Los personajes no me pertenecen.

Jugando a engañar.

- James, ¿puedes dejarnos a solas un momento?- dijo cariñosamente Angela, acariciándole el pecho suavemente. Los ojos azules de James se volvieron a mirarme, dejándome a entender que estaría al tanto de nuestra conversación muy luego.

- Por supuesto- dijo cordialmente yéndose por el mismo camino de Edward. Fruncí el cejo, recelosa observándolo irse.

Al igual que yo ella también lo miró irse, su rostro moreno mostraba la ternura del enamoramiento. Soltó un suspiro. Estuve a punto de rodar mis ojos cuando la vi que ahora su atención estaba puesta en mí, su mirada era escrutadora.

- ¿Estás segura de lo que haces?- preguntó seriamente formando una leve arruga en su frente cuando esta se crispaba de preocupación.

Lo consideré por un momento, me parecía necesario mantener lo nuestro en secreto. Incluidos a mis amigos. Puede se,r que el mentirle a Angela sea una ridiculez. Ella lo sabría por James. Él no parecía ser un hombre que guardase secretos, o quizás sí. Sin embargo, Edward no era un tipo normal, además de mi jefe. No, era el jefe de mis jefes. No sabía cómo afrontarlo.

- ¿De qué hablas?- me di por desentendida.

- ¿Estás con él?- indicó hacia adentro donde Edward había desaparecido.

- No Angela, claro que no. Él es solo el hermano de Alice, una amiga de Eric y mía. Él solo vino a hablar un tema sobre ella.

Su rostro se relajó, en evidente alivio. ¿Por qué?- ¿Entonces ayer por la noche no estabas con él?

- No de la manera en que tú crees. Tuve que asistir a un evento de beneficencia que él organizó ya que mi jefa me lo pidió.- Me encogí de hombros.- Y cuando estaba allí Alice me llamó para que le hiciera compañía. Se sentía mal y fui a verla. Dormí en su casa – dije intentando ser convincente.
- Obviamente, no tengo nada con él, Ange. Un tipo como él no se fijaría en alguien como yo- añadí haciendo un gesto despectivo, demostrando su superioridad.

- Yo no estaría tan segura- replicó mi amiga frunciéndome el ceño, lo que me hizo entrar en nervios.

- Señoritas- nos volvimos las dos al mismo tiempo ante la voz de Edward. Este estaba parado apoyándose en el marco de la puerta. Despreocupado y sexy. ¿Cuánto tiempo llevaba allí? – Lamento interrumpirlas pero debemos irnos.

¿Irnos? ¿Dónde? Mi cuerpo se tensó al instante, Angela se volvió a mirarme con una ceja enarcada. Casi queriéndome decir: Estabas mintiéndome.

- Mi hermana Alice, acaba de llamarme insistiendo en que necesita ver urgente a Bella- le explicó a mi amiga.

Mierda. Él escuchó.

- Entonces, probablemente hoy no irás a mi casa- mis ojos instintivamente se fijaron en esos ojos verdes que me penetraban. Pude notar confusión y enfado.

- No creo, Alice me necesita. Lo siento- me disculpé.

Ange asintió.- No te preocupes, Bells. Ya nos veremos.

Por el rabillo del ojo pude ver a Edward. Se distanció de la puerta, caminando hacia mí, con su mirar penetrante e impasible. Posó su fuerte brazo en mis hombros, un gesto amistoso si no fuese por el roce de su pulgar contra mi cuello. Una mezcla de alivio y de nervios me vino encima.

- Creo que ya no tenemos que hacer nada más aquí- se atrevió a decir James al llegar.

¿Los dos habían oído nuestra conversación? Le tomó la cintura y susurró algo en su oído mirándome. Le sostuve la mirada.
El toque amistoso de Edward era tenso. Le sostuvo la mirada a James, imperturbable y calmada. Esa mirada que escondía algo debajo. Ellos también debieron haber hablado.
Los juguetones ojos de James se situaron en él y sonrió genuinamente.

- Bells, saluda a Alice de mi parte- me guiñó un ojo.

Lo último que se escuchó fue el sonido de la puerta cerrándose.

