Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la trama es mía.
Gracias ori-cullen-swan por la ayuda.
Capítulo XIII
"Propuesta Inesperada"
Primero quiero decir dos cosas, una, el cap es largo y dos, leyendo los reviews me di cuenta que hay uno que tiene toda la razón del mundo jaja, antes que cualquier otra cosa Benjamín debió preocuparse por su hija, y en realidad es bastante gracioso que lo haya pasado por alto jaja, pero supongo que no es un error tan grave y puede quedarse, de todos modos, gracias por hacerlo evidente. También leí una duda, Martu vampira, quería referirme a que Benjamín no es gay, como le había dicho la noche del baile, que no juega en su bando(que también le gustan los hombres) era una forma de decirlo, espero haberlo aclarado.
…
La vida en casa del Lord se había convertido en poco menos que un infierno. Esme dudaba de haber visto en ese estado alguna vez a Edward, estaba por completo fuera del control de sí mismo, la frialdad y desolación inundaba a cada ser viviente en ese hogar.
Todos notaban la falta de la chica, incluso aquellos que jamás habían demostrado un apego a ella, como Sue, quien al igual que el Lord se había vuelto una bruja peor que antes. No había persona que la soportara, por lo que se pasaba el día ensimismada en su labor, sin prestar atención a nada más que la ropa.
Algo parecido ocurría con Edward. Él mismo se desconocía, no comprendía el sentimiento a cabalidad, pero el vacío en su pecho era innegable. No lo soportaba, no se hacía a la idea de haberla perdido, de no saber si estaría bien, si alguien le había hecho daño. Sus instintos de protección para con ella lo ahogaban por las noches, oscurecían sus sueños y los convertían en sus peores temores. Sentía que la había perdido por segunda vez, que su calor se escapaba de sus manos sin poder hacer más que ver impotente.
Desde que Jasper le contó lo ocurrido en su ausencia, percibió que una parte de sí se congelaba, mientras la otra ardía. Al principio, la furia se apoderó de su mente y la buscó desesperadamente cada día con el único firme y sólido objetivo de reprenderla por su actuar, por castigarla de algún modo por el infierno que le había hecho pasar. Pero nunca imaginó que pasarían los días y no daría con ella o una miserable pista que guiara la búsqueda, fue así que su furia se enfrío, dejando otra emoción que no podía erradicar.
Interrogó a cada persona a su servicio, poniendo quizá demasiada vehemencia en Alice, sin embargo aseguró mil veces con lágrimas en los ojos que se encontraba igual de sorprendida, y que había sido engañada por ella, que no tenía idea que todo era una treta para escaparse. Después de una pelea con Jasper por su excesiva intensidad, no tuvo más remedio que creer en su palabra y resignarse a que no le diría nada, incluso si supiera algo.
Esme sólo podía ser espectadora silenciosa, observando cómo el cansancio, la tristeza y enfado construían una máscara de indiferencia en Edward. También era consciente de la falta de sueño, del abuso del alcohol una que otra noche, del abandono de sus deberes con las finanzas y negocios, y la vulnerabilidad que ocultaban sus ojos cada vez que la miraba. Le rompía el corazón verlo sufrir de aquel modo, pero igualmente debía poner empeño en conservar la paciencia, porque cuando reemplazaba sus emociones, siempre se valía de la ira, tratando mal a quien se le cruzara, quejándose de todo y nada, negándose a salir del estudio o agotar a los caballos que poseía en cabalgatas impetuosas. Y pese a sus esfuerzos en tratar de sacarlo de ese pozo, sus intentos rebotaban contra el gran muro de frialdad que había impuesto a su alrededor, y que también la dañaba profundamente. Sólo cuando sus padres habían fallecido lo había visto tan desolado y encerrado en sí mismo, padeciendo en silencio, reflejando sus temores en pesadillas que lo trastornaban. No le cabía ninguna duda, para ese entonces, de lo que él sentía por la joven.
Pero era lo suficientemente inteligente como para evitar decírselo.
— Edward— oyó que llamaban a la puerta. Sin dejar de mirar el fuego, volvió a llevarse la copa a los labios.
La persona al otro lado, al no obtener respuesta se atrevió a abrir.
— No me respondiste. — Susurró Esme, conteniendo un suspiro al verlo a oscuras frente a la chimenea. En esa ocasión, tampoco contestó. Vacilante, anduvo hasta posar su mano en los hombros tensos. Sólo llevaba una camisa, la corbata y chaqueta se encontraban en alguna región que no veía. — Ha llegado una carta para ti.
— Puedes dejarla junto a las otras. — Masculló con voz ronca, terminándose el licor de un solo trago.
— Esta es del hombre que contrataste para encontrarla. Creí que querrías leerla de inmediato.
— Dámela. — El rostro ensombrecido por el fuego, cobró algo de vida al contemplar el sobre pequeño.
Esme se quedó parada a su lado, mientras la abría con prisas y comenzaba a leer. No tardó demasiado en descartarla, arrugarla y lanzarla al fuego.
— ¿Son malas noticias?
— No tiene nada. Ya ha pasado un mes, empiezo a creer que es un incompetente.
— Edward…
— No, Esme. No es posible que la ciudad se la haya tragado sin más. Maldición— se levantó de forma abrupta, y se pasó la mano por los cabellos, despeinándolos. — Esto está acabando conmigo.
