Mis amores hemos llegado al final de esta linda aventura. me despido de ustedes muy feliz por su maravillosos comentarios.
Gracias a tod s por sus reviews y sus favoritos. Me dan animo de continuar.
Antes de despedirme los invito a leer Orgullo y Venganza.
Besos
May
Capítulo 12
Durante los siguientes días Elizabeth decidió no pensar en Fitzwilliam y en la sugerencia de que se casaran porque era lo más sensato. Estaba dolida con él y decepcionada consigo misma porque cuando se marchó no dejaba de preguntarse si debería haber dicho que sí. Lo amaba, quería ser su mujer.
Para no seguir pensando en la proposición, Elizabeth puso los cinco sentidos en la mudanza. Los propietarios de la casa habían aceptado su oferta, de modo que empezó a organizarlo todo, incluida la compra de un piano. En el ático tenía el de Fitzwilliam pero, aparte de las clases en el Centro Cultural, no había tenido oportunidad de tocar en varias semanas.
Sin embargo, antes de que pudiera mudarse tenía algunas reformas que hacer en la casa, afortunadamente todas sin mucha importancia: pintar y tomar medidas para las cortinas. Si todo iba según sus planes, Brice y ella podrían instalarse allí a principios de noviembre.
Y para entonces Fitzwilliam ya estaría en Londres.
Mientras elegía muestra de pintura y telas, sentada frente a la encimera de la cocina, intentaba no pensar que se marchaba aquel mismo día, pero no lo consiguió. Sólo podía esperar tener sus emociones controladas para cuando volviese en Navidad.
Pero cuando miró por la ventana y lo vio dirigiéndose a la casa pensó que estaba viendo visiones. Y cuando llamó a la puerta estuvo a punto de caerse del taburete.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó, mirando el reloj—. Tu avión sale en menos de tres horas. ¿No deberías estar en el aeropuerto?
—Sí, debería —asintió él—. Pero no podía marcharme sin despedirme de ti.
El corazón de Elizabeth empezó a latir con fuerza dentro de su pecho. «Dile que se vaya», le pedía la cabeza. Pero sus pies no la obedecieron porque dio un paso atrás para dejarlo entrar. Después de todo, era el tío de su hijo y debía ser pragmática en su relación con él.
—¿Aparte de decirme adiós qué te trae por aquí?
—Tú y yo tenemos cosas que solucionar —dijo Fitzwilliam—. Pero es algo personal.
—Creo que ya discutimos todo lo que teníamos que discutir cuando estuviste aquí la otra tarde.
—Esta vez no vengo a discutir, he venido a pedirte disculpas.
—Muy bien —Elizabeth se cruzó de brazos—. Estoy escuchando.
Fitzwilliam dejó escapar un suspiro.
—Bueno, verás, a mí esto no se me da bien.
—¿Qué no se te da bien?
—Hablar —Fitzwilliam hizo un gesto con la mano—. Puedo hacerlo si llevo el discurso preparado o cuando se refiere a mi trabajo, pero cuando se trata de las emociones… —nervioso, se aclaró la garganta—. Hablar de las cosas del corazón no se me da muy bien.
Elizabeth levantó una ceja.
—Prometo no ponerte nota.
—Muy bien —sonrió él—. La otra tarde, cuando vine a verte, yo sabía lo que quería, pero me expliqué mal. Te dejé con la impresión de que mi objetivo era cuidar de ti y de Brice.
—¿Y no es así?
—No, bueno… sí, claro que quiero cuidar de vosotros, pero ésa no es la razón… —sin saber qué hacer, Fitzwilliam tomó las muestras de pintura —. Quiero casarme contigo porque no quiero volver a un ático vacío cada noche. Mi vida es gris y yo quiero color en ella. Y antes de que digas nada, no estoy hablando de la decoración.
Cuando Elizabeth abrió la boca para contestar él hizo un gesto con la mano.
—Eso ha sonado un poco cursi, olvídalo. Lo que quiero decir es que me siento solo —Fitzwilliam hizo una mueca—. ¡Ay, Dios! Ahora parece que estoy desesperado y me valdría cualquiera, pero no es verdad. Me siento solo, pero ya no quiero estarlo y tú eres la razón por la que no quiero estarlo —antes de que ella pudiera responder, Fitzwilliam volvió a suspirar, angustiado—. Estoy haciendo el ridículo cuando lo que quiero es decirte… que te necesito, Elizabeth. No puedo perderte porque te amo. Te quiero y quiero a Brice y quiero que seamos una familia.
Elizabeth se llevó una mano a la boca para contener un sollozo, disimulando sin darse cuenta una sonrisa. La amaba. Lo había dicho con tono apasionado y su perfectamente imperfecta proposición lo dejaba bien claro.
—¿No vas a decir nada?
Ella dio un paso adelante. Por primera vez desde que lo conoció Fitzwilliam no parecía autoritario, imponente o poderoso. Su expresión era tan tierna y tan sincera como para robarle el aliento.
Tal vez por eso no sabía qué decir.
—¿Y bien? —la animó él, con la expresión de un convicto esperando su condena.
Elizabeth decidió no hacerlo esperar más.
—Sólo tengo una cosa que decir —poniéndose de puntillas, le echó los brazos al cuello—. Me parece que vamos a tener que convocar otra rueda de prensa —le dijo, antes de buscar sus labios.
Fin
