No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Jessica Sims (Saga Midnight Liaisons). Yo solo me divierto un poco.
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Cuando me desperté, el espantoso sabor en mi boca se había convertido en una clase totalmente nueva de asquerosidad, y mi cabeza palpitaba. Me senté, dándome cuenta que estaba en el sofá de alguien. Eso explicaba el calambre en mi cuello y los rastros de baba a un lado de mi rostro. Los limpié y miré con el ceño fruncido a mí alrededor.
Parecía que estaba en un tipo de posada rústica. El sofá era de un feo estampado a cuadros campestre, y las paredes eran de alguna clase de tablones de madera.
El cuarto en sí mismo era enorme, las grandes ventanas, llenaban la habitación con la luz del sol. Una alfombra trenzada decoraba el suelo, y vislumbré una espaciosa cocina a través de la sala de estar. Esta no era sólo una cabaña de madera... esta era una cabaña de madera súper potenciada.
¿La casa de Edward? Vagamente lo recordaba diciendo que me llevaría a casa. ¿Pero dónde estaba Nessie? ¿Dónde estaba mi hermana?
El mundo regresó apresuradamente y volé a través de las habitaciones, buscándola. No la podía encontrar por ninguna parte. Abrí una docena de puertas, pero yo era la única en la casa. Eso me golpeó como una tonelada de ladrillos.
Había sido drogada. Ese bastardo de Jasper me había dado algo para dejarme inconsciente. Tonta que era, había creído que era algo para hacer que me relajara. Nop. Era algo para dejarme inconsciente.
Pasé mis manos por mi vestido. Mis pantys estaban intactos y mi pelo todavía era un asqueroso lío. Me sentí un poco mejor.
Edward. "Tiempo para llevarte a casa, Isabella. A mi casa." La alarma volvió cuando la memoria entera lo hizo.
Un monstruo había estado en mi casa. Nessie había entrado en pánico y había cambiado, y un puñado de were-pumas había llegado para salvar el día. Puse una mano en mi frente. ¿Dónde estaba Edward? ¿Por qué había sido dejada aquí sola?
El miedo se instaló. ¿Había ido a intercambiar a mi hermana con los lobos? ¿Es por eso qué estaba aquí sola? Preocupada, volví por la casa otra vez, esta vez buscando a fondo en cada cuarto.
Los techos eran arqueados y espaciosos, y había un segundo piso con un dormitorio principal. Una gran cama dominaba el cuarto, un hecho que no me perdí. También había una bañera de hidromasaje en el cuarto de baño, una hermosa terraza rodeaba la casa, kilómetros y kilómetros de árboles.
Contemplé el magnífico paisaje con desilusión. Obviamente ya no estábamos en Fort Worth. ¿Este de Texas? ¿Oklahoma? ¿Y dónde demonios estaba la entrada de autos? Rodeé la terraza dos veces para asegurarme que no me había perdido nada, pero no había ninguna entrada que conducía a la cabaña; sólo más bosques y un sendero. ¿Entonces cómo diablos se suponía que iba escapar? Siendo una chica de ciudad, no confiaba en mí sola por los bosques. Ni siquiera sabía en qué dirección correr. Exploré los cielos, donde una pared de nubes grises traía una escalofriante, brisa helada con ellas.
Todavía frunciendo el ceño, regresé al interior. Había una TV en un gran estudio y un grupo de DVD ubicados en un estante cercano. El estante de películas estaba lleno de estrenos actuales, y los estantes para libros estaban forrados tanto con libros clásicos como populares. Tolstoy puesto al lado de Stephen King, Dean Koontz, y Dan Brown. La mayor parte de los libros eran de aventura-acción, con algún ocasional clásico entremedio. Saqué una copia prístina de El Grant Gastby y entonces lo devolví a su lugar cuando noté una destartalada edición rústica su lado, Un Hombre lobo americano en Londres.
No me perdí la ironía.
En el lado opuesto de la casa, una puerta se cerró de golpe. Todos mis sentidos se pusieron en alarma otra vez, y corrí a través de la casa para confrontar a mi secuestrador.
Oí el sonido de un fácil silbido cuando doblé la esquina y vi la amplia espalda de Edward en la cocina. Había una gran caja sobre el mostrador, y mientras silbaba, sacaba víveres de ella.
—Estás despierta —dijo, dándose la vuelta para mirarme—. ¿Cómo te sientes?
—¿Dónde está mi hermana?
—Renesmee está bien. —Un débil ceño fruncido cruzó su cara mientras estudiaba mi expresión salvaje—. Cálmate. Estás a salvo, y ella también. Estás bajo mi protección.
—¿Tu protección? —farfullé—. ¿Crees que me proteges drogándome y cargándome a la desierta Posada del Amor?
Había una oscura mirada en su cara, y sus cejas se fruncieron sobre sus ojos.
—Tienes razón —dijo despacio—. Simplemente debería haberte metido en tu cama y dejar que lo que sea que fuera vuelva y te mate a ti y a tu hermana.
—Tenía un plan —refunfuñé. No podía decirle que había estado planeando desaparecer de la ciudad antes de la salida del sol—. Entonces, ¿por qué aquí? ¿Por qué no en un hotel? ¿Y por qué no está mi hermana aquí?
—Esta es mi casa cuando no tengo negocios en la ciudad. Me gusta aquí. Es privado. —Su explicación era simple, pero sentí un orgullo subyacente.
