Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, pero la historia es completamente mía. Está PROHIBIDA su copia, ya sea parcial o total. Di NO al plagio. CONTIENE ESCENAS SEXUALES +18.


Recomiendo: Love in the Sky – The Weeknd

Capítulo 12:

La esencia de la bestia

"No hay nadie dentro

Pero eres libre de relajarte

Si te comprometes a este viaje

No hay vuelta atrás

Ya has estado aquí antes

Recuerda estas sábanas

(…) No hay necesidad de ocultar

(…) Dijiste que has estado en el cielo

Iremos más allá de eso

(…) ¿Cómo se siente?

¿Sientes como si lo hubieras hecho antes…?"

Mínimo un mes. Estaba claro que eso jamás sería suficiente. Ni siquiera sabía si había un tiempo máximo para explorar juntos.

La malicia en sus cuencas era suficiente para que mi corazón comenzara a latir con rapidez, como si aquella parte de mi le prestara atención al inmenso peligro que esto significaba. Y santo cielo, cómo me gustaba el peligro que emanaba de él.

La respuesta estaba en la punta de mi lengua, pero me negué a dejarla ir tan rápido. Preferí mirarlo, hacerle consciente de que conmigo las cosas tampoco eran tan fáciles.

—¿Y? —insistió, endureciendo su mirada.

Mmm…

—Bien, acepto el trato —jugueteé—. Sólo con una condición.

Movió los labios, muy divertido.

Volvíamos a jugar.

—¿Cuál, Srta. Swan? —Se puso serio, como si estuviéramos debatiendo un contrato por millones de dólares.

—Muchas veces dominaré yo, ¿de acuerdo? Digamos que… nuestra relación contractual será versátil, donde el poder no sólo recaiga en una parte de la balanza, ¿no cree? Las ganancias deben ser mutuas, y si bien sé que disfrutaré gracias a su creatividad, también sé que muero por dominarlo, Sr. Cullen, y no puedo aceptar un trato si parte de ello no será cumplido.

Edward me escuchaba hablar con los músculos tensados de excitación, con un fuego candente y explosivo a la espera de derramarlo sobre mí, quemándome de manera placentera.

Maldita, bestia, moría por explorar mi puta fantasía. No tenía límites y lo odiaba, porque me iba a volver loca de ganas.

—Está bien, Srta. Swan —respondió—, tenemos un trato.

Me tendió su mano y yo la miré un par de segundos mientras el corazón me bailaba en el pecho. Con una sola bocanada de aire tragada para no hiperventilar de emoción ante una aventura erótica sin precedentes, le estreché los dedos, intentando no derretirme ante la suave caricia que dejó en el dorso, invitándome sutilmente a jugar desde ahora en adelante.

—Trato —susurré.

Sonrió, prometiéndome un infierno en la tierra. ¿Desde cuándo infierno tenía un significado como el que Edward estaba dándole?

—Ahora creo que es prudente celebrar con este Chardonnay. —Tomó la botella con sus fuertes dedos, volviendo a llenar mi copa—. Salud.

—Salud —dije.

Chocamos nuestras copas y bebimos mirándonos a los ojos, ansiosos por aumentar nuestra libido hasta que ninguno pudiera escapar del otro.

La entrada estaba espectacular. Comer bajo la total contemplación mutua era una sensación que nunca creí sentir tan placentera, más cuando los sabores acompañaban con un sazón único.

—¿Te ha gustado? —me preguntó.

—¿Qué? —Estaba completamente hipnotizada cuando Edward decidió quitarse el saco, mostrándome una camisa pulcra de tonos claros. Por Dios, sus brazos se marcaban más de lo que podía aceptar para mi salud.

—La entrada —insistió con una sonrisa.

—Sí —dije de inmediato—. Ha sido fantástica.

—Excelente. Espero que te gusten las ostras.

Me mordí el labio, curiosa por conocer la manera en que él chupase la…

Me di aire con la servilleta, aprovechando que él estaba distraído con el garzón, que venía con el plato principal. Una vez que lo depositó sobre la mesa, extendiendo el aroma a mar fresco que expelía de estas, listas en sus conchas, me preparé para el festín, y no hablaba precisamente de comerlas aunque me encantaran, en realidad, quería verlo disfrutar del plato, muy sucia y acosadora. Edward no era un estúpido, sabía perfectamente lo que hacía porque ni se extrañó de que esperara su propio turno para comer.

Fue una mala idea porque me sentí humedecida en cuanto fui testigo de la manera en que amoldaba sus labios al producto marino, dejando caer la carne de la concha dentro de su boca, saboreando con sutileza, sin miedo a mostrarme el brillo que dejaba ésta en sus labios llenos.

Tuve que apretar las piernas, y con el movimiento, él volvió a ser testigo de mis tacones rojos, sus favoritos.

Su mirada volvió a reavivar la llama más intensa posible.

Tomé una ostra y me preparé para comer, siempre mirándonos a los ojos. Disfruté de la carne jugosa y de su sabor a mar inconfundible, masticando con mucho cuidado y luego tragando, ansiosa por la sal propia del océano y la exquisitez propia del producto. Comer se simplificaba a una rutina de todos los días, pero con Edward resultaba un panorama único que, de cierta manera, me estaba elevando al cielo estrellado de esta noche.

Él se limpió los labios, que cada vez que lamía sutilmente el líquido proveniente de la ostra, se le tornaban brillantes, similar a como se verían si esa boca juguetona se pusiera a escarbar en la anatomía femenina, específicamente la inferior.

Y justo tiene barba, la puta madre, pensé, distraída en mil escenarios posibles.

—¿Qué te han parecido? Me fascina su sabor —detalló, juntando sus manos bajo su quijada fuerte y masculina.

—Hace mucho tiempo no comía, ha sido increíble. También me encanta su sabor —respondí, maravillada con la manera en que todo me llevaba al placer gracias a él.

Edward miraba mis tacones de reojo y poco a poco se acomodaba en la silla, porque seguramente le estaba palpitando la entrepierna.

Sonreí, haciéndome la tonta.

—¿Más Chardonnay? —preguntó.

—Por favor. ¿Tú me acompañarás?

—En absoluto, debo llevarte sana y salva a casa… Y yo volver a la mía de la misma manera, ¿no crees?

Me mordí una uña, sabiendo cómo estaba jugando.

—Podríamos cerrar nuestro… negocio… en la mía —señalé.

Enarcó una ceja y se acarició la barbilla, muy interesado.

—¿Y cómo planea cerrar nuestro negocio, Srta. Swan?

—Todo contrato cerrado debe acompañarse con un buen café y quizá un postre, lo mejor es que sea en mi casa, no habrá ruidos ni nadie que pueda distraernos de… acordar correctamente nuestros beneficios.

Su mirada llameaba de manera irresoluta, era tan difícil de describir porque todo era sensaciones irreproducibles.

—Me parece prudente. —Sonrió—. Así se cierran mejor los tratos.

Me lamí el labio, sintiéndome en una poza de humedad que estaba volviéndome loca. Tuve que levantarme, ahogada en calor, casi hiperventilando de necesidad.

—Iré al baño —susurré, tomando mi bolso.

Me miró de pies a cabeza, haciendo que mis mejillas se volvieran aún más rojas de lo que estaban. Casi en una milésima de segundo, Edward apretó los labios y casi podía apostar a que estaba fantaseando en la manera de sacarme la ropa ahora mismo.

—Perfecto. —Carraspeó—. Pagaré e iré a que me preparen el coche. No te tardes, ya está perfecta de la manera en que la miro, Srta. Swan.

Sonreí y me puse un mechón de cabello detrás de la oreja.

Caminé hacia el baño, moviéndole el culo cubierto por mi falda de cuero. Vi de reojo cómo se acomodaba nuevamente, incómodo porque la erección se le estaba notando de una manera casi indecorosa.

Por poco me reí en su cara.

Cuando entré al baño me fui directo al lavamanos para mojarme el cuello, porque estaba a punto de combustionar de manera espontánea. Me miré al espejo y me vi con un brillo indescriptible, no me reconocía, más segura que nunca de mi potencial, mi belleza y sensualidad.

Me retoqué el labial y el perfume, dispuesta a darme una vuelta por la salida, ya que Edward debía estar esperándome en el coche.

—Hey —me llamó, tomándome el vientre desde atrás.

Di un grito y él rápidamente me giró para darme un beso hambriento que me robó el aire en un segundo.

—Iba a esperarte, actuando sin mi descaro de siempre, pero qué aburrido sería si limito las ganas que tengo de tocarte hasta llegar a nuestro lugar de reuniones —jadeó.

Sentía la dureza entre sus piernas, que chocaba sin miedo contra mi barriga.

Tirité de excitación.

—¿Qué planeas, sucio? —Me mordí el labio mientras sentía sus brazos a mi alrededor.

Me miró los tacones y luego subió por mis piernas desnudas, repasando la apretada falda de cuero y la malla negra que sólo cubría mi sujetador.

—Ni yo sé de qué soy capaz al ver cómo te ves hoy.

Me reí y le tomé la quijada con fuerza para volver a besarlo. Yo subí una pierna a su cadera, deseosa de sentirlo, y mi falda se subió hasta el inicio de mis muslos. Edward apretó la carne y hundió sus dedos sin reparos, envuelto en su ferocidad. Su barba me picaba en la cara, ligeramente áspera, intensa y maravillosa. Lo quería ahí abajo.

—Vendrá alguien —me reí cuando noté su mano curiosa por debajo, dispuesto a hurgar con entretención.

Cerré los ojos, dichosa ante la manera en que se iba abriendo paso en mi ingle.

—Shh —me instó a callar, juntando su frente con la mía.

Estábamos en el baño del restaurante, publicitándonos con descaro ante cualquier mujer que fuera a entrar. ¿Lo peor? Poco me importaba.

—Edward. —Reprimí un grito cuando sentía que hacía a un lado mi ropa interior, dispuesto a tocarme… ahí.

—Déjame comprobarlo —señaló, dando una caricia suave en la unión de mis labios—. Nadando para mí.

Me puse roja de deseo, sintiendo las descargas eléctricas de sus caricias.

