Capítulo 13
Las horas del día no le resultaban tan insoportables a Anna porque tenía cosas que hacer, tareas que desempeñaba como prolongación de su amor por Elsa. El trabajo suponía un necesario entretenimiento para no pensar en los muchos kilómetros que las separaban, aunque también era un obstáculo que la apartaba de cuestiones que requerían su atención inmediata. Le costó trabajo esperar a la hora de comer. Cogió el bolso y se dirigió a toda prisa a Southwark Bridge, sin prestar la más mínima atención a las vistas panorámicas del río que los primeros visitantes captaban con sus cámaras.
El primer destino de Anna era la tienda de música, donde sin dudar escogió un CD de obras para clavicordio de Scarlatti. Mientras esperaba en la cola, imaginó el consuelo de las melódicas notas aquella misma noche, igual que la noche anterior en el Land Cruiser de Elsa.
Fue a continuación a la librería, donde encontró un libro sobre las hadas de las flores. Aunque Elsa le había prestado el suyo, Anna quería tener uno y así, cuando le devolviese el suyo a Elsa, conservaría un vínculo con ella. Sabía que sonaba absurdo desde el punto de vista racional, pero a ella le parecía muy comprensible. Aquellos detalles eran la esencia de los amantes, la voracidad de poseer aunque fuera un objeto inanimado o la oportunidad de evocar sensaciones y aproximarse a la amada. El deseo de formar parte del mismo ser.
Mientras estaba en la librería, Anna se llevó una sorpresa muy agradable. Cuando subía las escaleras del sótano, se fijó en los carteles de las paredes que anunciaban la próxima publicación de novelas y biografías. Sus ojos recorrieron los carteles, fijándose a medias en los títulos y en las fotografías, hasta que se posaron en una: el retrato en blanco y negro de una mujer maravillosa con el estilo de los años cincuenta; lo más impactante era que se parecía muchísimo a Elsa. La semejanza resultaba tan palpable que Anna se quedó momentáneamente sin aire. ¿Quién era aquella mujer? En la fotografía en blanco y negro no podía adivinar el color del pelo ni de los ojos, pero la forma de la cara, los labios, las cejas y la línea de la mandíbula parecían los de Elsa. La mujer de la foto tenía un cabello exquisito, que caía sobre sus hombros en largos bucles, mientras que el de Elsa era fino... Se trataba de uno de aquellos casos en los que la observación minuciosa permitía distinguir muchas disparidades, pero la similitud del conjunto resultaba impresionante.
—Por favor, ¿de quién es esa fotografía, la del descansillo? —le preguntó a la dependienta cuando le dio el libro para que se lo cobrase.
—¡Oh! Ésa... es Veronica Lake, la actriz. Es un libro sobre su vida. Muy atractiva, ¿no cree?
—Desde luego. Se parece tanto a una amiga mía que me gustaría tener el cartel. ¿Podría comprar uno?
—Ése es de promoción. Voy a ver si queda alguno en el almacén... No es necesario que lo compre —ofreció amablemente.
Anna se alegró al ver que había uno que la dependienta le dio. Se lo agradeció mucho y regresó al trabajo encantada.
Se suele decir que los amigos íntimos y los colegas detectan el cambio de actitud, esa creciente vitalidad con la profunda dicotomía entre las distracciones ausentes, el rubor de las mejillas y la pérdida de apetito. Linda y Jaimito lo notaron, pero sólo Linda lo interpretó como lo que era.
Anna se daba cuenta de que se comportaba de modo diferente, a pesar de sus esfuerzos, pero en verdad era distinta a la mujer de la semana anterior. Tuvo que reconocer que su situación resultaba inusual y que no todo el mundo iba a felicitarla con el mismo entusiasmo que si se tratase de un novio. En aquel momento no le importaba, pues estaba dispuesta a ser discreta y a no contar nada hasta que su futuro con Elsa se viese claro. Sin embargo, cualquiera que haya estado enamorado sabe que gran parte de la alegría que se siente nace de compartir el hecho con los demás y regocijarse en el placer que muestran ante la buena suerte de uno. Iba a tener que renunciar a aquello de momento.
