¡Hola~~!
¡Siento muchísimo la tardanza! Pero ultimamente han decidido en la universidad que tenemos demasiado tiempo libre y que debemos utilizarlo correctamente por lo que han decidido mandarnos trabajos a diestro y siniestro... Justo antes de los exámenes que los tengo nada más llegar de vacaciones... Es decir, toda una delicia.
Como siempre, quiero daros las gracias por todos los reviews y favoritos y follows. ¡Me daís la vida de una manera impresonante! De verdad... Sois tan grandes que me gustaría haceros un altar.
Este capítulo digamos que es la antesala al "Pruhun" propiamente dicho... Ay por favor... Cada vez me gusta más esta historia. ¡Es tan divertido escribirla! Sobretodo al imaginarme las situaciones. No sé... Cosas mías...
En fin. Espero que este capítulo os guste. ¡Y siento muchísimo la espera! Intentaré subir otro capítulo más antes de que se acabe el año, pero no prometo nada... Que la carrera me acosa.
1 besito muy grande
Ciao~~


Capítulo 13

Aquella misma noche, cuando había terminado de serenarse, Elizabetha colocó la muñeca sobre la mesita de noche y guardó el collar y el anillo de Roderich en uno de los cajones del armario. Se sentó sobre la colcha de la cama observando con detenimiento la pequeña muñeca. Le encantaba esa muñeca y de pequeña, cuando nadie la veía, jugaba horas y horas con ella. Todavía podía acordarse de todos aquellos momentos. Que buenos tiempos, bendita inocencia que poseen todos los niños.

Un golpecito en la puerta interrumpió sus pensamientos. Al abrirla, Elizabetha se encontró frente a frente con la misma doncella que la había acompañado de compras, Irma. Iba vestida con un vestido negro de cuello y puños blancos, un delantal almidonado y una cofia que cubría gran parte de su cabello rubio, el cual pudo apreciar gracias al tiempo compartido fuera del palacio. Tenía unos rasgos atractivos, pero su mirada resultaba un tanto adusta. Además, podía apreciar como tenía los labios firmemente apretados.

—Buenas noches —contestó al tiempo que le ofrecía una bandeja cubierta con un paño de cocina.

—Irma… ¿Qué…?

—Aquí está su cena. El príncipe Gilbert ordenó que se le trajera la comida al dormitorio —contestó diligentemente la doncella—. Deje la bandeja en el pasillo cuando acabe. Vendré a recogerla dentro de un rato.

—Yo… Gracias —murmuró Elizabetha, confundida por la actitud de la muchacha. Parecía estar enfadada por algo, aunque ella no tenía ni idea del motivo.

Sin embargo, no tardó demasiado en descubrirlo.

—La señora Knaggs, el ama de llaves, dice que tendré que atenderla cada vez que precise algo. Pero, ¿sabe qué? No necesito trabajo extra. Ya me duelen suficientemente las rodillas de subir y bajar escaleras todo el día. Y ahora, tengo que venir a encenderle el fuego y subirle el agua caliente y las bandejas de comida.

Elizabetha tragó saliva. Estaba enfadada por el trabajo extra que suponía ella.

—Lo siento. No requeriré muchas cosas. Es más, si me permite, yo misma llevaré la bandeja hasta la cocina.

Una sonrisa sarcástica surcó el rostro de la doncella.

—¿Creéis que no sé quién sois? —murmuró entre dientes—. Sois la nueva amante del príncipe Gilbert y por eso se os consienten todos vuestros caprichos. No sois más que una oportunista.

—¿Disculpa? —preguntó alzando la voz. No iba a permitir que pusieran en duda su honor—. Yo no tengo nada que ver con el príncipe Gilbert. Solo soy la institutriz del príncipe Ludwig, punto. Y, lo que no voy a permitir, es que vengáis aquí a insultarme de semejante manera o a poner en duda mi honor. ¿Os creéis en posición de juzgarme sin apenas conocerme? —preguntó alzando una ceja—. Así que, gracias Irma. No os preocupéis más por mí, sé cuidarme perfectamente sola. Y la bandeja de comida, la bajaré yo, por lo que no tendréis que ocuparos de ello más tarde. ¿De acuerdo? Y, de ahora en adelante, como tanto os molesta el ocuparos de mí, quedáis relegada de vuestras obligaciones para con mi persona. Buenas noches.

Y cerró la puerta. Pudo escuchar como Irma soltaba un bufido desdeñoso y se daba la vuelta por el pasillo, escuchando el replicar de sus tacones contra las zonas del suelo donde las alfombras no llegaban a cubrir.

Elizabetha llevó la bandeja hasta la mesa y, con mucho cuidado, alzó el paño que cubría la fuente para ver qué había debajo. Filetes de cerdo, un poco de salsa de color marrón, un panecillo blanco y verduras hervidas, todo ello dispuesto con sumo cuidado y adornado con unas violetas. También había una tacita de cristal llena de pudín amarillo con algunos pequeños frutos rojos, los cuales parecían cerezas. Igual que el que le habían servido muchas veces en casa con su padre. "Natillas", aderezadas con lo que parecía un poco de canela. Sencillamente delicioso.

