Hola, ¿cómo les va? Espero que muy bien. Y bueno, estoy de vuelta con un capítulo más de esta emocionante historia. Antes que nada quiero agradecer a KassaneT. ¡Ay! Me emocionan tus palabras; me da tanto gusto saber que disfrutas la lectura y bueno. No sé si sea bonito este y el próximo, pero sí te prometo hartas emociones. Infinitas gracias por leer y comentar.
Y también agradezco a Hitomi Shion Yo por sus aplausos a Ishiyan. Ok, no. Pero aguanta esas emociones, que aun hay mucho IshiMi para el rato. Muchas gracias por leer y comentar.
Yowapeda no me pertenece si no a Watanabe-sensei.
Disfruten su lectura.
12
Un lugar al que volver
1ra parte
(Aquel que espera, 1ra parte)
—¿Ishigaki-kun?
Noriko miró hacia el mismo punto en que miraba su hijo y por un momento pensó que se trataba del niño con el habían conversado hacia algunos días. Pero en ese punto no había nadie. Sólo la puerta cerrada. Miró de nuevo a su hijo que estaba tan extrañado como ella. Lo llamó suavemente y el chico parpadeó desorientado.
—¿Qué pasa? —insistió Noriko.
Akira negó suavemente. Por unos segundos creyó ver a quien decía ser su capitán, pero eso era imposible, Ishigaki de 18 años no estaba ahí; y de todas maneras, ¿por qué habría de ser él? De todos los zakus, ¿por qué precisamente Ishigaki?
—No es nada—murmuró para tratar de calma a su madre—. No me pongas mucha atención.
—¿Cómo no lo voy hacer? Eres mi hijo, Akira —lo regañó con voz cantarina. Tomó una de las enormes manos del chico entre la suyas, y sonrió—. No importa que tengas 16 años, para mí eres mi bebé. Siempre voy a ser tu madre.
—¡Mamá!
Noriko rió divertida por la reacción avergonzada del chico y pronto su risa la contagió a su hijo y ambos estuvieron riendo. La relación entre madre e hijo había mejorado, no es que antes fuera mala, pero Noriko podía palpar el resentimiento de Akira y lo entendía a la perfección, no se lo reprochaba. Pero desde que le informó que se sometería a la operación, Akira estaba mucho más accesible con ella y conversaba un poco más. O, a veces pensaba, también podía ser por la aparición fugaz de ese niño, Ishigaki Koutarou. Y vaya que Noriko se divertía picando a su hijo. Le resultaba adorable ver como se avergonzaba y fastidiaba cada que le preguntaba acerca de ese senpai en particular. Cual fuera la causa del cambio de humor, Noriko lo agradecía. Prefería mil veces a ese Akira, que al huraño que conoció unas semanas atrás.
Unas semanas.
Natsuki, le dijo que el cambio se daría en su momento, pero ya había transcurrido un par de semanas. Sabía que su Akira de 10 años estaba en buenas manos. "Al menos mucho mejores que las de aquí", llegó a pensar tras varios días sin saber noticias de su hermana; y ella se hacía cargo del chico de 16 años. Pero creía que iba siendo hora de que ambos chicos volvieran a sus respectivos tiempos. Ambos debían seguir con sus vidas y, quizá, olvidar aquel extraño pasaje. Un par de golpes en la puerta los alertó, pero pronto apareció su enfermera-bruja de cabecera.
—Buenos días familia Midousuji —los saludó de forma alegre—. Midousuji-san, ya sabe, los exámenes de rutina. Lo siento.
En los últimos días los exámenes se habían hecho aun más comunes en la vida de Noriko. La operación era una realidad. Pero al ser un procedimiento muy nuevo, debían asegurarse que todo anduviera en orden con la paciente. Era un poco estresante y la probabilidad no había cambiado. 50/50. Pero Noriko no se arrepentía, seguiría hasta el final.
Por su parte, Akira se ponía de pie, dispuesto a marcharse por un par de horas. Él también terminó por acostumbrarse a ese nuevo factor en la rutina. Su madre se disculpaba por la interrupción; siempre en voz baja pero con una suave sonrisa en su rostro, y el chico se limitaba a verla fijo, sin revelar pizca de emoción en su semblante. Sin embargo, terminaba por apretar levemente uno de los delgados y huesudos hombros de su madre. Y Noriko era feliz con eso. Era un tierno gesto de apoyo y tranquilidad para ella. ¡Y era tan Akira!
