Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es cupcakeriot, yo sólo traduzco.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of S. Meyer and the author is cupcakeriot, I just translate.


CAPÍTULO TRECE

"Can't believe my eyes
Could they possibly be deceiving me on the other side?"

~Christina Perri

Sus ojos han cambiado; el color se aclaró de un negro oscuro a un color que queda perfectamente entre el vibrante color verde azulado de Edward y mi propio color azul hielo, una especie de espuma de mar o de aguamarina tintada de verde. El cabello que había estado tercamente pegado a su cabecita ya creció, una versión más oscura del cabello de su padre, bronce en la raíz y se oscurece a un negro azabache en las puntas. Su piel también se ha alteado; en lugar de ser la fina tonalidad rosada de bebé que tenía luego de nacer, ha tomado un tono de caramelo esmaltado, como si el mismísimo sol le hubiera besado la piel.

Es una mezcla precisa de nosotros dos.

Veo características humanas en él; su pecho tiene pezones, sus miembros, aunque largos, no lo son tanto como los podrían ser los de un bebé Leumian. Las puntas de sus orejas son puntiagudas como las mías, no afiladas como las de Edward. Incluso tiene unas ligeras cejas color bronce, las cuales se han convertido en una fuente de diversión para Edward.

Pero su lado Leumian es prominente; uñas finas y afiladas, pequeños colmillos que salen de su boquita desdentada, la forma de su cara y nariz.

Y ya ha comenzado a experimentar con la lormaline alrededor de mi cuello.

Yo me había alarmado, por supuesto. Ni siquiera había pasado una semana de su nacimiento y mi bebé ya estaba controlando la gema.

Edward también pensó que era raro.

Pero sólo pudimos concluir que mis propios dones tienen algo que ver con el asombroso talento de nuestro hijo.

Las gruesas líneas dentadas que Edward tiene a través de su cuerpo se habían hecho más gruesas con el nacimiento de nuestro hijo; una reacción al incremento de las hormonas masculinas. Él me lo contó cuando grité sorprendida por las marcas negras.

Parecía que yo era más propensa a reacciones emocionales desde que mi hijo llegó al mundo.

Las marcas de nacimiento del Principito son delgadas líneas parecidas a ramas en patrones curveados y en espiral – como mis propios puntos – en lugar de las líneas dentadas y filosas que tiene Edward. Edward me dijo que, con la edad, las marcas de nuestro hijo se oscurecerían.

Su nacimiento abrió todo un nuevo lado de la cultura y el desarrollo Leumian.

Había tantas cosas que estaba aprendiendo a un paso rápido – el peso mínimo que había ganado durante el embarazo literalmente desapareció de la noche a la mañana, mi dieta se alteró para acomodar las exigencias alimenticias de mi hijo, los bebés Leumian no lloran, en lugar de eso hacen expresiones de llanto sin sonido y comen de manera frecuente cada pocas horas. Y el Edward gentil se había convertido en un padre fiero, sobreprotector y posesivo.

Las únicas personas a las que había visto desde el nacimiento eran mi pareja y mi hijo.

Descubrí que me parecía bien eso.

El aislamiento nos había unido más y ahora podía sentir la angustia de mi hijo sin siquiera tener que verlo, aunque mis ojos estaban constantemente en su cuerpecito.

Incluso ahora, en el día del bautismo Leumian de mi hijo, donde Edward y yo meteríamos su cuerpo en las heladas aguas de los Casquillos del Norte, mis ojos se veían atraídos a sus enormes ojos. Hay cierta curiosidad, cierta inteligencia en su mirada atenta que los bebés humanos no poseen.

Es fascinante.

—Pronto comenzará a crecer.

Muevo mi mirada, encontrándome con los vibrantes ojos de Edward.

—¿A qué te refieres?

La mano de Edward me acaricia la espalda.

—No ha crecido desde que estaba en tu vientre —me dice Edward.

Miro de nuevo a mi hijo y me doy cuenta de la veracidad en la declaración de mi pareja. Es cierto que está del mismo tamaño ahora que cuando lo parí.

—Un estirón, entonces.

Edward hace un sonido de confusión en el fondo de su garganta.

—¿Estirón?

Me encojo de hombros y suelto una carcajada.

—Una frase humana —le digo—. Significa que crecerá muy rápidamente.