Hundió un dedo y yo por poco grito ante la sorpresa, mientras que él parecía concentrado en sentir mi humedad.

—Perfecta —murmuró, rozándome los labios con los suyos.

En ese mismo segundo, no encontró nada mejor que sacar su mano y llevárselo a los labios.

Mis mejillas se incendiaron y mis ojos se volvieron llorosos de deseo.

Justo ahí y en medio de nuestros cuerpos enredados sin inhibición, una señora mayor se venía acercando por la entrada del baño. Al encontrarnos simplemente abrió los ojos con fuerza y se llevó una mano al pecho. Yo miré a Edward, que tenía el rostro lleno de mis besos y de mi labial desparramado. Y de mí ni hablar, que tenía media nalga ante sus ojos horrorizados debido a la falda subida.

Nosotros carraspeamos y nos separamos como si nada pasara. Edward me tomó la mano y entrelazó sus dedos con los míos, ruborizándome de forma extraña, y tiró de mí hacia la salida, pasando por el lado de la mujer, que estaba paralizada ante la imagen.

—Buenas noches, señora —le dijo Edward con una cortesía nada digna de lo que estuvimos haciendo.

Verlo de esa manera, aún manchado por mi labial, me hizo reír por lo bajo a carcajada limpia.

Nos fuimos caminando a la salida y yo le hice parar para limpiarlo, divertidísima. Él me miraba hacerlo y me ponía nerviosa hasta el punto en que por poco me hiperventilo.

—Cómo me gusta cuando te ríes —señaló, aún tomándome la mano.

Le guiñé un ojo y aproveché de arreglarle la camisa, que estaba muy revuelta por nuestras cochinadas.

—Iré a buscar el coche para que hablemos de nuestro contrato —jugueteó.

—Ve —le pedí mientras me mordía el labio—. Te esperaré aquí, en la entrada.

Me dio una mirada prometedora y se marchó hasta el estacionamiento. Mientras me encontraba a solas, miré mi teléfono para distraerme de los retorcijones deliciosos que sólo la ansiedad me provocaba, descubriendo cientos de mensajes de mis mejores amigas, con las que compartíamos un grupo sólo para hablar de estupideces. Estaba demás decir que ambas estaban preguntándome qué demonios pasaba con Edward, situación de la que yo no les había comentado nada.

Ups.

Justo cuando levanté la cabeza, vi que un hombre de mi edad estaba mirándome, medio apoyado en un mástil del restaurante. Parecía tantear la posibilidad de acercarse y, quizá, coquetear para pedir mi número, conocía esa manera de observar y contemplarme. En el instante en que parecía dispuesto a venir hacia mí, apareció Edward, captando por completo el plan del desconocido. Parecía un felino carnívoro, a punto de sacar sus inmensas garras y llevarme lejos, sólo para él.

—Ya está listo el coche —me dijo, tomándome desde la cintura y pegándome a él. Yo puse mis manos en su pecho, comprendiendo la manera en que me reclamaba como las bestias frente a otro.

Por poco pongo los ojos en blanco.

—¿Nos vamos?

Me reí, sintiendo la atención del desconocido.

—Claro —susurré, alocada por la Sexy Bestia.

Me tomó la barbilla y me besó sin tapujos, enrostrándole al tipo quién estaba conmigo ahora. ¿Lo mejor? Es que era yo quien había elegido precisamente estar con él, olvidándome de todos los demás, porque me volvía demente con Edward, maldición.

—Vamos —susurró, apretándome el trasero con fiereza.

Me estremecí.

Volvió a tomar mi mano y me llevó hacia su coche, no sin antes mirar al tipo y guiñarle un ojo mientras se saboreaba el labio inferior.

—Qué increíble. —Lo miré con fingido reproche.

—¿Qué?

—No soy propiedad privada de nadie —le susurré, tirando suavemente de su quijada.

—Lo sé, pero disfruto sabiendo que me deseas y yo a ti.

Me apoyé en su coche, sabiendo que tenía razón.

—Y enrostrarle a los buitres lo bien que podemos disfrutar es, sencillamente, sensacional, así como sé que ante la misma situación tú harías lo mismo, no me lo niegues.

Lo miré divertida, porque sí, haría exactamente lo mismo si cualquier mujer pusiera los ojos en esos tatuajes perversos y en sus ojos increíbles.

—¿Nos vamos?

Asentí y antes de subir le rocé la punta de mi tacón en la pierna, invitándolo a mi propio peligro. Él hizo el ademán de morderme los labios y me abrió la puerta.

.

Mi casa olía a mi perfume y a fresas, una constante que me indicaba "hogar". Le abrí la puerta a mi invitado y él dio un paso adelante.

—Siéntete como en casa. Puedes sacarte el saco… si quieres —señalé, nada tonta. Moría por verlo en camisa nuevamente.

—Gracias —respondió, abriéndose los botones.

Tragué.

—Siéntate y ponte cómodo. —Le mostré el sofá mientras yo me quitaba el abrigo, quedando sólo con la malla para él.

Edward tuvo que acomodarse la mandíbula, más excitado que antes, como si cada vez que miraba mi atuendo se desquiciase más. ¿Y cuál era el propósito de vestirme así? Claramente ese.

—¿Qué quieres para beber? —le pregunté—. Recuerda que te ofrecí un café para cerrar algunos… acuerdos.

Sonrió.

—¿Será demasiado si te pido algo más fuerte para terminar de hablar nuestros… asuntos? —inquirió.

—¿No planea manejar después, Sr. Cullen? —inquirí.

—Estoy pensando en pedir un lugar en su cama, ¿es demasiado?

Me sentí tambalear, pero demostré seriedad.

—Esos son los negocios que me gustan —señalé, dándome la vuelta para sonreír de manera pícara.

Era la primera vez que traía a otro hombre a mi casa desde que me divorcié y la primera vez que llevaría precisamente a ese otro hombre a mi cama. Y si bien ya me había acostado con un par luego de dejar a Jasper (malísimos en la cama), era Edward precisamente el que había llegado para romperme el esquema y traerlo a mi lugar más íntimo y seguro, porque de alguna forma confiaba en él de tal manera que le permitía un lugar en mi sitio más preciado: mi cama.

Tenía una botella de whisky que decidí compartir sin agregarle hielo. Yo me abstuve, no era buena con el alcohol y, tal como dijo Edward, compartir estos momentos sin mis cinco sentidos bien puestos era un total desperdicio de sensaciones y emociones.

Cuando regresé, noté que él estaba en su móvil, hablando con Sophie, la niñera. Estaba de perfil, con una mano en su bolsillo, dando un par de pasos, abstraído en la conversación. Le miré el culo un buen rato y luego caminé hacia él para dejarle el whisky sobre la mesa de café.

—Perfecto, entonces se han quedado dormidos… —decía, parando de hablar cuando me vio agachada frente a la mesa, mostrándole mi escote mientras depositaba el vaso.

Sus ojos se oscurecieron.

—Tengo que irme. Iré allá mañana a mitad de mañana. Cualquier cosa te comunicas conmigo. Buenas noches.

Cortó mientras me miraba, expectante.

—Su trago, Sr. Cullen.

Sonrió.

—Llamaba a la niñera, los niños están bien.

Me alivié de saberlo y en un segundo me enfoqué en mi lado de mujer, ansiosa por divertirme.

—Un padre preocupado, Sr. Cullen.

—Lo soy.

Tomó el vaso y notó el tipo de alcohol, por lo que sonrió, satisfecho.

—Hace un tiempo no bebía whisky seco.

—Pues salud.

Yo venía con otra copa de vino, pero un carmenere, mi favorito.

—Un gusto por los vinos, ¿no, Isabella?

Me senté frente a él, cruzando la pierna con el tacón a su merced. Edward tuvo que abrir las piernas para no apretarse la dureza. Aquello ya no cabía en sus pantalones.

—Sí, me inspiran. Cada vez que estoy escribiendo tengo una copa de vino o de té.

—¿Y por qué ahora no bebes un té? —inquirió, acercando su tronco al mío.

—Porque el vino me resulta más placentero para… hacer negocios… o hablar de contratos.

Miró por última vez los tacones y luego posó sus ojos verdes en mi rostro.

—Me gustaría que habláramos de esto en algún lugar más apropiado de tu casa. ¿Algún estudio o…?

Ya entendía. Por poco jadeé.

—Sí, sí, tengo un estudio donde… podemos hablar de algunas cosas importantes. —Carraspeé—. Ahí es donde escribo.

—Perfecto. Es mucho más serio que un sofá, ¿no cree?

Asentí con los labios entreabiertos.

Él se levantó y me tendió su mano.

—¿Vamos? —inquirió.

—Claro —respondí en un hilo de voz.

Tomé su mano y me aferré a ella para levantarme, no sin antes darle un trago a mi vino. Cuando estuve de pie, Edward me respiró en el rostro y yo sentí las piernas como dos malditos hilos. Tuve que recobrar la compostura y llevarlo hacia mi estudio, otro lugar sagrado, el templo de mi inspiración. Abrí la puerta y caminé hacia unas cuantas velas para encenderlas y dar un ambiente mucho más propicio.

—Tome asiento, Sr. Cullen. —Le mostré la silla frente a mi escritorio y yo me di la vuelta para sentarme en la mía.

—Un muy buen whisky —señaló, dándole vuelta al líquido de color ámbar.

Me di la vuelta en la silla giratoria para que siguiera viendo mis piernas y mis tacones. Estaba enloqueciendo a la bestia.

—Disfrútalo.

Se apoyó en el escritorio y miró a mi laptop por un rato.

—Entonces, nuestro trato está hecho, tú me has dado una prueba de que estamos en sincronía entregándome un cheque…

—Creo que sólo faltas tú demostrándome que estás dispuesto a cumplir tu trato —jugueteé.

—Por eso te he traído hasta tu propio estudio, donde te encargas de escribir y pronto lo harás con un bombero bastante… parecido mí.

Me terminé la copa mientras seguía mirándolo a los ojos.

—¿Entonces? ¿Cómo cerraremos?

