XIII
-¿Qué tal la ducha, Gokudera Hayato?- Cuando salió de ésta completamente vestido y con la mente más o menos organizada, el rostro sugerente de G lo recibió con unas suaves palabras. Quién podría imaginar que fuera mínimamente detallista, pues la cena estaba servida. ¿Tal vez ya estaba cumpliendo con eso que dijo de cena, ducha y calor?
-Bien.- Se sentó en la mesa y empezó a comer. En serio, esa comida se equiparaba a la de la madre del Décimo. Pensó en lo que dijo de abrirse un poco y probar con la oferta del pelirosado; tal vez agradecerle o halagarle fuera un paso.- Haces buena comida.
G sonrió con sorna y se dirigió a la ventana, abriéndola, con un cigarrillo de Gokudera y su mechero entre las manos. Lo encendió y procedió a fumar mientras el peligrisáceo terminaba con la cena. Parecía estar más predispuesto a una conversación ese día, y hasta le había lanzado un cumplido. Un cumplido que, dicho sea de paso, le alegró enormemente.
Gokudera bebió el vaso de agua y recogió la mesa. Después se puso al lado del pelirosado y de la cajetilla que sostenía entre las manos cogió un cigarrillo, dejando que él se lo encendiera. Caló con ganas y observó fijamente a G, pensando en lo que reflexionó en el baño.
-¿Ocurre algo?- Preguntó él, al sentirse un poco intimidado.
-No me importaría recibir algo de calor el día de hoy.- Y caló otra vez, dirigiendo una mirada hacia el cielo despejado como si no hubiera dicho que tenía vía libre para el sexo.
G sabía perfectamente la clase de día que había tenido el décimo guardián, puesto que lo había estado acompañando dentro del anillo. Sabía la asquerosa tarde que había presenciado, e igual de dolorosa había sido para él. Verle sufrir tanto por una persona que, en su opinión, no se lo merecía, le hacía replantearse seriamente si sentía celos y, por tanto, amor hacia el peligris, o si simplemente era simpatía. Esa última hipótesis perdía fuerza considerablemente, y mucho más después de esa sugerente y tentadora proposición.
Tiró el cigarrillo y le arrebató el suyo a Gokudera, estampando su espalda contra la pared y besándolo con fuerza mientras le quitaba la camiseta y él hacía lo suyo con la propia. El menor correspondió el beso con la misma fúria y el mismo deseo que G, y no reprimió un gemido cuando la mano de éste bajó hasta su entrepierna.
Un intenso comienzo, se dijo Gokudera. Aunque no se esperaba menos.
