Sin darse cuenta estuvo recostada más de dos horas, inerte. Malfoy reposa en profundo sueño dándole la espalda. Ella boca arriba, aspira profundo y se sienta al borde de la cama. Vira su cabeza para mirar al rubio, cuanto envidia su profundo sueño, aunque desea que las pesadillas lo consuman… Como lo hacen siempre. Sonríe.

Se levanta, camina a la ventana, cruza los brazos sobre su pecho y mira afuera. Seguro es de madrugada. Al expirar por la boca sale un humo blanquecino, nota entonces lo fría que está su nariz. Le agrada el frío. Recoge el uniforme del suelo y decide colocárselo, no se pone zapatos, los toma en una mano para no hacer ruido y abre la pesada puerta de la habitación.

Baja, no hay nadie.

No entiende por qué diablos planea hacer esto, sólo sabe que lo necesita, aunque ni siquiera sepa para qué…

Camina entre pasillos desiertos, alumbrando con su varita, sube las escaleras y los cuadros protestan por la pequeña ráfaga de luz. Apaga aquella y se sienta frente a la vieja gorda del retrato que prohíbe la entrada a la casa de los leones, se muerde el labio inferior… Cuanto odia no tener idea de como entrar.

Siente el frío recorrer sus costillas, así que se tapa con la túnica.

Piensa —se repite constantemente.

Entonces saca una pequeña libreta de uno de sus bolsillos y pronuncia algo inentendible mientras mueve la varita. Dobla aquella hoja hasta hacer una figura con forma de pájaro aplastado y lo pasa por debajo del cuadro.

Del otro lado del cuadro, aquel animalejo de papel se desdobla como si se estuviera inflando y emprende el vuelo, por la sala común, subiendo las escaleras y con toda velocidad estrellándose en la cara de un pelirrojo que duerme babeando la almohada.

Ron despierta removiendo entre las sábanas, observa la ventana, odia despertar antes del amanecer.

Soñaba con su hermano llorando, mientras una alba dorada los envolvía,

¿Fred? —preguntaba, con cara aun de incredulidad.

El pelirrojo mayor estaba triste, tenia lágrimas contenidas, al mirar arriba se percataba que ambos estaban en un agujero en la tierra, podía ver ramas saliendo de cada pared de aquel agujero, estaba su familia en el borde de este llorando desconsoladamente, despidiéndose. Su hermano le extendía la mano, aún triste, invitándolo a acompañarlo, él gritaba que no podía ser y cerraba los ojos, una lágrima corría por su mejilla y tomaba la mano de su hermano.

Se estremece con el recuerdo de los pedazos de su sueño.

Apoyado con ambas manos en el colchón nota que que hay algo que pica debajo de su palma derecha. La levanta y encuentra al pequeño pajarito de papel mirándolo… Sonríe, Decide desarmarlo y cuando llega al último doblez de la hoja, ve la silueta de una chica de cabello negro sentada en lo que parece ser la entrada al área de los Gryffindor.

Siente como el aire abandona su cuerpo. La imagen desaparece siendo absorbida por el papel. ¿A quién le importa dónde esté ella? ¡¿Por qué le importa?!

No seas idiota —Se repite sin embargo aquella imagen sentada no lo abandona aunque ya no está en el papel— Basta, Ron, basta…

Respira profundo y se coloca las pantuflas azules de tejido que llegaron en el último paquete por parte de su madre. Hace un ruido de arrastre que pasa desapercibido y baja abrochando la bata afelpada que le impedirá morir de frío.

Atraviesa el pasillo oscuro antes de la pintura y sale. Ahí esta. Sabe que es ella aunque ahora ya está cubierta con la capucha de la túnica, no puede evitar la sonrisa. Entonces ella se levanta y se baja la capucha.

No dicen nada, se quedan ahí de pie uno frente al otro, ambos abren los labios pero no emanan palabra. Ella baja la cabeza, él la toma de la barbilla con dos dedos y la hace levantarla; la besa. Ella lo permite. Ninguno de los dos tiene idea de por qué.

—¿Quieres ver el amanecer conmigo? —susurra ella a penas separándose de sus labios.

El pelirrojo no habla, solo asiente y se toman de la mano sin más que decir.

