Disclaimer: Hayden y Avril me pertenecen. Sus almas y el resto de personajes que reconozcais, son de la señora Meyer.

Nota de autora: Tarde, pero siempre cumpliendo, por supuesto. Siento el retraso, pero vosotras tampoco es que estuvieseis demasiado generosas con los rrs, precisamente, la ultima vez que colgué. U.U. En fin, ahora que es Halloween, y me falta una pequeña y estúpida linea para los 300 (a ver si la superamos, ¿Sí?), todas ponemos de nuestra parte. Por desgracia, mi tiempo se ve más limitado, pero eso no dice que vaya a dejar nada abandonado. Y como no, dar la bienvenida a las nuevas. Gracias por la oportunidad dada a pesar que el titulo del fic pueda echar para atrás (Resumiendo la historia, está sacado de una canción de Alanis Morrissette).

Como veis, he vuelto a activar los anonimos. Espero que no me deis oportunidad de arrepentirme de ello. Tengo clarisimo que si algun comentario no tiene nada que ver con el fic, es ofensivo, o insultante, se borrará ipso facto. Esto es un hobbie y no voy andar peleandome con nadie. Se acabó para mí. Sólo quiero escribir y disfrutar con ello.


Breaking up (Hayden)


Después de una ajetreada fiesta, el estar todo el día de prácticas en el hospital podría considerarlo como una jornada de descanso.

Jim se había burlado de mis ojeras y había sugerido que me había mordido un vampiro durante la noche de Halloween, o que Lydia estaba absorbiendo mi energía. Ahí podía considerar que tenía razón.

Después de haberme recogido del hospital, sin hablarme después de lo de Avril, al llegar a casa, me comentó que tal vez dejase la universidad y se diese un viaje. Estaba cansada de Chicago y necesitaba desconectar de todo.

Me limité a asentir intuyendo que este paréntesis en su vida podría ser el final de nuestra relación. Y no se lo reprochaba, incluso, por primera vez, ella estaba siendo más valiente que yo por tomar las decisiones que deberían haberse tomado desde hacía mucho tiempo. Lydia siempre actuaba de manera egoísta y si daba aquel paso, sería porque le convendría. No podía reprochárselo; a mí también me interesaba y, a veces actuaba de manera involuntariamente cruel con ella. No estaba siendo una persona de carácter fácil para convivir y ella y yo hacía tanto tiempo que habíamos perdido el límite de tolerancia de nuestras rarezas. Esta vez, yo estaba superando el borde. Me encontraba tan raro…

Después de eso, me duché, salí a la universidad a aguantar infinitas horas de clase a las que se añadían las primeras prácticas. Luego, busqué a Avril para dirigirnos a la comisaria.

Estaba asustada. La denuncia no era algo que tomarse a la ligera y mucho menos si se trataba de alguien como los Prince. Pero era valiente y estaba decidida a que no le hiciese a otra chica lo que le hubiese podido pasar a ella.

—Estoy viva gracias a ti y puedo contarlo—me había dicho vehemente—, por lo tanto pondré una o veinte denuncias. Las que hagan falta para que ese mal nacido aprenda la lección.

Dudaba lo último, pero sí estaba seguro que se le metería el miedo en el cuerpo.

—Gracias por lo que estás haciendo por mí—me dijo en cuanto salimos de la comisaria.

—Es lo mínimo—intenté quitarle importancia.

Pero sí la tenía. Me era muy difícil estar con ella.

¡Mentira!

Me era muy difícil reconocer que era demasiado fácil estar junto a ella, aun sin llenar los silencios con estúpidas frases.

Me tranquilizaba caminar a su lado y sentir calambres en mis dedos cuando los suyos estaban demasiado cerca como para rozarnos. La frustración de un encuentro que nunca se producía, hacía correr mi sangre rápida y ligera por la zona de alrededor.

Finalmente, rompí a reírme a carcajadas cuando frunció el ceño, molesta. Le había hablado de tener que recurrir a un abogado y que el mío, el señor Krammer, conocería a un buen criminalista que la representaría.

— ¡Déjame portarme adecuadamente contigo!—La pedí cuando refunfuñó contra gastarme el dinero con él. —Aún no he contratado ningún servicio de ellos y todos los asquerosos niños ricos tenemos uno para podernos meter en algún lio de juventud.

— ¿Quieres decir que los niños ricos nacéis con el abogado en el brazo?—Bromeó inocentemente.

Dejó de protestar cuando la aseguré que dejase ver como acontecían las cosas con Royce.

Me desgarró algo por dentro cuando le vi marcharse con Richard. Tenía un estúpido recital de piano—una patética excusa para lucirse delante de ella—y no tenía ninguna excusa para faltar. Yo no era una excusa factible.

Decidí calmar los ánimos dando una pequeña vuelta por el campus universitario. El aire frío de noviembre chocaba contra mi piel y, de alguna manera, el frío no me resultaba desagradable, sólo vagamente familiar.

Por casualidad me fije en un chico alto y moreno que estaba poniendo un cartel con una foto. Se trataba de un chico desaparecido. El nombre no me decía gran cosa, pero su cara, sí. Se trataba de aquel simpático chico que se había acercado al campus para admirar a Avril y, por hacerla rabiar, había invitado a la fiesta.

— ¿Le conoces?—Me preguntó el chico tímidamente.

Tenía el pelo negro rizado y características de latino. Su acento parecía proceder de algún estado del sur estilo Nevada.

—Sólo de vista—le dije. —Estuvo en la fiesta de Halloween que se celebró en la gran mansión. Pero había demasiada gente para estar pendiente…

El chico hizo un gesto como si no importase.

—Es una exageración empezar a buscarle tan pronto. Aún no han pasado el tiempo límite para darle como desaparecido—le indiqué.

Suspiró.

—Posiblemente el muy gilipollas aún esté de fiesta. Lo que pasa que su madre ha llamado tantas veces que he perdido la cuenta, y mi novia Bree está tan histérica con todas esas muertes raras que han sucedido en estos días que me ha hecho poner carteles. Y si no tuviesen que pasar veinticuatro horas antes de una desaparición, ya estaríamos declarando a la policía.

Le ofrecí un consuelo muy pobre.

—Es el primer año universitario y se haya perdido por la casa de algún conocido. Seguro que aparecerá… ¿Cómo dijiste que se llamaba?

—Riley. Riley Biers. Es nuestro compañero de piso—me comentó. —Es un chico muy tímido y no suele irse con nadie que no conozca. —Se encogió de hombros. —Aunque con las fiestas nunca se sabe.

