaron Katyusha, mas Iván con Alfred al hombro, quien se pegó la cabeza contra el borde de la compuerta.

-¿Están todos listos?, vamos a levantar este pajarito- sonrió orgulloso y satisfecho el pruso.