BeaValkyrie: Thank you for saying you like my writing style and for the review! I like very much Emilie too. She was a very nice woman.
I feel sorry for Lisiek too. I felt sadness when i wrote his death.
Your long reviews encourage me to write. Thank you so much again!
Veida Joana: No he dejado la historia. Me gusta oír que te gusta. Gracias a ti por dejarme un review.
RVM85: Gracias por ser tan fiel y dejarme reviews siempre. Te lo agradezco mucho y tu animo, me anima a escribir. Me alegra que digas que se escribir bien sobre Goeth porque tiene una personalidad muy compleja. Besos para ti, fan mexicana. =)
KaoruKobayashitheone: Aquí te dejo un Nuevo capítulo. Besos. XoXo
Los dos siguientes días que pasé en la villa fueron muy duros. Me notaba muy débil y estaba más triste que nunca. La muerte de Lisiek era, en parte, el motivo de tanto dolor. Le echaba muchísimo de menos y cuando pensaba en que no podría volver a estar con él tenía ganas de echarme a llorar. Además, las tareas nuevas que me implicaban estar más cerca del Herr Kommandant me aterrorizaban. Él insistía, como siempre, en que todo se hiciese rápida e impecablemente. Tenía que aguantar su carácter cambiante y exigente que se me hacia insufrible.
Cuando estaba a solas con él, notaba que me miraba mucho y aquello me hacía sentir incómoda. También, si él me llamaba y yo no era lo suficientemente puntual me acosaba con preguntas fuera de lugar como "¿Dónde estabas, zorra?" acompañadas de algún insulto o amenaza. Yo me mentalizaba a mi misma para ser valiente pero siempre terminaba asustada, paralizada y silenciosa cuando estaba delante de él.
A pesar de haber estado cumpliendo aquellas obligaciones muy pocas horas ya me conocía de memoria sus costumbres. Él padecía de insomnio y se quedaba despierto hasta tarde. Había oído decir a los soldados de las SS que aquel defecto era porque quería estar alerta en todo momento. Le alababan diciendo que era el perfecto militar y que ningún comunista o judío podría matarlo mientras dormía. Para mí, saber que estaba despierto hasta altas horas de la madrugada solo significaba que difícilmente podría dormirme tranquila. Después de la hora de comer, sin embargo, estaba menos activo y más taciturno. Se echaba la siesta u ordenaba que le sirviese café. Era entonces cuando podía observarle atentamente. Mientras se bebía el café, dejaba la pistola encima de la mesa. Cada vez que yo miraba el arma sentía el peor escalofrío. Se veía claramente una sombra oscura y siniestra en sus ojos. Era entonces cuando se levantaba bruscamente de la silla, metía la pistola en el cinturón de cuero y se dirigía al campo de trabajo. No había nadie que dudase de lo que iba a hacer.
Se podía decir que estaba mejor físicamente que moralmente a pesar de que él me hubiese pegado hacia escasas horas. Tenía un dolor lacerante en la espalda que me lo recordaba. Esta vez no me había dicho porque me había pegado pero yo lo sospechaba. Durante una cena en la que había invitado a muchos alemanes importantes, uno de ellos había dicho que le encantaba la comida. El Herr Kommandant le informó de que la había preparado yo. Aquel alemán me miró atentamente durante unos segundos y, después, le preguntó en voz baja al Herr Kommandant si yo era judía. Él le contestó con una sonrisa fría pero yo le conocía lo suficiente para ver en su expresión que fingía estar calmado cuando en realidad estaba furioso. No le gustaba que le recordasen que yo era hebrea.
Aquella noche, bajó al sótano, me agarró del cuello y me arrojó a la cama. Después, en un ataque de furia, se quitó el cinturón y me golpeó varias veces en la espalda.
La situación entre los demás que trabajaban en el campo de trabajo también era desesperanzadora. Durante todos los días, intentaba concentrarme en el trabajo que me obligaban a hacer sin pensar en lo que estarían sufriendo los demás. Aun así, había perdido el apetito incluso para las diminutas raciones de comida que nos daban. Mi explicación a que no quisiese comer es que no tenía muchas ganas de vivir. Estar en aquel infierno me hacia preguntarme si no tendrían más suerte aquellos que, como Lisiek, estaban muertos.