—Puedo preguntar por el campus si lo han visto.

Sacó un papel y un bolígrafo, escribió un número de teléfono.

—Si lo ves, por favor llámame—me pidió. —Me llamo Diego. O si no, dile que llame él.

Me fui con la promesa que lo haría en cuanto lo viese. Aún estaba durando la resaca de la noche de Halloween y, tal vez, sólo se tratase de un chico con demasiadas ansias de libertad.

Entonces, ¿por qué se me cruzó un pensamiento sombrío por mi cabeza?

Afortunadamente, al llegar a casa, Lydia debió intuir mi estado de ánimo y no dijo una sola palabra. Posiblemente, ella tampoco estuviese muy por la labor de hablar.

Se encontraba sentada tamborileando la mesa con sus uñas en un gesto impaciente mientras se fijaba insistentemente en el móvil.

Dejé la mochila y cogí del frigorífico un zumo de arándanos.

Debía estar realmente preocupada si no me estaba riñendo por no poner un posavasos en el mueble de la cocina.

Decidí romper el silencio con algo trivial aunque tenía cierto punto de sarcasmo:

—Dime Ly, ese magnifico viaje que vas a realizar, ¿no será tu acompañante Royce? Porque te informo que quizás se tenga que quedar a declarar en Chicago por una acusación de violación. Esta tarde he ido a la comisaria para poner la denuncia.

La miré malévolamente ya que sabía con quien había ido. Esperaba que se rebotase y empezase a gritar por traicionar a los nuestros por una estúpida criatura salida del campo, tal como ella denominaba a Avril. Estaba de mal humor e injustamente necesitaba desquitarme con alguien. Por primera vez, Lydia no tenía la culpa.

Me sentí sorprendido—defraudado—cuando ésta arqueó la ceja con su habitual gesto de aburrimiento.

— ¿Royce?—Casi escupió el nombre. — ¿Para que quieres que vaya conmigo? Lo único que me hace falta de él es que me lleve la maleta al aeropuerto.

Sacó una lima del bolso de su bata y empezó a arreglarse las uñas.

—Tal vez me lleve a Vanessa y Madison al viaje, pero Royce, ni hablar… ¡Estoy hastiada de él! De él, de ti, de todos los hombres en general…Necesito dejar de pensar por un tiempo y desconectar en alguna playa del Caribe o Hawai. No hay tanto grado de intimidad para pasar con él las vacaciones, ¿no te parece?

Tragué deprisa el zumo de la boca haciendo esfuerzos para no atragantarme.

Volvía a su grado de estupidez normal. Y lo peor, que también pensaba que yo lo era.

—No es por ser grosero, querida, pero yo sí diría que tener una relación sexual continuada en el tiempo sí es algo íntimo. Y no hace falta el amor entre una pareja para irse de vacaciones juntos. ¿Acaso no lo hemos hecho este año nosotros? Incluso vivimos juntos y hace tiempo que no sabemos el porqué.

No sonaban a palabras mías, si no a las de Jim, pero salían por mi boca.

Lydia enmudeció ante mi estallido. No se esperaba que uno de los dijese en voz alta la falta de sentimientos en nuestra relación y que fuese yo, ni mucho menos de una forma tan súbita.

—Lo siento, Lydia—me arrepentí. —No tengo derecho a reprocharte nada. Y mucho menos en este punto de la relación.

Tragó saliva e hizo un gran esfuerzo de aguantar un sollozo.

—No, ya has perdido ese derecho hace mucho. —Se levantó y se dirigió a la escalera. —Estoy agotada y tengo que echarme todas mis cremas para poder dormir. Odio pensar en la cama, me impide dormir y me estropea el cutis por faltas de horas de sueño.

Antes de llegar al cuarto, me dijo desde el hueco de las escaleras:

—Royce lleva desaparecido desde la noche de la fiesta. Al igual que Henry y Charles. El muy gilipollas no responde al teléfono. Creo que tú fuiste la última persona que le viste, ¿no es así?

Con el eco de sus palabras, cerró la puerta de nuestro cuarto.

No manifesté ninguna preocupación por su desaparición. Tan sólo pensé que si no fuese ten gilipollas hubiese ido a curarse la nariz rota. No merecía la pena desperdiciar un solo pensamiento en él.

Por lo tanto, decidí empezar a sacar algunos apuntes de física médica y anatomía para estudiar. Hematología también debía entrar en mi tiempo de estudio.

Y mientras, realizaba algunos problemas con la música de mi mp3 a todo volumen, dirigí la vista al piano por distracción.

Me pregunté que hacía algo tan inútil en aquella casa por mucho aspecto de acogedora diese a la casa. Ni Lydia ni yo sabíamos tocarlo.

.

.

.

Al día siguiente, Royce tampoco apareció.

La extrañeza sólo me ocupó varios segundos que realmente desperdiciaba con él. Tuve un día bastante ocupado.

Tal como había anunciado, el profesor Cullen, pese la protesta de un amplio sector, nos puso un examen sorpresa.

—Esto tiene dos objetivos. El primero, saber si se va entendiendo la materia y orientarme a la hora de explicar. Y el segundo, por supuesto, obligarles a estudiar día a día. Ya les advertí que no pretendía que fuese una asignatura fácil y que la tuviesen el mismo respeto que a la anatomía y la farmacología…

—Porque la sangre es la vida, doctor Cullen—soltó un gracioso.

—Efectivamente—coincidió animando la burla. —Por esa afirmación le daré medio punto, señor Thomas.

Nos explicaba como había que contestar, y al pasar por mi mesa, se calló repentinamente y casi me lanzó el examen. Hizo un pobre esfuerzo de pasar de largo de mí, pero al entregar el examen a mi compañera, su puño en tensión le traicionó.

Se dirigió a la tarima donde se encontraba su mesa, y antes de hojear un libro, pareció detener su mirada sobre la mía, pillándome de pleno. De nada me servía simular que estaba descansando la mirada de las preguntas del examen.

No soporté la visión de sus ojos oscuros sobre mí, acabé por revisar las preguntas y cuestionarme cual sería la más sencilla de contestar. Un dilema muy tonto por mí parte.

Comencé con la primera intuyendo que en menos de una hora estarían todas contestadas a la perfección.

Como ya me había advertido anteriormente, cinco de las diez preguntas eran del tema cuatro.