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- Así que… yo no me podría fijar en ti.- Su rostro era inexpresivo y su boca era una fina línea. Estaba intentando esconder sus emociones.

- Era lo más creíble- admití mordiéndome el labio.

Enarcó una ceja. - ¿Lo más creíble?

- Déjalo ya, Edward- le regañé pasándome una mano por mi frente. Me había dado dolor de cabeza, detestaba mentir y, sin embargo lo había hecho en menos de tres horas a mis mejores amigos. Simplemente por el hombre que se encontraba al frente mío. – Estoy cansada.

- ¿Quieres que me vaya?

Abrí los ojos de golpe. Yo no quería eso.- Quiero un día normal. Si te molestó lo que dije, solo olvídalo.

Bufó pasándose una mano por su desordenado cabello.- Eres complicada Bella.

- Es parte del paquete- le di una sonrisa juguetona. Rodeé su cintura con mis brazos, podía sentir sus músculos bajo mis manos. Era demasiado alto, le llegaba un poco más debajo de los ojos. Inevitablemente tenía que mirarlo levantando mi barbilla, lo que le daba libre acceso a mi boca. – Tú decidiste no escucharme cuando te rogaba que me dejarás en paz. Ahora atente a las consecuencias.

No esperé una respuesta. Sus labios aplastaron los míos entregándome por completa a él.
Nuestras lenguas se unían en un seductor juego. Alejamos nuestras bocas, acalorados, pero Edward nunca perdía el tiempo. Mientras me reponía de su excitante beso sus manos jugaron con mis senos, asimismo me empujaba contra la pared. Mi entrepierna estaba húmeda y dispuesta cuando su mano derecha comenzó a explorar al sur.
Mordisqueé su labio inferior con fuerza. Soltó un gruñido y volvió a besarme. No pude evitar recordar lo de anoche. Él y sus manos, él besándome, él lamiéndome, él entrando en mí. Y sin darme cuenta unos gemidos escaparon entre mis labios.
– Dios, Bella. Deja de hacer eso o te tomaré aquí mismo.

- ¿Qué te lo impide?- gemí al sentir su mano explorándome bajo mi pantalón acariciando mi sexo.

Di un saltito de asombro ante la invasión de sus dedos.

- Tengo planes para ti –ronroneó excitándome más. Bajó su boca por mi mandíbula hasta el cuello. Mi vientre se contrajo, anhelando algo más que su mano.

Sin darme cuenta, quitó la mano y se alejó. ¡NO! Mi cuerpo se sintió vació quedando allí todavía apoyada en la pared, recuperándome por ese arranque de calentura. Abrí los ojos lentamente. Me miraba fijamente, su expresión era indescriptible, misteriosa que llegaba a excitarme sin tocarme. Pude notar el amago de una sonrisa.
Fruncí el ceño, enfadada. La situación le divertía. El verme allí vulnerable, excitada y frustrada era un espectáculo para él.

- Bien, vamos- gruñí arreglándome la ropa.

- Necesito unas cosas. ¿Tu habitación está arriba?

Asentí. Recordé mi bolso tirado en la puerta, lo recogí y se lo mostré. Sin embargo él solo negó quitándomelo.

- No, necesito algo que seguramente no lo tienes aquí.

- ¿Cómo qué? ¿Un vibrador?- dije sarcásticamente.

Enarcó una ceja.- No sabía que poseías uno.- Su burla y miraditas estaba colmando mi paciencia.

- Y no lo hago, era sarcasmo.

Lo dejé revisando mi bolso a pie de las escaleras, en cambio yo subía a buscar lo que me pidiera. Edward mandón y burlón no era mi favorito.

- Me encantas cuando te enojas. Pareces un gatito enfurruñado- comentó subiendo las escaleras tras de mí. Su mano se posó en mi cintura. La quité con rudeza, mi mal humor había vuelto.

- Nunca me has visto enojada de verdad, así que no puedes opinar- espeté molesta empujándolo para adelantarme.

Lo guie por la casa. Edward se dedicó a inspeccionar con la mirada todo a su paso.

- ¿No?

