―¿Quién mierda e...? ―corté las palabras al ver a Mikasa del otro lado de la puerta.

Sin embargo, no era la Mikasa de siempre, era una Mikasa completamente diferente.

Su negro cabello se encontraba corto hasta los hombros, su cara tenía un poco más de color y, por primera vez, estaba vestida de blanco o, para ser preciso, llevaba un fino sueter de lana blanco y una delicada cadena dorada colgaba de su cuello, mostrando un pequeño dije de corazón. Aunque, de todad formas, conservaba su short de mezclilla negro y sus medias largas del mismo color. Estaba seguro de que esas medias, cada día, eran diferentes. Nunca las repetía.

Joder. Se veía realmente preciosa. Si antes ya lo era, ahora lo es aún más.

Debía admitir que los colores claros le quedaban completamente bien, aunque los oscuros también. ¿Es que acaso no había algo que no le quedara mal? Estaba seguro de que, si le ponía cualquier trapo horrible encima, de cualquier manera iba a verse bella.

―¡Oye, enano! ―la voz de Mikasa me sacó de mis pensamientos―. Esta es la tercera vez que te llamo.

―¿Q-Qué quieres? ―dije lo primero que se me vino a la cabeza.

―¿No me vas a dejar pasar?

―Oh, cierto ―me aparté de la entrada para dejar que pasara.

Una vez dentro, sin importarle que fuera mi casa, comenzó a pasearse como si nada, inspeccionando sobre qué era lo que estaba haciendo, seguramente.

―¿Estabas ocupado? ―preguntó observando los libros, hojas y lápiceras que habían sobre la mesa.

―Un poco. Mañana tenemos examen ―respondí―. ¿Qué necesitas?

―Mmm, primero estudia ―respondió sentándose en una de las sillas.

―¿Qué?

-Que estudies, enano idiota.

―Ese enano idiota sobraba, mocosa ―dije sentándome en la silla que me encontraba minutos antes.

―Sí, sí, como digas ―acunó su rostro entre sus manos y me observó atenta.

Suspiré fastidiado, mientras me concentraba en el libro frente a mí y trataba de ignorarla para no terminar de llenarla con preguntas.

¿Quién mierda la entendía?

No la veía desde hace dos semanas, además llega a mi departamento como si nada y con una nueva apariencia, sumado que ni siquiera sé qué es lo que está haciendo aquí, ya que sólo está viendo como estudio.

...

Pasé alrededor de una hora y media estudiando y Mikasa, en ningún momento, hizo ademán de aburrirse o impacientarse. De a rato, la miraba de reojo cuando se encontraba distraída mirándo algún lado de la sala, y luego volvía mi vista a las hojas.

―Mocosa ―volvió su mirada a mí―. ¿Entiendes esto? ―le pasé un tema del libro que no entendía muy bien.

―Mmm, sí, es fácil.

No tardó ni cinco minutos explicándomelo y, para mi sorpresa, lo entendí a la perfección. Aún no sabía cómo mierda hacía para comprender las cosas si casi nunca iba a clases. Esa duda siempre imbadía mi cabeza. Ella era incomprendible, estaba llena de secretos que yo quería saber.

―Así que, te cortaste el cabello... ―traté de iniciar una conversación, al tiempo que terminaba de guardar todas las hojas en mi carpeta―. ¿Hay alguna razón de por medio?

―Algo así ―respondió dudosa, pasando un mechón de pelo detrás de su oreja―. Digamos que quería comenzar de nuevo.

―¿Comenzar de nuevo? ―enarqué una ceja.

―Sí. Quiero cumplir bien la promesa que... ―cortó la oración, dejándome con completa intriga.

―¿La promesa que...? ―la incité a seguir hablando.

―No es nada ―dijo restándole importancia.

―¿Lo cortaste tú o fuiste a algún lugar? ―había quedado muy bien como para haberlo hecho ella misma.

―Lo corté yo misma ―hizo una pausa―. ¿Crees que me queda bien? –preguntó inocentemente.

―E-eh sí...Te ves linda ―carraspeé un poco.

¿En verdad, yo había dicho eso?

―¿En serio? ―se veía más animada.

―Sí, en serio. ¿Es que acaso no te viste al espejo?

―No.

―¿Qué?

―Que no me he visto al espejo, enano. Ni siquiera sé si estoy bien peinada o vestida ―hizo una pausa―. Ni siquiera conozco bien mi rostro.

―¿Me estás haciendo una broma verdad, mocosa?

Ella rodó los ojos y tomó mi mano, haciendo que un nudo repentino se apoderada de mi estómago. Por poco y me arrastra por toda la casa, haciendo que subiéramos las escaleras en dirección a mi habitación.

¿Qué carajo le pasaba?

Traté de soltarme de su agarre, pero era ridículo intentarlo. Un vampiro contra un mortal; había demasiada diferencia de poder.

