EVEN INDEATH

13. La Batalla

Todo estaba en silencio. Pero la tranquilidad no era sino un presagio de la inminente batalla. Estaban los dos de pie, frente a la puerta. Sirius apenas respiraba, pendiente de cualquier movimiento que indicara que había llegado el momento. A su lado, Remus lo cogió de la mano.

-¿Sabes cuál fue el precio de mi alma?

Él negó, desviando su atención de la puerta durante un momento.

-Fuiste tú.

-¿Yo? –preguntó sorprendido.

Remus asintió y su sonrisa recordó a Sirius porqué hacía todo aquello, por qué continuaba luchando cuando parecía imposible ganar la batalla.

-Perdí mi alma por estar contigo –murmuró con dulzura-. Una sola noche. Pedí soñar contigo –y añadió en voz aún más baja- y fue increíble.

-Un sueño –dijo Sirius sorprendido-. ¡Cambiaste tu eternidad por un sueño!

-Pero no fue un sueño cualquiera ¿Y sabes qué? Volvería a hacerlo. Fue el mejor trato de mi vida –le apretó la mano en un intento por transmitirle tranquilidad-. Todo saldrá bien.

En ese momento la casa colapsó y la puerta desapareció de un zarpazo, dando paso a un puñado de terribles demonios. El más grande de todos era también el que ofrecía peor aspecto.

-Hola, Black -Sirius se puso alerta enseguida, pero el demonio no le prestó demasiada atención-. Oh, tranquilo, no he venido a por ti. De hecho… creo que son ellos quienes se divertirán contigo.

Su atención se volcó por completo en el licántropo, que aún sujetaba la mano de Sirius con fuerza.

-¡NI SE TE OCURRA PONERLE TUS ZARPAS ENCIMA! –gritó Sirius con furia.

El demonio rió encantado por la reacción.

-¿O qué? ¿Vas a matarme? Te recuerdo que ya lo has intentado y no has tenido demasiado éxito. Pero tranquilo, Black, esta vez tengo cosas más importantes en las que pensar –y volviéndose hacia Remus empezó a hablar con él-. Sinceramente, no pensaba que te atrevieras a desafiarme.

Remus alzó la cabeza orgulloso.

-Me limito a proteger lo que me importa y gracias a ti me he dado cuenta de que me da igual quién caiga en el camino.

-Ya… Bueno, hemos hablado demasiado, ¿no crees?

Ni siquiera les dio tiempo a reaccionar. Todavía no había dejado de hablar y ya estaba encima de Remus, agarrándolo por la garganta contra el suelo.

-¡¡Remus!!

Pero Sirius no pudo acercarse. Los otros demonios se habían abalanzado sobre él, cerrándole el paso e impidiéndole ir en su ayuda.

Agnan soltó una carcajada.

-Esto es realmente divertido. Debería haber traído a más gente a ver el espectáculo.

Sirius empezó a golpear a los demonios que lo rodeaban y Agnan se volvió a mirar. Aprovechando su distracción, Remus le dio una patada en el estómago, y debió golpearle en una herida abierta, porque el demonio perdió fuerza por un momento y el licántropo logró desprenderse de él y ponerse en pie, respirando con dificultad.

-Maldito humano…

Sirius respiró aliviado al ver que Remus se había soltado, pero no le dio tiempo a relajarse demasiado. Tres de los demonios atacaban con fiereza y necesitaba concentrarse para luchar contra ellos.

-¿Te he dicho que odio a los humanos? –la voz de Agnan resonó furiosa por toda la casa-. No sé cómo pueden existir unos seres tan repugnantes.

Remus retrocedió, sin dejar de observar sus movimientos. El demonio caminaba por la sala, haciéndose el descuidado, pero Remus estaba seguro de que aprovecharía la mínima oportunidad para lanzarse sobre él y atacarlo de nuevo.

-Creéis que podéis aparecer aquí cuando os plazca y poner nuestro mundo patas arriba. Creéis que podéis matarnos cuando os convenga y proclamaros los dueños de todo, ¿pero sabes qué? Somos más y desde luego somos mucho más poderosos.

-No sé de qué me hablas –Remus estaba ahora junto a la puerta de la Biblioteca, pendiente de Agnan y de cada uno de sus pasos.

-¿Ah, no? ¿Es que él no te lo ha dicho?

Remus desvió su atención hacia Sirius, que en ese momento peleaba contra uno de los demonios menores mientras el resto los jaleaba divertido.