Sin embargo, Elizabetha cogió una de las violetas y volvió a tapar la bandeja con el paño. No tenía demasiada hambre. Pero si la tuviera… Disfrutaría de la cena, aunque fuera algo frugal. De forma ausente, caminó hasta el otro extremo de la habitación y se detuvo frente al espejo del armario. Hacía mucho tiempo que no contemplaba su reflejo, ni siquiera cuando Irma le recogió el cabello aquella mañana.

Su rostro estaba muy delgado. Los pómulos parecían prominentes y delicados, de cristal. La redondez que antes tenía su cuello había desaparecido, dejando en su lugar unas hendiduras moradas que asomaban por debajo del cuello del vestido. Y su piel, por supuesto, carecía de color. En un gesto inconsciente, Elizabetha estrujó la violeta entre los dedos hasta que el aire se impregnó con su penetrante aroma. No le gustaba nada la imagen de aquella mujer débil y frágil que le devolvía el espejo, una completa extraña que exudaba la misma seguridad en sí misma que un niño perdido. No podía permitirse esa actitud, no ahora. Haría todo lo que estuviese en su mano por recuperar las fuerzas. Dejó caer al suelo la flor aplastada y volvió a la mesa.

Tras coger el panecillo de la bandeja, le dio un mordisco y comenzó a masticar. Estuvo varias veces a punto de atragantarse, pero se obligó a engullirlo y a seguir comiendo. Tenía que acabar toda la cena. No solo por su propia salud, por cambiar aquella imagen que daba actualmente, sino por todo el trabajo de las cocineras de aquel enorme palacio. No podía insultarlas de semejante manera. Y, lo siguiente que haría, sería dormir toda la noche sin despertarse y sin tener pesadillas… Mira, ahora se parecía al pequeño príncipe, con la diferencia de que era una mujer hecha y derecha y no tenía porqué asustarse. Y, por la mañana comenzaría a labrarse un nuevo destino.

—Deja a la petit tranquila, mon ami.

Gilbert se giró y vio a Francis apoyado contra el marco de la puerta de la biblioteca.

—¿Perdón? ¿Cómo dices?

—Gilbo, Francis se refiere a la señorita Strauss —contestó Antonio con una sonrisa mientras entraba en la biblioteca.

—¿Y, por qué debería dejarla tranquila? —preguntó Gilbert alzando una ceja.

Francis y Antonio se miraron y sonrieron, entrando en la biblioteca y sentándose en las cómodas y mullidas butacas que había dispuestas frente al fuego de la chimenea.

—Ya sabes… Si lo que quieres es divertirte, yo puedo conseguirte a alguien, chérie —ronroneó el rubio—. Menos complicaciones y ningún escándalo a la vista.

—¡¿Qué?! —gritó Gilbert asustado—. ¡Yo no quiero divertirme con ella! ¡¿Qué te hace pensar que pienso en ella de semejante manera?! —exclamó mirándoles fijamente—. ¡Es la viuda del señorito! —se aclaró la voz tratando de parecer tranquilo y nada alterado, cosa que no consiguió puesto que sus gritos podían haber alertado hasta el mismísimo embajador de la India—. Además, no me gustan las mujeres masculinas. No son nada asombrosas.

—¿Masculinas? —Antonio soltó una carcajada repitiendo el adjetivo que Gilbert le había adjudicado a la señorita Strauss—. A mí me parece alguien sumamente femenina. ¿No estás de acuerdo, Francis? —preguntó el castaño con una sonrisa divertida.

—No podría darte más la razón, mon ami —dijo Francis asintiendo con la cabeza.

Gilbert bufó poniendo los ojos en blanco. Aquellos dos eran un caso aparte, estaban completamente perdidos. Unos chiflados a su parecer. Debía de ser la sangre del sur que corrían por sus venas. O el alcohol que habían podido consumir antes de presentarse en su presencia. Se levantó de la biblioteca y, antes de salir, les miró con una pequeña sonrisa.

—Me encantaría veros a vosotros en una situación parecida, par de chalados.

Francis comenzó a reírse mientras que Antonio solo le miraba fijamente y sonreía.

—No la conviertas en otra de tus víctimas, Gilbert —murmuró el castaño antes de que la puerta se cerrara.

Las dependencias de la servidumbre eran un hervidero de conversaciones. Los distintos aromas del café, del pan tostado y de la carne frita flotaban por el aire como una fragancia atrayente. Elizabetha, quién había encontrado a duras penas la cocina la noche anterior para dejar allí la bandeja, se atusó las faldas de forma apresurada y se pasó una mano por el cabello. Estaba nerviosa, histérica, y la respiración era agitada e irregular. ¡¿Por qué se sentía de semejante manera?! Solo era una entrada a las cocinas… Sí, pero llena de desconocidos. Inspiró y expiró varias veces buscando la forma correcta de serenarse y, tras borrar toda expresión de su rostro, abrió la puerta.