―Mikasa. ¿Qué haces? ―dije impaciente, viendo como abría la puerta de mi habitación y se adentraba conmigo.

―Párate allí ―señaló un lugar frente al espejo de cuerpo completo que tenía.

―¿Para qué quieres que ha..? ―pregunté, pero me interrumpió.

―Sólo hazlo ―rodé los ojos y me paré frente al espejo.

―Wow, veo a un hombre súper guapo y sexy ―dije fingiendo asombro, lo que no me salió en lo más mínimo―. Ya, mocosa. ¿Qué es lo que quieres hacer?

―Sólo no te asustes. ¿Sí?

Se posicionó frente a mí.

Al llevar mi vista nuevamente hacia el espejo, mi respiración se cortó abruptamente.

Ella...¿No podía reflejarse del todo en los espejos? Entonces internet no me había engañado del todo.

―¿Ves por qué siempre pido tu opinión? ―habló, sin apartarse. Creí distinguir un deje de tristeza en su voz.

El recuerdo de ella preguntándome cómo le quedaba el conjunto que había elegido aquel día en el centro comercial, llegó a mi mente como un rayo.

Así que fue por esa razón.

Al principio pensé que había sido porque era una mocosa indecisa.

―Pero, sí puedes reflejarte...Al menos un poco ―dije mirándola absorto.

Su reflejo sí se podía divisar, pero de una manera muy débil, como si fuera un espectro. Dodas formas podía verse, no de una manera muy clara, pero se podía.

Repentinamente, comencé a tocarla con el estúpido pensamiento de que podía atravesarla con mis dedos. Primero las puntas de su cabello, ahora corto, luego bajé hacia sus hombros, sus brazos por encima de la tela, para después volver a subir mis manos a su rostro y pellizcarle una mejilla. Me parecía divertido ya que, al fijar mi vista en ella, se podía ver claramente que la estaba pellizcando, pero al llevar mi vista al espejo era como si estuviera pellizcando una especie de fantasma.

―Ay, no me veo bien en los reflejos, pero eso no significa que no sea real ―gruñó molesta, mientras se sobaba su roja mejilla que recién ahora me había dignado a soltar

―¿Cómo es que nunca me di cuenta? ―continué, pensando en voz alta.

―Los humanos no prestan atención a los pequeños detalles. Casi siempre son influenciados por lo que sus ojos ven a simple vista ―explicó―. Han habido veces donde fui descuidada y pasé frente a un espejo con personas mirándome, pero simplemente no se percataron de nada ―relató sin apartar mi mirada de la suya en el reflejo―. Aunque creo que lo enano también tiene algo que ver ―dijo divertida, mirándome burlona, por lo que pude ver.

―Eres terriblemente buena en arruinar los momentos serios, mocosa ―dije molesto por el comentario de mi altura, lo cual no tenía nada que ver con el tema.

Mikasa sólo largo una risa, mirando hacia un costado del cuarto con una mirada cómplice. Llevé mi vista hacia el mismo lugar que ella, pero no pude ver nada que sea de importancia. Lo único que había era mi cama de sábanas blancas perfectamente limpias, pero ahora que lo notaba, la sábana se encontraba un poco arrugada en la parte del medio. Así que, inmediatamente, me separé de la mocosa y me dirigí ahí para acomodarlas. Sin embargo, al hacerlo sentí una fría brisa recorrer mi cuerpo, causándome escalofríos. La ventana de mi cuarto estaba cerrada, por lo que no entendí a qué vino ese pequeño viento.

―¿Me acompañas? ―le escuché decir a la mocosa desde el espejo.

―¿Adónde? ―me acerqué a ella.

―A mi casa ―dijo simplemente.

―¿A qué? ―pregunté dudando, ya que... ¿Qué mierda íbamos a hacer en su casa? Aunque, de igual manera, debía confesar que tenía curiosidad por saber dónde vivía la mocosa.

―Hoy estás muy preguntón, ¿sabes? ―rodó los ojos, para luego volver a mirarme―. ¿Entonces? ¿Vienes o no?

―Bien, sólo espérame unos minutos ―fui hasta el armario, pues necesitaba cambiarme de remera a una más abrigada, ya que afuera aún seguía haciendo un frío de mierda.

Al final, me decidí por una remera mangas largas blanca de algodón y mi suéter negro favorito.

Estaba terminándome de sacar la remera que ya tenía puesta, cuando un sonidito agudo me distrajo. Llevé mi vista inmediatamente a Mikasa, preocupado y la divisé completamente roja, mientras se tapaba el rostro.

―¿Qué haces? ―me preguntó en un tono de reproche.

―¿Qué te pa...? ―al observar su nerviosismo, pude darme cuenta de qué le sucedía―. No me digas que nunca has visto a un chico con el torso descubierto ―averigüé en un tono burlón.

