Hola, pechugas. Sí, siento el retraso y tal, no tengo excusa, he vuelto a empezar el instituto y entre pitos y flautas no tengo tiempo de colgar o se me olvida. Excuismi.
Antes de empezar, me gustaría decir unas cuantas cosas. Quizá me extienda más de la cuenta, así que siento la pérdida de tiempo de antebrazo, señorah. Quería agradeceros el hecho de que leáis la historia y la sigáis, de que comentéis, de que la incluyáis en vuestra lista de fanfics favoritos… Es genial y no sabéis cuanto me aleeeeegra ver a más flanes españolas del Pones en FanFiction. Anacardo.
Y me gustaría hacer una mención especial, si a la susodicha no le importa, de Bel, que ha hecho un dibujo preciosíiiiisimo de Danny y Dougie. Es la hostia, me encanta la composición y tienes un talentazo, coñe. Muchísimas gracias, en serio, ha sido un detalle genial, que sepas que lo tengo metido en un penedrive para imprimirlo en una tienda y colgarlo en la pared. Además, me emocioné tanto que lo expuse en mi Twitter. Espero que no te importe, si quieres borro el tweet y jai, purr.
También debería aclarar que siento no haber explicado quién es Micky Tello en la referencia del capítulo anterior. Es un… digamos que es un tío estafador que se dedica a acosar a los integrantes de McFLY y mala persona, además. Sí, dejémoslo en eso. Si buscáis en Google su nombre a lo mejor os da tiempo a encontrar información sobre él antes de que vuestro ordenador eclosione sobre mí mismo del horror. Lo siento, es que me toca la moral y lo que no lo es a dos manos.
Última cosilla; voy a cambiarme el nickname de xSmiley a Birds Ate My Face, y vosotros diréis "¿A mí que me importa? Me vuelvo al váter", pero os lo informo para que no os asustéis si me buscáis a través del nombre y no aparezco ni nada de eso. Efectuaré el cambio dentro de unos días y tales y pascuales.
Nada más que decir, disfrutad del capítulo y tomad muchas uvas con mostaza para desayunar.
The ugly truth
A mí me gustan los loros.
Me sobresalté cuando el sonido del teléfono de la habitación me despertó, y más porque no recordaba que estaba en una habitación de hotel y no en la mía, con mis iguanas y demás tonterías. De un manotazo descolgué el teléfono. Pasé de colocarme el auricular en la oreja, desde mi cómoda pereza se escuchaba perfectamente.
—¿Qué?
—«¿Qué?» Qué mis cojones. El programa empieza en una hora y seguro que no estás ni arreglado. ¿Cómo puedes hibernar tantísimo? ¿Qué eres, una marmota?
Abrí mucho los ojos, conmocionado. Después me fijé en la hora de mi móvil; las ocho y media.
—Joder.
—Sí, joder. Te espero abajo, pero como sean menos cuarto y no estés en recepción pienso dejarte tirado y hospedarte en el hotel más sucio de Nueva York. No te miento, pienso ir personalmente a cagarte en las sábanas y todo. Quedas avisado.
Antes de que hubiese colgado yo ya me había metido en la ducha, me había vestido y me había arreglado para la ocasión... Bueno, o algo así. Vamos, que no.
Llegué a la puerta del hotel hiperventilando a menos cuarto pasadas y pude comprobar con mis propios ojos cómo los rizos de Danny Jones salían del edificio. Lo alcancé corriendo tanto que casi dejaba las piernas atrás, dándole un toque en el hombro para que se percatase de mi presencia. Mi cara estaba más caliente y sudada que una estrella del porno. Sí, ya.
—Vamos, métete en el taxi.
Respiré entrecortadamente mientras me acomodaba en el asiento trasero del coche, quitándome la bufanda y todos los trastos aparatosos que me estaban dando aún más calor.
—Da... Danny... no te habrás... -ay, Dios... y me muero y todo...- enfadado... ¿verdad?
Danny se montó a mi lado y cerró las puertas, después me miró con una sonrisa divertida instalada en el rostro.
—Déjate de preocupar por tonterías, Bambi. En serio.
Vale. Ya. Joder, YA. EN SERIO TÚ, DANNY.
—¿Pero tú no...?
—Que no. Y ahora no me hables hasta que se termine el programa, por favor. Voy a vomitar hasta los nervios ópticos.
Cerré la boca. Ciertamente, no volví a despegar los labios en casi toda la noche. Solo cuando tuve que preguntar en los estudios cómo se llegaba al plató de Laugh Fever, pues Danny Jones estaba demasiado ocupado intentando tranquilizarse como para ocuparse de ello.
Danny entró cinco minutos después de lo imprevisto en escena. Me mordí las uñas muy nervioso mientras lo veía comparecer ante el público con una sonrisa en forma de abanico y saludando con las manos sueltamente al público antes de sentarse en un sillón negro junto al presentador, Jim Castle. Si yo hubiera sido Danny, me habría dado tiempo a caerme diez veces seguidas en el recorrido.
