Disclaimer: Los personajes de Fullmetal Alchemist no me pertenecen.

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¡Hola a todos! ¿Cómo están? Espero que bien. Bueno, como todos los días, he aquí el capítulo de hoy, que espero disfruten =). Y, como siempre, quiero decirles gracias, a todos los lectores que siguen mi historia, así lo hagan anónimamente y especialmente a quienes se toman ese tiempito extra para escribirme y hacerme saber lo que piensan. ¡Gracias! A: HoneyHawkeye, Bibiene Von Heiwa, Lucia991, inowe, Darkrukia4, Rukia Kurosaki-chan, fandita-eromena, Andyhaikufma, Guest, Hoshiisima, Alexandra-Ayanami, Rinsita-chan, laura-eli89, HaruD'Elric, Natsumi Anko, mariana garcia y Dulce Locurilla. En fin, espero les guste. ¡Nos vemos y besitos!


Crisis de la mediana edad


XIII

"Todo estuviera dicho y hecho"


—¿Sabe, teniente? Finalmente he decidido cobrar una promesa que me fue hecha —dijo, sonriendo arrogantemente, de pie detrás de su escritorio y acomodando todos los papeles que finalmente había terminado de revisar, reseñar, firmar y organizar por el día. Había sido un día largo, después de todo, pero aquello era algo a lo que se sentía obligado. Algo que simplemente no podía dejar de pasar, sin importar cuán cansado y con deseos de marcharse a su casa, se encontrara.

Riza enarcó una ceja, cerrando el cajón de su propio escritorio y tomando sus cosas de la silla —Si me permite preguntar, general, ¿a qué se refiere? —sospechaba, por una razón u otra, que se refería a ella.

—A la promesa que me hizo, teniente.

Frunció el entrecejo —No recuerdo haber dejado de vigilar su espalda en ningún momento, general. Ni de cerciorarme que continuara en el camino correcto.

Suspiró —No esa promesa, teniente.

Ella se enderezó, colgándose el abrigo en el antebrazo —Me temo que no recuerdo haberle hecho otra promesa, general. Aunque no me cabe la menor duda de que encontrará alguna, de todas maneras.

—Me ofende, teniente, que piense tan pobremente de mi persona —replicó, fingiendo sentirse, en efecto, ofendido.

Hawkeye negó calmamente con la cabeza —Solo tengo la opinión que puedo formarme con mis ojos, general.

La sonrisa retornó a sus labios —¿Y qué opinión tiene formada, teniente?

—La de un hombre negligente, general. E irresponsable que relega continuamente su trabajo a sus subordinados. Así como también considerablemente infantil, en ocasiones. Y de una ética bastante cuestionable —concluyó, severamente. Su superior había buscado una inyección de estímulo a su ego. Pero no sería ella quien se la concediera. Su superior salía con suficientes mujeres para sentirse complacido con los halagos de éstas sin tener que estar ella añadiendo a su excesivamente insuflado amor propio.

—Ah... ¿está segura de que no olvidó nada, teniente? —masculló, con la dignidad por el suelo y claro sarcasmo en sus palabras.

Asintió —Si, general. Tiene razón. Mis disculpas. También puede ser considerablemente inútil, en ocasiones, especialmente en el agua.

—Usted sabe cómo destruir la dignidad de un hombre, teniente, ¿no es así? —bufó, cerrando los ojos y torciendo el gesto en una sonrisa tirante, de fastidio. Mientras continuaba dando golpes a los bordes de las hojas para emparejarlos.

—Me temo que ambos sabemos que su dignidad es un caso perdido, general —retrucó, con igual calma—. Y por favor cese de golpear esos archivos, recuerde que son documentos importantes.

—Si piensa tan pobremente de mi, teniente, ¿por qué decidió seguirme, de todas maneras? —torció, fastidiado. ¿Le mataría a Hawkeye ser un poco menos brusca con su amor propio?

—A veces admito que me pregunto lo mismo, señor. Quizá deba reconsiderar la persona a la elegí que seguir.

—Quizá deba hacerlo, teniente —masculló—. Escuché que el coronel Gloster está buscando subordinados.

Asintió, las comisuras de sus labios curvándose a duras penas hacia arriba —Lo consideraré, general.

—Usted haga eso, teniente —replicó, empezando a fallar en encontrar aquello gracioso. Pero su teniente primera tenía una calma sonrisa casi imperceptible en sus labios—. ¿Qué es tan gracioso?

—Nada, general. Simplemente pienso que está siendo ridículo —declaró, calmamente.

—No veo cómo, teniente. Cuando mi más leal subordinada establece una lista ridículamente larga de mis defectos y asegura que no está segura de haber seguido a la persona correcta —ahora estaba molesto. Simplemente había querido un pequeño cumplido hacia su persona de su teniente primera, ¿tan difícil tenía que hacerlo?

