Hola chicas ¿cómo están? Espero bien, les traigo la continuación de esta adaptación que está llegando a su final, les agradezco mucho a todas las que comentan en cada capítulo, y a las que ponen la historia en favoritos y alertas. Como ya saben esto es una adaptación y los personajes que utilizo son propiedad de Stephenie Meyer.

Capitulo anterior

Cuando comenzó a amanecer, oyó cómo él andaba por el pasillo y supo lo que tenía que hacer. Se levantó apresuradamente de la cama y abrió la puerta de su habitación. Jasper se sobresaltó y se dio la vuelta. Su sorpresa era evidente.

—No quería despertarte. Lo siento —se disculpó él.

—No me has despertado —contestó ella—. Estaba esperando.

—¿Por qué? ¿Para despedirte? —quiso saber Jasper, impresionado—. Pensaba que ya nos habíamos despedido.

—No… no quería despedirme. Lo que quería era pedirte que tuvieras cuidado, porque si no… si no regresas… si no te vuelvo a ver nunca más… no seré capaz de soportarlo.

Alice vio la incredulidad que reflejaba la cara de Jasper y prosiguió hablando.

—Siento si eso no es lo que querías oír, o si te he hecho sentir incómodo porque he roto nuestro compromiso. Simplemente necesito decirte… necesito que sepas cómo me siento. Y ahora que ya lo he hecho, no tiene por qué importar nunca más y jamás volveré a hablar del tema… si eso es lo que quieres.

—¿Lo que yo quiero? Dios santo, Alice, eliges los peores momentos —comentó Jasper—. Todo este tiempo perdido… todas esas infernales noches solitarias… y ni una sola palabra… ni una sola señal hasta ahora… cuando yo me tengo que marchar para tomar un maldito avión.

Entonces tiró al suelo su maleta y su maletín y se acercó a ella para abrazarla. La besó y le acarició el cuerpo por debajo del albornoz al hacerlo.

Alice respondió con fervor; lo abrazó por el cuello y apretó su cuerpo contra el de él.

Cuando por fin Jasper dejó de besarla, a ambos les faltaba el aliento.

—Cuando regrese, Alice Brandon, tú y yo vamos a tener una conversación muy seria —dijo él.

—No te vayas —pidió ella, ofreciéndole su boca de nuevo.

Jasper le besó los labios y bajó hacia su garganta mientras le acariciaba el pelo.

—Debo marcharme, cariño, y lo sabes —contestó, apartándose de ella de mala gana. Le agarró la mano y se la llevó a la boca—. Duerme en mi cama mientras yo no esté, por favor —susurró.

Entonces se echó para atrás y agarró sus cosas. Ya desde la puerta, se dirigió a ella.

—Regresaré —le dijo, sonriendo—. Así que asegúrate de que estás aquí… esperándome.

—Sí —contestó Alice—. Te lo prometo.

Después de que él se hubiera ido, ella se quedó durante bastante tiempo mirando la puerta. Pero entonces se dirigió a la habitación de Jasper, se quitó el albornoz y se metió entre las sábanas en las que había dormido él. Con la cabeza apoyada en la almohada donde había reposado la mejilla del hombre al que amaba, se quedó profundamente dormida.

Continuación del capítulo 11

Pero no fue siempre tan simple. Había noches en las que la ansiedad se apoderaba de ella y no conseguía conciliar el sueño.

Durante el día, el trabajo la rescataba. Haberse dado cuenta de sus verdaderos sentimientos hacia Jasper había logrado que se abriera una nueva dimensión en su mente y le estaba resultando muy fácil escribir.

Según iban pasando las semanas, reflejó en Mariana todos los sentimientos que sentía ella misma. Hugo se había convertido en su amante y ella comprendía que estuviera apartado de su lado, ya que estaba al servicio de Wellington.

Pero también tenía que ocuparse de William, el antiguo héroe del libro. Así que cuando por fin Mariana alcanzaba su objetivo y llegaba a los acantonamientos británicos, Alice disfrutó al hacerle ser una mala persona, un mojigato no merecedor de su amor.

No como Hugo, quien la quería por lo que ella era.

También había previsto el final del libro, en el cual Hugo se enfrentaba a un pelotón de fusilamiento por haber matado a un miembro del ejército, un joven oficial que él había descubierto era espía de Bonaparte. Ello significó hacer pasar a Mariana por la agonía de ver a su amado enfrentarse a sus ejecutores con mucho orgullo antes de caer al suelo.