- Solo estoy molesta Edward. No puede ser que me dejes de manera. No calientes la sopa si no te la vas a tomar.- Mala analogía, lo sé.

- Nunca había escuchado eso- se rio tras de mí. Le di una fugaz y gélida mirada que significaba: "No estoy de humor". – Vamos Bella, solo te di un incentivo para más tarde.

- No necesito un incentivo a medias- gruñí abriendo la puerta al llegar. – Además, si fuera al revés tú hubieses tomado cartas en el asunto.

- Probablemente.- Se encogió de hombros, procediendo a observar y analizar. Abrí la puerta de mi ropero, revisó mis vestidos y sacó uno conocido por los dos.- Quiero que lleves este hoy.

Era el vestido que me regalo, el que yo pensaba devolverle.
- No.

- Quiero que lo uses Bella, pruébatelo- ordenó dejándolo encima de mi cama.

- No usaré eso Edward. No porque lo ordenes lo haré- me abstuve de tirárselo por la cabeza, simplemente lo tomé y lo dejé en su lugar.- Además no me has dicho dónde vamos.

- No te diré si no te lo pruebas.

- Entonces no quiero saberlo.

Era un juego, alguien tendría que ceder. No estaba dispuesta a perder.

Sacudió la cabeza musitando.- Eres definitivamente un desafío.

Decidí ignorarlo, si no lo hacía descargaría todo mi molestia sobre él. Enfurruñada, abrí el bolso sacando mis pertenencias.

- ¿Qué haces? No te dije que sacaras eso- dijo confundido. Tomó mis manos para impedirme seguir.

- No tengo que pedirte permiso para nada Edward, soy una mujer adulta e independiente- le respondí con suficiencia. Por muy millonario y famoso que fuese a mí no me intimidaba.

- Isabella, detente- ordenó alzando la voz. Lo miré atónita. ¿Me acababa de gritar?
Hice un movimiento brusco para zafarme de sus tenaces manos.

- Escúchame bien, Edward Cullen, puedes mandar a tus empleados, a Irina, a James. A quién, maldita sea, se te plazca. Pero a mí, no. Llevo años cuidándome sola, sin recibir órdenes de nadie. Y muy bien lo he hecho. No eres mi padre, ni mucho menos mi novio. Lo dejaste en claro, esto es solo sexo para ti y así será. No aceptaré que me digas qué vestir, qué hacer, qué decir. ¿Me escuchaste?- mi voz salió casi un susurro frío y amenazante pero no había mucha distancia entre nosotros, logró escuchar lo que dije y muy bien. Su expresión no tenía nombre, era una mezcla de asombro, confusión, enfado y ¿admiración?

Su mirada impasible, impenetrable se convirtió en una enervada, contenida. Lo vi acercarse y automáticamente me alejé de él, necesitaba pensar coherentemente y su presencia no me ayudaba mucho. Siempre sacaba algún sentimiento poderoso. Me hacía perder los estribos de cualquier forma.

Su maldito teléfono sonó. Pude atisbar la duda en su mente: tomar la llamada o yo. Decidió parar el sonido y contestar. Me relajé un poco, eso nos daría unos minutos para calmar los ánimos.
Volví a acercarme en la cama mientras él se alejaba. Sentada ya, me dediqué a doblar la ropa sin darle mucha importancia, casi por hacer algo. Le observé de reojo, su imponente presencia hacia minimizar mi –ya pequeña- habitación. Hablaba lento y pausado, autoritario. Su palabra era ley y debía cumplirse. Probablemente esa sea su filosofía, no aceptaba un "no" por respuesta. Quizá en su mundo le funcionase. No obstante, conmigo tendría problemas.

- No fue eso lo que acordamos Schmidt- bufó, se pasó una mano por su desordenado cabello escuchando a su interlocutor.- No quiero excusas.- lo interrumpió, su voz era calmada.-Quiero la maldita firma, no me importa lo que tengas que hacer para obtenerla. Llegamos a un acuerdo con los Weissman. Hazlos cumplir. Por algo te estoy pagando.- No le permitió a "Schmidt" expresarse ya que cortó la llamada enfadado.