¡Dicho y hecho! Calculando cuarenta y cinco minutos de reloj, entregué el examen al profesor Cullen, quien lo cogió mucho antes de hacer el gesto de depositarlo en la mesa y, rápidamente, lo dejó en una esquina. No se tomó la molestia de despegar sus ojos del libro que estaba leyendo y no había un solo gesto en su hermosa cara que delatase desagrado hacia mí. Parecía estar hecho de piedra.

Quité importancia al hecho, me puse los auriculares y salí de aquella clase en busca de Jim. Tenía que hacerse cargo del servicio de limpieza de la casa después de la fiesta. Estaría hecha una porquería, pero me esperaba un día demasiado duro para planearlo siquiera.

Por suerte, Jim tenía un día bastante tranquilo para poder supervisarlo todo.

— ¿Sabes que es un chollo tener un amigo como tú?—Manifesté sinceramente agradecido.

Puso los ojos en blanco.

—Hay, sabes que iría a la luna de una patada en el culo por ti, pero haz el favor de tomarte todo con más calma. Estás ojeroso y más pálido que una sabana. Un día vas a estallar.

—No hace falta que lo jures.

—Necesitas una buena dosis de mano maternal—me aconsejó. —Lo que me recuerda que mi madre me ha dicho que te lleve a casa, sí o sí, un día de éstos. Te olvidarás por unas horas de todas estas mierdas practicas, de tu querida ocupante de piso y podrías replantearte si va a pasar algo con Avril.

También Jim estaba insistente con el tema de Avril. ¿Qué era tan evidente que nosotros dos no veíamos y los demás también?

—No hay nada que plantear—refunfuñé cansado del tema.

—Por supuesto y Lydia se ha levantado sabiendo resolver una ecuación de segundo grado—repuso sarcástico.

Meneé la cabeza dejándolo pasar.

—La verdad que extraño mucho a tu madre y a Aisha. —La hermana de veintiún años de Jim, una versión en femenina casi clónica de él. —Y con todo lo que ha pasado, no he tenido una sola oportunidad de verlas.

—Te harás de perdonar. En mi casa eres como un hijo más y mi madre puede estirar su amor entre mi padre, sus tres inteligentes hijos y sobrarte para ti. Incluso, te llevas el premio gordo, brother. Eres su pequeño desteñido. Y en cuanto a Aisha, mi pobre hermana tenía la esperanza de cazarte una vez ventilada Lydia, pero va a ser que no. Por lo menos tendrá el consuelo de que estarás con alguien que te merece.

—Jim, no sigas por ese camino—le advertí.

Gesticuló cerrar sus labios como si tuviese una cremallera. Para que se olvidase de Avril, cambié a un tema más desagradable.

— ¿No habrás visto a Royce esta mañana?

Me hubiese quedado más tranquilo si hubiese dicho que sí. Royce no debería importarme pero me inquietaba no haberle visto desde hacía dos días.

— ¿Por qué esas ganas de ver a Royce?—Se extrañó. —Has hecho añicos tu saco de boxeo y necesitas de su costado para entrenar. Dime que es eso y no que te has vuelto un gilipollas para hacerte amigo suyo.

Negué con la cabeza.

—Es un poco extraño que no haya aparecido desde la noche de Halloween.

Jim no parecía darle demasiada importancia.

—Resaca, una nariz rota…Porque sólo pasó lo que me contaste en ese bosque, ¿verdad, Hay?

De repente me sentí como si hubiese hecho algo horrible.

— ¿Qué querías que hiciese, Jim?—Pregunté a la defensiva. —Sólo entiende las cosas cuando las haces por las malas. Sólo le rompí la nariz y le di un susto. Si no llega a tiempo, no sabría que hubiera pasado con Avril—Sí, en realidad, lo sabía y hubiera sido horrible—… ¿Me sugieres que tendría que haberme quedado quieto?...No pasó nada más—respondí finalmente.

Me respondió con un encogimiento de hombros.

—Mientras no llegue la sangre al río—concluyo.

La mía se me congeló dentro de todas las venas al oír aquella frase. Sólo era una maldita frase hecha. ¿Qué pasaba conmigo? Parecía que tenía un monstruo interior que se hubiese querido alimentar de la sangre de Royce. Si volvía a pensarlo, me volvería loco.

Finalmente, antes de irme, le di la llave de la casa con las recomendaciones.

—Tranquilo, la casa quedará como una patena de limpia. Llamaré a Nika para asegurarme una ayuda.

Esta vez me tocó a mí reírme. Sabía que aquella noche, Jim y Nika habían congeniado. Más de lo que había pretendido Jim. Me alegraba por los dos y por que la fiesta no hubiese sido del todo tan desastrosa.

—Quizás en lugar de darme un sermón sobre mi vida privada deberías aplicarte tu misma medicina—le aconsejé mientras me ajustaba de nuevo la mochila y me preparaba para irme. — ¡Deja de inventarte estúpidas excusas para verla y pídele una cita enserio!

Le di la espalda presintiendo el gesto obsceno que me dedicaba.

No vi a Royce por todo el campus universitario, pero sí a Avril, y de una manera infantil, el corazón me dio un vuelco. Se encontraba en el umbral de la puerta de una de las clases de arte hablando con una vivaracha chica pelirroja. Richard se acercó por detrás y la abrazó. Sería mi imaginación, pero la vi vacilante a la hora de devolvérselo.

Ella también me vio y me dedicó una radiante sonrisa.

Mis piernas caminaban más ligeras hacia el hospital. Y la tarde de prácticas sería menos plomiza de lo previsto.

.

.

.

Y al tercer día, hubo noticias de Royce.

Pero lo que menos me esperaba era, que después de una ardua sesión de medicina de urgencia, en la puerta del hospital me esperase un hombre alto y delgado, pelo canoso, aspecto cansado y gabardina vieja. Lo peor fue ver a Avril detrás de él, completamente pálida y sin poder decir una palabra cuando interrogué con la mirada por qué se encontraba allí.

— ¿Señor Newman?—Inquirió con acento de los barrios bajos de New York. Asentí sintiendo como se me pegaba la garganta a la piel cuando me enseñó la placa. —Soy el detective Stevenson de homicidios. Me gustaría tener una charla con usted y la señorita Summers. Al parecer algo en su fiesta de Halloween se torció. ¿Serían tan amables de acompañarme a comisaria?

No tuve otro remedio que asentir y seguirle con pies de plomo.

Lo único bueno de toda esta situación fue poder estrechar la mano a Avril con la excusa de tranquilizarla. Era increíble que, en medio de la tensión, percibiese la suave textura de su piel y lo cálida que era.