-No me interesa lo que tengas que decirme –anunció con firmeza-. Confío en él.

-Ah, claro, la confianza –rió el demonio-. Bonito. Y estúpido. ¿Acaso te ha dicho –con un movimiento que Remus no pudo prever se acercó a él, hasta quedar a tan solo un palmo de distancia de su rostro- lo que hacía cada vez que salía? ¿Cada vez que te dejaba solo en esta casa?

Remus retrocedió y a trompicones entró en la biblioteca.

-Y ya que hablamos de la casa… supongo que tampoco te habrá contado lo que ha tenido que pagar para conseguir un sitio así, ¿verdad? No, claro, tú confías en él. ¿Pero qué pasa con Black? ¿Confía él en ti? ¿Acaso te ha dicho cómo ha pagado las paredes que ahora os protegen?

-No me importa –dijo Remus con seguridad-. Sé que lo hizo por mí. Por nosotros.

Agnan se detuvo y lo observó en silencio, sonriendo.

-Eres más inocente aún de lo que ya sospechaba –se lamió los labios-. Un manjar delicioso. Y él te trajo aquí –rió-. ¡Aquí! Un lugar rodeado de demonios sedientos de un alma pura. ¡Y te encerró en esta casa! Desde tu llegada he intentado encontrar la forma de acercarme a ti. Creo que voy a disfrutar devorándote.

En un segundo sus ojos se oscurecieron y sus colmillos parecieron crecer mientras se lanzaba contra él. Pero Remus estaba preparado y con toda la fuerza de su brazo lo golpeó con una lámpara que había agarrado mientras él estaba distraído.

Agnan retrocedió entre gruñidos como un perro herido.

-¡Maldito bastardo!

-¡REMUS! –la voz de Sirius llegó preocupada desde el vestíbulo-. ¡¡REMUS!!

-¡ESTOY BIEN! –contestó.

-No por mucho tiempo, me temo.

Agnan se había cansado de jugar. Con un gruñido se abalanzó sobre él, pero Remus estaba preparado. Lo esquivó a tiempo de evitar una dentellada y en apenas un segundo su aspecto inocente desapareció y en su lugar apareció el lobo. La misma criatura que se había defendido de los devoradores de almas cuando entró en aquel mundo acompañado de Sirius. Agnan dio un silbido.

-Esto se pone interesante.

No hubo más palabras después de eso. Sólo garras y mordiscos y arañazos. Los libros cayeron de las estanterías cuando se golpearon contra ellas y las sillas y demás muebles acabaron destrozados bajo el peso de sus cuerpos. Remus llevaba mucho tiempo sin sentir al lobo en su interior, pero ahora que lo necesitaba se daba cuenta de que era capaz de invocarlo y controlarlo. Agnan también debió notarlo, porque su rostro ya no mostraba la confianza de hacía un rato y concentraba toda su energía en pelear contra él.

Remus lo atacó con rapidez y cerró su fuerte mandíbula contra su cuello. Agnan aulló y de un zarpazo se lo quitó de encima para luego volver a atacarle.

Remus retrocedió y los dos cayeron en el patio. Nada más entrar, Agnan gritó de dolor y Remus supo que su idea había funcionado. Era justo allí, entre las plantas, donde él había concentrado su energía. Aquel era, sin duda, el lugar con el aura más limpia de toda la casa. Remus había pasado largas horas cuidando de aquel reducto de paz, volcando allí sus recuerdos, su cariño. Sirius y él habían hecho el amor más veces entre las plantas que en la cama del dormitorio, por lo que todo estaba lleno de energía limpia. Bajo la fuerte luz las pupilas de Agnan empequeñecieron y cuando el agua empezó a caer de arriba en forma de lluvia se abrieron llagas en su piel.

Aquel aire puro era irrespirable para el demonio.

Sin esperar a que se recuperara, el lobo lo atacó, esta vez sin piedad. Lo mordió con fiereza en la garganta y Agnan no pudo hacer nada por liberarse. El lobo no se apartó hasta que su grito se ahogó entre borbotones de sangre y sus piernas y brazos dejaron de moverse. Después, con furia, agarró su cabeza entre las zarpas y con un gruñido se la arrancó.

