Este capítulo trae banda sonora.
Cuando aparezca el símbolo 1.& deben poner la canción "Please let me get what i want" de The Smiths
( www. youtube watch?v=DMQbzLrvwlE)
Cuando aparezca el símbolo 2.& deben poner la canción "Hometown glory" de la increíble voz de Adele ( www. youtube watch?v=Ln_D61tq_zk).
Y por último, cuando aparezca el símbolo 3.& deben poner "Please let me get what i want" , pero esta vez, en la voz de She and Him ( www. youtube watch?v=9rC0fbNSxvM)
El Diario de una Máscara.
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12.- Un mes. Una decisión. Un arrepentimiento.
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Hermione despertó abruptamente, incorporándose de inmediato hasta quedar sentada, logrando que su cabeza comenzara a dar vueltas por lo rápido del movimiento. Mareada, llevó una mano hasta su sien, rogando que todo dejara de girar tan vertiginosamente. Sin embargo, al hacerlo, notó el excesivo calor de su piel. Su frente ardía y su cuerpo estaba transpirando como si le hubieran lanzado un balde de agua.
Un estornudo violento la obligó a sacudirse, lastimando sus músculos y arrancándole un quejido. Pero no pensó en el dolor. Se limitó a agradecer mentalmente la cajita de pañuelitos que seguramente la señora Pomfrey había dejado en su velador previendo la situación. El estornudo había traído pegajosas consecuencias, y no tenía intenciones de ensuciar sus sábanas.
Tomó uno de los pañuelos y se sonó con todas sus fuerzas -las cuales no eran muchas-, dándose cuenta que su chapuzón en la Antártica no había sido gratis. De seguro se había pescado un colosal resfriado, ya que se sentía fatal. Le dolía todo y podía jurar que su cerebro se había llenado de mocos. Sólo quería dormir. Desaparecer por un rato. No pensar.
Un lujo al cual Hermione Granger jamás había podido acceder.
Volvió a recostarse respirando con dificultad, mientras su memoria comenzaba involuntariamente a repasar lo que había sucedido la noche pasada.
Ella interpretando a Parkinson.
Los labios de Malfoy en su cuello.
La mirada lujuriosa de Lord Chaos.
Malfoy protegiéndola a su propia costa.
Malfoy desapareciendo frente a sus ojos, siendo reemplazado por hielo y más hielo...
Su mandíbula comenzó a tiritar, pues al recordar todo, estaba reprimiendo las ganas de llorar de impotencia.
Tenía el corazón oprimido de la más sincera preocupación. ¿Qué sería de Malfoy? ¿Estaría bien? ¿Habría logrado pasar la prueba? No sabía nada. Absolutamente nada de su destino, y la angustia comenzaba a subir a niveles alarmantes. No había podido hacer nada por ayudarlo, ¡absolutamente nada! mientras él; él la protegió a pesar de todo lo que ella había hecho. A pesar de merecer su odio de cabo a rabo. A pesar de...
–Nunca pensé que fuera tan curiosa, señorita Granger –escuchó una voz familiar, interrumpiendo la ráfaga de pensamientos que la atormentaba -Pero esto confirma que uno nunca conoce a la gente lo suficiente.
Miró a su izquierda y se dio cuenta que ahí ya se encontraba el profesor Dumbledore, sentado con una pierna cruzada, mirándola por arriba de sus gafas con algo de tristeza marcada en sus orbes azules.
–Aunque es comprensible –prosiguió ante su silencio–. Encontrar el alma de una persona volcada en un libro es una tentación difícil de resistir. Aunque debo confesar que eso de copiar algo ajeno escapa de su habitual e intachable comportamiento. ¿Qué la llevó a hacerlo?
Hermione quedó de piedra y comenzó a boquear como pez fuera del agua. "¿Sabe de la existencia del diario? ¿Sabe que yo lo leí? ¿Sabe que tengo una copia?" pensó, sintiéndose profundamente avergonzada. Pudo notar como sus mejillas se coloreaban aún más, ya no por la fiebre, sino del más sincero bochorno.
–¿Cómo...? –susurró bajando la mirada.
–Las pinturas, señorita Granger, las pinturas –la interrumpió el anciano, pero su tono de voz no era de reproche, sino más bien, quería enfatizar la obviedad de la respuesta–. El castillo está lleno de ellas y los alumnos aún no entienden que éstas pueden ser muy chismosas si se lo proponen. Les llamó la atención el hecho de que encontrase el diario del joven Malfoy y desde entonces la han estado observado. Debo admitir que me sorprendió mucho que hiciera una copia, pero bueno, fuera de las objeciones morales que eso me provoca, ahora nos va a servir de mucho contar con el.
La muchacha tragó espeso y elevó la mirada con algo de extrañeza.
–Usted sabía de la existencia de ese diario de antes, ¿Cierto? –se aventuró.
Y obtuvo un buen resultado, ya que el anciano asintió con una sonrisa nostálgica.
–Quizás es mejor que vea la respuesta por sus propios ojos.
El director acercó un pensadero con su varita. El aparato estaba en la esquina suroeste de la enfermería, algo en lo que jamás Hermione había reparado con anterioridad. Lo puso justo al lado de la camilla, para luego extraer de su sien un hilillo plateado con algún recuerdo, el cual fue depositado con un movimiento de muñeca sobre el artefacto. Hermione miró a su director esperando su aprobación, y al tenerla, se incorporó sobre un codo para poder agachar la cabeza en el pensadero y observar.
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"Un joven de cabellos rubios estaba en cuclillas, escudándose en la oscuridad, ocultándose del resto. Temblaba de pies a cabeza. Sus ojos estaban enrojecidos y su expresión era dura; una mezcla de rabia y decepción que se podía percibir fácilmente. Al lado de él, un baúl enorme le hacía compañía, el cual servía de apoyo a una gran jaula con una lechuza negra y majestuosa.
–Joven Malfoy, ya debería estar listo. Casi todos los alumnos ya están abordo.
Albus Dumbledore, que había aparecido de la nada, ahora se encontraba al frente de aquel muchacho.
–No quiero volver a casa –respondió él, testarudo–. No quiero verlo. Sé que tuvo que ver con esto.
El anciano negó con la cabeza y se arrodilló no sin dificultad hasta su altura.
–Me gustaría ayudarte, Draco, en serio, pero lamentablemente no puedo. Narcissa se pondría muy triste si no vuelves. Tienes que estar ahí por ella, por tu madre. Además, no hay forma de probar que él tuvo participación en la muerte del joven Diggory. No hay excusa para que no vuelvas a tu casa. Lucius no permitirá que no vuelvas y yo no tengo como fundar un caso en su contra ante Wizengamot. No por ahora.
Los ojos del Malfoy de cuarto año lo miraron suplicantes, pero al ver que nada cambiaría, volvió a enfocarlos hacia el vacío, tornándose inexpresivos.
–No lo puedo creer –esbozó ya sin emoción.
Dumbledore lucía realmente afectado al no poder tenderle una pizca de ayuda.
–Hijo –soltó, colocando una mano en su hombro–. Estás ahogándote por tragarte todo lo que piensas y sientes. La muerte del joven Diggory no ha hecho más que estallar esta bomba de tiempo que tienes hace rato dentro del pecho. Necesitas dejarla salir o tu alma se marchitará. Te tornarás tan oscuro que ni podrás reconocerte. Morirás por dentro, ahogado en tu verdadera esencia. ¿Eso deseas?
El muchacho lo miraba entre escéptico y sorprendido, sin saber qué responderle.
–Toma –agregó Dumbledore, sacando del bolsillo de su túnica un cuaderno negro.
Malfoy lo tomó y lo miró desde todas las perspectivas posibles, tratando de entender la extraña mente del director.
–¿Y esto? –soltó al no lograrlo.
–Es un cuaderno –respondió, encogiéndose de hombros–. Lo compré hoy para escribir. Ya sabes, a veces escribir lo que se siente es la mejor terapia. Y creo sinceramente que tú le darás un mejor uso que este viejo decrépito; que olvida sus pensamientos a menudo.
Draco lo miró con ambas cejas alzadas y regresó la vista hacia el cuaderno. Vio como Dumbledore extraía su varita y con un simple hechizo lo personalizaba, grabándole en una de las esquinas inferiores sus iniciales: D.M.
–Ya es tarde –soltó, incorporándose y logrando que el muchacho se levantara también–. Es mejor que te apures si no te quieres quedar abajo del tren. A menos que quieras volver a pie a Malfoy Manor.