Se levantó luego de beberse todo el whisky de golpe sin hacer gesto alguno. Caminó hacia mí a paso lento y yo lo esperé, mirándolo hacia arriba con ojos fingidamente inocentes. Tomó mi muñeca y tiró de ella para hacerme levantar. Una vez de pie y sin preámbulo, me besó de improviso, sacándome un suspiro. Yo me aferré a sus brazos y él aprovechó la instancia para subirme al escritorio.

—Se caerá mi…

—Descuida. —Me jadeó en la boca.

Sacó mi laptop del desastre que ocurriría en el escritorio, dejándome a la espera de sus caricias.

—Nada de qué preocuparse —señaló, volviéndose hacia mí.

Yo le tomé la quijada y le lamí los labios entreabiertos, dándole mi mensaje de necesidad. Él llevó sus manos a cada lado de mis caderas y buscó rápidamente el cierre de ésta, para luego tomarme entre sus brazos y sacármela de manera veloz.

—Me ha encantado tu falda. —Exhaló, muy excitado—. El cuero te queda fascinante.

Me apoyé con los codos en el escritorio, cerrando sutilmente mis piernas para ocultarle mi ropa interior.

—¿Lo malo? Hay que quitarla para saborear lo que se esconde tras ella.

No había color en sus ojos, ahora sólo estaban negros de pura y llana necesidad masculina.

—Y esa malla. —Hizo un sonido con su boca mientras se desabotonaba el pantalón, buscando liberar la erección quemante y dolorosa—. ¿Por qué siempre decides enloquecerme, Isabella?

—Porque puedo hacerlo y en cada oportunidad lo haré —susurré.

—Buena respuesta. Soy masoquista. Hazlo cuando quieras… y puedas.

Nos sonreímos.

—Pero debo quitártela —señaló, acercándose para sacarme la camiseta de malla.

Una vez que sólo quedé en ropa interior, Edward aprovechó la instancia para mirarme un rato, disfrutando de la imagen. En otra ocasión y ante cualquier otro hombre, aquello me produciría nerviosismo, pero ahora mismo disfrutaba de la manera en que él me contemplaba, me hacía sentir más hermosa y sensual de lo que ya sabía que era.

—Quítate la camisa —le pedí.

—Hazlo tú —instó.

Me mordí el labio y me reacomodé, sentándome en la orilla de mi propio escritorio para llevar mis manos a los botones de su camisa y abrirla poco a poco. Mientras liberaba su piel, Edward aprovechó de soltarse los pantalones y dejarlos caer, así como su ropa interior, que no tardó en quitarse. Mis mejillas se pusieron rojas en un segundo, adorando sus tatuajes y su cuerpo, que bien sabía las maravillas que me provocaba.

—Bella —jadeó al sentir mi mano alrededor de su miembro, apretando con sutileza.

Buscó mis labios, y mientras le daba placer, me besó, aprovechando la instancia para quitarme el sujetador. En un par de segundos ya tenía mis senos en su boca, devorándolos sin remordimiento. Todo en mí palpitaba de calor.

—Déjate caer hacia atrás —susurró con dificultad debido a mis caricias.

Asentí y lo hice, acostándome en el escritorio. Edward abrió mis piernas tomándolas de las rodillas y luego fue subiendo hacia mis muslos para enterrar sus dedos en mi piel.

—Llevo hambriento de este pequeño caramelo toda la maldita noche —gruñó, mirándome a los ojos.

Oh… ¿Iba a…? Maldición.

Hizo a un lado la ropa interior, acariciando la unión de los labios desde arriba hacia abajo, juntando mi humedad en un dedo. Yo me arqueé, deseosa de averiguar su habilidad con la lengua.

—¿Me das la libertad de jugar con él, Isabella? ¿Eh? —Me besó la ingle, rozándome la sensible piel con la barba.

Yo no podía responder, estaba demasiado excitada para formular un maldito "" coherente. Y vaya que quería gritarle que sí lo hiciera.

—¿Y? —Subió sus besos por mi vientre y luego saltó hasta mi boca, tomándome la barbilla con fuerza mientras me miraba a los ojos.

Asentí, desesperada porque lo hiciera.

—Perfecto —señaló, sacándome la tanga con lentitud.

Me dio un último beso y entonces se dirigió a mi intimidad. En cuanto se enfrentó a ella se mordió el labio, deseoso de disfrutarla. Yo tiritaba de ansiedad, esperándole. Pero antes de siquiera atreverse, tomó una pierna y miró los tacones, excitado hasta los huesos.

—Haz elegido unos increíbles —susurró—. Sabías perfectamente que me gustan.

—Por eso los usé hoy.

Me guiñó un ojo y tomó el tacón, besándolo con suavidad hasta subir por la piel de mis tobillos y pantorrillas.

—¿Te molesta si te cojo con ellos? —jadeó.

Negué y sonrió.

Tomó cada tacón desde la zona fina y los depositó en sus hombros, tal como me había dicho, prefiriendo siempre aquella pieza a cada lado de su cuello. Lamió mis muslos y luego recorrió el camino hasta mi ingle, repitiendo sus caricias mientras me miraba a los ojos. Cuando llegó a mi intimidad jadeó, dándome la calidez de su aliento, que sentí sin inhibición. Yo lo miraba con los ojos llorosos de ansiedad y él sabía perfectamente lo que estaba a punto de hacerme, hambriento y sediento de ello. Edward cerró los ojos un momento, oliéndome y sonriendo de lascivia.

Iba a volverme loca.

—No te muevas —me ordenó, apretando mis tacones para que me mantuviera en la misma posición.

—Edward —supliqué.

—Shh… —Me calló.

Cerré los ojos cuando sentí un mordisco en mi monte y luego un suave toque de su barba. Quería cerrar las piernas para calmar el calor, pero no podía porque él me lo impedía con su fuerte agarre. Casi cuando perdía el sentido de la paciencia, Edward lamió desde el inicio hasta el final, sacándome un gemido fuerte.

Lo sentí reír.

—Más —supliqué.

Edward fue marcando el espacio con su lengua, sin entrar aún entre mis labios. Humedeció cada rincón externo, manteniéndose con una lentitud que me estaba enloqueciendo. Quería arquearme, pero no podía, él me hacía su presa entre sus brazos y moverme era un suplicio.

—Edward —gimoteé.

—Mírame a los ojos y haré lo que tú me pidas —dijo con fuerza.

Los abrí y me recargué con los hombros en el escritorio, conectándome con su atención verde esmeralda.

—Así me gusta. Mira todo lo que haré.

—Entra. Quiero sentir tu lengua ahí.

Sonrió con malicia y se escondió entre mis piernas sin dejar de mirarme. Abrió mis labios y exhaló un aire helado, sacándome un escalofrío. Vi su lengua haciendo contacto con mi clítoris y yo enterré las uñas en la madera, gimiendo con fuerza. Su barba rozaba mi piel sensible, manteniendo otra sensación bestial que se mezclaba con la forma en que su boca se llevaba ese manojo de nervios para provocarme placer. Sentía su lengua haciendo círculos y luego un zigzag magnífico en toda la maldita extensión. Cuando comenzó a succionar perdí el sentido de mi realidad y por poco pongo los ojos en blanco, elevada hasta el mismo cielo y luego bajando al infierno debido al inmenso calor que me estaba provocando.

—Ve más rápido —le supliqué entre gemidos audibles.

De seguro esto lo podían escuchar en toda la cuadra y me importaba un carajo, estaba maravillada.

—Qué deliciosa eres —murmuró, separándose un poco para llevar sus dedos a mi sexo.

Sus labios brillaban por mi humedad.

—Vuelve ahí. —Me mordí el labio.

—Ni lo dudes. —Se lamió la comisura y hundió la cabeza entre mis piernas.

Estaba a punto de correrme y él no tuvo reparos en acrecentar esa extensa sensación hasta que explotó, haciéndome gritar y buscar sus cabellos para hundir aún más su cabeza en mi intimidad. Eran tantas las sensaciones que me sentí a punto de llorar de placer, intensificado por esa barba maravillosa que me rozaba sin temor. Yo tenía la respiración agitada y miraba hacia el techo, ambientada en una paz que sólo un buen orgasmo podía provocar. Edward se fue alejando dando suaves besos, que rápidamente se sumaron a mis senos y a mi cuello, culminando en mis labios, que lo recibieron con intensidad.

No era suficiente. Quería sentirlo en mi interior.

—Tienes una lengua muy habilosa —jadeé.

Mi cuerpo volvía a reaccionar debido a la mezcla de su cuerpo caliente, al deseo por poder compartir la misma sensación o bien porque me estaba dando una probada de mi propio sabor.

—Puedo hacer más cosas —me susurró, tirando de mi barbilla para tenerme a su merced.

—Quiero descubrirlas todas.

—¿Ahora?

Me reí.

—Ahora te quiero dentro de mí.

Su respiración se volvió jadeante, necesitando de mí.

—Sabes cómo —añadí.

Con nuestras miradas encontradas, Edward tomó mis piernas y las subió a sus hombros con cuidado, tal como me había dicho que le gustaba.

—Estos tacones suplicaban estar aquí —dijo mientras me acariciaba las pantorrillas.

Me mordí una uña mientras sonreía, a la espera de verlo penetrarme. Edward se movió como una bestia mitológica, sabiendo su poder, marcada por símbolos en su piel, mostrándome su mirada poderosa y su poder abrasante. Sentí su miembro entrando y yo por poco cierro los ojos, maravillada por los centímetros que iban llenándome. En un momento, y con esa identidad imposible de separar de él, se hundió con fuerza, sacándome un grito inmenso de dolor y de intenso placer. Comenzó a moverse, impulsado por una fuerza en vaivén, cambiando desde lo frenético a la calma, saliendo y volviendo a entrar, una y otra vez. Yo me chupé un dedo a falta de otra cosa y Edward se excitó mucho más, su manera de mirarme estaba concentrada en darme placer y en hacerme gritar de mil maneras.

De pronto, escuché un chasquido que llamó mi atención en medio de mi obnubilación provocada por el deseo. Edward también lo había escuchado.

—¿Qué es? —pregunté con dificultad.

