Capítulo 13
Abrió los ojos perezoso, tornándolos y observando su alrededor. La cantidad de luz que entraba por las persianas y sentir las legañas acumulándose entre las pestañas le hicieron pensar que habría dormido más de tres horas; sin embargo, al mirar el reloj de su móvil, daban cerca de las cuatro menos cuarto. Aquello lo dejó algo desconcertado.
Sin darle más vueltas, se dispuso a aprovechar el tiempo que le quedaba hasta la llegada de su invitado, por lo que decidió darse una ducha para deshacerse del cansancio que aún lo inundaba. Tomó una toalla del armario y se dirigió al cuarto de baño, pasando por la sala, en cuyas ventanas pudo divisar un cielo gris.
Después de quitarse una a una las prendas del uniforme y haber jugado con la grifería en busca de la temperatura perfecta, se adentró en la cascada de agua. El vapor viajaba por el espacio empañando el espejo y los azulejos. Aquel torrente cayendo sobre su cuerpo había logrado que se relajara y abstrajera, olvidándose de aquellos días de locos, de sus nuevos compañeros y del amargado pelirrojo que ocupaba con frecuencia sus pensamientos.
Los últimos rastros de espuma acababan de desaparecer por el desagüe cuando oyó el timbre. Se dijo a sí mismo que no podía ser, que no podía haber pasado una hora allí dentro. Como pudo salió del baño, dejando un rastro de agua tras su paso mientras se amarraba una toalla blanca alrededor de la cintura para tapar su desnudez. Cuando llegó al umbral del apartamento abrió la puerta, encontrándose con la cara sorprendida de Eustass Kidd.
- Buenas tardes Eustass-ya, pensaba que habíamos quedado a las cinco.
- ¿Y qué hora crees que es?- afirmó más que preguntó malhumorado. El otro dirigió la mirada hacia el reloj de la cocina, corroborando lo que le había dicho.
- ¿Qué le pasa a los relojes últimamente? Entra,- dijo apartándose del marco- siéntete como en casa, yo voy a cambiarme… a no ser que te gusten las vistas- sonrió travieso ante la mirada analítica del más alto.
- No te lo creas tanto Trafalgar- espetó, aunque no pudo evitar fijar la mirada en la figura del otro en lo que éste se alejaba, llamándole la atención el pequeño tatuaje que tenía en el cuello, bajo el nacimiento del pelo. Un corazón en cuyo interior había alguna especie de símbolo.
Kidd se acercó a la mesa de café para dejar la caja de herramientas y la bolsa con el material, después de lo cual pudo dedicar un tiempo a analizar el espacio en el que se encontraba. Se podría decir que el pelinegro vivía en un apartamento bastante aséptico y de tonos neutros.
Apenas pasados diez minutos Law estuvo de regreso, ahora con unos vaqueros y una sudadera amarilla, arrastrando con el pie lo que parecía ser una toalla para limpiar las gotas de agua que había ido dejando en su paseo nudista por la casa.
- Veo que ya has elegido el sitio de trabajo- insinuó con una media sonrisa recogiendo el tejido del suelo.
- Me da igual donde lo hagamos…
- Vaya, no te creía tan salvaje Eustass-ya- la respuesta del pelinegro tomó desprevenido a Kidd, quien abrió los ojos sorprendido mientras sus mejillas tomaban un sutil tono carmesí.
- ¡Déjate de juegos! En cuanto antes empecemos antes me largaré de aquí.
- Que poco romántico - se rio, recibiendo una mirada fulminante por parte del pelirrojo.- Está bien, pongámonos serios. Siéntate- ofreció haciendo lo mismo al otro lado de la mesa en la mullida alfombra.- ¿Cómo exactamente quieres hacer el trabajo?
- Respecto a lo que hablamos compré los materiales, por lo que no creo que nos haga falta nada más. Lo ideal es hacer una memoria o guía de los pasos que seguimos, acompañado de una conclusión, una lista de materiales, etcétera.
- Está bien, como yo no tengo mucha experiencia, y por qué no decirlo, habilidad con este tipo de proyectos, me encargaré de redactar el informe y te echaré una mano en lo que me pidas, si te parece bien…
- ... Sin problemas.
Una vez acordados los términos empezaron a sacar los materiales y útiles. Todo el proceso que Trafalgar veía llevarse a cabo lo iba apuntando diligente, además de las aclaraciones de Eustass acerca del procedimiento. Y ahí fue cuando lo notó, eso era lo que el mayor amaba, el brillo en sus ojos lo delataba; del mismo modo que él se fascinaba con la biología su compañero lo hacía con esas cosas frías y metálicas.
- "Al final no vas a estar tan amargado como pareces Eustass-ya…"- pensó el ojeroso.-Hagamos un descanso, aunque ya casi terminamos, ¿quieres un café?- ofreció.