El joven de cabellos rubios lo miró y asintió, guardando celosamente el cuaderno dentro de un bolso que llevaba cruzado al hombro. Tomó tanto su baúl como su jaula y comenzó a correr por los pasillos para llegar al tren, desapareciendo progresivamente del campo visual del viejo director hasta que no quedara rastro de él"
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Hermione retiró suavemente su rostro del pensadero y levantó la mirada hasta posarla en los ojos del Director.
–Usted se lo regaló –dijo, no sin sorpresa.
El anciano asintió lentamente y se quitó las gafas, procediendo a acariciar el puente de su nariz.
–Efectivamente, y creo que fue un gran acierto –aseveró, volviendo a poner las gafas en su lugar–. Antes de la lamentable muerte del joven Diggory, Draco admiraba a Lucius como cualquier hijo lo haría con su padre, pues consideraba que era alguien al cual había que aspirar. En cierta medida, justificó e ignoró conscientemente sus fechorías en la medida que le fue posible. Sin embargo, luego de los hechos del torneo de los tres magos no pudo evitar enfrentarse con la cruda verdad. Él tenía plena seguridad que su padre había participado como mortífago y eso provocó un quiebre irreparable en la imagen que tenía de él. Como pudiste ver, eso lo atormentó mucho y comenzó a cuestionarse todo lo que había hecho y pensado. Lo bueno es que en cierta medida, terminó por hacerme caso y se desahogó mediante la escritura; porque mediante la escritura es que logró llegar a ser quien es hoy. Sustancia tras una máscara.
Hermione asintió en silencio, apretando sin querer las sábanas en sus puños.
–Usted me dijo que lo sabía todo –comenzó, y el anciano hizo un movimiento de cabeza afirmativo–. Entonces ¿Sabe lo de las pruebas? ¿Lo de los símbolos? ¿Cómo lo sabe?
–El mismo Draco me informó de ese delicado tema –respondió, notando como la sorpresa coloreaba el rostro de la muchacha–. Verá, señorita Granger. Hay muchas cosas que pasan en el mundo exterior sin que ustedes se enteren, y es mejor que así sea. Pero ya que tiene nociones acerca del problema, es mejor que se lo explique, ¿Un caramelo de limón?
Hermione se descolocó al verlo extraer de su bolsillo una cajita de caramelos en plena conversación.
–No, gracias. Continúe.
El Director sacó un caramelo y se lo echó a la boca, mientras con la mano libre volvía a guardar la caja en el bolsillo de donde lo había sacado.
–Después del fracaso de los mortífagos en el ataque al Departamento de Misterios del Ministerio de Magia –empezó a explicar con cuidado, como si quisiera medir la información que le daba–. Voldemort consideró que era necesario, en cierta forma, castigar a sus seguidores por su debilidad, diseñando además un programa de entrenamiento para sus nuevos integrantes, consistente en siete pruebas casi imposibles de pasar. Pasando una de ellas, el vencedor obtendría un tatuaje de reconocimiento... Digamos que su idea es que sólo llegasen a ser mortífagos quienes realmente lo merecieran. Aunque tengo la impresión que esta es una nueva armada, una nueva casta, algo superior a los mortífagos.
–¿Pero qué tiene que ver Malfoy en todo esto? –repuso Hermione, impaciente–. ¿El ingresó al programa y luego se confesó con usted?
Dumbledore negó su suposición.
–Voldemort consideró que para dar puntapié inicial a su idea, para su primera "versión" del entrenamiento, sólo se dispondría de una vacante, solo una, en el cuerpo de los mortífagos, respecto de la cual lucharían a muerte diversos postulantes, empezando aquellos que debían cargar con la culpa de sus padres, los hijos de los mortífagos en desgracia, como Lucius Malfoy. Obviamente, se imaginará que el primero en su lista fue Draco, pero él se negó a participar, argumentando que prefería morir antes que convertirse en uno de ellos. Como podrá adivinar, señorita Granger, su negativa enfureció al Señor Oscuro, por lo que decidió amedrentarlo secuestrando a Narcissa Malfoy, con la amenaza de que si no seguía estrictamente el programa, la mataría. Claramente eso derrumbó la voluntad del joven Malfoy, que se vio obligado a participar.
Hermione cerró los ojos de consternación.
–Fue entonces que recurrió a mí –agregó con pesar–. Un día antes de su primera prueba. Me ofreció información a cambio de que encontrara a su madre, la ocultara en un lugar seguro, y la protegiera de su Lord Oscuro.
–¿Y han podido encontrarla?
–Lamentablemente aún no. La Orden trabaja arduamente en eso, pero no hemos logrado ningún resultado sobre su paradero. Es por ello que el joven Malfoy sigue en el programa. Es natural que quiera proteger a su madre. Sabe que si no sigue estrictamente cada proceso, cada prueba, que si no deja que lo tatúen, su madre correrá peligro. Y usted que ha leído su diario sabe a la perfección que el joven Malfoy jamás dejaría que su madre corra peligro, ¿cierto?
Hermione suspiró y asintió. Tan sólo podía imaginar la desesperación que debía sentir Malfoy al encontrarse entre la espada y la pared. Obligado a convertirse en quien más odiaba para proteger a quien más amaba.
–¿Y Theodore Nott? ¿Cómo se metió en eso? –preguntó, recordando de pronto las palabras de Malfoy.
Dumbledore tomó aire antes de responder a eso. Al parecer, no se esperaba que Hermione también supiera que Theodore Nott estaba igualmente involucrado.
–Cuando Draco se negó rotundamente a participar –explicó–. Voldemort no sólo consideró apropiado secuestrar a su madre para castigarlo, sino que además, le dijo que si no lo hacía bien, destruiría todo lo que le importaba, y para demostrarle que estaba hablando en serio, le dijo que uno de sus amigos sería obligado a entrar al programa...
–Entiendo –se adelantó la muchacha.
Pero el Director le hizo presente de inmediato su error.
–Se equivoca –soltó–. Voldemort en un principio no eligió al joven Nott, sino a la señorita Parkinson. Como quería herir a Draco por su osadía, eligió al amigo más débil para asegurarse que muriera dentro del programa, es decir, su intención era que ella no lograra pasar ninguna etapa. Sólo lo haría para darle una dolorosa lección. Sin embargo, antes de que pudiera ir a buscarla para obligarla, el joven Nott se presentó ante él y le suplicó insistentemente que le dejara tomar su lugar. Ahora, la verdad desconozco el porqué Voldemort accedió a su petición, pero lo hizo. Quizás, pensó que él también moriría pronto, pero Theodore resultó ser un hueso duro de roer.
Hermione estaba conmmovida con la gallardía de Nott, sorprendida por su capacidad de sacrificio. Aunque si lo pensaba fríamente, ella probablemente también daría la vida por sus amigos.
–¿Y ella lo supo? Digo, ¿Parkinson sabe que Theodore está en el programa por ella? ¿Que se sacrificó para salvarla?
El anciano sonrió tristemente.
–Jamás. Ella solo sabe que ambos están en esa lamentable situación. No sabe los motivos concretos del joven Nott, y por lo que tengo entendido, no piensan informárselo. No quieren hacerla parte de eso más de lo necesario.
Ella comprendió de inmediato los motivos. De seguro no quería provocarle un insoportable sentimiento de culpabilidad. Sin embargo, aún había un tema que no calzaba.
–Hay algo que no entiendo –confesó ceñuda–. Malfoy mencionó que Theodore llevaba más tiempo de entrenamiento que él, ¿cómo puede ser así si ambos fueron obligados en la misma época?
–Eso es harina de otro costal, señorita Granger –contestó Dumbledore sin intenciones de ahondar en el tema–. Digamos que el joven Nott tuvo una infancia difícil y ha sido duramente entrenado desde pequeño por su padre. Este entrenamiento de Voldemort vendría a ser su educación oficial, pero él ya viene preparado de antes. Malfoy no. ¿Ahora lo comprende, señorita Granger? ¿Entiende porqué el joven Nott desarrolló esa extraña doble personalidad? ¿Entiende porque el joven Malfoy insiste en alejar a la gente de sí?
Hermione cerró los ojos en señal de afirmación. Ahora todo era más claro.
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Por qué Theodore Nott tenia dos versiones de si mismo, una tranquila y otra explosiva.
Por qué Draco Malfoy se había alejado de todos, evitando formar lazos con el resto.
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Y la respuesta psicológica era muy sencilla.
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Porque el primero había sido sometido desde pequeño a un entrenamiento oscuro, haciendo mella en su pura personalidad.
Porque el segundo se había auto convencido de que todo aquel que lo rodeaba terminaba herido, dañado.