Él respiraba de manera pesada y simplemente negó para seguir moviéndose con la misma intensidad.

Justo ahí sentí que mi escritorio estaba cediendo bajo mi espalda.

Abrí los ojos de sopetón y me abracé a Edward, temerosa de caerme.

—¡Hey!

—¡Se ha roto el escritorio! —exclamé, todavía abrazada a su cuello.

La madera estaba aflojando debido al peso del cuerpo de Edward.

—Tranquila. —Se rio, muy jadeante—. Yo te tengo —susurró en mi oído.

Me tomó desde el culo y yo me abracé a su cintura con mis piernas a su alrededor. Todavía estaba en mi interior.

—Vas a tener que arreglar eso, Edward Cullen —dije mientras lo besaba con desesperación.

Él me estaba llevando entre sus brazos.

—Lo haré, descuida. —Se volvió a reír, acariciándome las nalgas sin pudor.

Yo cerré los ojos y me dejé llevar, olvidándome de mi maldito escritorio por al menos esta noche.

—Mi habitación queda en el fondo —murmuré frente a sus labios.

Sonrió.

—Perfecto.

Lo único que sentí fue el colchón y los edredones en mi espalda porque tenía los ojos cerrados debido al placer. Edward me besaba, preso de las mismas sensaciones, aprisionándome entre la cama y su cuerpo grande y fuerte.

—Creo que cerrar el contrato sobre tu lugar de trabajo fue mala idea —dijo.

Nos reímos entre besos.

—Tendrás que arreglarlo tú —medio gemí.

Edward se estaba volviendo a mover con fuerza.

—Ah, ¿sí?

Me agarré de las sábanas, tirando con fuerza para poder volver a la realidad de la que tanto desaparecía cuando Edward y yo cogíamos.

—Y que sea sin camisa. Quiero verte arreglar mi escritorio desnudo —gemí, tocando su pecho tatuado con deseo.

Edward me quitó los tacones con lentitud y luego me besó las piernas mientras me miraba a los ojos.

Él estaba arrodillado en la cama, tomando mis piernas para posarlas sobre su cuerpo de tal manera que gran parte de su masculinidad entraba en mí, provocándome bocanadas de dolor y de un placer indescriptible.

—Creo que puedo agregar eso a la lista de cosas que haré por ti —susurró—. Quizá hasta te sirva de inspiración.

Carcajeé y lo tomé del cuello para que me besara. Él se acercó y siguió embistiéndome, llevándome a la locura en un segundo.

Me sentí al borde del éxtasis.

—Voy a correrme —me susurró al oído, sudando.

—Hazlo —supliqué.

Ya podía saborear otra oleada llena de calor… Hasta que explotó, llenándome de él en el vientre, segundos antes de que yo también arrancara en un umbral indescriptible y maravilloso.

Edward respiraba de manera pesada y finalmente se sujetó de la cama para no dejar caer su peso sobre mi cuerpo, haciéndose a un lado para mirarme mientras calmaba el ritmo de su pecho y se quitaba el cabello sudoroso de la frente. Yo me giré hacia su lado y me llené de valor para acercarme a su pecho, deseosa de seguir besándolo.

Se supone que ya se terminó la acción, ¿por qué tengo tanta necesidad por seguir pegada a él?, pensé.

Tan adictivo…

—Un buen cierre de contrato —susurré.

Me limpió con lo primero que encontró y me subió a su cuerpo de manera rápida. Yo me acomodé en su pecho y en su abdomen, que se sentía siempre duro y fuerte.

—Así se hacen los buenos negocios, Bella.

Me reí y jugué con mis dedos en su piel tatuada, mirando de manera atenta el primero, que era el del cuello. Debió doler muchísimo, porque tenía cientos de detalles ínfimos que lo hacían muy realista.

—Es una cobra africana —me dijo—. La Mamba Negra.

La acaricié con cuidado, parando en su manzana de Adán, súbitamente emocionada por la barba de unos cuantos días.

—Es increíble.

—Y venenosa. —Me guiñó un ojo.

Me mordí el labio y acosté suavemente mi cabeza en su pectoral mientras seguía acariciando el dibujo. No sabía si estaba bien mi accionar, a Edward no le molestaba y, la verdad, parecía muy cómodo con mis caricias, pero… yo no quería ilusionar ningún grado de mí, ya no podía, además… Edward no parecía el tipo de hombre que buscara crear ensueños con las mujeres.

Suspiré, incapaz de separarme.

—¿Dolió mucho?

—No te mentiré, sí dolió, pero fue soportable.

—¿Por qué una cobra tan venenosa? —Sonreí.

—Porque fue el animal que más me gustó cuando visité África.

Levanté las cejas.

—¿Sudáfrica?

Negó.

—Fue en zona de guerra, demasiada historia ahí. —Se encogió de hombros.

¿Por qué Edward habría ido a una zona de guerra?

—¿Con Agatha? —inquirí, muy extrañada.

Volvió a negar.

—Fue antes que naciera.

No parecía un recuerdo memorable.

Fui bajando, contemplando cada uno de sus tatuajes con total admiración.

—¿Y este? —Le indiqué el que estaba en su clavícula. Era una enredadera muy poco común.

—Es la flor de jade. Vive en Filipinas.

Sonreí.

—¿Qué?

—Eres muy poco común.

—¿Es un cumplido?

—¿Qué crees?

—No me contestes con más preguntas.

Nos reímos y finalmente acabamos mirándonos a los ojos.

No me había dado cuenta que Edward me tenía abrazada desde la nuca, sosteniéndome mientras yo permanecía sobre su cuerpo, mirando sus tatuajes con adoración.

—La polinizan los murciélagos. Lamentablemente está en peligro de extinción —señaló—. Verla en la montaña fue fantástico.

Me mordí el labio mientras seguía riéndome.

—¿Qué? —inquirió, sonriendo de oreja a oreja.

—Sí que eres bien raro. ¿La polinizan los murciélagos? ¿No las abejas?

Carcajeó y de improviso me acarició la mejilla, lo que me sonrojó.

Pero, ¿qué mierda, Bella? ¿Sonrojarte? ¿En serio? ¿Después de que ese hombre tenía la lengua entre tus piernas?, pensé.

—La verdad es que sí, me gustan las cosas y las personas poco comunes.

Me miró.

—Como tú.

Estaba volviéndome más roja. Carajo.

—¿Y este? —inquirí, intentando cambiar de tema—. Es muy bonito. Es egipcio, ¿no?

Era una mujer con alas, marcada por un ojo inmenso sobre su cabeza. Era increíble, muy grande y colorido. Estaba en su pectoral, abarcando la atención de mis ojos, opacando a los que le rodeaban.

—Isis —me respondió—. La diosa madre. En Egipto, toda la cultura que le rodea es fantástica.

—Imagino lo mucho que te gustó para hacerte algo como esto.

—Pues sí, la verdad es que me gustó mucho. Tengo otros dos que son asociados a mi paso por ese lugar, pero no es tan importante como este. Supongo que su representación me generó muchas emociones.

Me apoyé en su pecho, sintiendo el peso de mis ojos.

—Quiero seguir averiguando de ellos —susurré.

—Podría contártelos todos si quieres.

Sonreí.

—Me encantaría.

De pronto me quedó mirando y yo me reincorporé un poco para saber qué pasaba por su cabeza.

—Lo del contrato… Imagino que sabes que trata de un juego, ¿no?

Me reí y jugué con sus labios.

—Claro que sí. Qué aburrido sería armar un contrato de verdad para algo tan divertido, aunque claro, supongo que eso de darnos beneficios mutuos sigue están en pie, ¿no es así?

Me besó.

—¿Lo dudas? No me perdería la oportunidad de darte un poco de inspiración —jugueteó.

—Perfecto —ronroneé—. Entonces estamos en sincronía. Divertirnos sin miedo, sin compromisos y sin involucrar a nadie más que a nosotros mismos.

Asintió, con los ojos un poco opacados por algo que no comprendí.

—Es la misma idea que tenía en mente.

Me mordí el labio inferior y me dejé caer a su lado, dispuesta a conciliar el sueño luego de esta increíble noche.

—Esto es sólo el comienzo —señaló, dándome un último beso.

Me sujeté la cabeza con la mano, mostrándome las curvas de mi silueta.

—Qué increíble comienzo, la verdad.

Se rio y me besó el cuello.

—Tú lo has dicho.

Él se acomodó y yo me quedé mirando sus expresiones antes de dormir. No había nada de malo en perderse en el encanto de Edward Cullen por algunos momentos, ¿no? ¿Qué podía salir mal?

.

Desperté con una respiración en mi cara. Cuando abrí los ojos me di cuenta que se trataba de Edward, que entre sueños debió acercarse a mí.

Mi sonrisa fue automática.

Me deshice de mi propio cabello para mirarlo mejor y caí en cuenta que nunca lo había visto durmiendo. Se veía como un chico bueno, muy guapo, con sus mejillas levemente enrojecidas debido al calor que compartíamos y las pestañas curvas, como un príncipe. Claro que si miraba hacia abajo y veía sus tatuajes, la imagen cambiaba rápidamente, en especial si recordaba lo que hicimos anoche.

¿Hace cuánto no despertaba con un hombre a mi lado? Y qué hombre. Se sentía diferente, porque Edward lo era en toda la extensión de la palabra, y en eso también debía tener especial cuidado.

Miré hacia la mesa de noche, buscando mi móvil para ver la hora. Cuando me di cuenta que ya pasaba de las once, me levanté de forma brusca, despertando a un adormilado y cariñoso Edward de mañana.

—Hey, ¿ya despierta? —inquirió, besándome el hombro con esa barba que le había vuelto a crecer. Estaba más áspera y adictiva que antes.

Por poco me dejo caer en las llamas del infierno y entre risas me giré para mirarlo de más cerca.

—Ya son las once de la mañana —le conté, encarcelando cada lado de su cabeza con mis manos.

Él me miró, desnuda aún, y enseguida levantó las cejas, sorprendido entre mis movimientos y la hora.

—Diablos, Sophie debe estar esperándome en casa con los niños —respondió, poniendo sus manos en mi espalda baja.