El programa transcurrió normal, sin complicaciones. La verdad era que Danny lo estaba haciendo muy bien, sus comentarios estaban siendo graciosos. Incluso yo me reí de alguna que otra tontería. Me alegraba que el presentador tuviese también ese humor ácido de Danny y no se escandalizase con las burradas que decía el pecoso.
Pero entonces, ocurrió algo casi al final del programa.
—¿Puedo hacerte una pregunta algo personal, Jones?
—Claro, dispara.
Danny se balanceó de un lado a otro en su sillón, con las manos entrelazadas encima del regazo y sonriendo levemente. Jim Castle se inclinó con una sonrisa pícara, como si le fuese a preguntar algo confidencialmente y no le estuviese escuchando la mitad de Estados Unidos.
—Hemos estado siguiendo tu programa desde el principio, cuando actuabas en un canal local sin muchos recursos y sin tener ni idea de que te ibas a convertir en una estrella británica nacional, y hemos de decir que antes parecías más picajoso, más desengañado con el mundo. Antes eras una Coca-Cola con extra de cafeína y ahora eres como la Cola Light del súper de la esquina... Y no te ofendas, ¿eh?
—No, tranquilo, no me ofendo. De hecho, con semejantes halagos es difícil no ruborizarse.
—Quiero decir... Sigues siendo un humorista cojonudo, ¿eh? Pero te falta algo, ahora eres menos... cruel. Menos verdadero. Eres menos The ugly truth. ¿Hay alguna razón para ello, Jones? Quizá el cambio de cadena, o el hecho de que ahora actúas diariamente y se te acaban las gracias...
Estaba nervioso. Sí, podía jurar que estaba más cagado que Danny. Él parecía feliz y relajado en su sillón de cuero negro, moviéndose de un lado a otro con un pie apoyado en el suelo. A mí, sin embargo, se me estaban gastando las uñas que morderme. Danny alzó las cejas y se encogió de hombros, formando una mueca con los labios de desconocimiento.
—Bueno... Antes pensaba que la sociedad hoy en día estaba tan muerta por dentro que necesitábamos a alguien a quien amar para sentirnos completos. Quiero decir... ¿Por qué buscar con ahínco algo que se va a deteriorar con el paso del tiempo? Es un malgasto innecesario de sentimientos, puedes usarlos con otros fines.
—Joder, Jones... Me acabas de dejar totalmente menopáusico.
El público rió. Danny simplemente sonrió de lado.
—Bueno... Eso pensaba antes. Resulta curioso cuando te das cuenta de que de pronto no estás tan cabreado con el mundo ni deseas darle por culo a todo sentimiento ñoño, cursi y pegajoso, simplemente lo dejas pasar.
Jim Castle abrió los ojos con gesto escéptico.
—Suena como si de pronto te hubieras enamorado. ¡Danny Jones, enamorado! Cuéntanos, chaval, ¿quién es la afortunada? ¿Una famosa? O quizá... ¿Estás lanzándome mensajes confusos, Jones? Porque he de advertirte de que no se me ocurriría rechazarte una proposición indecente...
El público volvió a reírse junto con Danny, el cual se inclinó hacia delante con las manos en las rodillas.
—Joder, cómo se pone el patio a la mínima... En realidad, no todo tiene que ver con el enamoramiento. ¿Que es el sentimiento más bonito del mundo? Por favor... Hace mucho que tu equipo de fútbol no gana un partido, ¿verdad?—y, nuevamente, las risas enlatadas.—Sencillamente conoces a alguien que te hace pensar sobre los cimientos de tu idea. Y si eres capaz de cambiar todos tus ideales formados durante tantos años por una sola persona, es que, sin duda, es ella. Vale, ahora podemos sincronizar nuestra menstruación.
Separé una uña de mis labios para mirar atentamente a Danny ensimismado y con los ojos muy abiertos, como si hubiera divisado una pequeña rendija de luz en un cuarto oscuro y no quisiera perderla de vista.
—Oh. Ahora me siento embarazado. Gracias por tan pegajosas palabras, Jones.
—No hay de qué. Es siempre un placer poder hacerte mojar la ropa interior.
—¿Y de proyectos de futuro no tienes nada que contarnos?
La entrevista se alargó hasta las diez y media, cuando el público se despidió de Danny Jones de pie con un efusivo aplauso. Un timbre resonó por todo el estudio, dando a entender que ya no estaban en el aire. Danny se puso a hablar con Jim Castle y un montón de lo que parecían ser productivos de la cadena. Yo simplemente me quedé esperando a que el castaño se acercase mientras me daba golpecitos en la boca como los indios con los labios entreabiertos, pensativo.
Finalmente, a los veinte minutos, Danny vino hasta mí con una mano en el bolsillo y con la otra rascándose la nuca, con la mirada distraída y un deje de preocupación. Lo observé detenidamente, contagiándome de su inquietud.
—¿Te ocurre algo?
Danny salió de su ensimismamiento. Me miró sonriendo y dándome una palmada en la espalda para que comenzase a caminar.
—No, nada. Vámonos a cenar por ahí, ¿vale? Me muero de hambre, me comería un rinoceronte así, sin anestesia ni nada.