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Y Hermione sintió pena. Porque Nott estaba condenado a vivir con lo que traía en su ADN y lo que le había inculcado su padre. Mientras Malfoy se había auto-condenado a vivir en soledad, personificando a alguien más.
–Muy pocos saben la situación que los aqueja, señorita Granger –esbozó el director–. Así que le rogaría encarecidamente que esto no saliera de aquí. Sobretodo por el joven Nott. Él no tiene idea que yo sé que está metido en esto. Sólo conozco su estado a través del señor Malfoy, pero espero fervientemente que él se acerque pronto para buscar una solución junto a la Orden.
–No se preocupe por eso. Seré una tumba al respecto –aseguró con solemnidad la castaña.
Dumbledore sonrió convencido de aquello.
–Perfecto... –dijo a la vez que se levantaba de su asiento–. ¡Ah! Y para sacarla del embrollo en que se metió con el joven Malfoy, le diré que trabaja para mí. Obviamente omitiré que usted sola se ha hecho una copia de su diario, eso es un elemento que nos puede servir en el futuro, pero respecto a la suplantación que hizo de la señorita Parkinson, quédese tranquila –Hermione se sonrojó visiblemente al saberse descubierta–. Le diré que sabe de la situación porque yo se la he informado y que su deber es exclusivamente que él no pierda el norte.
–¿Que no pierda el norte? –repitió confundida.
–Así es –corroboró el anciano–. Créame que esas pruebas están hechas para destruir la bondad que hay dentro de los postulantes. Es por eso mismo que también le encargo que tenga un ojo puesto en el joven Nott. Por lo que sé, ustedes han desarrollado una especie de complicidad y me gustaría que la profundice para influenciarlo. Para que recurra a nosotros también y podamos ver cómo lo ayudamos a salir de esto antes que sea demasiado tarde.
Hermione vio como el Director se giraba para retirarse de la enfermería, luego de realizarle una corta reverencia a modo de despedida. No obstante, antes que saliera de ahí, una terrible duda asaltó su cabeza.
–¡¿Qué pasa si ambos llegan a la séptima prueba y la pasan?! –le gritó, antes de que abriera la puerta.
Dumbledore se giró y contestó con un tono que sonaba excesivamente serio en él.
–Ruego a Merlín que podamos sacarlos de ahí antes que eso ocurra, señorita Granger. Considerando que Voldemort solo ha dispuesto una vacante, puedo imaginarme cuál sería su solución práctica si ambos llegasen hasta el final.
La muchacha tragó espeso, pues se lo imaginaba también a la perfección.
"Un duelo mágico" pensó horrorizada.
–¿Ha tenido noticias de él? –agregó en un murmullo–. ¿De Malfoy?
El anciano sonrió, aparentemente enternecido con su preocupación.
–Aún no, señorita Granger. Aún no. Pero no pierda las esperanzas. El joven Malfoy es más fuerte de lo todos creen.
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"Cuando pienso en mi niñez, me cuesta distinguir lo que realmente fue, de lo que mi cabeza inventó. Lo que viví de lo que creí vivir, y de lo que no recuerdo haber vivido. Impresiones abstractas en mi cabeza. Olores, combinación de colores, formas. Sentimientos. Pensamientos que alguna vez estuvieron en mi cerebro, pero que se esfumaron con la edad. Con el descubrimiento de ciertas verdades. Con la decepción. Con el crecimiento. Con el dolor.
Por eso, hay ocasiones en que cierro los ojos y creo recordarme a mi mismo flotando en un lago, casi sin necesidad de hacerlo a conciencia, como una embarcación atravesando el océano, sin tormenta a la vista, solo deslizándome a través de olas imaginarias.
(Por mi tamaño, no debo tener más de seis años, quizás siete).
Todo huele a eucalípto; el sol está en lo alto y alumbra cada hoja de cada árbol que me rodea, haciéndolas extrañamente brillantes, destacando el rocío que corre por ellas, dándome a entender la lluvia que precedió a aquél día.
Y ahí los veo. A la orilla, sentados en el pasto sobre una gran manta, comiendo frutas, conversando y riendo entre sí. Madre me alerta que tenga cuidado, que el agua es engañosa, mientras padre le dice que nada pasará. Que es algo natural en los niños, pero que no me aleje demasiado, que aún no sé nadar bien.
Los dos parecen envueltos en una burbuja radiante. Ella enfundada en un vestido amarillo con margaritas y él de pantalón oscuro y camisa blanca. Cada cierto tiempo, me observan para asegurarse que no me he ahogado, y continúan charlando, como si no existiera otra persona más interesante en el mundo.
¿Será real ese recuerdo? ¿Alguna vez mis padres fueron tan felices? ¿Alguna vez emanaron tanta tranquilidad? ¿Alguna vez fueron tan solo una pareja?"
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Hermione sintió que el mentón le tiritaba, así que decidió cerrar aquél libro de un solo golpe y regresarlo al bolso que le habían hecho llegar sus amigos. Tanto Harry como Ron habían ido a visitarla el día anterior extremadamente preocupados por su condición. La señora Pomfrey les mintió diciendo que, por estar paseando tan cerca del lago, había sido atrapada por el calamar gigante que la había arrastrado al agua, provocándole una neumonía de los mil demonios.
Ellos ni se cuestionaron el hecho, solo la trataron de imprudente, ofreciéndole ayuda en lo que quisiera. "Sólo necesito que traigan mi bolso" les solicitó, y ellos pensaron de inmediato que se trataba de una de sus extravagancias intelectuales, que pretendía divertirse leyendo materia escolar, así que le dieron en el gusto sin más preguntas.
Pero no podían estar más equivocados.
Ella quería leer el diario de Malfoy. De alguna forma, pensaba que eso le haría sentir que estaba vivo. Que estaba bien.
Por eso, cuando esa misma tarde Dumbledore acudió a la enfermería para avisarle que Malfoy había sobrevivido a la prueba, una lágrima de alivio, tan solo una, recorrió su mejilla. Sin embargo, no todas eran buenas noticias; el profesor no sabía cuándo volvería, si es que llegaba a volver. Malfoy quedó demasiado mal luego de esa maldita prueba y estaba en recuperación en San Mungo, sin fecha de retorno.
Hermione sintió que su corazón se volvía una pasa y que la preocupación, que dejó de inundar su pecho, había vuelto con mayor fuerza. ¿En qué diablos consistía esa estúpida prueba? ¿Que ahora no solo tenía a Nott en San Mungo, sino también a Malfoy?.
"Mejor herido que muerto". Pensó, tratando de animarse.
Hermione se giró y decidió espantar sus miedos durmiendo, cayendo inmediatamente en un estado de sopor que, sin saberlo, fue propiciado por la última medicina que le administraron luego que el Director abandonara la enfermería.
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"Estaba todo oscuro, pero no de una forma natural, alguien le estaba tapando los ojos.
No se sentía indefensa, ni asustada. Confiaba plenamente en esas manos y su dueño. Caminaba guiada por él sin cuestionárselo, sin saber su destino, sin saber absolutamente nada.
–¿Cuánto falta? –preguntó su alterego del sueño.
–Poco, muy poco.
Ella sonrió en una mezcla de nerviosismo y ansiedad. Su corazón bombeaba rápido y la cercanía de él desordenaba todas sus hormonas.
–Llegamos –lo escuchó susurrar después de un rato–. Abre los ojos.
Sintió como sus manos abandonaban su cara y abrió los ojos perezosamente, cegada en un principio por la luz, pero acostumbrándose rápidamente a la vista que tenía al frente.
–Es... es... hermoso –murmuró sorprendida.
–Y es todo tuyo.
Hermione no podía ver lo mismo que veía la Hermione del sueño; pero si podía sentir lo que ella estaba sintiendo; Emoción. Mucha emoción.
Ella pudo sentir como entre sueños esbozaba una amplia sonrisa, y como él lentamente depositaba un beso en su mejilla"
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Hermione despertó naturalmente y estiró sus brazos para desperezarse. Aún podía sentir sus labios estirados dibujando una sonrisa en su rostro, pues contra todo pronóstico, había tenido un sueño reparador y además especial, que le había dejado un agradable hormigueo en el pecho.
Suspiró sonoramente mirando al techo, preguntándose cómo estaría Malfoy, qué tan herido estaría, cuánto se tardaría en volver, y si en realidad volvería , cuando una voz la sacó de sus pensamientos.
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Una conocida voz que hace mucho tiempo no escuchaba...
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–Buenos días, dormilona.