—Si piensa que cometió un error sobre a quién seguir, dispáreme, teniente. Esa fue la promesa que hicimos aquel día.

Ella se cruzó de brazos, abrigo sobre ambos antebrazos, y negó con la cabeza. Facciones suavizadas —No sea melodramático, general. No tengo intenciones de dispararle. Ni deseos tampoco. Así como pensé que sabría perfectamente que no dejaré su lado. Aunque me temo que si duda tan fácilmente de mi lealtad quizá me vea obligada a reconsiderarlo.

Sonrió de lado, suavemente, manos apoyadas ambas sobre el escritorio —No, supongo que a éstas alturas no puedo dudar de su lealtad, teniente Hawkeye.

Asintió —Es bueno saberlo, señor —encaminándose hacia la puerta, pero la voz de su superior la detuvo una vez más. El resto de sus subordinados se habían marchado aproximadamente media hora atrás.

—Acerca de esa promesa, teniente...

Suspiró —Si, general. Estaba diciendo algo relacionado a una promesa.

—Si mal no recuerda, prometió asistirme con la compra de un regalo para la hija de Hughes, y pretendo cobrar dicha promesa hoy, teniente.

Negó con la cabeza —Con todo respeto, general. No prometí tal cosa. Si mal recuerda, solo accedí a asistirlo en la compra.

—No veo la diferencia, teniente —aseguró, enderezándose.

Exhaló —Asumo que no, general.

—¿Pero lo hará, teniente?

Asintió, secamente —Así es, general. No tengo nada mejor que hacer que deambular por una juguetería con mi superior —replicando con mordacidad.

—¿Acaso fue eso sarcasmo, teniente primera? —inquirió, entretenido, con una amplia sonrisa de satisfacción en los labios.

Hawkeye permaneció con su expresión inalterable, neutral —No, general, esa fue mi forma de expresar mi genuino entusiasmo hacia el prospecto —acidez deslizándose entre sus palabras una vez más.

—Estoy seguro, teniente, que eso sí fue sarcasmo —repitió, con una expresión de autocomplacencia en el rostro.

—Qué intuitivo, general —ironizó, seria.

—¿Sabe, teniente? Hay mujeres que darían lo que fuera por tener el honor de mi compañía que le estoy concediendo —comenzando a colocarse el abrigo y observándola con la misma sonrisa presuntuosa en los labios. En busca de alguna reacción.

—Entonces quizá deba considerar que esas mujeres lo asistan, general —retrucó, tajante—. Mientras yo me retiro a mi apartamento, como inicialmente tenía planeado.

—Pero prefiero su compañía —replicó, complacido de haber golpeado un nervio particularmente sensitivo de su teniente primera.

—Lamento informarle que no puede tener ambas, general, dado que no seré parte de ningún harén suyo —aseguró, con sequedad.

Enarcó una ceja —¿Quién habló de harén, teniente? Además, ya debería saber que soy más humo que otra cosa. Al final del día, soy hombre de una sola mujer.

—Estoy segura que si, general —dijo, sardónicamente.

—Me ofende, teniente. Que no crea en mi palabra —aseguró.

—No es en su palabra en la que no creo, general. Como dije, me atengo a lo que puedo juzgar con mis ojos, y me temo que su conducta no condice con sus palabras.

—Desgraciadamente, teniente, soy algo exigente con las mujeres que me interesan conservar.

—Estoy segura de que la ley de Amestris le permite conservar solo una, general. A menos que esté considerando radicarse en Xing.

Frunció el entrecejo —Sabe perfectamente a lo que me refería, teniente.

Suspiró —Me temo que está siendo demasiado exigente, general. A este paso terminará solo.

Enarcó una ceja —¿Y qué me dice de usted, teniente, no lo hará?

Negó con la cabeza —No pienso demasiado en ello, general —era cierto, por otro lado. No lo hacía. No mientras aún quedara tanto por hacer y por trabajar. Además, había arrebatado demasiadas vidas, en su pasado, y aceptado continuar haciéndolo por el bien de su superior y Amestris. Por lo que no tenía derecho a quejarse ya. No cuando había sido ella misma quien había seguido a sabiendas ese camino. Aún cuando debiera atravesar un río de sangre cargando con aquellos a los que había asesinado. Aún entonces, continuaría haciendo lo que estaba haciendo hasta el momento. Así debiera resignarse a demasiadas cosas más de las que realmente pudiera contar. Así es. Nosotros, soldados, deberíamos ser los únicos ensuciándonos nuestras manos y derramando sangre. Debería ser suficiente para que solo nosotros debamos pasar algo como Ishbal. Es tal y como dice la alquimia, si la verdad de este mundo puede ser revelada a través del intercambio equivalente, para que las futuras generaciones por nacer puedan disfrutar la felicidad, para pagar el precio, deberemos cargar en nuestros hombros los cuerpos de aquello a quienes hemos asesinado a través de un río de sangre.