―Claramente no, idiota ―me observó por unos segundos, con una expresión tímida, lo que me pareció lo más dulce del mundo―. ¿Cómo mierda estás tan marcado, si estás todo el día de vago o simplemente limpiando?

―Mira quién habla: la que falta a clases las veces que se le da la gana ―bufó molesta ante mi comentario― Y respondiendo a tu pregunta: hago ejercicio desde los doce años, mocosa.

―Bueno, ya. ¿Te vas a poner la ropa o no? ―dijo, aún con un notable sonrojo en las mejillas.

―Sí, sí, mocosa ―terminé de sacarme la remera y, a continuación, me coloqué la que había elegido―. Sigo sin creer que nunca hayas visto a alguien así.

―¿Y qué? ¿Tú si has visto a una chicha sin blusa?

Su tono de voz era...¿Molesto?

―Sí ―hice una pausa al ver su expresión desconcertada―. A ti.

No pude evitar comentarlo. Porque, vamos, eso había sucedido en la tienda.

Esquivé justo a tiempo el almohadón que venía directamente a mi rostro. Lo que me recordó a aquel día en que se había desahogado conmigo y, horas después, ya me estaba amenazando con una almohada.

Reí sin poder evitarlo. Era realmente tierna, aunque no lo parecía en lo más mínimo considerando su expresión neutra a cada segundo del día. Eso sí, sí le dabas algo nuevo y dulce para comer, sus ojos se iluminaban como a los de un pequeño niño ansioso por comprobar el sabor.

Cuando mi risa paró, la habitación quedó en completo silencio. Llevé mi vista nuevamente a Mikasa, y ella me miraba con una expresión incrédula, pero con una pequeña sonrisa y un leve sonrojo adornando su rostro.

―¿Qué te pasa? ―pregunté confundido.

―N-Nada ―se apresuró a decir mientras se dirigía a la puerta―. A-Apúrate que se nos hará tarde.

Y, sin más, salió de la habitación.

¿Tarde? Recién eran las 15:30, además de que era domingo. Pero bueno, no le di más vuelta al asunto y proseguí a colocarme el suéter. Una vez listo, bajé las escaleras y guardé en mis bolsillos las cosas de siempre; billetera, celular, llaves.

Mikasa me esperaba apoyada en el alfeizar de la sala, mientras miraba hacia afuera, distraída. Ya había comprobado mi teoría de que le gustaba ese pequeño espacio.

―Vamos, mocosa ―descolgué mi abrigo del perchero y abrí la puerta.

Cuando salimos, me di cuenta que no hacía tanto frío como otros días. Aunque era lógico ya que estaba comenzando la primavera. De igual manera, el clima era fresco en cualquier estación del año.

Mikasa comenzó a caminar y no dijo nada en esos veinticinco minutos que estuvimos andando. Parecía absorta en sus pensamientos y, por un momento, llegué a pensar que ya se había olvidado que me encontraba ahí, a su lado.

No sé por cuánto tiempo más estuvimos así, pero me desconcerté al ver que nos estabamos adentrando en un bosque.

―Mocosa, ¿adónde estamos yendo?

―A mi casa ―dijo nuevamente.

¿Era en un bosque?

―¿Y falta mucho? ―me quejé―. Llevamos caminando ya como 45 minutos.

―Si sigues caminando así de lento ―se quedó pensando unos segundos―. Alrededor de tres horas.

Ja ja muy graciosa ―revoleé los ojos―. Ya, hablando en serio. ¿Cuánto?

―Tres horas ―me miró seriamente.

No me jodas. ¿De verdad caminar 3 putas horas?

―Estás loca, mocosa ―me detuve―. No voy a caminar tanto.

―Es esto o a mi manera ―me dio dos opciones.

―¿Y cuál sería tu manera? ―ella sólo sonrió. Una sonrisa maliciosa que no llevaría a nada bueno.

―¿Seguro que quieres saber?

―Creo que me estoy arrepintiendo...

―Muy tarde.

A continuación, tomó mi mano y no sé qué mierda pasó después, sólo veía todo borroso y no podía respirar con normalidad; apenas y el aire entraba por mis fosas nasales. Entonces caí en la cuenta de que estaba usando sus habilidades de velocidad.

El frío aire me estaba congelando, sumado que no podía respirar y estaba comenzando a marearme.

Cinco segundos. Tan solo fueron cinco de esa manera y yo sentía que moría. Claro que la sensación seguía hasta que paró abruptamente, haciendo que cayera de rodillas al piso.

Aire.

Lo primero que hice fue respirar el bendito aire que me faltaba. El mareo comenzó a disminuir y, cuando me calmé, por fin me digné a mirar a la mocosa, quien se estaba esforzando por no reírse.

―Lo siento, lo siento.

―No es gracioso, mocosa del demo... ―me callé de inmediato, levanté la vista y una gigante mansión apareció frente a mis ojos.