Hermione se incorporó hasta quedar sentada y miró hacia su izquierda, de donde provenía esa voz.
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Y su interior se desbordó de alegría al verlo. Tanto, que en un inicio pensó que seguía soñando.
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Sentado al lado de su camilla se encontraba Theodore Nott, cruzado de brazos y observándola divertido, con esa mueca que le hacía parecer tanto a una estrella de cine muggle de los años 50. Y lo más increíble de todo era que su semblante era tan tranquilo, pacífico, que parecía que nada le hubiera pasado.
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Nada.
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–Despertaste con una sonrisa en el rostro –siguió hablando ante su silencio–. ¿Acaso soñaste conmigo que tenías esa cara mientras dormías?
Y ahí estaban otra vez, sus frases insinuantes, su doble sentido, su falta de vergüenza. Como si nada le hubiera pasado.
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Nada.
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Hermione, sin calcular sus movimientos, estiró sus brazos y lo atrapó entre ellos, estrujándolo contra sí, obligándolo a levantarse un poco de la silla. Hasta ese momento, no se había dado cuenta cuánto lo había extrañado, cuánto esperaba su retorno. Aunque en el fondo, no estaba tan preocupada por él. Pues a Nott no lo podrían vencer ni con armas nucleares. Algo dentro de ella sabía que tenía mucho más poder del que demostraba al resto, y por eso ahora parecía como si nada le hubiera pasado.
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Nada.
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–Esto es... inesperado –murmuró Nott frente a su sorpresivo abrazo.
Hermione lo soltó de inmediato con expresión culpable y avergonzada. Con fuertes deseos de esconderse bajo las sábanas de la camilla y desaparecer por un buen rato de ahí.
–¡Lo siento! –exclamó roja–. Yo... bueno, no quise incomodarte.
Él rió de buena gana y negó con la cabeza.
–Por el contrario. ¿Lo repites? –dijo, volviendo a su asiento con naturalidad–. Aunque en esta ocasión, sin tanta fuerza. Casi me dejas sin respiración.
Ella, avergonzada y todo, dejó escapar una suave risa, y se tapó la boca tratando de reprimirla.
Se sentía bien volver a hablar con él. Tenerlo de vuelta le brindaba una cierta sensación de normalidad que refrescaba su atormentada mente. "Si Nott pudo salir de San Mungo como si nada, Malfoy también podrá hacerlo" se dijo a sí misma.
–Me alegro que hayas vuelto –confesó en voz alta, ignorando el rubor de sus mejillas y su sentido común.
Él pareció complacido con eso.
–Sí –dijo–. Digamos que me cansé de estar de ocioso en la estancia familiar. Sin hacer nada productivo todo el día... Creo que hasta el cerebro se me atascó de tan poco uso.
Hermione lo miró y un halo de tristeza cruzó sus ojos.
Le estaba mintiendo, ¡claro que le estaba mintiendo! Él no tenía como saber que ella ya sabía de su condición. Que sabía que él voluntariamente había optado por tomar el puesto de la que solía ser su amor platónico y que ahora estaba enrollado en una carrera por llegar a complacer al Señor Oscuro, teniendo que pasar pruebas que atentaban contra su vida y su estabilidad física y emocional.
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No supo por qué, pero el hecho de que le mintiera tan abiertamente y sin dejo de culpabilidad, le dolía a Hermione.
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–Claro, claro –comentó, tratando de ocultar su decepción–. ¿Cómo te fue en todo eso?
–Casi me morí –contestó de inmediato, y Hermione palideció ¿acaso le contaría la verdad?–. De puro aburrimiento –agregó, desinflando sus esperanzas–. ¿Y tú, irresponsable? Cuando pregunté por ti me dijeron que era tu segundo día en la enfermería por una horrenda neumonía. ¿Cómo te la pescaste?
Ella negó con la cabeza. No quería mentirle de vuelta. No se sentía bien con eso.
–No me lo creerías –optó por responder–. Prefiero no hablar de eso.
Él asintió y desvió la mirada hacia la ventana.
Ya estaba atardeciendo y la enfermería se había inundado de tonos rojos y anaranjados, dándole un color extraño a su tez. Hermione lo observaba fijamente, tratando de adivinar qué pasaba por su cabeza. Ya no sabía que estaba sintiendo. Estaba alegre hasta que le mintió, pero, ¿por qué habría de decirle la verdad? no era nadie para él. A penas conversaban algunas veces en los pasillos, y claro, había tenido la deferencia de ir a visitarla ahora que había vuelto, pero eso no quería decir que ella significara algo más para su vida. O que fuera lo suficientemente confiable como para que él se sintiera con toda la libertad de contarle sus problemas, incluso su pasado. ¿Cómo esperaba Dumbledore que de un día para otro se convirtiera en alguien que pudiera ayudarlo a no perder el norte?
–Me acordé de ti –lo escuchó hablar, sacándola de sus pensamientos.
No la estaba mirando, seguía con la mirada atenta hacia la ventana, pero aún así, su tono de voz había sido tan profundo que a ella le provocó un escalofrío.
–¿Ah, si? –indagó, tratando de no parecer afectada con ello–. ¿Y qué recordaste?
Nott se encogió de hombros y exhaló hondo antes de hablar.
–Nuestras conversaciones de pasillo –respondió con simpleza–. Supongo que durante los días que estuve fuera extrañaba verte con cara de espanto cada vez que te decía alguna cosa indecente. Me divertía mucho poniéndote en problemas. Aunque debo admitir que te ves atractiva cuando te sonrojas. Pareces un tomate con patas.
Ella rió nerviosa y trató de seguirle el juego.
–¿Encuentras atractivo un tomate con patas? –soltó irónica.
Pero él no parecía estar bromeando. Ya no.
Regresó su mirada hasta ella y la observó sin pizca de burla en sus ojos.
–Corrección –esbozó serio–. Pareces un adorable tomate con patas. Eso me parece atractivo. Demasiado para tu propia seguridad.
Hermione sintió que su boca se secaba y tragó espeso. Ok. Parecía que no estaba jugando, y precisamente por eso no sabía qué responder. Guardó silencio esperando que él continuara hablando.
En su ausencia, casi se le había olvidado la habilidad de Theodore Nott para dejarla sin palabras, la honestidad con que soltaba cada barbaridad y la intensidad de su mirada. Una parte de ella, llegó a creer que podría acostumbrarse a eso. Pero eso fue antes de que desapareciera. Y ahora se daba cuenta que no. Jamás se acostumbraría lo suficiente.
–En fin –suspiró él, levantándose de su silla–. ¿A qué hora te veo el sábado?
Hermione lo miró extrañada.
–¿El sábado?
–¿La neumonía te afectó el oído? –replicó alzando la ceja–. Sí el sábado. Hogsmeade.
Dejó de respirar como si le hubieran dado un golpe en plena boca del estómago. ¿Acaso le estaba pidiendo una cita? No. No iba a dejar que su imaginación volara y construyera castillos en el cielo. Theodore Nott no le estaba pidiendo una cita propiamente tal. Lo más probable era que Theodore sólo quisiera ir con alguien distinto a Hogsmeade, y como ella ya había pasado al prueba de valentía al ir a la fiesta del nido de serpientes, se convertía inmediatamente en la primera opción.
–No creo que vaya, Nott –respondió con honestidad–. Todavía no me siento bien, hace frío afuera y no sé si me permitirán salir en estas condiciones. Además, de ir, lo haría con Ron y Harry, es una tradición.
Él frunció el ceño y cruzó los brazos por encima del pecho.
–A ver –comenzó–. En primer lugar, te sanarás para el sábado, considéralo un hecho. En segundo lugar, las tradiciones están hechas para romperse. Irás conmigo y ya. Creo que ese parcito puede arreglárselas sin ti aunque sea una vez. Están grandecitos, ¿no crees? Así que esa es la conclusión. Te sanarás e irás conmigo el sábado. ¿A las nueve te parece bien?
–¡Pero...!
–Sin "peros" Granger –la interrumpió severo–. Repito, ¿A las nueve te parece bien?
Hermione bufó sonoramente y se cruzó de brazos también.
No podía negarlo. Esa autoridad con que ahora le hablaba le parecía bastante atractiva. ¡Pero qué estaba pensando! Debía ir no porque su altanería se lo ordenara, por el contrario, debía ir con él para cumplir con la tarea que le había encomendado Dumbledore. Nott le estaba dando la oportunidad en bandeja y ella la estaba desaprovechando sin pensarlo. Quizás, esa ida a Hogsmeade podía significar un avance en la confianza que Theodore le tenía. Quizás, sería el primer paso para que terminara por confesarle su situación, y así poder guiarlo hasta la Orden para que lo ayudaran.
