"Prólogos del Archipiélago Vikingo."

B. B. Asmodeus.


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Resumen: A veces, las mejores historias son las menos contadas.

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#13. Como Volar.

[Advertencia: esta pieza no es una historia feliz. Es mi obra catártica después de ver la muerte de uno de mis personajes favoritos de la serie The Good Wife, Will Gardner. Y la Boda Roja (Game of Thrones/Song of Ice and Fire) puso de su cosecha también. De antemano, lo siento si te contagio con mis malas vibras, querida(o) lectora(o). Por cierto, sin dar spoilers, pero el final no se trata de una falta ortográfica. Lo captará quien lo captará.]

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Pensar en morir siempre había sido una idea envuelta en heroísmo. En una acción compartida con la criatura alada respirando bajo su cuerpo. Habían sido tantas las ocasiones que Hiccup se había enfrentado al peligro, que cuando se había permitido contemplar morir, siempre había dado por sentado que sería en defensa de sus ideales. Siempre había imaginado su caída como algo digno de gloria, y no sin una alta dosis de martirismo.

No así.

No podía hablar. Tenía su boca abierta, pero no podía hacer funcionar su voz.

Había gritos a su alrededor. Todo había sucedido tan rápido, que aun sintiendo el dolor de su heridas, a Hiccup no le quedaba claro qué diantres estaba sucediendo.

Habían estado cenando en territorio ajeno. Habían estado negociando. Habían estado cansados.

Después, el primer cuerpo había caído. Justo frente a los ojos de Hiccup. El primero de muchos.

Cuando un gemido sobresaltado había atraído su atención a la daga clavada en el vientre de Astrid, Hiccup había tratado de moverse. De reaccionar. Una flecha lo había parado en seco.

Y mientras había sentido todas las fuerzas de su cuerpo escurrirse, Hiccup había estado consciente de la gravedad de su herida. Su rostro había golpeado el piso sin amortiguación alguna. Cuando había intentado articular su incertidumbre, había lamido rastro de su misma sangre.

Solamente quería preguntar: ¿Por qué?

Simples granjeros. Sus atacantes eran simples granjeros. Granjeros que habían necesitado de la ayuda de Berk.

Percibió un jaloneo de su brazo. Hiccup sólo pudo apretar sus dedos para señalar que Seguía Vivo. Fue arrastrado con desesperación. Hiccup lo supo porque la sangre, que fue manchando el piso mientras se movilizaba en dirección opuesta, no dejaba mucho a la imaginación. Su cuerpo fue cubierto por un escudo oloroso a los pastelillos de naranja que habían estado almorzando. Fue cubierto—protegido—y posteriormente, girado boca arriba.

Tengo miedo, quiso susurrar, en cuanto reconoció el rostro de Eret. Tengo miedo. Esto no tenía que suceder.

Eret estaba herido también. Había sangre cubriendo su pecho. "Aguanta. Aguanta, Hiccup."

Emboscados por granjeros. Era patético.

-No quiero morir. Rogó internamente. -No puedo.

Sin embargo, Astrid había muerto. Lo podía leer en la desmoronante fiebre de emociones arremetiendo el rostro de Eret. Astrid había sido la segunda en caer.

Su visión se nublaba. Hiccup entró en pánico. Quizás un chillido se manifestó esta vez, porque una mano de Eret tomó la suya, sujetándolo con una ternura similar a la de un hermano mayor. Su otra mano estaba ocupada sujetando el cuello de Hiccup. El contacto dolía. Ardía.

"Deja de intentar hablar, Hiccup—Por favor." Un sollozo ahogado se soltó de Eret. "Mírame. Sólo mírame, Hiccup. No pienses en otra cosa."

-No puedo. Hiccup parpadeó sin cesar. -No puedo ver nada.

Esta apenas había sido su primera incursión como Jefe. Su primera misión fuera de casa. Consolidar una alianza con los territorios más lejanos al Archipiélago había sido considerado pan comido. A Toothless no le había agradado, claro, puesto que visitar una isla que todavía no aceptaba a los dragones como aliados, había significado quedarse esperando en el drakkar…

Toothless.

Ya no podía ver. Apenas podía oír.

Sus heridas ya no ardían tanto. El frío de su cuerpo comenzaba a aliviar—

Toothless.

-Se siente como volar. ¿No es eso genial, amigo? Se le dificultaba respirar. Intentaba hacerlo, pero tal vez los dedos de Eret estaban apretando demasiado.

¿Quién lo hubiera pensado? Morir se sentía como vol—


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