—Ya veo —dice Edward, aunque por la forma en que me mira a través de la comisura de sus ojos, puedo ver que no lo entiende—. Nosotros simplemente le decimos crecer —murmura, metiéndome debajo de su brazo.

—¿Entonces crecerá?

Edward asiente.

—De manera rápida, como lo hacen los niños Leumian. Parecerá un niño de dos años antes de tener seis meses.

Miro a mi niño, mi bebito, e intento imaginarlo más grande en tan poco tiempo. Frunzo el ceño.

—Extrañaré lo pequeño que es.

Los labios de Edward se sienten calientes sobre mi nuca, donde deja pequeños besos hasta subir a mi oreja.

—Tendremos muchos hijos más —gruñe, la lujuria chorrea de sus palabras.

Mis muslos se tensan.

Puedo sentir lo ansioso que está Edward por hacer más Príncipes y Princesas.

Todo mi cuerpo tiembla.

No hemos hecho el amor – no nos hemos emparejado – desde el nacimiento de nuestro bebé. Yo no estoy lista, sigo adolorida y sé que mi cuerpo tampoco está listo para otro bebé. Edward ha sido increíblemente comprensivo, incluso comentó que usualmente las hembras Leumian esperan hasta su siguiente celo para emparejarse.

No estoy segura de cuándo será mi siguiente celo.

Pero sé que no estoy lista para esperar tanto.

A lo lejos, fuera del palacio, escucho el tintineo de las campanas de lormaline.

—Tenemos que alistarnos —suspiro y me muevo para enderezarme.

Y justo así, la actitud de Edward cambia.

—No iremos a ninguna parte. No quiero que ninguno de ustedes esté cerca de otra persona que no sea yo…

Toco su mejilla, viendo como su mandíbula tensa se derrite bajo mi mano.

—Edward, debemos hacerlo. Es nuestro deber.

—Lo sé. Es que siento que algo podría pasar.

—Te preocupas demasiado.

—Difícilmente diría que es preocupación —susurra—. Es más bien un presentimiento. Algo pasará.

Doblo las piernas debajo de mi cuerpo, arrodillándome frente a mi pareja que está encaramado sobre la cama.

—No podemos esconderlo por el resto de su vida. Esto debe hacerse. Regresaremos más pronto de lo que piensas.

Edward me mira, su mirada se dispara a través de todo mi cuerpo.

Se suponía que debíamos viajar a los Casquillos del Norte hace tres días y los Leumian se estaban poniendo nerviosos. Alice me había comenzado a mandar información a diario, sabiendo que yo sería la mejor persona para recibirla al considerar los cambios de humor de Edward. Ella y la familia real estaban preocupados por el estado de la gente.

Y ahora es nuestro deber el calmar a las masas.

No podemos posponer más el bautismo.

Tiene que hacerse hoy.

—¿Me ayudarás a bañarlo? —pregunte, intentando distraer sus pensamientos.

El bañar a nuestro hijo juntos se había convertido en una rutina diaria, lavándolo sólo con los más ricos aceites y sales Leumian. El baño era una de las únicas maneras de calmar la curiosidad de nuestro hijo lo suficiente para que pudiera dormir.

—Prepararé el agua mientras lo alimentas —Edward sonríe, me besa rápidamente y me deja con nuestro hijo.

El alimentarlo ha sido particularmente difícil para mí – no tanto la forma en que mi hijo tiene que alimentarse de mi pecho, más bien ha sido difícil acostumbrarme a lo que hace instintivamente luego de comer.

Levanto su cuerpo de donde había estado descansando sobre una almohada esponjosa y lo cargo cerca de mí, su cabecita encaja en el hueco de mi barbilla. Acaricia con su cara mi cuello mientras yo saco el brazo a través del delgado tirante en mi hombro, liberando efectivamente mi pecho al aire libre de la habitación.

Ajusto a mi hijo en mis brazos, guiando su boquita fruncida hacia mi pezón y suspiro aliviada cuando su rápida succión libera la presión que había comenzado en mi pecho. Es esa presión la que mantiene la rutina de su horario de comidas – la leche causa que mis pechos hinchados duelan a menos de que se libere el líquido.

Pequeños sonidos de felicidad salen del pecho de mi hijo mientras su pequeña mano toca la piel sobre mi pecho.

Edward regresa a la habitación, me ve cuando me siento derecha, mis piernas se doblan debajo de mí y de nuestro hijo que come animadamente. Sonríe ligeramente, con adoración pura en sus ojos.

