Williams lo vio acercarse en pie. De todos los amigos que tenía, aquel hombre de rubios cabellos y ojos azules era el último al que deseaba ver. Sebastián era un buen compañero, alguien con el que sabía que podía contar en los peores momentos, pero aun así, Sebastián también podía llegar a ser demasiado espontáneo, demasiado hablador y no por conocer cientos de temas si no, por hablar de los que no debía, en los peores momentos. Era suspicaz, incontrolable, impredecible… era como un huracán a punto de hacerte desaparecer. Bill quería que todo saldría bien... Quería…
El hombre rubio y fornido avanzó a grandes zancadas por el pasillo ante las miradas anhelantes de las chicas y las curiosas de los chicos. Era alto, casi tanto como Williams, espaldas anchas y fuertes piernas. Su indumentaria era algo extraña, especialmente porque de su costado izquierdo colgaba una espada. Las manos estaban cubiertas por unos mitones de cuero. Llevaba un chaleco, también de cuero como sus pantalones, y bajo este una blusa blanca atada por unas cuerdas cruzadas. Las amplias botas le llegaban a la altura de la rodilla. El hombre debió de darse cuenta de todo lo que pasaba por la cabeza de Williams porque sonrío.
Las
botas resonaban sobre los suelos de mármol acompañadas del tintineo
de la gran espada. Al acercarse a la mesa de los profesores se
inclinó.
—Mi nombre es Sebastián Landis de Sebien recién
llegado desde el siglo XII para asistir al cumpleaños de vuestro
ilustre profesor Williams. —Habló dirigiéndose al director.
Dumberldore rió con suavidad. —No es necesario tanto formalismo joven. Siéntese con nosotros. Esta noche falta uno de nuestros profesores ¿Por qué no se pone junto a Williams? Uno a uno le fueron presentados todos los profesores antes de que tomara asiento. Al llegar junto a Bill este lo miró sin saber muy bien si saludarlo o echar a correr, pero Sebastián se adelantó dándole un par de palmadas en la espalda con tanta fuerza que los golpes fueron escuchados por todo el salón.
—Pensé que estaríais cansado de vuestro viaje así que dispondremos de otra cama más en la habitación de Williams.
Bill tenía la sensación de haberse perdido parte de la conversación. ¿Es que él era el único que no sabía que vendría?—Ya hablaremos luego tú y yo Sebastián. —Murmuró el joven.
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—Toma. —Habló Williams tendiéndole una copa a Sebastián. Tras terminar las clases ambos se habían retirado a la habitación del profesor. Weasley se sentó en la butaca que tenía junto al escritorio mientras su amigo lo hacía sobre su cama. — ¿Cómo se te ocurre aparecerte así?
—Perdona, pero ¿he atravesado unos cientos de años para poder verte y lo único que te preocupa es mi vestuario?
—Sebastián te agradezco que vinieras, pero te has aparecido en mitad de un salón abarrotado de niños con una espada.
— ¿Y? A mí me pareció que les había gustado. —El hombre sonrió encantado por toda la atención que había conseguido. —La próxima vez podrías venirte. Ángelo quiere conocerte.
— ¿En serio?
—No.
—Idiota. —Gruño Weasley.
—Me encanta cuando te enfadas. —Sebastián sonrió satisfecho. —He venido para animarte en el día de tu cumpleaños. Te he imaginado aquí entre niños y carcas y me ha dado tanta pena que he decidido venir.
—Siempre tan desinteresado. ¿Y bien?
— ¿Y bien qué?
— ¿A qué se debe tu visita?
—He venido a comer tarta y hacer tu vida más agradable. —El rostro de Sebastián se pegó al de Bill al tiempo que una mano tocaba con total claridad su muslo. Weasley colocó una mano sobre el pecho de su amigo, y lo apartó sin miramientos.
El rubio volvió a reír. —Me diviertes.
—Llevo
divirtiéndote desde que te conozco.
Ambos guardaron silencio
durante un largo rato. — ¿Qué te pasa Bill?
—Nada.
—Bill. —Insistió Sebastian.
El aludido bebió otro sorbo evitando contestar. —Sólo estoy un poco cansado.
—Ya me lo confesaras. Tengo mis métodos. —Susurró en su oído haciéndole cosquillas.
