Nota: Los personajes de este Fanfic pertenecen a la hermosa E.L. JAMES, la historia si es mía.

"Podría presentarme como es debido pero, la verdad, no es necesario.

Pronto me conocerás bien, todo depende de una compleja combinación de

Variables." Markus Zusak – La Ladrona de Libros

Capítulo 13

Macabro Trofeo

PVDChristian

– ¡No puedo hablar contigo! ¡Nunca! Desde que llegaste no has hecho otra cosa que merodear y espiarme y rondar… y ahora le vas con cuentos a mi padre. ¡Eres despreciable!

Mi mandíbula se endureció, me llene de furia.

– ¡Ya he tenido bastante con tus acusaciones! ¡Y ahora cállate y escucha! – Dije lleno de furia y propinándole otra sacudida nada amable. Al mirar por el pasillo y ver que no había nadie, la introduje en la pequeña antesala.

Le solté el brazo, y la mire sombríamente mientras ella se erguía, desafiante, frotándose el brazo donde la sostenía. Tal vez la tome muy fuerte. Con voz helada dijo:

– ¡Ya que me trajiste aquí, dime lo que tengas que decir y déjame ir!

Incline la cabeza con cortesía burlona.

– Como ordenes, alteza – me apoye con negligencia contra la puerta, y dije en tono sereno – No corrí a tu padre con cuentos. Pero – una expresión de disgusto y desprecio cruzó por mi cara – le mencioné que los había visto en la glorieta, a ti y a Jack. ¡Pero no le dije lo que hacían allí! – termine con voz áspera.

– ¿Y qué hacíamos? – Preguntó Anastasia con tono peligroso, y con un brillo incandescente en los ojos – ¿Qué crees haber visto?

– ¡Se muy bien lo que vi! ¡Pero puedes estar segura de que tu secretito sórdido está a salvo en lo que a mí se refiere! ¡No por ti – Agregue con voz tensa – sino por tu padre! ¡No quiero ser el que lo desilusione en cuanto a la ramera de su hija!

Su mano voló y se estrelló contra mi mejilla, antes de que hubiese tenido tiempo de pensarlo, y antes de darme cuenta de que hacía, me vi sacudiéndola con mi cuerpo duro.

Con la boca a pocos centímetros de la de ella, le dije con voz gruesa:

– ¡Creo que te advertí que no hicieras eso otra vez! ¡Como pareces estar distribuyendo tus favores, no veo motivo alguno para que yo no disfrute otra muestra de ello!

Mis labios cayeron brutalmente en los suyos, mis brazos la estrujaron hacia mí. Fue un beso escandalosamente carnal, mi lengua hurgó en el interior de su boca con franca exigencia. No había nada de suave en ese beso, nada de tierno; estaba henchido de cólera, y sin embargo parecía existir en mí una extraña ansia. Mis brazos la mantuvieran prisionera mientras la atraía a mis piernas, con el cuerpo apoyado contra la puerta a mis espaldas.

PVDAnastasia.

Me sentí indefensa en sus brazos, mis propios deseos se acentuaron, incontrolables, para hacer frente a la pasión que crecía en espiral, pasión que también sentía emanar del cuerpo musculoso de él. Aplastada íntimamente contra Christian, pude sentir el endurecimiento de su miembro, que se alargaba y presionaba insistente contra mis piernas, cada vez más hambrientas. Incapaz de contenerme, respondí a ciegas, delirante, a la feroz exigencia de sus besos.

PVDChristian

Con un gemido, ala atraje más hacia mí. Mis manos descendieron hasta sus caderas, las acariciaba con afiebrada intensidad. Cielos, era un paraíso tenerla entre mis brazos, tener esos pechos tensos, henchidos, quemándome el tórax, su cálido cuerpo arqueándose contra el mío.

PVDAnastasia.

Nuestro abrazo fue efusivo; ninguno de los dos tuvo verdadera conciencia de lo que hacíamos, o cuán feroz era nuestra pasión. Cada uno de nosotros nos encontrábamos perdidos en la ansiosa marea de deseo que nos invadía, nuestros cuerpos se esforzaban por adherirse, frenéticos, ansiando algo más.

PVDChristian.

Ahogué una maldición y aparté a Anastasia con decidida violencia. ¡Me estaba engatusando! Brame con odio:

– ¡Oh no! ¡Nada de esto! ¡Nunca he tomado las sobras de otro hombre, y por cierto que no tengo la intención de empezar contigo!