La larga mesa que había en el centro de la estancia estaba repleta de gente. Y todos irrumpieron en un silencio sepulcral para poder contemplar a la figura que había entrado. Elizabetha buscó con la mirada algún rostro familiar, pero solo se topó con la mirada antipática de Irma. Hans, el mayordomo que les había recibido -a Andrei y a ella-, estaba ocupado en un rincón, planchando con destreza y concentración un fajo de papeles que parecían componer las hojas de un periódico. El hombre ni siquiera se tomó la molestia de alzar la mirada, no parecía haber despertado su interés. Tras dar una pequeña sonrisa nerviosa, Elizabetha se giró con la firme intención de marcharse cuando el alegre rostro de una mujer apareció frente a ella.

—¡Buenos días! Usted debe de ser la señorita Strauss —exclamó la mujer sonriéndole afablemente—. Parece que hoy se ha puesto en marcha temprano, ¿eh? Es una sorpresa verla en las dependencias de la servidumbre.

—Eh… Yo… Ya lo he notado, señora… —consiguió articular Elizabetha pero sin saber cómo terminar la frase, por lo que le dedicó una frágil sonrisa.

—¡Uy, que despiste por mi parte! —dijo algo azorada—. Soy la señora Lenz, la cocinera —sonrió—. Estaba justo ahora terminando de preparar la bandeja con su desayuno. Irma se la llevará a su habitación dentro de un ratito. ¿Qué toma por las mañanas? ¿Té? ¿Chocolate, quizás?

Elizabetha se mordió el labio inferior y bajó la mirada levemente, jugueteando nerviosamente con la tela de su falda con las manos.

—¿Sería posible el que comiera aquí con todos los demás?

La cocinera se quedó perpleja.

—Señorita Strauss, todos los que estamos aquí son criados ordinarios. Usted es la institutriz. Y la institutriz jamás come con nosotros.

Elizabetha no pudo evitar parpadear, asombrada. Debía de ser una particularidad de aquel palacio, o de aquella familia. Que ella recordara, su institutriz jamás había tenido que verse sometida a semejante aislamiento. Eso no podía ser bueno para nadie.

—¿Se supone que debo comer sola? —preguntó Elizabetha descorazonada. Esperaba que le dijera algo parecido a: "No, tranquila. Siéntate con nosotros." Pero eso no eran más que falsas esperanzas e ilusiones infundadas.

—Sí. Salvo cuando se la invite a comer con sus majestades o con el príncipe Ludwig. Ésa es la costumbre —chasqueó la lengua al ver la expresión destrozada de Elizabetha—. ¡Oh, vamos, palomita! ¡Eso es un honor, no un castigo!

La castaña negó con la cabeza y esbozó una pequeña sonrisa culpable, como si fuera una niña que intentaba suplicar por algo que creía imposible como último recurso.

—Me sentiría mucho más honrada si pudiera comer aquí con ustedes.

—¿De verdad?

En ese momento, se habían convertido en el centro de atención de todos los presentes y Elizabetha tuvo que echar mano de todo su autocontrol y fuerza de voluntad para no encogerse bajo el escrutinio de sus miradas. La señora Lenz parpadeó y otra mujer, de rostro más severo aunque ojos amables, se aclaró la voz y habló.

—Supongo que no hay motivo alguno para que no pueda hacerlo, señorita Strauss. Pero le advierto, somos un grupo de gente sencilla —contestó, y antes de llevarse un trozo de bollo a la boca, añadió—. Incluso es posible que algunos mastiquen con la boca abierta.

—Gracias, señora…

—Knaggs. Soy el ama de llaves —contestó antes de continuar comiendo.

Elizabetha sonrió agradecida y se acercó a un hueco que quedaba en uno de los largos bancos.

—¿Me permitís? —murmuró y al instante unas cuantas sirvientas se movieron para hacerle sitio.

—¿Qué va a tomar, señorita? —le preguntó una de ellas, cuyo rostro se le hacía conocido. Tal vez era una de las doncellas que le habían llevado el desayuno ayer. Hannah, ¿podría ser?

Elizabetha echó un vistazo a la hilera de cuencos y platos que había frente a ella. Sintió como la boca se le hacía agua y tuvo que tragar disimuladamente para que nadie se diera cuenta.

—Tostadas, por favor. Y tal vez salchichas… y un huevo… y una de esas cosas aplastadas…

—Tortas de avena —le informó la muchacha de forma servicial antes de pasarle la comida con una sonrisa divertida.

Uno de los lacayos sentados al otro lado de la mesa, sonrió mientras observaba a Elizabetha llenar su plato. Soltó una risa.

—Tal vez tenga la apariencia de un gorrión, pero tiene el apetito de un caballo —unas cuantas carcajadas amistosas siguieron al comentario y todos comenzaron a comer y a charlar como antes.

Elizabetha se permitió disfrutar de la bulliciosa calidez de la estancia, sobre todo después de la soledad de los últimos meses. Era agradable estar sentada en mitad de una multitud. Aunque el sabor de la comida le resultaba extraño, estaba caliente y saciaba el apetito. Por desgracia, su alegría se evaporó al ver la mirada arisca de Irma. La criada parecía empeñada en hacerle sentir que no era bien recibida.