—Para por favor.
—Hasta que me digas que tienes no pienso parar.
—No tengo nada… y empiezo a pensar que ese es el problema. —Mirando al suelo comenzó a juguetear con su vaso.
— ¿Eso qué quiere decir?
—Nada.
— ¿Sabes que el director sospechaba que tú y yo éramos pareja?
— ¡¿Qué?!—Bill se alzó horrorizado. —Te lo he dicho mil veces Sebastián no puedes ir abrazando a la gente así ¿y ahora? Un día de estos…
—Tranquilo lo he arreglado todo. —trató de calmarlo su amigo, pero Weasley levantó una ceja escéptico. —Le dije que te gustaba la joven rubia… Amanda.
El vaso de cristal se escurrió de entre sus manos por la fuerza con que lo sujetaba.
— ¿Qué he hecho ahora?—Preguntó inocente.
Williams intentó discutir con él una y otra vez sobre el asunto, pero era como pegarse con una pared.
—Amanda no me gusta. Es una chica encantadora pero sabes perfectamente que no puede ser y no veo bien que hayas mentido. Con que hubieras dicho que no eras mi pareja bastaba. ¿De dónde demonios has sacado esa estupidez?
—No lo sé. —Sebastián apoyó cada una de sus manos en el reposabrazos del asiento de su amigo, pegando su cara a la de Bill. De nuevo el pelirrojo lo apartó de un empujón, pero esta vez cayó sobre el suelo.
—Crece de una vez. Y si de verdad quieres que tenga un buen cumpleaños por favor Sebastian, si es necesario me arrodillare sobre el suelo y te implorare, pero no te acerques como sueles hacerlo no digas nada sobre Eric ni Amanda ni nada que se le parezca. Por favor.
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Los
pasos de Lucius Malfoy resonaban en la estancia. Su paseo casi
enfermizo lo llevaba de uno a otro extremo del salón principal de su
mansión; una habitación espaciosa, con grandes ventanales blancos,
decorado con sumo gusto. A un lado se podía ver una amplia librería,
con grandes tomos encuadernados en piel, a unos pocos metros se
encontraba la chimenea de color marfil, que en esos momentos estaba
encendida; Sobre cuya repisa había un par de fotos. Una de su
primogénito Draco, cuando apenas tenía un año, en la que parecía
como si el pequeño intentara salir a gatas del marco y la otra, más
reciente, una imagen de su esposa Narcissa, su hijo y él. En ella se
podía ver como Lucius ajustaba sus guantes con aspecto severo,
mientras su esposa miraba al frente, cabeza estirada, con una mano
sobre el hombro de su hijo, que se encontraba entre ambos.
Justo a
unos diez pasos del fuego había una pequeña mesa de té, redonda,
rodeada de varias sillas. En la otra parte, se veía una larga mesa
rectangular, de madera noble en la que posiblemente cabrían unos 24
comensales. Sobre ella se hallaban un par de antiguos
candelabros.
Las velas estaban apagadas. A esas horas la luz de la
luna era la única que se atrevía, a entra por los ventanales, dando
al lugar un aspecto mortecino. Tras un largo rato de incesantes idas
y venidas, el hombre se detuvo en seco frente a la chimenea. Sacó el
atizador y volvió a revolver las cenizas.
— ¿Dónde estás?— Se preguntó en un susurro. Apoyó ambas manos sobre la encimera de la chimenea y descansó un instante. Sus largos cabellos rubios, que caían sobre sus hombros, brillaron con la luz del fuego— ¿Qué demonios es lo que te está retrasando tanto?— musitó con los dientes firmemente apretados. Justo en aquel instante escucho unos pasos acercándose hacía la sala. Lucius, se giró al instante — Sev…— Comenzó a decir cuando se dio cuenta de que quien se encontraba en la puerta no era quien él esperaba. — El hombre apretó los puños molesto.
— ¡Draco
Malfoy! ¡¿Quieres decirme, que haces levantado a estas horas?!
Draco, que iba vestía con un camisón largo, lo miró algo
asustado.
—Yo… Es que… oí ruidos y baje a ver que... ¿Sucede algo?
— ¡No! Ahora deja de curiosear y acuestes de una vez. — le advirtió.
