Disclaimer: Sòlo la historia es mìa, lo demàs es de JK.
Una disculpa bien grande por no haber actualizado antes, pero el dìa no tiene suficientes horas...
Saludos a mis Hermanas... las amo...
Vivan los Sly!
Enjoy!
EL SALVADOR Y EL MORTIFAGO
Vanya camino una vez más frente a la habitación de su hija, la desesperación haciendo mella en sus pasos. Su cabello, antes siempre peinado en un elegante moño, mostraba varios mechones saliéndose del mismo. Sus ojos azules estaban inyectados de sangre, y debajo de sus parpados, las profundas ojeras marcaban su rostro aun juvenil, el sufrimiento comenzando a hacer su hogar en él, las mejillas ajadas por el dolor y la incertidumbre, el miedo calando en el cada vez más delgado cuerpo.
Hacía días que su hija se encontraba en cuarentena, y solamente dos veces había podido verla, una a través del cristal encantado de la habitación, y otro, gracias a la necesidad de recolectar un poco de su sangre, que le había servido para hablar un poco con ella, y darle consuelo por la situación que estaba viviendo, mientras tomaba su sangre para realizar el encantamiento de localización. Los cinco minutos más preciosos de su vida.
Ya no sabía cuántas veces habían tratado de razonar con Kingsley, ni cuantas veces había detenido a Sirius de lanzarse contra él y Gawain, enfurecido de dolor e ira porque su hija fuera tratada como poco más que una rata de laboratorio. Les desgarraba escuchar la voz de su hija llamándoles del otro lado de la puerta, y el llanto de su nieta, pidiendo ver a su mama y a su hermanito. Narcissa la llevaba cada vez que se podía, pero nunca les permitían pasar más allá de la sala de espera.
Se dejó abrazar por su marido, mientras su madre la miraba desde las incomodas sillas que habían dispuesto para que pudieran sentarse, en espera de que dejaran libre a su hija. Por enésima vez pensó en que hubiera sido si su padre estuviera vivo… le hacía tanta falta… pero el había dado su vida por su nieta, cosa que le agradecía profundamente, aunque a veces le echara tanto de menos.
Detuvo su caminar cuando, a lo lejos, Clarisse Potter llegó por el pasillo, seguida de Hermione Granger-Weasley, Pansy Pucey, Millicent Goyle y Luna Zabini. La mirada de determinación de las cinco les recordó a la de su propia hija, tan testaruda y voluntariosa, y se preguntó que tramarían las jovencitas. No tuvo que esperar mucho para enterarse.
-Clarisse… niñas, ¿Qué pasa? ¿Qué hacen todas aquí?-
-Señora Black…-
-Vanya niña, la señora Black era mi difunta suegra-
-Vanya… tenemos buenas noticias…-
-¿De qué se trata?-dijo Sirius, irguiéndose por completo, atento como un perro, esperando las noticias que pensaba fueran alentadoras.
-Con Hermione nos dimos en la tarea de buscar información que nos ayudara a liberar a Altair de la cuarentena, y creo que encontramos algo. Hay un precedente, una bruja que fue privada de su libertad por considerarla como "riesgo de contagio" en 1846, ya que contrajo fiebre de dragón en un viaje que hizo a Rumania, y como en ese momento el país estaba libre de esta enfermedad, fue recluida aquí en San Mungo cuando recién comenzaba a aparecer el brote, y estuvo casi dos meses recluida hasta que sus familiares pelearon contra el Ministerio, argumentando que ya se le habían hecho todas las pruebas necesarias, y aunque presentaba algunos síntomas, no había contagiado a nadie, por lo que después de aplicado el tratamiento adecuado, y sin ninguna otra información que diera por afirmativo que sería contagiosa, fue finalmente dada de alta…el ministerio tuvo que dejarla libre…-
Vanya se echó a los brazos de su esposo, riendo aliviada de saber que, aunque dura, la pelea por liberar a su hija apenas comenzaba pero no estaba perdida del todo, tenían una esperanza. Abrazo a las chicas, riendo todos felices por el descubrimiento, pero guardaron silencio cuando, con un carraspeo, Gawain Robards en persona les increpo por su comportamiento.