Pero ninguna de las balas le hirió ya que, bajo órdenes de Wellington, habían sido manipuladas con substancias menos letales.

Aunque eso era algo que Mariana sólo descubrió al entrar en la posada y ver a Hugo allí esperándola para regresar con ella a Inglaterra.

Alice sonrió y lloró al mismo tiempo al escribir cómo ambos se echaban uno en brazos del otro… aunque ella tendría que esperar por su propio final feliz. No parecía que Jasper fuera a regresar en poco tiempo.

Ante su sorpresa, él solía telefonearla con frecuencia, aunque eran llamadas breves y nada románticas. Pero con sólo oír su voz a Alice se le saltaban las lágrimas de alegría. Solía llamarla tarde, como si estuviera esperando un momento en el que supiera que ella estaría arropada en su cama.

Esme Cullen había revisado el libro y le había dicho que lo iba a mandar a varias editoriales. Entonces, mientras Alice todavía estaba emocionada por ello, la dejó impresionada al preguntarle de qué iba a tratar su próximo libro.

—Quien sea quien lo compre lo querrá saber antes de ofrecerte un contrato —había dicho Esme—. Y casi seguro que estarán buscando otra aventura romántica. Así que comienza a pensar, querida, y rápido.

Una tarde, mientras llegaba al piso desde la biblioteca, donde había ido para recabar información para su nueva novela, la señora Medland estaba preparándose para marcharse.

—Tiene usted una visita, señorita Brandon —informó en voz baja, gesticulando hacia el salón—. Le dije que no había nadie en casa, pero me contestó que esperaría y no aceptaba un no por respuesta.

Alice pensó que sería Bella, pero le extrañó que la señora Medland no se lo hubiera dicho.

No estaba preparada para encontrar a María Randall echada en el sofá.

—Así que… —dijo ella— aquí tenemos a la incipiente escritora. Aunque eso ya no es muy preciso… He oído por ahí que has terminado tu libro y que ya se está moviendo por las editoriales. Debes de estar muy contenta contigo misma.

—Buenas tardes —dijo Alice, acercándose—. Me… me temo que Jasper todavía está de viaje.

—Sí —concedió María—. Jugando de nuevo a ser el buen samaritano en África. Pero he venido a verte a ti.

—Oh —dijo Alice, sintiéndose enferma—. Entonces te puedo ofrecer café, o quizá té.

—Eres la perfecta anfitriona, pero yo hubiera pensado que agua y leche hubiera sido más apropiado… viniendo de ti. De todas maneras ahora me doy cuenta de que nunca se sabe.

—No sé por qué estás aquí —espetó Alice, levantando la barbilla—. Pero no tengo por qué soportar tus groserías. Por favor, márchate.

Entonces Alice se dio la vuelta. Pero María se dirigió a ella de manera imperativa.

—Creo que será mejor que te sientes y escuches, chica. No he venido aquí a mantener una reunión social y tengo mucho que decir… aunque no te va a gustar nada.

Alice se sentó en el borde del sofá que había frente a María.

—Si me vas a decir que Alder House no me va a hacer ninguna oferta, no supone ninguna sorpresa para mí. Dejaste claro que no estarías interesada y así se lo hice saber a la señora Cullen.

—Desde luego que no tengo ningún interés comercial en tus garabatos, pero tengo que admitir que siento cierta curiosidad… teniendo en cuenta que compartimos tanto en otros aspectos.

—Yo no lo creo —negó Alice.

—Oh, no seas tímida. He echado un vistazo mientras la señora de la limpieza estaba en la cocina y me he percatado de que la habitación de invitados ahora es un despacho. También he visto que había cosas tuyas en la habitación de Jasper.

—Lo… lo siento —se disculpó Alice, que no pudo evitar sentir pena por aquella mujer… aunque le caía muy mal.

—¿Por qué? No me sorprende. Fue bastante obvio en aquella cena que tuvimos que él estaba planeando acostarse contigo. A no ser que su amigo Riley lo hiciera primero. Pero a Jasper le gustan los retos y yo aposté por él.

—¿Quieres decir… que no te importa? —preguntó Alice, impresionada.

—¿Qué es lo que tendría que importarme? A Jasper le gusta variar de compañera de cama, siempre lo he sabido, y tú debes de haber sido toda una novedad. Pero debo reconocer que, aunque a veces le gusta jugar duro, el hecho de que parece que tú compartes sus gustos realmente me ha sorprendido —comentó María, riéndose—. Habría dicho que eras demasiado remilgada para esos juegos.

