CAPÍTULO 13. ESCONDITE DESÉRTICO (PARTE 1)
En el instante en que la profunda cisura se consumó con la daga de doble filo atravesando el tentáculo del cefalópodo, Sónico aprovechó sin pausa un corte en vertical para hacer estallar los vasos sanguíneos. Lo machacaría sin piedad hasta saber que la hemorragia fuera suficiente para dejarlo sin vida, incrustando a su vez shuriken explosivas en el mullido tejido palpitante.
Al molusco no le hizo ni pisca de gracia aquella intromisión forzada. Se retorció y contrajo sus extremidades como un caracol en contacto con la sal, desplazándose vertiginosamente mar adentro. El pesado y voluminoso ser parecía escurrirse como si se fundiera con el mar. Una terrorífica escena donde cabría esperar que aquel temible monstruo se volviera incorpóreo, omnipresente, tal como en las peores pesadillas devorándolo todo desde las sombras.
Primero emanó sangre a borbotones, azul debido a la hemocianina, pero entonces adquirió una tonalidad negruzca que desprendía un olor fétido siendo la tardía advertencia del veneno penetrando la dermis. La noche se cernía cual lúgubre claustro. No obstante, bajo el agua era imposible verlo. No fue la repentina huida mar adentro lo que consternó a Saitama, sino el veneno esparciéndose. El oleaje consiguió que la tintura se mezclara en su totalidad. Un mar negro del que sólo podría esperarse muerte y quietud, perturbado únicamente por una fuerza superior a cualquier obra de la naturaleza. El impacto fue brutal. Al soltar un puñetazo en la cabeza del molusco, Saitama agitó las olas lo suficiente para provocar un remolino. Ningún otro organismo estuvo presente en las inmediaciones dada la manifestación intempestiva del gigante marítimo, ninguno a excepción de cierto parásito que surcaba fuera de sus límites. No tuvo tiempo de tomar precauciones ante el peligro. A final de cuentas había forzado su crecimiento alimentándose de su propia especie, escapado del pequeño arrollo y muerto en el acto, a merced del vasto mar contaminado.
—¡Ey, despierta! —instó Saitama a un aturdido Sónico que había sido arrastrado por la corriente hasta tierra firme. Éste entreabrió los ojos luego de una sacudida—. ¿Dónde está Genos?
El pelinegro no fue capaz de responder, impedido por fuertes arcadas que le obligaron a vomitar una y otra vez. Temblaba, pero la fiebre era menos notoria que las manchas púrpuras en su piel, extendiéndose a medida que el veneno se diseminaba. Saitama no insistió, más bien decidió abandonar al ninja y buscar a Genos en las cercanías. Por desgracia no encontró ningún rastro que pudiera seguir, nada útil para guiarse en una dirección o le asegurara que el rubio no había muerto desmembrado o engullido por el cefalópodo. "O hecho mil pedazos por mi culpa", pensó con angustia, apretando la quijada con labios temblorosos.
Tenía que dejar de imaginar lo peor, concentrarse en lo que sí podía ver y darse prisa. Hacer algo que cambiara las cosas era su especialidad. Jamás se rendiría.
Un peculiar sonido proveniente de la maleza captó su atención. Si no se hubiera detenido esos valiosos segundos, no lo habría escuchado. "Todo saldrá bien", se convenció de ello al recoger de su escondite una víbora de cascabel. Era de color ambarino, con ojos cobrizos, un par de alas pequeñas como de libélula sobre la cabeza, y una lengua que serpenteaba nerviosa después de ser molestada en su hábitat.
Para cuando regresó, Sónico había perdido el conocimiento. El veneno se propagó, ocasionándole problemas respiratorios y una fiebre insoportable. Se encontraba al borde de la muerte pues no tardaría en sufrir un daño irremediable en el corazón o el cerebro. En cualquiera de los casos sería fatal, pero su salvador apareció con la cura en el momento preciso.
—Esto es humillante… —fue lo primero que dijo al recuperar la consciencia, observando sus brazos y piernas con ligeros moretones residuales.
—Deberías darme las gracias —ambos siguieron con la mirada a la víbora que salió disparada de regreso al follaje. Sabría cómo encontrarla de nuevo, al fin y al cabo había muchas más ocultas en la espesura—. Quién diría que una mordida de esas te salvaría.
En realidad no tenía idea de por qué funcionaba como antídoto. Pero recordaba el sonido de los cascabeles como una señal de su sueño, y el color ambarino lo relacionaba inconscientemente con los ojos de su discípulo, despertando en él un sentimiento de afinidad muy característico.
—Me hubieras dejado morir, porque no pienso agradecerte ni mucho menos devolverte el favor.
—Sí, como digas —su mirada se mantuvo en la lejanía. Intentaba pensar dónde podría estar Genos. Convencido de que no tendría más opción que buscar al azar por toda el área y esperar no caer en ninguna trampa.
—No creo que esté muerto —captó la atención inmediata del contrario—. Cuando ataqué al pulpo, vi cómo arrojó al androide. Sólo que no alcancé a ver en qué dirección porque todo se volvió un caos.