—Ve con cuidado.
Madre e hijo se dirigieron unas miradas antes de que el chico condujera sus pasos desgarbados fuera de la habitación.
—Akira-kun ha cambiado en estos días —comentó Ntasuki ganándose una risita por parte de Noriko.
—Lo sé, creo que en el fondo esta experiencia lo está beneficiando, y espero que cuando vuelva a su tiempo las cosas mejoren para él —miró hacia la ventana, fuera el cielo estaba despejado y el sol se le antojaba delicioso para enfundarse en un vestido ligero y salir a pasear por ahí. Quizá...—. Todo mejorara.
Tras unos minutos, que le resultaron tediosos, y tras volver a su habitación, Noriko agradeció que Natsuki la dejara sola. No había otra cosa que le apeteciera más que echarse en la cama y descansar. No era gran cosa, no se agotaba en realidad. Sólo quería unos momentos para ella misma. Su iris violeta se fijó en el techo de su habitación, mientras su mente reparaba en los detalles de su situación: su corazón seguía enfermo y, sin embargo, hacía un par de semanas que el agotamiento que la invadía no era el mismo. Había algo distinto. ¿Qué? Cuando quedaba sola en su habitación, cuando Akira salía, a veces dormía a veces no. Era como las primeras semanas en que se hizo consciente de su enfermedad, y ésta no había mejorado. Pero tampoco había empeorado tanto. ¿Entonces? ¿Era por Akira? ¿Por la inusual energía que desprendía ese joven de 16 años? O, ¿por qué le dio un nuevo motivo para seguir luchando? Cual fuera la razón, lo cierto era que se sentía mejor. Más ligera.
Sus pensamientos se interrumpieron cuando escuchó un ruido. Movió solamente los ojos, como si el resto de su cuerpo estuviera paralizado y no pudiera siquiera mover el cuello. ¿Akira habría vuelto? Su limitado campo de visión la obligó a medio incorporarse de lecho con cierta pereza, pero con una enorme sonrisa en el rostro por si ese ruido se trataba de su hijo.
—Pensé que volverías más tarde —comentó mientras dirigía su mirada hacia la puerta, pero grande fue su sorpresa al ver a su hijo de 10 años. El niño lucía desorientado e iba enfundado en un pijama que le venía grande. Temblaba y se abrazaba a un pequeño pato de hule. Sus ojos se movían nerviosos y en algún momento toparon con ella.
—¿Mamá?
Su vocecita nerviosa delataba que pensaba que aquello se trataba de una ilusión. Noriko apartó aprisa las mantas que cubrían su marchito cuerpo, sentía un nudo en la garganta que entrelazaba directamente con el picor cálido en sus violetas ojos, y que sus manos temblaban, pese a que las sacudía en un intento de calmarse, pero era inútil. Sus emociones estaban a flor de piel.
—Akira, mi pequeño —lo llamó al tiempo que extendía los brazos, en una invitación a que se acercara.
Aquel simple gesto causó una lagrimas en el niño, quien sin dudarlo más, corrió a refugiarse a los brazos de su madre. Noriko lo acunó en sus brazos mientras llenaba esa carita de besos que uno a uno dejaban ver la angustia por no verlo en días, por saber si estaría bien. Y Akira, con el rostro enterrado en el cálido pecho de su madre, comenzó a llorar. Había sentido tanto miedo de volver a verla. Miedo de la idea de que su mamá podría... Pero ahí estaba. Tan delgada y bonita como la dejó.
—Ya, ya Akira. Mamá está aquí —su voz salió con dificultad, sus lágrimas parecían haberse evaporado, conmovidas por las del niño—. Mamá siempre va a cuidar de ti,
Sintió como si aquella escena la hubiera vivido antes. Un temblor violento sacudió el pequeño cuerpo en sus brazos, mientras su seno opacaba los gritos del niño. Esperó paciente como sólo una madre podía serlo. Y esperó y esperó, hasta que parte del dolor fue curado.
Natsuki apareció unos minutos después, al principio se sobresaltó con la escena , pero en seguida sonrió con ternura. Noriko acariciaba el rostro durmiente de su hijo, como si este fuera un bebé y no un lindo muchachito de 10 años.
—Ha vuelto —comentó a la madre lo obvio y, tras sus palabras, notó algo de tristeza en el rostro de la paciente—. ¿Qué ocurre, Midousuji-san?