Danny comenzó a caminar por los pasillos, donde le esperaba un grupillo de gente para pedirle autógrafos. Lo seguí a saltos para alcanzarlo, con el cuerpo casi de lado.
—Has estado muy bien. Has sido muy gracioso.
Danny le sonrió a la gente levantando una mano a modo de saludo. Algunas chicas se rieron, nerviosas. Danny se giró hacia mí antes de atenderlos, con una mano en mi hombro.
—No me digas, pelo paja... Esta entrevista ha sido peor que discutir sobre alienígenas y lentejuelas con Tom Cruise y John Travolta. Y ahora, si me disculpas...
Torcí el mohín y esperé pacientemente a que Danny hiciese el tonto con sus fans. Aquello parecía el escaparate de un zoológico, con su respectivo orangután, atracción principal. Danny firmó autógrafos, camisetas, hizo carantoñas delante de las cámaras mientras le filmaban, se sacó fotos con las chicas...
Realmente, no tenía ni idea de que Danny fuese, bueno, popular en Estados Unidos. Me pregunté si todo esto venía de antes o habían decidido que Danny les gustaba en aquel programa.
Y yo, mientras tanto, sujetándole el abrigo al troglo. Manda huevos.
Estaba mirando la hora por cuarta vez en el móvil cuando Danny me observó y decidió que era hora de marcharse. Rodé los ojos mientras el castaño se alejaba de sus fans caminando de espaldas y despidiéndose con las dos manos. Cuando se colocó a mi lado, le seguí sonriendo con los labios apretados.
—¿Ves? Les ha gustado la entrevista. Si no, no te estarían vitoreando.
—¡Son americanos! Vitorean cualquier cosa que sale por la tele. Si el conejo de Nesquik y el mono de los Choco Crispies existieran serían leyendas.
¿Desde cuándo Danny era modesto?
—Y bueno, he decidido que vamos a ir a cenar al Foster Hollywood.—dijo el rizoso mientras salíamos del edificio. Lo miré con una de las comisuras levantada y los ojos entrecerrados.
—¿Qué? Danny, el hotel ya viene con la cena incluida.
—Sí, crema de gelatina de faisán y occipucio de ornitorrinco ahumado. ¡Venga ya, Doug! Si lo que quieres es ver mariconadas cuando volvamos al hotel te enchufas a Sexo en Nueva York o lo que sea que den por aquí. Yo lo que necesito es comer algo que luego tenga sustancia cuando caiga a la taza del váter.
Dibujé una expresión de estar oliendo mierda cuando me monté en el taxi con Danny.
—Qué asco, Danny. Eres más basto que un Petit Suite de chistorra.
Suspiré y me coloqué el cinturón de seguridad. Cuando alcé la vista, Danny me miraba con una sonrisa relajada, melancólica, después parpadeó y clavó los ojos en el asiento. Me sentí incómodo.
—¿Qué...?
—Ah, nada. Pensaba en el pedazo bistec como mi cabeza que me iba a pedir ahora en el Foster.
Me quedé mirando a Danny mordiéndome los labios por dentro. Él no añadió nada más, solo apoyó la cabeza en el asiento y contempló la ventanilla empañada de su lado, distraído.
A ver, ¿qué es lo que estaba ocurriendo exactamente y qué me estaba perdiendo?
Nos quedamos los veinticinco minutos restantes de viaje callados. Me preguntaba cómo estarían Tom, Harry, Giovanna y mis queridas iguanas. Esperaba que Harry no se hubiese llevado a nadie a mi casa aprovechando que estaba vacía. Recordaba que mi amigo siempre me decía que mi casa era bastante sosa, casi totalmente pintada de blanco o decorada con colores muy claros, pero que estaba ubicada en un buen lugar para llevarse a los ligues por la noche. Sería una gilipollez, pero no quería pensar que Harry se iba a enrollar con alguien en mi cama antes que yo mismo.
Llegamos al restaurante y nos sentamos en unos sillones de cuero rojo apartados de los ventanales. Pedimos nuestros platos correspondientes y Danny aprovechó para echarse unas gotas de su colirio en los ojos hinchados de no haber dormido lo suficiente. Ahora que no llevaba el maquillaje puesto las ojeras se le resaltaban aún más. Me pregunté cuántos botes se gastaba de esa mierda al mes.
Danny se guardó el colirio en el bolsillo de la americana y miró a su alrededor con los brazos cruzados sobre la mesa, suspirando alegremente con una sonrisa de dientes apretados. Yo enredaba con los botes de ketchup y mostaza, como si fueran dos personitas, con gesto aburrido y cansado a pesar de haber dormido más de la cuenta.
—¿Sabes? Aprovechando que a lo mejor nos quedamos unos días aquí he pensado que podía llamar más tarde a Jane. O mañana, no me urge prisa. Ya que estoy en Estados Unidos, al menos me llevaré un agradable souvenir.
Dejé de mirar los botes y los tumbé sobre la mesa aún agarrados, como si los estuviese dejando descansar.
—Danny, Jane parece una buena chica, no deberías molestarla ni jugar con ella.