Se tocó el cabello, nuevamente.
Hasta que recordó mi presencia. Lanzó una mirada a mi dirección y exhaló ruidosamente, su mandíbula estaba tensa. Al parecer su mañana no iba demasiado bien.

Inició su marcha por la habitación nuevamente, tecleando algo en su celular. Quizá mandando un mensaje. Al terminar, percibí su mirada fija en el cuadro sin terminar.

- Entonces no me equivocaba- dijo serio, sin mirarme.
Si no estuviese atenta a sus pasos pude pensar que hablaba solo. Observó detenidamente este, acariciando la pintura seca. Recordé sus palabras el día de esa desastrosa cena.

- Tus informantes hicieron un buen trabajo Sherlock- me burlé. No estaba siendo agradable lo sabía, la discusión todavía me tenía alterada.

- Gracias Watson, me llevó una pequeña fortuna para saberlo- reprimí una sonrisa. Me puse de pie, dispuesta a olvidarme un rato de los problemas y de paso, hacerlo olvidar también.- ¿Qué se supone que significa?

- ¿Qué es lo que se te viene a la mente?

Meditó un minuto antes de responder. – No soy muy subjetivo. El surrealismo no es lo mío.

- En cambio los números…

Asintió.- Los números hablan por sí solos.

No pude evitar reír. Era tan cuadrado, tan cabezota.

- Tienes que sentir lo que quiero representar- le animé a que lo intentara, tendría que abrirse si es que quería saber.

- Que estás loca.- Entrecerré los ojos, ofendida. Él sonrió sacudiendo la cabeza.-No lo sé Bella, Alice es la artista de la familia no yo.

Sonreí.- No es necesario ser artista para apreciar el arte. Simplemente lo debes imaginar, apreciar, sentir.
Mis manos acariciaron sus abdominales, inmediatamente se puso tenso. Sonreí para mis adentros, con sus ojos fijos en lo que estaba haciendo, seguí por su pecho, cuello. Mi tacto lo estaba – evidentemente- excitando. Me hacía sentir poderosa ser capaz de excitar a un hombre como él.
Pasé mis dedos, sutilmente por su rostro hasta su sien.
– Aquí- susurré.- Todo está aquí- cerró los ojos y acarició el dorso de mi mano que estaba tocando su rostro.
- Las sensaciones son impresiones producidas en las personas por un estímulo exterior o interior. Debes enfocarte en esa sensación para producir una sensación que es la refiriendo a la respuesta que aparece después de la percepción de un desequilibrio originado en una sensación.

- Interesante. Eso es muy sensible de tu parte- comentó relajado. Su sonrisa ladeada que había comenzado a amar estaba allí. El enfado se había esfumado.

- No soy un artista cualquiera Sherlock- murmuré cerca de su oído.- ¿A dónde me llevas?- aproveché de preguntar ante su minuto de debilidad.

Sus avariciosas manos, aprovecharon de hacer lo suyo. Mi cuerpo volvió a encenderse al sentirlas sobre la piel expuesta de mi vientre. Pero estaba vez estaba alerta, no me haría lo mismo de hace un rato.

- No estoy capacitado para dar ese tipo de información Watson.- Cerré mis ojos cuando su boca se posó en mi cuello, cerca de mi oído. Cosquillas y deseo, reír o gemir. No sabía qué sentía realmente.

- ¿Me estás raptando?- lo intenté nuevamente.

- Soy un sicópata Bella, no debería extrañarte.

Solté una carcajada. Mi sicópata me estaba volviendo loca, pero debía mantenerme centrada.

- Me excita el hecho de tener que corromperla- susurró seductoramente. Mordió el lóbulo de mi oreja, haciéndome dar un saltito.

- ¿Corromper?- inquirí descolocada.

El sonido de su aparato se hizo presente. Me alejé dándole espacio.
Decidida en saber dónde me llevaría comencé a meter las cosas en el bolso. No sabía muy bien qué llevar. Por lo tanto metí un poco de todo. Oí a Edward acercarse, lo miré curiosa apenas llegó a mi lado sus manos revolvieron la ropa. Analizando lo que debía llevar y lo que no. Me sonrojé al ver que miraba mi ropa interior. Una sonrisa se plasmó en su rostro pero asintió, aprobándola.