Sin embargo, ella permanecía absorta y temblaba.

—No hay nada contra nosotros—susurré en un esfuerzo de calmarla.

—Son homicidios, Hayden—le tembló la voz. —No se trata de una denuncia por ruido debido a la fiesta. Algo pasó en ese bosque después de irnos nosotros.

.

.

.

Si el detective Stevenson quería meternos el miedo en el cuerpo, estaba haciendo un magnifico trabajo.

En el mismo instante en el que bajamos por unas escaleras oscuras, comprendí que no nos llevaría a una sala de interrogatorio. Y el pánico empezó a invadirme; si no me dejé arrastrar por él, fue por la presencia de Avril.

Su mano, estrechada con la mía, estaba empapada de sudor y temblaba como una hoja. Se mantenía impávida, pero, daba la sensación que sucumbiría a la mínima.

No creí que el inspector fuese alguien tan mezquino como para llevarnos al depósito de cadáveres, pero así fue. Como cualquier sala de depósito, estaba fría y pensé que Avril estaría al borde del colapso.

—Poneros cómodos—nos señaló el inspector unas sillas como si se tratase de un salón.

Le miré con aversión, ofreciendo una silla a Avril, viendo como se acercaba a una camilla y quitaba la sabana que cubría el cuerpo.

—Lo encontramos hace unas cuatro horas en el Witch Oak. Tengo la sensación que le conocíais, ¿no es así, chicos?

La visión de aquel cadáver mutilado—una masa heterogénea de músculos y alguna víscera—no fue lo que más me revolvió el estómago. Seguramente, durante la carrera vería cosas igual de espeluznantes. Aún llevaba el reloj—un carísimo rolex—en su muñeca. Ahora sería yo el que cedería al pánico. Yo ya había visto esa imagen antes. Había tenido el privilegio de saber que ocurriría y no lo había podido evitar.

Y en aquel instante, me encontraba identificando el cadáver de Royce Prince.

Estaba más que convencido que Avril estaba entrando en shock ante la espantosa visión. Había enmudecido y quedado completamente rígida en la silla, sin mover un músculo, con sus ojos fijos en la camilla, apenas respirando, aunque apretando con casi violencia mi mano.

Del horror pasé a la furia casi de inmediato y la volqué contra el detective Stevenson.

— ¿A que demonios está jugando, detective?—Le desafié. —No debo interferir en su trabajo pero no es muy ético el presionarnos con la visión de un cadáver.

Enarcó una ceja, indolente, como si aquel quebrantamiento de la ley para presionar fuese un juego de niños.

—Entonces le ha reconocido, ¿verdad?

Asentí tras un breve silencio. Mejor acabar con aquella pantomima y empezar a colaborar.

—Creo que se trata de Royce Prince.

Asintió y empezó a sacar papeles.

—He empezado a hacer mi trabajo y he descubierto que antes de ayer hubo una denuncia por intento de agresión sexual. Leyendo el informe, descubro que el denunciado es el difunto señor Prince y quienes presentan la denuncia son el señor Newman y la señorita Summers, ¿me equivoco en algo?

—No, es todo correcto.

—Bien—continuó mientras leía unas notas que tenía. —Espero que coincidáis conmigo, chicos, en que es demasiada casualidad que haya habido una denuncia por intento de violación a la señorita Summers y luego aparezca el cadáver del supuesto violador. Y tengo entendido que esa misma noche, usted, como relata en el informe de la denuncia, tuvo un altercado con el señor Royce…

—Fue para defender a la señorita Summers, espero que lo comprenda así—le expliqué algo más nervioso. Algo me decía que las cosas se estaban empezando a torcer.

Me dedicó una falsa sonrisa amistosa.

—Claro que lo entiendo. E incluso es más que comprensible que en ese altercado hubiese hechos mayores. Podría alegar que fue legítima defensa; los peores crímenes se han producido por esas causas. Tal vez, fue una reacción desmesurada, pero completamente legitima. Yo tengo una hija de diecisiete años y si algún hijo de perra, como el señor Prince, la hiciese lo que intentó él con usted, señorita Summers, le hubiese matado sin la más mínima duda.

Ante la velada amenaza de acusación de asesinato, Avril salió de su estado catatónico y movió la cabeza aterrorizada.

—No fue Hayden…—me defendió con un hilo de voz. —Royce…estaba vivo cuando nos fuimos. No lo hizo…no…

Stevenson levantó las manos como si aquello se tejiese solo y estuviese a punto de una confesión, tanteando quien de los dos se derrumbaría antes y se inventase un crimen que no sucedió.

—Es tan natural que usted quiera ayudar a la persona que la salvó, señorita Summers. El señor Newman es un héroe y el señor Prince un desgraciado violador, pero el asesinato es un crimen…

— ¡Ey!—Le interrumpí dando un golpe en la mesa. — ¡No vaya por ahí! Está acusándonos sin pruebas.

Pidió perdón a Avril, ignorándome por completo y volvió a reformular su argumento:

—Sólo quiero que me conteste a una cuestión, ¿perdió los estribos el señor Newman en el altercado con el señor Prince?

A regañadientes, Avril tuvo que asentir.

—Y—continuó—, ¿el altercado fue de tal naturaleza violenta que creyó que el señor Newman pudiese llegar a matar al señor Prince?...

Mantener la mente fría y no dejarme asustar por un matón con chapa de policía. Pero era muy difícil de realizar.

Tenía que admitir ante mí mismo que sí lo hubiese matado y Avril lo había comprobado y evitado que así sucediese. El inspector se iba acercando a un terreno muy peligroso para ambos. Además, los gestos y los tics de aquel inspector me decían que se trataba de una persona despótica que le gustaba poder humillar a los que tenía por debajo, y en este momento, estaba disfrutando a nuestra costa.

Era el momento de detener a Avril.

—No sigas con esto, Avril—la exigí. Luego me dirigí hacia él, muy enfadado: —Por lo que a mí respecta, este interrogatorio ha terminado. Ninguno de los dos diremos nada sin la presencia de un abogado.

—Señor Newman—puso un tono de inocencia completa. —No se necesita un abogado por una simple charla informal. Si no ha pasado nada, ¿por qué se siente aludido? Pero si desea contar algo más incriminatorio, quizás sí vaya siendo hora de avisarle…

No pudo continuar ya que un policía de a pie había entrado bruscamente en la sala y se encontraba jadeante y nervioso. Aquello descolocó al detective, que creía que iba a dar el golpe maestro con nuestra "confesión", y le puso fuera de sus casillas.

