Los personajes son de la magnifica Stephenie Meyer.
La historia es una adaptación y pertenece a Sandra Brown.
Capítulo 12
En calcetines, Harry Clearwater se dirigió a la nevera en busca de otra cerveza. Abrió la lata y, mientras sorbía la espuma que aparecía en la parte superior, investigó en el congelador para ver qué posibilidades de cena había. Al no encontrar nada que resultara mejor que el hambre, decidió pasar sin alimento alguno y llenarse con la cerveza.
De regreso al salón, recogió la pila de correo que había dejado caer sobre la mesa al entrar en casa. Mientras miraba distraídamente un partido en la televisión, ordenó la correspondencia, tirando a un lado los anuncios y las facturas.
-¡Vaya!
Se le juntaron las cejas al fruncir el ceño cuando llegó al sobre grande. No figuraba ningún remitente, pero el matasellos era de la ciudad. Abrió el sobre metiendo el dedo índice bajo la solapa, lo puso boca abajo y dejó que el contenido cayera sobre su regazo.
Respiró profundamente e hizo un movimiento de rechazo, como si algo asqueroso hubiera caído sobre él. Se quedó mirando las joyas fijamente mientras sus pulmones intentaban recuperar la respiración y su corazón dejaba de latir con tanta fuerza.
Tardó varios minutos en calmarse lo suficiente como para examinar el destrozado reloj de pulsera. Inmediatamente lo había reconocido como el de Bella. Con cautela, lo tomó a la vez que investigaba el pendiente de oro que había visto adornando la oreja de Bella.
Se puso rápidamente de pie y cruzó la habitación hasta un escritorio que casi nunca utilizaba, excepto como escondite. Abrió un pequeño cajón y sacó el sobre que le entregaron en el depósito de cadáveres el día que identificó el cuerpo de Bella. «Sus cosas», le dijo el forense, excusándose.
Recordó haber metido el colgante en el sobre sin tan siquiera mirar dentro. Hasta este momento no se había sentido con ánimos de investigar y tocar los efectos personales. Era supersticioso, y meter las manos en las cosas de Bella le resultaba tan desagradable como robar tumbas.
Tuvo que vaciar el apartamento porque se lo exigió la propietaria. No se quedó con nada en absoluto, a excepción de algunas fotografías. La ropa y los demás objetos utilizables los donó a distintas organizaciones caritativas.
Lo único que a Harry le había parecido que valía la pena era el colgante que sirvió para identificar el cadáver. Su padre se lo regaló cuando era una niña, y Harry no recordaba a Bella sin él.
Abrió el sobre que había estado en su escritorio durante todo ese tiempo y dejó caer el contenido sobre la desordenada mesa, junto al colgante de Bella, había unos pendientes de diamantes, un reloj de pulsera de oro, dos pulseras en forma de aro y tres anillos, dos de los cuales formaban una alianza matrimonial. El tercero era un racimo de zafiros y diamantes. Todo junto valía muchísimo más que las joyas de Bella, pero para Harry Clearwater no tenían ningún valor.
Obviamente, las piezas pertenecían a alguna de las otras víctimas, quizás incluso a uno de los supervivientes. ¿Lo echaba alguien de menos? ¿Lamentaban la pérdida?
Tendría que investigar el asunto e intentar devolverlo todo a su propietario. De momento, en lo único en que podía pensar era en las joyas de Bella: el reloj de pulsera y el pendiente que acababan dé enviarle a su apartado de correos. ¿Quién se los mandaba? ¿Por qué ahora? ¿Dónde habían estado durante todo este tiempo? Examinó el sobre, buscando alguna pista sobre el remitente. No había nada. No parecía proceder de una estafeta municipal. Las letras escritas en mayúscula en el sobre parecían inseguras, casi infantiles.
-¿Quién demonios...? -le preguntó al apartamento vacío. Tendría que haber superado ya el dolor por la pérdida de Bella, pero no era así.
Se dejó caer pesadamente en el sillón y se quedó mirando el colgante, con los ojos llenos de lágrimas. Lo frotó entre los dedos como si fuera un talismán que pudiera milagrosamente hacerla aparecer a ella.
Más tarde intentaría resolver el misterio dé cómo se habían intercambiado las joyas con el de las pertenecientes a otra víctima. De momento, lo único que quería era revolcarse en su aflicción.