Hizo un movimiento de cabeza- todavía con el teléfono en su oído, ahora hablando con un tal Jackson- en dirección al ropero. Entendí inmediato a lo que se refería.
Le seguí la corriente. Si estaba tan empeñado en querer el vestido, debía de ser por algo. Quizá me llevaría a algún restaurant lujoso, esos que solo él podía permitirse pagar. Independiente de sus estúpidas órdenes y mi orgullo, quería estar a la altura con las personas con que él se rodeaba.

Pero me fue imposible no llevarle la contraria. El vestido que eligió no me pareció adecuado, busqué uno más corto. Encontré uno negro negro de manga larga sleeve body "Quarantine" mini por Camilla and Marc1
Gemí internamente al ver los tacones. Pensé que el fin de semana sería un descanso para mis pies.
Le mostré mi elección. Asintió dándome el visto bueno, aunque yo no lo necesitaba. Lo usaría de todos modos.

- Entonces, si hacemos toda esta parafernalia debe ser un lugar importante- dije cuando colgó la llamada.

- Yo diría interesante. Suena mejor- me corrigió.

- ¿Pensarás en que yo lleve esto todo el día?- pregunté horrorizada. No eran más que la una de la tarde.

- No, quiero que lleves esto para más tarde.

Suspiré aliviada. -¿No me dirás dónde vamos?

- Solo te diré que iremos ahora a almorzar. Lo que tengo preparado para más tarde queda reservado.
Mordí mi labio, nerviosa. – Bueno, pero tienes que prometerme que me devolverás sana y salva.

- ¿Quién dijo que quería devolverte?- tiró de mi labio, dejándolo hinchado. Lo besó juguetón. Antes que intensificara el beso lo alejé.

- ¿No me traerás devuelta a mi casa?

- No Isabella, pasarás la noche en mi departamento.

Mierda, Eric. No podía irme con Edward. Debía arreglar las cosas con Eric.

- No puedo quedarme contigo- desistí de su invitación con resignación. Ya me había hecho la idea de ir con él, del mismo modo la curiosidad de dónde me llevaría. – En la mañana discutí con Eric, le molestó que pasara la noche contigo. Debo arreglar las cosas con él.

Toda la tranquilidad en su rostro que había en menos de un segundo cambió a una máscara de frialdad.

- Lo siento Edward. Pero debo hablar con Eric.

Chasqueó la lengua, luego de quedarse pensativo un rato.

- Bien- dijo finalmente.- Cuando quieras comportarte como una mujer adulta e independiente, sin tener que darle explicaciones estúpidas a "papá Eric". En ese entonces, me llamas.

No me dio tiempo de hablar, de explicar o de defenderme. Me dejó allí con los zapatos en la mano, casi lista para partir con él. Simplemente se marchó.

Introduje las manos en los bolsillos de mi abrigo negro de tres tallas más grandes. Mi abrigo favorito por años, eso sí, antes me quedaba bien. Lamenté el hecho de llevar las converse y no mis botas cafés, el frío me estaba matando. Desde que llegamos a Boston, estas han sido mis aliadas para capear los inviernos de este lugar. Fueron un regalo de Eric las primeras semanas de nuestra llegada. Sonreí al recordar esa interminable mañana de compras con Eric. A veces, Eric solía ser la mujer en nuestra relación de amistad.

Me fijé que no pasará ningún auto y crucé la avenida. Pasé junto un pequeño negocios, en la vitrina pude ver las diferentes revistas en ventas. Mis ojos encontraron a Vogue. Una modelo finlandesa se mostraba en la portada, morena con ojos gatunos y verdes. Una chica revelación que estaba dando mucho que hablar en el ámbito de la moda. Hija de un senador finlandés y una actriz francesa. Tenía una vida adinerada asegurada como también la fama y belleza.
Resoplé, esto nunca lo hubiese sabido antes. Nunca en mi vida se me hubiese ocurrido parar a mirar las revistas de modas, como tampoco nunca hubiese sabido lo rentable que se volvió Vogue con el paso de los años que sus dueños expandieron la empresa por diferentes estados del país, llegando sedes en Los Ángeles, Boston, Washington, entre otros, como también en el extranjero.
Volví a resoplar, esta vez sacudiendo la cabeza y siguiendo mi camino.