—Soy feliz, mi bebé ha regresado, pero...— su voz se ahogó mientras unas lagrimas escapaban de sus vistosos ojos—. No pude despedirme del otro Akira...
La enfermera suspiró mientras se acercaba con calma hasta ella.
—Akira-kun entenderá. Esto no era para siempre. Las cosas le irán mejor, confíe en él-
—Lo sé. Y de verdad espero que así sea. Que todo le vaya bien y que sea muy feliz.
—Lo será.
—Tiene razón, Akira se encargara de eso.
n-n-n-n
Midousuji sacudió la cabeza en un intento de apartar el repentino mareo que lo atacó. ¿Qué pasaba? No es como si se estuviera saltando comidas (su madre no se lo permitía. Es más, estaba casi seguro que había aumentado de peso); tampoco era que no estuviera durmiendo bien (bueno, ese punto se podía discutir. No es que las sillas de la sala de emergencias fueran el lugar más plácido para dormir, pero al menos dormía. O algo así). Quizá era el estrés...¿de qué? Quizá por estar estancado ahí más tiempo del que le gustaría. (Y que quedará claro que no era porque no quisiera ver a su madre, si no más bien, no creía que fuera sano para él enfrascarse en una rutina que no era la suya. ¿Qué haría cuando volviera a su tiempo? Hasta la pregunta era tonta, seguiría como hasta ahora. Solo. Haciendo lo suyo, y viviendo del tierno y fantasmal recuerdo de Midousuji Noriko).
Aparcó su bicicleta en el mismo sitio que solía hacer, dentro de los terrenos del hospital. Tomó la bolsa con el pan que compró en el negocio favorito de su madre. Dejó pasar un par de horas desde que salió del hospital; sabía que los exámenes no eran tardados, pero quería darle algo de margen a su madre para que descansara, que bastante falta le hacía. Además, él tampoco tenía mucho por hacer fuera del hospital. Por lo general tomaba su De Rosa y vagaba por las calles de ese Kyoto de antaño, que no era tan distinto del Kyoto de su adolescencia. Y otras veces se refugiaba en uno de esos ciber cafés que, por unos cuantos yenes, le daban derecho a usar las duchas. Y ya que había pagado, usaba la computadora, pero le resultaba aburrido navegar por los sitios obsoletos para su costumbre. Mil veces, prefería pasar el rato con Noriko.
Anduvo con paso calmo y desgarbado hasta la habitación y al estar a poca distancia del lugar, pudo percibir que la puerta estaba entre abierta. Le llegó la voz de su madre y de Natsuki, la curandera. No captaba muy bien qué decía, sus voces se interrumpían a momentos por sus risas, pero por el tono celebraban algo. ¿Los estudios pre operatorios iban viento en popa? Posiblemente. Tocó un par de veces, para no irrumpir de pronto, las risas callaron y su madre dio el paso. Lo siguiente fue demasiado rápido para Akira. No bien, su figura se dejó ver, algo cambio en el ambiente hasta entonces festivo, ¿por qué? "¡No vean!" ordenó Natsuki al tiempo, de alguna manera, le cubría el rostro con una mano y lo empujaba fuera del estancia. Pero la mano de la mujer era tan pequeña, que los enormes ojos violetas del ciclista se movieron, buscando lo que estaba mal. Miró hacia la cama, hacia donde se suponía estaba su madre y lo pudo ver, aquello que estaba mal. En brazos de su madre, con el rostro oculto, estaba él mismo...
Fuera de la habitación Natsuki lo miró con verdadero terror y desconcierto, como si su presencia fuera irreal. "Se supone que debías volver a tu tiempo" la oyó murmurar, como si se tratara más de un rezo que de una frase dirigida a él. Lo miró de nuevo, de arriba, ha abajo. ¿Qué estaba pasando? Con el mismo tono apagado, le pidió que esperara un poco. Akira no tuvo tiempo de contestar cuando Natsuki entró de nuevo a la habitación. Escuchó un ligero ruido, pero eso no le importaba, ¡y menos en ese momento! Lo que había visto, era real, ¿cierto? Su yo de 10 años estaba de vuelta. ¿Verdad? Pero, entonces, ¿por qué seguía él ahí? Estaba demasiado ido que apenas reaccionó cuando la enfermera le dijo que podía entrar. Se movía, lo sabía, pero no sentía sus pasos. No sentía su cuerpo. Se sentía ingrávido. Y sólo se había sentido así cuando le dieron la noticia de la muerte de su madre. No distinguía entre una cosa y otra. Incluso la mampara que dividía la habitación y que ocultaba a su madre y al niño de su mirada, le parecía con un manto de seda. Ligero y casi inexistente. ¿Qué estaba pasando? Estiró una de sus huesudas manos hacia el velo, pero antes de que pudiera rozarla siquiera, la mano de Natsuki interrumpió su camino y con delicadeza la bajó.