Pese a saber que era una mala idea, Esme quiso provocarlo a hablar.
— Entonces déjalo. Olvídala, después de todo, es una simple mujer.
La mirada verde se clavó en su rostro con un brillo casi aterrador. Mas, selló los labios en una tensa línea y simplemente la observó.
— Al final, tú mismo dijiste que ella tenía un propósito, recuerda que la trajiste para que llevara a tu heredero en el vientre y si no eso no ha ocurrido, no entiendo por qué sigues buscándola. Es obvio que ella no desea estar a tu lado, por lo demás.
Aquel fue un golpe bajo y Esme se arrepintió de decirlo en cuanto las palabras abandonaron su boca. Sin embargo, sabía que no podía echarse atrás.
— Tienes razón. — Le dio la espalda, y las llamas jugaron a crear sombras en su camisa— Lo sé, lo he pensando mil veces estos días, demonios Esme, no puedo pensar en otra maldita cosa. Pero no logro comprenderlo, sólo sé que…— calló unos segundos, mientras liberaba el aliento. — Sé que la quiero a mi lado, no me importa nada más. Ni siquiera no saber quién es en realidad, si no quiere decírmelo nunca, lo aceptaré. Sólo quiero que esté aquí, quiero verla, quiero tocar su piel y asegurarme que no se irá. No sabes lo que es soñar que estoy a punto de coger su mano y que se desvanezca en el aire, llevándose sus sonrisas, su aroma y calor.
Jamás en los años que llevaba cuidando de ese hombre, había oído que hablara así de alguna mujer o de alguien, en general.
— No puedo dejarla marchar así nada más, no otra vez.
— ¿Otra vez? — Interrogó con un nudo en la garganta, no podía dejar de sentir el dolor de Edward, de aquél que había sido como el hijo que nunca pudo tener.
— Siento que ya he estado con ella antes, que no es la primera vez que la conozco. Y que en el pasado, desapareció, tal como ahora. No soporto la idea. Tengo que encontrarla y traerla de regreso, aunque me odie. Después de todo, le he dado motivos más que suficientes para eso.
— ¿De qué hablas?
— No me he portado bien con Bella, he sido un bastardo en más de una ocasión.
— Pero por qué lo has hecho, si acabas de decirme que…
— Porque no sé cómo reaccionar, Esme. Este terreno es nuevo para mí, he estado con muchas mujeres, pero ninguna provoca lo que ella. Ninguna me había atrapado tanto como para ser incapaz de olvidarla. No sé manejar eso y he sido un estúpido.
Esme guardó silencio unos segundos.
— Sé que la encontrarás, entonces. Debes decírselo a la cara, Edward. — Le acarició la mejilla.
— ¿Decirle qué? — La ansiedad creció en el hombre, sabía que había sido más transparente de lo que hubiera querido respecto a sus sentimientos y tenía certeza que esperar ignorancia por parte de Esme era imposible.
— Que lo sientes. — Se dio media vuelta luego de darle una palmadita — y que la amas.
— Jamás dije eso. — Refutó inútilmente.
— ¿Hace falta, querido? — En el marco de la puerta, se volvió para sonreírle.
Cuando la puerta se cerró, el Lord se acarició la barbilla, trayendo al presente los recuerdos de la mujer que obsesionaba su ser. Daría cualquier cosa por estrecharla entre sus brazos en aquel momento, por besarla, por rozar su piel delicada, las cicatrices en su espalda y manos. Por tenerla a su lado y poder sentirla.
— ¿Por qué? — Interrogó a la ventana que ofrecía un paisaje de oscuridad absoluta.
Se quedó allí hasta que supo que no podía retrasar más el momento en que su mente lo sumergiera en las pesadillas que acompañaban cada noche. En algún rincón de su mente, sintió que lo merecía. Desconocía los motivos de Bella para escapar, pero tenía un par de ideas, cuyas meras imaginaciones lo hacían detestarse.
Pasaron las horas y cuando el cansancio fue insoportable, el sueño lo venció y se sumió en la oscuridad de sus cavilaciones.
-o-
La joven abrió los labios, viendo con genuina sorpresa al sonriente y nervioso hombre.
— ¿Cómo? — Interrogó con voz trémula.
— Bella, él es mi papá y ella mi mamá, ¿no crees que son bonitos? — La niña escondió el rostro entre el cabello largo, soltando risitas. No cabía en su alegría.
— Eh… sí, claro— no había duda, Benjamín le había mentido respecto a sus preferencias. Recuperó la postura, frunció el ceño y vio con recelo al moreno. Los ojos grises pedían disculpas.
— Creo que ha ocurrido un desafortunado malentendido. — Oyó la cantarina voz de la mujer guapa, de ojos almendrados de un color café, sus labios eran gruesos y sonreían con incomodidad. — Soy Tia, por cierto. — Extendió la mano y Bella la aceptó con rapidez.
— Bella. — Apretó ligeramente el guante y la soltó.
— Anda Kebi, ven conmigo, ni siquiera me dejaste llorar tu regreso tranquila porque agarraste carrera de inmediato — extendió los brazos a la nena que prefirió el abrazo de su madre. — No sabes el susto que nos has hecho pasar. — Regañó mientras la apretaba contra su pecho, la joven notó cómo se le llenaban los ojos de lágrimas. — Nunca más salgas de donde mis ojos puedan verte, nunca más, ¿lo has entendido? — Tia suspiró, aliviada de tener a su hija con ella, las horas sin verla, sin saber si había comido, si estaba en peligro, la habían matado de agonía. Y como si la niña fuera una insensible, apenas los abrazó y besó antes de escabullirse de nuevo.