Es una relación tan enfermiza que ninguno de los dos entiende para qué continuar en ella. No deberían estar juntos, no deberían anhelarse tanto y sin embargo, ahí están… Caminando con el pretexto de ver un amanecer.

Para Pansy el amanecer simbolizaba la promesa de que todo podría ser mejor, para Ron, era la vida misma.

Se sientan frente al lago y se abrazan, el león abre su bata para acunarla con su brazo dentro de la misma, la chica se abraza de su cintura.

— Estos días han sido extraños —dice Ron. La mandíbula le tiembla por el frío.

Pansy se mueve contra su pecho— Lo sé —contesta con un susurro—, pero si no fuera por estos días extraños —levanta la cabeza para mirarlo—, no te tendría aquí.

Sin hacer màs preguntas, lo besa. Lo hace suave y profundo, entonces se da cuenta de lo enojada que está, lo frustrada que se siente. Se coloca a horcajadas sobre las piernas del pelirrojo y lo toma del rostro sin soltar su boca. Cuanto desearía tener ese control sobre Draco Malfoy.

Como siempre, la mente del chico queda en blanco. Ese es el embriagador efecto que aquella serpiente tiene sobre su vida: Lo hace olvidar, hasta el punto ridículo en el que ella representa una total amnesia hasta ante su propio instinto de conservación.

— Basta —atina a susurrar él y le sujeta las manos para que no pueda seguirlo tocando—, no está bien, no estamos bien —sigue con susurros agitados.

Ella se acerca hasta su oreja y lame el lóbulo, lo aprisiona entre sus dientes— Dilo de nuevo.

—Basta —intenta susurrar, con un gemido contenido.

—Dilo otra vez, Weasley —su voz se agitaba cada vez más— dime que me quite, que me detenga, déjame sentada en un lado tuyo, vamos Weasley, dilo, dilo —empieza a levantar la voz haciendo que su tono se haga más firme— ¡Dilo! —lo miró a los ojos— dime que prefieres a Granger, dime que no has pensado en mi, que no sueñas conmigo, que no vas por los pasillos esperando encontrarme… —se acerca a su boca— virare ahora. Te doy la oportunidad de retirarte de mi vida, comadreja… Y te doy mi palabra: No volveré a pensar en ti.

Las manos del chico dejaron de hacer fuerza en las muñecas de las de ella y le recorrió con las palmas desde los brazos hasta los hombros, la atrajo a su espalda y a su boca. Se hundió en aquella maraña de estupideces suicidas. Pansy lo sujetó del rostro, cuanto lo odiaba, cuanto aborrecía desear su aceptación, que no la rechazara, que la tomara, que la deseara… Tal como ahora.

El chico intenta separarse, sin embargo ella no se lo permite y se conforma con gemir en su boca, siente que lo toma y lo acaricia, es como un sueño, como una fantasía, como una ducha caliente en la que el agua le cae en la sangre, así es que Pansy Parkinson lo toque.

Tiemblan.

Ese era el infierno y estaban dispuestos a quemarse, juntos, atrapados, moribundos y quizás si se calcinaban, renacerían de las cenizas.

El sol saludaba al castillo cuando una pelirroja con cara de aburrimiento estaba sentada frente a una fuente no muy lejos del gran roble. Un chico Hufflepuff hablaba animadamente y reía con sus propios comentarios, los pensamientos de la pelirroja fluctuaban entre la nada… Y Hermione.

EL perfume de Hermione.

Ella en los brazos de Hermione.

La voz de Hermione.

Los comentarios de Hermione que nunca podía entender completamente.

A lo lejos divisa a un pelirrojo extrañamente en pijama, apresurándose al castillo. ¿Por qué? Se disculpa con aquel chico al que ni se molesta en pedirle que le recuerde su nombre, aquel nombre al que no le prestó atención para luego no prestarle atención a ninguna de sus palabras. Se levanta y promete verlo entre alguna clase.

— ¿Ron? —inquiere, él la mira y entonces baja la cabeza y apresura el paso— ¡Ron, vuelve! ¡Espera! — Lo persigue.

Su hermano se pierde de su vista. El enojo recorre su cuerpo, va hasta la sala común y se asegura de ser sigilosa. Aunque no es necesario…

— Sé que estás aquí —dice, mira a la ventana de la torre, le da la espalda.