—Mirad cómo corta la comida en pedacitos, como si fuera una dama —se burló la muchacha—. Y cómo se lleva la servilleta a los labios, igual que ellas. Y siempre con "podría" y "me permite". Bueno, sé muy bien por qué quiere sentarse con gente como nosotros: porque no puede darse aires de grandeza si está sola.

—Irma —la reprendió otra de las chicas, Krystle, creía recordar que se llamaba—. No seas tan víbora.

—Déjala tranquila, Irma —dijo alguien más.

La aludida se vio obligada a guardar silencio, pero continuó mirando a Elizabetha con cara de pocos amigos, como si esperara la más dolorosa de las muertes. Y la castaña estuvo a punto de ahogarse con los últimos bocados del desayuno. Estos parecían haberse convertido de pronto en engrudo. Intentó ignorarla pero era algo sumamente complicado. Durante meses había sido objeto del odio, del miedo y de la burla de campesinos que ni siquiera la conocían; de los cobardes miembros de la nobleza que la habían abandonado a su suerte… y, en aquellos momentos, de una criada rencorosa.

Al final, y sin poder soportar aquella situación durante más tiempo, alzó la cabeza para devolverle la mirada a Irma y entornó los ojos hasta reducirlos a meras rendijas. Le estaba devolviendo la misma fría y gélida mirada con la que había mirado al guardia de la prisión de Londres, el mismo que había intentado aprovecharse de ella. Y, cómo había previsto, tuvo el mismo efecto devastador en la doncella, la cual se ruborizó y apartó los ojos de ella mientras mantenía los puños apretados. Elizabetha sonrió imperceptiblemente y fue entonces, y solo entonces, cuando se levantó y abandonó la mesa para llevar el plato al enorme fregadero de mármol.

—Que tengan un buen día —murmuró sin dirigirse a nadie en particular, y de inmediato se escuchó un coro de cordiales respuestas.

No supe en qué momento sucedió, pero al llegar al pasillo, se encontró cara a cara con la señora Knaggs. El ama de llaves parecía menos amenazadora que la noche anterior.

—Señorita Strauss, el príncipe Ludwig se está poniendo el traje de montar. A las ocho en punto, después del desayuno, estará listo para comenzar a recibir sus clases.

Elizabetha alzó una ceja y preguntó:

—¿Sale a cabalgar todas las mañanas?

—Sí, con el príncipe Gilbert.

—Parece que están muy unidos —replicó con una pequeña sonrisa.

La señora Knaggs escudriñó el vestíbulo para asegurarse de que nadie las escuchaba. Tras hacerlo, se acercó a la castaña y comenzó a susurrar unas cuantas palabras de modo que nadie pudiera escucharlas.

—El príncipe Gilbert adora a su hermano pequeño. Daría su vida por él. De hecho, estuvo a punto de hacerlo en una ocasión.

Elizabetha se sorprendió y abrió los ojos en respuesta, intentando articular unas cuantas palabras, o al menos, una pregunta coherente. La señora Knaggs sonrió y asintió.

—Sucedió hace algunos meses, con la muerte de la reina. Los príncipes pasaban con ella unos cuantos días de reposo en una de las casas de campo que tienen debido a una enfermedad que aquejaba al pequeño Ludwig. Sin embargo, dos días antes de volver al castillo, se produjo un incendio en la casa. Los pocos criados que habían ido con ellos tenían el día libre, por lo que ninguno se encontraba en la casa en aquel instante. Sin embargo, el príncipe Gilbert que había salido a dar una vuelta, no lo dudó ni un instante y cuando vio la casa arder en llamas, entró antes de que alguien pudiera detenerlo. Cada centímetro del lugar estaba consumido y lamido por el fuego. Era un espectáculo horrible —hizo una pequeña pausa—. La gente que se acercó a la casa, alarmados por las llamas, creyó que nadie saldría con vida de allí. Sin embargo, lo hizo: salió de allí con el cuerpo de su hermano en brazos. Había perdido el conocimiento —la señora Knaggs ladeó la cabeza, como si estuviera observando un fantasma—. El cuerpo de la reina no se encontró nunca. Ni siquiera cuando consiguieron apagar las llamas al amanecer. Todo estaba consumido pero de la reina no había ni rastro, solo algunas pertenencias habían quedado intactas. El rey, tras conocer la noticia, quedó devastado. El príncipe Ludwig no acaba de asimilarlo del todo, pero es normal, todavía es muy pequeño. Y el príncipe Gilbert… Bueno, él no quiere hablar sobre el tema y se respeta su decisión —suspiró—. Pobre príncipe Gilbert… La vida le ha tratado muy mal en estos últimos años.

Elizabetha escuchó la historia entre asombrada y curiosa, atrapada por aquel relato, dejándola fascinada. ¿De verdad Gilbert había hecho todo eso? ¡Impresionante! Pero no parecía la acción que alguien tan egocéntrico y cabeza hueca como el primogénito del rey haría. La mujer volvió a hacer una pausa y meneó la cabeza mientras chasqueaba la lengua.

—Ya he vuelto a hablar demasiado, ¿no es cierto? —bufó molesta y se colocó el corpiño del vestido—. Menudo ejemplo que soy para el resto de la servidumbre, aquí plantada de cháchara cuando hay tantas cosas que hacer en palacio.