- Está bien, gracias- respondió soltando el cableado que tenía entre manos y respaldándose contra el sillón. Se sentía bastante cansado, aunque lo achacaba al insomnio.
Desde donde estaba sentado podía observar al otro preparar lo que le había ofrecido. Dejó caer su peso en la mesa, acunando la cabeza entre los brazos mientras seguía los hipnóticos movimientos de su compañero. Se permitió por un momento escudriñar su figura, desde las largas piernas hasta el sedoso cabello negro, pasando por su esculpida espalda. Al rato notó que le empezaban a pesar los párpados, que los músculos se relajaban, que todo se iba volviendo negro.
El de ojos grises colocó en una bandeja la azucarera y ambas tazas de contenido amargo. No es que él fuera dado a los detalles, pero era una de las mejores formas de llevar a cabo su propósito sin dar muchas vueltas por la casa.
Al encarar los sillones se encontró con la silueta dormida de Eustass. Sorprendido ante tal estampa, se aproximó, y dejando aquello que portaba en la mesa lo más despacio que pudo se sentó frente al otro. Se le veía tranquilo cuando dormía, aunque las pequeñas bolsas bajo sus ojos daban a entender que eso no pasaba con regularidad.
Estaba pensando en despertarlo cuando escuchó como las primeras gotas se estrellaban contra el cristal, y en pocos minutos, lo que pareció ser una ligera llovizna, terminó siendo un gran aguacero. No le sorprendería que aquella noche hubiera tormenta eléctrica. Sonrió, levantándose rumbo a su habitación, para poco después salir de ésta con una manta.
- Ya que parece que no podrás salir de aquí, al menos no pesques un resfriado- dijo más para sí mismo que para el otro mientras le ponía la tela sobre los hombros. En respuesta, Kidd se acurrucó aún más, emitiendo alguna especie de ronroneo, lo que le arrancó una sonrisa al pelinegro.
Law se acercó a la ventana taza en mano. Vio a la gente correr de un lado para otro refugiándose bajo los alfeizares y balcones, entrando a las tiendas aunque esa no fuese su intensión desde el principio. Le encantaban esos días, el agua que caía del cielo lo limpiaba todo, incluso las almas de los que se sentían afligidos.
Regresó sobre sus pasos sentándose tal como estaba antes de levantarse. Paseó su mirada sobre la mesa, contemplando el trabajo y su respectivo informe. Lo tomó entre sus manos, dejando a un lado su bebida para poder pasar las hojas, no estaba de más una última revisión.
Tras un par de cambios, el pelinegro se había quedado sin nada que hacer. Pudo observar una taza vacía, otra llena, y una cabellera pelirroja desparramada sobre la superficie de madera oscura.
Al abrir los ojos notó la escasez de luz, por lo que no le supuso mucho esfuerzo empezar a distinguir lo que veían sus ojos, en este caso un techo no muy alto de color blanco. Giró la cabeza en busca de más información, pudiendo divisar la pata de una mesa sobre una alfombra de pelo blanco, y algo más lejos, una cabellera negra.
Extrañado, empezó a incorporarse de forma pausada, notando como un tejido se deslizaba por su pecho hasta amontonarse en el regazo. Tomó lo que supuso era una manta y la ovilló contra su abdomen para volver a echar un vistazo al alrededor. Reconoció el lugar en el que se encontraba, lo que no sabía era cómo había llegado a quedarse dormido tan profundamente ni qué hora era, aunque lo último lo averiguó encendiendo su móvil.
Las siete y veinticinco pasadas, de la mañana, del sábado…
- ¿Pero qué demonios…?
Entonces escuchó como algo se revolvía al otro lado de la superficie de madera. Sin hacer ruido, terminó de ponerse en pie, encontrándose con Law, quien dormía abrazado a un libro de medicina con la sudadera levantada por uno de sus costados, dejando entrever su piel color caramelo.
Si en ese momento le hubiesen preguntado a Kidd que pasaba por su cabeza, éste no hubiera sabido definir las sensaciones que lo inundaban. Pero estaba seguro de que le encantaba ver la expresión relajada del moreno.
Soltó la manta sobre uno de los sillones, dispuesto a mover la mesita con cuidado de no despertar al pelinegro ni tirar la maqueta. Después de retirarle el libro, lo tomó entre sus brazos para recostarlo de forma delicada en el sofá.
Mentiría si dijese que no le resultó cálido tener al ojeroso contra su pecho, por muy breve que fuera el contacto; también lo haría si desmintiese que paseó su mirada por las facciones del otro, memorizándolas, desde su cabello hasta sus labios entreabiertos, pasando por aquellas largas pestañas negras.
Volvió a coger la manta y lo tapó, haciendo que el pelinegro se revolviese. Sin embargo, éste no abrió los ojos, por lo que pudo dejar de contener la respiración y hacer que sus pulsaciones fueran disminuyendo poco a poco hasta normalizarse.