"Está vivo. Genos está vivo… Debo encontrarlo lo más pronto posible", fue la sentencia en su mente que se materializó con la llegada más que oportuna de su mejor aliado y amigo. El tigre dientes de sable soportó el maltrato de sus captores para hacerles creer que lo habían domado y tomar ventaja. Lo hizo bien pues no levantó sospechas hasta el último momento. Por desgracia eso evitó que rescatara a Stinger, pero finalmente estaba de vuelta.
La cadena de montañas nevadas se extendía en todo el perímetro septentrional de la zona experimental, desde la entrada oriente cercana al campamento hasta la cueva al pie del acantilado en poniente. El cyborg había ido a parar a una montaña ubicada al nordeste, justo donde se refugiaba el dragón de hielo que Stinger había combatido con anterioridad.
Lógicamente le desconcertó que una persona cayera del cielo, y más si se suponía que se había desplazado desde la cueva hasta el extremo contrario para evitar toparse con cualquier desagradable humano. Odiaba su sola presencia, repudiaba su olor y los consideraba una molestia que debía repeler sin tardanza. Por lo que aprovechó la acumulación de nieve donde el androide quedó enterrado hasta la cintura para sepultarlo por completo, removiendo el terreno, dando embestidas con todo su peso y arrojándole mucha más nieve con sus garras.
Genos tenía prioridad por evaluar el estado de su cuerpo. Ignorando al principio el desesperado intento del dragón por matarlo, y concentrándose en buscar fallas en su sistema. El veneno no había infectado su piel artificial ni invadido segmento alguno. Al parecer era inmune a esa toxina. La única parte susceptible a la infección era su cerebro, pero la sustancia no tuvo oportunidad de traspasar su cráneo, así que resultó ileso.
Se obligó a ignorar la sensación constante de los tentáculos invadiendo su entrada. No sabía cuánto tardaría en sacarlo de su mente. El líquido pegajoso todavía escurría entre sus piernas y aunque no le habían desnudado, siendo imperceptible para terceros, se sentía sucio.
—Bien, es hora de salir de aquí —empleó su habilidad incineradora para derretir toda la nieve por encima de su cabeza.
Sin importar que el dragón sellara la superficie con múltiples capas de hielo, el rubio no tuvo ningún problema para emerger. Con los propulsores alcanzó una altura considerable en el aire. Sus ojos se cruzaron con la mirada inquisidora del reptil. La única diferencia en su percepción había sido el olor metálico que difería del resto de humanos con los que se había topado antes. Por ello dudó un instante. La luna se reflejaba en aquellos iris, gélidos como el mismo hielo. Pero algo lo hizo cambiar de opinión repentinamente, algo que alteró sus nervios y provocó que comenzara a escupir puntiagudas estacas de hielo en todas direcciones. En poco tiempo cubrió la superficie nevada con un hálito helado cual neblina, y alzó el vuelo para alejarse.
Las quimeras experimentales de ese sitio siempre reaccionaban instintivamente, sin mayor uso de razón, pero en cambio el dragón de las montañas era una de las pocas excepciones. Temía a lo desconocido. Y a pesar de poseer una fuerza descomunal en comparación con otros animales del ecosistema, prefería evitar cualquier mínimo rasguño en tanto fuera posible. Reconocía a los humanos, pero también recordaba rostros; y la confusión que suponía el olor de aquellos dos individuos, instó a que tomara distancia. Los vigilaría desde lo alto, esperando a que abandonaran sus terrenos por voluntad propia, o hasta verse en la necesidad de intervenir y echarlos.
—Es como estar en un congelador —escuchó el rubio tras de sí. Y rápidamente se dio la vuelta, sorprendido de que Saitama estuviera allí.
—¿Sensei? —recibió un abrazo que fue incapaz de rechazar.
—Tenía miedo de perderte.
—Su ropa… no está húmeda —se percató enseguida, siendo completamente ilógico porque el cefalópodo lo había sumergido. Y claro que los escurridizos tentáculos los habían asediado con roces íntimos sin necesidad de quitarles la ropa o dejarla llena de agujeros, pero eso no significaba que su maestro pudiera llegar impecable, seco y sin residuos de veneno.
—Lo sé. Eso es porque no estuve en el mar —lo abrazó un poco más fuerte, recargando su mentón en el hombro del contrario.
—Suéltame.
—¿Qué te hace pensar que lo haré? —olisqueó el cuello de Genos, a la vez que cambiaba de forma, clonándole—. Ahora debes estar analizando errores en tus funciones, ¿no es así? Pero descuida, no vengo a pelear, sólo necesito llevarte conmigo. Si te tengo, él no me matará.
—En realidad te matará si no me dejas ir.
—Ya lo veremos —apenas se apartó unos centímetros y, aún sin soltarlo, depositó un suave beso en sus labios. A cambio recibió una mordida brusca, por lo que relamió el hilillo de sangre de su comisura y rio por lo bajo—. Qué chatarra tan agresiva.
No tenía tiempo que perder. Sus enemigos llegarían en cualquier momento. No podía fiarse de la ventaja en distancias, pues en cuanto Saitama decidiera moverse, sabía que gracias al felino buscaría esa precisa ubicación en las montañas.