A Elizabetha se le había formado un nudo en la garganta. Aunque la historia le había sorprendido, e incluso extasiado, no parecía posible que el hombre que había descrito la señora Knaggs fuera el mismo aristócrata distante e impertinente con el que se había topado.

—Gracias por hablarme de él —consiguió articular la castaña con una pequeña sonrisa—. Ludwig es muy afortunado de tener un hermano que lo quiera de semejante manera.

—Eso mismo digo yo —contestó y la miró con abierta curiosidad—. Señorita Strauss, si me permite la franqueza y el atrevimiento, usted no es ni por asomo la clase de institutriz que el rey contrataría para su hijo. Alemana no es, y tampoco prusiana. ¿Tal vez inglesa? Tampoco me lo parece por su acento, ¿verdad?

Elizabetha negó con la cabeza.

—Se ha convertido en el centro de todas las especulaciones del palacio. Ninguno de nuestros habitantes guarda secretos dignos de ser contados, pero usted… Usted es como la caja de Pandora —sin saber qué contestar, Elizabetha se encogió de hombros y sonrió—. En fin… Tengo que marcharme. Hoy es día de colada y hay un sinfín de ropa para restregar, almidonar y planchar. Tal vez quiera entretenerse en la biblioteca o en la sala de música hasta que el príncipe esté preparado.

—Por supuesto, gracias señora.

Cuando se separaron, Elizabetha comenzó a vagar por los pasillos de palacio en busca de la sala de música, encontrándose con algunos de los criados con los que había desayunado, los cuales le devolvieron saludos corteses y amigables. Finalmente, y tras algunas equivocaciones, dio con la sala de música por pura casualidad. Se encontraba en una de las esquinas del palacio y era una habitación circular rodeada por grandes ventanales de medio punto y doble hoja, cercados a su vez por cortinas blancas y livianas. Elizabetha entró y observó detenidamente el resto. Las paredes, pintadas en azul pálido y con, además, flores de lis estarcidas en dorado, se alzaban hasta el techo, donde un fresco en el techo representaba varios querubines tocando distintos instrumentos musicales. En el centro de la estancia, había un piano de cola blanco resplandeciente. Tras sentarse junto a él, Elizabetha alzó la tapa y pasó los dedos por las suaves y pulidas teclas, llegando a tocar algunos acordes.

Tal y como esperaba, el piano estaba afinado a la perfección. Hacía tanto que no tocaba el piano, aunque no podía considerarse una virtuosa. Elizabetha sonrió melancólicamente y apoyó los codos sobre las teclas, aprovechando el momento para esconder el rostro entre sus manos. Ella solo había empezado a tocar el piano por Roderich, y ahora él se había marchado. Ya no quedaba nada de él salvo recuerdos. ¿Por qué el mundo la trataba de semejante manera? No era justo… Sorbió por la nariz, en un intento por alejar la soledad y la tristeza, y echó la cabeza hacia atrás, intentando aguantar las lágrimas que amenazaban con salir de sus ojos.

—El piano no se toca así. Se estropeará —murmuró una voz seria pero aniñada en la entrada de la estancia.

Elizabetha se giró y vio a Ludwig, vestido con ropas normales y mirándola fijamente.

—L-lo siento —se disculpó Elizabetha levantándose de la banqueta del piano y cerrando la tapa.

El niño se acercó al piano pasando por su lado y se sentó en la butaca, levantando nuevamente la tapa y adoptando la posición correcta para empezar a tocar. Espalda recta pero no tensa, hombros relajados, dedos curvados y situados sobre las teclas con delicadeza… Ludwig comenzó a mover sus manos por las teclas con suavidad, aunque un poco ralentizadas. Elizabetha se sentó en una silla cercana al piano y escuchó atentamente la melodía que el joven príncipe arrancaba del instrumento. Podía reconocerlo. Era un alegre vals, de origen francés que, abruptamente, cambió para dar paso a otra melodía conocida. Un vals de Chopin, una pieza hechizante que parecía surgir de las entrañas del piano. Ludwig tenía los ojos cerrados y tocaba la melodía de memoria. ¡Qué maravilloso! Era algo sencillamente delicioso, la hacía desplazarse a los bailes de Londres, en los que tanto había disfrutado. Ella también había cerrado los ojos, dejándose evocar y envolver con todos los sentimientos que las notas le provocaban; más, algo le hizo abrir abruptamente los ojos. Una presencia. Su cuerpo se congeló observando la figura a la entrada de la habitación.

Allí estaba Gilbert, vestido con el traje de montar tal y como aquella vez en su casa tras el baile de compromiso. Mantenía los brazos cruzados sobre el pecho y se apoyaba casualmente en el marco de la puerta. Parecía alguien totalmente inalcanzable. Se aclaró la garganta ligeramente y la música paró de forma intempestiva. Ludwig se giró y observó a su hermano en completo silencio.

—Señorita Strauss —llamó Gilbert mirando fijamente al pequeño—. ¿No deberíais haber empezado con las clases? Ludwig ya ha desayunado.

Cuando Elizabetha se fue a defender, el niño salió a su rescate, o eso creyó.

—Me apetecía tocar el piano —murmuró.