Puso de nuevo el mobiliario en su sitio, percatándose al hacerlo de la presencia de una nota sobre la mesa, la cual rezaba:
"El informe está terminado, échale un vistazo por si encuentras algún fallo. No intenté terminar de conectar lo que faltaba de la maqueta por si metía la pata.
P.D.: No te desperté porque había tormenta y no hubieras podido regresar a casa.
P.D.2: Haces ruiditos graciosos cuando duermes ;)"
Al leer las últimas líneas quiso asfixiar al ojeroso mientras dormía. Aunque aquel pensamiento no evitó que notara como sus mejillas y orejas aumentaban de temperatura.
- Estúpido…- susurró tocándose la oreja derecha.
La del pelirrojo no fue la única mañana singular, un par de horas más tarde, en el ático del profesor de literatura del New World High School, Roronoa Zoro abría sus cansados ojos a la par que retorcía su cuerpo sobre la cama. Había pasado la noche en vela preocupado por su tutor, quien no había ido en coche al restaurante.
Se levantó pesaroso, quedando frente al ventanal. Estiró la mano hacia la cadena para abrir la persiana que impedía el paso del sol, lo que le costó una ceguera temporal. Lento, se dirigió al salón, con el objetivo de comprobar si Mihawk había llegado bien al loft. Se sorprendió al encontrar un reguero de ropa húmeda que iba desde la entrada hasta la habitación del otro. Ante la escena el peliverde se puso en lo peor, diversas circunstancias cruzaban su cabeza, desde un simple resfriado hasta un asalto. Aceleró el paso con el corazón en un puño rumbo al otro extremo de la sala.
- ¡¿Mihawk estás…?!- gritó al abrir de golpe la puerta. Sin embargo, el panorama que se encontró hizo que la cerrase de golpe y se apoyase en ella, mirando más detenidamente el resto de la casa. ¿Cómo no se fijó desde el principio que había demasiado ropa para una sola persona? La sorpresa inicial fue desapareciendo, transformándose en rabia y tristeza.
El pelinegro abrió los ojos sobresaltado y desorientado. Le costó hacerse a la idea de qué había sucedido, aunque más le costó asimilar la cara somnolienta que tenía a escasos centímetros de la suya.
- Se supone que te dejé durmiendo en el salón maldita sea- dijo cansado el ojos miel.
- Buenos días a ti también Mihi- contestó en forma de bostezo Shanks.
- ¿Qué haces aquí?
- Digamos que le preparé una escenita a tu pupilo, pero se ve que el chico no da para más…
- Mierda…- susurró Mihawk.
Se levantó para salir en busca del menor, poniéndose una camisa negra que había en la silla de camino a la puerta. Una vez al otro lado vio que el otro ya se encontraba en medio de la estancia.
- Zoro ¿sucede algo?
- ¡¿Qué si sucede algo?! ¡¿Tú qué crees?! Me paso toda la noche preocupado por si te hubiera pasado algo y me encuentro con esto- gritó.
- Lo siento, pero no es lo que parece…- intentó excusarse el mayor, quien , después de analizar rápidamente el estado de la casa, contempló la ira en los ojos del más bajo.
- Seguro que sí, ahora me dirás que el pobre no tenía donde dormir- espetó airado.
- Zoro intenta tranquilizarte, eres lo suficientemente mayor como para ponerte así, ¿no crees?- empezó a hablar con mayor firmeza Mihawk. Aunque aquella frase acabó con la poca entereza que le quedaba al otro.
- ¡Soy mayor para lo que a ti te interesa!
- Pues si quieres demostrar lo contrario no lo estás logrando- expuso serio, frunciendo el ceño y cruzándose de brazos.
- ¡Lo que pasa es que eres un adulto insensible que no se da cuenta de nada!- rebatió el menor.
- ¡Ya está bien, baja la voz! No tienes derecho a rebatirme cosas que no entiendes Roronoa- soltó el pelinegro llegando al límite de su paciencia, lo cual le costó que Zoro se acercara y le propinase un puñetazo bajo el ojo izquierdo.
- ¡El único que no entiende nada eres tú! Si llego a saber esto nunca me hubiese ido contigo cuando murieron mis padres. A ver si te enteras de una vez que me gustas- siseó frustrado el peliverde asiéndole de la camisa, para tras unos segundos deshacer el agarre bajo la sorprendida mirada de Mihawk.
- Mihi te voy a tomar prestada la ducha si no te…- calló un sorprendido Shanks al abrir la puerta.- Lo siento si interrumpo algo.
- ¡Lo que me faltaba! ¡Me largo de esta casa!- gritó mientras se dirigía a su habitación.
- ¿Y dónde se supone que vas a vivir?- preguntó el de pelo azabache.
- EN CUAQUIER SITIO DONDE NO ESTÉS TÚ NI ESE ESTÚPIDO- vociferó antes de cerrar la puerta de un portazo.