—¿Entonces permanecerá sola el resto de su vida, teniente? —torció el gesto. Aquello no parecía justo. No, no lo hacía. Pero sabía la respuesta, así ella no se la hubiera proveído aún. Y sabía el razonamiento tras ésta y debía admitir que él mismo lo pensaba, la mayor parte del tiempo. Sin embargo, eso no hacía pensamiento menos amargo, o más fácil de digerir.

—Así es, general, si debo hacerlo —confirmó, seria—. Como dije, no es algo que me quite el sueño.

El semblante de Mustang se tornó en uno de amarga comprensión. Manos en los bolsillos, mientras salían del cuartel general —Sería un desperdicio, ¿no crees?

Riza frunció el entrecejo, no comprendiendo del todo de qué hilo de pensamiento habían surgido sus palabras —¿General?

En efecto, un desperdicio, el ver una mujer como Hawkeye echarse a perder por el simple hecho de que había decidido seguir a un hombre ingenuo como él, y a su igualmente ridículo e ingenuo sueño de juventud, hasta el mismísimo infierno. Ya era suficientemente malo el que por su culpa ella hubiera manchado sus manos, y asesinado en su nombre su inocencia. Ahora simplemente tendría que verla envejecer a su lado sin siquiera ser capaz de hacer algo por ella. Simplemente ver cómo su cuerpo comenzaba a decrecer, en completa soledad y resignación a una meta que ni siquiera era suya, hasta que no quedara nada de la mujer que una vez había amado. Hasta que no quedara nada de ellos, salvo polvo y huesos. No lo negaría, la idea le quitaba el sueño a él, durante las noches. Y no creía que a Hawkeye no lo hiciera tampoco. Ni siquiera su firme e inamovible teniente primera era capaz de escapar a los miedos más estrictamente inherentes del ser humano. Eso era, el miedo a morir en soledad. No, ni siquiera los homúnculos habían podido escapar a dicho miedo, a pesar de no haber sido siquiera plenamente humanos.

—Nada, no me haga caso, teniente —aseguró, alzando la vista al cielo una vez salieron del cuartel general. Era una noche clara. Pero, como siempre, el frío del invierno permanecía en cada partícula de aire a su alrededor. Suspiró, viendo cómo su aliento se convertía en vapor—. Puede que pronto nieve.

Asintió —Eso parece, general. Si.

Torció el gesto —Odio la nieve, es solo agua congelada.

Y Hawkeye simplemente lo observó de reojo, expresión suavizándose —De hecho, general. La nieve es vapor de agua congelada.

Bufó —¿Acaso hace alguna diferencia, teniente? De todas maneras moja —no, simplemente odiaba todo lo que tuviera que ver con partículas de oxígeno e hidrógeno unidas en una molécula de agua, sin importar cuál fuera su condenado estado. Y no, tampoco se sentía demasiado complacido con el frío. Él era más bien una persona de temperaturas templadas a cálidas.

Volvió a hacer un asentimiento, la comisura de sus labios curvándose a duras penas hacia arriba en una calma sonrisa —Lo hace, general. Desgraciadamente. Por lo que asumo que tendré que vigilarlo de cerca, o de lo contrario me temo que puede que cometa alguna otra tontería, como intentar encender fuego bajo la lluvia.

—Eso parece, teniente —sonrió—. Quizá deba escoltarme incluso a mi casa. E incluso entonces quizá deba vigilarme.

Le dedicó una mirada de amonestación —Estoy segura de que se encontrará perfectamente dentro de su casa, general, sin que yo tenga que estar vigilando su espalda.

—¿Sabe, teniente? Noches de nieve son como tardes de lluvia.

—No creo seguirlo, señor —aseguró, insegura de saber si quería realmente saber lo que su superior había pretendido decir con aquello. Conociéndolo, seguramente sería inapropiado.

—Evidentemente son tardes propicias para hacer cuchara, teniente —declaró, con una sonrisa de satisfacción.

—No pensé que fuera del tipo de hacer cuchara, general —declaró, con seriedad.

—Lo admito, soy más un hombre de la actividad previa a hacerlo —concedió, complacido.

Riza exhaló larga y tendidamente. Si, ciertamente inapropiado —Eso pensé, general, si. Aunque me temo que tendré que declinar cortésmente, ambas actividades, debido a ciertos motivos que puede que recuerde —señaló, con sarcasmo—. Si no lo hace, puede revisar los reglamentos de la milicia, estoy segura de que están catalogados bajo el nombre de ley anti-fraternización.