—Lo sé… Pero ahora es hora de comenzar la clase. Ya tendrás tiempo de tocar el piano tanto como quieras, más ahora no es el momento —contestó Gilbert revolviéndole el cabello, se había acercado mientras hablaba, y sonrió amablemente al niño—. Y, Ludwig, no toques esa melodía.

—Pero… —comenzó el niño, aunque tras una mirada de Gilbert calló, bajando la vista al suelo—. Nada…

Gilbert sonrió y se marchó de la habitación, no sin antes dedicarle una mirada de advertencia a la castaña, que había observado la escena impasible. Cuando el albino se hubo marchado, Elizabetha se acercó a Ludwig y se sentó a su lado en la butaca.

—¿Qué sucede Ludwig? —preguntó amablemente la castaña.

—Nada…

—Sabes que puedes contármelo —dijo sonriendo—. No voy a decírselo a nadie.

El rubio negó con la cabeza y se levantó con rapidez bajo la mirada de Elizabetha, quién solo suspiró cuando vio al niño salir por la puerta. Maldijo internamente al albino y se apresuró a seguir al príncipe, quién seguramente se dirigiría a la biblioteca. Y ella no quería perderse nuevamente.

En efecto, Ludwig la condujo hasta la biblioteca, a uno de los pisos superiores que tan maravillosos y esplendorosos le habían parecido ayer por la mañana. Allí había una mesa y sobre ella, un montón escandaloso de libros de todos los tamaños, formas y colores. Ludwig se sentó en una de las dos sillas y la observó silenciosamente.

—Dime, Ludwig, ¿qué es todo esto? —preguntó Elizabetha sentándose a su lado y señalando la pila de libros.

—Los libros sobre los que tengo que estudiar —contestó seriamente, como si fuera algo completamente obvio.

—Bueno... —dijo la castaña levantándose y cogiendo los libros, dejándolos sobre la silla en la que ella debiera sentarse ante los ojos azules asombrados, abiertos de par en par, del pequeño—, pues creo que mejor nos olvidamos de ellos y pasamos a otra cosa.

—¿A o-otra cosa? —preguntó confuso.

Elizabetha le sonrió y se puso al otro lado de la mesa, frente a Ludwig.

—Por supuesto. Dado que es nuestra primera clase, me gustaría saber qué es lo que quieres que veamos primero.

—¿De verdad? —preguntó inseguro—. ¿Cuál es el truco?

—Ninguno —una sonrisa fue toda la contestación que obtuvo además de esa pequeña palabra.

Aquello pareció convencer a Ludwig que se levantó, no sin cierta reticencia, y desapareció escaleras abajo en busca de un libro que no tardó en traer. Era grande, pesado y estaba falto en detalles. Lo colocó sobre la mesa y, tras abrirlo y buscar la página deseada, se lo mostró a Elizabetha, que solo alzó una ceja sorprendida y asintió, comenzando la clase por aquel tema escogido por el chico. Guerras Napoleónicas. La caída del Sacro Imperio Romano Germánico.

Y Ludwig resultó ser un niño muy hábil para la historia, como para otras muchas asignaturas, como pudo comprobar Elizabetha con el pasar de los días y las semanas. Era una pequeña esponja. Cualquier cosa que se le decía, cosa que recordaba con suma facilidad. Además, aquellos minutos en los que estaban ellos dos a solas, aquel niño parecía recobrar poco a poco algo de brillo en sus ojos azules, antes opacados.

Una noche, mientras permanecía en su habitación tras haber cenado en compañía del servicio como llevaba haciendo desde el segundo día en que llegó, Elizabetha pensaba acerca de todas aquellas cosas que había estado hablando con Ludwig. Y se acordó de pronto de un pequeño detalle. El joven príncipe le había hablado de un libro sobre el que había escuchado hablar a los criados y él quería uno para él. Sin embargo, Elizabetha no pensaba que fuera un libro adecuado para niños. Después de todo, "Le comte de Monte-Cristo" era un libro con temas adultos, tanto como la justicia, la venganza, la piedad y el perdón, aunque fuera disfrazada de una novela de aventuras por su escritura.

Suspiró. Ludwig, pese a ser un niño, parecía desear con fiereza esa novela y la castaña no dudaba de que muchos de sus pasajes los entendiera. Era un chico muy despierto. Así que tomó una decisión. Le llevaría mañana a una librería de la ciudad, aunque tuviera que pedir señas para poder llegar, y se la compraría con el dinero de su primer sueldo. Pero para eso, antes debía de avisarle.

Elizabetha se colocó una bata de algodón sobre el camisón y se lo ató, saliendo de la habitación en dirección a las dependencias de los criados. Los pasillos estaban desiertos cuando llegó y parecía que todos dormían ya. Iba a darse la vuelta cuando se encontró con el señor Hans caminando por el pasillo en dirección a su habitación.

—Señorita Strauss, ¿puedo ayudaros en algo? —preguntó seriamente. Y Elizabetha se preguntó si alguna vez, aquel hombre sonreía—. No son horas de estar paseando por los pasillos del castillo y mucho menos por estas dependencias.