—A ver, Bambi, a lo mejor tú vives en una perfecta utopía de orgías de ositos de peluche rosas, pero, en la realidad, a la mayoría de la gente le gusta divertirse sin compromiso y sin que haya ningún perjudicado. No todos buscamos la relación sentimental del final feliz.
Bufé por la nariz provocando que los orificios nasales se me abriesen como si fuese un búfalo descontento.
—Pero he visto demasiado Cómo conocí a vuestra madrey sé cómo se comportan los chicos que van de Barney Stinson. así que no me gustaría que Jane terminase como una de esas pobres chicas engañadas y que se despiertan con unas pasmosas ganas de darse una ducha hasta el fin de los tiempos.
—Tú mismo lo has dicho, has visto DEMASIADO esa serie. Déjalo, ¿vale? No le voy a romper su delicado corazón ni nada por el estilo. Simplemente nos atraemos y vamos a pasárnoslo bien, ya está.
Esbocé una mueca de incredulidad y me obligué a dejar rezagados a mis soldados de ketchup y mostaza para parecer más amenazante al cruzarme de brazos.
—Danny... Sabes que a Jane en realidad le gustaba yo, ¿verdad?
Para una vez que podía darme el lujo de decir algo parecida y resultaba que era por una chica... Qué triste. Danny simplemente se encogió de hombros, negando con la cabeza.
—¿Y qué? A mí me molaba la azafata rubia del avión, pero no siempre puedes conseguir lo que quieres, así que con poco me lo monto.
Cogí aire, rodé los ojos y bufé por la boca formando una pedorreta. En ese momento la camarera se acercó a nosotros para colocarnos lo que habíamos pedido en la mesa, una Bacon Burger y unas costillas de cerdo con salsa barbacoa. Danny se relamió los labios y se frotó las manos sin disimulo, provocando que la camarera lo mirase extrañado mientras se alejaba.
—Ñam, ñam, así es como me gusta... Colesterol, ven a mí.
—En realidad—comencé diciendo volviendo al tema anterior mientras intentaba agarrar la hamburguesa con cuidado de que no se me cayese nada, aunque por el aspecto sobrecargado que tenía me daba la impresión de que iba a acabar solo con el pan entre mis pringosos dedos.—me pregunto si detrás de todo esto hay algún trauma relevante que te haya conducido a ser tan capullo hoy en día.
—No sufras, bollo pelón, no hay ninguna razón oculta ni oscura por la que yo sea así.—dijo dramatizando mucho con los ojos muy abiertos y moviendo los dedos como si fuesen pequeños gusanos de carne. Cogió sus cubiertos y esbozó una media sonrisa burlona al añadir:—A ver, ¿hay algún motivo por el que te gusten los pepinos? No, ¿verdad? Simplemente naciste así y ya está.
Danny dio por concluido el tema agachándose levemente sobre su plato para atacar sus costillas de cerdo. Apreté los labios y mastiqué una vez mi hamburguesa antes de hablar.
—No es lo mismo. Eso tiene que ver con la identidad sexual, no con la personalidad. Vamos, no me vengas con misterios para que después sea una mierda... ¿Qué te pasó? ¿Las niñas te rechazaban en el colegio? ¿Tuviste un desengaño amoroso con una profesora? ¿El entrenador de fútbol abusó sexualmente de ti y decidiste recuperar el orgullo masculino de otro modo más radical?
—Joder, ¿a qué tipo de culebrones te enganchas tú?
—Venga, cuéntamelo...
—Si te lo digo, ¿me dejarás en paz?
—Sí, claro.—dije dejando de comer y asintiendo con la cabeza, obediente y atento. Después levanté una mano.—Lo juro.
Danny bufó y rodó los ojos negando con la cabeza y componiendo una mueca de labios torcidos y ojos entrecerrados.
—Está bien... A ver, hace cuatro años era un iluso, un ingenuo de los que creen en el verdadero amor y en que existe algún lazo espiritual que te une a una persona especial en algún momento determinado de la vida. Un día conocí a una chica preciosa, con el pelo moreno y unos ojos muy grandes y azules. Se metió en mi vida a través del sitio en el que trabajaba, y fue amor a primera vista. Estaba seguro de que era la chica de mi vida. La amaba, más de lo que te puedas imaginar, pero ella no pensaba lo mismo sobre todo eso. No sé, tenía algún trauma extraño respecto a las relaciones sentimentales por culpa de lo mal que terminaron sus padres. Salimos juntos, aunque ella no pensaba en mí de la misma manera en la que yo lo hacía, y lo sabía, pero simplemente me mentí a mí mismo para poder seguir estando a su lado. Me inmiscuí demasiado en su mente, creo que acabé por caer dentro de su País de las Maravillas o algo así.
Danny se tomó un respiro para beber del vaso de cerveza y yo aproveché para parpadear y volver a recobrar la respiración. Había dejado que el peso de mi cabeza oscilase hacia el lado derecho y estaba seguro de haber dibujado en mi rostro un mohín permanente.
—Y luego... ¿Qué pasó?
Danny dejó el vaso en la mesa con un suspiro de satisfacción y se encogió de hombros.
—Lo que siempre pasa, la vida.
Mi rostro lastimero fue tornándose poco a poco a uno de incredulidad y amenaza.