—¿Es acaso su única objeción, teniente?

—¿Acaso no le parece suficiente, general? —contrarrestó, ceja enarcada.

—Solo me da curiosidad, teniente. ¿Y si tal ley no existiera...?

Espiró —Me temo que existe, general. Y mientras lo haga no veo propósito en discutir cosas irrelevantes.

—¿Es decir que lo tomo como un no? —sonrió.

Asintió —Así es, general. Tómelo como un terminante no —aseverando tajantemente.

—Aún así, teniente, albergaré esperanzas —aseguró. Con expresión de autosuficiencia.

—No lo haga, general. O se decepcionará —replicó, firme.

—Estoy seguro que sobreviviré, teniente —concedió, con expresión calma. Manos aún en los bolsillos.

Suspiró —Estoy segura que si, general.

Roy frunció el entrecejo, observando a ambos lados de las calles de Central —¿Tiene idea de alguna tienda de juguetes, teniente?

Hawkeye también escaneó las calles de Central, por otro lado oscuras ya, iluminadas única y tenuemente por las cálidas y anaranjadas luces provenientes de las altas farolas negras de hierro forjado a ambos lados del camino, en búsqueda de una tienda de ese tipo en cuestión. Desgraciadamente, no veía ninguna, y no tenía conocimiento de la existencia de ninguna de éstas tampoco —Lamentablemente, general, no suelo reparar en éstas, dado que no tengo ningún tipo de uso para las mismas.

Bufó —Admito que yo tampoco.

Hawkeye asintió, sonriendo con calma —Es bueno saber entonces que no tiene ningún hijo disperso por Amestris, general.

Frunció el entrecejo. No encontraba el asunto en absoluto gracioso —Me ofende, teniente. Puedo ser absolutamente cuidadoso cuando necesario —de hecho, ese caía en una de la categoría de asuntos con los que creía no debía bromearse.

—Es bueno saberlo, señor —acordó, con calma. Reconociendo una pequeña tienda pasando la cuadra que se encontraban recorriendo en aquel preciso instante—. Creo que encontramos una, general.

Siguió la línea de visión de su teniente primera y sonrió —Eso parece, teniente, si. Vamos.

Cuando arribaron al lugar, sin embargo, no se sorprendieron de ver que había una gran cantidad de personas adultas con niños, algunos correteando por los corredores, entusiasmados, y otros simplemente sujetos de las manos de sus padres. Ambos, especialmente él, se sintió súbitamente fuera –demasiado fuera- de su ámbito. De hecho, ni siquiera creía estar en su usual rango amplio de ámbitos en los que podía ser relativamente capaz de trabajar. No aquello, estaba excesivamente fuera de ese rango también. En realidad, dudaba que cualquier rango que pudiera tener abarcara ese tipo de establecimientos. Ahora, si hubiera alcohol y mujeres, o subordinados con los que lidiar... Sería otro tema —¿No siente que súbitamente resaltamos en exceso, teniente? —y no necesariamente de forma positiva.

Asintió, notando cómo las personas se volvían a verlos, especialmente por el uniforme, que aún ambos vestían —Un poco, general —concedió—. Si.

Suspiró —Terminemos con esto rápido, teniente. Quiero poder marcharme a casa.

—Si, señor —confirmó. Ella misma lo hacía. Y ciertamente preferiría apartarse de las miradas curiosas de todas aquellas personas en cuánto pudiera. Quizá hubiera sido más acertado el removerse los uniformes antes de ir allí. Aún había personas, demasiadas, que no confiaban en los militares.

En silencio, ambos ingresaron, el uno junto al otro, comenzando a observar las distintas estanterías. Ignorando, deliberadamente, las miradas de las mujeres y las aún más indiscretas miradas de los pequeños niños, que los observaban al pasar con grandes ojos curiosos. Su teniente primera finalmente se detuvo en uno, atestado de animales de felpa, y él, dejando la decisión en manos de ella, se detuvo también. Hawkeye tomó un oso y lo examinó —¿Qué le parece este, general?

Roy enarcó una ceja, examinando el que había tomado él. Ambos parecían exactamente iguales —¿Cuál es la diferencia, teniente?

Suspiró, intercambiando mirada entre ambos. Si, ambos lucían considerablemente similares —No estoy segura, general. Pero apreciaría que sea más cooperativo.

—Lamento admitir que mis habilidades no abarcan esta clase de cosas —declaró, examinando con curiosidad el resto del estante. Había varios animales, todos distintos. Y, en algunos, había un pequeño botón que decía "Presióname".

—Las mías tampoco, general —retrucó, severa—. Es por eso que apreciaría un poco de cooperación.