–Está bien. Como quieras –soltó resignada, tratando de fingir que la idea no la entusiasmaba.
Él sonrió a través de la mirada y se descruzó de brazos.
–Lo sé –dijo, a la vez que se agachaba para depositar un beso en su frente, para variar, sin su permiso–. Siempre es como quiero.
Hermione lo miró profundamente ofendida, pero nada dijo.
Lo observó caminar hasta la puerta y desaparecer por ella, girando la cabeza antes de hacerlo para guiñarle el ojo con descaro. "Idiota" pensó para sus adentros, sin poder reprimir una sonrisa nerviosa que empezó a brotar de sus labios como margaritas en primavera.
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El sábado llegó y a las nueve en punto de la mañana, Theodore Nott la estaba esperando a la entrada, con ambas manos en los bolsillos y enfundado en una chaqueta de cuero café. La gente que pasaba a su lado lo quedaba mirando con extrañeza, ya que sus compañeros de Slytherin habían partido y solo quedaba él. Nadie imaginó que a quien esperaba con tanta paciencia se tratase de una alumna de otra casa, menos que esa casa fuera Gryffindor, y jamás se les pasó por la cabeza que ella podría ser precisamente Hermione Granger.
Así, cuando ella le anunció a sus amigos que no iría en esta ocasión a Hogsmeade con ellos, se armó la tercera guerra mágica. Especialmente por Ron, a quien no le cabía en la cabeza que prefiriera ir con una "sucia serpiente" en vez de ellos, sus amigos de siempre. Tampoco le creyó cuando le dijo que no era una cita, sino una salida de amigos, y como si quisiera vengarse por ello, invitó a Lavender Brown para que lo acompañara, dejando botado a Harry, a quien no le quedó más remedio que ir con Luna, ya que Ginny tenía una cita con Dean Thomas, algo que tampoco le agradaba en lo absoluto al pelinegro, que partió al pueblo con una cara de metro y medio.
Sin embargo, Hermione trató que esos problemas no la siguieran hasta Hogsmeade, optando por obviarlos hasta la vuelta para pasar una buena tarde con Nott. No es que esperara mucho, pero en cierta forma, tenía ansiedad de saber cómo terminaría todo. Si serían capaces de pasar una tarde completa juntos sin tratar de matarse mutuamente. Si podrían afiatarse. Si él se soltaría con ella. Si le confesaría lo que estaba pasando.
Cuando lo saludó para partir al pueblo, él la recibió con una sonrisa cálida y le ofreció el brazo para caminar juntos. Ella lo miró con recelo, pero aún así, lo tomó y comenzaron a avanzar, rezagándose poco a poco del resto, entre frases ingeniosas, comentarios inteligentes y risas varias.
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Hermione nunca pensó que esa tarde en Hogsmeade sería solo el comienzo de muchas tardes a solas con él...
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Desviándose de la conducta regular del resto de los estudiantes, que sólo acudían a Honeydukes a comprar golosinas o a las Tres Escobas para tomar cerveza de mantequilla, Theodore convenció a Hermione de dar una vuelta por el lado desconocido del pueblo, lugares que jamás en su vida en Hogwarts había visto, y que ahora Nott le enseñaba con naturalidad y encanto.
Le contó historias sobre cada casa y sus habitantes, anécdotas y uno que otro comentario sobre los diseños arquitectónicos que los rodeaba. Hermione lo miraba sorprendida. No sabía que él pudiera conocer tanto acerca de tantas cosas diversas. Ni que ocultara ese aspecto de su personalidad al resto.
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Y en ese momento, Hermione Granger se preguntó porqué nunca Parkinson cayó rendida frente a sus encantos.
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Probablemente, pensó, era por su especie de doble personalidad, racional e irracional, tranquila e iracunda al mismo tiempo, que lo convertía en una contradicción personificada. Pero ¿Cómo? A su lado, Theodore sólo emanaba encanto, fortaleza y tranquilidad. A pesar de sus insinuaciones, ella se sentía segura a su lado, y unas mariposas insolentes comenzaban a molestarla por dentro.
Era extraño. Demasiado extraño.
Por un lado, se sentía hipnotizada por Malfoy, pues cada vez que lo recordaba, su estomago se apretujaba y la atacaban unas ganas locas de llorar porque no tenía noticias de su estado, ni podía ir a visitarlo, por más que intentó de convencer a Dumbledore de lo contrario. Desde que la había salvado, se sentía en deuda con él, y no estaría tranquila hasta cumplirla, aunque en el fondo, ignorara deliberadamente que quizás, no sólo era gratitud lo que la unía a él, sino sentimientos que había desarrollado inconscientemente, y que por su imposibilidad, había guardado en el fondo de su ser, sellado bajo siete llaves sin posibilidad de manifestación al mundo.
Pero por otro lado, percibía que la presencia de Nott era como un analgésico a toda su preocupación. Con él podía olvidarse del mundo, de los problemas, e incluso de los estudios. Su personalidad segura y atrevida la absorbía y la llamaba por más.
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Fue por eso que esa misma tarde decidió dejar de leer el diario de Malfoy. Pues creyó que si lo terminaba antes de que él volviera, jamás lo vería otra vez...
...Pero también fue por eso que desde esa misma tarde, Hermione decidió internamente que si Theodore volvía a invitarla a salir, aceptaría dicha invitación sin pensarlo.
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Luego de ese paseo a Hogsmeade -que terminó con otro beso no permitido en su frente– pasar las tardes a solas entre ambos se volvió habitual. Él solía acompañarla a la biblioteca para perturbar sus estudios con frases doble sentido y roces "casuales", mientras ella se apostaba a su lado en "su lugar" de siesta, hablándole sólo para impedirle dormir y vengarse de su actitud.
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Pero su extraña forma de relacionarse no pasó desapercibido para el resto, especialmente para los amigos de la castaña.
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Ron, como si quisiese herirla por pasar tanto tiempo con el Slytherin, comenzó un inesperado romance con Lavender Brown, lo que significó en pocas palabras verlos fundidos entre sí en todos lados, entregándose en apasionados besos frente a quien quisiera verlos. Y para qué lo iba a negar. A Hermione le dolió, y más de lo que esperaba.
Él había sido su primer amor platónico y ahora ese amor se había estrellado contra una pared si posibilidad de resucitación. No obstante ello, a Hermione le sorprendió lo poco que le costó superarlo, lo que terminó por convencerla que de Theodore Nott de verdad era una especie de calmante a cualquier dolor.
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Tampoco es que fuera hipócrita. Con Nott había una química especial y arrebatadora.
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Su cercanía, sus roces, provocaban en ella que todos sus poros reaccionaran, que su respiración se hiciera dificultosa y que el estómago empezara a ser atacado con snitches voladoras.
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Él lo sabía, se había dado cuenta de ello, y por eso había aumentado el contacto entre ambos.
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Ya no sólo besaba su frente, sino también su mejilla. La perturbaba soplando detrás de su oreja, y a veces, incluso la abrazaba, colocando de excusa cualquier situación, aprovechando la oportunidad para afirmarla con fuerza por la cintura, logrando que ella se estremeciera como una hoja al viento.
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Un mes pasó en esa situación...
Un mes en el cual prácticamente todos los días estaba con él.
Un mes en que Malfoy aún no volvía a Hogwarts.
Pero un mes en que Nott había logrado distraerla de ese hecho.
Con su forma de hablarle...
Con su forma de mirarla...
Con su forma de tocarla...
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Hermione se coloreaba cada vez que le preguntaban qué tenía con él. "Nada" solía responder, "Sólo somos amigos" agregaba. Pero ¿Era cierto? ¿Sólo eran amigos? Ya no tenía ni la menor idea. Había comenzado como un juego, una mera diversión, pero ahora Hermione sentía que Nott le estaba coqueteando abiertamente, como si quisiera realmente algo con ella, como si de verdad esperaba que ella cayera bajo sus encantos.
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Y lo estaba logrando...
… poco a poco.
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A diferencia de ella, que no había logrado que él se abriera, que le contara lo que estaba viviendo. Pues a pesar de que llevaban un mes de lo que fuera que tuvieran, él seguía tan hermético como siempre, y ninguna vez le mencionó algo sobre las pruebas. Tampoco se había dado la oportunidad, y no había vuelto a desaparecer para ir a rendir otra desde que había vuelto de San Mungo.
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Y eso a ella la frustraba.