—¿Era yo? ¿De 16 años? ¡Quiero verme!... ¿por qué no puedo?
—Akira, tranquilo... No, no insistas.
El ciclista miraba como hipnotizado la silueta del niño tratando de zafarse de los brazos de su madre para alcanzar la cortina. ¿Quién era ese niño? ¿De verdad era él? "No, yo soy yo...".
—¿Quieres verlo? —preguntó Ntasuki, y su voz sonó seductora. Como la de la serpiente que ofrece el fruto prohibido.
¿Quería verlo? ¿Quería verse?... ¿Qué estaba pasando?
—Recuerdo mi rostro... —su voz...¿esa era su voz? No sentía que alguien había entrado en su cuerpo y hablaba por él. El niño , al otro lado de la cortina, exclamaba feliz: "¿Esa es mi voz? ¡Quiero verme!". Y de nuevo empezó el forcejó entre madre e hijo. A Akira le pareció que estaba mirando un teatro de sombras, en el que un cazador pelea con una presa especialmente reticente—. No hagas que mamá se esfuerce.
Su murmulló consiguió que el niño dejara de forcejear. La enfermera soltó un suspiro y habló:
—No insistas, Akira-chan. No es para nada buena idea. Puede no ser muy agradable. Puede causarte una muy fuerte impresión —dicho esto puso una mano en uno de los brazos del ciclista, quien dio un respingo ante el toque. Y no sólo eso, era como si el mago hubiera terminado su truco y lo liberara de la hipnosis.
Parpadeó varias veces para tratar de aclarar su mente y ordenar los hechos. Su yo de 10 años estaba de vuelta, pero él seguía ahí, en resumidas cuentas. Para cuando quiso decir algo, notó que la enfermera y su madre ya estaba discutiendo el asunto. ¿Qué había pasado? ¿Akira de 16 años llevaba el brazalete?... Sí, ¿entonces?
—Denme un par de horas y les tendré una solución —dijo al fin la enfermera tras unos momentos de silencio. La voz del niño era lo único que rompía la aparente calma. "Quiero verme"—. Volveré más tarde, familia Midousuji.
Y antes de que alguno pudiera decir algo, salió aprisa, cerrando la puerta a sus espaldas.
—¡Kimo! —logró decir el ciclista tras la frustración—. ¿Qué demonios le pasa?
—Akira, recuerda que estamos en un hospital y que ella es una enfermera.
¿Era en serio? Akira pudo recordar que a veces la lista de prioridades de su madre era, por lo menos decir, abstracta.
—Pues si ejerciera la brujería con la misma dedicación que la enfermería...
Noriko rió de buena gana. Le encantaba el humor irónico de su hijo. Pero pronto el chillido de algo, un sonido como de un juguete de plástico, la interrumpió. Bajó la vista hacia el otro Akira, hacia el pequeño que la miraba con inocente devoción y que en silencio le preguntaba, lo que seguramente su otro hijo también hacía, ¿y ahora qué? Su otro hijo...eso sonaba extraño. ¡Ay! Y pensar que minutos antes se había estado lamentado por no poder despedirse del jovencito.
—Tranquilos —habló a ambos. Al instante pudo notar algo de movimiento en los costados de la cortina y pronto pudo ver la delgada mano de su hijo. Sabía que era su manera de pedirle lo mismo. Sonrió con ternura. Entrelazó sus dedos entre los largos de su hijo—. Ya encontraremos una solución. Todo estará bien, mis pequeños...
n-n-n-n
Deseo. ¿Qué es un deseo? Las personas viven deseando cosas, y pronunciando la palabra como si de un mantra o hechizo se tratase; como si sólo decirla trajera un cambio a sus vidas. Deseo, ¿qué es un deseo? ¿Un anhelo? ¿Una necesidad? Porque se puede desear poder tomar unas vacaciones, cuando la vida laboral es extenuante, ¿no? También se puede desear vivir viajando por el mundo, no atarse a ningún sitio y a nadie. ¿Verdad? Entonces, ¿un deseo es un anhelo y/o necesidad? Claro, eso debe ser porque, incluso, desear a una persona puede ser cualquier cara de la moneda. Sí, eso es un deseo.