—¿Y dónde estamos, Sr. Privacidad?
Negó con su cabeza y volvió a sacar cosas de la caja. Una rebanada de pan. Un tarro de mantequilla de maní. Una lata de jamón.
—No puedo decirte eso.
Me moví alrededor del mostrador para entrar en su línea de visión otra vez.
—¿Por qué no puedes decirme eso?
Se encogió de hombros.
—No sabemos con qué estamos lidiando. —Sus movimientos cuando desempaquetaba los comestibles eran tranquilos, fluidos. Todo lo que hacía, lo hacía con gracia sin esfuerzo alguno, y me calmé un poco sólo mirándolo—. No sé cómo esa cosa sabía qué casa era la tuya, o en qué taxi entrabas la otra noche. Tal vez puede leer mentes. Si puede, no lo quiero sabiendo cómo encontrarte. Entonces es mejor que no sepas. — Recogió un paquete de oreos—. ¿Hambrienta?
Lamentablemente, esto comenzaba a tener sentido.
—No —dije, y resistí al impulso de torcer mis manos con la frustración—. ¿Tenías que drogarme?
Me dio una lenta, sonrisa matadora.
—No creí que me hubieras dejado llevarte tranquilamente por los bosques, no con el susto que acababas de tener.
Parpadeé a eso.
—¿Me llevaste?
Sonrió abiertamente y dio un paso hacia mí. Cautelosamente rodeé el otro lado del mostrador, poniendo la mesa entre nosotros. Edward se rió entre dientes.
—Lo hice. Te lleve por varios quilómetros.
—¿Varios quilómetros... ¿esa es la distancia que estamos de la ciudad?
Sonrió y no contestó.
—Apestas. —Crucé mis brazos sobre mi pecho—. Así que ¿dónde está mi hermana?
—A salvo —dijo—. No te preocupes por nada más.
¿No preocuparme? ¿Cómo podía no preocuparme? Ni siquiera sabía qué me preocupaba.
—¿Dónde está?
—Con Jasper —dijo, luego repitió—, a salvo.
Esto me hizo sentir un poco mejor. Jasper era aterrador, si alguien podría mantenerla segura, era él. Mis brazos, apretados contra mi pecho, se aliviaron un poco.
—Y ¿Esme? ¿Alguna suerte encontrándola?
La tensión destelló brevemente a través de su rostro. Sacó una lata de café y la dejó a un lado.
—Ninguna palabra de ella aún. La encontraremos.
Sin Esme significaba que Edward todavía me necesitaba para su celo. No estaba segura si aquel temblor interno que sentía era de preocupación o entusiasmo.
—¿Cómo sé que esto no es una estrategia complicada para conseguir que me acueste contigo en los siguientes días?
Edward se inclinó sobre la mesa, y no podía evitar notar lo amplio que eran sus hombros.
—Dulce Isabella —dijo, su voz baja y juguetona—, nadie dijo que no iba intentar y seducirte.
Mientras Edward desempaquetaba la pequeña caja de comida (el resto vendría mañana con Jasper) me sentía nerviosa e incómoda. Entonces cuando me dio una botella de champú perfumado, lo agarré y me dirigí arriba. Revisando en sus armarios descubrí algunas cosas: primero, realmente era soltero. No encontré ninguna ropa blanca extra, además de dos toallas. En segundo lugar, claramente vivía aquí, la ropa de invierno estaba colgada en el armario junto con la ropa de verano.
Tomé una camiseta y unos pantalones deportivos, y esperaba que cuando Jasper viniera con Nessie mañana me trajeran algo de ropa.
La ducha era una pequeña parte del cielo. No me había dado cuenta cuan pegajosa y sucia me sentía hasta que me saqué mi ropa y la pateé a un rincón. Me puse champú en el pelo dos veces y tardé en la ducha, disfrutando del agua caliente. Una vez fuera, me vestí con su ropa prestada y puse mi vestido, mi ropa interior, y mis medias en una pequeña pila. Apestaba a sangre, restaurantes y un débil indicio de Old Spice, y de repente sólo quería tirarlo.
Cuando mi largo, cabello mojado estaba peinado, bajé buscando a Edward.
Estaba sentado con un libro en el sofá. La novela de suspenso estaba abierta en su pecho y sus ojos estaban cerrados, su respiración tranquila.
Estaba dormido.
Sentí una oleada de ternura. Mientras yo dormía por las drogas, no por mi elección, imagínate, había estado despierto toda la noche, trayéndome aquí fuera en el medio de la nada para mantenerme segura y llevando a su gente para vigilar mi casa. Todavía no lo perdonaba, pero me sentía agradecida que hiciera tanto esfuerzo por mí.
Bien, sólo un poco agradecida. Me senté a su lado en el sofá y empujé su brazo.
—Despiértate, Edward. Tengo que saber dónde está Nessie.
Su brazo salió disparado, sosteniendo mi muñeca. Antes de que pudiera pronunciar el chillido construyéndose en mi pecho, me arrastró hacia él.
El libro salió volando y navegué a través del sofá cuando me tiró en su regazo, mi trasero apoyado en sus muslos.
—Hueles bastante bien para comer —dijo, y se inclinó a mordisquear mi cuello.
Un delicioso hormigueo corrió por mi cuerpo y me retorcí en sus brazos, tratando de escapar.
—Tratas de distraerme con besos, ¿verdad?
—¿Está funcionando?