Mi vida, sin darme cuenta había dado un cambio radical. Me había introducido a un mundo ajeno y sin importancia para mí. Y hacerlo mi trabajo.
Nunca soñé en trabajar en alguna revista de moda, nunca pensé codearme con la directora de Vogue y, sin embargo, hoy en día lo hago.
Mi sueño es ser doctora, salvar vidas al igual que mi abuela Marie. Vestir una bata blanca, turnos interminables y quizá no dormir por días. Pero era lo que ansiaba, lo que había elegido.
Recordé a la chica en la portada. No tenía más de veinte años. Semi desnuda, llena de joyas y una belleza excéntrica y dulce a la vez. Alguien a quién admirar.
Las palabras de Irina volvieron a mi mente: Esto es mi vida.
Observé mi reflejo en un edificio a mi paso. Mi aspecto desaliñado, mi viejo abrigo me hacía ver alguien normal. Menuda, o mejor dicho flacucha, castaña y pálida. Así era yo y me confundía encajando con la multitud. Nadie nunca sospecharía que trabajo en una revista de moda. Nadie sospecharía que Irina Denali era mi jefa. Ni mucho menos imaginarían que me acosté con Edward Cullen, el británico multimillonario que daba qué hablar hoy en días.
Deseché cualquier pensamiento o sentimiento sobre Edward. De solo pensar en la manera en que se fue hoy se me revuelve el estómago de la rabia.

Doblé la esquina y me adentré a la biblioteca.
La biblioteca pública de Boston, presenta una fachada que recuerda a la del Palazzo della Cancelleria, un palacio italiano de la Roma del siglo XVI. Las ventanas con arcos de su fachada son deudoras del Templo Malatestiano de Alberti en Rímini, el primer edificio completamente renacentista.2

Desde pequeña he adorado la literatura. Marie solía leerme libros antes de dormir, cuando Charlie estaba trabajando y Reneé en algunas de sus reuniones con la clase alta. Marie no era amante de la literatura contemporánea, para ella los clásicos eran la mejor literatura.

Subí las escaleras hasta la sección de Medicina, en busca de lo que me necesitaba.
Necesitaba estudiar para la próxima semana, un examen sobre anatomía cerebral humana.

- Lóbulo Parietal- dije escribiéndolo como apunte en una hoja.

Escuché unos cuchicheos al otro lado de la mesa.

- Estoy segura que es ella- Sin darle importancia continué leyendo.

- Pero mira cómo anda vestida, ella no pudo haber estado con Edward Cullen- me tensé. Las dos mujeres rubias sentadas en la esquina de la larga mesa se referían a mí.

Me puse paranoica, mi corazón empezó a latir rápidamente. ¿Nos habrán visto? ¿Cómo? ¿Sabrán lo que hicimos anoche? ¿Quién más lo sabe?

Mordí mi labio con fuerza, nerviosa y escondí mi rostro por encima de mi cabello.
- Es ella. Te digo que la vi en el Boston Globe. Ella iba del brazo de Edward Cullen ayer en su gala benéfica.

Periódico.

Torpemente tomé las cosas de la mesa, sin poder evitar que algo se me callera y salí casi corriendo en busca de un diario.

- Mierda, mierda, mierda- susurraba agachando la vista de las personas.

Me dirigí al mismo lugar de las revistas de moda, pero ahora me detuve en la sección informativa.
- Hola- dije al anciano tras el mostrador.- Necesito el Boston Globe.

Asintió con una mirada hostil. Me lo entregó refunfuñando algo que no alcancé a entender.
Le di el dinero y me fui sin dar las gracias. Me detuve en una pequeña plaza. Unos niños jugaban mientras sus madres hablaban entre ellas.