Pues al igual que Malfoy, tampoco podía ayudarlo a él.
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–Te tengo una sorpresa –le dijo una tarde de domingo en la biblioteca.
Ella lo miró extrañada.
–¿Qué sería?
Pero él le sonrió misteriosamente sin intenciones de develar ningún detalle.
–Tienes que verlo con tus propios ojos. O no tiene sentido.
Hermione bufó y guardó sus cuadernos en el bolso, presta a seguirlo como siempre lo hacía. Él la miró complacido y tomó de su muñeca para guiarla hasta las afueras del castillo. Donde los esperaba un pedazo de marco fotográfico encima de un banquillo.
–¿Un traslador? –adivinó en voz alta, él asintió–. ¿A dónde me quieres llevar?
–Ya te dije que es una sorpresa –respondió, rodando los ojos.
–Pero no podemos salir del castillo, Nott –repuso ella, con ambas manos en las caderas–. Está prohibido.
Theodore la observó con el ceño fruncido, parecía molesto.
–¿Acaso no confías en mí?
Touché. Eso había sido una estrategia baja, recurrir a los "sentimientos cochinos" como su madre solía decir. Hermione quiso replicar alguna razón irrebatible para no ir, pero finalmente, terminó por dar un sonoro suspiro y dejarse llevar. Como siempre lo hacía cuando se trataba de él.
–Está bien. Pero tienes que traerme antes de que anochezca.
Él colocó una expresión triunfante en el rostro, y sin esperar otro segundo para evitar que se arrepintiera, la tomó por la espalda, cruzando su brazo por encima del vientre, a la vez que tocaba el traslador con la mano que tenía libre. Hermione sintió como sus pies se despegaban y rápidamente volvían a tocar suelo firme.
–Confía en mí –le susurró él, tapando de inmediato sus ojos con ambas manos.
Hermione asintió.
Comenzaron a caminar juntos. Él pegado a su espalda. Ella nerviosa pero a la vez confiada, experimentando una extraña sensación de deja vú.
–¿Cuánto falta? –preguntó después de unos segundos.
–Poco, muy poco.
Otra sensación de familiaridad. Otro deja vú.
¿Por qué sentía como si esto lo hubiera vivido antes?
–Llegamos –lo escuchó susurrar después de un rato–. Abre los ojos.
Hermione sintió como él dejaba de tapar sus ojos con las manos, pero ella no quería abrirlos. Se sentía rara, y quizás, algo asustada, porque sentía que todo ya lo había vivido antes y que ahora se estaba repitiendo todo otra vez.
–Vamos, ábrelos, no seas cobarde –insistió el muchacho.
Ella dibujó una expresión de disgusto en su cara, y poco a poco comenzó a levantar los párpados, cegándose por unos instantes, pero rápidamente acostumbrándose a luz.
Su boca se abrió unos milímetros de la impresión. Frente a ella, había un gran jardín lleno de las más diversas flores, con pasto verde brillante a pesar de la época y un par de columpios en el fondo, que se mecían con el viento hacia adelante y hacia atrás. Era una visión imposiblemente perfecta. Increíble. De colores irreales.
–Es... es... hermoso –murmuró asombrada.
Theodore parecía encantado con su reacción y la rodeó hasta quedar al frente de ella.
–Y es todo tuyo.
–¿Ah? –soltó ella con los ojos muy abiertos–. ¿Mío?
Él asintió y volvió a tirar de su muñeca, encaminándolos hasta los columpios.
–Es decir –comenzó–. El otro día pensaba que pasas mucho tiempo encerrada en esa biblioteca, y que en esas condiciones, es imposible que tu cerebro se oxigene bien. Así que decidí prestarte este lugar para que lo ocupes para estudiar. Sé que quieres sacar extraordinario en todas las materias, y creí que esto te ayudaría a lograrlo sin mayor estrés.
Él se sentó en uno de los columpios y empezó a echarse vuelo, mientras ella hacia lo mismo en el columpio que tenía al lado, aún algo atontada por la sorpresa del lugar y por sus palabras. Sonrió. Parecían un par de críos jugando en un parque... la diferencia estaba en que ninguno de los dos eran críos, y que ese parque no era tal, sino un hermoso jardín floral.
–Gracias –soltó finalmente Hermione, balanceando sus pies para seguir el ritmo de Nott–. ¿Este lugar es tuyo?
Él asintió.
–Era el lugar secreto de mi madre. Digamos que se relajaba armando su pequeña guarida.
–¿Y no le molestará que yo lo ocupe?
Nott negó.
–Está muerta, dudo que le importe.
Hermione se sintió horrible y torpe, sin embargo, al instante Theodore retomó la palabra antes de que pudiera disculparse.
–No te preocupes, no tenías porqué saberlo.
Hermione desvió la mirada hacia sus pies, observando como se balanceaban, dejando transcurrir unos segundos de silencio incómodo.
–¿Entonces tú lo mantienes así de hermoso?
Él rió divertido.
–¿Me ves como jardinero? –inquirió, alzando una ceja–. No. Le pago a alguien para que lo mantenga tal como ella lo dejó. A veces vengo a despejar la mente, pero no mucho. Creo que tú podrías darle un mejor uso.
Hermione sintió que era la primera vez que Theodore se abría algo con ella, y no pudo hacer más que sonreír conmovida. Se sentía halagada, pero más que nada, "alguien" para él. Por fin se sentía realmente importante. Por fin podía saber algo más de su persona. ¿Alguien más sabría de ese hermoso lugar? lo dudaba. Theodore era una muralla. Y Hermione sentía que esa muralla por fin, después de un mes, se estaba cayendo frente a sus ojos.
–¿Veamos quien llega más lejos? –le propuso de pronto, tomando vuelo con más ahínco.
Y ella aceptó el reto gustosamente.
Ambos comenzaron a aplicar más fuerza sobre sus piernas para llegar más alto y cuando Theodore contó hasta tres, saltaron y se elevaron varios centímetros sobre el suelo, cayendo como un par de niños en el pasto, muertos de la risa, uno al lado del otro.
Mientras reía, la visión que Hermione tenía del cielo se nubló por el rostro de Theodore, el que se giró para observarla, súbitamente serio.
Se había colocado encima de ella, pero sin tocarla, pues se apoyaba en las palmas de las manos y en las rodillas para mantener una prudente distancia. Sus ojos estaban fijos en los de ella. Y Hermione había perdido la respiración con su cercanía y la posición en la que se encontraba.
–¿Qué haces? –preguntó avergonzada–. ¿Por qué me miras así?
Theodore sonrió de lado y levantó una de sus manos para dirigirla hasta su mejilla, acariciándola con el pulgar quedamente, para luego, llevarla hasta su cabello, enterrando los dedos en sus ondas, y peinándolas con la misma lentitud.
1.&
–No puedo decir "te quiero", pues sería mentira –susurró, sin dejar de recorrer su pelo–. Tengo muy malas experiencias con ello y no es fácil para mi tener esa clase de sentimientos. Sin embargo, puedo decirte que me encanta estar contigo, la persona que soy a tu lado, la persona que eres al mío.
Hermione tragó espeso, sin poder desviar la mirada de esos ojos brillantes que la taladraban. El cabello de Theodore caía verticalmente, haciéndole sombra a su rostro. Sus labios estaban hechos una línea y Hermione podía adivinar que esbozar esas palabras le estaba siendo especialmente difícil, como a ella le era difícil responderlas.
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No tenía idea que decirle.
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Su corazón estaba latiendo desbocadamente y sentía los labios secos. También la garganta.
–Me gustas Hermione Granger –declaró serio, volviendo a acariciar su mejilla–. Y quiero que estés conmigo. Sin ataduras ni restricciones. Sin una etiqueta o denominación. Mis advertencias no las tomaste en cuenta y permaneciste más del tiempo adecuado a mi lado. Ahora no puedo dejarte ir aunque quisiera. Te quiero para mí.
Hermione se sentía aturdida. No entendía absolutamente nada y las bellas palabras de Theodore le parecían irreales, dirigidas a otra persona, no a ella, no a Hermione Granger.
Se mojó los labios por acto reflejo y sin querer, atrajo la atención de Theodore hacia ellos...
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Hermione pudo notar como el brillo de sus ojos aumentaba, dejando ver tras de ellos pura pasión reprimida.
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–Necesito besarte –soltó él con intensidad–. Ya no me basta lo que tenemos. No me bastan los juegos. Te quiero para mí –repitió.