—Le juro, agente Johnson, que si vuelve a interrumpirme le degradaré hasta verle dirigir el tráfico—le amenazó.

—Señor, lo siento, pero creí que esto era importante. Es sobre el asunto de los Prince—informó. —Hay nuevos datos que pueden cambiar el transcurso del caso y…

Se vio interrumpido por el paso de una tercera persona.

Avril y yo abrimos la boca de asombro. Ante nuestros ojos, un doctor Cullen, caminando deprisa y ondulando su elegante abrigo de cuero negro, hacía su espectacular aparición.

—Lo que el agente Johnson quería decirle es que mi hija, Alice Cullen, está declarando que fue testigo de la pelea entre el señor Prince y el señor Newman y, cuando se marcharon del bosque, el señor Prince seguía vivo—soltó sentándose con tranquilidad en una silla, pero fijando sus ojos desafiantes en el detective Stevenson que perdió parte del aplomo que había ganado con nosotros. Con calma, me miró a mí y me mencionó: —El señor Newman no citó como testigo a mi hija por no causarle molestias. Creyó que con su testimonio, la denuncia de intento de violación a la señorita Summers, quien yo mismo atendí y di un parte de lesiones, bastaría para la acusación. Por supuesto, el asesinato del señor Prince ha sido una fatídica casualidad, ¿no es así, señor Newman?

—Efectivamente—reafirmé su trola.

Nunca había visto a nadie que mintiera tan bien como mi profesor de hematología en aquel instante, pero por alguna razón desconocida para mí, estaba mostrando su cara buena, y estaba sacándonos de un buen lio. Avril advirtió mi gesto y nos dio la razón a los dos sin la más mínima duda.

Y desde luego, el doctor Cullen era formidable. En los diez segundos que llevaba había desmontado una acusación casi segura.

Lo único que pudo hacer el inspector fue titubear con la poca dignidad que le quedaba:

— ¿Y usted es?

El doctor Cullen se mostró muy afectado.

— ¡Oh, perdone mis modales! Soy el doctor Cullen y el médico forense que ha levantado el cadáver ha pedido mi ayuda con este caso. No es la primera vez que lo he visto y puedo llegar a esclarecer algunos puntos. Lo que no esperaba es dirigirme a la sala de autopsias y encontrar que usted, abusando de su placa, ha amenazado a unos chicos y, lo peor para mí, manipulado unas pruebas que pueden ser cruciales. Eso puede costarle su dimisión. Si el señor Newman, después de esto, no presenta una queja formal contra usted, lo haré yo por manipulación indebida de pruebas… ¿Qué es eso de no llevar guantes cuando se toca un cadáver?—Le regañó paternalmente. —Eso es un error imperdonable para alguien que lleva tanto tiempo como usted en el cuerpo de policía.

Le hubiese abrazado allí mismo si no recordase su comportamiento ambiguo conmigo. Primero, me ignoraba en clase, y en ese momento, había dejado todo por venir a salvarme. ¿A que estaba jugando el doctor? En cuanto al detective Stevenson, lo había rebajado al nivel de una sombra. Logró acongojarle de tal manera que éste se convirtió en una sumisa marioneta en sus manos. Incapaz de decir nada, dejó que el doctor Cullen empezase su trabajo.

Se levantó rápidamente dirigiéndose a la mesa del cadáver, sin olvidarse de ponerse los guantes.

—Bien—hizo un examen a simple vista—, leyendo el primer informe forense y antes de las pruebas definitivas, que mi colega y superior hará, he llegado a dos conclusiones. Las dos exculpan al señor Newman de tal horrible crimen.

— ¿Cuáles son?

—La primera; la victima murió completamente desangrada y, por lo tanto, se ha producido mayor grado de rigor mortis que puede llevarnos a engaños a la hora de la muerte.

— ¿Qué quiere decir, doctor Cullen?—Inquirió realmente interesado.

—Refrésqueme la memoria—pidió. — ¿Cuándo se encontró el cadáver?

—Casi cuatro horas—informó.

—El señor Prince lleva muerto unas seis horas.

Abrí los ojos debido a la sorpresa. Era muy poco tiempo. ¿Qué había estado haciendo el resto del tiempo en el bosque?

Seguí escuchando el informe del doctor Cullen esperando que resolviese mis dudas.

—Según tengo entendido, el señor Newman, que quiere sacar una buena nota en todas las asignaturas y no falta a una sola clase, tenía practicas de medicina de urgencia en el hospital universitario. Eso está a más de diez kilómetros del lugar donde se encontró el cadáver. Seguramente, algún compañero le dirá que él estaba en las prácticas. Pero la segunda hipótesis es la que descarta al señor Newman de toda sospecha.

— ¿Y esa es?

—Las lesiones son de tal grado de gravedad, agudeza y profundidad que no han podido ser producidas por ningún ser humano.

Sus palabras eran firmes y consistentes; sus ojos se oscurecían de manera poco concordante con sus palabras. Estaba mintiendo.

Tras un sepulcral silencio, el detective Stevenson se atrevió a preguntar:

— ¿Está diciendo que el causante de tal atroz acto ha sido una alimaña salvaje? ¿Un animal?

El silencio del doctor Cullen fue más significativo que cualquier respuesta. Estaba jugando con el detective, llevándole a la conclusión que él quería que éste sacase y desviarle del caso. Se trataba de una interpretación intencionadamente errónea. No estaba mintiendo, estaba ocultando algo o a alguien.

—Por supuesto, tendré que hacer un examen profundo y esperar el informe del forense principal—concluyó para quedar como un autentico profesional.

.

.

.

Avril vomitó con violencia mientras Nika le sujetaba el cabello y la consolaba levemente.

Se había comportado demasiado bien durante todo aquel suplicio, y admitía que me hubiera pasado igual si no estuviese convencido de no desfallecer para ser más fuerte por ella. Pero había llegado a mi límite de simulación y necesitaba la ayuda de Nika para aquel momento de ruptura de cuerda.

Ella, amable y solicita, había acudido a echarnos un cable sin preguntar siquiera. Era demasiado precavida como para tantear que no era el mejor momento para hacerlo. Por eso la había preferido a Jim.

En aquel instante, me encontraba apoyando todo mi peso en la espalda en el marco de la puerta de servicio de señoras.

Una de las secretarias de comisaria, que había entrado a lavarse las manos, me miró fulminante indicando que me había equivocado de servicio, mas al ver a una demacrada Avril sentada en suelo agarrándose a la taza del water, me dedicó una sonrisa de disculpa. Pensaría que estaba ayudando a mi desencajada novia.