—Nuevamente me siento una pésima madre.

Nuestras narices ya se habían juntado, rozándose frente a la necesidad. Y es que, maldición, recién despertaba y ya me tenía con la cabeza en las nubes.

Edward era un peligro público.

—Y yo un pésimo padre —me siguió el juego, mirándome los labios, dispuesto a besarme.

—¿Será muy malo si los hacemos esperar un poco? Sophie sabrá cuidarlos bien —ronroneé, rozándome la piel con su barba.

Ay, cómo me gustaba.

—Son niños —jadeó—, ellos sabrán divertirse mientras esperan que sus padres vivan de la diversión.

—Mmm… Diversión.

Nos besamos de manera acalorada en medio de mis sábanas, todavía desnudos. O bueno, ambos nos habíamos puesto nuestras ropas interiores, pero bien sabía que abajo ya se estaba levantando algo bien duro y grandote, tal como él.

Ya había cerrado los ojos cuando el karma de malos padres nos llegó en la cara. Sophie estaba tocando el timbre con los gritos de becerro de Agatha y Fred detrás de la puerta.

—¡Mami! ¡Quiero hacer pipí y Sophie necesita ir a su clase de cocina! —exclamaba mi pequeño.

Los dos nos miramos con los ojos bien abiertos, aún besándonos, sin poder separarnos.

Mierda. Estaban aquí.

Tuve que hacer de tripas corazón y apoyarme en su pecho para alejarme. Abrí los edredones y salí tambaleando de mi cama, buscando de manera desesperada algo de ropa para ponerme frente a la inocencia de los pequeños. Edward me siguió, corriendo entre los pasillos mientras buscaba su ropa. Cuando ya la encontró, se vino en un pie, medio brincando mientras metía una de sus piernas en el pantalón.

—¿Estás lista? —me preguntó, mirándome sin ocultar nuevamente el deseo animal que nos nublaba incluso en los peores momentos.

—Sí —jadeé mientras me intentaba peinar.

Mi tenida era una oda al desorden, pero qué carajos importaba, teníamos que pensar en qué decirle a los niños. Si había algo importante en esto era que ellos jamás iban a enterarse en qué andaban sus padres.

Edward se cerró la camisa, abotonándose muy mal debido a la desesperación por abrirles a los pequeños, que no dejaban de berrear detrás de la puerta.

—¡Voy! —exclamé, cerrándome un suéter mientras miraba al cobrizo de reojo, que intentaba peinarse el desordenado cabello con los dedos.

En cuanto abrí la puerta, me encontré con los niños muy bien peinados (Agatha dentro de lo que se podía, la verdad). Sophie estaba detrás de ellos, mirando su reloj de muñeca, algo nerviosa.

—¡Señorita! —exclamó ella, sonriendo con alivio.

Me llevé una mano al pecho, muy agitada y culpable.

—¡Lo siento! Me había… demorado… porque…

—Hola, Sophie —dijo Edward detrás de mí con la respiración agitada.

La niñera levantó las cejas y enseguida sonrió, comprendiendo qué había pasado.

—¿Papá? —inquirió Agatha, algo extrañada de verlo en mi casa—. Habías dicho que irías a trabajar.

—¡Mami, iré a hacer pipí! —gritó Fred, entrando como una bala a la casa.

Oh mierda.

Corrí tras él para alcanzarlo. Siempre se equivocaba de puerta y entraba a mi estudio, y hoy justamente no podía dar un paso más allá.

—¡Yo te llevo! —exclamé, tomándolo de la espalda y metiéndolo rápidamente hasta la puerta correcta.

Todos nos miraban y Edward intentaba no reírse.

—Me vine luego del trabajo. —Él carraspeó, mirando a su hija, intentando verse serio.

—¿Con esa ropa, papi?

Edward tragó y se tocó la barbilla durante unos segundos.

—Sí, sí, ¿por qué no saludas a Bella? —Intentó distraerla mientras él y yo nos mirábamos, sin saber qué más decir.

Agatha sonrió de inmediato y corrió hacia mis brazos, a lo cual respondí con efusividad, adorando sus brazos alrededor de mi cuello.

—Creo que tengo que irme. Espero hayan tenido una buena noch… Una buena mañana —se corrigió, sacudiendo su mano con picardía—. Recuerde que los niños irán a donde les prometió antes de salir de casa, ya están bastante entusiasmados.

Edward abrió los ojos como dos gigantes linternas verdes y entonces se pasó una mano por la frente.

—Gracias, Sophie, lo había olvidado.

Miré sin entender y en ese instante Fred salió del baño.

—Papá, nos lo prometiste —insistió Agatha, mirando a su amigo.

—¿Qué les prometiste? —le pregunté.

Sophie se marchó, dejándome con la incógnita y yo me crucé de brazos, esperando a lo que tuviera que decir Edward Cullen.

—¿Recuerdas cuando te comenté que llevaría a Fred a un lugar especial en el que se encuentran más niños? —inquirió, acercándose a su hija para tomarla entre sus brazos.

—¡Papá nos llevará ahora! —vociferó Agatha, medio brincando sobre Edward.

—¿Ahora?

—¿Puedo ir, mami?

—Bella irá con nosotros… ¿O tienes algo que hacer? Siento no habértelo dicho, lo olvidé por completo y nos estarán esperando en dos horas…

—Iré con ustedes. —Miré a Edward con seriedad y luego sonreí—. Muero por saber de qué se trata.

La Sexy Bestia me dio una miradita prometedora y yo me sentí en el aire… otra vez.

—Iré a darme una ducha —me comentó—. ¿Te molesta si…?

—Para nada. Me quedaré con ellos.

—Genial.

Dejé que los niños se fueran hacia adelante para jugar con los libros nuevos de Fred mientras yo encaminaba a Edward a la puerta.

—Lamento no habértelo dicho. Perdí el sentido cuando llevabas esa falda y esos tacones.

—Te castigaría, pero terminaría cediendo de todas formas.

Me dio un beso rápido y yo me reí como las bobas, viéndolo partir con esa espalda ancha y ese culo magnífico.

Suspiré y me di la vuelta para ducharme yo también.

.

—Ya llegamos —dijo Edward luego de estacionar.

Yo miré por el espejo retrovisor, muy risueña debido al entusiasmo de los niños.

—Es como si fueran a un circo o parque de diversiones —comenté, quitándome el cinturón.

—Créeme que es como eso.

¿En dónde estábamos?

Cuando salí del coche me quedé mirando la fachada del lugar. Era un teatro y se notaba desde lejos. Tenía muchos colores y gritaba "arte" por todos lados. En la pantalla de los acontecimientos de hoy, salía en letras blancas el anuncio de un taller para niños felices, el que se dictaría en 5 minutos.

¿De eso se trataba?

—¡Vamos a conocerlo! ¡Es grandioso por dentro! —gritó Agatha, tomando a mi hijo de la mano para llevarlo hacia adelante.

—Uau, qué entusiasmo.

Edward puso su mano en mi espalda baja, instándome a continuar.

—Te gustará —me susurró, muy cerca.

—Confío en ti, sé que quieres lo mejor para Fred.

—Y para ti —añadió.

Iba a sonrojarme así que caminé, no queriendo que me viera.

Dentro era todo completamente increíble. ¡Gritaba teatro, psicodelia e infantilismo excitante! Era un teatro poco común, con piezas de arte colgadas por todos lados, piezas increíbles que debían provenir de algún taller de manualidades o algo por el estilo.

—Lo dictan en las tardes —me contó.

—¿Cómo lo sabes? —inquirí.

No me contestó.

Edward se metió tras un arco de globos, chocando sin remedio entre ellos. Yo me reí y corrí tras él, traspasando un verdadero mundo hacia Narnia… o algo similar. Tras aquel arco había una sala inmensa con juegos, disfraces y más, lugar en el que ya se encontraban algunos niños con sus madres, padres o quien fuera, esperando para despedirse y dejarlos en su taller de niños felices. Me conmoví de ver que, de entre todos, habían pequeños con Síndrome de Down, niños con prótesis de miembros o bien retoños en sillas de rueda, bastones o lentes, limitados en alguna función de sus sentidos. Era un ambiente francamente especial, diverso y maravilloso. Todo con colores, con animales, dibujos, pintura, entretención… ¡Me habría encantado venir a un lugar como este de niña!

—¡Edward! —exclamó una mujer desde detrás de nosotros.

Nos giramos para mirar de quién se trataba y yo me sorprendí. Debía tener unos cincuenta y algo más. Tenía el cabello idéntico al color de Edward y sus ojos eran los mismos, salvo que ella guardaba una femineidad desbordante. Era hermosísima. Vestía muchos colores sobre un suéter largo de lana, con florecillas chillonas junto a unos pantalones del mismo estilo.

—Oh, vienes con alguien. No me habías dicho, cariño.

Su voz era suave y especial. Me sentí muy atraída a aquel cantico natural y dulce.

Se acercó a mí y me dio un abrazo y un beso en la mejilla.

—Bella, te presento a mi mamá —me dijo él, mirándola con mucho cariño, respeto y admiración.

Levanté las cejas.

—O Esme Cullen, como quieras llamarme. —Se rio ella, elevando unos lindos pómulos rosados.

No podía creerlo. ¿Su madre? ¿Qué hacía ella aquí? ¿Venía a ver a su nieta?

—En realidad, no me digas señora ni nada por el estilo, aún soy muy joven. —Volvió a reírse mientras me tomaba la muñeca con dulzura.

Me cayó bien enseguida.

—A propósito, ¿quién es la señorita?

Esme miró a su hijo con una sonrisa muy pícara y yo estuve al borde de ponerme roja como tomate. Ya quizá se estaba imaginando cosas que no eran.

—Ella es Isabella Swan. —Edward me miró y entonces sonrió—. Mi…

—Amiga —respondí por él.

Él asintió.

Esme levantó las cejas y vi un poco de decepción en su mirada. Me pregunté por qué.

De pronto, alguien me dio un grito por la espalda y al girarme de horror vi que se trataba de un hombre muy parecido a Edward, pero con unos años más de diferencia. Llevaba una nariz de payaso y sonreía de forma amistosa.