Aun así, las lágrimas contra la cabecita de la pequeña eran inevitables. Sintió el brazo cálido de su esposo y sollozó suavemente.
— Lo siento mamá. — Chilló a su vez la pequeña. — Pero Bella me encontró y me cuidó, ¿no es así? — Sin embargo, cuando los tres miraron al frente, la castaña había desaparecido.
La pareja se contempló un instante, Tia carraspeó y la apartó primero.
— Creo que nos debes un par de explicaciones— musitó con voz seca mientras arrancaba unas pelusas de la ropa de Kebi. — Y no debes permitir que se marche, cuidó a nuestra hija. Ve. — Instó con el típico fuego de mando en los ojos, que siempre había maravillado a Benjamín.
Sin demora, obedeció, abriéndose paso entre la multitud. Había sido toda una sorpresa para ambos. Para la castaña porque todo lo dicho por el varón había sido una mentira, desde sus gustos de pareja hasta lo de su hermanita, aún se cuestionaba si le creía lo de su ascendencia egipcia.
En Benjamín suscitaron varias dudas, partiendo por la desvencijada vestidura de la muchacha, él la había visto en sus mejores galas y encontrarla de aquel modo le había sorprendido. Además, ¿qué hacía fuera de los ojos del Lord? Había estado lo suficiente en sociedad como para saber que lo que él creía suyo lo mantenía siempre a la vista, y yendo aún más allá, sus conquistas no solían querer apartarse de su presencia. Todo aquello, confundió la mente del mentiroso en cuestión y muy a su pesar, más que querer arreglar el lío, quería saber el chisme completo. En silencio se lamentó de sus hábitos tan poco ortodoxos.
Cuando se percató que había rodeado el mercado sin encontrar a la joven, soltó el aliento y derrotado se devolvió.
— ¿Dónde está Bella, papi? — Interrogó la niña, estirando los brazos hacia él. Con el ceño fruncido, la recibió.
— No lo sé, la perdí de vista. Como tú te perdiste antes. — Regañó. — ¿Por qué lo hiciste, Kebi? — Los ojos grises idénticos a los suyos propios se llenaron de lágrimas. — Ah, ah, no trates de manipularme muchachita. Recibirás un castigo por tu comportamiento.
— Sí, papá. — Susurró jugando con sus pequeños dedos.
De inmediato, el gesto severo despareció para cubrir el rostro de su niña de besos. Sentir que no podía velar por su bienestar y desconocer su paradero le había roto el corazón.
— Te eché mucho de menos, es por eso que no quiero que vuelvas a soltar mi mano cuando salgamos. No sabes todo lo que sufrimos mamá y yo.
— Lo siento.
— Ahora dime, ¿crees que sepas dónde está Bella? — Preguntó Tia, entrando en la conversación e ignorando a su esposo. Al saberse censurado, rodó los ojos.
— Si nos apuramos quizá siga por estas calles, seguramente irá a su casa. — Sonrió— Ella me dio estas flores para ti, están un poco malas, pero huélelas— imprudentemente se las puso en la nariz. — ¿A poco no huelen rico?
— Sí, muy rico— la mujer le acarició la redonda carita. — ¿Nos dirás?
Kebi se retorció entre los brazos de su padre hasta que la bajó.
— Es por aquí. — Y sin más echó a correr.
— ¿Es que no acabo de decirle que no haga justamente eso? — Refunfuñó Benjamín mientras trotaba para atraparla. A su lado, Tia iba con gesto severo.
— Digna hija de su padre. — Replicó.
— Vamos cariño, no…
— No me llames así. — Reprendió. — Mejor concéntrate en seguirla o la perderemos de nuevo.
Espantando, apretó el paso.
Vio el cabello negro brillante ondular mientras cruzaba la calle sin mirar a ningún sitio. Alarmados, contuvieron un juramento. No querían ni imaginar cómo sería dentro de unos años más.
Finalmente la pequeña se detuvo frente a la molesta chica que maldecía entre dientes.
— Bella— la nombrada se sobresaltó y frunciendo el ceño volvió la mirada.
— Mmh— masculló, cruzando los brazos.
— Quería agradecerte, por lo que hiciste por mi hija— Tia volvió a atrapar entre sus brazos a la chiquilla revoltosa, que al cabo de unos minutos se quedó quieta, apoyada en el cuello de su madre.
— No fue nada. — Replicó.
— Claro que sí, Bella. — Al oír a Benjamín, le clavó los ojos con frialdad. — Vaya, qué mirada. — Rió ligeramente intimidado. No había conocido la faceta ruda de aquella mujercita.
— Ven a casa con nosotros. Hay cosas de las cuales hablar. — Antes que pudiera negarse, Tia la cogió de un brazo. — Entiendo perfectamente tu molestia, estoy igual y quiero explicaciones.
— No necesito que me explique nada, para mí está claro.
— ¿Papá, conocías a Bella? — Interrogó con sorpresa Kebi. Su padre no hizo más que asentir. — ¡Vaya! ¿Entonces son amigos?
— Sí.
— No.
Ambos se contemplaron, mientras la nena hacía un intercambio de miradas entre ellos.