—Creo que el detective no se ha andado por las ramas a la hora del interrogatorio—dijo por fin. —No sabía que podía violar el secreto de sumario con tal de presionar un interrogatorio. Además, no ha sacado nada en claro. Tan sólo erais los testigos de una desaparición en una fiesta y acabado tan fatídicamente.

—Se ha comportado como un autentico cabrón—contesté. —No te preocupes, al final ha recibido de su propia medicina. Os interrogarán a los demás; en realidad a todos los que estuviesen en la fiesta, o a los que puedan asegurarlo al cien por cien.

No tenía fuerzas para forzar una sonrisa en mis labios y recordar como el detective Stevenson, después de dejar la sala de autopsias al doctor Cullen, nos había pedido una lista de todos invitados a la fiesta de Halloween con la misma amabilidad que un vendedor de golosinas con un niño. Hasta en ese momento, Lydia había estado fastidiando. Sería imposible cuantificar cuanta gente había habido realmente gracias a su estúpido ego de hacer una fiesta por todo lo grande. Pero lo mínimo que podía hacer era entregar la lista original y luego que se las apañase el mismo.

—El señor Prince se trataba de un hijo de alguien muy importante de Chicago y me están presionando por todos lados para que saque algo en claro—se había excusado con nosotros. Podía haber exigido que lo empapelasen por incompetente, pero seguramente, los padres de Royce lo presionarían tanto que me daba hasta lastima por él. Se encogió de hombros. —Pero si el doctor Cullen está en lo cierto, creo que mi trabajo se acaba aquí. Por mucho dinero que tengan los Prince no pueden cambiar el hecho que su hijo hubiese sido tan tonto como para adentrarse en un bosque peligroso y ser comido por una alimaña. Pero yo no puedo meter entre rejas a un animal salvaje.

No me esperaba que hubiese captado el doble sentido de las palabras—o del silencio—del doctor Cullen respecto al posible asesino de Royce. Se había tragado lo del animal como si se tratase de las patatas con el perrito caliente.

El doctor se había pasado de listo y había pillado su error, aunque se saldría con la suya porque no lograba captar donde estaba la contradicción. Muy hábil.

—Yo estuve en ese bosque—susurró Avril una vez se hubo recuperado. —…Estuve allí y no había ningún animal salvaje…

En parte me tranquilizaron sus palabras. No había sido el único que había notado la incongruencia del doctor.

—No puedes saberlo, cariño—la susurró Nika. —Los animales salvajes son muy hábiles para ocultarse y tal vez, sólo estuviesen esperando su victima más propicia.

Avril negó mientras bebía agua para quitarse el sabor ácido del vomito.

—Nika, cuando vives una experiencia cercana al terror, se abren tus sentidos y percibes todo, incluso de manera exagerada. Por eso te digo que no había animales salvajes. No los percibí en ningún momento. Y además, ¿qué victima más propicia que yo misma? Estaba desvanecida. Era el blanco más fácil…Y ese cadáver…Los animales no son tan crueles.

Avril también era muy perceptiva. A su manera.

Intenté bromear con ella para que no pensase demasiado. Este asunto estaba demasiado turbio y no quería saber hasta cuanto. Mejor sacarlo de la mente cuanto antes.

—Nika, las palabras del doctor Cullen fueron exactamente que no había podido ser un ser humano—dije categóricamente. —Así que empieza a buscar desde un animal hasta… un ente…

Avril se rió tenuemente, pero me gustó oír el tintineo de su voz al hacerlo. Sin embargo Nika, me miró con expresión adusta como si no le gustase demasiado que me metiera en los asuntos "sobrenaturales".

—Me gustaría ver la cara del detective cuando le digas que tienen que acudir a los agentes Mulder y Scully para buscar un licántropo—bromeó Avril.

—Será mejor que lo explique el doctor Cullen. Le dará un toque más solemne al asunto. Sobre todo cuando el FBI tenga que hacer un presupuesto especial para estacas—añadí a la broma.

— ¡Hombre ignorante de las criaturas sobrenaturales!—Me regañó. —Los licántropos se matan con balas de plata en el corazón. Los has confundido con los vampiros.

—Ésos también están en la lista de sospechosos.

Nos reímos un buen rato hasta que Nika nos advirtió que era hora de volver a casa. Seriamente, Avril reparó en ella.

—Sé que no deja de ser casualidad, pero aún no puedo creer que Nika predijese la muerte de Royce y ocurriese. Pensé que era un susto macabro para Halloween—susurró ésta.

Agaché la cabeza para no traicionarme. Nika no había sido la única en predecirlo—incluso lo había visto de forma más exacta—pero debía mantenerse como un secreto. No sólo por una secreta lealtad hacia aquella chica; yo también tendría que explicar demasiadas cosas que no sonaban en absoluto coherentes.

—Las cosas nunca ocurren por casualidad—sentenció Nika de forma vehemente.

Me quedé helado por la forma tan impersonal en que lo dijo. Quizás fuese un reflejo de mi propia culpabilidad. Había deseado, por un mísero minuto, ver muerto a Royce, o peor, matarle yo mismo. Y ahora, el resultado era desolador. No por la estima, si no por pensar que yo hubiera tenido todas las razones para llevar las esposas.

Finalmente, ayudó a Avril a caminar y empezar a salir de aquel lugar.

Le hice jurar que aquella noche se quedase en casa de Avril y me aseguró que así sería.

— ¡Hum!—Frunció el ceño al oír extraños ruidos en el exterior. —Creo que ya han empezado a agolparse en la puerta.

¡Malditos buitres carroñeros de la miseria humana! Me lo debí imaginar.

—Ignóralos—le pedí. Después me volví hacia Avril. Me hubiese gustado darle un beso en la frente, sintiendo mis fríos labios sobre su aparente cálida piel. Me tuve que conformar con estrechar mis dedos con los suyos: —Descansa.

Ella estiró los labios para dibujar una sonrisa y examinó con detenimiento mis ojeras.

—Deberías cundir con el ejemplo—me dedicó como despedida.

Tardé algo más en decidir salir. Estaba increíblemente extenuado y me costaba hasta el pensar como dar mis pasos.

Al pasar de refilón por las salas centrales, vi al doctor Cullen y a mi extraña nueva amiga—Alice, creía que ella me había dicho que se llamaba Alice—sentados sin mover un músculo, aparentemente, callados.