Las únicas cosas capaces de devolverme la esperanza serian hablar con Rebecca o con Herr Schindler. Rebecca ya no trabajaba en la villa pero, afortunadamente, su prometido, Josef Bau, sí que seguía trabajando como delineante. Habían prometido hacerme una vista aquella tarde para que les desease suerte. Por la noche, Josef Bau se proponía escaparse al sector de las mujeres del campo de trabajo para casarse con Rebecca.
Había estado en muchas bodas hebreas, sobre todo el último año antes de que liquidaran el gueto. Muchas parejas se casaban por miedo a que la guerra los separase. Mi padre siempre le daba muchas vueltas a qué regalar en una boda. Decía que los mejores regalos hebreos eran un Mezuzah, un Hannukah Menorah o una copa de Kiddush pero era incapaz de decidirse y siempre terminaba regalando dinero. Se justificaba diciendo que regalar dinero era una tradición judía como otra. Lo cierto es que debía de serlo porque no era el único que hacía lo mismo. Los polacos que eran partidarios del nacionalsocialismo y que tenían fuertes prejuicios antisemitas nos criticaban diciendo que el hecho de que los hebreos nos regalásemos unos a otros dinero era una prueba de que era lo único que nos importaba. Aun recuerdo aquel odio y a los niños polacos tirando estiércol a la puerta de la casa de mis padres diciendo: "¡Los judíos sois unos avaros! ¡Tenéis la culpa de esta guerra!"
Yo no poseía nada de valor que regalarle a Rebecca por su boda. Lo único que poseía desde que los alemanes habían irrumpido en la casa de mis padres era la ropa y la vida así que lo único que pude hacer fue rezar para que Rebecca y Josef pudiesen ser felices como pareja fuera de Plaszow.
Su visita se produjo mientras limpiaba la cocina. Oí unos tímidos golpes en la ventana y salí afuera sabiendo a quien pertenecían. Josef y Rebecca se encontraban cogidos de la mano y sonrientes. Si no fuera por sus uniformes sucios y desgastados se podría decir que eran una pareja feliz cualquiera. Sentí mucha envidia sana por ellos. No tardé en felicitarles. Después entré en la cocina para buscar unas salchichas y las sobras de un pastel que había guardado para la ocasión. Nos colocamos en un sitio discreto del jardín. Rebecca empezó en seguida a contarme muy animada sus planes de boda.
-Todas las mujeres mayores del barracón nos han ayudado. Hemos conseguido un Chupah, un Badekem, pero no hemos conseguido un vaso así que Josef romperá una bombilla. No tenemos un rabino pero una mujer nos dará las bendiciones igualmente.-
Al principio, el relato de Rebecca era coherente con las circunstancias pero al final, con su voz dulce de niña, termino diciéndome que desearía poder tener también una tarta y poder bailar los bailes tradicionales que se hacían en todas las bodas hebreas. Sin embargo, el discurso de Josef Bau era serio y oscuro. Estaba decidido a arriesgar su vida para casarse con Rebecca.
-He robado un uniforme de mujer,- dijo él. –Me colocaré en la fila de las mujeres para que me dejen entrar en su sector. Si me tapó con la gorra no se darán cuenta de que soy un hombre porque muchas mujeres tienen el pelo rapado.
Me pareció temerario y le advertí de que tuviese cuidado. Aunque, en el fondo, también me parecía muy valiente. No podía desearle a Rebecca un hombre mejor. Ella también estaba muy contenta porque sonreía y apoyaba los bucles rubios sobre el hombro de su prometido mientras este hablaba.
-Tengo que decirte algo que te alegrara mucho,- dijo de repente. –Herr Schindler nos ha aceptado a Josef y a mí en su fábrica. Dice que convencerá a los kapos para que nos trasladen pronto.-
-¿De verdad? ¿Os trasladareis al campo de Schindler?- pregunté yo sabiendo que lo que había rezado por ellos había dado resultado.
-Sí, Josef dice que es lo mejor que nos podría haber pasado.-
-Lo es. Herr Schindler es un hombre muy bueno y en su fábrica apenas hay bajas. Tendréis mucha suerte al trabajar para él y me alegro mucho por ti,- le dije mientras sonreía.
-¡Helen! ¡No deberías alegrarte!- exclamó ella muy enfadada haciendo que Josef le advirtiese de que hablase más bajo.
