EL BOSQUE DE LOS CORAZONES DORMIDOS
La cabaña del diablo
Estaba tendida en una mullida cama cuando abrí los ojos. La luz tenue y anaranjada de una chimenea cercana me desveló pocos detalles de dónde me encontraba. Era un lugar desconocido con paredes de madera. No pude ver mucho más, porque unos brazos me rodeaban de tal modo, que casi no podía moverme. Me sobresalté al darme cuenta de que estaba desnuda y abrazada a un extraño. Una gruesa manta cubría nuestros cuerpos, pegados piel con piel, mientras mi cara reposaba sobre su pecho.
Asustada, levanté levemente la cabeza y me encontré con el rostro perfecto de mi ángel a escasos centímetros del mío. Estaba dormido, pero sus rasgos contraídos delataban su estado de alerta. Podía sentir su respiración cálida en mis mejillas. Contemplé su rostro a la luz de las llamas. Era, con diferencia, el chico más guapo que había visto en mi vida. Me fijé en cómo su pelo naranja se ondulaba alborotado sobre la almohada. Me gustaron su nariz recta y sus pómulos marcados. Tenía una mandíbula fuerte y unos labios bien dibujados. Reprimí el impulso de alargar la mano y sentir el roce de su piel bronceada.
La razón se impuso en forma de preguntas: ¿dónde me encontraba? ¿Cómo había llegado hasta allí? ¿Quién era ese chico? ¿Por qué estábamos desnudos?
Intenté incorporarme, pero mi cuerpo no respondió. Me estremecí con una mezcla de temor y vergüenza. En ese momento abrió los ojos y me miró con dureza.
—¿Quién eres? —dije confusa con un hilo de voz apenas audible.
No dijo nada.
—¿Qué hago aquí? —insistí.
El recuerdo vago de lo que había pasado en el bosque me asaltó produciéndome un escalofrío. Era un milagro que hubiera sobrevivido a la trampa. Había estado enterrada en el lodo y con el agua hasta el cuello.
Una especie de gemido escapó de mis labios. El chico de la cabaña no contestó a mis preguntas. En lugar de eso, me abrazó aún más fuerte, como si mi reacción asustada le hubiera conmovido.
Sentí su piel cálida y comprendí que solo intentaba darme calor con su cuerpo. Me pareció un gesto demasiado íntimo y salvaje, más propio de animales que de personas que ni siquiera se conocen, pero lo cierto era que ya no estaba helada y había dejado de temblar de forma convulsiva.
Por extraño que fuera, tuve que reconocer que estaba a gusto, tanto que volví a cerrar los ojos confiada. No sentía dolor, ni frío, solo el contacto cálido y suave de su piel. Una sensación cercana al placer me animó a acercarme más, hasta casi presionar mi cuerpo contra el suyo.
En aquel momento no era consciente de que me encontraba bajo los efectos de un potente analgésico natural a base de hierbas y raíces.
Me pregunté si aquello era el cielo.
Mis heridas empezaron a despertarse poco después. Volví a sentir un frío intenso abriéndose paso entre mis huesos. Supuse que aquello significaba que seguía viva. Me encogí contra su pecho y sentí al instante el calor de su presencia.
Estaba tiritando cuando él hizo un gesto para levantarse. Instintivamente, alargué el brazo para detenerle; no quería que me dejara sola. Él me miró de forma inexpresiva y me acercó un tazón caliente que había sobre una mesita.
—¿Qué es esto? —susurré con voz quejumbrosa.
No tenía fuerzas para beber.
Emití una débil protesta y cerré los ojos acurrucándome entre las mantas sin dejar de temblar. Al momento sentí cómo sus fuertes manos me asían con delicadeza por las axilas obligándome a incorporarme. Intuí por su semblante serio que no aceptaría una negativa por respuesta. Nuestros ojos se retaron un instante antes de que yo bajara la cabeza, aturdida por la intensidad de su mirada, tan bella y tan ocre. Parecía enfadado e incómodo.
Bebí obediente aquel brebaje. Olía mal y sabía peor, pero no me atreví a protestar. Me sentía débil y me escocían las heridas, pero aun así logré formular una nueva pregunta:
—¿Dónde estoy?
Esperé en vano su respuesta mientras se acomodaba de nuevo a mi lado. Esta vez acepté con resignación su silencio y dejé que sus brazos me rodearan de nuevo.
.