*

Sirius seguía peleando contra sus adversarios. Había conseguido herir a uno, pero los otros dos aún luchaban con todas sus fuerzas. Tenía el brazo herido y el pecho lleno de sangre. Remus y Agnan habían desaparecido en la biblioteca y se temía lo peor. Agnan estaba herido y vulnerable, pero Remus llevaba mucho tiempo sin luchar. ¿Y si estaba herido? ¿Y si le mataba?

-¡Remus! –su grito no obtuvo respuesta y al volverse para mirar, uno de los demonios lo agarró del pelo, haciéndole alzar la cabeza. Sirius lo golpeó con todas sus fuerzas y durante un segundo pudo pararse para respirar-. ¡¡REMUS!!

Pero no hubo respuesta. Nadie le contestó. Desesperado, intentó salir de allí para ir a buscarlo, pero sus adversarios habían formado un círculo a su alrededor y le impidieron escapar. Se habían puesto en corro y lo jaleaban, como si fuera una de esas peleas callejeras en las que dos chicos se enfrentan mientras los demás aplauden pidiendo la sangre del perdedor y la eterna gloria del vencedor.

Sirius se secó la sangre que caía de su boca y se fijó en el demonio que había saltado a enfrentarse con él. No sería fácil. Estaba cansado y apenas tenía fuerzas para tenerse en pie, pero no podía dejarse vencer ahora. Tenía que salvar a Remus. Desesperado, se aferró a su atacante y empezó a pelear contra él con furia. En un segundo, todo se convirtió en un remolino de garras y colmillos, apenas podía distinguir lo que había a su alrededor. El miedo y la furia se habían apoderado de él y era incapaz de razonar. Sólo podía defenderse, luchar, destrozar a todo el que se pusiera en su camino.

Los demonios que quedaban los jaleaban divertidos, sin embargo había uno que apenas se movía. Sirius no lo reconoció porque había cambiado de forma y ahora era mucho más grande, pero era el mismo demonio que Remus había echado de casa. El que había estado viviendo escondido entre sus libros, vertiendo ponzoñosas advertencias en los oídos de Remus, envenenándolo lentamente con palabras para enfrentarlos e intentar separarlos. Pero no parecía contento como los demás, sino más bien nervioso, preocupado al ver que Sirius iba siendo dominado poco a poco por su parte animal. Cada vez quedaba menos del humano que en realidad había sido.

Cuando Sirius destrozó a su adversario el demonio se adelantó a los demás y saltó él al centro. Sirius ni siquiera se fijó en él y antes de darle tiempo a reaccionar ya le estaba atacando.

Pero el demonio no se defendió. No entendía muy bien por qué, pero no quería que aquello acabara así. No era por Sirius, a él apenas lo conocía, pero había tenido oportunidad de tratar con el otro humano y había algo en él, en la calidez de su alma, que le había hecho replantearse algunas cosas.

-No voy a hacerte daño –gimió.

Pero Sirius no lo oyó. Su consciencia humana había desaparecido debajo de la piel del monstruoso perro negro que ahora dominaba su cuerpo.

-Debes calmarte –gritó, desesperado-. Si sigues así lo perderás todo.

Sirius se abalanzó sobre él y lo tumbó en el suelo, aprisionándolo bajo sus garras. Con un gruñido, descargó sus uñas contra su pecho y empezó a hacer graves heridas en su piel. Los demás demonios los miraban con curiosidad, sorprendidos de que el otro no se defendiera. Y al parecer Sirius también comprendió que aquello no era normal. Los ojos del demonio se ablandaron un poco y Sirius dudó, con el brazo levantado, preparado para asestar un nuevo golpe.

-No sigas.

En ese momento otro de los demonios, cansado del pobre espectáculo que presentaban los dos luchadores, se plantó de un salto junto a ellos y agarró a Sirius de la cabeza, obligándole a levantarse para luego, de un zarpazo, arrojarlo al suelo.

Iba a atacar de nuevo cuando una voz lo detuvo.

-FUERA DE MI CASA.

*

-FUERA DE MI CASA.

Todos se volvieron hacia la entrada de la Biblioteca, el lugar por el que Agnan y el humano más joven habían desaparecido.

Remus estaba bajo el umbral. Su aspecto de chico joven y enfermizo contrastaba fuertemente con la expresión salvaje de sus ojos dorados. Estaba cubierto de sangre: una herida en la cabeza hacía que su pelo, casi rubio, se aplastara contra su cráneo. También había sangre en su boca y sus heridas parecían más crueles que nunca. Pero no era eso lo que detuvo los gritos y los golpes de los demonios. Lo que los hizo retroceder, lo que hizo que agacharan la cabeza y gruñeran casi en susurros fue el hecho de que en su mano mostrara victorioso la cabeza de Agnan: empapada en sangre negra.