—¡Me ha asustado! —exclamé, llevándome una mano al pecho.

—Papá —lo regañó Edward mientras él se quitaba la nariz y se agachaba como los caballeros en la antigüedad.

—No seas así con la amiga de nuestro pequeño, Carlisle —dijo Esme, mirando a su hijo con amor.

¿Nuestro pequeño? Bueno, su pequeño medía casi metro noventa y era fuerte como una roca.

—Carlisle Cullen, a su servicio. —Sonrió.

Vaya, era tan guapo como su hijo.

Estaba noqueada. Él se veía muy divertido, al igual que su esposa. ¿Quién de pronto aparece con una nariz de payaso?

—Bonita amiga, ¿eh? —exclamó Carlisle, palpando a su hijo en el hombro.

Vi como le guiñó un ojo, intentando pasar desapercibido para mí.

Edward carraspeó.

—Vine con Bella porque… nuestros hijos son amigos —dijo Edward, obviando todo lo demás.

Quise reírme por lo bajo.

—¡Y han venido a nuestro taller!

¿Su taller? ¿Así que ellos eran los dueños de semejante lugar? ¡Oh por Dios!

Justo en aquel instante, Fred y Agatha se acercaron corriendo hacia nosotros. Cuando la pequeña vio a sus abuelos, se abalanzó contra ellos y Carlisle la tomó entre sus brazos con un cariño desbordante, mientras Esme le daba besos en las mejillas.

Amaban a Agatha sin espacio a la duda.

—¿Y este pequeño guapo es tu hijo, Bella? —preguntó la mujer, agachándose un poco para saludar.

—Ellos son los abuelitos de Agatha. Diles hola —le insté, sabiendo lo tímido que era.

Carlisle dejó a su nieta en el suelo y de inmediato se acercó a mi hijo, poniéndose la nariz de payaso. Fred amaba a los payasos.

—¡Hola, amigo mío! —Carlisle elevó su voz de manera divertida y le tendió su mano.

Fred se puso a reír y de inmediato se la tomó, rompiendo la barrera del primer encuentro. Edward y yo nos miramos, bastante sorprendidos, pero en él también aguardaba un rastro de orgullo, no supe si por su padre o por mi hijo, lo que de verdad me conmovía, porque en realidad él parecía feliz de que mi pequeño pudiera adaptarse a un ambiente que pudiera servirle a futuro, algo que ni siquiera su propio padre había hecho en algún minuto de su vida.

—No puedo creer que tengan un lugar como este, es fantástico —exclamé, llevándome las manos al pecho.

—¡Nos encanta! —me contó Esme mientras hacía bailar a Agatha, que se escondía entre su suéter de colores.

—Tus colores son graciosos —le conversó mi hijo.

—Fred, no digas eso —le susurré.

—Descuida, la idea es que los niños encuentren los colores graciosos. ¿Así que te gustan mis colores? —Se agachó frente a Fred—. ¿Te gustaría vestir colores?

—¡Sí! —respondió mi hijo—. ¿Puedo, mami?

Me sentí tan contenta de su propia felicidad, como si los abuelos de Agatha le provocaran las mismas sensaciones a mi hijo. Parecía ser cuestión de familia.

—¡Genial! —vociferó Carlisle—. Manos en acción.

Él se subió las mangas de su camisa y yo por poco me quedé boquiabierta. ¡Tenía tatuajes! Cuando estaba intentando sobreponerme al leve impacto, Esme se quitó el suéter, mostrándome también sus brazos con unos cuantos tatuajes.

No podía creerlo. La oveja negra nunca fue Edward, sino Alice Cullen, que no se parecía en nada a ninguno de ellos. Dios, los prejuicios eran inmensos.

—Si quieren pueden quedarse —me instó Esme.

—No, descuide, confío en ustedes.

Ella sonrió y miró a su hijo con amor.

—Es un especial, ¿no?

Parecía que sabía lo mucho que Edward quería a mi pequeño.

—Sí, un prematuro increíble que tiene una bolsita en el vientre. Lo han molestado mucho —le conté.

—Lo sé —respondió ella, mirando cómo Carlisle les tomaba las manos a los niños para instarlos a unirse a los demás, que ya esperaban poder comenzar con el taller.

—¿Cómo lo sabe? —pregunté.

¿Edward le había contado?

—Agatha nos lo dijo. Ella nos cuenta todo, nos tiene mucha confianza y, bueno, siempre hablaba de su mejor amigo, a quien adora. —Sonrió—. Nos narró todo lo que ha tenido que defenderlo, así que me imagino por qué lo han traído.

—En realidad, mamá, mi idea es hacerle creer que es un niño inmensamente increíble. Sé que Bella lo ha intentado, pero es momento de dar un mejor paso y sé que ustedes tienen un mundo de maravilla que le enseñará que en esta sociedad no todos son malos.

Mientras Edward hablaba, yo me sentía perdida por sus palabras. Se preocupaba tanto por él.

—Has elegido el mejor camino, y Bella, aquí tu hijo se divertirá. —Ella aplaudió y los niños se comenzaron a acercar en la medida que les era posible—. ¡Comenzaremos a jugar! ¡Elijan un disfraz!

—Gracias, Edward —le susurré.

—De nada. —Me guiñó ese coqueto ojo y se cruzó de brazos mientras me veía sonrojar.

—¡Mami! ¡Agatha irá con sus abuelitos al cine esta noche! ¿Puedo ir? —me preguntó Fred, alegre hasta los huesos.

Los miré a todos, algo insegura de decir que sí.

—P-pero, ¿cómo te llevarán a casa? Será tarde, cariño…

—Descuida, podemos dejarlo en cuanto salgamos del cine.

—O bien quedarse con ustedes —me instó Edward, mirándome de manera prometedora.

¿Qué tenía en mente esta Sexy Bestia?

—No lo sé —susurré, mordiéndome el labio.

—Si te quedas más tranquila, iremos a dejar a tu pequeño muy temprano en la mañana. ¡Promesa de nosotros!

Respiré hondo y asentí. Quizá sería buena idea que los niños siguieran disfrutando juntos. Además, los padres de Edward parecían personas adorables.

Luego de despedirnos, el rudo tatuado me llevó a su coche. Cuando iba a abrirme la puerta, bloqueó la entrada con una sonrisilla suficiente. Enarqué una ceja, esperando a lo que tuviera que decirme.

—¿Qué tal?

Me reí.

—Ha sido fantástico. Ellos son fantásticos, en realidad. Tus padres son… como tú.

—No soy tan alegre, pero definitivamente aprendí mucho de ellos. Fue una infancia sensacional.

—Ni me lo digas.

—Y les has caído muy bien.

—¿Quién no? —le pregunté para molestarlo.

Negó con una sonrisa.

—Quién iba a decir que la oveja negra era tu hermana.

Hizo una mueca.

—Bueno, sí, Alice es totalmente diferente, por eso se fijó en ese idiota de Jasper.

—El amor es un mal consejero.

Suspiró y me miró a los ojos.

—Lo es —respondió.

Me instó a entrar, no sin antes darme una exhalación cerca del cuello. Tuve que aguantarme para no darme la vuelta y acorralarlo contra su propio coche.

—¿Qué son? Les encantan los niños.

—Ambos son maestros de primaria, aunque luego se hicieron actores y abrieron este teatro. El taller ha sido un éxito.

—Tus padres son sensacionales —le dije, pensando en los abuelos que tenía Fred de parte de Jasper, dos personas frías y desapegadas.

No debía pensar así, pero me habría gustado que al menos sus abuelos fueran un poco como lo eran Esme y Carlisle Cullen.

—Y, aprovechando que los niños estarán con mis padres, ¿qué te parece si te cuento qué sucederá esta noche?

Me miró a los ojos y yo sentí cosquillas en todo mi cuerpo.

—¿Qué tienes en mente?

—Nada sucio. —Se rio—. Pero… puede serlo más tarde.

Entrecerré mi mirada.

—Mis amigos y yo estarán en mi casa esta noche, habrá una fiesta simple, cerveza, charla y las bromas de Emmett, por supuesto, ¿qué me dices?

Me sorprendí. No creí que me invitaría a un lugar en donde prácticamente estarían todos sus amigos cercanos.

—¿Estás seguro?

—Claro. Sé que les caerás muy bien.

Sonreí.

—Bien, estaré ahí. ¿A las once estará bien?

—Es la mejor hora. Sólo recuerda que la invitación incluye una estadía hasta el día siguiente.

Sabía a lo que se refería.

—Te has tomado en serio el querer inspirarme —susurré, acercándome a él.

Me contempló y me besó con necesidad.

—Esas son las ventajas de ser el protagonista de tu novela —respondió.

.

Quedaba una hora para ir a casa de Edward y yo ya veía algunos coches pasar y meterse hasta allá. Estaba nerviosa y no sabía por qué.

Cuando iba a darme un baño, sentí el timbre de la puerta. Me extrañé.

—¡Rose! —exclamé, sorprendida de verla aquí.

En cuanto me vio se puso a llorar con rabia y dio un paso adelante.

—¡Odio a Royce! —gritó, echándose a mi sofá con los brazos cruzados.

—¿Qué ocurrió? ¿Discutieron por algo en específico?

—¡Lo he encontrado haciendo lo más temía, Bella! —sollozó, furiosa hasta los huesos.

Suspiré.

—Puedo escucharte.

Su barbilla tiritó y enseguida se echó a mi hombro.

—Me está engañando, Bells, ¿puedes creerlo?

Cerré los ojos, nada sorprendida. Royce era la misma calaña que Jasper.

—¿Lo has encontrado?

Asintió.

—Subió a una tipa a su coche y luego se besaron. ¡Quiero matarlo! —espetó.

—No necesitas matarlo, pero sí dejarlo. Te lo he dicho cientos de veces, ese imbécil jamás ha sido para ti.

Me miró y se limpió bajo los ojos, siempre demasiado orgullosa para seguir.

—Le he dado muchos años de mi vida, no es justo que me pague de esta manera.

—Primero, deberías pensar en que nunca se debe engañar al otro y eso lo sé mejor que nadie.