Pero, oye, ¿dónde quedan los sueños? No, los sueños son un tópico aparte. Claro que no. Los sueños son un deseo disfrazado de utopía. Porque mientras tu cuerpo está en la oficina, cubriendo la extenuante jornada, tu mente está soñando con la playa paradisiaca a donde quieres huir. Porque mientras sigues una rutina aburrida y monótona, tu mente sueña con esas fronteras de otras tierras aguardando por ti. Y tener a una persona...a veces se queda en el plano de lo platónico. ¿No?
¡Venga, que me has arruinado el discurso!
Entonces, pues. ¿Qué es un deseo? ¿Un anhelo? ¿Una necesidad? ¿Un sueño? ¿Por qué son tan codiciados los deseos? ¿Por qué las personas gastan tiempo de su insignificante vida deseando que se les aparezca un ente mágico a concederles deseos? Vaya redundancia, humanos estúpidos. ¿Qué es un deseo? ¿Por qué a veces son buenos y a veces malos? ¿Por qué uno debe tener cuidado con ellos?
Deseo. Deseo. Desearía saber que es un deseo. ¿Qué es? ¿Un anhelo? ¿Una necesidad? ¿Un sueño? ¿Un inexistente? No. No. El anhelo y la necesidad son parecidos al deseo; es decir, son un querer. Una urgencia de algo, por así decir. ¿Y el sueño? Bueno, que a ti te gusta complicar todo. ¿Qué es un sueño, qué es un deseo? Ya te lo dije, un sueño es un deseo disfrazado de utopía. Depende de cada uno que se quede en lo más hondo del ser o traerlo a la realidad y convertirlo en el motor de sus hediondas vidas. El deseo es el querer, es ese sentimiento cuasi pasional por conseguir algo. Pero los sueños también son carburo para la vida de muchos. Claro, porque son tan tontos que temen pasar su zona de confort, temen arriesgarse a dar un paso para cumplir su sueño, para convertirlo en deseo. O bien, no se han dado cuenta. Les gusta tanto el espejo que distorsiona la realidad que no se han dado cuenta que están avanzando.
¿Qué es un sueño? Un grito en tu interior que clama por algo. Es el deseo de los débiles.
¿Qué es un deseo? Es un sueño que ha decidido crecer y avanzar. Es el sueño de los fuertes.
Y, ¿el deseo no puede crecer y cambiar? Claro. Por eso se debe tener cuidado con ellos. Porque si no cuidas y enderezas su crecimiento puede transformarse en obsesión cargada de avaricia y maldad. O, en menor medida, se impregnara de malos momentos para terceros. Pero si lo riegas y podas con amor y dedicación alcanzara su punto máximo como una realidad llena de satisfacción.
Deseo. El sueño de los fuertes.
Deseo. El querer de algo...la necesidad de algo.
Deseo. ¿Quién deseó esto?
Deseo. Si pudieras pedir un deseo, ¿qué pedirías?
n-n-n-n
—Algo no me cuadra —dijo Akira tras escuchar a la enfermera-bruja y su posible razón de porqué el hechizo falló—. Dice que ambas partes deben pedir el mismo deseo, ¿no? Pero nunca fue mi deseo venir aquí.
El silencio se hizo en la habitación, sólo interrumpido a momento por el gracioso graznido del patito de hule. A Akira de 10 años bien poco le importaba lo que estaba pasando, él estaba de vuelta en su tiempo a lado de mamá.
Noriko acarició la cabeza del pequeño, mientras su mirada estaba fija en la silueta del ciclista que se dibujaba en la cortinilla. Su hijo tenía razón, se lo dejó muy en claro a ella desde el primer día; además, si lo pensaba bien su deseo era ver crecer a Akira...no verlo crecido. Suspiró de forma cansada. Estaba lista para el estallido de kimo y zaku del chico. No necesitaba verlo, pero podía imaginar a la perfección su expresión de fastidio del chico.
—Más bien me refería al deseo de volver, pues. Tu madre deseó que Akira-chan volviera y seguro Akira-chan deseó volver, ¿entiendes? El deseo fue el mismo.