—Sí. — El muchacho echó una última mirada a la habitación como si buscara algo y marchó camino de su cuarto no sin rezongar muy, muy bajo. No era justo. El también quería saber lo que pasaba en aquella casa.
Lucius, se quedo observando la puerta hasta que lo escuchó alejarse escalera arriba. El antiquísimo reloj de pared empezó a sonar. Por cada campanada, un pequeño pájaro de fuego, se asomaba al exterior, lanzando una diminuta llamarada azul, para un segundo después volver a introducirse en su refugio.
—Las doce. — Musitó mientras se sentaba en el sofá de piel que estaba junto a la mesa del té. —Ya no creo que venga.
Malfoy, parecía molesto. Sus ojos grises eran dos témpanos.
Un leve sonido se escuchó a su lado en el momento justo en el que Severus se apareció.
—Llegas tarde.
—Yo también me alegro de verte, viejo amigo. — Le respondió Snape, regalándole una de sus más cínicas sonrisas. — Si realmente te molesta mi tardanza puedo volver a irme. Sabes que no me gusta importunar.
—No seas estúpi…— Severus, movió su varita como si fuera a marchar y Lucius se incorporó de un salto agarrando su brazo. —Está bien. Lo lamento. Sé que te he pedido un gran favor. — se disculpó suavemente.
El profesor apartó su mano de un tirón y sacudió sus ropas como si lo hubiera tocado la peor de las plagas. Lucius, lo miró intensamente pero no hizo nada. En realidad a Severus era al único que le permitiría hacer algo así sin lanzarle alguna de las maldiciones imperdonables, no sin un motivo mejor, por supuesto y menos aun cuando le necesitaba.
— ¿Dónde
está? — Preguntó fríamente el hombre de cabellos
oscuros.
Malfoy, apartó la gran mesa y las sillas del salón
elevándolas con la varita y las dejó a un lado, sin producir el
menor ruido. Con otro diestro movimiento, la alfombra que había
sobre el suelo se enroscó dejando al descubierto las tablas de
madera. Para la vista inexperta de cualquiera ese suelo, no parecía
tener nada sospechoso, pero para alguien como Severus, era obvio que
allí se hallaba una entrada hacia otro lugar.
—Sangre sucia— pronunció con claridad el dueño de la casa. En aquel momento las tablas del suelo se transformaron en una gran puerta de hierro que se abrió para ellos. Lucius lo sonrió e hizo un gesto para que bajara. Severus se acercó hasta el borde y miró hacia el interior. Desde donde estaba, lo único que podía ver eran los dos primeros peldaños de una escalera.
—Después
de ti mi buen amigo. — le indicó Snape con elegancia.
Malfoy
alzó la vista.
— ¿Acaso tienes miedo?
—Ya sabes que no.
—Entonces, Tal vez es que no confías en mí. Por lo que yo sé si alguien tiene motivos para desconfiar soy yo, pro—fe—sor de Hogwarts.
—No sabes lo mucho que me hiere tu desconfianza. Pero ciertamente, si mal no recuerdo aquí el único… en el que no se debería de confiar eres tú. — Lucius, abrió la boca para protestar, pero Severus lo cortó. — ¿Te he dicho ya lo bellísima que esta Narcissa? O mejor aun ¿lo bueno que es probar… la lealtad de la gente?
—Lumus. — Murmuró él anfitrión de la noche y empezó a descender por las escaleras sin su perfecta sonrisa. Snape, lo siguió al interior. Una vez en la parte de abajo de las escaleras la puerta del techo se cerró.
El profesor encendió las antorchas de las frías paredes y caminó, detrás de Lucius, por los estrechos pasillos. Al cabo de unos cuantos minutos llegaron a la entrada de una gran habitación. Antes de cruzar la puerta Malfoy tuvo que deshacer unas cuantas trampas.
La
recámara era casi tan grande como el salón del piso de arriba. Una
alfombra roja con dibujos blancos ocupaba todo el suelo. Los únicos
muebles que tenía era una vieja cama en una esquina y junto a esta
una silla y una librería. En el otro extremo había un baúl con 6
cerraduras visibles aunque, Severus estaba convencido de que ese no
era el único seguro. A pesar del tiempo aun recordaba que a su
antiguo amigo nunca le habían gustado las cosas sencillas.