—Ella no pudo más, así que cortó conmigo. Intenté forzar la situación para que volviéramos juntos, pero resultaba que se iba a casar con otro chico. Fueron los quinientos días más confusos de mi vida. Summer, esa zorra...
—Ajá. Déjalo ya, Danny. He visto esa película.
—Yo la vi en el cine con una chica. Me pareció una puta encerrona, porque en cuanto salí de la sala se puso a hablarme de amor y todas esas cosas, después me preguntó que cuál era mi opinión al respecto. ¿Sabes de esos incómodos momentos que parece que solo ocurren en series como Friendsen los que el personaje se queda en blanco y dice el primer disparate que se le pasa por la cabeza? Pues bien... Digamos que a alguien se le ocurrió decir «A mí... me gustan los loros» y tuvo que volver solo a casa.
—Es que eres un inútil, desde luego.
—Estaba desentrenado, de todos modos. Con Jane no me pasará lo mismo.
Dejé lo que me quedaba de hamburguesa en el plato y me limpié las manos en la servilleta mientras intentaba descifrar la serenidad que envolvía a Danny todo el rato. No sé cómo no podía percatarse de que le estaba perforando con la mirada mientras cogía alegremente las patatas de su plato y las mojaba en la salsa restante. Danny parecía siempre tan despreocupado, relajado y jodidamente seguro que por narices no tenía que ser verdad.
Por eso decidí atacar.
—Oye, Danny... Cuando antes has hablado sobre una persona que ha cambiado tu forma de pensar, ¿a qué te referías?
—A mí me gustan los loros.
—Venga ya, dímelo.
—A que estoy profundamente enamorado de Jane, por supuesto.
—No...—me masajeé una sien con el dedo índice y pulgar. Era tremendamente difícil hablar con Danny de temas aunque fuesen ligeramente profundos, sobre todo si él era el tema principal. Estaba harto, nunca te llevaba directamente adonde querías llegar, sino que te daba vueltas y vueltas cual taxista aprovechado hasta marearte.—A ver, Danny, te estoy hablando en serio. ¿No vas a responderme?
—Querido muerde almohadas, cuando una persona intenta evitar un tema es porque no quiere hablar de ello. En serio.—repuso enfatizando las dos últimas palabras con cierto tono de burla. Levantó las cejas nuevamente con la misma expresión relajada de siempre mientras encontraba un escondite lleno de patatas fritas bajo un pedazo de costilla y sonrió abiertamente, como si hubiera encontrado la entrada al Dorado. Apreté los labios y me terminé mi cena en silencio, sin añadir nada más.
Vale, debía admitirlo; estaba un poco... ¿un poco? Bastante intrigado. Y confuso, sobre todo aquello último. Danny no tenía muchos amigos, de hecho creía que no tenía ninguno. Podría conocer a mucha gente, pero realmente no salía con ellos ni mantenían una relación más allá de lo meramente superficial. La única persona, aparte de su hermana, con la que pensaba que tenía algo de contacto estaba frente a él.
La verdad era que una parte de mí deseaba que esa persona fuese yo, aunque realmente no lo esperase.
Danny no volvió a abrir la boca hasta que terminó del todo su plato y vinieron a recoger nuestra mesa. Observé cómo fijaba sus ojos con especial atención en el marrón caoba del mueble y tragaba saliva mientras un tic nervioso imperceptible causaba que sus labios se arrugasen y una de las comisuras de sus labios se levantase. Apoyé ligeramente mis incisivos centrales en mi labio inferior a la vez que Danny clavaba sus ojos en los míos.
—¿Sabes? Después del programa de hoy se han acercado los ejecutivos de la cadena a mí y me han preguntado si podría pasarme mañana por los estudios para negociar una oferta que me han propuesto.
El estómago me borboteó como si fuese un caldero hirviendo y después la garganta se me taponó con una molestia palpitante y desagradable. Lo achaqué a la comida.
—Ah, ¿sí?—pregunté con toda naturalidad, metiendo los dedos en las grietas del sillón de cuero para agrandarlas.—¿Y qué clase de oferta era?
Danny carraspeó y juntó las manos, jugueteando con ambos pulgares por encima de su piel.
—Pues... a ver, todavía no es seguro. El caso es que habían estado hablando con Richard O'Donnell, el director de dicha cadena, y les había parecido interesante que me uniese a su plantilla.
—¿Y eso qué quiere decir?
Danny abrió los ojos en un gesto de incredulidad.
—Quiere decir que me han propuesto dejar RADIO:ACTIVE TV para traspasarme a Above the visiony tener mi propio programa de hora y media con invitados especiales, humoristas y monólogos completos que no traten del mismo tema en particular.
Ahora me tocó el turno de tragar saliva a mí. Me mordí el labio inferior y desvié la vista. Danny despegó sus manos y comenzó a hacer florituras con ellos mientras seguía hablando.
—Y... bueno... Coño, no es un mal negocio. Me han prometido un buen horario televisivo, ayudas humorísticas y, la verdad, no te digo cuánto querían pagarme por programa porque te ibas a marear. Además, me han asegurado que por el alojamiento no debería preocuparme, pues ellos se encargarían de encontrarme un buen sitio y un avión privado para el traslado y tal. La verdad es que se han empachado de confiarme promesas...