Se acerca— No me mientas…

—No pensaba hacerlo —se vira— porque no pienso responder nada que me preguntes.

Ginebra sonríe— ¿Vas a darme el sermón de que no me importa tu vida? ¿Me repetirás de nuevo lo solo y triste que te sientes? —se coloca frente a él—. Hoy no, Ron. Todos estamos suficientemente jodidos aquí, por si no lo has notado. Has lo que gustes con tu vida.

Cuando ella se vira, los ojos de él se humedecen— En serio no te importa ¿Verdad, Ginny? —sonríe— No te importa en absoluto.

Ella llora— ¿De qué me sirve decirte que me importas? —Ella también sonríe— Como si estuvieras dispuesto a aceptar que le importas a alguien. —Sube las escaleras.

El pelirrojo camina a un lado y luego al otro dos veces, finalmente se derrumba frente al sofá, llora. Siente que el infierno se apoderó de su vida. Para colmo las nubes se apoderaron de nuevo de los terrenos de Hogwarts. Hace una rabieta y golpea con ambos puños la mesita de frente al sillón. Gruñe. Cuanto odia caer ante Parkinson, no poder contradecirla, no poder detenerla.

— ¡Maldita sea! —Grita, luego solloza y las lágrimas se derraman en el cristal de la mesita.

Está desesperado.

Lo ha tocado y ahora quiere más, necesita más, ansia todo de ella, ansia recorrerle el cuerpo con la lengua si fuera posible. No sabe exactamente por qué está llorando, toda la culpa que ha sentido toma una sola forma de serpiente con los ojos azules...

A lo lejos, rumbo al bosque prohibido, un chico de cabellos claros con un color parecido al de la miel, lleva de la mano a una pequeña rubia cuyo cabello le pasa la cadera. Él está serio, si no lo conociera, cualquiera pensaría que se encuentra molesto, sin embargo, simplemente es que todos sus sentidos están presos de ella…

— ¿Qué pasa si nos encuentran? —Pregunta con ese tono dulce, angelical, agudo, hermoso. Quizás los ángeles canten así, entonces no sería tan malo estar muerto, o quizás sólo sea ella la muerte, su muerte.

No sería extraño para Theo que la dueña de su vida también pudiera ser la dueña de su muerte.

—Nos castigan —dice como si no se tratara de nada— y nos obligan a limpiar algo repugnante que los de primero hayan hecho —empuña su varita.

Ella detiene el paso y lo mira, él se vira para mirarla— ¿Qué tan repugnante? —pregunta Luna.

Theo sonríe en medio de un suspiro y se acerca, la toma por la cintura y se encorva— Lo más repugnante que te puedas imaginar, algo pútrido de color verde que huela a estiércol de trol —se acerca a su oreja—, pero yo limpiaría también tu parte —le susurra.

La vuelve a tomar de la mano y se introducen en el bosque, el chico Nott usa su varita como brújula, busca algo, algo que sabe que existe y quiere mostrarle a luna.

Recordaba en sus años de infante como su madre lo llevó a un bosque idéntico al bosque prohibido, golpeo un árbol y ocurrió lo más hermoso que vio en su vida, hasta que conoció a Luna… Entonces él quería que ella viera algo igual, algo para demostrarle…

— Deberíamos estar en clase —pronuncio la rubia mirando la nada, aunque en su tono no había urgencia.

él sonríe mostrando su dentadura— Y yo no debería amarte —voltea el rostro sin dejar de caminar—, pero siempre he sido testarudo.

De nuevo, logra sonrojarla.

Atraviesan un claro— Igualmente ya llegamos…

Luna se muerde el índice— ¿Tardaremos mucho? —pregunta ladeando la cabeza.

Él la toma de la cintura y la atrae a su cuerpo, recarga su espalda en un tronco— Depende de que tanto…—se acerca a su boca— desees quedarte —susurra.

Libera una de sus manos y golpea el tronco.

Al instante salen hadas, son tan pequeñas que ni si quiera puede ver si tienen forma de humano o de duendes, solo ven pequeñas luces de colores que revolotean por todas partes sin llegar a tocarlos. Son como gotas de oro rodeándolos. La pequeña rubia deja de pensar en cualquier posible consecuencia y mira aquellas pequeñas estrellas de oro que se posan en su piel y luego se elevan de nuevo.