Me desperté confusa y con un dolor terrible de cabeza. Estaba sola.
Observé con curiosidad aquella habitación austera de un solo ambiente en el que coexistían una cocina de leña, una chimenea, un sofá y una mesa con dos sillas. En una esquina de la sala había un viejo piano y una estantería. Había libros en ella, pero también esparcidos y en pilas por toda la casa. Un enorme caldero reposaba sobre el fuego de la cocina.
Miré tras una ventana y vi cómo la lluvia caía sobre la extensión verde del exterior. Se había hecho de día.
Entendí que aquel lugar estaba en pleno bosque y sentí un escalofrío al pensar que tal vez me encontraba en la mismísima cabaña del diablo. Intenté recordar cómo había llegado allí, sin conseguirlo al principio.
Luego vi mi vestido malva secándose al fuego y me acordé de los momentos angustiosos en la trampa.
No pude reprimir un ataque de llanto al revivir aquel sufrimiento. Después, un recuerdo borroso de alguien desvistiéndome, secándome y limpiándome las heridas acudió a mi mente. No recordaba cómo había llegado a esa casa, pero sí el frío y las convulsiones, el calor insuficiente de la chimenea y la forma en que mi misterioso salvador me había hecho entrar en calor.
Sentí arder mis mejillas al darme cuenta de que seguía desnuda.
Me pasé una mano por el pelo enmarañado y mis dedos tropezaron con una mezcla de tierra y sangre seca. Miré bajo la manta y gemí al ver mi cuerpo en aquel estado lamentable: tenía cardenales y rasguños por todas partes y barro hasta en las uñas.
Durante un momento, pensé en recuperar mi vestido y cubrirme antes de que él llegara. Pero al volver a mirarlo, me di cuenta de que estaba hecho jirones.
Tampoco me sentía con fuerzas para levantarme; tenía el tobillo muy hinchado. Estaba lo suficientemente agotada como para dormirme de nuevo, pero luché contra el cansancio. Mi sentido común me advertía que estuviera alerta; a pesar de haberme salvado la vida, me hallaba a merced de un extraño.
De repente, un nombre cruzó mi mente activando todas las señales de alarma: «Shinigami», el acosador que había estado enviándome amenazas de muerte. ¿Acaso no era aquello una cabaña de madera? El pánico se apoderó de mí antes de que mi sentido común lograra tranquilizarme. Era imposible que aquel chico me hubiera enviado esos terroríficos mensajes desde ese lugar. En aquella casa no había ningún signo de modernidad, ni electrodomésticos ni ordenador… ¡Ni siquiera luz eléctrica!
La puerta se abrió y no pude evitar dar un respingo. El chico de la cabaña entró arrastrando un gran barreño de madera. Tenía el pelo alborotado, pero aun así su aspecto era deslumbrante. Llevaba un jersey de lana gruesa y unos vaqueros gastados. Me miró un instante y me hizo un tímida señal con la cabeza a modo de saludo. Una leve sonrisa curvó sus labios perfectos, pero sus ojos aún mostraban recelo.
Sentí que el corazón me daba un vuelco. No supe precisar si por la sorpresa de su entrada o por el efecto de su mirada.
—Hola. Me llamo Rukia. —Mi propia voz me sonó extraña—. No recuerdo cómo he llegado hasta aquí. Yo… me caí en aquel hoyo y tú… ¿Cómo te llamas?
Estaba confusa y la cabeza me daba vueltas.
Aquel chico me producía sensaciones extrañas. Me sentía agradecida, pero también terriblemente turbada por su belleza y sus peculiares cuidados. Me había quitado la ropa y dado calor con su propio cuerpo. Jamás había compartido un grado así de intimidad con nadie. Aunque estaba claro que lo había hecho para salvarme la vida, la situación bien merecía una explicación por su parte. Entonces, ¿por qué no me hablaba?
Me quedé un rato callada contemplando embelesada cómo vaciaba una olla sobre el barreño y volvía a llenarla de agua para ponerla sobre el fuego. Deduje que era mudo. Aún no sabía si era capaz de entender lo que yo decía, pero tenía bastante claro que no podía hablar.
A pesar de la evidencia de lo que estaba haciendo, no entendí que me estaba preparando un baño hasta que estuvo lleno y me hizo una señal para que me metiera en aquella rústica bañera.