Encontré una banca alejada de todos, bajo un enorme árbol. Ya allí, temerosa abrí el diario. Un accidente automovilístico, prensa internacional. Seguí dando vueltas a las páginas hasta que me detuve en seco al verme allí.
La página hacía referencia al evento dado ayer por Edward, a quiénes iba el dinero de la recaudación y los futuros proyectos de su empresa.
Varias fotos del evento, en las cuales en todas salía fotografiado él junto a alguien importante, y luego yo.

El pie de página hacía alusión a mí como "la chica misteriosa".Terminando con una pregunta: ¿La nueva conquista de Edward Cullen?
Era una foto de nosotros entrando al hotel, cuando me había ayudado a entrar en medio de toda la abarrotada prensa. En el momento de la foto diría que no se podía ver nada "romántico" entre nosotros, él simplemente me estaba ayudando algo muy amable de su parte pero nada más. Pero ahora al verla o al vernos, mejor dicho, discernía de ese pensamiento.
Su mano en mi cintura, nuestros cuerpos muy juntos y él hablándome en el oído. Era claramente una pose de una pareja, o de dos personas saliendo. Íntima.

Conmocionada y atónita. Así me sentía, todo eso mezclado en un estado de sumisión y tranquilidad externa. Estaba hecha un lío. Agarré mi cabeza con las dos manos y los codos apoyados en mis piernas.
Mi corazón martillaba, era una sensación desagradable. No quería pensar en la estúpida foto, sin embargo se reproducía en mi mente, una y otra vez, junto con "chica misteriosa" y "nueva conquista".

"Pero mira cómo anda vestida, ella no pudo haber estado con Edward Cullen", recordé las palabras de una de las mujeres.

Era demasiado sencilla, normal para alguien como Edward. Siempre lo supe. No encajaba con él, en ningún sentido. Yo no era como las mujeres que él salía, a mí no me gustaba salir en diarios de su brazo. Quería una vida normal, emigré a Boston en busca de paz y tranquilidad. Escapando de los chismes, de la gente mal intencionada de Phoenix y luego de Forks. No podía volver a pasar por lo mismo, no aquí.
Sin darme cuenta iba en un taxi, camino a la casa de Edward.

Quería retroceder el tiempo, cuando no salía a eventos benéficos de multimillonarios, cuando no aparecía en diarios. Cuando todo era más fácil. Toqué mi cabeza, había comenzado a dolerme.
- Señorita, llegamos- me avisó el conductor.

Bajé del auto y me escondí bajo el abrigo entrando al vestíbulo.
- Buenas Tardes- me saludó la sexy recepcionista.- ¿A qué piso se dirige?

No me detuve a mirarla, no fue intencional pero mi mente estaba en otra parte y solo me di cuenta cuando pude ver su rostro plasmado de confusión y enfado al momento de cerrarse las puertas.

Toqué el timbre y esperé apoyándome en la pared del frente a la espera. Mi corazón seguía latiendo rápidamente.
Conté hasta diez y la puerta se abrió.

Venía vestido con unos jeans oscuros y una camiseta negra y unas converse del mismo color. Algo muy simple para él.
Su rostro cambió radicalmente al verme. De la expresión ufana pasó a una de total preocupación.

- Bella, ¿qué pasa?- preguntó atrayéndome hacia él. No sé qué pudo haber visto en mi cara pero agradecí su preocupación. No podía lidiar con Edward enfadado, me faltaba fuerzas.
Acurrucada en su pecho, me hizo entrar llevándome hasta él sofá.

- Bella- instó. Le entregué el diario escondido debajo del abrigo.

- Página trece- susurré desplomándome en el sofá. Mi cabeza dolía demasiado y había comenzado a sudar. Una evidente crisis nerviosa.

Escuché el ruido de las hojas. Tenía los ojos cerrados pero podía oírlo lanzar improperios al aire. Se paró ofuscado.

Abrí los ojos nuevamente, llevando una mano a mi corazón. Como si eso pudiese hacer que se calme.
- Edward- exclamé sin aire.

Al ver mi estado olvidó su rabia. Sus ojos me miraron temeroso, tiró el periódico a la mierda arrodillándose ante mí.