-No veo por qué no.
-Ya te he dicho por qué.
-¿Qué hay de malo en que te acompañe a Corpus Christi cuando vayas esta semana?
-Es un viaje de negocios. Estaré ocupado preparando los mítines de Edward.
El rostro de Alice adoptó un gesto malhumorado. -Si de verdad lo quisieras podrías dejarme ir.
Jasper Whitlock la observó de reojo. -Supongo que eso ya te proporciona la respuesta.
Apagó las luces de la sede central de la campaña. El local estaba situado en un centro comercial y fue anteriormente una tienda de animales domésticos. El alquiler era barato. La ubicación, céntrica y con fácil acceso desde cualquier lugar de la ciudad. El único inconveniente estaba en el olor a animales enjaulados.
-¿Por qué me tratas tan mal, Jasper? -gimió Alice, mientras él utilizaba la llave para asegurar bien el candado.
-¿Por qué eres tan pesada?
Juntos cruzaron el aparcamiento hasta el coche, un práctico sedán Ford que ella en privado despreciaba. Él le abrió la puerta del pasajero. Al entrar, ella aprovechó para rozarlo con la parte delantera de su cuerpo.
Mientras Jasper daba la vuelta por delante del coche para acceder al asiento del conductor, Alice se fijó en su reciente corte de pelo. El barbero se lo había dejado demasiado corto. Ocupando los primeros puestos en la lista de «agravios» se situaban en primer lugar el coche y, en segundo, el barbero.
El hombre se colocó detrás del volante y puso en marcha el motor. El aire acondicionado se encendió automáticamente, invadiendo el interior del coche con un aire húmedo y caliente. Jasper hizo una concesión a su aspecto de hombre-recién-salido-de-la-ducha y se aflojó la corbata y se desabrochó los botones de la camisa.
Alice también intentó ponerse cómoda. Se desabotonó la blusa hasta la cintura y, a continuación, se abanicó con ella, abriendo y cerrando la prenda, y ofreciéndole a Jasper una excelente vista de sus pechos si deseaba aprovecharla. Se irritó aún más al comprobar que su interés era nulo. Estaba maniobrando el coche en el cruce que conducía a la rampa y posteriormente a la autopista.
-¿Eres maricón, o qué? -le espetó de mal humor. Él se echó a reír.
-¿Por qué lo preguntas?
-Porque, si le diera a los otros chicos la mitad de lo que te ofrezco a ti, me pasaría toda la vida tumbada de espaldas.
-Por como lo dices se nota que ya lo haces. -Volvió a mirarla de soslayo-. ¿O es que se trata tan sólo de habladurías?
Los ojos azules de Alice echaban chispas, pero era demasiado inteligente como para enfadarse. En vez de eso, se acurrucó en el asiento del coche, con la pereza sinuosa de un gato, y preguntó maliciosamente:
-¿Por qué no lo compruebas tú mismo, señor Whitlock? - El hombre negó con la cabeza.
-Eres una malcriada incorregible, Alice, ¿lo sabes?
-Debería saberlo -contestó con despreocupación, mientras se atusaba el cabello-. Eso es lo que me dice todo el mundo.
Se inclinó hacia la rejilla del aire acondicionado, que expulsaba ahora un aire gélido. Se apartó del cuello el pelo y dejó que el aire frío le refrescara la piel, que aparecía rociada de sudor.
-¿Lo eres?
-Si soy ¿qué?
-Maricón.
-No, no lo soy.
Ella se incorporó e inclinó su cuerpo hacia él. Con las manos seguía sujetándose el pelo, lo que hacía resaltar sus pechos. El aire frío le había endurecido los pezones, que sobresalían por debajo de la tela de la blusa.
-Entonces, ¿cómo puedes resistirte a mis encantos?
Atrás había quedado la caravana de tráfico de la autopista e iban en dirección noroeste hacia el rancho. Jasper le repasó el cuerpo con una mirada lenta, fijándose en todos los seductores detalles. A ella le produjo una cierta satisfacción ver que la nuez de la garganta le subía y bajaba, a causa de las dificultades que tenía al tragar. -Eres una niña muy guapa, Alice. -Sus ojos se posaron momentáneamente en los pechos, donde los oscuros y erectos pezones se percibían bajo la camisa-. Una mujer muy bella.