-¿Por qué?- pregunté confundida cuando Josef terminó de recriminarla.
-Porque no podremos volver a vernos más,- contestó bajando la mirada. –Bueno… nos veremos cuando termine la guerra. Entonces podrás venir a la casa que Josef y yo compraremos y seremos libres para poder hablar juntas todo lo que queramos sin preocuparnos por los soldados.-
-Sí…- respondí con voz rota sorprendiéndome a mi misma por lo poco que confiaba en que eso pudiese suceder. –De todas formas, sería muy mala amiga si deseara que te quedaras en Plaszow con lo duro que es sobrevivir aquí,- añadí intentando disimular mi dolor.
-Que buena eres, Helen…- dijo ella antes de abrazarme.
Disfruté de ese abrazo pensado que sería el último que me daría con ella. Si tuviese que apostar por la vida de una de las dos en ese momento, sin duda, seria por la de Rebecca.
Cuando me despedí de ellos y volví a la cocina, la noche cayó muy rápido para ser primavera y un silencio incomodo se apoderó de la villa. Aquel silencio se debía a que no había venido ningún hombre a cenar a excepción del Herr Kommandant. Después de servirle la cena, él había despedido pronto a los esclavos que trabajaban allí porque al estar la casa vacía no había muchas tareas para ellos. A pesar de ser la única trabajadora que quedaba allí, hice todo lo que tenía que hacer muy rápido. Después de fregar los platos, limpiar la cocina y el comedor, me encontré con más tiempo libre del que había tenido nunca. Me pasé durante un buen rato observando por la ventana la noche. Había una luna llena enorme que brillaba con mucha intensidad. Ni siquiera los focos de vigilancia del campo de trabajo mitigaban su resplandor. Mientras la miraba hipnotizada, oí las botas del Herr Kommandant subir al piso de arriba. Me sentí más segura al saber que estábamos en pisos diferentes y aun quise poner más distancia entre él y yo porque bajé al sótano.
Era muy pronto para dormir, así que decidí darme un baño. Poder asearme era uno de los pocos privilegios de los que podía disfrutar viviendo en aquella pequeña y oscura habitación. Abrí ambos grifos de la bañera, preparé la ropa blanca y fina que utilizaba para dormir y la dejé apoyada cerca. Después de desvestirme, coloqué el vestido negro de sirvienta en una percha.
Cuando entré en la bañera, el agua estaba muy fría. Las heridas que tenía en la espalda en contacto con el agua empezaron a arderme. Fue desagradable pero, un minuto después, el dolor desapareció. Después me acostumbré a la temperatura del agua y solo quedó una sensación agradable.
Mi cuerpo había cambiado mucho desde el principio de la guerra. En ese momento, podía verlo con claridad. No había recordado haber estado nunca tan delgada como para que se me notasen las costillas. Mi piel siempre había sido pálida pero ahora se había vuelto de un blanco níveo. Las marcas negras y violetas de los golpes contrarrestaban intensamente.
Me hundí debajo del agua y cerré los ojos. Intentaba recordar alguno de los momentos felices del pasado. De repente, un ruido de unos pasos que conocía muy bien se oyó con claridad debajo del agua. Yo emergí de la bañera tomando aire muy asustada. Salí del agua bruscamente y me puse rápidamente la ropa fina para dormir que había preparado mientras temblaba. Tardé muy pocos segundos en hacerlo y no fui totalmente consciente de que mi cuerpo y mi pelo estaban totalmente empapados hasta que empecé a temblar también de frío.
Cuando aparté la cortina, el Herr Kommandant bajaba la escalera. Yo le miré temblorosa y tímida. Él se paró en ese momento. No llevaba el uniforme y su pelo, aunque mantenía la raya a un lado que siempre llevaba, estaba revuelto. Cuando nuestras miradas se encontraron, noté que había un resplandor extraño en sus ojos fríos. Bajé los ojos asustada y pude ver como mi ropa se transparentaba. Me sentí indigna al no poder taparme. Ya era demasiado tarde para hacerlo y él continuó bajando hasta que sus botas chocaron con el suelo del sótano.
Me pregunté a mi misma si querría algo o si simplemente habría venido para pegarme pero su voz interrumpió mis pensamientos.