El ciclista apretó los dientes con fuerza. Sintió una leve punzada de dolor en uno de los incisivos superiores. Quedó sensible tras quebrarse. Pero ese no era momento para pensar en ello. Debía...debía...¿qué debía hacer? Si lo que esa bruja decía era cierto, estaba varado en ese tiempo ajeno a él sin posibilidad de regresar.
—No tengo a nadie que me esperé —murmuró sin emociones y sin reparar que los otros tres lo oyeron.
Bueno, ¿de qué se sorprendía? Quedó sólo en ese mundo desde que su madre murió y el resto de las personas que lo rodeaban le temían o preferían alejarse de él al encontrarlo repulsivo. Si en su tiempo lloraban por la ausencia de Midousuji Akira, sería por el niño, no por él. Era molesto. Tenía que volver. No quería seguir en ese tiempo que le daba una cruel ilusión donde su madre estaba viva. Quería volver...¿pero cómo? Apretó un puño. Estaba molesto y algo más. Algo en su pecho se movía y ascendía a su garganta en forma de nudo que le impedía tragar saliva o pronunciar aunque fuera un monosílabo. ¿Qué era? Era parecido a la vez que perdió una carrera. Aquella vez que cruzó la meta mirando la espalda de ese par de zaku de Hakogaku y Sohoku, y huyó a la tienda del equipo, arrojando su De Rosa a un lado y ocultándose en un rincón. No. Era parecido, pero era mucho más intenso. Era...¿frustración? ¿Decepción? No. No. Incluso ese algo que se movía se parecía al amarillo opaco de su vida...Nadie lo esperaba.
Por su lado, Noriko sintió claramente como su enfermo corazón daba un vuelco que bien conocía. Era el mismo que sintió cuando el hombre que le dio a Akira la dejó. Era un vuelco de dolor y de tristeza; de decepción y hasta de desespero. De verdad, ¿Akira no tenía a nadie esperando por él? ¿Por qué? Ella esperó meses por verlo, escucharlo, abrazarlo y darle todo su amor. ¿No había alguien que lo deseara con el mismo fervor? ¿Qué había de ese amable senpai que parecía cambiar la actitud de su hijo? "No te hagas ilusiones. Akira no debería estar aquí, entonces". ¿Por qué? Akira era un buen niño. Algo tosco en sus modos, pero bueno a fin de cuentas. ¿No era suficiente? No, porque nadie lo esperaba.
—Eso es mentira.
Madre e hijo dieron un respingo al oír esa vocecita. Noriko miró asombrada a su hijo pequeño sentado al otro extremo de la cama y con la vista fija en la mampara. Sus ojos violeta eran increíbles, irradiaban una determinación y seguridad que nunca había visto en él.
—Todos los onii-san del club de ciclismo están preocupados por ti. Ellos te están esperando.
El ciclista sintió un tic nervioso aquejarle el ojo. ¿Los zaku? ¡Vaya chiste! Ellos fueron los primeros en celebrar su ausencia. Y en todo caso, preferían lidiar con el niño que con él. No. Era imposible.
—Zaku. No sé con qué te habrán lavado el cerebro, pero ellos me odian. No digas tonterías.
—¡Mentira! Ellos están preocupados —repitió. Su silueta en la cortinilla le permitió al ciclista ver como bajaba de la cama y daba unos pasos decididos hacia él con toda la intención de encararlo o algo así. La cortina les impedía enfrentarse cara a cara—. Ellos te quieren, a su manera. ¡Me lo dijeron!
—¡Kimoi! Kimo, kimo, kimo.
Desde su lado del cuarto, el niño se encogió ligeramente en sí mismo. No podía verlo, pero con sólo oírlo le intimidaba. ¿Era esto a lo que se referían sus onii-san? No importaba, debía ser valiente.
—Pupupu —rió el Akira mayor—. Hace tanto que no me reía.
—No te rías —retó el niño, aferrado a su patito de hule.
—¿Por qué no? Si todo lo que me estás diciendo es tan gracioso. Pupupu, esos zaku me quieren. ¡Por favor!
—¡Es cierto! Creen que eres raro, un fastidio y malhablado, pero también creen que eres genial. Nobu onii-san no para de decir lo orgullos que está de ser tu mayor; Yama onii-san se preocupa por tu salud, pero teme que lo mates si te dice algo...