Eso era lo que parecía a simple vista, pero me pareció percibir un leve, pero rapidísimo movimiento en los labios de ambos. Las micro expresiones de la nerviosa Alice eran de contrariedad y resignación, como si estuviese recibiendo una buena bronca. Y, entre el bisbeo que se distinguían algunas palabras, sí noté al doctor Cullen, alterado como mínimo.

—No va bien, Alice—expuso nervioso.

—Ha sido un error de cálculo…

— ¿Un error de cálculo?—Inquirió desagradablemente sarcástico. —Llevas cometiendo errores de cálculo desde que te dedicas a perseguir cuentos de hadas…Y mientras, se nos duplican los problemas. Ahora ya no es uno, se trata de dos. Y está muy inestable.

—Es sólo el primer año y aún no he visto que vuelva a repetirlo…

—Cada vez que dices que no va a suceder nada, tengo un cadáver en la mesa de autopsias y muchas huellas que borrar. —Tamborileó la mesa enérgicamente. —Y todo llega a su límite. No voy a desviar siempre a la policía. Acabarán por sospechar y eso llevará represalias. No quiero a Aro ni a ninguno de sus esbirros acercándose por aquí. Hay que acabar con esto ya.

—Lo sé…

No quise oír más, por lo que, pasé lo más rápido que me alcanzaban las piernas, agachando la cabeza para no mostrar cualquier expresión de haber escuchado algo que no debería.

No tenía ni idea de por qué no iba al inspector y contaba de inmediato toda la conversación que había oído. Lo del animal era una patraña. Estaba claro que estaban ocultando a alguien.

Y si era así, ¿por qué no les acusaba? Era un delito mentir tan descaradamente a la policía y éticamente reprobable dejar a unos padres sin conocer la verdad de lo sucedido a su hijo.

Me vino a la mente cada uno de los sentimientos hacia el doctor Cullen.

Me fastidiaba su vacilación hacia mí. Me ignoraba en clase y luego, era capaz de sacarme de un buen problema, mintiendo por mí… ¡Bueno!, en realidad, no sabía por qué, pero me había salvado y no me sentía capaz de hacerle esa faena.

Por no hablar de Alice.

Ella me había ayudado a encontrar a Avril y salvarla.

Por no hablar de mí mismo. ¿Cómo quedaría si dijese que una lunática metía imágenes en mi mente y que luego éstas se cumplían? Todo sonaría demasiado sospechoso para salir inocentemente.

De buenas a malas, ya estaba dentro de un secreto, que no comprendía su verdadero alcance, y no podía traicionar a nadie sin hacerlo a mí mismo.

Mientras salía a la calle, y el primer flash de una cámara impactaba en mis ojos, la voz de Alice se filtraba en mi cabeza como si resumiese a la perfección la conclusión a la que había llegado.

"Hay secretos tan oscuros que deben permanecer en el interior de la mente".

Y mientras conservase la cordura, así permanecería.

.

.

.

Al llegar a casa, esperaba encontrarme un lugar tranquilo para poder descansar. Pero estaba destinado a que eso no ocurriese y me encontré con un grupo de amigas de Lydia, sin lograr localizar a ésta, sollozando delante del televisor.

Jim se encontraba en medio con mirada adusta y respirando pausadamente.

Oí al padre de Royce, manteniendo el tipo, declarando ante los medios:

"Estoy dispuesto a pagar hasta un millón de dólares por alguna pista que lleve a aclarar la muerte de nuestro amado hijo". Declaró con firmeza y enfado. "Si la policía no puede solucionarlo, apelo al sentido ciudadano para ello…

Me encogí de hombros, indiferente.

Al parecer, al señor Prince no le gustaba la explicación oficial del animal. ¿Qué se le iba a hacer? Es lo que había.

Al ver el rosto descompuesto de la señora Prince, me consolé pensando que había hecho bien en retirar la acusación de intento de violación. No porque Royce mereciese que limpiasen su nombre, sus padres se habían encargado de soltar un buen puñado de dólares en ello cada vez que su querido niño hacía de las suyas; sencillamente, no quería que la prensa sensacionalista sacase más mierda sobre personas que aún estábamos vivas. Royce estaba muerto, y, al contrario que Nika y Jim, no creía que las almas tuviesen el don de la palabra cada vez que se les daba sangre como decían en la Odisea.

Jim dejó de mirar la televisión para fijarse en mí. Su mirada me expresaba toda la desaprobación.

—Empiezo a pensar que eres tú quien ha salido del depósito de cadáveres. —Tuve que reírme levemente de su humor negro. — ¡Dios, tío, estás acabado!

—Aún no me han hecho la autopsia—continué la broma.

— ¡Oh, jolín, que asco!—Chilló July escandalizada, una de las incondicionales de Lydia. — ¿Cómo podéis hablar de cosas tan asquerosas cuando el pobre Royce le ha pasado lo que le ha pasado?

Jim se mordió la lengua como pudo.

—No hay que hablar mal de los muertos, no hay que hablar mal de los muertos…—murmuró entre dientes. —Y sobre todo, no hay que desear lo mismo para una cierta clase de vivos…

Luego, se dedicó a su tarea de regañarme. Si no lo hacía una vez al día no era feliz.

—Ahora, enserio, Hayden. Metete en la puñetera cama y no vayas mañana a clase. Descansa y dedícate un día para ti sólo.

Me negué a aceptar su proposición.

—Si me quedo en casa, todo se me echará encima y no dejaré de pensar—repuse. —Necesito hacer mi vida normal para recuperar el ritmo. Cuanto más distraído esté, menos tiempo tendré para pensar.

No me replicó en absoluto.

— ¿Qué demonios has estado haciendo hasta ahora en la comisaria?—Inquirió preocupado y curioso por todo el caso Prince. La verdad que iba a dar mucho que hablar: —En lugar de un interrogatorio, parece que te han sometido a un tercer grado.

—Ha sido algo largo—admití a medias. —Sabes que quieren tener todo bien atado antes de confirmar la hipótesis oficial. Llamarán a todos los que estuvimos en esa fiesta y harán una investigación oficial hasta que se cansen y darán la versión del animal salvaje.

Le oí resoplar como si no le acabase de gustarle la explicación. La gente era morbosa por naturaleza y le encantaba las teorías de la conspiración. La muerte causada por un animal del bosque no era suficiente para alentar la imaginación.

—Tío, no es que apreciase a Royce demasiado, pero creo que… ¡Joder!... No es como me imaginaba que acabaría…

—Y, ¿cómo imaginabas que acabaría?—Me encogí de hombros con impotencia. — ¿Puedes imaginar como muere alguien? Es realmente...grotesco, Jim.