Poco a poco ella bajó los brazos, dejando que el cabello le cayera alrededor de la cara y los hombros.
-Entonces, ¿qué ocurre?
-Eres la sobrina de mi mejor amigo.
-¿Y?
-Que eso significa que estás prohibida.
-¡Qué mojigato eres! Eres un puritano, Jasper, eso es lo que eres. Un conservador. Un mojigato gazmoño. Ridículo.
-A tu tío Edward no le parecería ridículo. Ni a tu padre o a tu abuelo. Si te tocara un pelo, cualquiera de ellos, o los tres, me perseguirían con un rifle.
Alice extendió el brazo por encima del asiento y le acarició el muslo con el dedo, susurrando:
-¿Y no te parecería divertido?
Él retiró la mano y se la devolvió a su sitio. -No, si el blanco soy yo.
Cayó derrotada en su asiento, enfadada, y se dedicó a observar el paisaje. Aquella mañana, había dejado a propósito su coche en el rancho y viajó a Seattle con su padre, con la idea de quedarse hasta tarde y conseguir así regresar con Jasper. Meses de sutiles insinuaciones no le habían llevado a ninguna parte. Dado que la paciencia no fue nunca una de sus virtudes, tomó la decisión de acelerar el ritmo de su persecución.
Buck, el botones; había tardado menos de un mes en convertirse en una persona posesiva y celosa. Después, acabó en la cama con el hombre encargado de fumigar la casa. Aquel asunto duró hasta que ella descubrió que estaba casado. Lo que realmente le molestaba no era, su estado civil, sino el sentimiento de culpabilidad posterior al coito, del que malhumoradamente él hablaba con ella. El remordimiento eliminaba todo el placer del polvo.
Tras el fumigador hubo varios otros asuntos, pero no fueron más que diversiones para pasar el rato hasta conseguir la rendición de Jasper. Se estaba cansando de esperar.
De hecho, se estaba empezando a cansar de todo. Los últimos tres meses habían acabado casi con sus reservas de buen humor. Incluso en algunas ocasiones llegaba a envidiar a su tía Jessica, que estaba siendo el centro de todas las atenciones.
Mientras Alice se pasaba horas interminables cerrando sobres y haciendo encuestas telefónicas en aquel ruidoso, abarrotado y maloliente despacho, con gente que salía del paso contribuyendo con tan sólo diez dólares, a Jessica la trataban como a una reina en esa cara clínica privada.
Nessie era otra espina en su costado. Aquella niña, malcriada desde el primer día, estaba aún más insoportable desde el accidente de avión. No hacía una semana que la abuela había regañado duramente a Alice cuando ésta discutió con su joven prima por haberse comido todas las galletas.
En opinión de Alice, a la niña le faltaba un tornillo. Su mirada vacía resultaba bastante fantasmagórica. Se estaba convirtiendo en un autómata y, mientras tanto, todo el mundo le besaba el culo.
Por otro lado, su padre perdió los estribos la última vez que la multaron por exceso de velocidad, y amenazó con quitarle el coche si volvían a pararla. Incluso le dijo que tendría que pagar la multa con su propio dinero. Claro que las amenazas de su padre nunca se hacían realidad, pero sus gritos la pusieron realmente nerviosa. No podía creerse el lío que se estaba montando a causa de esas elecciones. Por el comportamiento de todos, cualquiera diría que su maldito tío se presentaba a presidente de la nación. Había ganado por mayoría absoluta, cosa que a ella no la sorprendió en absoluto. No lograba entender por qué se habían gastado un buen montón de dólares para pagar a un analista político, cuando ella les podría haber anunciado los resultados meses atrás y además gratis. La sonrisa de su tío hacía que las mujeres se corrieran en los pantalones. No tenía ninguna importancia lo que decía en sus discursos; las mujeres lo votaban por guapo. ¿Pero alguien le había preguntado algo? No. Nadie le preguntaba su opinión nunca.