Como la afección principal se llevaba a cabo en el cerebro de su adversario, luego del beso cortó con finura la piel de su sien, lamiendo la herida en pos de interrumpir las conexiones más rápido y poder llevarle a cuestas sobre sus hombros sin el hastío de un enfrentamiento aparatoso e innecesario. Se dirigió hacia el sur, el sitio donde conoció al ave invidente por primera vez, y donde seguramente ya estaría esperándolo para recibir nuevas instrucciones. Cruzaron el bosque en paralelo al afluente central, adentrándose en la taiga. Allí predominaban las coníferas en conjunto con otro tipo de vegetación arbórea como sauces, álamos y abedules; circundados por una variedad impresionante de plantas y flores: heliconias, enredaderas de jade, narcisos, bromelias, carnívoras y epífitas, por mencionar algunas. La fauna nocturna los observaba desde los oscuros rincones. Por suerte el alienígena conocía el camino que debían seguir sin provocar disturbios.
—No vuelvas a transformarte en mi maestro —reclamó Genos durante el recorrido.
—¿Prefieres que te copie a ti? Sé que no habría podido engañarte por más de un minuto, pero es curioso cómo él no se dio cuenta. Su cuerpo reaccionaba a mis caricias de una forma tan deliciosa.
Odiaba el tono lascivo con que lo dijo, y odiaba más todavía que tuviera razón.
—Extraño el sabor de sus labios.
—¿Qué es lo que buscan en este planeta? —no dejaría que manipulara la conversación a su antojo—. ¿Cómo es que llegaron y su nave terminó en manos de los humanos? Y si tienen tanta urgencia por volver, ¿por qué no nos han matado?
—No tengo por qué responderte —replicó tajante.
Siguieron por una pradera que los llevó al paraje desértico donde culminaría su travesía. Genos advirtió que no irían más allá del suelo erosionado, pues las dunas se alzaban a kilómetros de distancia, lejos del escondite del alienígena.
—Debió tomarte mucho tiempo —el contrario le miró sin comprender, por lo que agregó—: Construir esto. Asentar los cimientos y erigir los muros de piedra de esta especie de refugio.
—Ya estaba hecho. Sólo lo encontré mientras exploraba el sitio —le dedicó una mirada recelosa—. Y sí, llegamos a la Tierra hace relativamente poco.
Ambos sabían que el contrario aprovecharía cualquier descuido para obtener información a su favor, nada escaparía de su agudo entendimiento. El impostor recostó al original en una espaciosa piedra caliza a modo de camastro. Se apartaría lo menos posible para impedir que recuperara el movimiento articular. Ciertamente, mientras más lo tocara sería más propenso al estado vegetativo.
—Temes que descubra demasiado porque podría echar a perder tus planes. Pero de todas formas lo descubriré. Tarde o temprano.
—Yo me pregunto, ¿cómo es que terminaste así? —se quedó mirando su entrepierna, como si pudiera distinguir algo más qué sólo la humedad generalizada en todo su cuerpo.
—¿Ahora debo responder a tus preguntas? —cuestionó evasivo y el otro sonrió de soslayo.
—En el camino recto de la cueva al campamento hay un monstruo marino que se acerca a las vertientes centrales desde el mar. Supongo que los entretuvo —dedujo fácilmente y se cruzó de brazos, mostrando un gesto altivo—. Dime… ¿te gustó?
—No sé de qué hablas —se hizo el desentendido—. ¿Acaso tuviste alguna experiencia inusual con el cefalópodo?
—Nunca me acerqué demasiado realmente. Pero es curioso, porque al llevarte a cuestas percibí el inconfundible olor almizclado del sexo.
El aludido tragó saliva, pero no admitió que el conflicto había sido algo muy distinto a una pelea.
—Los encuentros sexuales son mi especialidad —contuvo una risa entre dientes—. No podría mentirte, tu adorado Saitama ya fue testigo de eso.
—Maldito bastardo.
—No me malinterpretes. Tampoco es como si le hubiera arrebatado su primera vez.
—Ni lo harás nunca —no pudo evitar contestarle, aunque se reprochaba internamente por sucumbir a los celos.
—De noche hace mucho frío en este hemisferio, ¿no te parece? —colocó su mano en el abdomen de Genos. Pero apenas intentó acariciarle, el androide empujó su mano e hizo un esfuerzo tremendo por incorporarse en su sitio.
—Me pregunto cómo escaparon de la cueva —le sujetó del cuello, notando las marcas de los tentáculos mientras lo forzaba a permanecer en su sitio—. ¿Estás seguro que no quieres que te ayude a olvidar esa mala experiencia?
—Tú me das mucho más asco.
El alienígena se echó a reír. Sin embargo guardó silencio al escuchar el ligero batir de alas anunciando la entrada de su informante.
—Dudo que puedas interpretar el canto de esta ave, pero no pienso arriesgarme a cometer el mismo error dos veces —. Se puso de pie, pues saldría del escondite para tener su conversación en privado—. Ten por seguro que en menos de un minuto estaré de regreso.