Lucius,
se puso a buscar algo en la otra parte del cuarto. Mientras esperaba,
la librería del otro extremo captó su atención. Sus dedos se
posaron con suavidad sobre cada tomo mientras leía los títulos. Su
dedo índice se detuvo en uno en particular.
—Tizona— susurró Malfoy en su oído. Snape se apartó de él sin brusquedad.
— Si lo quieres puedes llevártelo.
—No gracias.
—En serio, Severus puedes quedártelo si lo deseas. Me lo sé de memoria. Fue el regalo de mi padre cuando entre en Hogwarts. — Malfoy sacó el libro y se lo tendió a Snape.
—No puedo aceptarlo. — rehusó de nuevo. —No he venido a leer. Dame lo que quieras que haga desaparecer y me marchare.
Lucius, esbozó una sonrisa antes de arrojar el libro, hacía el otro extremo de la habitación. El manuscrito, dio contra la pared y cayó abierto contra el duro suelo.
— Es
por aquí. — Malfoy guió a Snape hacia el baúl que ahora estaba
abierto. Dentro, se podían ver unos cuantos artículos nada
despreciables. Alguno de ellos con aspecto de inofensivos objetos
maggles. . — Esos estúpidos del ministerio de magia. Intentar
registrar mis propiedades. ¿Puedes creerlo? ¿Esos obtusos?
Esos…—
El hombre de ojos grises metió todos los objetos en
una bolsa hechizada. En su interior se podía guardar cualquier tipo
de objeto sin que variara ni su tamaño ni su peso. (Uno de sus usos
más comunes era la del traslado de cuerpo). Cuando terminó se la
entregó a Snape. En aquel momento sus manos se rozaron y Snape tuvo
que hacer un gran esfuerzo por no apartarla, aquel gesto le provoco
un indescriptible escalofrió. —Subamos. Aún quiero que te lleves
algo más.
Una vez en el piso de arriba el mago, volvió a colocar todos los muebles en su sitio.
—Lo tengo aquí. — le dijo mientras caminaba hacía la chimenea. Blandió su varita y pronuncio un rápido conjuro. Las llamas perdieron su color dejando lugar a un fuego azul brillante, un fuego que no desprendía calor. Lucius, introdujo un brazo y tras buscar unos instantes sacó una pequeña caja de terciopelo negro.
— ¿Qué es eso?
—Es una caja…
—Eso ya lo veo. — Le cortó Snape.
Lucius, lo miró con paciencia y continuó con su interrumpida explicación.
—Es una caja muy importante. Contiene mis secretos más privados. Si se conocieran seguramente sería el fin de los Malfoy. Quiero que la guardes personalmente. El resto de las cosas se las puedes dar al señor Borgin en el callejón Knockturn.
Snape, lo miró receloso pero alargó la mano para coger la cajita que tenía el mismo tamaño de aquellas en las que se guardaban los anillos.
—Si es tan peligroso, ¿por qué no lo destruyes?
—Porque…
Porque aunque te parezca mentira no puedo. — Le dijo con una
sonrisa que no había visto en años. —Sólo te pido que lo guardes
bien.
Snape, asintió.
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Tras realizar el encargo teniendo que escuchar los gruñidos de aquel usurero del callejón Knockturn el profesor Snape fue lo más aprisa que pudo para no ser descubierto por Bill. El joven había pasado a ver como estaba todas las noches desde que lo encontrara herido. Si lo descubría pensaría que tenía derecho a explicaciones. En cuanto Snape entró en la habitación guardó la caja que le había dado Lucius, cambió su túnica negra por su blanco camisón y se metió en la cama cogiendo uno de sus libros. El joven Weasley debía estar a punto de llamar. Era irritante tenerlo encima a cada momento. Tal vez pensara que era un inválido sólo porque tuvo que traerlo hasta su habitación aquella noche. Los ojos negros del profesor se clavaron en las agujas del reloj que había sobre su puerta. Lento pero inexorable el tiempo avanzó. Primero unos minutos.
— ¿Es que hoy no va a venir?—Se preguntó apartando su atención del libro. Necesitaba volver a sus clases cuanto antes. Eso era lo único que daba sentido a sus días. Lo único que le parecía estable en su mundo de altos y bajos. Un día te daban una sutil palmadita en la espalda por su trabajo de espía y otro una puñalada pero debería estar acostumbrado. Después horas.