Después del trabajo dio un rodeo hasta el West End para visitar una tienda de pósteres donde encontró un bonito marco para el de Veronica Lake, pues estaba impaciente por colgarlo en su dormitorio. Aunque no era Veronica Lake, sino Elsa Winter la que le dedicaba una inocente mirada por encima del hombro que pedía un cariñoso abrazo. Anna pensaba pasarse horas y horas estudiando la imagen y pensando en aquel abrazo. Seguía sintiéndose optimista cuando abandonó la estación y se dirigió a su casa. Era una época preciosa del año, en la que las calles se hallaban salpicadas de cerezos y manzanos; los cerezos, de color intenso en contraste con los tonos blanco rosados más sutiles de los manzanos. Cuando el viento agitaba las flores, los pétalos caían como copos de nieve. La tendencia de la naturaleza a reproducirse rápidamente era una pena en el caso de las flores, pues alcanzaban su plenitud en el mes en que Inglaterra sufría las peores lluvias y los vientos más fuertes, reduciendo el período de gloria de los árboles. Aquel año era una excepción. El tiempo había sido predominantemente soleado, incluso cálido durante el día, aunque la helada se dejaba sentir al atardecer. Afectaba a las plantas menos resistentes, pero no a las flores, que exhibían orgullosas sus atavíos con descarado abandono.
Después de cenar, Anna se sirvió un vaso de vino, puso el nuevo CD y se hundió entre los cojines del sofá. Cerró los ojos y dejó que la música y los recuerdos la invadieran y acariciasen su mente y su cuerpo con una relajación que la transportó a un lugar tranquilo entre la debilidad y el sueño. Cuando se hallaba en aquel lánguido estado, el sonido del teléfono la sobresaltó, arrancándola del sueño para situarla de nuevo en la realidad. «Tal vez sea Elsa, serénate», se dijo, y tomó aliento antes de coger el auricular.
—Hola, cariño, te echo de menos. — La voz hizo que a Anna se le erizasen los pelos de dicha.
—Hola, Elsa, estaba pensando en nosotras, cuando me trajiste en tu coche... He comprado el CD de Scarlatti. Y no te imaginas lo que he encontrado en una librería.
—Bueno, supongo que sería un libro, de lo contrario, renuncio.
—En parte tienes razón, compré un libro, pero no me refiero a eso... sino a un póster tuyo o, mejor dicho, de alguien que se te parece.
—¡Ah! Déjame adivinar... ¿Era Morticia o tal vez Boudicea? Vamos, dame una pista.
—Muy bien, Elsa, te daré unas cuantas pistas que no te van a ayudar. Se trata de una actriz americana de Baltimore, bastante esquizofrénica en su adolescencia, que protagonizó películas con Alan Ladd y murió de hepatitis tras hacer películas de serie B a los cincuenta y cuatro años. No tiene mucho en común contigo... salvo la esquizofrenia, pero sus rasgos se parecen a los tuyos. ¿Adivinas quién es? —preguntó Anna.
—¡Hum! Alan Ladd es de los años cuarenta. Podría ser Googie Withers. ¿Acierto?
—Ni te acercas, cariño. Googie era inglesa. Veronica Lake.
—¿Veronica Lake? Creo que no la conozco. ¿Es tan guapa como yo? — Anna percibió el regocijo en la voz de Elsa.
—Me preguntaba cuándo dirías eso. Sí, es maravillosa. Como no puedo tenerla, te quiero a ti, ¿no te habías dado cuenta? —se burló Anna.
—Menos mal que no puedes verme en este momento... Estoy llorando y se me han puesto los ojos tan turquesa como los tuyos. ¡Será mejor que la señorita Lake tenga cuidado cuando yo vuelva!
—Hablando en serio, ¿qué tal el día? ¿Tan productivo como el mío?
Elsa soltó una risita.
—Por una vez todo marcha según los planes. Me fastidian los retrasos, porque casi siempre tengo que prolongar mis desplazamientos. Especialmente en esta ocasión no quería que se produjesen, pues deseo pasar contigo el fin de semana. Pero estoy muy cansada, así que me voy a dar un baño y a meterme en la cama con tu pañuelo. ¿Y tú qué tal, cariño?
—Voy a poner a tu imagen y semejanza en un marco en mi dormitorio, y luego dejaré que me arrastres. ¡También tendré que pensar con qué expresión cariñosa debo llamarte, pues tú te has quedado con «cariño»!
Elsa se rió como siempre, en tono profundo y encantador.
—Lo siento, no pretendía monopolizarlo. A ver, tenemos mi vida, cielo, querida, cariño mío, amor, amor mío, encanto, tesoro... No se me ocurren más.
—De esa selección los que más me gustan son amor y encanto. Tal vez descubra uno que haga ruborizarte tanto como me ocurre a mí en tu presencia. Ojalá estuvieras conmigo ahora. Quiero besarte y abrazarte. —Anna cerró los ojos con todas sus fuerzas para absorber la voz de Elsa.
—Y yo me muero por abrazarte, cariño. Nos veremos pronto y, además, tenemos nuestros recuerdos... Cuando nos veamos esta semana, disfrutaremos más aún la una de la otra. Te voy a dar un beso de buenas noches, estate atenta y cógelo.
Así lo hizo Anna.
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Cuídense mucho y nos veremos pronto.
Que La Fuerza Los Acompañe...