—Soy delgado natural.
—Lo sé...pero no entendió...¡Ah! También Ihara onii-san se sorprende de lo alto y fuerte que eres, ¡y eso que eres más pequeño que él!; Tsuji onii-san piensa que eres muy inteligente, aunque algo tosco con ellos...; ¡y Koutarou onii-san! Koutarou onii-san... cree que eres genial.
Akira mayor chascó la lengua con molestia al oír la sencilla frase con referencia a Ishigaki. ¿Sólo genial? Tanto lo molestaba como perro fiel y su mayor sólo pensaba en él como genial. ¿Y por qué le molestaba eso? "Es una bicicleta genial, onii-san, y tú también eres genial". Sus ojos se abrieron ligeramente de la sorpresa, ¿por qué recordó al zaku en versión de bolsillo? ¿Y por qué sintió otro algo llenar su pecho cuando oyó al mocoso llamar a Ishigaki por su nombre? Un momento, el niño le habló de todos sus mayores, ¡Por qué sólo le daba importancia al estúpido de Ishigaki?
—Estás mintiendo —dijo tras unos instantes de silencio.
—¡Qué no! —dio una patada en el piso en señal de desesperación y enojo—. Ellos...ellos se preocupan... —No, eso ya lo dijo y no entraba en esa cabezota dura—. Koutarou onii-san... tú a él...¡le gustas a Koutarou onii-san! Él es el que más desea que vuelvas porque te extraña. Le gustas mucho.
El silencio se instaló de nuevo tras esa confesión. El ciclista sentía sus mejillas arder y las palabras del niño martillear su mente. En algún momento el eco de la confesión activó el recuerdo del Ishigaki de 12 años. Su rostro sonriente y sus ojos castaños brillantes, pero carentes de una chispa que solía ver en los de su mayor. ¿Qué era eso? Más importante, ¿Ishigaki gustaba de él? Bueno, ese punto era discutible, porque su querido capitán lo seguía como un fiel perro que buscaba su atención y aprobación, como una estúpida chica que busca los mimos de su...novio... Abrió los ojos por la sorpresa. ¿Qué le gustaba a Ishigaki? Gustar, ¿en qué sentido? ¿Le gustaba como deportista? ¿Cómo oponente? ¿Cómo su menor? ¿Cómo le gustaba?
Se abofeteó mentalmente por sólo sopesar la posibilidad de gustarle al otro. Era imposible. Sólo eran crueles ilusiones que ese pobre y estúpido niño se creyó. Sí, era eso. Y la prueba era él mismo.
—Zaku —dijo con voz cantarina—. Si eso fuera cierto, ¿por qué sigo aquí? ¿No escuchaste? Alguien debe desear mi regreso. Pupupu, eres un zaku. ¿Cómo pudiste creer todo eso?
Esa observación caló hondo en el niño, quien empezó a negar a viva voy. Manoteó la cortina con intención de apartarla. A esto, Noriko, quien hasta entonces había estado escuchando muda de la impresión, reaccionó a apartar al pequeño.
—¡Cállate, no sabes nada! Eres un tonto. Ya me cansé de que estés aquí. ¡Vete!
—¡No deseé venir aquí! ¡Todo fue culpa de mamá!
Para cuando quiso corregirse era tarde, su cuerpo reaccionó a salir aprisa de la habitación. Escuchó la voz de su madre llamarlo, incluso la voz de Natsuki a la que había olvidado por completo. ¿Qué hacía? No era su estilo huir. Entonces. "No hago más que herirla", pensó amargamente. No quería seguir ahí. "Quiero volver, quiero volver". ¡Lo que daría porque las palabras del niño fueran ciertas! Que tenía un lugar al que volver. Que tenía a alguien esperando por él. "Quien sea...quiero volver...".
Entonces, ¿por qué no volvió? Ishiyan lo quiere de vuelta. ¿Qué pasó? ¿Y por qué sólo piensa en su adorado capitán? Bueno, Midou es un poco lento, a mi parecer. Pero recordar que es buen hijo…o algo así. ¿Ustedes que opinan? ¿Midou podrá volver? ¿Qué lo tiene atado al pasado?
Y bueno, ya nos estamos acercando a la recta final de esta su telenovela favorita, digo, su fic favorito. Así que, aguanten los feels.
En fin. Nos estamos leyendo. Hasta la próxima.