Su tono era tan posesivo que la inquietó. Se había acostumbrado a aquel Theodore juguetón y mal hablado, que solía desprender despreocupación y tranquilidad por cada poro de su ser. Ahora, el que estaba encima de ella, parecía alguien distinto. Ya no parecía un muchacho, parecía un hombre consumido por pasiones que ya no podía aguantar. Por emociones que ya no podía reprimir. Por deseos que lo sobrepasaban.
–Yo...
Él negó con la cabeza, colocando un dedo sobre su boca.
–Te necesito, Hermione. No te dejaré ir. Jamás. Te lo prometo.
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Theodore flexionó sus codos hasta que sus labios sellaron aquella promesa contra los de ella.
Y ella, solo alcanzó a respirar para contener algo de aire antes de recibirlo.
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Hermione cerró los ojos y sin razonarlo mucho se abandonó a aquel beso. Sus labios picaban, ardían con su contacto, pero no era algo que la molestara, por el contrario, era una sensación desconocida, increíble y embriagadora. La química que ambos tenían era incomparable, atracción pura y dura, que se extendía a través de todas las terminaciones nerviosas, ocasionando cortocircuito en su cerebro.
"¿Y Malfoy?" Su mente le recriminó de pronto. "¿Malfoy qué?" Se respondió "Ha pasado un mes y no ha vuelto. Además, Malfoy te detesta".
Hermione, tratando de ignorar a su subconsciente, torpemente llevó sus manos hasta el rostro de él y luego las deslizó hasta cruzar sus brazos por detrás de su cuello.
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Y el efecto fue inmediato. Aquél gesto logró sacar al otro Nott escondido ahí.
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Theodore instintivamente aumentó la intensidad del beso, acariciando sus labios con fogosidad, tratando de ingresar a su boca para explorarla con la lengua, pero cuando mordió su labio inferior para lograrlo, sintió como el cuerpo de Hermione se tensaba, se erizaba como el de un gato, no en señal de rechazo, sino en señal de pavor. Auténtico miedo.
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Estaba llevando las cosas demasiado rápido. Debía contenerse. Ella no era una chica como el resto.
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Seguro de que se había excedido, poco a poco comenzó a bajar la intensidad del roce, hasta cesar completamente, separándose de ella.
Se incorporó ofreciéndole la mano para levantarla, y una vez que lo hizo, volvieron caminando en silencio hasta el traslador. Ella roja hasta la punta del pelo, incapaz de esbozar sonido, y él ceñudo, recriminándose mentalmente su falta de auto-control. Porque sus palabras eran sinceras. Porque con ella tendría que ser paciente.
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Y estaba dispuesto a serlo... estaba dispuesto a arriesgarse por segunda vez.
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Cuando volvieron a las afueras del castillo, llevados ahí por aquel marco de fotos, aún permanecían sin decir palabras.
Hermione no tenía claro qué había pasado unos minutos atrás. Si se había convertido en la novia de Theodore o solo habían llevado su amistad a un punto más allá, un punto difuso, difícil de identificar. Él jamás le había pedido noviazgo. "Sin etiquetas ni denominaciones" había dicho antes de besarla. "Sin ataduras ni restricciones".
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Y ella, la verdad sea dicha, no se sentía cómoda con esas cláusulas tan poco claras.
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Por su parte, Theodore estaba buscando las palabras para disculpar su exabrupto, y cuando creía que las había encontrado, una tercera persona interrumpió aquél momento de incomodidad.
–¡Al fin te encuentro!
Los dos se giraron para ver a la recién llegada, y los dos se sorprendieron al identificarla. Su rostro apenas se distinguía por la escasez de luz. Estaba a punto de anochecer y era muy raro que un domingo algún alumno estuviera fuera del castillo a esas horas.
–¿Qué ocurre, Pansy? –preguntó Theodore extrañado.
Al parecer, ella había estado recorriendo el castillo hacía rato, porque estaba jadeando y apoyando las manos sobre sus rodillas para descansar. La pelinegra tomó un gran respiro y volvió a erguirse en toda su altura. Parecía que no le interesaba en lo más mínimo qué hacía Theodore con una Gryffindor, ni mucho menos la situación en la que se encontraban. Tenía la cabeza en otro lado y no había tiempo para preguntas.
2.&
–Draco –esbozó con una sonrisa emocionada, ignorando la presencia de Hermione–. Draco volvió. Está en el despacho de Dumbledore hace una hora. Aún no puedo verlo, pero al parecer, regresó bien. Intacto.
La expresión de Theodore cambió rápidamente de preocupada a inescrutable, mientras Hermione parpadeaba sin poder reaccionar, sorprendida por la información, llegando a pensar que de verdad otra vez estaba soñando.
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Porque Malfoy había vuelto,
Justo en el instante en que ella se había abandonado a la química que tenía con Nott...
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Theodore estiró su mano para agarrar su muñeca, y cuando lo hizo, los tres comenzaron a trotar de regreso al castillo, cada uno metido en sus propios pensamientos. Ambas serpientes asumieron que Hermione se unió a la corrida para acompañar a Theodore, obligada por él que la arrastraba por su muñeca. Sin embargo, ninguno de los dos siquiera imaginó que ella en realidad iba trotando por su propia cuenta.
Con cada paso que daba, el corazón de Hermione amenazaba con explotar, recibiendo de lleno todos los sentimientos de preocupación y culpabilidad que había estado obviando a propósito con la presencia de Theodore Nott. Todo lo que había reprimido en su ausencia, y que aún no liberaba por completo.
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Porque Hermione no podía creer que estuviera de regreso. Necesitaba verlo con sus propios ojos, comprobarlo en persona.
Porque después de un mes de ausencia, una parte de ella había renunciado a volver a tenerlo frente a ella.
Porque había renunciado a Malfoy y a su diario.
Y porque ahora, una parte de ella se arrepentía de no haber tenido esperanzas en él.
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Los tres doblaron la última esquina para llegar al despacho de Dumbledore, y cuando lo hicieron, la primera imagen que vieron fue la de Draco Malfoy saliendo del otro lado de la puerta, cerrándola tras de sí.
–¡Oh, Draco! –exclamó Parkinson, adelantándose al resto para lanzarse hacia él en un abrazo desesperado–. Por fin has vuelto, ¡que alegría, por Merlín!
Malfoy la recibió y la abrazó de regreso, masajeándo su espalda para tranquilizarla. Hermione no podía verla desde su posición, pero estaba segura que Parkinson lloraba. Sus hombros se agitaban de arriba a abajo y su cuerpo temblaba en espasmos casi imperceptibles.
Tanto ella como Theodore se mantuvieron en silencio esperando que ambos se separaran, y eventualmente lo hicieron, él con su habitual rostro serio, y ella tratando de borrar las lágrimas involuntarias que habían salido de sus ojos con las palmas de las manos.
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Y Hermione no podía moverse de su sitio.
Aún no podía creer que él estuviera ahí.
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–Bienvenido –soltó Theodore entonces, acercándose a él para darle la mano y luego unas palmadas en la espalda–. Ya era hora.
Draco respondió aquél gesto y también palmeó su espalda, sin intenciones de contestar el comentario.
–¿Vas a cenar con nosotros para ponernos al día? –preguntó entonces, retrocediendo hasta donde estaba antes, al lado de Hermione.
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Desplazamiento que logró que Malfoy notara la presencia de ella y la mirara con esos profundos ojos grises...
Hermione tuvo el instinto de retroceder, pero se abstuvo.
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Tenerlo al frente era como una alucinación, pues estaba tal como lo había dejado, sin marcas ni recordatorios de aquella prueba. Su cabello platinado estaba un poco más despeinado de lo acostumbrado, pero sus facciones estaban igual de duras y perfectas.
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Como si nada hubiera pasado.
Nada.
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Sus ojos grises la miraban interrogantes, como si estuviera preguntándose qué estaba haciendo ahí, con el resto de sus amigos, casi en una recriminación no verbal. Al parecer, aún la odiaba y no quería compartir el mismo aire que ella.
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Y como si Theodore hubiera adivinado eso, como si quisiera responderle qué hacía ahí, estiró su mano para enlazarla a la de ella.
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Hermione sintió como si la mano de Theodore le quemara. Como si sus dedos fueran desconocidos.
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Porque no quería que la estrechara...
...No frente a los ojos de Malfoy.
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Pero no iba a soltarlo. Eso habría sido último de su parte. ¿Cómo era posible que de un momento a otro, la cercanía de Theodore se le hacía tan inapropiada, poco natural? ¿Qué había pasado con esa química que nubló su juicio y la llevó a corresponder ese beso? ¿Su primer beso? Ahora parecía que todo se hubiera borrado de un plumazo. Y solo en su corazón se albergaba arrepentimiento.