—¿Alojamiento? ¿Traslado? ¿Cómo...? Es decir, no entiendo...
Reprimí una risa nerviosa mientras negaba con la cabeza y parpadeaba con extrañeza. Luego desvaneció la sonrisa relamiéndome los labios. Era un detalle que se me había pasado por alto. Danny se acomodó en la mesa, nervioso.
—Bueno, esa es la parte mala... Tendría que mudarme a Nueva York y dejar RADIO:ACTIVE TV. Además, no puedo dejar a Vicky y a Sunshine solas, pero... las cosas le van genial a Vicky con su novio y estoy seguro de que allí ya sobro, así que puedo dejarle a mi hermana el piso. Iría a visitarla y le pagaría los viajes y... Bueno, todo eso, sería muy rico y famoso, no tendría por qué preocuparme por el dinero.
Sentía una molesta palpitación constante en mis sienes y la sensación de que la voz de Danny se alejaba cada vez más conforme me contaba sus planes como si me estuviera relatando el cuento de la lechera. La voz tenue e interna de Tom me susurraba «Recuerda que tienes que conseguir que se quede en nuestro canal. Confío en ti, Doug».
Os podría jurar que estaba a punto de persuadirlo para que se olvidase de todo aquello, pero entonces dijo:
—Entiendo que esto podría considerarse una especie de traición a Tom y a todos los demás porque fueron ellos los que me descubrieron, y lo agradezco tanto que no te lo puedes ni imaginar, pero... Joder, Dougie, este ha sido el sueño de toda mi vida, por fin siento que ha merecido la pena dejar mis estudios para centrarme en lo que de verdad me gusta; ser humorista. No sé, ocasiones como estas solo se presentan una vez en la vida. Estoy a pelo de huevo de poder restregarle a todos los que me tocaban las narices que soy alguien importante y que no he terminado de reponedor en la tienda de la esquina de mi casa como ellos decían. No sé... ¿Tú qué crees, Dougie?
No se me pasó por alto que me había llamado por mi nombre. Ni que sus pupilas me quemaban las mías como si me estuviera exponiendo directamente a los rayos del sol.
La mirada de Danny contenía tanta cantidad de esperanzas y euforia que solo pude hacer una cosa: sonreír y mentir.
—Vaya, eso es... ¡Me parece fantástico, Danny!—ensanché tanto la sonrisa que las mejillas me dolían seriamente.—De verdad, es... es... no sé, me alegro mucho por ti.
—Entonces, ¿crees que debería aceptar la oferta?
Bueno, no estaba muy seguro de que lo hubiese logrado, pero al menos intenté currarme el entusiasmo, con saltitos, sonrisa de gilipollas y aspavientos de manos incluidos.
—¡Claro! Quiero decir... si es lo que tú quieres me parece perfecto. Yo hablaré con Tom.
Quizá demostré demasiada alegría.
Danny parecía haber perdido un poco de sonrisa en aquel momento.
—Entonces... todo bien, ¿no?
—Tranquilo, no te preocupes, ya te he dicho que yo hablaré con Tom.
Hubo un momento en el que Danny y yo sostuvimos ambas sonrisas, una quizá más forzada que la otra. No sabría decir cuál.
—Vale, entonces mañana quedaré con los de Above the visiony hablaré con ellos.
Me dio la impresión de que el pecoso amante de los loros quería añadir algo, pero la camarera nos interrumpió, así que le entregó su tarjeta de crédito, pagó y cogimos un taxi.
No hablamos durante todo el trayecto.
Estaba muy cansado y asustado cuando llegamos al hotel. Cansado porque era una jodida marmota, asustado porque era un jodido gilipollas.
Realmente, no creía haber conocido otro silencio más incómodo que ese junto a Danny. Normalmente, cuando nos quedábamos en silencio era cuando pensaba que el rizoso había dicho algo tan fuera de tono que no lo consideraba merecedor de mis palabras indignadas, o cuando él volvía de fiesta y quería un minuto de concentración para echarse aquel líquido asqueroso en los ojos.
Quizá por mi culpa nunca más volverían a sucederse esos momentos. Quizá por mi culpa jamás volvería a formarse un silencio entre Danny y yo.
Quizá si el pecho me ardía de la impotencia y las lágrimas de la frustración amenazaban con salir despedidas de mis ojos significaba que era el momento de hacer algo.
Quizá debería agarrarle de la manga de aquel blazer que tanta tirria le tenía solo por pertenecer a Danny y detenerle antes de que entrase en el ascensor para decirle unas cuantas palabras.
Quizá lo hice.
—Oye... ¿Sabes qué? Creo que no deberías irte a Above the vision...—solté a Danny y le quité el importancia al asunto con un movimiento de manos y bufando mirando hacia otra parte. Pude ver por el rabillo del ojo el gesto de fastidio de Danny.
—¿Qué? ¿A qué viene eso ahora?
—Quiero decir... ¿Quién puede fiarse de los americanos hoy en día? ¿Y si es una encerrona? No sé... Todo sonaba demasiado bonito, ¿no crees?