— Anda Bella, no seas testaruda.
— No lo soy. Y no quiero ir. Tengo que trabajar. — Afirmó, acomodándose el cabello tras las orejas. — Además, he de volver a casa.
— Perfecto. Vamos a tu casa entonces. — Concretó Tia, llenando de sorpresa a la castaña.
— N…
— Excelente, iré por el carruaje. — Saltó Benjamín, yendo con pasos varoniles hacia la esquina.
— ¡Espera! — Exclamó presionada. — De acuerdo, iré.
— Y oirás. — Fulminó al hombre con sus ojos.
— ¡Será divertido Bella! Te enseñaré mis muñecas y los libros que papá me ha regalado.
— Bien, Kebi. — Respondió con una tensa sonrisa siguiendo el paso de los adinerados.
Sus pies se resistían, pero en el fondo, quería saber por qué le había mentido, puesto que si lo meditaba él no había sacado ningún provecho al decirlo, y de haber sido expuesta aquella declaración habría desencadenado todo un escándalo. ¿Acaso no lo había pensado? Realmente no comprendía las motivaciones de Benjamín.
Ayudada por el cochero, Bella subió al carruaje y no se molestó en seguir la charla de los otros ocupantes, seguramente regañaban a Kebi. Por lo que el camino hasta el vasto terreno de los Malek, fue silencioso, incluso en sus pensamientos.
— Permíteme ayudarte— ofreció el mentiroso, después de ayudar a su esposa e hija.
— Puedo hacerlo sola. — Y sin más descendió de un salto. No se quejó por el leve dolor de los pies, había sido su culpa al fin y al cabo.
— Hola Carmen, por favor prepara el baño para la niña y también llévanos algo de comer a la salita. Que nadie nos moleste— pidió suavemente Tia. — Ahora irás con ella, más tarde te veré y seguiremos nuestra conversación.
— Sí mamá. — Asintió ligeramente cabizbaja, entendiendo poco a poco la preocupación terrible que le había hecho pasar a sus padres. Sin embargo, estaba feliz de haber vuelto con ellos, los extrañaba demasiado.
Una vez que Kebi desapareció dentro, Tia se volvió.
— ¿Tienes hambre, Bella? — Interrogó dulcemente.
— Yo sí.
— Tú cállate, los mentirosos no comen hoy. — La declaración de la mujer la hizo sonreír levemente.
— En realidad, agradecería si me permite lavarme las manos y el rostro.
— Claro, ven querida. — Envolvió sus brazos y la guió hasta una habitación, sin detenerse a mirar si su esposo la seguía. — Puedes tomar algo de ropa si lo deseas también. Sal cuando estés lista. — Le guiñó y cerró la puerta blanca.
Una vez dentro, Bella cogió aire y lo liberó lentamente, preguntándose por qué su vida tenía tantas vueltas.
— Creo que nunca lo sabré. — Musitó, echando una ojeada al cuarto. Tenía una gran ventana en un costado que daba hacia el extenso jardín de rosas, una cama con mosquitero, un armario, un tocador y un baúl. Además de unas cuantas pinturas.
Vació agua desde la jarra de metal en el lavatorio y procedió a limpiar sus uñas y rostro. Una vez sintió que estaba limpia, tomó la toalla mullida, secándose con lentitud.
Acomodó un poco sus greñas frente al tocador y suspiró al contemplarse. Al cabo de inspeccionarse, llegó a la conclusión de que parecía cansada y resignada. Ninguna de sus expectativas había sido llenada, la libertad le sabía amargo. Siempre había soñado con el día en que se libraría de las cadenas de su abuela, sin embargo, en el presente otras mucho más pesadas y dolorosas apresaban sus pensamientos y sentimientos, haciéndola sentir triste la mayor parte del tiempo.
Extrañaba el contacto de esas manos grandes que eran capaces de abarcar su rostro por completo, esos labios tiernos pero exigentes que tomaban lo más profundo de sí. No podía negarlo, extrañaba a Lord y la nostalgia de lo vivido le apretaba el pecho a menudo.
Antes que pudiera seguir hundiéndose en la miseria, oyó unos toques en la puerta.
— Eh, permiso señorita— una chica de cabello oscuro le sonreía con timidez. — La esperan en la salita, la señora me mandó a preguntar si necesitaba algo más.
— No, gracias. — Sonrió. — ¿Podrías ser tan amable de llevarme con ellos?
— Claro, sígame.
De aquel modo Bella llegó hasta donde aguardaba el matrimonio.
— Siéntate aquí— Tia la cogió del brazo y la hizo acomodarse a su lado en el silloncito de color púrpura. En la estancia, en general predominaba esa tonalidad.
Una vez se acomodaron, Benjamín se encontró con dos pares de acusadores ojos.
— Hey— pidió alzando las manos. — No he hecho nada tan terrible.
— ¿Mentir no lo es, querido? — Preguntó con sarcasmo su esposa. La castaña contempló el intercambio de miradas en silencio.
— De acuerdo, lo admito. Lo hice. — Cogió una copa de sobre la mesa de centro y dio un trago antes de fijarse en la joven.
— ¿Por qué? Eso es lo que no entiendo. — Susurró Bella.
— Bien. Primero te haré una pregunta.
— Ella te hizo una. — Bufó Tia, cruzando los brazos. Su comentario fue recibido con una vuelta de ojos.