—B-buenas noches, señor Hans —respondió esbozando una pequeña sonrisa y obviando el insulto que le había proferido—. Quería preguntar algo, es urgente.

—De acuerdo —contestó sin cambiar de expresión—. ¿Puedo ayudaros yo en algo?

—Pues espero que sí —estaba nerviosa y sentía como su voz vibraba ligeramente al pronunciar dichas palabras. Soltó todo el aire que contenían sus pulmones con los ojos cerrados y sonrió, mirando fijamente al mayordomo—. Querría saber dónde se encuentra la habitación del príncipe Ludwig. Tengo un asunto que discutir con él —contestó rauda y veloz, sin apenas darse unos segundos para respirar.

El mayordomo, el señor Hans, parpadeó sorprendido y asintió, dándole las señas necesarias para que llegase a su destino. Pero en ningún momento buscó algún tipo de justificación para el repentino interés por el dormitorio del joven príncipe.

Con una reverencia, Elizabetha se despidió y puso rumbo al dormitorio de su joven pupilo. No era una habitación muy alejada de la suya, por lo que no tendría problemas luego en volver. La habitación del príncipe constaba de dos puertas de entrada, como si fuera la entrada al gran salón o al comedor. Puertas de madera ricamente decoradas con incrustaciones y relieves de escenas talladas. Algo en su interior se contrajo. Sintió miedo por un momento. ¿Por qué? ¿Qué debía de temer de aquella habitación? Seguramente nada. Y tal vez solo fueran imaginaciones suyas.

Armándose de valor, llamó con fuerza a una de las puertas. Como no obtuvo respuesta alguna, giró el picaporte y entró. Había una pequeña lámpara de aceite encendida en la antesala. Unas espesas y pesadas cortinas de terciopelo rojo separaban aquella zona del resto de la suite. Las abrió y se quedó asombrada al ver lo grande que era la habitación. Calculó que podría ocupar fácilmente una mitad de la parte este del palacio.

En una tarima, al otro lado del cuarto y la cual estaba algo alta en comparación con el resto del suelo, había una cama enorme, con dosel y ropa de cama de color carmesí y dorado. La cama parecía ser perfectamente el doble de ancha que la suya y, por lo menos, igual de larga.

—¿Qué está haciendo usted aquí?

Elizabetha se giró y observó al niño, el cual permanecía junto a una ventana vestido con un camisón completamente blanco.

—He venido a ver cómo estabas —contestó con una pequeña sonrisa—, y a proponerte algo.

—¿El qué?

La mujer se encogió de hombros y se sentó a los pies de la cama, observando fijamente al príncipe.

—¿Qué estabais haciendo? ¿Os he interrumpido? —preguntó tímidamente.

Ludwig negó con la cabeza y se colocó sobre el pequeño sillón que había junto a la ventana, levantando los pies y juntándolos junto a su pecho.

—Hay una serpiente en mi habitación.

—¿Una serpiente? —el niño asintió—. ¿Y te ha asustado? —otro asentimiento de cabeza fue toda la contestación—. ¿Y qué has hecho con ella?

—Nada —contestó—. Está debajo de mi cama y no quiero que cuando me tumbe a dormir me muerda.

Elizabetha sonrió y, levantándose, se agachó a mirar debajo de la cama. Allí, lo único que había, era el cuerpo inerte de una pequeña culebrilla. La cogió entre las manos y se acercó al muchacho, enseñándosela, quién la miraba desde lejos con cautela.

—¡Señorita! ¡Podría haberla mordido! —exclamó algo preocupado.

Elizabetha negó con la cabeza. —Tranquilo, no podría hacerlo. Está muerta —contestó y la acercó a su rostro—. Pobre animalito… Además, era inofensiva.

—¿No hace nada?

—No. Esta come roedores e insectos —contó—. En la casa en la que vivía de pequeña había muchas como esta.

Ludwig se acercó y acarició el cuerpo inerte de la serpiente.

—¿Cómo lo sabe?

—Lo leí en un libro.

—¿Me enseñará ese libro? —preguntó con ojos brillantes a lo que Elizabetha solo pudo soltar una carcajada.

—Podría pedírselo a mi primo. Seguro que lo tiene en su casa —contestó pensativa. Tras unos segundos, dejó la serpiente sobre una de las mesas de la habitación y cogió a Ludwig en brazos—. Y ahora, a dormir.

—¡B-bájame ahora mismo! —exclamó el príncipe con un fuerte sonrojo en las mejillas.

Elizabetha lo tumbó sobre la cama y le tapó con las sábanas y la colcha.

—Muy bien, pero tenéis que dormir. Además, no veo porqué os da vergüenza que os carguen.

—¡Soy un hombre!

—¡No eres más que un niño! —exclamó entre risas—. Y, mientras lo seáis, aprovéchaos de ello —le acarició cariñosamente la frente y depositó un beso en ella. No sabía de dónde salía aquel sentimiento maternal hacia ese niño, pero lo tenía, desde el día en que lo conoció. Era como si sintiese la imperiosa necesidad de protegerlo—. Por favor, ahora dormir. Mañana enterraremos a esta pobre criatura —murmuró señalando a la serpiente.