—No —dije—. Dime sobre mi hermana.
—Está a salvo —dijo—. ¿No confías en mí?
No confiaba en nadie. Lo contemplé durante un momento largo, luego suspiré.
—Bueno, está bien. Confío en ti. Ahora dime sobre mi hermana.
Se rió entre dientes y me tiró contra él hasta que mi pecho chocó contra el suyo. Su barbilla se acercó contra mi cuello y luego mordió el lóbulo de mi oreja, y todos los pensamientos sobre tener una conversación seria volaron fuera de mi cabeza. Mi aliento temblaba y mis manos tocaron su cuello, sus hombros, tratando de encontrar un punto bueno para aterrizar. Podía sentir el maravilloso calor que irradiaba por su ropa. Sus dientes tiraron del lóbulo de mi oreja, enviando sangre corriendo por mi cuerpo y estremecimientos por mi columna vertebral. Mis manos agarraron su cabello. Algo bajó retumbando en su pecho casi como un ronroneo, y apartó mi pelo mojado a un lado para pellizcar en mi cuello otra vez.
—Mi pequeña Isabella sabrosa —murmuró contra mi piel—. He estado deseando hacer esto hace un rato.
Era difícil pensar cuando me hacía esto. Envolvió su mano en mi pelo mojado, pesado, exponiendo más de mi cuello, y mis pezones se apretaron en respuesta, mi pulso volviéndose pesado. Mi mano corrió por su pelo mientras acariciaba con su nariz la piel sensible de mi cuello, el roce del crecimiento de su barba de un día en mi piel tensa era excitante. Su otra mano se deslizó hacia abajo por mi costado, ahuecando mi trasero sobre los pantalones deportivos.
Él era muy, muy bueno en distraerme, pensaba mientras enroscaba mis dedos en su pelo. Casi demasiado bueno. Tiré de él, separando su cara de mi cuello.
—No tan rápido allí, Casanova. Quiero una respuesta.
Se rió entre dientes.
—No puedo evitarlo. Sólo mira lo deliciosa que te ves sentada ahí con mi ropa.
Bueno, desde luego no me oponía a los cumplidos, o a tenerlo mordisqueándome, así que le devolví la sonrisa.
—Estás tratando de distraerme con besos.
—Y tú aquí diciendo que no eras susceptible —dijo, todo burlas.
—Oh, soy totalmente susceptible —dije—. Si me besas una vez más, no voy a ser capaz de pensar en otra cosa durante el resto del día.
Una sonrisa de satisfacción cruzó su rostro. Tal vez no debí haber dicho que me revolvía los sesos con su toque. Nessie negaría con su cabeza ante mis horribles habilidades de coqueteo.
—Renesmee —espeté, anudando mis dedos en el pelo corto de Edward de nuevo—. ¿Dónde está mi hermana?
—Eso está siendo cuidado —dijo con esa voz molestamente confiada—. Jasper es mi segundo al mando. Él va a hacerse cargo mientras estés aquí.
—Renesmee no es un "eso", es una persona y la necesito. Tenemos un lugar donde debemos estar. —Como a un par de cientos de quilómetros de aquí.
—¿En el trabajo? Le dije a Alice que tenías una emergencia familiar.
Di un gemido de consternación y me senté en el brazo del sofá. Dios, no había pensado en el trabajo.
—No hablaste con Alice.
—Lo hice. Dijo que te dijera que se haría cargo de todo.
Gemí aún más fuerte. Conociendo a Alice, era una mala señal. Dado que abandoné a Mike ayer por la noche, y ahora no estaba allí para golpear la nueva cadena de citas que había creado para mí, se ocuparía de las cosas, totalmente cierto. Empezaría diciendo a todos que Renesmee era un lobo, y no sería capaz de llevarla lejos antes que la manada de lobos nos atrapara.
Miré a Edward, una idea chispeando.
—¿Jasper hará lo que quieras?
Se puso tenso, como si hubiera herido su orgullo masculino.
—Por supuesto que lo hará.
—Bien —dije, pensando rápido—. Dile que secuestre a Renesmee, también. Está en peligro. Esos monstruos pueden estar detrás de ella.
Hizo una pausa, claramente pensando.
—Me estás pidiendo que organice un secuestro.
Tiré uno de los cojines del sofá hacia él.
—¡Me secuestraron a mí, idiota! ¿Qué es uno más?
Sonrió.
—El tuyo no es un secuestro, sino una seducción. Nunca podrías sostenerlo ante un tribunal de justicia.
—Y una mierda —dije—. No cambies el tema. Ahora, ¿vas a llamar a ese mamut que llamas Jasper?
—Eres feroz cuando se trata de tu hermana, ¿lo sabías?
—Renesmee es la única persona que me importa.
Sus ojos se oscurecieron.
—¿La única persona? —Antes que pudiera comentar su reacción, dijo—: Está bien. Lo haré a cambio de un favor tuyo.
Le di una mirada cautelosa.
—¿Qué clase de favor? —¿Abrir las piernas y actuar interesada?
La sonrisa satisfecha regresó.
—Tienes que besarme otra vez.
—¿Besarte? —solté—. ¿Recuerdas la parte en la que rompí contigo? No vernos el uno al otro significa que no hay más besos. —Mi corazón latía con fuerza en el pecho. Tenía la boca más jodidamente sexy. A pesar de que los miraba fijamente, sus labios se curvaron en una sonrisa que quise lamer directamente fuera de su cara.