— ¿Habrías permitido que me acercara a ti si no te hubiera dicho que prefería a los hombres por sobre las mujeres?
— No puedo creer esa blasfemia, Benjamín. Me siento un poco incómoda con eso, ya que tenemos una hija y en la alcoba…
— Tia. — Reprendió y la nombrada, se calló con las mejillas sonrojadas.
Bella analizó la interrogante.
— Realmente no. Esa noche no quería estar cerca de ningún hombre, si soy sincera.
— ¿Por qué? — Tia la vio con duda.
— Sólo diremos que no fueron precisamente caballerosos con la dama. —Zanjó Benjamín, dándose una mirada cómplice con Bella. — Y no pienses cosas que no son, amor.
— No lo hacía. — Murmuró observando sus uñas con fingida indiferencia.
— Eh, por favor. De verdad no vaya a creer algo que no es.
— La noche del baile Kebi estuvo algo enferma y Tia se quedó con ella, y te recuerdo cariño que fuiste tú quién me animó a ir y cumplir con el compromiso.
La mujer lo observó con expresión inescrutable.
— Entonces, ¿te creías un jovencito con libertad de seducir a chicas indefensas?
— Oh— rió Bella— nada de eso. Él no trató de hacer aquello, sino que todo lo contrario. — Se levantó, viéndola directamente. — Fui a ese baile porque Lord Cullen así lo quiso.
— ¿Lord Cullen? — La boca de Tia se entreabrió. — ¿Eres una de sus…?
— Exactamente eso es lo que los hombres pensaban de mí. No fue una buena noche, todos se creían con el derecho de juzgarme u ofenderme por ello.
— Lo siento, no quería…
— Está bien, dio esa impresión. — Sonrió brevemente, sin demorarse en los recuerdos. — Del modo en que lo veo ahora, puedo decir que quizá las intenciones de su esposo eran nobles. Se dio cuenta de lo horrible que era toda la situación para mí y trató de hacerlo mejor. Lo agradezco, si era tu motivación.
— ¿Lo hiciste por eso, Benjamín?
— No era justo que sólo viera lo malo en ese baile. La gente puede ser una molestia.
— Gracias. — Volvió a decir la castaña, sonriendo. Nunca le habían gustado las mentiras, pero en aquel caso, lo comprendía.
— Me siento bastante tonta ahora— se lamentó su mujer.
— Nada de eso, era una duda válida. — Animó Bella con una breve sonrisa, antes de encontrarse con los ojos de Benjamín. Presintió que las cosas se pondrían complicadas.
— Ahora que se ha aclarado el asunto. Me gustaría saber la historia completa hasta aquí.
— Es cierto. — Tia volteó hacia la castaña— si estás con el Lord, ¿por qué vistes así y trabajas en la plaza?
La joven contempló ambos rostros y se mordió el labio. Abrió la boca varias veces, sin obtener éxito en su búsqueda de palabras.
— Anda, cuéntanos. No se lo diremos a nadie. — Aseguró el hombre.
Derrotada, Bella supo que no habría lucha posible.
¿Por dónde empezar? Se preguntó, ¿qué tanto debía contar?
Decidió a última hora, que trataría de no decir mentiras y la verdad hasta el punto en que no fuera un problema.
— Huí de casa del Lord. — Soltó rápidamente.
— ¿Por qué? — Interrogaron desconcertados— ¿Te hizo algo? — Le sorprendió el tono molesto de Benjamín. — Sabía que debía golpearlo aquella noche, se lo merecía por bastardo. — Masculló.
— Realmente no me hizo nada malo. — Diablos, claro que no. Su cuerpo recordaba perfectamente lo "bien" que él lo había hecho. Tras la meditación, sintió un calor reptando por su cuello hasta alcanzar sus mejillas. — Es sólo que… no quería estar allí por más tiempo. Cuando escapé, luego de unos cuantos días conocí a una mujer que me ayudó. Ella me enseñó lo de las flores y desde entonces he estado vendiéndolas.
— Ya veo. — Murmuró Benjamín.
— ¿Y cómo encontraste a Kebi?
— Ah. — Sonrió al recordar— vendía mis flores cuando la vi cruzando la calle, venía un carruaje, así que me apresuré a ponerla a salvo. — Relató.
Tia guardó silencio un momento.
— Es extraño, Kebi no se da con desconocidos, mucho menos les habla. Me sorprende que haya confiado en ti.
— ¿No lo ves, Tia? Hay algo acerca de Bella que te hace pensar que es buena.
Ambos inspeccionaron la silueta descuidada de la muchacha, sumiéndola en la incomodidad.
— Bueno. — Continuó Benjamín. — Me gustaría saber qué planeas hacer de ahora en más. La ciudad es un lugar peligroso para una joven dama.
Bella no pudo evitar sonreír con ironía.
— Eso lo sé bien. Descuida.
— ¿Qué tan bien? — Preguntó Tia con ojos entrecerrados.
— Viví mucho tiempo en esas calles, con mi abuela. Sé los peligros que esconden y las conozco mejor que nadie, es por eso que aún no abandono la ciudad, sé que puedo mantenerme lejos del camino del Lord y que si no lo deseo, jamás volveremos a vernos. — Aseguró con voz dura.
— Vaya, cuando hablas de él lo haces con tanto enfado. Me gustaría saber lo qué pasó entre ustedes. — Los hombros de la castaña se tensaron.