Era casi una imagen bíblica, el joven Remus mostrando a todos la cabeza del gigante que había amenazado con destrozarle, rodeado de un aura casi mágica que le hacía parecer un dios embargado de poder, el David vencedor de Goliat.

-Fuera de mi casa.

No tuvo que repetirlo. Los demonios huyeron tan rápido como habían llegado, dejando atrás los cuerpos de los que habían luchado en primer lugar y habían caído en el campo de batalla. No iban a quedarse ahora que su líder había caído.

Al verse libre de sus adversarios, Sirius, aún bajo la piel del enorme perro negro, cayó al suelo. La sangre brotaba de sus heridas y respiraba con dificultad, como si cada inhalación supusiera un enorme esfuerzo. Remus dejó caer la cabeza de Agnan y corrió junto a él.

-¡Sirius! ¿Estás bien? -lo estrechó entre sus brazos, sin importarle que su sangre empapara todo su cuerpo, y enterró la cabeza en su cuello-. Sirius, por favor, háblame…

Pero él no contestó. El animal gimió bajo la caricia y soltó un aullido de dolor, pero Sirius no volvió.

Remus lo miró preocupado, sin dejar de acariciar su cabeza.

-Sirius, por favor…

-Tenéis que marcharos.

Remus se giró al escuchar aquella voz. Al sentirse amenazado estuvo a punto de volver a transformarse, decidido a defender a Sirius a cualquier precio. Pero entonces se dio cuenta de que quien había hablado era el mismo demonio que había vivido con él durante tanto tiempo. Estaba tumbado en el suelo, cubierto de heridas, víctima de la ira de Sirius. Parecía incapaz de moverse y respiraba con dificultad.

-¡Déjanos en paz! –casi gritó, con los ojos empañados por las lágrimas-. ¿No podéis dejarnos vivir? ¡¡DEJADNOS EN PAZ!!

El diablo escupió sangre tratando de hablar.

-Tenéis que marcharos. No podéis quedaros aquí.

Remus apretó aún más fuerte a Sirius contra su pecho. No entendía porqué aquel demonio quería ayudarle.

-No podemos marcharnos –su voz temblaba-. No podemos huir…

-No os queda otra opción –insistió el diablo-. Tienes que convencerlo y marcharos de aquí. Ya. No os queda tiempo. Lo perderéis todo si no os vais.

Remus acunó a Sirius contra su pecho.

-Él no cambiará de opinión.

El demonio inhaló con dificultad y la sangre escapó de sus labios cuando empezó a toser.

-Entonces oblígale. Debes… debes hacerlo. -Remus apretó los labios, intentando pensar en una respuesta-. No podéis quedaros aquí… Lo sabes.

-¿Por qué? –preguntó Remus-. ¿Por qué quieres ayudarnos ahora?

El demonio tosió una vez más y Remus comprendió que apenas le quedaba tiempo, sus heridas eran graves y no tardaría en morir.

-P-porque vivir aquí… me ayudó a recordar… cómo era… sentirse vivo.

Remus lo vio dar el último suspiro y no supo si entristecerse o no. Sirius se agitó entonces entre sus brazos y recordó qué era lo más importante.

-Aguanta –murmuró-. Tienes que aguantar un poco más.

Estaba fatigado después de la pelea, pero consiguió ponerse en pie y cargar el cuerpo del perro negro sobre sus hombros. Lo condujo medio a rastras hasta el patio, dejando tras de sí un reguero de sangre. Tropezó un par de veces, pero al fin consiguió llegar. Nada más entrar, se derrumbó bajo el peso del animal herido y los dos quedaron en el suelo, envueltos por la débil luz de las plantas que tan amorosamente había cuidado.

La última palabra que murmuró antes de perder la consciencia fue el nombre de su amante.

*

Cuando Remus abrió los ojos seguía aferrado al cuerpo de Sirius. El silencio era tan intenso que casi hacía daño a los oídos.

-¿Sirius?

Apenas había luz. Casi no podía distinguir lo que tenía a su alrededor, así que tardó un poco en darse cuenta de que Sirius volvía a ser humano. Entrelazó las piernas con las suyas y aspiró su aroma mientras se acurrucaba contra él, un poco más tranquilo ahora que lo tenía de vuelta.