Con el cuerpo dolorido de deseo, pero ahogando el ansia abrumadora de volver a tomarla en mis brazos, prometí:

– Pero te prevengo…continúa ofreciéndote de maneta tan flagrante, y puede ser que ceda. La próxima vez, querida… ¡La próxima vez me apoderaré de ti, y al demonio con las consecuencias!

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PVDAnastasia.

Al día siguiente, cuando una nueva criada apareció en mi habitación me sorprendí.

– Buenos días señorita, me llamo Gail.

– Un placer Gail, llama me Ana. – le sonrío.

– he venido para hacerle saber que el Señor de la Vega la está esperando abajo.

– Gracias Gail.

Luego de media hora me encontraba abajo con Jack, no pudiendo darle crédito a lo que me decía, luego de lo que paso.

– ¿Alguna vez me perdonarás?

Indecisa, lo mire, asombrada ante la indiferencia que sentía. Es como si la furia que había sentido con Christian cuando salí con violencia de la antesala, la noche anterior, me hubiera quemado todas las emociones… salvo la ira que reservaba especial y exclusivamente para cierto Christian Grey.

– ¡Querida debes perdonarme! Te amo tanto, que el solo hecho de tenerte cerca me enloqueció… ¡No pude evitarlo! ¡Enloquecí de amor por ti! No tenía la intención de dañarte ni de asustarte. ¡No sé qué me paso, cómo pude haberme comportado de manera tan despreciable, tan deshonrosa! ¡Dime que todos los años de nuestra amistad no han quedado perdidos para mí! No podría soportarlo Ana… eres demasiado querida para mí, como para que haga frente al futuro sabiendo que he destrozado todo lo que hay entre nosotros.

Sorprendiéndome digo.

– Te perdono… creo que te perdono. Y ahora, por favor, ¡Ponte de pie antes de que alguien te vea ahí y se pregunte qué está pasando!

Jack se puso de pie con vivacidad, volvió a tomarme la mano y la cubrió de besos.

– ¡Tan buena y bondadosa, y maravillosa, como la Santa Madre de Dios!

– Todo está en el pasado Jack, por favor, déjalo atrás – Le dedique una sonrisa atenta, y agregué – Yo ya lo he hecho.

– ¿De veras, querida? – Pregunto Jack – ¿Puedes decir que nada ha cambiado entre nosotros?

– No, no puedo – Respondí con veracidad – Lo de ayer cambió las cosas, pero yo… yo…yo no te odio más, y no querría que nuestras familias se sientan acongojadas por lo que ha sucedido… o por lo que estuvo a punto de suceder.

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Hoy amaneció caluroso, viernes, el día de mi cumpleaños. ¡Ya tengo veinticuatro años! El sol era un orbe de color amarillo anaranjado, en un enceguecedor cielo azul: recordé la misma fecha del años pasado. Que inocente era antes en muchas coas, de las que ya no soy ahora. Cuán confiada.

Encontré un disfrute agridulce al verme en el espejo. Siempre me han gustado el alboroto y las actividades que destacaban mi cumpleaños de cualquier otra festividad, y este año no es diferente. Gail y bonita, me trajeron el desayuno adornado con un ramillete especial de rosas amarillas, como lo había hecho Bonita durante todos los años que podía recordar, y el regalo de este año era un par de brazaletes de plata de delicado labrado, que tintineaba cada vez que movía mi muñeca. A todos los lugares que iba era saludada y me expresaban los mejores deseos, no podía dejar de regodearme con las atenciones que me brindaban.

El día fue casi una repetición de mi último cumpleaños, con una notable diferencia: Christian Grey. A todas partes donde mirara tenía la impresión de que me observaba; riendo con mi padre en el desayuno, conversando con los invitados a medida que empezaban a llegar; vagando por los terrenos con varios grupos de hombres y mujeres sonrientes y gesticulantes; con la obesa Bonita y con Gail. Contra mi voluntad, mi mirada parecía seguirlo, admiraba su alto cuerpo, cuando sonreía con su gracia serena, encantando con desenvoltura a todos los que se encontraban cerca de él. Me encolerice conmigo misma y sentí irracionalmente una furia hacia él, porque a pesar de todo, todavía tenía la capacidad de conmoverme, de hace que mi corazón palpitara con más fuerza, de despertar dentro de mí una feroz ansia inexplicable.

La corrida de toro que mi padre había prometido a Christian se realizó en honor a mi cumpleaños. Todos se acercaron a ver a los jóvenes que demostraban su destreza con los magníficos toros.