Edward cerró los ojos.
—No creo que tus motivos sean contundentes. Dame un beso y salvaremos a Renesmee. Esas son las reglas.
—Esto no es un juego —repliqué—. Esta es la vida de Nessie.
—Entonces creo que será mejor empezar. —No movió un músculo.
Esperé un momento más, exasperada por su estúpido juego. Se quedó inmóvil, con los brazos a los costados. Todavía olía a trampa.
Me deslicé hacia adelante un centímetro o dos en el sofá.
Se escuchó un ruido satisfecho de su pecho y su boca se curvó en una sonrisa, sus ojos todavía cerrados.
—Eso es todo. Acércate más.
Le di una palmada en el pecho con ligera irritación.
—No quieres decir, "¿Ven a mi red, dijo la araña a la mosca"?
—Eso implicaría que te voy a comer —dijo, sus palabras suaves—. Son tus labios los que se van a mover.
Un escalofrío me atravesó. Me acerqué un poco más hasta que estuve lo suficientemente cerca para darle un beso. Él estaba tumbado y no pude encontrar un buen ángulo para apoyarme, por lo que me coloqué a horcajadas sobre su pierna y me deslicé hacia adelante un poco más.
Gimió y se movió un poco, su muslo presionando contra la V de mis piernas.
—Me gustó eso.
Le di un codazo en el pecho.
—Silencio. Me estoy concentrando.
—Lo siento —dijo en un tono de voz que era todo lo contrario.
Llegué un poco más cerca, deslizándome un poco más abajo en su muslo, sintiéndome sorprendentemente vulnerable. Pero él no movió un músculo, así que me incliné sobre él. Mis pechos rozaron su pecho y di marcha atrás con la sensación.
Gimió, la sonrisa confiada desvaneciéndose.
—Provocadora.
Tuve que admitir, que me gustó esa reacción. Así que me incliné de nuevo, asegurándome de cepillar hacia arriba contra su pecho una vez más, y lo besé.
Al principio, era sólo una ligera presión de mi boca a la suya. Esperaba que tomara el control, pero para mi sorpresa, se quedó quieto. Entonces, el reto me golpeó y de repente quise verlo perder el control. Si esto fuera un concurso, yo estaba decidida a ganar. Destacaba en el tira y afloja.
Así que besé su labio inferior lleno y sensual en primer lugar, dándole un ligero mordisco y calmándolo con la punta de mi lengua. Su respiración raspó, dulce y picante contra mi boca, y me hizo más audaz. Seguí ambos labios con los míos, y luego repetí el movimiento con la lengua, la mía a menudo sumergiéndose en el pliegue leve de su boca. Todavía no se movía, pero su respiración se aceleró contra la mía propia. Deslicé mi lengua dentro de su boca, en busca de la suya. Edward sabía excelente, cálido, almizclado, delicioso. Un ruido suave de placer escapó de mi garganta. Que le envió por encima del borde. De repente, una mano estaba en la base de mi cráneo, y la otra agarrando mi culo, y atrayéndome hacia él, su lengua encontraba con fiereza la mía. Era un baile, un coqueteo de lenguas. Saborear, enredar, retirar.
Se prolongó durante largos momentos, labios unidos con cada lengua empujando, hasta que me faltó el aire y me separé.
Me dirigió una mirada caliente, respirando con dificultad.
—No besas como una virgen.
Irritada, traté de empujarlo lejos.
—Así es —dije con sarcasmo—. Me has descubierto. De noche soy una acompañante profesional.
—Eso explica tu pelo raro ayer —dijo, e hizo una mueca cuando le di una palmada en el hombro.
—Muy gracioso. —La mano en mi cabello se había deslizado por mi espalda, que me sostenía contra su pecho—. Ahora, por favor llama a Jasper sobre Nessie. Estoy muy preocupada por ella.
Se inclinó y besó la punta de mi nariz.
—Ya ha sido trasladada.
—¿Qué?
Sonrió, tan satisfecho como podía estar.
—Jasper se encargó ayer por la noche mientras estabas fuera. Renesmee se esconde en un lugar seguro, al igual que tú y yo. Decidimos separarlas para determinar quién es el objetivo.
Sabía que la estaban persiguiendo, y por qué. Nunca estaría a salvo mientras mantuviera el secreto... pero ¿cómo le digo a Edward que la razón de que sabía que la manada de lobos estaba detrás de Nessie era que ella era la hembra fugitiva que estaban exigiendo a cambio de Esme?
No podía. Y necesitaba oír su voz para saber que estaba bien.
—Edward —dije en tono de advertencia.
Se movió por debajo de mí, jalando algo del bolsillo de los vaqueros de nuevo.
—Aquí —dijo, y me entregó el teléfono—. Llama a Jasper, si lo deseas.
Abrí el teléfono y me deslicé a través de la libreta de direcciones, observando con irritación que muchos de los nombres eran de mujeres, y estaba el nombre de Tanya todavía en su lista, y golpeé el botón de llamada cuando vi el nombre de Jasper.
—¿Sí? —dijo, respondiendo a la primera. Si yo pensaba que la voz de Edward era profunda, la de Jasper era el abismo. Definitivamente igualaba su cuerpo de talla Godzilla.
—Soy Isabella. Tengo que hablar con Renesmee.
Un momento después, la voz de Nessie sonó en mi oído:
—¿Hola?