Al sentir movimiento a su lado, Sirius despertó.

-Remus –su voz sonaba rota, completamente quebrada-. Remus, menos mal… ¿Estás bien?

El licántropo se acercó a él y lo besó tiernamente en los labios.

-Estoy bien.

-¿Qué pasó?

-Vencimos –explicó-. Se han ido.

Sirius suspiró aliviado.

-Así que ha acabado…

-No –repuso Remus-. No del todo.

-¿Qué quieres decir?

-Volverán –explicó él-. ¿No lo entiendes? Esto no ha terminado. No va a terminar nunca. Tenemos que marcharnos de aquí.

Sirius hizo un esfuerzo por incorporarse.

-Ya hemos hablado de eso…

-Sí, hemos hablado, pero aún no hemos tomado una decisión.

-No podemos marcharnos –explicó él nervioso-. ¿No lo entiendes? ¡No podemos irnos de aquí!

-Sí que podemos –lo contradijo el licántropo.

-Ahora será diferente. Hemos vencido, Remus. Has ganado a Agnan, ahora ellos te temerán, te venerarán como a un superior, ¿no lo ves? ¡Ya no tenemos nada que temer! Tenemos una posición, ya no somos simples humanos.

-Pues es justo lo que me gustaría ser.

-Remus…

-¿Es que no te das cuenta? ¿Acaso no ves en lo que nos estamos convirtiendo? ¡Si seguimos así acabaremos siendo como ellos!

-Nosotros nunca seremos como ellos.

Remus sacudió la cabeza.

-No lo entiendes. También ellos fueron humanos una vez, Sirius. Igual que nosotros. Si nos quedamos aquí acabaremos convertidos en demonios, justo igual que aquellos contra los que hoy hemos luchado.

-Nosotros no…

-¡Ni siquiera dudé cuando le arranqué la cabeza a ese demonio! ¿A cuántos más seríamos capaces de matar?

-Se lo merecía.

-Sí, claro que se lo merecía, pero nunca había matado a nadie, Sirius. Ni siquiera cuando me convertía en lobo. Nunca he matado por placer.

-¡Hemos matado para sobrevivir!

-Pues no quiero sobrevivir así.

Sirius apartó la vista dolido. Sabía que él era el culpable de que Remus se encontrara allí. Él lo había arrastrado consigo a aquel mundo de pesadilla, a aquel infierno. ¿Cómo podía haber sido tan egoísta? No podía imaginar la eternidad sin él a su lado, pero no había pensado en lo que él pensaba. Había arrastrado su alma a un lugar al que no pertenecía sólo por egoísmo, para no sentirse solo.

-Ya casi no recuerdo lo que es sentirse vivo –la voz cálida de Remus entró como un bálsamo en su corazón-. Quiero recordar, Sirius –el licántropo estaba llorando-. Quiero volver a ver el sol, la luna. Sentir el viento en la cara y notar ese vuelco en el estómago cuando me besas. Quiero vivir.

Sirius tampoco pudo contener las lágrimas. Acarició con suavidad las mejillas húmedas del licántropo y apoyó su frente en la suya.

-¿Y si no te encuentro? –gimió.

Remus sujetó la mano contra su piel.

-Entonces te encontraré yo a ti.

Sirius asintió con un suspiro. Si Remus estaba convencido no tenía por qué sentir miedo.

Remus se inclinó sobre él y le besó en la boca.

-Te quiero –murmuró entre lágrimas.

Sirius respondió al beso.

-Te quiero –contestó.

Sus cuerpos se fundieron en uno y todo se llenó de luz.

Continuará…


N/A: Gracias a todos los que me habéis seguido hasta aquí. Aún falta un capítulo más, el último, creo. Espero que os haya gustado esta historia. Es una suerte que la esperanza quedara atrapada en la caja de Pandora, ¿no os parece?

Vuestros reviews me han animado mucho al escribir este fic, gracias a Mila James, Yeire, Dzeta, Suiris E-Doluc, mullu, Matuk, Miss Piruleta, Helen Black Potter y arabellaw. Gracias a Syd15, que leyó los doce capítulos en dos días y dejó reviews para cada uno de ellos ^^, y gracias a Remus Albus Vel, sigo sin tener tu correo y por eso no te puedo contestar personalmente ^^U.

Ya falta muy poquito para el final. ¡Os espero!

DaiaBLACK