—Sí, creo que hubiera sido mejor si me hubieran propuesto una gonorrea como regalo de bienvenida.—espetó Danny, molesto por aquel cambio tan repentino.—¿A qué viene esta paranoia repentina?
—Es que... lo he estado pensando mejor y... creo que no es buena idea, porque a lo mejor lo que quieren es deshacerse de ti y joder a RADIO:ACTIVE TV.
Danny arrugó los labios, sin comprender.
—No es bastante reconfortante que alguien te suelte todo esto después de haberse estado haciendo ilusiones todo el viaje, ¿entiendes?
Me mordí el labio inferior. Estaba tan desesperado que mi mente recogió unos pedazos de recuerdos y los hiló hasta formar una excusa con la que pudiese salirme con la mía.
—Es que, verás, Danny, Tom me ha dicho que te vigile por si ibas a querer cambiarte de cadena, y yo no quiero que me despidan, así que tienes que quedarte en Londres, por favor.
Craso error, y me di cuenta de ello cuando Danny entrecerró gradualmente los ojos inversamente proporcional a lo que abría la boca.
—¿Me has acompañado a Estados Unidos solo para tenerme vigilado?—me lanzó con un tono mordaz que nunca le había visto a Danny. Me encogí sobre mí mismo.—¿Me estás engañando y sugiriendo que le dé por culo a todo solo para que al niño no le despidan? Venga ya... Tom Fletcher es tu mejor colega, no te va a despedir. Yo, sin embargo, tengo una oportunidad cojonuda que no pienso rechazar por un caprichito. Y ahora, señores, me voy a la mierda.
Danny se metió en el ascensor muy cabreado, por ello le seguí justo a tiempo de que la puerta se cerrase y que al pecoso no le diese tiempo para empujarme fuera. Danny rodó los ojos, bufó haciendo levitar momentáneamente algunos de sus rizos y miró los botones encendidos del cubículo.
—Mira, Dougie...
—No, escúchame tú a mí, por favor.—dije en un tono más suplicante del que debería haber sido.—Te he mentido... en parte. Es verdad que Tom me dijo que te vigilase para que no te fueses de nuestra cadena...—Danny bufó de forma socarrona, pero yo continué.—... y créeme cuando te digo que me importa una mierda eso, lo que no quiero es que tú te vayas de Londres, porque eso significaría que yo no volvería a verte jamás.
Estaba al tanto de lo melodramático que había sonado todo aquello que me sonrojé al instante y una vocecilla chillona no paraba de repetirme en la cabeza «Idiotas... Idiotas exagerados por todas partes». Danny debió pensar lo mismo, pues su cara de susto era un poema.
—¿Qué quieres decir con eso?
Tragué saliva y cerré fuertamente los ojos un momento antes de decir lo más empachoso que había dicho en mi vida. Y eso que había reproducido guiones asquerosamente empalagosos de Nicholas Sparks.
—Danny, me da igual dónde decidas trabajar, pero no te vayas, por favor. Yo... te veo todos los días, te has convertido por desgracia en una persona importante en mi vida. Te has colado como un jodido parásito y... bueno, ¿qué quieres que te diga? Ahora te estoy rogando que no te traslades en un ascensor que curiosamente parece estar tardando en llegar lo justo para que yo termine mi discurso, ¿no significa ya que me importas aunque sea un poco? Lo que te estoy intentando decir es que tengo que reconocer que... no sé qué haría yo sin ti, realmente. Eres como mis compañeros de clase, a los que nunca creí que iba a echar de menos pero que pasan a ser una pieza vital en tu día a día... hemos pasado tantas cosas juntos estos últimos meses y... sé que tampoco llevamos mucho tiempo siendo amigos... ni siquiera sé si lo somos, pero por eso, me gustaría que te quedases en Londres y lo averiguásemos. En realidad me he dado cuenta de que te aprecio más de lo que querría. Lo siento si te estoy pidiendo demasiado, pero por favor, quédate en Londres... en RADIO:ACTIVE TV. Yo qué sé, quédate conmigo.—noté que la voz se me quebró, así que clavé mis ojos en el suelo más avergonzado que nunca ante la atenta mirada de sorpresa de Danny.—Y ahora, si me disculpas, voy a huir rápidamente aprovechando que el ascensor acaba de llegar a nuestra planta de forma tan oportuna. Buenas noches.
El ascensor abrió sus puertas y yo ni me digné a volver a mirar a Danny, sino que me giré y caminé apresuradamente para llegar a mi habitación, la siguiente puerta a la de Danny, y encerrarme hasta que una invasión zombie arrasase la Tierra.
—Dougie, espera.
Cerré los ojos y me mordí el labio inferior antes de plantarle cara a Danny, el cual me observa a un metro de mí. Ladeó la cabeza humedeciéndose los labios con un rostro impasible.
—¿Eso significa... que me vas a echar de menos?