-Así que…- dijo y empezó a pasear nervioso por el sótano mirando a un lado y otro.- Aquí es donde vienes a esconderte de mí.-
Yo me tomé aquello como una amenaza. Sentía el miedo oprimiéndome en el pecho. Seguramente habría una buena razón por la que yo tuviese que esconderme.
–He venido a decirte que eres… una excelente cocinera y una buena sirvienta,- continuó y yo no supe detectar el sarcasmo en su voz. Miré a un punto fijo en la pared y casi me dio la impresión de que había notado mi desconfianza porque remarcó sus palabras con un "de verdad".
Me rodeó caminando y yo me estremecí cuando oí sus pasos detrás de mí. Me sentía más indefensa que nunca teniéndolo en mi espalda. Estaba tan asustada que dejé de pensar en si estaba siendo sincero o no.
-Quiero decir… - continuó después de una breve pausa. –Si necesitas referencias después de la guerra, te las daré encantado.-
Me había dicho algo parecido cuando estaba de buen humor. Yo sabía que todo aquello era mentira y ponía mi oído sordo cuando me obsequiaba con aquellos pequeños cumplidos. No fue eso lo que me preocupo sino que noté algo raro en su forma de decirlo. Sin saber porque empecé a temblar violentamente teniendo que hacer esfuerzos para controlarme.
-Debes de sentirte muy sola aquí abajo cuando oyes que arriba se divierten tanto,- su voz se había vuelto suave como si adoptara un tono íntimo y seductor. Aquello consiguió que un escalofrió me recorriese la espalda.
-¿Verdad?... Puedes contestarme…- dijo bruscamente endureciendo un poco el tono como cuando daba una orden.
Al oírle me di cuenta que estaba bastante cerca de mí. Le miré de reojo vacilando. Intenté pensar en una respuesta pero estaba tan asustada que lo único que me venía a la cabeza era el deseo de huir.
-Pero… ¿Cuál es la respuesta adecuada?-
Él dejó escapar una risa que estaba entre la crueldad y la diversión. Yo me estremecí de nuevo al oírla. Volvió a rodearme como un depredador lo haría a una presa mientras yo le seguía con la mirada agachada.
–Eso es lo que estas pensando… ¿Qué es lo que quiere oír?... La verdad, Helen, es siempre la respuesta adecuada,- dijo como si intentara convencerme de algo.
Aquellas palabras extrañas no fueron ningún aliciente. Estaba acostumbrada a acatar sus órdenes y a que no me hiciese preguntas. Cuando me las hacía, me quedaba paralizada por el miedo a decir algo malo y era incapaz de responderle. A veces, me había pegado porque había agotado su paciencia al no contestarle. Parpadeé instintivamente asustada esperando un golpe pero en vez de eso se respondió a sí mismo.
-Sí, tienes razón. A veces los dos nos sentimos solos.- Su voz sonó muy apagada. Me sorprendió que él actuara como si yo le replicara. Me pregunté si había bebido tanto que no sabía lo que decía o no sabía lo que debía decir. Siempre se volvía loco y bohemio cuando estaba borracho.
-Sí… Yo… Quiero decir…- dijo tartamudeando y le oí ahogar un suspiro. Su voz había perdido toda la frialdad y la autoridad que solía tener. Era la primera vez que le veía vacilar. Quizás fue por eso por lo que tuve valor para levantar la mirada.
En ese momento, se aproximó bruscamente a mí. Todo el valor que había tenido unos segundos antes se había esfumado. Pensé que iba a pegarme y cerré los ojos. Cuando los abrí, su cara y la mía solo estaban a un palmo. El corazón me dio un vuelco. Me sentía indigna al no poder evitar que él me besara. Todo empeoró cuando la mente se me nubló con las intenciones que tendría después del beso y ya no tuve fuerzas para disimular mis fuertes escalofríos y temblores. Él cambió de opinión en el último momento y se alejó de mí. Pude ver que, a pesar de eso, sonreía.
-Me gustaría tanto acercarme a ti y tocarte en tu soledad…- le oí decir poco después y tragué saliva conteniendo las lagrimas y sabiendo que no podría defenderme si eso ocurría.
"No… Dios… por favor… No me importa que él me pegué pero no le dejes hacerme daño de esa manera," recé mentalmente.