Lo amo.

Pasan varios momentos mientras nuestro hijo bebe hasta llenar y se aleja con un suave chasquido, abre la boca en un bostezo que amenaza con apoderarse de su angelical rostro.

Con sus labios abiertos tan dramáticamente, el brillo de sus colmillitos me saluda y me preparo para su aguda picadura.

Los ojos adormilados de mi hijo se abren y los posa en las dos marcas idénticas justo sobre mi pezón. Sin siquiera aparentar que lo piensa mucho, sus colmillos se enganchan perfectamente en las marcas y bebe de manera lenta la sangre de mi pecho.

Hago una mueca como reacción inicial y me obligo a relajarme.

La primera vez que él hizo esto, yo lloré llena de pánico a causa de la confusión. Edward me calmó, explicando que los bebés Leumian seguían necesitando de la sangre de su madre hasta que tenían casi un año.

Tiene sentido – había estado compartiendo mi sangre durante toda su vida y seguramente todavía la necesitaría hasta que su fuerte cuerpecito creciera lo suficiente para valerse por sí mismo.

Los colmillos se apartan rápidamente y su pequeña lengua lame las heridas, sellándolas hasta su siguiente comida.

Muevo con cuidado su cuerpo hasta que su cabeza queda sobre mi hombro izquierdo y mi mano derecha palmea su espalda, haciéndolo eructar entre sus cansados bostezos.

Edward se acerca y toma a su hijo, enterrando la cara en su cabello oscuro y depositando nuestro hijo de regreso en su almohada.

Me muevo para tapar mi pecho expuesto, pero Edward es más rápido, su mano detiene con gentileza mu muñeca y sus ojos, oscuros y con la pupila dilatada, detienen mi respiración. Sus largos dedos bajan por mi piel hasta mi pezón expuesto, que se endurece al instante.

Me muerdo el labio, mi respiración se acelera.

Lo deseo.

Una ligera punzada de dolor en mi centro me recuerda que no puedo tenerlo.

Abro la boca, pero Edward me calla, sus dedos giran alrededor de mi pezón, endureciéndolo hasta que es casi doloroso.

Sus labios están en mi piel, chupando mi clavícula y bajan, encontrándose con mi nuevo escote con una fervorosa atención. Su boca se mueve para chupar ligeramente mi pezón, sacando una pequeña cantidad de leche y murmurando por el sabor. Me estremezco por la vibración, mis muslos se presionan juntos.

La gran mano de Edward se presiona sobre la parte media de mi espalda, arqueando mi pecho hacia él mientras desliza el otro tirante de mi vestido por mi brazo izquierdo. Con un pecho nuevo expuesto, se aferra a mi pezón, mordiendo la dura protuberancia hasta que mi cabeza cae hacia atrás, exponiendo mi garganta.

Parece ser una señal para Edward, indicando que puede continuar, porque rápidamente me acuesta sobre la alfombra de piel y dobla mis piernas desde las rodillas. Las permite estar juntas mientras sube la tela de mi vestido sobre mi ombligo, para que la tela sólo cubra mis costillas.

Unos fuertes pulgares se presionan en los huecos de mis caderas, justo sobre mi hueso pélvico, y mis caderas se mueven hacia arriba, mis muslos siguen presionados juntos de manera cada vez más fuerte. Sus manos se extienden en mi estómago y bajan por la curva de mis caderas y espalda, hacia mi culo y luego hacia adentro, donde se encuentran parcialmente expuestos mis labios inferiores.

Un dedo acaricia la piel mojada.

Jadeo.

—No podemos.

—No vamos a hacerlo —me asegura, tocando de nuevo mi centro.

Mete lentamente sus dedos entre mis muslos y los obliga a abrirse, empujando mis rodillas para que queden apoyadas sobre la alfombra de piel debajo de mi cuerpo, abriéndome ante su mirada.

Esta es la primera vez que me ve desde el parto.

Me siento insegura por mi apariencia, sé que no hay manera en que se vea igual que antes.

Pero a Edward parece no importarle e inhala de manera brusca, agachándose ligeramente para inhalar de nuevo. Su lengua se asoma entre sus labios y sus colmillos expuestos, y palpito.