—Es una muerte tan…absurda….

—Estaba un bosque y, por una terrible casualidad, había un animal. Se encontró en el peor momento y en el peor lugar. No hay más que pensar. —Me salía genial la mentira en la que estaba metido. Y me asustaba lo fácil que me resultaba mentir a mi mejor amigo. Eso era como poner un ladrillo más a un muro para alejarle más de mí y aislarme. No quería eso pero todos los pasos me llevaban a esa dirección. —Por favor, no quiero hablar más del tema.

—Tienes razón—admitió Jim arrepentido. —No es justo para ti.

Intentó apagar la televisión, pero otra de las amigas de Lydia—Ashley o Christina, ya no lo sabía—cogió el mando para que no se cambiase el canal.

— ¡Debemos rendir tributo al pobre Royce!—Nos regañó.

—Y apoyar a nuestra amiga Lydia—añadió Vanessa. —La pobre lo está pasando fatal con todo esto. Ahora sí tendrá razones para coger esa temporada en Hawai, porque lo de Royce es la gota que colma el vaso. No le bastaba con la ruptura y ahora…

— ¡Vanessa!—La regañó Madison. —Lydia aún no lo ha hecho oficial. Es más, creo que Hayden no lo sabe aún…—Me miró repentinamente y se tapó la boca. —Creo que eso no debería decirlo.

Me dolía demasiado el cuerpo para arquear una ceja por las palabras de aquella criatura estúpida.

Jim apoyó la espalda en el sofá refunfuñando y maldiciendo la necedad del género humano. Al parecer, estaba al tanto de lo que había hablado Lydia con sus amigas.

Decidí que ya era hora de afrontarlo todo y terminar con toda aquella farsa que había sido nuestras vidas durante meses.

— ¿Está Lydia en su cuarto?—Pregunté finalmente.

Jim meneó la cabeza para dar énfasis de la locura que iba a cometer.

—Esa estúpida no se da cuenta que no es el mejor momento para hablar de eso—refunfuñó.

—No, Jim—le contradije. —Creo que sí es el mejor momento para hablar de eso.

Lydia se encontraba tumbada boca abajo en su cama, sollozando violentamente. Me pareció que incrementaba el sonido cuando me acerqué a ella y la abracé para consolarla. Para tranquilizarla la di unas palmaditas en la espalda y la susurré pequeñas palabras de consuelo al oído.

— ¡Oh, Dios, Haydie! ¡No somos nadie! ¿Por qué todo se tiene que acabar? ¡Es horrible!...

—Lo sé—musité mecánicamente. —Royce… ¡Hum!...no debía haber muerto. —Era difícil hablar de él incluso en aquel instante. —Estabas muy unida a él…y, bueno, tiene que doler mucho…

Se apartó de mí y me miró confusa como si me tratase de un bicho verde con antenas.

— ¿Royce?—Torció el labio, ofendida. — ¿En que mundo vives, Haydie? Royce ya es el pasado. Está muerto y todo eso. Habrá que soportar un aburrido sermón sobre la brevedad de la vida y vestirse de negro… ¡Odio el negro! ¡Me hace parecer mayor!…Y por supuesto, las flores. Tienen que ser unas bonitas flores. Claro que él ya no las podrá apreciar, pero todo el mundo debe ser que somos personas esplendidas…

—No estás afectada por la muerte de Royce—dije lo más plano que pude.

Se trataba de Lydia y debía haber imaginado que eso de plantearse una vida después de la muerte…—la muerte ajena—…era un escalón muy alto para que su inteligencia emocional lo superase.

—No. Hayden, ¿cómo puedes estar pensando en otra cosa que no sea nosotros? Eres una persona que sólo piensas en ti. Por eso, entre tus muchos defectos, he decidido poner tierra de por medio. Al final, me voy a Hawai un año y quiero acabar con todo lo que me ata en Chicago. Y entre otras cosas, estás tú. —Se sorbió los mocos.

—Estás rompiendo conmigo—aclaré sin emoción en mi voz.

Asintió y luego echó un poco de teatro:

—No soy una insensible. Te he querido muchísimo. Y puede que aún te quiera. Pero no es lo mismo. No soy tu prioridad y estamos en mundo tan opuestos que ya no podemos coincidir. Y no me gusta, Haydie. Es mejor coger las mejores experiencias de nuestra relación y seguir por caminos separados. —Se mordió los nudillos. — ¡Oh, Dios! Hay que comunicárselo a la prensa y todo esos detalles engorrosos…Tendré que ponerme un maquillaje que no me haga parecer muy arreglada… ¡Se supone que he roto con mi novio y estoy destrozada! Pero esos fotógrafos son tan quisquillosos que me sacaran hasta el más mínimo fallo…

Paró su monologo cuando se dio cuenta que yo no había dicho ni una sola, ni para bien ni para mal, de su definitiva decisión.

— ¡Haydie!—Casqueó los dedos para llamar mi atención. —Espero algo por tu parte. ¡Jo, te estoy dejando! Por lo menos, podrías demostrar algún sentimiento por tu parte. Porque te duele que hayamos roto, ¿verdad? ¿No estarías pensando en dejarme tú a mí?

—Lo siento, Lydia—logré decir. —Aún estoy en shock.

Como ella sólo quería oírse a sí misma, no me molesté en explicarle que no se trataba por nuestra separación.

Mi antigua versión, la sarcástica y burlona, hubiera hecho un poco de teatro con frases cliché de no dejarme o pensárselo dos veces, sólo con el objetivo de burlarme de ella.

Pero estaba cansado, a su vez, también notaba que aquella cuerda tensa se había roto sin poder hacer un nudo donde recomponerla, y no había marcha atrás.

Después de mucho tiempo, me sentía…no exactamente feliz, pero sí con la libertad suficiente para poder encaminarme hacia ella.


Tarde, pero no me digais que no es el capitulo perfecto para Halloween. Es el número 13, hay muertes, misterio, vampiros borrando huellas, personajes mosqueados y a puertas de saber la verdad, y sobre todo, petarda fuera. Y mantengo mi promesa que NUNCA, NUNCA más Lydia volverá a salir en este fic. Le he dado el finiquito y ha servido para lo que ha servido. Así que despidamonos de Lydia.

Ey! Me lo he currado para conseguir esos 300 rrs y más, ¿verdad?

¿RR o truco? Happy Halloween