—No sé de qué estás hablando —dijo Alice.

—Entonces permíteme que te refresque la memoria —María hurgó en su bolso y sacó una gran carpeta—. Después de todo, está aquí, en blanco y negro —entonces dejó la carpeta sobre la mesa—. O debería decir con todo detalle. Dime una cosa… ¿el atarte fue idea de Jasper o tuya?

Horrorizada, Alice se quedó mirando la carpeta al reconocerla. Era la copia original de su libro… en la que seguía apareciendo la escena de la violación. Esme Cullen había prometido que la iba a destruir, pero allí estaba.

—¿De dónde la has sacado?

—De la oficina de tu agente. Según parece era la última copia y la leí con total fascinación, sobre todo el último capítulo. ¿Sabe Jasper que su más inusual tendencia sexual va a aparecer publicada en un libro, o le vas a sorprender?

—Me lo inventé —espetó Alice—. Me lo inventé todo, absolutamente todo.

—Todo no, querida —contradijo María—. Tu descripción del carácter de Cantrell es como describir a Jasper, incluidas esas características cicatrices suyas. ¿Por qué no iba a ser el resto cierto?

—Porque tú más que nadie debías saber que no lo es. Jasper nunca… no podría… no haría…

—Yo sólo sé que no me lo hizo a mí, pero claro, tampoco me veía como a una víctima y quizá eso suponga una diferencia —contestó María, sonriendo.

—Eres mala, completamente despreciable —dijo Alice en voz baja.

—Y supongo que tú eres Blancanieves… claro que ella nunca se vio enfrentada a una demanda por difamación.

—¿De qué estás hablando? —exigió saber Alice.

—De la reacción de Jasper cuando esta basura… —contestó María, señalando la carpeta— se haga pública.

—Pero nunca se publicará —explicó Alice, desesperada—. Volví a escribir la historia y ahora es completamente diferente. Hugo Cantrell es el héroe y eliminé ese capítulo.

—¿Eliminado? —se burló María—. ¿Cuándo yo lo he leído y otras personas también pueden hacerlo? No lo creo.

—Pero no lo va a leer nadie más —contradijo Alice—. Esta es la única copia.

—Quizá antes lo fuera —contestó María—. Pero ya no, porque conozco varios periódicos a los cuales les encantaría poder por fin echar basura sobre el gran Jasper Whitlock.

—¿Sobre Jasper? —preguntó Alice, perpleja—. ¿Por qué debería importarles él?

—Parece que Jasper te ha estado ocultando cosas. Admito que este piso no es la clase de casa en la que esperarías que viviera un multimillonario, pero perteneció a su madre y él le tiene mucho cariño. ¡Dios sabrá por qué! No hace alarde del dinero y le gusta que le vean como un colaborador más en todas las empresas que tiene, no sólo como el director. No le gusta comparecer ante la prensa y se negó en redondo a realizar ninguna entrevista cuando sacó a sus hombres de Buleza. No fue muy educado.

María hizo entonces una pausa.

—Imagínate cómo se sentirá cuando se entere de que es el centro de un escándalo sexual… el hombre increíblemente rico que violó a su cocinera, la inocente virgen que amparó en su casa. Y cómo ella se vengó revelando en detalle su terrible experiencia en un periódico barato…

—Pero no hay nada de verdad en todo eso —dijo Alice fríamente—. Y yo lo diré.

—Tú ya has dicho muchas cosas, niña —comentó María, riéndose—. Todo está aquí escrito y, aunque Jasper pueda hacer que sus poderosos abogados trabajen para impedir que los periódicos publiquen la historia, se publicará… tengo una amiga que se encargará de que así sea. El daño estará hecho, ya que siempre habrá alguien que lo crea.

Impresionada, Alice estaba escuchando todo aquello sin poder creérselo.

—Me pregunto qué te dirá Jasper… y qué hará —continuó María—. Has invadido su preciada privacidad, has acabado con su reputación y le has hecho parecer ridículo… y eso nunca te lo perdonará. Así que supongo que te demandará y ninguna editorial publicará la otra versión que has escrito ya que tiemblan con sólo oír la palabra «difamación».

Entonces suspiró, satisfecha.

—Así que, mi querida Alice, yo diría que tu pequeño romance se ha terminado… así como tu carrera. ¿Qué te parece?