Se enderezó —Ah... Si, teniente. Lo lamento —sin embargo, no pudo evitar la tentación de presionar uno de los demandantes botones cuya orden de ser presionados estaba visiblemente escrita a la vista de ambos. El animal en cuestión, una jirafa rosa (algo que evidentemente no existía, concluyó), comenzó a mover la cabeza de lado a lado y a cantar una alegre canción infantil. En el silencio de la tienda, el sonido resultó tres veces mayor. Hawkeye, a su lado, le dedicó una clara mirada de amonestación.

—General, por favor, absténgase de tocar la mercadería. La gente nos está viendo —lo reprendió, suspirando larga y tendidamente. Pasando al siguiente estante, continuaron observando los distintos animales de felpa. No obstante, su superior volvió a apretar el botón de uno de los animales. Y no uno, sino tres. Un perro, un caballo y un ave comenzaron a hacer sus respectivos sonidos.

—General, ¿querría explicarme por qué está tocando los botones? —inquirió, ligeramente molesta. Con severidad.

Su superior no parecía afectado —Decían "presióneme", teniente, evidentemente.

Enarcó una ceja —¿Y usted los presionó simplemente porque los botones se lo comandaron, señor?

—¿Acaso no es eso lo que hacemos los perros de los militares, teniente? —sonrió arrogantemente—. ¿Obedecer y acatar órdenes sin pensar?

Frunció el entrecejo —Solo de otros seres humanos, general. No de objetos animados ideados para el uso de niños —señaló, con acidez.

—Es entretenido —confesó, finalmente.

Suspiró —Estoy segura que si, general. Si se comporta, le compraré luego una golosina.

Arqueó ambas cejas, entretenido —¿Me está llamando infantil, teniente?

Cerró los ojos con calma, y retomó la búsqueda de aquello que los había traído allí, para empezar —Interprételo como le parezca, señor. Solo... absténgase de volver a presionar los botones de los objetos.

—Debería intentarlo, teniente.

Negó con la cabeza, secamente —Estoy bien así, general. Gracias —avanzando al siguiente estante, con su superior a su lado. Prácticamente pisándole los talones. Cuando arribaron al sector en cuestión, sin embargo, notaron un ligero cambio. Los animales, en éste, tenían otro motivo. Evidentemente se trataba del tipo de cosas que un hombre regalaría a su pareja y no a un niño. La mayoría, notó, eran osos. La mayoría también, notó, sostenían un pequeño almohadoncillo con forma de corazón y rojo entre sus patas. Salvo uno grande, blanco, que permanecía con un botón de "presióname" en medio de su estómago y abierto de brazos. No pudiendo evitar la tentación, acató. El felpudo animal albino, que de por sí tenía un aspecto considerablemente perturbador en comparación a los otros, que lucían bastante normales, comenzó a mover la cabeza y los brazos. Sus ojos se encendieron de rojo brillante. Y empezó a repetir una y otra y otra vez "te amo" en una voz bastante escalofriante también. Su sonrisa arrogante se borró de su rostro. Hawkeye a su lado se le quedó observando por un segundo también.

—Es... perturbador —finalmente declaró, observando el animal de felpa que no dejaba de repetir las mismas dos palabras una y otra vez, ladeando la cabeza de lado a lado y mirándolos con aquellos brillantes y titilantes ojos rojos que le recordaban, por alguna razón, a los homúnculos. Roy Mustang pensó que quedaría más apropiado si tuviera un cuchillo y no un corazón en una de sus manos. De hecho, Barry The Chopper había lucido normal en comparación a aquel juguete. Y ciertamente menos escalofriante.

Hawkeye asintió —Bastante, general —concediéndole la razón. De alguna forma, le recordaba a aquel homúnculo llamado Gluttony, con esos ojos redondos y pequeños—. Apáguelo, por favor.

Lo intentó, pero no funcionó —Ah... Me temo que no se como hacer eso, teniente Hawkeye.

—Busque la forma, general —lo amonestó, severa. El objeto en cuestión comenzaba a perturbarla aún más. Finalmente, tras dos segundos más de observarlo, el mismo animal cesó, para complacencia de ambos.

Roy frunció el entrecejo —¿Cree que deba comprarlo e incendiarlo para que nadie más tenga que pasar por lo que pasamos nosotros, teniente?

Asintió, aún observando el juguete en cuestión —Sería considerado de su parte, general. Pero me temo que ésta no es su jurisdicción.

—Recuérdeme que nunca le regale algo así a ninguna mujer, teniente —masculló.

—No lo haga, general. A menos que tenga intenciones de enviarle una advertencia para que deje de llamarlo —afirmó, con voz seria. Y luego añadió—. Yo misma le dispararía, con mis propias manos.