Me envolví en la manta e intenté levantarme. Al poner el pie en el suelo, proferí un alarido. Fue tanto el dolor que sentí, que me mareé. Caí sentada sobre la cama al tiempo que dos lagrimones se abrieron paso en mis ojos. Me los sequé avergonzada.
El ángel silencioso se acercó a mí y me levantó en brazos con suavidad. Sin desviar la mirada de mis ojos, me quitó la manta y me sumergió con delicadeza en el agua jabonosa y caliente.
Dejé que sus manos frotaran mi cuerpo con una esponja suave. Durante un instante pensé en pedírsela y encargarme yo misma de algo tan personal como mi higiene, pero me sentía muy débil y casi no tenía fuerzas ni para levantar el brazo.
Intenté relajarme y abstraerme del hecho de que era aquel chico tan guapo quien me estaba bañando.
Lo hacía con delicadeza, insistiendo en las zonas en las que había barro incrustado o heridas secas.
El agua caliente y las atenciones de mi salvador hicieron que rompiera toda resistencia y me entregara por completo a la emoción que me desbordaba por dentro. Había sobrevivido a una experiencia horrible y mi cuerpo todavía temblaba con solo recordarlo. Las lágrimas empezaron a recorrer mi cara. Lloré en silencio, observando cómo se fundían en el agua.
Esbocé un gesto de dolor cuando sus manos recorrieron mi pierna derecha y se detuvieron en mi tobillo hinchado.
Después soltó la esponja en el agua y frotó sus manos con una pastilla de jabón que olía a lavanda. Me miró un instante antes de enredar sus dedos en mi pelo y cubrirlo de espuma. Me sorprendió su roce suave pero enérgico. Todas las terminaciones nerviosas de mi cabeza se activaron obligándome a cerrar los ojos. Dejé escapar un suspiro involuntario.
Justo en ese instante cesó y buscó mi mano para ayudarme a levantarme. Lo hice sin apoyar del todo el pie derecho. Después llenó un cubo con agua caliente y lo vació sobre mí al tiempo que yo inclinaba la cabeza para recibirlo.
Con un movimiento grácil, me rodeó con una toalla y me alzó en sus brazos para depositarme en el sofá, junto a la chimenea.
Me quitó la toalla con naturalidad y fue repasando una a una mis heridas con un ungüento viscoso y transparente que olía a sopa rancia.
Cada vez que sus dedos se detenían en una parte de mi cuerpo con aquella sustancia fría y gelatinosa, mi piel se erizaba.
A pesar de lo vulnerable de mi situación: malherida, desnuda, en un lugar desconocido y con un extraño que ni siquiera hablaba, no me sentía en peligro. Había algo en aquel chico, con su sigilosa y bella presencia, que me hacía sentirme protegida…
Me negué a reconocer que también me excitaba.
Después me ayudó a tumbarme boca abajo y me cubrió de la cintura a los pies con la toalla. Cerré los ojos y sentí cómo sus manos masajeaban mi espalda dolorida con una sustancia cremosa de aroma especiado. Al instante sentí un calor agradable por todo el cuerpo.
Deseé que aquel momento se alargara.
Tenía las mejillas enrojecidas; en parte por una fiebre incipiente, en parte por las sensaciones que aquella situación me producía.
Cuando acabó, me ayudó a ponerme una camiseta de manga larga que sacó de un arcón de madera.
Me llegaba hasta las rodillas y estaba algo áspera, pero me sentí a gusto con ella.
Mi ángel se arrodilló frente a mí y tomó mi tobillo con delicadeza. Lo tocó por varios puntos hasta que esbocé un gesto de dolor.
Al momento trajo varios trapos y una toalla pequeña. Me acojinó el tobillo con ella sujetándola con varias cintas. Supuse que tenía un esguince o algo parecido y que bastaría con inmovilizarlo durante unos días. A pesar de las heridas y las magulladuras que decoraban todo mi cuerpo, del dolor… me sentí afortunada por no haberme roto nada. ¡Era un milagro que siguiera viva!
No me percaté de que estaba temblando de nuevo hasta que mi ángel me cubrió con una manta. Un profundo sopor empezó a nublar mi mente. Tirité con violencia durante varios minutos. Luego, demasiado cansada para moverme, permanecí inmóvil con la mirada perdida en las llamas bailarinas del hogar.
Sentí su respiración cercana acompañando mis pensamientos.
—No sé quién eres —dije finalmente—. Ni qué hago aquí… pero gracias por salvarme la vida.
To Be Continued...