—Soy yo, Bella. ¿Te encuentras bien? ¿Dónde estás?
Hizo una pausa por un momento.
—Jasper señaló que no es seguro decirlo. ¿Cómo estás? ¿Estás bien?
Estaba empezando a irritarme que Edward y sus secuaces pudieran interferir en nuestras vidas, ponerlas de cabeza, y que de repente estuviéramos bailando a su ritmo. Eché un vistazo a Edward, quien obviamente estaba escuchando la conversación, y estaba segura que Jasper estaba haciendo lo mismo. No podía decirle que los lobos estaban detrás de nosotros.
—Estoy bien. ¿Y tú? ¿Estás... bien? ¿Estás siendo cuidadosa?
Nessie sonaba casi tímida.
—Estoy bien. No hay problemas en este sentido. Estoy siendo cuidadosa.
Suspiré de alivio, sabiendo lo que estaba diciendo.
—Eso es bueno. Eso es muy bueno.
—Esto está bien, Bells. Me voy a quedar aquí con Jasper y el resto del clan Cullen durante unos días. Voy a estar bien.
—Bueno —dije, como si nuestras vidas no hubieran sido arrancadas a la mierda en este momento.
Pero su voz era uniforme y constante, y no tenía el vibrato de miedo con el que me había puesto tan en sintonía. Lo que fuera que estuviera pasando, se sentía segura, y me hizo relajar.
—Me tengo que ir —dijo después de unos minutos—. Estamos haciendo equipos para el Xbox y no quiero estar pegada a Benjamin de nuevo. No sabe jugar Call of Duty, es muy torpe con las manos. Voy a hablar contigo mañana. Te quiero.
—Te quiero —dije lentamente, pero ella ya había colgado. Me sentí un poco picada. ¿Ni siquiera estaba preocupada por todo esto?
—Ella sabe que estás a salvo conmigo —ofreció Edward, casi como si pudiera leer mi mente—. Y está a salvo con Jasper. Moriría antes de dejar que algo le pase a ella.
—Lo sé —dije en voz baja—. Sólo me preocupo por ella.
Su boca se torció en una media sonrisa.
—Eres la madre de Renesmee, ¿no? Por todo lo que ella es tal vez un año más joven que tú.
—Dos años —le ofrecí.
—Todavía la tratas como si fuera una niña. Te gusta ser necesaria, y te gusta ser la que la saca del atolladero. Pero todo está resuelto ahora, por lo que no sabes qué hacer contigo misma.
Puse los ojos en blanco ante su psicoanálisis.
—Eso no es cierto. Estoy feliz de que esté bien, pero todavía estoy preocupada por ella, incluso si ella no lo está.
—Está tan segura como puede estar con Jasper. No te preocupes por ella ni un poco.
Es más fácil decirlo que hacerlo.
Me tocó la parte inferior de la barbilla.
—Sabes lo que esto significa, ¿verdad?
—¿Qué es eso? —dije con cautela.
—Significa que tú y yo podemos descansar aquí y hacer lo que queramos... lo que significa que me puedes hacer panqueques.
—Buen intento.
No parecía disuadido. Sonrió y se volcó sobre mi mano, y luego comenzó a presionar besos a la suave piel de mi muñeca, subiendo por mi brazo con cada uno que me daba.
—Se te olvida que tengo el celo de qué preocuparme, señorita Isabella. Necesito de mi fuerza.
—Bueno, espero que tu mano esté lista.
Me guiñó un ojo, lento y sensual.
—Espero que la tuya también lo esté.
—Eso no es lo que quise decir. Puedo resistirme a ti, ya sabes. —A pesar de que iba a ser difícil como el infierno con sólo él y yo en una cabaña romántica lejos del mundo.
Se rió entre dientes.
—¿Pero puedo resistirme a ti? ¿Durante dos días enteros? ¿Cuándo te sientas sobre mis rodillas y te vez lo suficientemente buena para comer?
Me aparté de él.
—Adulador.
Me dejó ir, pero sentía sus ojos en mí cuando me puse de pie y paseé por la habitación.
—Mi dulce Isabella, ¿nadie te ha dicho que cuanto más corre la presa, más la desea el cazador? No hay nada que ame más un gato que una buena persecución.
—Entonces, ¿qué se supone que debo hacer? ¿Caer a tus pies con mis piernas abiertas? ¿Esperando que eso te haga salir corriendo?
Sus ojos brillaban con interés.
—Podríamos intentarlo.
Le tiré un cojín del sofá en la cabeza.
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A pesar de que Edward era buena compañía, no me podía relajar. Él no se daba cuenta de que Jasper era el enemigo también, pero yo sabía, y permanecía al pendiente. Andaba alrededor de la casa silbando y revisaba las puertas y ventanas, y hacia algunas otras cosas que me extrañaban. Una, por ejemplo, roció cada alfeizar de las ventanas con agua bendita.
Le ofrecí ayuda, pero cuando intentaba hacer algo, me gruñía que me sentara y me relajara. Y luego desapareció, para tomar una ducha.
Confundida con sus acciones, aburrida por no tener nada que hacer, usé su celular ya que el mío se había quedado sin batería y no tenía el cargador. Llamé a la oficina para checar como andaban las cosas y apagar algunos pequeños "fuegos" que se habían levantado entre fechas mal agendadas y una auditoría. Naturalmente, las chicas en la oficina querían saber qué estaba pasando, y no tenía mucho que decirles.