Se separa de la rubia, ella se vira y permite que él la abrace por la cintura, rodeándola. Aspira el aroma de su cabello, que huele a hierbas que no logra distinguir… Pero es tan agradable como el césped húmedo en una mañana llena de rocío.

— ¿Tienes idea de por qué una serpiente querría comerse a una luciérnaga? —Pregunta Nott.

Ella sigue con su dedo una de aquellas gotas de oro y tararea— No —dice con un suspiro.

De forma violenta, él la hace virarse para que lo vea frente a frente— Por qué no soporta su brillo, su perfecto brillo que lo enferma.

Le acaricia el rostro— ¿Yo te enfermo?

cierra los ojos al contacto con su palma y luego toma su mano con la de él— Necesito tenerte, Luna —dice sin más. Abre los ojos—. No puedo vivir sabiendo que alguien como tú existe y no me pertenece. Te quiero completa, toda mi vida.

El chico apunta una de las diminutas hadas con su varita— Reducto —pronuncia con voz fría y al instante esta hace una graciosa explosión que se convierte en polvo dorado.

Pone su mano para que parte de ese polvo caiga en sus dedos, toma la mano izquierda de la rubia y dibuja un circulo dorado rodeando su anular, al instante este circulo se convierte en una hermosa pieza dorada. No refleja ninguna expresión en su rostro, deja de mirarle la mano y la mira a los ojos.

— Nunca vas a tener idea de cuanto deseo tenerte… —recarga su frente contra la de ella, intenta controlar su respiración.

Luna retrocede dos pasos, lo mira. El infierno se desata para Theodore, ¿correrá? ¿Irá directo al castillo y lo acusará de acosarla? Levanta la cabeza de manera altiva, si lo acusa de algo también deberá decir que es un enfermo por la devoción que ella le provoca, que la quiere como más que un reto. La desea como se puede desear una estrella. Se prepara para que ella desaparezca de su horizonte, y ser ese condenado al vacío, pues sabe que no volverá a desear nada, como a ella.

— Luna, si pudieras estar dentro de mi cabeza… Y ver como el espacio desaparece alrededor de todo lo que tu eres… —su tono suena a súplica.

Ella, aquella, esa… Deja caer los brazos a cada lado de su cuerpo, con las palmas hacia el frente.

— ¿Y por qué no me tomas?

Como animal hambriento elimina la distancia que los separa… Cuanto la odia, cuanto se odia… Cuanto la quiere.

La besa y esta vez le toca la cadera con suaves caricias, contiene las ganas de enterrarle los dedos en la piel y dejarle sus huellas marcadas para que nada pueda volver a tocarla. Las manos de ella flotan al aire un momento antes de encontrar lugar en sus hombros. Se acarician y se absorben.

Empieza a morir mientras le besa el cuello, desabotona la blusa para lamer sus hombros, vuelve a su boca. Cuanto ha anhelado aquello y ahora sin más, ella se le ha entregado. Todos sus sueños se hacen realidad en cuanto la tiene debajo de su cuerpo y observa como aquel rostro impávido lleno de ternura se enrojece y se distorsiona con una mueca de placer que ninguna mujer podría tener. Los ojos se le oscurecen y con la boca abierta nota que la Ravenclaw también lo necesita.

Se vuelven uno y se asegura de fundirla en su piel. Quiere gritar la palabra "mía" quiere decirle que le pertenece y que no volverá a ser tocada por ningún hombre que cruce su camino… Pero no lo hace, sabe que mentiría.

Detiene su vaivén un momento y se miran, sudando, semi desnudos, abrazados, con el bosque de testigo y gotas de oro aún revoloteando muy por encima de ellos— Jura que te casarás conmigo algún día —le susurra al tiempo que recarga su frente en el pecho de la rubia.

Le acaricia la cabeza con ambas manos y le levanta la cabeza para besarle la frente— Lo juro.

La besa de nuevo. Nota entonces que si se hace llamar su dueño, mentiría. La única verdad es que, es él, Theodore Nott, es quien le pertenece a Luna Lovegood. Y piensa aferrarse a ella con la vida entera.