—No se preocupe, teniente —aseguró—. Yo me encargaría de incinerarlo primero. Después de todo, es mi deber como superior el de proteger a mis valiosos subordinados.

Asintió, con una calma sonrisa en los labios —Es bueno saberlo, general. Pero debemos continuar buscando lo que vinimos o de lo contrario nos echarán. Y, por favor, absténgase de tocar nada más.

—Después de esa perturbadora escena, teniente, tiene mi palabra de que lo consideraré dos veces antes de siquiera volver intentarlo —aseguró, con una sonrisa en los labios.

Hizo otro gesto afirmativo —Me alegra, general. Quizá deba comprar uno de esos, para persuadirlo de que realice su papeleo o de lo contrario me forzará a encenderlo.

Frunció el entrecejo —Mejor dispáreme, teniente. Y libéreme de mi miseria, a forzarme a ver eso todos los días en el cuartel general.

—Tiene razón, general. Es cruel —aseguró, con la misma curvatura calma de los labios.

Asintió —Incluso para usted, teniente.

Enarcó una ceja —Estoy segura de que he sido bastante tolerante, general, a lo largo de todos estos años, aún cuando mi superior se rehúsa constantemente a realizar su trabajo como corresponde. Así que apreciaría que no me llame cruel.

—No tiene la misma tolerancia con mi amor propio —objetó—, o mi dignidad, teniente.

—Su ego es lo suficientemente grande, general, y estoy convencida de que no hay necesidad que yo lo alimente aún más. En cuanto a lo segundo, pensé que estaba claro, señor, que su dignidad es un caso perdido.

—Ah... Ahí está otra vez. Mejor vamos a buscar el condenado juguete, teniente.

Asintió, complacida —Si, señor —comenzando a seguirlo al siguiente sector.

—¿Qué le dijo, Thereza, teniente? —inquirió, finalmente, ladeando la cabeza a ella con curiosidad. Hawkeye permanecía examinando la mercancía de los estantes. Vista al frente.

—Nada —aseguró—. Solo me confirmó lo que ya sabía, general, que siempre fue un irremediable imprudente, aún durante sus años de academia.

—En mi defensa, teniente. Hughes era una mala influencia —aseguró.

—Parece bastante improbable, general —replicó, con calma—. Si había una mala influencia, estoy segura de que era usted.

Enarcó una ceja, entretenido —¿Tan pobre idea tiene de mi persona, teniente?

Negó con la cabeza, nuevamente con una pequeña sonrisa calma en los labios —No, general. Solo me atengo a los hechos. Si mal no recuerda, fue usted quien sugirió salir aquella vez, durante la tormenta, en casa de mi padre.

—Ah... Admito que esa no fue una de mis más brillantes ideas, teniente —concedió, recordando el suceso con particular afecto, a diferencia de cómo parecía recordarlo su teniente primera. Concedido, había sido una terrible idea, pero la imagen al final del día de la joven hija de su sensei empapada de pies a cabezas, con su piel sumamente pálida, sus grandes ojos color tierra, sus labios entreabiertos ligeramente azulados y sus mejillas coloreadas tenuemente debido a que habían debido correr de regreso a la casa, habían compensado todo el resto.

Y Dios, si había deseado besarla entonces, viéndola gotear pequeñas gotas frías de los cortos cabellos rubios de su nuca al suelo. Pero se había abstenido. ¿Por qué? Ahora ya no estaba seguro de tener idea. Seguro, en aquel entonces había tenido una infinita cantidad de razones para hacerlo (una de ellas siendo que su padre era quien le enseñaba alquimia y no solo parecía inapropiado besar a la hija del hombre que era su maestro sino que necesitaba a dicho hombre en cuestión, para aprender alquimia y alcanzar su ambición), como las tenía ahora también. Sin embargo, de haber sabido que las cosas terminarían de esa forma, simplemente la habría besado. Presionado sus labios fríos contra los helados de ella como si no hubiera a haber un mañana para ninguno de los dos.

—Así como, si mal no recuerda, fue usted quien insistió que lo acompañara a Central, durante su aprendizaje. Y me instó a que probara alcohol, a pesar de mi menoría de edad.

—Afortunadamente, teniente, parece ser que siempre tuvo una amplia tolerancia al alcohol —sonrió, de lado, recordando el suceso. Había sido la primera vez que había llevado a una mujer al bar de Madame Christmas, de hecho, y las empleadas del bar no lo habían dejado en paz al respecto, sin importar cuánto él hubiera insistido que Riza era solo y estrictamente la hija de su maestro. Él había tenido 17, después de todo, y ella 14.