Una adivinó, por supuesto.
—Hay un hombre, ¿no? —dijo Leah por el teléfono, había una sugerencia especulativa en su dulce, alegre voz.
—No hay ningún hombre —dije, pero mi voz falló.
Rió encantada.
—Mujer, sólo hay que esperar. Aposté a que te dirigías a un convento.
—¿Apuesta? —repetí, sin entenderla.
—Apostamos cuándo te ibas a acostar.
Mi mandíbula cayó un poco.
—¿Tienen una apuesta en la oficina? ¿De mí?
—Sí tenemos. —Parecía disgustada—. Renesmee acaba de ganarla. Había dicho que hasta los treinta.
No podía creer que estaban apostando cuándo tendría sexo. Lo que era más increíble que la apuesta más cercana fuera a cinco años... y de mi propia hermana. Irritada, inventé una excusa rápida para colgar, la risa alegre de Leah resonaba en mis oídos.
Edward paso justo en ese momento, su boca curvada en una sonrisa. Probablemente había escuchado cada palabra de la conversación. Le fruncí el ceño y salte del sofá, causando que su libro se cayera al suelo. Me agaché a recoger el libro, y cuando volteé ya había desaparecido otra vez. Un minuto después, escuché la regadera otra vez. Fruncí el ceño desconcertada por su abrupta desaparición. Eso era extraño.
Algo como... ¿Yo? ¿Y el celo mañana?
Me sonrojé, pensando en cómo me agaché y eso lo mando corriendo. Tenía que ser más cuidadosa. Con eso en mente, me senté en una orilla del sofá y hojeé la novela de Edward. Unos minutos después, me congelé cuando escuché que la puerta se abrió. Tratando de no hacer ningún sonido, cerré el libro y me paré. Al otro lado de la casa todavía podía escuchar la regadera prendida.
Nerviosa, me dirigí a la cocina, a mi mente se vinieron los cuchillos. Pero el intruso ya estaba en la cocina.
Era una rubia, pequeña y curvilínea, con cabello corto y ondulado. Tenía pecas en la nariz, y los ojos más verdes que alguna vez haya visto. Era hermosa, vestida con una blusa escotada, pantalones ajustados y sandalias. Un perfume intenso flotaba a su alrededor.
Me miró con un toque de disgusto, sus fosas nasales se hinchaban en una manera que había a aprendido a asociar con los cambiadores. Su labio se curvó.
—¿Quién eres?
Me puse rígida ante su tono grosero.
—¿Quién demonios eres tú?
Dio un paso hacia mí y su perfume fue insoportable. Quería dejar de respirar.
—Soy Tanya, y vivo aquí. —Me mostró su mano con las llaves—. Por eso tengo estas.
¿Vivía aquí? Toda mi fuerza murió cuando vi las llaves. Pero si ella vivía aquí... entonces... algo no concordaba. O me estaba mintiendo, o Edward mentía. No me gustaba la mirada en su cara y decidí quedarme con el diablo que conocía.
—Eso es gracioso, porque podría jurar que estoy viviendo aquí con tu novio, no tú.
El labio de Tanya se levantó.
—Los hombres son unos malditos mentirosos. No me sorprende que haya decidido conseguir otro pedazo de cola, pero sí me sorprende que haya decidido elegir a un humano.
Bien. Crucé los brazos sobre mi pecho.
—Encantada de conocerte, también.
Me ignoró y me dio un pequeño empujón cuando pasó, y se dirigió a la sala de estar. La seguí, determinada a mantener un estado de ánimo positivo, incluso si tenía que resistir el impulso de golpear algo. Volteó a ver mi ropa, la ropa de Edward, y su labio se levantó un poco más.
—Te quiero fuera de mi casa.
—Por mucho que me gustaría complacerte —dije, moviéndome a la esquina más alejada del sofá para mantener un espacio entre nosotras—, me temo que no puedo.
En primer lugar, no sabía en dónde estábamos. Y, en segundo lugar, no me iba a mover hasta que no supiera dónde estaba mi hermana.
No le pareció la respuesta. Gruñó y se acercó a mí, agarrándome del brazo. Sus garras lo cortaron en la parte superior.
Me aparté mientras abría mi piel.
—¡Hey! ¡Déjame!
Para mi sorpresa, lo hizo. Una mirada confusa cruzó su cara y quitó sus garras, luego olió las puntas de los dedos, mirándome.
No debía de gustarle el olor a humano. Demasiado malo.
—Isabella no va a ningún lado —dijo Edward y me volteé para verlo parado en la puerta goteando, una toalla en sus caderas. La mirada en su cara era de furia—. ¿Qué estás haciendo aquí, Tani?
¿Tenía un apodo lindo? Mi disgusto hacia ella aumentó.
Tanya puso las manos en sus caderas.
—Vivo aquí, ¿recuerdas?
—No —dijo Edward calmadamente, jalando su cabello mojado hacia atrás—. Vivías aquí hace seis meses. Luego desapareciste y me dejaste una nota diciendo que habíamos terminado. No te he visto desde entonces.
Si eso era verdad, me sentía un poco mejor. Traté de ocultar la sonrisa que amenazaba con salir a mi cara.
Tanya me dirigió una mirada maliciosa.