Era un deporte criminal, cruel, y sin embargo tenía algo de elementa, algo que producía oscuras emociones, algo que emocionaba y a la vez que aterrorizaba. Pero sólo conocí la plena profundidad del terror cuando Christian se encaminó con frialdad hacia el centro del ruedo de tierra roja, el terreno ahora desgarrado y surcado como consecuencia por otras riñas, y un leve polvillo rojizo se elevó por debajo de sus pies al andar. Pareció que se me detenía el corazón, mi rostro palideció, mi mano apretó, sin darme cuenta, el encantador abanico de escarlata y oro que Jack me regaló por mi cumpleaños.

El sol destacaba el tono azul del espeso cabello negro de Christian, y un mechón exhibía una tendencia a caerle sobre la frente. Iba vestido con las ropas española, y con una parte de mi cerebro, admití que las calzoneras de color verde oscuro le ceñían las delgadas caderas y los muslos, que la filigrana dorada le otorgaban un aire elegante.

En apariencia, satisfecho, Christian asintió para que soltaran al toro, y suspiro de estímulo de la multitud, una enorme pesadilla de huesos y músculos, de sangre y furia, irrumpió en la arena. Me daba la impresión de que Christian se encontraba indefenso cuando la magnífica criatura bajó la gigantesca cabeza y los cuernos de curvatura malévola brillaron bajo el sol. Co el corazón en la boca, observé, cuando, en un mugido que helaba la sangre, se lanzó contra la figura inmóvil de la capa escarlata. En el momento era evidente que Christian sabía lo que hacía, y la muchedumbre vociferó su entusiasmo cuando, con elegante destreza, Christian ejecutó, imperturbable, uno de los movimientos más antiguos, más clásicos, de la plaza de toros, la verónica. Y cuando por fin llegó el momento de matar, hubo un suspiro de alivio concertado, de placer, casi de admiración, cuando la espada encontró su blanco y ejecutó con limpieza la escotada final.

Había permanecido sentada como una figura de piedra durante toda la corrida, mí mirada nunca se apartó de la de él. Y cuando terminó el atormentador suspenso, cuando el toro fue apenas un montículo inerte en el polvo rojo, descubrí, para mi sorpresa, que había tenido las manos cerradas con tanta fuerza, que quedaban las profundas impresiones de mis uñas en mis palmas, y que mi piel estaba magullada y purpúrea.

Floja, casi me derrumbé en el asiento, sólo para erguirme de nuevo cuando vi a Christian inclinándose para cortar las orejas del toro caído y caminaba en línea recta en dirección a mí. Se detuvo y su mirada abarcó a Jack, quien se hallaba sentado a mi lado. Ellos intercambiaron una mirada singular, y los ojos de Christian brillaron con una chispa extrañamente desafiante y después se desviaron en forma deliberada hacia mí. Me miro prolongadamente, sin sonreír, y luego me ofreció, impasible, el macabro trofeo. Un trofeo conquistado a costa de su propia vida.

Vacilé, mi corazón me palpitó, errático, en el pecho. Desesperada, trate de leer la expresión de su rostro desapasionado, preguntándome por qué me había distinguido de esa manera, interrogándome, con una curiosa mezcla de esperanza y furia, si se daba cuanta de la importancia de lo que estaba haciendo. Y en ese caso, si me atrevería a aceptar el trofeo y todo lo que podía implicar.

La muchedumbre guardaba un silencio expectante; todos los ojos estaban clavados en el hombre perfecto frente a mí, y otros tantos en mí. Sus acciones eran casi una declaración pública de pedida de matrimonio; por lo menos constituían un claro indicio de que sentía un interés más pasajero por mí. Y todos esperan a ver que harás, así que decídete.

Consciente, vagamente, de la ardiente cólera que irradiaba Jack a mi lado, y de la sonrisa de aliento que me dirigía mi padre desde donde se hallaba sentado, me removí, inquieta. Para no prolongar el incidente, resolví que estaba agrandando algo de poca importancia, y estiré la mano, a desgana fingida, y tome el trofeo de las manos de Christian.

– Gracias señor. Me siento muy honrada – dije con rigidez.

– Así tiene que ser querida… eres la única mujer por quien he arriesgado mi pellejo. – Miro a mi padre y dijo con frialdad – Estoy seguro que no te molestará que tome mi recompensa – Y bajo la mirada aprobadora de mi padre y de la furia manifiesta por Jack, Christian me arranco de mi asiento y se dedicó a besarme minuciosamente, mientras la multitud aullaba y vitoreaba.

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Hola chicos, disculpen la tardanza, esta mañana tuve un pequeño problema familiar y se me dificulto subir el capítulo antes, espero TODOS se encuentren bien. Y discúlpenme otra vez.

Espero les guste este capítulo y háganme saber si les gustaría algo en específico y los complaceré, cuídense. Besitos!

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