—Tuve dolor de cabeza el resto del trayecto de regreso, general, si mal no recuerda —le recordó, mordazmente—. Y, si me permite recordarle también, fue usted quien-

—Entiendo, teniente —la cortó, pellizcándose el puente de la nariz—. Me hace sonar como si hubiera sido un corruptor de menores.

Una pequeña pero tenue sonrisa apareció en sus angulosas y habitualmente severas facciones —¿Acaso no lo fue, general? Hasta que arribó a mi casa yo era perfectamente ingenua.

Frunció el entrecejo —Y así lo era cuando me fui, teniente. A pesar de que me hubiera gustado encargarme yo mismo del asunto.

Suspiró, dedicándole una mirada de amonestación —Me temo que se desvió del tema de conversación, general.

Sonrió —Eso parece, teniente, si. Mis disculpas.

—Y absténgase de hacer esa clase de comentarios —le recordó, con igual severidad.

—Solo estaba siendo honesto.

Negó con la cabeza —Entonces absténgase de serlo, señor. Es inapropiado.

—Entiendo. Entiendo, teniente. Me comportaré —hizo una pausa—. Pero fueron buenos tiempos, ¿verdad?

—Difícilmente, general. Debido a su mala influencia tenía un raspón en mis rodillas todos los días y aún entonces tenía que cerciorarme de que no procrastinara y leyera sus libros de alquimia como mi padre le había ordenado.

Enarcó una ceja, aún sonriendo arrogantemente —Si soy tan mala influencia, teniente, ¿por qué decidió seguirme hasta la milicia?

Suspiró —Era joven, general. Y no tenía demasiada más familia que mi padre y usted.

Torció el gesto. Y de ambos, él había sido el único en prestarle una remota atención, dado que Hawkeye-sensei solo se había recluido en su despacho abstraído y obsesionado completamente por su investigación, relegando incluso a un tercer plano, a su única hija. La cual, por otro lado, había sido aún demasiado joven para cargar con el peso de todas las cosas que había debido cargar. Sin embargo, incluso entonces, incluso reservada y estoica, aunque más ingenua, Riza había manejado la situación diestramente sin siquiera quejarse o detenerse a pensar demasiado. Incluso entonces, Riza Hawkeye había parecido la versión miniatura de la adulta que actualmente tenía a su lado. Por esa razón, había hecho todas esas cosas e idioteces que había cometido, para ayudarla a relajarse un poco —¿Se arrepiente, teniente, de haberme seguido?

La expresión de ella se suavizó —Sabe que no, señor. Aún cuando fuera, en efecto, una terrible influencia. De hecho, estoy convencida de que hubiera estado en mis mejores intereses el mantenerme alejada de usted, general.

—Posiblemente —concedió, sonriendo. Aunque había un cierto trasfondo de amargura en todo aquello. En aquel entonces, solo le había causado raspones y cortaduras y alguna que otra gripe. Solo nimiedades, que eventualmente habían desaparecido sin dejar marca alguna en su cuerpo y persona. Sin embargo, los años que le habían seguido no habían sido tan simples. Y lejos de la casi carente de riesgos vida provinciana, Ishbal había sido un infierno, para ambos. Y la había mancillado, todo su cuerpo, con aquellas feas escaras que sabia Hawkeye escondía en su espalda por él. Aún recordaba la inflamada y violentamente enrojecida piel de ella, las ampollas, y la forma en que sus flamas le habían arrancado a lambetazos la hermosa piel que una vez había poseído allí. Y de allí, las cosas solo habían ido de mal en peor, regalándole cicatrices prácticamente por cada año que llevaban conociéndose. Aún no podía mirar la de su garganta sin desear morir. La había arruinado. En tantos sentidos que ni siquiera podía contar. Pero ella aún continuaba allí.

Debió haber perdido la sonrisa en algún punto de sus pensamientos porque ella lo detuvo de continuar caminando, colocando una mano calmamente sobre el brazo de él —No pienses en esas cosas, por favor. Después de todo, fui yo quien decidió seguirte. Así como fui yo quien decidió asesinar. Si, fui yo quien decidió tomar un arma. Además —añadió, con una calma curvatura en sus labios—, admito que disfrutaba de su compañía, general, por mala influencia que fuera.

—¿Así que al final tuve éxito en corromperla, teniente? —replicó, recobrando el ánimo, con una amplia sonrisa de autosuficiencia.

—No necesariamente, general. Pero se podría decir que si —concedió. Retomando su examinación de los estantes a ambos lados. Frunció el entrecejo. Su superior, siguiendo la línea de visión de su teniente primera, comprendió. Él mismo estaba teniendo la misma sensación al respecto.

Allí, delante de ambos, en un estante, había una serie de armas de juguete —Parece... estar terriblemente mal, teniente, ¿no cree?