Vanya se preparó mentalmente para la pelea, y con una fiera sonrisa y un giño a Clarisse Potter, Hermione Granger-Weasley se apresto para soltar toda la retahíla de información que su cerebro había absorbido durante las horas en que prácticamente estuvo enterrada en la biblioteca de la casa Black.
Sirius sonrió ferozmente, mientras clavaba sus grisáceos y, por primera vez, helados ojos, en el pobre auror mas próximo que estaba guardando la puerta.
"Pronto" pensó.
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Draco soltó una maldición cuando entro al laboratorio de Severus y lo vio completamente vacío. En la mesa, desperdigados sin orden, varios pergaminos y mapas se mostraron. La confusión hizo mella en él y al mirar el caldero explotado la sensación que había tenido en cuanto puso un pie dentro de la habitación tuvo sentido para él. Se dio media vuelta para ir a buscar a Potter y el crujido de un papel le hizo detenerse. Casi salta en su lugar al ver que el encantamiento que Severus había utilizado había funcionado, pues el hechizo había marcado la ubicación en el mapa.
"Bristol"
-A Bristol pues-dijo, mientras corría hacia afuera, listo para aparecerse.
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Tres días. Faltaban solo tres malditos días para que Samhain llegara y todavía no tenían ni una pista del paradero de Theodore.
Habían intentado buscarlo por medio de la sangre pero el lugar donde supuestamente aparecía cambiaba constantemente y no daba oportunidad de localizarlo. El hechizo Fidelius tenía algún tipo de encantamiento agregado que evitaba que el hechizo de sangre funcionara al 100%.
Solo les había mostrado la ubicación más cercana, Bristol, y ahí llevaban ya un par de días, buscando la manera en que pudieran romper el hechizo, lanzando una y otra vez cuanto encantamiento se les pasaba por la mente, tratando de romper el Fidelius. Se sentían como un par de muggles que podían sentir la magia alrededor del lugar, pero no podían verlo.
Lucius observó a Severus, la desesperación brillando en sus ojos, ambos sabiendo que el tiempo se les acababa, pero sabiendo también que, precisamente, eso les daría la ventaja. Sabían que los Lestrange tendrían que dejar caer todos los encantamientos durante el ritual para utilizar al completo su magia, pues no eran tan poderosos para realizarlo mientras utilizaban su magia al mismo tiempo. Y seria en ese momento que ellos entrarían en acción.
Alzaron la varita al mismo tiempo, la maldición bailando en la punta de su lengua, cuando el sonido de una aparición los sobresalto…
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Draco se apareció en la entrada de Grimmauld Place, sabiendo que ahí encontraría a Potter. Aun le escocia lo que había pasado con su esposa, pero sabían bien que ese no era el momento adecuado para ponerse a reclamar al respecto. Ya habría tiempo suficiente para dejarle claro al cuatro ojos que Altair era su mujer, y siempre sería suya.
La puerta se abrió de par en par cuando la casa reconoció su magia y su derecho a ingresar en ella. Ni bien había dado un par de pasos dentro, Kreacher se materializo frente a él, haciéndole la acostumbrada y exagerada reverencia, su larga y ganchuda nariz casi rozando el suelo, los ojos como dos enormes bolas de adivinación, acuosos en su oscura forma.
-Amo Malfoy, señor, es un placer servirle…-
-Déjate de esas cosas Kreacher, ¿Dónde está Potter?-
-Deja de atormentar al elfo Malfoy, aquí estoy... ¿Qué es lo tan urgente que te trae por aquí?-
-Severus y Padre lo encontraron-
Harry paro en seco al escuchar las palabras del hombre rubio. Sin titubear y con un despliegue de su magia sin varita, atrajo una pequeña bolsa que se colgó al cuello.
-Kreacher, cuando venga mi padrino dile a donde fuimos… dile que estaremos bien-
-Si señor Potter…-
-Vámonos…-
-¿Qué llevas ahí?-dijo Draco curioso.
-Herramientas y algunas cosas-dijo el moreno, mientras sacaba una larga caja de la bolsa y le echaba una mirada.
Draco se mordió la lengua cuando, en un vistazo al contenido de la caja, y antes de que Potter lo guardara nuevamente, pudo vislumbrar el mango de plata de una varita muy conocida.
La varita de Altair…
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Hasta la pròxima...
Gracias mil por leer...