-¿Cómo… como me sentiría? Quiero decir… ¿Qué tendría eso de malo?...- se preguntó a si mismo tartamudeando con inseguridad como si no supiese a donde quería llegar con todo aquello.
-Sé muy bien que no eres una… persona en el estricto sentido de la palabra pero… Sí, quizás tengas razón en eso también…- dijo acercándose de nuevo a mí como si de verdad estuviese manteniendo una conversación con migo. –Quizás lo que este mal no sea nosotros.- Pude ver que hacía un gesto con la mano implicándonos a ambos.-…Es…Es todo esto.- Suspiró y empezó a andar por el sótano nervioso.
-Veras… Cuando os comparan con sabandijas, ratas o piojos… Yo…-
Oí sus pasos y su voz rodeándome de nuevo. De repente, su respiración sonó cerca de mi hombro. Un escalofrío horrible me recorrió toda la espalda cuando su aliento rozó mi piel.
-No…no… tienes razón. Tienes toda la razón,- dijo y al sentir su risa suave en mi oreja se me congeló la sangre.
Él se puso delante de mí como si hubiese tomado una decisión repentina. Su rostro y el mío estaban demasiado cerca. Pude apreciar su olor; era una mezcla de sudor, alcohol, tabaco y cuero que me revolvía el estomago. Tenía la mirada tan baja que no me di cuenta de que había enredado sus dedos en un mechón de mi pelo hasta que lo sentí. Lo apartó de mi cara lentamente a un lado. Fue entonces cuando dejé de rezar. Lo único que hacía era reprimir las lágrimas de impotencia porque no podía hacer nada para que dejase de tocarme. Él continuó hablando con voz abstraída como si no se diera cuenta de lo asustada que estaba.
-¿Son estos los ojos de una rata? ¿Es esta la cara de un rata?- preguntó sin dejar de tocarme el pelo e intentando forzar un contacto entre nuestras miradas que yo intentaba evitar.
-¿No tienen ojos los judíos?- Su voz sonó como si lo dudase.
-Siento por ti, Helen,- dijo y su mano descendió hasta mi pecho. Mi cuerpo tembló de repulsión. Estaba a punto de perder la batalla y dejar caer las lágrimas pero él apartó la mano justo en ese momento para sujetarme el rostro. Cuando me forzó a alzar la cabeza, sus labios estaban solo estaban a unos centímetros de los míos.
Me invadió el pensamiento de que no sería capaz de soportar el dolor si se sobrepasaba con migo. Estaba débil y moriría antes de poder aguantarlo. Pensar en la muerte fue casi un aliciente y encontré el suficiente valor para levantar la vista. Sus ojos azules que siempre habían sido fríos como el hielo, ahora brillaban como si fueran humanos y tenían las pupilas muy dilatadas. Cuando nuestras miradas se encontraron, vi una sombra de duda en la suya y algo parecido al miedo.
-No… creo que no,- dijo pestañeando varias veces como si volviese en sí de un mal sueño. Sus ojos recuperaron la frialdad y balbuceó algo entre dientes mientras apartaba la mano con la que me sujetaba la cara.
-Eres una zorra judía,- susurró de repente. Su voz volvió a recuperar la rabia y el odio con los que siempre me hablaba. -Casi me convences… ¿Verdad?-
Lo siguiente que sentí fue un golpe en la cara tan fuerte que me arrojó contra la pared. Me llevé la mano a la boca que empezó a sangrar abundantemente. Las lágrimas que empezaron a caer por mis mejillas eran más de miedo que de dolor físico. Casi me sentía bien de que me estuviese pegando y de que no estuviese haciendo algo peor.
Mis piernas fallaron y estuve a punto de caer al suelo pero él se acercó para agarrarme del brazo. Pensé que iba a conducirme fuera para matarme pero me arrojó bruscamente a la cama. Cuando caí, me encogí en mi misma y me abracé. Él se puso a horcajadas sobre mí, apenas tuvo que hacer fuerza para separar los brazos que rodeaban mi cuerpo. Mi mente empezó a nublarse poco a poco tras cada golpe. Los sonidos me llegaban amortiguados y llegó un momento en que no oía nada. Sabía que estaba perdiendo el conocimiento. Lo último que sentí fue una presión encima de mí, como si algo me hubiese caído encima.