— Pero nadie te obligará a hablar de ello. — Informó severo Benjamín.
— Gracias. Y respecto a la pregunta, no sé qué haré. Improvisaré, supongo. — Se encogió de hombros.
— Eso suena perfecto para nosotros. — Dijo una sonriente Tia, yendo hasta los brazos de su esposo. Ambos se dirigieron una mirada.
— ¿Disculpe?
— Anda, llámame Tia. Me haces sentir mayor. — Mantuvo sus labios carmín curvados en una sonrisa amable. — Verás, cuando Benjamín y yo nos casamos, Kebi ya venía en camino y cuando nació perdimos mucho de nuestro tiempo a solas, porque soy de la idea de criar uno mismo a sus hijos. Entonces, no tuvimos luna de miel. Y ahora que Kebi ha crecido… estábamos pensando en irnos de viaje, solos.
— Y buscar una niñera o institutriz. — Continuó Benjamín— pero ha sido un problema, porque ella se niega a siquiera mirarlas. Las ignora por completo, sacándolas de quicio.
Bella trató de imaginarlo, pero fue incapaz. La niña le parecía muy simpática, educada y dulce.
— Y es ahí donde entras tú— Tia de un segundo a otro cruzó la habitación hasta tomarle las manos.
— No estoy entendiendo. — Se rindió, al tratar de descifrar sus expresiones entusiasmadas.
— ¡Serás la niñera de Kebi! — Al ver la expresión de la joven, se apresuró en agregar— si te parece, claro.
— Yo...
— Tendrías una paga considerable, techo y comida, tiempo libre, y sólo deberías encargarte de los cuidados de Kebi. Nada de tareas del hogar y esas cosas. — Ante la vitalidad aplastante de la mujer, Bella calló. Sopesando las posibilidades.
— Me preocupa que deambules tú sola por allí, Bella. Y parece ser más que una coincidencia que hayas sido tú quién encontrara a mi hija. — Dejó la copa— no sé tú, pero le daría un par de vueltas al asunto. Tal vez, el destino quiera decirte algo. — Se encogió de hombros, antes de sonreír. — Creo que sería bueno dejarla para que lo piense, Tia. No la presiones, tomará la decisión más razonable, estoy seguro. —Cogió de los hombros a su cónyuge, atrayéndola contra sí. — Sin embargo, te quedarás aquí hoy y mañana ya decidirás cuál será tu próxima improvisación.
— Le diré a Claire que te enseñe el cuarto que usarás y te pase algunas prendas. — Aseguró Tia, dejándose arrastrar por Benjamín.
— Siéntete libre de andar por donde quieras. — Fue lo último que dijo antes de retirarse de la salita, dejando entreabierto a su espalda.
Bella se levantó, para dejarse caer en un sillón pesadamente, se pasó un par de veces las manos por el cabello y luego se puso en pie de nuevo. Se sentía inquieta, por lo que dio unos pasos vacilantes dentro de la habitación.
En realidad, la posibilidad de trabajar para Benjamín era más que buena. No tenía un motivo para negarse, aparte del hecho de estar en una casa llamativa, de gente acomodada, donde eventualmente alguien podría reconocerla. O informárselo al Lord.
Se mordisqueó la uña del pulgar, dudando. Sin embargo, estaba casi segura que él ya habría desistido. No era tan importante y su orgullo no tenía por qué verse afectado, después de todo, sólo fue una amante más a los ojos de la gente.
Sacudió la cabeza, desterrando sus pensamientos acerca de ese hombre, se suponía que había huido para sacárselo de la cabeza, y no hacía más que lo contrario cada santo día.
— Señorita— oyó la voz de la misma chica de antes. Llegó a pensar que sería la salvadora de su cordura, pues llegaba en el momento preciso. — Me han dicho que debo guiarla a su cuarto y cederle ropa. Si fuera tan amable de seguirme, por favor.
— Puedes llamarme Bella, nada de formalidades. — Sonrió amistosa y la joven asintió, tímida.
En silencio siguió sus pasos, observando los pasillos decorados con cuadros y candelabros finos sobre los muebles tallados.
Finalmente, Claire abrió una puerta y al cabo de entregarle la ropa, se marchó, asegurando que vendría por ella para las comidas.
Meditó un tiempo más la propuesta del matrimonio, y cuando tuvo su decisión tomada, se dedicó a mirar por la ventana, oyendo a lo lejos el rumor del ruido característico de la ciudad, los cascos de los caballos contra los adoquines, las vociferaciones de los vendedores, el flujo de personas. Repentinamente, recordó sus días en la casa donde había nacido y vivido la mayor parte del tiempo, se sintió como una niña pequeña otra vez, aquélla que esperaba ver a sus padres reírse en el comedor, o a su madre arreglando las flores.
Sin embargo, pese a tener excelentes recuerdos de ese hogar, sus mejores memorias, las más nítidas, eran en la casa de campo, lejos de la ciudad y su bullicio. Ahí se sentía verdaderamente feliz, corriendo entre los árboles, trepándolos, ajena a las preocupaciones que le vendrían más adelante e ignorante por completo de las responsabilidades de una supuesta dama. Allí no había presiones, ni restricciones. Además, tenía la sensación de haber conocido a alguien muy importante, alguien que fue más que compañía en travesuras, destellos de rostros familiares aparecían de cuando en cuando frente a ella. Mas, la cara aniñada, redonda y tierna de un niño de cabello cobrizo y ojos esmeralda eran lo que más la confundía. Podía aceptar las facciones adultas, porque conocía una infinidad de personas, pero… ese muchacho que en sus rasgos se adivinaba la belleza que le brindaría la adultez, era más que eso. A veces, soñaba con él y otras se sorprendía viéndolo correr junto a ella, tomando su mano, en los recuerdos de infancia.