Sin embargo, el futuro parecía presentarse bien. Superadas favorablemente las primarias, Jasper no tendría tantas distracciones. Su mente estaría más despejada y podría pensar en ella. En un principio, confió en el éxito de su proyecto, pero ya no estaba tan segura. El hombre eludía sus seducciones con más habilidad de la que creía capaz en cualquier hombre. Tal como lo veía ella, ni siquiera estaba cerca de la meta.
Volvió la cabeza para mirarlo fijamente. Por fuera, al menos, parecía estar tan tranquilo. Podría ser más fea que la verruga en el culo de un cerdo, a juzgar por el caso que le estaba haciendo. Quizá fuera hora de tirar por la borda tanta prudencia, dejar de andarse por las ramas y, aunque sólo sirviera para eso, darle un buen susto a don Atildado.
-¿Qué te parece una mamada?
Moviéndose con estudiada tranquilidad, Jasper colocó su 'brazo derecho por detrás de los asientos.
-Ahora que lo pienso, me vendría estupendamente ahora mismo.
Se puso roja como un tomate y apretó los dientes.
-No te atrevas a tratarme con condescendencia, hijo de puta.
-Entonces deja de ofrecerte como una prostituta barata. Tu frase no me excita, y tampoco la exhibición de tus pechos. No me interesa, Alice, y este juego infantil tuyo me está empezando a cansar.
-Eres un maricón.
Él se rió. -Créetelo, si así salvas tu orgullo.
-Eso es que se lo estás sacando a otra persona, porque no es normal que un hombre aguante sin follar. -Se acercó de nuevo a él y se aferró a la manga de su camisa-. ¿Con quién te acuestas, Jasper, con alguien que trabaja en la sede central?
-Alice...
-¿Con la pelirroja esa que no tiene culo? ¡Apuesto a que es ella! Está divorciada, según dicen, y seguramente anda muy caliente. -Se aferró con más fuerza a su manga-. ¿Por qué tienes que follar con una vieja como ella cuando podrías hacerlo conmigo?
Detuvo el coche en la entrada circular delante de la casa. La agarró por los hombros y la agitó.
-¡Porque no me acuesto con niñas, especialmente con las que se abren de piernas ante la primera polla tiesa que ven!
La ira sólo consiguió aumentar el deseo de Alice. Las pasiones de cualquier tipo la excitaban sobremanera. Echando chispas por los ojos, bajó la mano y le acarició la bragueta con la palma de la mano. Sus labios dibujaron una sonrisa de satisfacción.
-Pero, vamos, Jasper, cariño -susurró sensualmente-. La tuya está dura.
Maldiciéndola, la apartó y salió del coche. -Y, en lo que se refiere a ti, así se quedará.
Alice se tomó el tiempo necesario para abrocharse la blusa y arreglarse antes de entrar en la casa. La pelea había resultado en un empate. No la había llevado a la cama, pero la deseaba. Ese pequeño paso adelante la animaría durante un tiempo..., pero no indefinidamente.
Al llegar a la puerta que daba al ala de su casa, apareció su madre. Rosalie caminaba erecta, pero tenía los ojos ligeramente vidriosos a causa de los efectos de varias copas.
-Hola, Alice.
-Me voy a Corpus Christi un par de días -le anunció. Si Jasper se negaba a llevarla, lo sorprendería apareciendo en la ciudad-. Me iré por la mañana, dame un poco de dinero.
-No puedes marcharte ahora.
El puño de Alice encontró apoyo sobre su bonita cadera. Sus ojos se entrecerraron como solía ocurrir cuando no conseguía sus deseos de inmediato.
-¿Y por qué no?
-Carlisle dijo que teníamos que estar todos aquí -contestó su madre- Jessica vuelve a casa mañana.
-¡Mierda! -murmuró Alice-. Justo lo que me faltaba.
jvb: Estoy segura que tienes razón es una tarea complicada! Gracias por leerme nena, saludos desde Argentina!
Bueno niñas hoy descubrimos un poquito más a Alice, ¿Que les pareció?
¿Y el pobre Harry con las pertenencias de Bella?
Gracias por sus Reviews en el capitulo anterior y gracias a quienes me leen.
凸(^_^)凸
Dejen su Review, es una gran motivación para mi leerlas!
Actualizo mañana si alguien me lee, como siempre!
Las aprecio, y aprecio mucho mas su apoyo!
๑۩۞۩๑
#Andre!#