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Sólo por verlo. Sólo por estar frente a él.
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Notó con desagrado como los ojos de Malfoy bajaban desde sus propios ojos hasta su cuello, bajando por los hombros, el brazo, hasta posarlos en su mano enlazada a la de Theodore.
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Y Hermione bajó la mirada al piso avergonzada, sosteniendo contra su voluntad interna la mano de quien la había besado con fogosidad esa misma tarde.
Porque una parte de ella sentía que lo había traicionado con su mejor amigo, mientras la otra le gritaba que estaba mal de la cabeza.
Que ninguna relación la ataba a Malfoy.
Que para Malfoy, ella sólo era un bicho molesto.
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–Paso –dijo el rubio, retirando la vista de aquellas manos enlazadas sin mostrar mayor interés en ello–. Estoy algo cansado. Hablamos en la habitación.
–¡Te acompaño! –intervino Parkinson, y Hermione podía imaginarse la angustia que debió vivir la pelinegra al verse sin él al lado, sobretodo con la cercanía que ambos comparten. Una cercanía que ella secretamente envidiaba–. Puedo comer después.
Pero Malfoy negó pacientemente con la cabeza y puso la mano sobre su hombro.
–No, gracias, Pansy. Me gustaría estar solo.
La muchacha reflejó un poco de decepción en sus ojos, pero aún así, esbozó una suave sonrisa para ocultarla. Malfoy soltó lentamente su hombro y realizó un movimiento de cabeza a Theodore en señal de despedida. Él lo imitó.
.
Para Hermione, no obstante, no hubo ni la más mínima señal de adiós.
La ignoró como si fuera invisible, tal como lo había hecho antes de la prueba, hace un mes atrás.
¿Por qué debía esperar un trato distinto luego de lo que pasó?
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–Nos vemos –esbozó él, girándose para seguir en dirección contraria–. Provecho.
Hermione vio como Parkinson suspiraba y comenzaba a avanzar hacia el comedor. Sintió como Theodore exhalaba fuerte a su lado y tiraba un poco de su mano para llevarla al comedor también, junto a él.
Ella se tardó unos momentos en reaccionar, pero poco a poco comenzó a caminar a su lado, sintiéndose demasiado extraña, como si no fuera ella. Por un lado, porque la mano de Theodore irracionalmente se le había vuelto molesta, no se sentía cómoda con ella, apesar de que hace unos minutos atrás, esa misma mano había generado incontrolables mariposas en su estómago. Y por otro, porque ese breve encuentro con Malfoy se le había hecho tremendamente insatisfactorio.
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Demasiado.
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Había pasado un mes convenciéndose que él ya no volvería a Hogwarts, que ahora que lo veía, encontraba que esos escasos segundos de escucharlo interactuar con Parkinson y Theodore no bastaban. Ella misma quería hablar con él. Quería que la mirara a ella. Y no mañana, no pasado. Quería hacerlo ahora. Al diablo con su "me gustaría estar solo". Al diablo con sus intenciones de ignorarla abiertamente.
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Al diablo con todo.
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–Theodore –dijo, deteniendo su marcha bruscamente–. Tengo que ir a buscar algo a mi habitación. Vuelvo pronto
Pero cuando trató de soltar su mano, él la apretó suavemente impidiéndoselo.
–Voy contigo.
–No es necesario –repuso tratando de parecer indiferente–. No me demoro nada. Vuelvo pronto.
Theodore se demoró unos segundos en asentir, pero lo hizo, liberando su mano de la propia para colocarla sobre su mentón. "No te tardes" le susurró antes de unir sus labios a los de ella en una fracción de segundo, para luego seguir su rumbo al comedor, mientras Hermione, algo sonrojada por ese acto, giraba sobre sus talones y avanzaba en sentido contrario.
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Porque al parecer, ahora estaba en una especie de relación con él. Innominada, pero existía algo entre los dos. Algo que no estaba cien por ciento segura de querer, aunque para los planes de Dumbledore iba de lujo.
"Porque a veces, la química no es suficiente. Más aún cuando el corazón, secretamente, desea que otros sean los labios que le besen".
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Esperó que Theodore diera la vuelta en el pasillo para comenzar a trotar en búsqueda de su mayor dolor de cabeza, y cuando creía que ya lo había perdido, luego de buscarlo con la mirada incesantemente, lo encontró a escasos metros del ingreso al sector de las mazmorras.
–¡Malfoy! –aulló.
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3.&
Él detuvo su marcha inmediatamente y se dio la vuelta con una expresión de sorpresa pintada en el rostro, que pronto se difuminó a su máscara habitual de frialdad e indiferencia. Hermione avanzó la distancia que lo separaba de él con pasos cortos y lentos, desviando la mirada al piso por la intensidad de su mirada.
–Yo... quería darte las gracias –dijo casi en un susurro–. Gracias por no entregarme a ese lunático.
Hermione jugaba con las manos entre sí, súbita e irracionalmente nerviosa. Su estómago estaba hecho un revoltijo y su corazón palpitaba desbocado. Levantó la mirada para cruzarla con la de él y se dio cuenta que Malfoy simplemente la miraba de regreso, en silencio. Tras sus ojos había algo extraño que ella no pudo identificar. Una especie de expectación reprimida.
–¿Algo más? –preguntó seco, alzando una ceja.
Y la misma Hermione se sorprendió con su respuesta.
–Sí.
Reanudó su marcha hasta él, nuevamente con pasos cortos, lentos e inseguros. Sentía que sus brazos le quemaban, que la ansiedad la corroía, que la preocupación que experimentó al repetir una y otra vez la imagen de él desvanecerse frente a sus ojos, su gesto protector cuando ese enfermo mental de Lord Chaos quería propasarse con ella, y lo indefensa y poco útil que fue para ayudarlo, la sobrepasaba y ya no era responsable de sus actos.
.
Y eso era porque simplemente, había dejado de pensar...
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Malfoy retrocedió un paso ceñudo ante su proximidad, pero a ella no pudo importarle menos. Se quedó parada a una cuarta de él, y sin preguntarle, ni siquiera cuestionarse sus actos, estiró ambos brazos y los pasó por sus costados, uniéndose a él en un abrazo inesperado, juntando sus manos por detrás de la espalda y apoyando la cabeza en el comienzo de su hombro izquierdo, como si fuera algo que hiciera a diario. Usual.
Él se quedó de piedra. Se había convertido en una estatua de sal de la pura incomodidad. Pero tampoco podía decirle que se quitara. La situación era tan irreal en su cabeza, que su lengua se había acalambrado. No podía decirle nada. Tampoco se sentía capaz de moverse. Tenía los brazos a los lados estirados, firmes, sin intención de devolverle aquel abrazo extrañamente cariñoso y a la vez angustiado. Los cabellos revueltos de ella le hacían cosquillas en el mentón, y sentía sus senos aplastados sobre su pecho, provocándole un extraño ardor en el lugar.
–Estoy feliz que hayas vuelto completo –la escuchó murmurar–. Muy feliz.
Sus palabras habían emergido de sus labios con una entonación horrorosamente sincera, cortándole la respiración al Slytherin que no entendía en lo absoluto su actitud.
Fue entonces que Hermione atinó que no estaba comportándose como debería. Que estaba dejándose llevar por los instintos y que si seguía así, probablemente su relación con Malfoy sería aún más incómoda de lo que ya era. Así que se separó con delicadeza de su cuerpo, rompiendo el abrazo con lentitud, y tratando de no mostrarse afectada, se giró sin darle la cara, caminando paso a paso en la dirección opuesta, apretando los ojos y puños mientras se gritaba mentalmente "estúpida, estúpida, estúpida".
Hermione rogaba que él prontamente olvidara su particular comportamiento, mientras Malfoy veía como se alejaba su espalda progresivamente, hasta desaparecer de su campo visual.
"No es nada" pensó cada uno por su parte. Sin embargo, ambos estaban muy equivocados.
Porque Hermione no sabía que ese arrebato volvería a confundirla otra vez...
… ni que ese mismo arrebato comenzaría a confundirlo a él también.
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Continuará
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&.&.&
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&.&
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ps: Una amable lectora dibujó tanto la escena de Theodore y Hermione en el Jardín, como la escena del abrazo Dramione. Les dejo los enlaces para que puedan mirarlas. Saludos Cósmicos.
TyH: www. flickr photos /48533790N04/4444739416/in/photostream
DyH: www. flickr photos /48533790N04/4486037058/in/photostream