Sus manos acarician la piel en la parte interna de mis muslos, acercándose a mi centro hasta que está separando mis labios, exponiéndome más a su intensa mirada.

Y entonces, luego de una corta pausa, su boca está en mí.

Lamiendo la humedad.

Mordiendo los labios.

Chupando el manojo de nervios que está en la parte de arriba.

Volviéndome loca mientras lucho por mantenerme callada, tapándome la boca con las manos para ahogar mis gemidos mientras le lengua de Edward, fuerte y larga, entra de verdad en mi cuerpo, retorciéndose dentro de mí.

Todo mi cuerpo salta, repentinamente me encuentro más cerca de la orilla cuando el pulgar de Edward presiona mi clítoris, su lengua sigue enterrada dentro de mí. Bajo la mirada por mi cuerpo y noto que las caderas de Edward se mueven sin descanso sobre la piel y que hay color naciendo en sus mejillas.

Sus manos agarran rápidamente mis caderas y las obligan a quedarse quietas, alineando mi cuerpo para que mi cóccix quede inclinado hacia abajo, abriendo más mis piernas.

Edward me tortura, me lleva a la orilla y luego retrocede, sólo para acercarme de nuevo y retroceder una vez más. Me llevo las manos al cabello, tirando de la raíz mientras Edward murmura sobre mí.

Y entonces, su colmillo roza mi clítoris y me libero, sintiendo un chorro de líquido saliendo de mí. No tengo tiempo para sentirme avergonzada por ello porque Edward gime y lame ansiosamente mi liberación.

Me siento como gelatina cuando él cierra mis piernas, besando dulcemente mi hueso pélvico. Exhalando de manera acelerada, me paso las manos por el cabello.

—¿Necesitas que yo…?

La cara de Edward se sonroja y presiona su mejilla contra mi estómago.

—Estoy bien —dice, su mirada se mueve hacia la alfombra de piel. Y luego recuerdo cómo se habían movido sus caderas contra el piso y lo entiendo.

Descansamos por un momento hasta que los suaves ronquidos de nuestro hijo nos sacan de nuestra neblina de lujuria.

Bañar al Principito es toda una experiencia – disfruta de salpicar agua y balbucea por el espumoso jabón que limpia su cuerpo. Luego de mi rápido baño, lo visto con una túnica color zafiro que es distintivamente masculina por sus líneas pulcras y sus cortes limpios.

Mi vestido es casi blanco, es un color gris clarito con una bastilla ligera que me llega a las rodillas, la parte superior me queda justa en el pecho y la falda se abre a partir de mis caderas. El vestido me deja la espalda expuesta, pero mis hombros están cubiertos. Con mi hijo en brazos, Edward envuelve mi capa alrededor de mis hombros, abrochando la parte de enfrente para que nuestro hijo quede encerrado entre la piel y mi pecho. La capucha es lo suficientemente profunda para tapar mi cabeza y la de mi hijo, que tiene su carita durmiente presionada contra mi cuello.

Mientras él se pone su propia capa pesada – demasiado pesada para un Leumian y probablemente para mi uso futuro si me da frío en los Casquillos del Norte – Edward hace una mueca, claramente no quiere dejar nuestros aposentos.

—Podemos quedarnos —comienza, la ansiedad entra en su voz.

Y aunque quiero calmarlo, me mantengo firme – al crecer en una vida bajo escrutinio, al ser la única hija del Gran Presidente, había aprendido a apartar mis propias preocupaciones y concentrarme en mi deber.

Así que niego con la cabeza y camino hacia la puerta, mis botas altas de piel gruesa y con peluche repiquetean ligeramente con cada paso.

—Debemos hacerlo. Entre más pronto vayamos, más pronto estaremos de regreso.

En cuanto se abren las puertas de los cuartos, todo el comportamiento de Edward se altera – en lugar de seguir con su preocupación, ésta se transforma en un humor tenso y vigilante. Fulmina con la mirada a todos los sirvientes mientras nos abrimos paso hacia la salida del palacio, el cuerpo amenazante de Edward alterna entre caminar frente a mí y pegarse muy cerca detrás de mí.

Difícilmente puedo molestarme con él.

Así actúan los varones Leumian. Es su naturaleza.

Me había acostumbrado a caminar a todas partes en Leumin, así que ver un gran animal parecido a un caballo ya ensillado, claramente listo para ser montado, me sorprende. Edward gruñe por mi repentina parada, hundiéndose ligeramente.