—Pues, creí que era nuestro fin de semana. Con el celo de Esme y eso. —Se encogió de hombros—. La gente del pueblo me dijo que habías sido forzado a quedarte con un humano. Creí que podía venir y salvarte de la indignidad.
Pues, ella no era toda luz y dulzura.
—No hay indignidad en absoluto —dijo Edward con una sonrisa y se movió a mi lado—. Me gusta Isabella, humana o no.
Lo hacían sonar como una enfermedad. Piojos humanos.
—Gracias —dije tratando de zafarme.
El brazo de Edward se movió a mi cintura y me jaló enfrente de él, anclándome con su abrazo. Presionó un beso en mi cabello y lo sentí inhalar la esencia. Su pulgar me acaricio debajo de mi camiseta prestada, rozando mi piel en un movimiento que me hizo cosquillas y me hacía querer temblar.
Tanya se dio cuenta de todo esto, su bonita cara se empezó a poner fea del disgusto.
—Tú y yo teníamos un acuerdo, Edward...
—No —dijo, interrumpiéndola—. Teníamos una relación. Una vez. Ahora tengo una con Isabella.
Su mirada de odio se posó en mí.
—¿Así que estas eligiendo este pedazo de humano sobre mí?
Puse mis manos en mis caderas, dispuesta a darle pelea.
Los brazos de Edward se apretaron a mí alrededor y presionó un beso en mi cuello, haciendo clara su elección y silenciando cualquier protesta que pudiera tener.
Tanya se puso furiosa con ese pequeño gesto. Aventó las llaves contra la pared. Sonó como un disparo, un gran pedazo de cemento se cayó, quedó un hueco del impacto. Demonios, era fuerte.
—Quiero mis cosas de regreso —gritó.
—Se las regalé a Esme —dijo—. Seis meses atrás, cuando te fuiste
con otro hombre.
Los ojos de Tanya se entrecerraron y su mirada se posó en mí otra vez.
—Puedes tenerlo, estúpida perra humana —dijo—. Él no vale la pena. — Una pequeña sonrisa curveó su boca y le dio a Edward una mirada triunfante—. Espero que estés satisfecho con tu elección. Ella no te va a hacer tan feliz como yo te hubiera hecho. —Dio la vuelta y se fue pisando fuerte. Me quede ahí, congelada por su odio, hasta que azotó la puerta, haciendo temblar la casa.
—Eso es gracioso. No recuerdo ser feliz en esa relación —dijo vagamente.
Trate de salirme de sus brazos, pero no me dejó.
—¿Qué fue todo eso de "asquerosos humanos"?
Besó mi cuello, sus labios se movían contra mi piel mientras respondía.
—La Alianza ve a los humanos como débiles y enfermos.
Y él era el líder de la Alianza.
—Oh, ¿de verdad?
—Tienes que admitir que la parte de más débiles es verdad.
¿Débiles? ¡Enfermos! Hice a un lado su cabeza y empujé sus brazos.
—¡Déjame salir!
Era como luchar con una caja fuerte. Edward no me iba a liberar, y eso me afectó.
—Déjame explicarte —dijo, su voz paciente.
Me volteé.
—No estoy interesada...
—Vas a escuchar —dijo, y estaba fuera del suelo. Demonios, me levantó como si no fuera nada. Miré el gigante hoyo que Tanya había creado con su ira cuando tiró la llave y temblé. Estos cambiadores eran fuertes.
Estaba en lo correcto con lo que los humanos somos débiles, pero aun así me ponía furiosa.
Edward me cargó a través de la habitación y me puso en el sofá. Cuando traté de levantarme se acostó encima de mí, sonriendo. Su peso era un sentimiento peculiarmente placentero.
—¿Estas lista para escuchar? —preguntó.
—Me estás asfixiando. —Mis manos empujaron contra su pecho.
Su cabello seguía mojado de la ducha, una gota tibia cayó en mi cara. Podía sentir el calor de su duro, desnudo cuerpo presionado contra el mío. Mandando traidores chorros de placer a través de mí.
—Isabella —comenzó, apoyándose. Un ruido bajo comenzó en su garganta.
Estaba... ¿ronroneando? ¿Por qué lo encontraba encantador?
Sonrió ante mi silencio.
—¿Sabes que cuando te enojas, tu pequeña barbilla se pone puntiaguda?
—Estoy segura que es una de las repulsivas cosas humanas —comencé, pero perdí la concentración cuando se deslizó y me dio un beso en la barbilla.
Primero uno, luego otro, distrayéndome completamente. Me dio otro beso en la línea de mi mandíbula, mordisqueando hacia mi oreja.
Y oh, se sentía bien. Sus dientes jugaron con mi lóbulo de la oreja, gentilmente, probando la suave piel en una forma que imaginé que probaría el resto de mi cuerpo. Tocando, probando, explorando. Mordió mi oreja y mi aliento explotó desde mi garganta.
—Tanya y yo habíamos terminado desde hace seis meses. Me dejó por otro hombre. No la había visto desde entonces, así que no podía recuperar mi llave. —Comenzó a descender hacia mi garganta otra vez, besando y mordiendo cada centímetro de piel, después lamiendo los puntos sensibles—. Nunca la escogería por encima de ti.
Lo volví a alejar.
—Genial, escogiste el apestoso-insecto humano en vez de la loca cambiadora. Eres un príncipe entre los hombres.
Se rió, y su lengua lamió mi clavícula.
—Creo que eres deliciosa.
—¿No una carga de enfermedades?