- Bella, tranquila- quitó la mano de mi pecho reemplazándola por la de él.- Mierda, cálmate Bella- su voz apenas era un susurro.

- No puedo- logré gesticular.

- Llamaré a un doctor- dijo aterrado.

- No- jadeé.

"Cálmate Bella", me dije una y otra vez.

- No puede ser tan grave. No será lo mismo que antes, no hablarán de mí como lo hicieron. Cálmate- me reprendí jadeante. Mi respiración era irregular. No recordaba qué hacer ante mi estado, hace mucho tiempo que las crisis se habían detenido.

- Bella, tranquila. Por favor cariño, cálmate- cerré los ojos oliendo su aroma. Me atrajo nuevamente hacia él. Con mi oreja en su pecho lograba oír su corazón, que latía nervioso al igual que el mío.- Haré lo que sea para solucionar esto. Te lo prometo. Por favor, cálmate- susurraba acariciando mi cabello.

- Edward, yo…- tragué saliva- no puedo, simplemente no puedo- gemí.

Asintió, entendiendo. Levantó mi barbilla y la acarició.- Arreglaré esto, lo juro Bella- Pude ver la promesa en sus ojos, la sinceridad.

- ¿Lo harás? Por favor Edward.

- Sí, preciosa. Llamaré a mi secretaria ahora mismo.

Lo vi hablar con su secretaria a través del móvil. Llevaba el periódico nuevamente en la mano, quizá leyéndole la noticia. Indicándole qué hacer. No estaba segura. A pesar de que estábamos en la misma habitación, su voz era inaudible. El aire se había hecho pesado, flemático y yo temblaba en el sillón.

Cerré mis ojos, haciendo un esfuerzo por calmarme. Inspirar y exhalar, inspirar y exhalar, inspirar y exhalar. Repetí el ejercicio por unos minutos, dejé mi mente en blanco y repetí el mismo proceso.

Al cabo de unos minutos mi respiración era casi regular y mi corazón latía normalmente. Abrí los ojos y observé a Edward, daba vueltas por la habitación. Pasaba su mano libre por su cabello desordenado. Lo vi discutir con alguien, su ceño estaba fruncido y sus ojos eran oscuros.
Mientras lo contemplaba me sentía cada vez más débil. Acurrucada en el sofá, abrazando mis piernas en el pecho. Vulnerable. Había dejado que Edward viera la parte más patética de mí y lo único que gritaba mi mente era que saliera corriendo y no verlo nunca más. "De seguro piensa que eres patética", me gritaba.

Volteé a contemplarlo. Ya no hablaba por teléfono. Me miraba. Sus ojos me mostraban lo preocupado que estaba por mí.

- ¿Te sientes bien?- preguntó arrodillándose frente a mí. Acarició mi mejilla e instintivamente me relajé, como si su roce fuera lo que mi cuerpo necesitaba.
Asentí incapaz de hablar. Era demasiadas emociones para tan poco tiempo que me dejó en un mutismo.

Alzó mi cuerpo y se sentó, luego como una muñeca de trapo volvió a acostarme pero ahora dejando mi cabeza en su regazo.

- Edward, yo…- carraspeé, mis labios se habían secado y mi voz era ronca.- Lo siento.

Frunció el ceño, confuso. – No te disculpes Bella, en serio- me reprendió suavemente.

Su mano acarició mi cabello, mi mejilla, frente y párpados. Mi cuerpo se rendía ante él con su roce.

"Débil", me gritó mi subconsciente nuevamente.

Miré sus ojos a distancia. Su preocupación, su inquietud. Me indicaban que yo le importaba. No sé a qué grado pero si estaba haciendo todo esto, era porque yo le importaba.
Su pulgar jugueteó con mi labio inferior, acariciándolo. Toqué su muñeca y él detuvo su caricia pero unió nuestras manos entrelazándolas.
"Huye", me gritó mi subconsciente. En vez de hacerle caso, le mandé a callar. Ya era tarde para huir.

1 Vestido que usó Kristen en una entrevista con Conan O'Brien.
2 Wikipedia.