—Está bien —le digo, manteniendo la voz tranquila—. ¿Qué es eso?

—Es un zu'la —dice Esme, acercándose a nosotros con una sonrisa, su vestido se agita alrededor de sus tobillos en líneas color ciruela.

El gruñido de Edward suena alto en su pecho, su cuerpo se mueve frente al mío mientras su madre se acerca.

—¡Edward! ¡Es tu madre!

Sigue gruñendo.

Esme se ríe, lo encuentra divertido.

—Carlisle era igual.

—Lo siento mucho —le digo, frotando la espalda de mi hijo cuando suelta un quejido similar, aunque más bajito, en su pecho.

Esme le quita importancia.

—No hay nada que se pueda hacer —sonríe—. ¿Cómo está el Principito?

—Está intentando copiar a su padre —suspiro, escuchando el quejido de mi hijo convertirse más en un gruñido.

—Varoncitos tontos —bromea Esme, mirando la cabeza oscura que se presiona contra mi cuello.

—¿Se supone que vamos a montar los zu'las?

—Oh sí —dice Esme, hablando sobre los gruñidos de Edward—. Pero sólo tú irás montando. El viaje no es tan largo como pensarías, pero eres madre nueva y no podemos cansarte. Los zu'las son muy rápidos.

—¿Más rápido que los Leumian?

—Nada es más rápido que un Leumian.

Y esto resulta ser cierto. Luego de que Edward determina que su madre es de confianza, aunque sigue gruñéndoles irracionalmente al resto de su familia, a Alice y Jasper, es cuando puedo sentarme en el zu'la con la ayuda de Edward. Uso un brazo para sostener a mi hijo y el otro para estabilizarme, aunque el animal en el que estoy sentada viaja muy suavemente.

Y de manera rápida.

Edward no tiene problemas con correr junto al zu'la con la correa del animal en sus manos. Yo apenas puedo seguir la velocidad a la que estoy viajando, elijo cerrar los ojos y sostener a mi hijo en lugar de mirar el escenario borroso.

Eventualmente nos detenemos y noto que el aire que toca mi cara es mucho más frío. Mi mano sube para proteger la cara de mi hijo de las frígidas temperaturas, aunque a él parece no afectarle.

La familia Real son los únicos testigos del bautismo, aunque Alice está capturando muy discretamente el evento en una pequeña cámara con forma de disco para que la gente Leumian pueda verlo y confirmar el nacimiento de un Príncipe Leumian.

Edward, que finalmente dejó de gruñirles a todos, me ayuda a bajarme del zu'la y me guía hacia la orilla del agua helada.

Todos estamos completamente callados mientras Edward desabrocha mi capa sólo lo suficiente para que nuestro hijo quede visible, justo lo suficiente para que yo pueda sacar mis dos brazos y así acunar a nuestro hijo mientras entramos en el agua helada.

Comienzo a temblar inmediatamente, el frío se mete en mis huesos.

Los ojos de Edward se suavizan en una pregunta silenciosa y asiento. Soportaré esto.

Edward se para detrás de mí, sus brazos me rodean y estabilizan mis manos, moldeando su cuerpo alrededor del mío de modo que ambos quedamos sosteniendo a nuestro hijo.

Finalmente habla, su voz suena clara y es dirigida al cielo – como si le hablara a un Dios o a los Cielos.

—Yo, Primer Príncipe de Leumin, presento a mi hijo, mi sucesor y mi heredero, Segundo Príncipe de Leumin, Caelum Ryder Faolan. En su nombre, juro lealtad a la corona, a la gente y al planeta.

Y, sin vacilar, metemos el cuerpo de nuestro hijo en la mordaz agua – sus ojos se abren como platos y no parpadean, está completamente serio, como si supiera lo que acaba de pasar. Hay un cambio en el aire, una nota de autoridad que lo rodea mientras sacamos su pequeño cuerpecito mojado del agua. No repiquetea ni llora por el frío, simplemente acepta los sucesos como son.

Juntos, Caelum, Edward y yo nos giramos hacia nuestra familia.

Y nos detenemos de golpe.

Charlie, mi padre en todos los sentidos necesarios, está parado frente a la Realeza Leumian, mirándome sin emociones.


Traducción de la canción: No puedo creer lo que ven mis ojos / ¿Podrían estarme engañando del otro lado?