—Quiero beber hasta emborracharme —susurró—, poder olvidarlo un momento, que llegue a casa y no me vea, que se preocupe y crea lo peor. —De pronto me tomó las manos—. ¿Y si me acompañas a algún lugar? Me haría tan bien estar contigo un momento, Bells, así dejo de pensar en ese maldito de Royce.

Hice una mueca.

—En realidad, ahora iba a salir —respondí—. Edward me ha invitado a su casa, harán una fiesta con sus amigos y… ¿Por qué no vienes? No creo que le moleste, quizá hasta lo pases increíble.

Se abrazó, nada acostumbrada a aventurarse a los momentos. Rose pasó gran parte de su vida intentando complacer al resto, sobre todo a Royce, que siempre le gustaba que lo esperara en su casa, fingiendo que era una mujer modelo, inocente e ideal para alardear con sus amigos.

—Sí —respondió de pronto—, vamos.

Le sonreí.

—¿Segura?

—Sí. Necesito despejarme y beberme un buen trago. ¿Crees que él tenga algo ahí?

—Ni lo dudes. Ve a ponerte linda, pasaré por ti en cuarenta minutos.

Se limpió los restos de lágrimas y se levantó con mucha dignidad.

—Hoy lo olvidaré —señaló, yendo hacia mi puerta.

Esperaba que fuera así, pero dudaba que fuera tan fácil.

.

Toqué a la puerta de Edward mientras escuchaba las risas y la música proveniente desde adentro y del jardín.

—Parece que hay bastantes personas —me dijo Rose, que se había puesto increíblemente guapa para esta noche.

Vestía unos jeans apretado y una blusa con un escote mortal. Mi amiga cuando quería ser sencilla nos opacaba a todas, aunque lleváramos stiletto y minifalda. No sabía cómo siendo tan hermosa, seguía estando casada con ese imbécil, que si bien era guapo, también era un imbécil que no la merecía.

Yo hoy había optado por vestirme con un cardigan de rombos tejido sobre una camiseta de tirantes negra. También había optado por los jeans, aunque los míos tenían roturas, más unos botines negros de tacón.

—Uy, qué guapa te ves —destacó mi amiga, arreglándome el cabello, peinándolo por los hombros—. Queriendo conquistar a tu presa, ¿eh, Bells? —Me movió las cejas.

Y ella no sabía que ya nos habíamos acostado unas cuantas veces.

Iba a contestarle que podría aprovechar su momento para coquetear también, pero la voz de alguien viniendo desde el jardín trasero llamó nuestra atención. Estaba un poco oscuro, así que nos giramos para intentar mirar.

—No van a abrir, están todos charlando detrás —se rio Emmett, que venía caminando hacia nosotras.

Sólo me había visto a mí.

—Hola, Emmett —lo saludé, instando a que Rose me siguiera.

Él miró, interesado, y cuando notó que venía con mi amiga, tragó.

—Te presento a Rose —dije.

—Hola —exclamó mi amiga, tendiéndole la mano.

—No sabía que vendrías con compañía, Bella, y con la delincuente número dos.

Suspiré y me reí, mirando a mi amiga, que le había tendido la mano mientras le miraba el inmenso tatuaje que tenía él en el brazo.

—¿Delincuente? —inquirió ella, quitando su mano, haciéndose desear. Siempre lo hacía porque sabía lo linda que era—. ¡Oh! Tú eres el policía que nos arrestó a mis amigas y a mí, ¿no? Bella, mierda, no puedo creer que estoy en la casa del tipo que nos hizo pasar en el calabozo.

—Ni me lo digas —murmuré, pensando en todas las veces que acabé cogiendo con él.

—Emmett McCarty, al servicio de la delincuencia —alardeó, guiñándole un ojo a mi amiga.

La vi sonreír y luego pasarse un mechón detrás de la oreja, un gesto que hacía cuando le gustaba lo que veía.

—No sabía que tenía tatuajes —señaló, muy curiosa—. Así que también tiene un lado malo.

—No me trates con respeto, aquí todos somos iguales, tanto policías como delincuentes —bromeó, sacándole una sonrisa pedante a mi amiga.

—¡Oye, Emmett! ¿A quién buscas? —preguntó una mujer, acercándose para ver quién había llegado.

—Estoy recibiendo a las invitadas de nuestro festejado, Leah —respondió él—. Pasen, estoy seguro que Edward está esperándote, Bella Swan.

Me mordí el labio y Rose me dio una mirada inquisitiva.

—Aunque, bueno, yo no sabía que debía estar tan entusiasmado por otra visita —señaló el policía, mirando exclusivamente a la rubia.

Rose se sacudió el cabello y me siguió, enarcando una ceja mientras ocultaba una sonrisa pícara, el tipo de sonrisa que sacaba en antaño.

Caminamos juntas mientras Emmett cuidaba nuestras espaldas. En la terraza, lugar perfectamente ambientado para una reunión de amigos, estaban todos reunidos en grupos, charlando a carcajadas mientras bebían cerveza y otros preparaban barbacoa en la parrilla. Había mujeres, más de las que pensé, y todas estaban esparcidas entre los hombres, compartiendo el mismo tipo de trato, situación que nunca era igual cuando Jasper me obligaba a participar de sus estúpidas reuniones de amigos, donde los hombres asistían todos juntos para hablar de sus mierdas machistas y las mujeres nos veíamos instadas a sonreírnos como si nada pasara, actuando como si nos cayéramos muy bien. ¿Lo peor? El único tema que tenían era cómo carajos seleccionaban la decoración de sus casas y de qué manera sus hijos eran unos excelentes estudiantes. No entendía por qué mierda había aceptado pasar por todo eso. Supongo que simplemente fui tonta y ahora lo veía con mucha claridad.

La música sonaba perfecto, proveniente desde dentro. Todos estaban reunidos mientras escuchaban o simplemente se lanzaban chistes.

Los amigos de Edward eran todos como él, al menos en el sentido de tatuajes y rudeza, incluidas las chicas, que además eran muy atractivas. Rose y yo debíamos parecerles unas fresas sin remedio dadas las circunstancias.

Busqué a Edward con desesperación, como si verlo fuera lo único suficiente para no sentir la ansiedad de abrirte a un grupo nuevo. Hasta que lo encontré, moviendo la carne bajo las brasas, bebiendo una cerveza extranjera. Vestía sólo una playera apretada de manga corta, mostrando sus intensos e inmensos tatuajes, y ni hablar de esos brazos fuertes que me cortaban la respiración. Lo acompañaban unos jeans negros que le marcaban ese culo de ensueño, junto con unos Caterpillar negros.

Quería correr hacia él y subirme a su cuello para besarlo, pero me contuve sólo porque estaba rodeada de personas.

—Ahí está —me susurró Rose al oído, mirándome de manera recelosa—. ¿Qué ha pasado entre ustedes?

Justo en aquel instante, Emmett, que tenía una voz bastante potente, avisó que había invitadas nuevas. Todos se giraron a mirar, dejando de hablar. Sentía un montón de ojos sobre mí. Edward dejó lo que hacía y fijó su mirada verde en mí. Enseguida sonrió, como si me hubiera estado esperando hace mucho.

Mi amiga me dio un codazo y yo le abrí los ojos para que se calmara, algo nerviosa y ansiosa porque Edward le había pasado las tenazas a uno de sus amigos para venir hacia mí.

—Hola, Bella —me saludó, mirándome exclusivamente a mí, como si no hubiera nadie a mi alrededor.

—Hola, Edward —respondí, sintiendo mis mejillas muy calientes.

Nos quedamos mirando y yo tuve que recobrar mi sentido de la realidad antes de caer a un estado de ensoñación.

—Vine con mi amiga Rose, espero que no te moleste.

Se rio y la miró por primera vez.

—Claro que no hay problema, son bienvenidas aquí —respondió.

Mi amiga movió sus dedos a modo de saludo, siempre encantada con la imagen de Edward Cullen.

Le pisé un pie.

—Pasen allá, mis amigos no muerden. —Me guiñó un ojo.

Tomé aire y miré a los demás, que nos observaban, muy interesados. Debían ser 10.

—¡Bella, qué gusto verte! —señaló Sam, el dueño del bar.

Lo saludé de manera amistosa mientras mi amiga me seguía como un perrito abandonado.

—Te presento a mi novia, Emily.

Era una chica muy linda de tez morena y cabello largo y trenzado. Era muy simpática.

—Así que tú eres amiga de nuestro Edward, ¿eh? —inquirió otro hombre—. Soy Jacob, pero puedes decirme Jake.

—¡Y yo Leah! —exclamó otra chica, dándome un beso en la mejilla.

—¿Cerveza? —le ofreció Emmett a mi amiga, tendiéndole la botella con la mirada entusiasta.

Ese chico había quedado prendado de ella desde que estaba en el calabozo, lo recordaba muy bien.

Creí que Rose no iba a aceptar, pues siempre que Vicky y yo bebíamos alegaba sobre las calorías, pero sí lo hizo, moviendo sus pestañitas para él, olvidándose de todos sus putos dilemas eternos. Casi me caí de culo.

—¿Y esta? ¿Quién es? —escuché que dijo alguien mientras chachareaba con alguien más.

Supuse que ni les importaba que yo las escuchara.

—Hola —dijo finalmente una, cruzada de brazos, pendiente de mí.

Era rubia, cabello liso, despampanante y usaba un atuendo impresionante. Vi un tatuaje en su cuello: era una araña viuda negra. Era difícil no quedarse mirando lo guapa que era.

—Soy Kate. ¿Tú?

—Bella Swan —respondí, sin molestarme en tomarle atención a su evidente decisión por no querer personas ajenas en su entorno.

—Hola, Bella, soy Irina —me saludó la otra, otra guapa más.

La verdad, ella poco me tomaba en cuenta, porque estaba pendiente en cómo Emmett McCarty tenía una mano contra la pared mientras le hablaba a Rose, que se hacía la interesante.

—No sabía que Edward tenía una amiga como tú. —Kate enarcó una ceja.

—¿Como yo? ¿Qué es un "como yo"? —pregunté sin pelos en la lengua.