Sin embargo, su abuela le había dicho hasta el cansancio que aquél no existía, que no era más que un disparate de su mente frágil y como tantas otras cosas, lo había aceptado sin más.
Suspiró, dejando la ventana y abandonando sus cavilaciones.
Del resto de aquel día, no fue mucho más lo que hizo. No tuvo deseos de salir a comer y se quedó tendida en la cama, pensando aún contra su voluntad, en el hombre de ojos esmeralda que había robado algo más que unos besos.
-o-
Cuando despertó a la mañana siguiente, se encontraba acurrucada en una orilla de la cama, con las ideas confusas y un poco desorientada. Así se sentía varias veces, al reconocer el espiral en que se había convertido su vida.
Se sentó y talló el rostro, contemplando la bonita habitación mucho más modesta que la que usaba en casa del Lord.
Se levantó y lavó la cara, deteniéndose un poco más en su reflejo del espejo. Dentro de poco cumpliría diecinueve años, pero sus facciones parecían haberse quedado pegadas en los quince o dieciséis. Sin embargo, había algo en sus ojos que le otorgaba cierta madurez, adivinó que se trataba del nuevo sentimiento que albergaba en su interior.
Sacudió la cabeza y se apresuró en alistarse para salir. Debía hablar con Tia y Benjamín, además de cumplir ciertas tareas. En conclusión, aquel día era importante que tuviera energías y ánimos.
Anduvo a tientas entre los pasillos hasta que se topó con Claire.
— Buenos días. — Saludó sonriéndole.
— Buenos días, seño… Bella— se corrigió al ver la mirada severa. — Justo iba a buscarla, digo, buscarte. Pensé que seguirías dormida. —Explicó con evidente dificultad en tutearla.
— He despertado antes. Dormí mucho ayer. — Relató.
— El desayuno ya está listo. Y el señor Benjamín me ha pedido que le avise cuando despertaras, así que iré a informarle. Si quieres puedes seguirme al comedor. Ellos se levantaron temprano y estoy casi segura que te esperan.
— Vaya— masculló Bella.
— Disculpa la pregunta, pero ¿vas a trabajar aquí?
— Bueno, es una posibilidad. — Contestó con una sonrisa. Poniéndose en marcha tras la chica, quien luego de cumplir con la tarea asignada se retiró de la habitación, dejando a los tres a solas.
— Buenos días, ¿Qué tal tu noche? — Interrogó Tia con una sonrisa radiante, mientras daba un sorbo a su jugo.
— Buenos días— saludó a ambos— logré descansar, así que bien. — Sonrió, dudando en sentarse. — ¿La de ustedes?
Se dirigieron una mirada sugerente antes que Benjamín retomara la lectura del periódico y carraspeara.
— Interesante. — Contestó entre risas Tia. Bella no tuvo que esforzarse en comprender, por lo que simplemente soltó un ligero oh como réplica. — Pero bueno, ¿planeas comer de pie? Siéntate, por Dios. — Regañó risueña.
En silencio obedeció y justo en ese momento Malek doblaba el papel y lo lanzaba a una silla cercana. Cruzó las manos bajo el mentón y la observó.
— ¿Y qué dices? ¿Ya lo pensaste?
Bella terminó de servirse el jugo y centró la atención en ambos. Al cabo de unos segundos, asintió.
— Creo que sería una tonta si desaprovechara la oportunidad, al final, Kebi es un encanto.
— Ay, niña. Veremos si piensas lo mismo luego de unas semanas con ella. — Rió Tia, pinchando su fruta fresca.
— Sabía que tomarías la mejor decisión. — Cogió la mano de su esposa y la apretó. Se sonrieron y Bella se sintió fisgona admirando la escena, parecía un momento íntimo y ella salía sobrando.
— Gracias Bella, no sabes cómo agradecemos que aceptaras. Llevábamos meses soñando con nuestro viaje.
— ¿Gracias a mí? Por favor. En esta situación debo agradecer a todas las deidades por la posibilidad que ustedes me brindan. — Sonrió, comiendo con mesura pese a la repentina hambre que sintió. Tal vez, era por el nuevo comienzo. — ¿Cuándo parten?
— Bueno, debemos arreglar un par de cosas, por lo que posiblemente la otra semana.
— Ya veo. Si no fuera demasiado, quisiera pedirles dos cosas.
— Adelante. — Susurró Benjamín.
— Primero, no deseo que nadie sepa de esto, menos alguien cercano al Lord, sólo como precaución. — Se encogió de hombros. — Y no crean que es porque le temo a él, jamás me hizo daño. — al menos no físicamente, masculló en su interior.
— De acuerdo. Cuenta con eso, Kebi es pequeña aún, por lo que no ha aparecido en sociedad y en nuestra ausencia no debe ir a ningún sitio. — La castaña asintió.
— Lo otro, es que hoy debo hacer un par de cosas.
— No hay problema, si lo deseas puedo poner un carruaje y cochero a tu disposición.