Apreté los labios y me lo pensé antes de asentir con la cabeza de forma torpe y sumisa. Danny se rió entre dientes esbozando una pequeña sonrisa que le provocaba unas arruguitas alrededor de los ojos. Parpadeó y se sacó las manos de los bolsillos, acercándose a mí. De pronto, noté como si mi corazón se hubiera dado cuenta antes que yo de algo y estuviera pataleando a base de latidos para escaparse de la caja toráxica y correr lejos de la escena. El color rojo invadió mis orejas hasta llegarme a la cara. Quise mirar hacia el suelo, pero me mantuvieron con la vista fija al frente los regordetes dedos de Danny colocándose a ambos lados de mi mejilla, acariciándome la cara hasta enterrar levemente las yemas de sus dedos en los cabellos que asomaban por mis sienes. El cosquilleo que aquello me produjo se deslizó por mi nuca, recorriéndome toda la espina dorsal. Atisbé una sonrisilla traviesa y una laguna de pecas de todas las tonalidades posibles del marrón antes de que los ojos cristalinos de Danny posados en mí me obligasen a cerrar los ojos para no mirar. La respiración pausada del pecoso golpeándome en los labios me quemaba como si ya hubiera juntado nuestros labios, provocándome cosquillas en todos lados, por todas partes. Todas las células de mi cuerpo corretearon hasta llegar a mi estómago, causándome una sensación placentera, como si estuvieran acariciándome con sus piececillos en las paredes para llegar al ombligo y poder contemplar la escena desde allí.
Algo tibio y blandito se posó en mis labios, haciendo presión en los mismos mientras los pulgares de Danny me hacían caricias en forma de círculos al lado de mis párpados. Coloqué las palmas de mis manos en su camisa y suspiré por la nariz. Danny hizo más presión y yo entreabrí la boca, dejando que el pecoso me mordiese con los labios. Noté cómo me giraba para hacer que apoyase mi espalda en la pared y emití un pequeño gemido de satisfacción que murió en su garganta. Una pequeña risita se escapó por su nariz. Abrí los ojos un segundo, pero volví a cerrarlos enseguida, por lo que solo puse atisbar unas pestañas espesas en las que yo no me había fijado nunca, a decir verdad. Rodeé con con mis brazos el cuello de Danny, pegándolo más a mí. El pecoso bajó sus manos por mi torso hasta llegar a la parte más baja de mi espalda, juntándome a él y colando su lengua hasta encontrarse con la mía, jugueteando invasora y pícara.
¿Sabéis de esas veces en las que una persona tiene fama de llevarse a muchas mujeres a la cama y después resulta que no tenía ni puta idea de cómo hacer nada?
Vale, pues aquel no era el caso.
Danny se separó de mí con un leve sonido de succión y abrí los ojos lentamente, esperando despertarme de algún tipo de sueño o algo así. La visión del rostro tan cercano de Danny al mío con los labios humedecidos e hinchados me hizo tragar saliva. Carraspeé y me separé de la pared con cuidado, alejándome de Danny y mirando cada detalle del pasillo, como si los extintores fuesen un interesante documental de los Beatles.
—Bueno, pues... yo me voy a la cama.
—Sí, yo también. Buenas noches, Bambi.
Cuando me llamó de aquella manera me dio un escalofrío de vergüenza y culpabilidad.
—Vale... Buenas noches.
Levanté una mano rígida a modo de despedida, pero me volteé enseguida, corriendo tan aparatosamente hasta abrir la puerta con mi tarjeta que creía que el vecino chino iba a salir al pasillo a quejarse porque los de Jumanji habían decidido grabar allí la escena de la estampida. Seguramente le había dado a Danny una buena excusa para reírse libremente de mi huida.
A ver, había besado a Danny. Tampoco pasaba nada, ¿no? Había sido un jodido desliz, tampoco tenía que significar nada para ninguno de los dos. Ya teníamos nuestra edad como para darle importancia a oh Dios mío HABÍA BESADO A DANNY.
Me puse el pijama amarillo y me tiré de un salto a la cama. Abracé mi almohada mientras me encogía en posición fetal, a pensar en lo que había ocurrido. Danny me había besado, pero Danny era... ¿qué era? ¿Y si solo era una broma? ... Danny había besado a un chico, no podía tratarse de ninguna broma.
Me acaricié con los dedos del pie el contrario y seguí abrazando la almohada con la cara enterrada en ella. Había besado a Danny... pero no podía quejarme. Joder, había sido la mejor sensación de mi vida, y pensar que todo estos temblores y nervios me los iba a provocar el mismo imbécil que... Bueno, sí, que la primera vez me causó lo mismo, pero en aquel momento lo único que quería era matarlo y ahora... bueno... eso.
Me percaté de que estaba mordiendo la almohada con una sonrisa de perfecto memo, así que la escupí y me tumbé en la cama boca arriba. Alguien llamó a la puerta con los nudillos y yo me sobresalté. Me encogí en mí mismo, al principio asustado, luego curioso, y por último nervioso. No sabía si quería encontrármelo en el umbral de la puerta.
Tragué saliva y me puse de pie, caminando descalzo hasta la puerta. Apoyé mi mano en el pomo y suspiré, luego lo giré y tiré de la puerta.
Alcé la cara para encontrarme con unos ojos redondos y una sonrisa infinita.
—Hola.