Ella tomó una de las tantas, examinándola e incluso retrayendo la corredera, la cual volvió sola inmediatamente a su lugar de origen. Depositándola una vez más en el estante, suspiró —Así es, general. No creo que las armas sean un apropiado juguete para niños —ni siquiera las copias idénticas hechas en plástico, por inofensivas que pudieran ser o parecieran.

Después de todo, ella misma sabía por experiencia propia lo que un arma era capaz de hacer. Y aunque había aseverado que éstas eran buenas, porque no dejaban en uno la sensación de sangre en las manos, la sangre de una persona muriendo en sus manos, había mentido. A su superior y a sí misma. La sensación estaba allí y, sin importar cuánto restregara la piel en sus palmas hasta dejarlas al rojo vivo, esa sensación nunca la abandonaría. No, la acompañaría hasta el día de su muerte. Y aún cuando ella había tomado la suya para proteger a alguien. Sabía perfectamente que en manos equivocadas podía ser solo un arma de destrucción. Si, ella misma había visto el resultado, ella misma había jalado el gatillo demasiadas veces más de las que podía contar. Por esa razón, había tomado la determinación de no tomar la vida de nadie más, y apuntar estrictamente a puntos no vitales, a menos que resultara absolutamente necesario.

—Creo que deberíamos retornar a la sección de animales de felpa, general —dijo finalmente.

Roy asintió —Solo... mantengámonos lo más humanamente posible alejados de ese juguete, teniente. La perturbadora escena aún está fresca en mi cabeza.

—Si, general. Después de todo, admito que yo misma no tengo los menores deseos de volver a verlo.

En silencio, deshicieron sus pasos y retornaron a la sección en cuestión. En la cual, con la mayor efectividad y el menor tiempo requerido, seleccionaron un oso de felpa relativamente agradable a la vista e hicieron que una de las empleadas del local (que ya estaba cerrando, por supuesto), la cual no pudo evitar observar al general de brigada Mustang de forma apreciativa tampoco, que lo envolviera para regalos. Y ambos abandonaron el local. Cuando lo hicieron, por supuesto, ya eran pasadas las ocho treinta de la noche. Hawkeye espiró y observó su reloj.

—Bien, buenas noches, general. Y buena suerte.

El moreno solo desvió la mirada a un costado y rascó su nuca. Se sentía como un idiota, realmente. Y como el adolescente contándole su ridículamente ingenuo sueño delante de la tumba de Hawkeye-sensei, que ella había encontrado maravilloso de todas formas. Pero debía admitir que no se sentía plenamente cómodo yendo a la casa de la esposa –viuda, debía recordarse, viuda era el término apropiado- de Hughes por su cuenta. Hawkeye solía tener más tacto, para determinadas circunstancias. E indudablemente le ayudaría la constancia y calma que su presencia le proveían en todo momento —¿Me acompañaría, teniente? Admito que no soy muy diestro para manejar éstas situaciones. Y ciertamente podría venirme bien su presencia a mi lado.

Frunció el entrecejo —¿El cumpleaños es hoy, general?.

—A-Ah... ¿Acaso no lo había mencionado?

Suspiró —No, señor. Pero no puedo decir que me encuentre sorprendida. Después de todo, tiene una mala costumbre de dejar las cosas para último momento. Incluido su papeleo.

Sonrió, se lado —¿Eso es un sí, teniente?

Asintió —Si, general. Es un si. Pero apreciaría que nos apresuráramos. O de lo contrario lo responsabilizaré por la muerte de mi perro.

Metió las manos en los bolsillos, sonriendo y volteándose para comenzar el camino al lugar en que una vez había habitado Hughes. La idea no le atraía, pero se sentía responsable de la familia de su amigo y no creía apropiado pasar por alto la fecha del cumpleaños de su hija. Además, la presencia de Hawkeye a su lado lo hacía todo un poco más tolerable. Ella, su entera existencia, hacía la de él un poco más tolerable. Y no creía nunca haberle agradecido por ello apropiadamente —No me verá objetando, teniente. Vamos.

No, posiblemente nunca había sido capaz de hacerlo. No apropiadamente, al menos, y no como su teniente primera merecería. Pero ya lo haría. Si, ya encontraría el momento para hacerlo. No planeaba morir sin hacerle saber de cuánta ayuda había sido su mera presencia en su vida.

No, no planeaba morir hasta estar seguro de que Hawkeye sabía. No planeaba hacerlo hasta que todo estuviera dicho y hecho. Entonces, solo entonces, podría quizá considerar descansar en paz. O lo más remoto a eso a lo que personas como ellos podían aspirar. No, importaba. No realmente. No mientras ella permaneciera a su lado hasta el final de sus días.