Edward se acercó, como si algo lo hubiera alertado, y enseguida me tendió una botella de la cerveza que bebía, poniéndose entre las mujeres y yo, como si me blindara de todo aquel que me rodeara.

—Supongo que podemos compartir una de estas juntos —señaló.

Sonreí y la tomé.

—La fresa quiere beber cerveza —dije en voz alta, mirando por detrás de Edward.

Las mujeres parecían interesadas en escuchar mientras fingían que estaban atentas a la conversación de alguien más.

—¿Fresa? ¿Tú? Diría que la fresa es Rosalie, aunque no tiene nada de malo…

Me puse a reír.

—No te lo niego, lo es.

—¿Le ocurrió algo? No imaginaba que tuviera interés en conocer el ambiente del tipo que la metió en el calabozo. Lo que más recuerdo de ella era la manera en que miraba con asco todo su alrededor.

—Digamos que tiene mal de amores.

—Déjame de adivinar. ¿Es un imbécil?

—Amigo de Jasper.

Enarcó una ceja.

—Ya veo por qué ha decidido divertirse incluso aquí.

—Hey, es sensacional venir a una fiesta en casa. Hace años no veníamos a algo como esto. Me recuerda tanto a la universidad.

Chocó su botella con la mía y bebió.

—Salud por una noche de diversión.

Me mordí una uña y luego le di un trago a la cerveza, amarga y sofisticada.

—A propósito, me encanta como te ves hoy.

—Se está haciendo costumbre —dije mientras sentía los nervios en mi estómago.

—Porque siempre me encanta como te ves —susurró, juntando su barbilla a mi sien—. Muero por besarte ahora.

Cerré los ojos un momento para no jadear.

—Podemos escaparnos más tarde.

—Me fascina la idea.

Rose se venía acercando, así que Edward se separó. Ella nos quedó mirando, pero no dijo nada respecto a la situación.

—Me ha encantado el ambiente —confesó mi amiga, moneando su cerveza, a la que le daba pequeños tragos.

—Iré a buscar otra cerveza, veré la carne y regresaré. No tardaré. —Edward me guiñó un ojo y se fue hacia adelante, seguido de sus amigos, que fueron a hablarle de algo.

—Vaya que le gustas a ese bomberito —me dijo Rosalie, apoyándose en mi hombro—. ¿Vas a contarme qué pasó entre ustedes? Porque de solo acercarme sentí que me entrometía en una evidente tensión sexual.

Me puse a reír de manera nerviosa, como si me hubiera pillado en el peor momento.

—Isabella Swan, ¿acaso ustedes…?

Me mordí el labio, medio divertida.

Rose parecía al borde de echarse a brincar como las niñas.

—¡Oigan! ¿Nos esperaban? —preguntó un hombre, que recién había llegado.

Me giré a mirar de quién se trataba y me sorprendí, porque lo conocía. Era Liam, el amigo de Edward y colega. No recordaba lo guapo que era, en realidad, ni siquiera lo había mirado tan bien como ahora. ¿Qué le daban a los bomberos en ese cuartel?

Venía con otros dos hombres, que debían ser bomberos también.

Todos se acercaron a saludar y él se distrajo un minuto, sin embargo, cuando me divisó, vi una sonrisa entusiasta y un brillo intenso en sus cuencas azules. Dejó de lado a todos y se acercó, directo y sin rodeos.

—Estoy soñando, ¿no? —fue lo primero que dijo, repasándome el atuendo y deteniéndose en mis cuencas—. Porque no puedo creer que estés aquí.

Rose enarcó una ceja y me dio otro codazo.

—Qué bueno verte, Liam.

—Un juego del destino —comentó, saboreándose la comisura—. Había buscado la manera de contactarme contigo, pero no pude, la verdad es que no he dejado de pensar en la vez que te vi llegar al cuartel.

Vaya, así que, en resumidas cuentas, no había dejado de pensar en mí.

—Es un gusto verte de nuevo —me saludó, acercándose para besar mi mejilla sin ningún decoro.

Sentí el calor de la barba a medio crecer y sus ganas de poder tocar mucho más que mi espalda baja, mano que acercó sin espacio a la duda. Me había tomado por sorpresa.

Cuando nos separamos, vi que Edward lanzó con furia las tenazas de la carne, abría una cerveza en botella con sus propias manos, tirando el metal de la boquilla hacia cualquier dirección para entonces venir a paso firme hacia nosotros, mirando colérico como Liam seguía cerca y sin querer separarse bajo ninguna circunstancia. Sus ojos llameaban y las venas en sus brazos se hicieron notar en un segundo, clavando los dedos en sus palmas, convertido en una verdadera bestia, la más peligrosa que había visto alguna vez en mi vida.


Buenas noches, traigo un nuevo capítulo de esta historia. ¿Qué les ha parecido la explosión que poco a poco dejan ver estos dos? ¿Qué creen que habrá en la cabeza de Edward para hacer que Bella se inspire más y más? ¿Qué les ha parecido la aparición de Esme y Carlisle? Son muy diferentes a lo que quizá están acostumbrados a leer, pero la idea es innovar sin perder la esencia, les prometo que estos dos serán sus nuevos favoritos en las aventuras con los niños y, quizá, en su entusiasmo por hacer que nuestro Edward se ponga un poco más entusiasta (de lo que ya está) con Bella... o viceversa, ¿quién sabe? ¿Y qué les ha parecido los primeros roces entre Emmett y Rose? Ni se imaginan lo que viene pronto, estos dos también podrían sacar chispas. Y finalmente, ¿qué opinan de Liam? Edward está sacando su bestia interior, ¿qué creen que irá a pasar? ¡Cuéntenme sus ideas locas, ya saben cómo me gusta leerlas!

Quiero hacer mención en lo mucho que me ha costado sacar los últimos capítulos a flote, y es que he estado con muchos problemas internos y a veces escribir se hace pesado. Por eso les pido que se mantengan activas, hacen que me olvide de la vida real, que me entretenga tanto como ustedes lo hacen al leer mis locuras. Quizá a veces soy un poco seca al responder, pero no porque no las adore, sino porque soy muy llevada a mis emociones y no siempre puedo entregar el lado más alegre de mí, mis lectoras son importantes y ya ven lo mucho que intento compartir con ustedes, quizá no pueda contestar sus review (les juro que no me da el tiempo), pero sí siempre intento mantener la pasión por la lectura dándole regalos, incentivos e imágenes con adelantos que puedan seguir manteniendo su alegría, emoción que tanto me contagian

Agradezco los comentarios de Pam Malfoy Black, PatyMC, constancediaz039, Sun2000, Maria Swan de Cullen, , Isabelfromnowon, AnabellaCS, MoniCullenSwan, DuendecillaVampi, Guest, BlueNavyHeart, Katie D. B, Raque, Sheila, Tata XOXO, Carina, Twilightsecretlove, Luisa huinigir, Jess Herondale Cullen, Dana, Salve-el-atun, sheep0294, LidiaWithlok, VeroPB97, Pili, LicetSalvatore, 1, Deathxrevenge, angryc, crizthal,lunadragneel15, Rmelanie, nadsart, vivi85, camilitha cullen, Merce, Mayraargo25, Abigail, Eri, lauritacullenswan, Valeeecu, dinorahmurguiah, karoSwan,Ronnie86, saraipineda44 ,Twilight all my love 4 ever, lore25, , Elizabth Marie Cullen, Laurrrrb, selenne88, Jeli, Josi, Guest, marite88, Nelly McCarthy, Yoliki, Eni-Cullen-Masen, DBMR1, Pao-SasuUchiha, Vania, caresgar26, debynoe12, , YessyVL13, angieleiva96, bbluelilas, phoenix1993, Guest, damaris14, Robaddict18, Viiky, Ella Rose McCarty, Guest, Paulina, Amy Lee Figueroa, somas, LaPekee Cullen, twilightter, Emelie Laytmor, bellaliz, 2, Tereyasha Mooz, Liz Vidal, Roxy Cullen Masen, lucha015, carlita16, ELIZABETH, Vaneaguilar, jupy, Esal, Reno Alvarez, Belli swan dwyer, kaja0507, Guest, Mony Grey, Elena Twilighters Robsecionada, cavendano13, Tecupi, Vero, DanitLuna, freedom2604, Naara Selene, seelie lune, krisr0405, Maria Reyes, Mel. ACS, AnnaLau2, AndreaSL, Mar91, Adriu, Ana, Marcela, Moni, Liliana Macias, Jenni98isa, leonor angelita, Guest, Cecy, BellaWoods13, Perla-Yazury-H-S,Angie Ramirez, Lore, Vanina Iliana, Bertlin, MasenSwan, yasmin-cullen, patymdn, Isa Labra Cullen, NadiaGarcia, Jenni Kim, Francisca, Diana2GT, Maria Ds, Fran Cullen Masen, miop, BereB, FlorVillu, Elusoro, Lizdayanna, Iza, Leah de Call, Poemusician, AlyciaCullen, Dany lopez, Labluegirl, roberouge, keyra100, MaBel95, CeCiegarcia, , Alimrobsten, LuAnka, Cherie Chanttal, Karla M, Milacaceres11039, lunaweasleycullen14, liamedina.81, Juliana masen, DianaM21, Smedina, Srita Maddox 2613, Sabrina, Fallen Dark Angel 07, Nadiia16, joabruno, jacke94, Ceci Machin, gina101528, almacullenmasen, Meemi Cullen, bealnum, Kabum, sueosliterarios, AndieA, .98, nicomartin, Vall, alejandra1987, dushakis, Emily, Guest, Shikara65, Guest, Maryluna, JohaMalfoyCullenLightwoodBane, Claribel, nydiac10, rossystew, Jade HSos, Yani, Dayis VParra, glow0718, TashaRosario, Mica, Camilla Fava y Guest

Espero verlas a todas nuevamente por aquí, ya sea con un gracias o un comentario extenso, cualquiera sea yo lo recibiré a gusto y con mucho entusiasmo, ya saben lo mucho que nos alienta a nosotras las autoras cuando recibimos esas muestras de cariño, por más mínimas que sean

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