La joven sacudió la cabeza.
— No es necesario. Pero agradezco el ofrecimiento.
Él quiso intervenir, mas, su mujer le detuvo.
— Está bien. ¿Cuándo saldrás?
— Pensaba hacerlo luego del desayuno.
Tia asintió.
— Muy bien. Ahora quisiera…
De ese modo la charla cambió de rumbo, pues el matrimonio le explicó ciertas cosas sobre Kebi, cosas que le gustaban y las que no, lugares que le encantaba visitar, comidas preferidas, entre más asuntos que Bella fue guardando y asimilando en su memoria. Así que el desayuno le resultó agradable y en cuanto terminó, se disculpó para ir a su nueva habitación.
Se miró en el espejo una vez y después de acomodar un poco su cabello, abandonó el hogar de los Malek, que pese a encontrarse en el corazón de la ciudad, poseía grandes jardines y variados espacios.
Al salir, el ruido que tanto le disgustaba le envolvió la cabeza y con pesadez se deslizó entre las personas para dirigirse lentamente a casa de Siobhan.
Se sorprendió al encontrar una misiva en el suelo, dentro de la rústica verja de madera torcida. La cogió y limpió sus manos en el vestido antes de proceder a leerla.
Sonrió al darse cuenta que era de Siobhan, le escribía sobre las cosas hermosas, de cómo la trataban de bien, lo feliz que estaba siendo. Y también le deseaba lo mejor en su vida, y le adjuntaba la dirección de su nuevo hogar, para que de cuando en cuando fuera a visitarla, que la esperarían con los brazos abiertos siempre que quisiera. Y que no fuera a olvidar que podía contar con ella en todo momento.
Al terminar, se sintió alegre de corazón por la anciana, y se dijo que ese mismo día iría a devolverle las llaves de la casa que amablemente le había ofrecido, además de contarle sus nuevos planes.
Tarareando, entró, ordenó un poco y cogió el dinero que había guardado.
Más tarde, salió asegurándose de dejar todo cerrado y como correspondía. Aquel era el adiós de esos días y se permitió tener entusiasmo por su porvenir.
Aprovechó de pasar al mercado y comprar lo necesario para enviar una carta. Una vez lo tuvo entre sus manos, se sentó en unas sillas de una tienda y rápidamente escribió unas cuantas líneas, relatando de forma fugaz lo ocurrido en el lapso de tiempo desde que había escapado hasta ese día. Se cercioró de no dar nombres ni demasiada información, sólo dejó muy en claro que se encontraba bien y que el futuro le prometía cosas favorables. Puso el papel dentro del sobre y escribió el nombre de Alice, y un emisor falso. Mientras buscaba monedas para darle al chico que iría a entregarla, pensó en que quizá había fingido más entusiasmo del que en verdad sentía, sin embargo, quería que su amiga realmente creyera que sus razones para irse seguían estando justificadas y cumpliéndose sus objetivos.
Después de todo, sólo ella sabía que era una mentira y que era posible, que nunca lo olvidara, que siempre estuviera presente en su mente como un fantasma, impidiéndole ser feliz por completo.
Sacudió la cabeza y se encaminó a casa de Siobhan, confiando en que debía tener fe y paciencia en que tal vez dentro de unos años podría interesarse en alguien más.
Anduvo entre la gente, sumida en sus pensamientos y completamente ajena a que cada uno de sus pasos eran seguidos por alguien que llevaba un tiempo tras ella.
Hola! ¿Qué les pareció? Al fin él lo asumió ¿no? y ¿quién creen que está tras ella? Bueno, ya me dirán lo que piensan.
Primero que todo, quiero disculparme por la tardanza, pero salí de vacaciones y no lleve el computador, en realidad, sólo me dediqué a disfrutar del tiempo libre jaja, espero lo comprendan. Y también quiero aclarar, otra vez, que no voy a abandonar la historia, no soy capaz de hacerlo porque mi consciencia puede ser muy molesta, así que no se preocupen de eso, además, este fanfic estará terminado antes que entre a clases en marzo, al menos esa es mi meta jaja.
Por otra parte, quiero agradecer por el constante apoyo, a Paty Limon, Isis Janet, miop, guest, Gaby, ELIZABETH, blankitapia, jacke94, Annimo, chovitap, dracullen, Nancy, LuluuPattinson, Alejandra, Angi Cullen, ylris24, Little Withiee, Yohannita0515, solecitopucheta, Karen McCarthy, viivii alice, LicetSalvatore, Aimme19, ori-cullen-swan, shamyx, Ilovevampiresangels, sylvana, Alexa, Gabylu, Carla, M. Shily, liduvina, Alysonne, Bri. Cullen, Berta, Sarah 1807, saint, kitten, marianella cullen, tefy, Suiza19, Marce Capuccino, brigitte, C, jualar, anita, betzy johanna1215, Nancy bravo, Martu Vampira, Free. Love. Life, dany16, Andrea 17 de Cullen; se que están ahí y lo agradezco infinitamente, también las alertas, favoritos, reviews y a los lectores silenciosos, ¡muchas gracias!
Ahora me despido, esperando que les haya gustado el capítulo y si no, ya saben que pueden hacérmelo saber a través de un comentario (:
Nos estamos leyendo en la próxima, un abrazote enorme y muchas bendiciones!
Pd: lamento cualquier error ortográfico y/o de gramática que hayamos pasado por alto.