—Seguro que Williams ya no vendrá. —Se dijo y muy a su pesar su voz sonó triste. Tal vez empezaba a acostumbrase a él. Snape sacudió la cabeza tratando de apartar de su mente semejante estupidez. Aunque lo cierto era que debía rendirse a lo evidente. Puede que no estuvieran de acuerdo en muchas cosas pero era reconfortante tener a alguien al que no le importara decir lo que pensaba, alguien que no le tuviera miedo ni lo mirase por encima del hombro,... En cuanto volviera a las clases y él dejara de venir a verlo… No quería admitirlo ni ante él mismo, pero lo echaría de menos.
Cuando Williams llamó a la puerta ya era más de media noche. Desde el otro lado el joven escuchó la nueva clave que abría la puerta pero estaba tan estresado por su amigo que ni se dio cuenta de que esta vez no era otro insulto.
Bill entró con una bandeja en las manos, en ella un par de vasos de leche caliente. Severus estaba en su cama con un libro en el regazo.
—No podía dormir y…—Comenzó a explicarse pero Snape le cortó.
— ¿Y pensaste que yo tampoco, Weasley?
—Lo siento. —La vista de Bill fue hacia el reloj de pared. —No me di cuenta de que era tan tarde. Supuse…—Bill miró hacia el suelo. —Y encima traigo…— Snape se dio cuenta de su incomodidad recordando aquel día en el pasillo cuando le dijo que iba a por leche y él le regalo unas cuantas respuestas hirientes.
—Siéntate. —Le pidió.
Ambos charlaron durante horas, pero cuando Snape sugirió que era tarde Bill se alzó cuan largo era, abatido. No quería separarse de él ni volver a aquella habitación junto a Sebastian.
— ¿Le sucede algo Williams?
—No quiero volver a mi habitación. —Confesó sin esperar nada por ello. Aquella respuesta cogió desprevenido al oscuro profesor. —Me conformaría con poder dormir en esta butaca, — la gran mano de Bill acarició el respaldo. — pero supongo que no podrá ser. — Continuó hablando con una sonrisa
—No tiene que contarme nada si no quiere, pero tengo una manta en aquel armario. No quiero ni imaginar que pensara la gente si le ven saliendo a estas horas de aquí. Puede dormir en mi despacho. —Snape vio que abría la boca a punto de protestar pero le cortó. —Si quiere dormir en esa butaca acabara con un dolor de espalda y cuello de lo más desagradable.
—No me importa yo…
—Pero
si apenas cabe sentado. —habló exasperado.
Bill se sonrojó.
No pensó que su tamaño fuera algo que pudiera disgustarlo.
Snape sonrió, hay parado sin saber que hacer el gran Williams Weasley parecía un muchacho desvalido al que había que cuidar. Se retiró las sabanas de encima pasando junto a él para sacar las matas del armario. Al rozarlo con su camisón Bill deseó sujetarlo y apretarlo contra él, sin embargo no hizo nada.
Los ojos negros de Snape lo contemplaron, pero tan absortó estaba que no se dio cuenta de que le tendía las mantas.
—Gracias, de verdad que se lo agradezco. Ante la imposibilidad de rodearlo por el mobiliario, Severus se vio obligado a pegarse más a su ex alumno, alargando una mano agrandó el sofá y Bill tuvo que hacer cuanto pudo por no gemir y obligarlo a quedarse allí. Quiso decírselo, pero sabía que sólo conseguiría balbucear como un bebé.
El profesor volvió a sonreír pensando si necesitaría también el pequeño Bill que le quitaran la camisa y pusieran el camisón. En cierto modo se lo debería por lo de la última vez. No hubiera estado mal hacerlo.
—Buenas noches Bill.
—Buenas… buenas noches…
—Cuando
no haya nadie puedes llamarme Severus. Si por algún motivo a esa
lengua tuya se le escapa delante de más gente te arrepentirás.
El
joven tuvo que sujetarse al sofá ampliado al sentir que sus piernas
se aflojaban. La amenaza resbaló como el agua por un cristal, pero
lo de poder llamarlo por su nombre se metió bien dentro. Aquella
noche creyó poder dormir por su cercanía.
—Buenas noches Severus.