—Ni en lo más mínimo —murmuró contra mi cuello, con un cosquilleante y tibio aliento contra mi piel.
Me hice consciente de su cuerpo que cubría el mío. Fuerte, caliente y un poco húmedo por la ducha. Muy desnudo. Su pecho se presionó contra el mío, pesado, pero no aplastante. Mis pechos presionados contra su pecho, y resistí el impulso de restregarme contra él como un gato.
Estaba enojada, me recordé.
Cuando mordió mi clavícula, se me escapó un pequeño sonido de placer y mi furia se derritió.
—Eso es, mi dulce Isabella —murmuró contra mi piel—. Déjame probarte.
—No —protesté, pero fue tan suave que ni yo me la creí.
—¿No? —Se acercó, su nariz rozaba la mía en un movimiento juguetón, su boca estaba tan cerca que podía probar su aliento.
El deseo de besarlo se disparó a través de mí, eliminé el espacio entre nosotros y sellé el beso. Su boca inmediatamente respondió a la mía, caliente, demandante, deliciosa. Su lengua se deslizó en mi boca, se reunió con la mía, y el beso se volvió tan profundo y caliente que mi cerebro empezó a perder su enfoque. Escuché un suave sonido de placer y me di cuenta que venía de mí.
Respondió con un gruñido que fue demasiado sexy, y olvidé todo menos el intenso beso.
Su mano se deslizó hacia abajo por mi costado mientras nuestros labios se separaban y el beso terminaba, pero Edward no se detuvo. Comenzó a morder por mi mandíbula otra vez. La barba en su cara raspaba contra mi piel. Dolía, pero era un dolor fascinante, y me retorcí de placer cuando lamió mi cuello otra vez.
Su mano recorrió todo el camino hasta mis muslos, y mi pierna siguió el placentero movimiento. No me había dado cuenta de lo que estaba haciendo hasta que mis piernas se abrieron y el pesado cuerpo de Edward se deslizó en el espacio que se había hecho. Y sensaciones totalmente nuevas explotaron en mi cabeza. Nuestros cuerpos encajaban como magia, y su mano elevó mi muslo, y después estaba enredando mis piernas con ropa alrededor de su cintura desnuda.
Se sentía tan bien, y por el profundo ronroneo en su garganta, sabía que a él también le gustaba. Podía sentir el calor de su erección en la unión de mis piernas, y cuando él la empujo contra mí, jadeé. El significado ahí era obvio.
Edward se quedó quieto contra mí, y sus ojos grises buscaron los míos.
—¿Estás bien, Isabella? —Presionó pequeños besos en mi boca, como tratando de apaciguarme. Sus caderas se movieron contra las mías en otro movimiento, y fuego líquido me recorrió, mi cuerpo entero temblando.
Eso se sentía tan bien. Terriblemente excitante. Lo besé otra vez en respuesta.
—Mi dulce cosa. —Respiró contra mi boca, atenuando sus palabras con pequeñas mordidas y lamidas—. Quiero besar tus pechos.
Gemí ante la imagen, mis caderas empujando las suyas ante el pensamiento. Gruñó bajo en su garganta y empujó de regreso, presionando la dureza contra el ápice de mis muslos, mis pantalones de deporte de pronto parecían muy delgados.
Edward se deslizó por mi cuerpo, sus manos resbalándose por mis costados, presionando su cara contra mi clavícula y yendo más hacia abajo, acariciándome a través de la tela. Centímetro a centímetro, se movió hacia abajo hasta que su barbilla descansó entre mis pechos, y mi aliento venía en pequeños y rápidos jadeos mientras lo veía, esperando ansiosamente.
Volteó a verme, y mientras lo hacía, su boca se deslizó un poco, y delicadamente mordió un pezón a través de la tela. Mi respiración volvió a explotar en mi garganta. Mil explosiones de placer electrificaron en ese lugar. Continuó mirándome, sus calientes ojos grisáceos, sus manos acariciándome en mis costados.
—¿Estás bien?
Asentí, no confiando en mi voz. Después escupí:
—Por favor... no te detengas. —Necesitaba sentir esa sensación otra vez, y se estaba moviendo muy despacio.
Volvió a agacharse sobre mi pecho, sus ojos en los míos, y mientras yo miraba, mordió la punta cubierta por la tela otra vez. Gemí de placer.
—Oh, sí... por favor. Edward, por favor.
Edward no necesitó más motivación. Mientras lo veía, su lengua emergió y lamió mi pezón a través de la delgada tela de la camiseta, jugando con él. Su boca se cerró sobre el punto sensible y succionó, probando la mojada camiseta contra la punta. Empujé mis caderas contra las de él, un sollozo jadeante emergió de mi garganta, y mis ojos se cerraron.
—Oh, por favor, Edward.
Edward se congeló sobre mí, y se alejó.
—Necesito otra ducha.
Después me quedé despojada, mis ojos se abrieron justo a tiempo para ver su desnuda espalda desapareciendo por el pasillo, dejándome con nada más que un punto mojado en mi camiseta, pechos adoloridos, y una intensa sensación palpitante entre mis piernas.
Necesitaba una ducha fría para mí misma.
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¡Aquí tenemos otro capítulo! Me alegro que les esté gustando la historia. Ya hablé en el cap anterior de cómo estaría la dinámica estos días… así que esperen algunas actualizaciones hoy y tal vez mañana.
¡Nos vemos!