Antes de poder marcharse, una mano le agarró la manga de la bata, impidiéndole que avanzara.

—Quiero que se quede —ordenó.

—No puedes ordenarme cosas. Soy tu institutriz, no tu sirvienta. Y tampoco puedes tratar al servicio de semejante manera. No es correcto de un niño educado que pertenece a la realeza —contestó—. Sé que has sufrido mucho en tu corta vida, pero eso no es excusa para ser grosero con los demás, especialmente conmigo.

—¿Y por qué no puedo serlo con usted?

—Porque yo he pasado lo mismo que tú. Sé lo que es perder a una madre, y también a un marido —susurró lo último más para ella misma que para el niño, bajando los parpados con pesar.

Ludwig permaneció en silencio durante unos segundos, rumiando las palabras de la mujer, hasta que levantó la mirada y la miró fijamente.

—Señorita, ¿usted duerme?

Elizabetha alzó una ceja.

—¡Qué pregunta más extraña! —exclamó y suspiró con una sonrisa, antes de contestar—. Sí, claro que duermo.

—Yo no —confesó el niño—. Cuando duermo, tengo pesadillas.

Elizabetha, se soltó del agarre del niño y, ante su atenta mirada, se sentó al lado de su cama, apoyándose contra los grandes barrotes del cabecero de la cama y dobló las piernas, rodeándose las rodillas con los brazos.

—Ludwig, ¿querrías contarme más acerca de tus pesadillas?

La miró fijamente un instante, como si por dentro tuviera una contradicción, una lucha entre dos sentimientos. Decirle que saliera de su cama o que se fuera de su habitación. Pero, por otro lado, le gustaba tener compañía… La necesitaba. Reconocía en él su misma debilidad. Les separaban casi dos décadas, él era hombre y ella mujer, y tenían roles diferentes en la vida, pero no podía evitar sentirse cercana a aquel niño, que tan desvalido le parecía.

—Cuéntame más sobre tus pesadillas —repitió.

Ludwig cruzó las piernas encima de la cama y puso una mano en cada rodilla, como si fuera un marajá en su trono, rodeado de cojines. Elizabetha no pudo evitar sonreír. Aunque no fuera más que un niño, tenía la arrogancia de un adulto. Tal vez, por pasar demasiado tiempo con su hermano mayor Gilbert.

—Yo… Sueño que alguien me mira mientras duermo. Hay alguien en la oscuridad que simplemente me mira. Después, cuando me despierto, está la habitación llena de llamas y no puedo respirar el aire. Y me agobio y estoy completamente solo.

Se estremeció.

—Qué sueño más horrible. Está claro el por qué no tienes prisa por irte a dormir. ¿Sueñas alguna vez con tu madre?

Asintió con la cabeza.

—Cuando sueño con ella, ocurre lo mismo que en la vida real. Estoy tumbado en la cama, dormitando porque estoy enfermo. Siento unos labios en mi frente y, cuando abro los ojos, observo como la habitación ha empezado a arder y a mi madre mirándome desde la puerta, con expresión de miedo. Después, me despierto y todo se borra.

Elizabetha se llevó ambas manos a la boca, asustada. Era demasiado joven para soportar la pesada carga de aquel dolor. Pero, por mucho que ella lo intentara, nada podía hacer para cambiar aquello, del mismo modo que tampoco podía modificar su propia situación por arte de magia. ¿Cómo podía ayudar a un niño de ocho años a sobrellevar aquella pena?

—Así que dejas una lámpara encendida.

El niño asintió. —Bruder dice que ayuda —susurró—. A veces, oigo ruidos en la oscuridad que nunca se oyen de día. Como si hubiera ahí unas cosas que murmuran entre ellas. Como si supieran que estoy dormido e indefenso y que no puedo luchar contra ellas.

Elizabetha le acarició con suavidad la espalda y se vio sorprendida cuando el niño se acomodó en su regazo, apoyando su espalda contra el pecho de la mujer.

—¿Quieres que te cuente una historia? Puede que te ayude a dormir —contestó acariciándole el cabello.

—Soy demasiado mayor para los cuentos.

Una sonrisa se dibujó en sus labios involuntariamente.

—Te contaré una de las fábulas de Esopo —dijo—. Son historias simples, pero todas tienen moraleja. Cualquier persona, incluso alguien tan mayor y valiente como tú, puede disfrutar con ellas.

El niño asintió con la cabeza y se acomodó todavía más.

—Érase una vez una abeja reina de una colmena que viajó al Monte Olimpo. Todo el mundo sabe que el Monte Olimpo es el hogar de los dioses griegos. Una vez allí, le dijo al guardián que deseaba visitar a Zeus. Esperó un rato hasta que él pudo recibirla y, cuando ya estuvo frente a él, le hizo una gran reverencia, extendiendo sus alas sobre el suelo dorado. "Os traigo un regalo –dijo-, es mi miel. Mis obreras han trabajado con diligencia durante las últimas semanas para producir la mejor miel para voz, Zeus" Zeus, encantado, le dio las gracias y probó un poco de miel Se quedó tan impresionado por su calidad, que le preguntó que podía darle a cambio de aquel regalo. "Solo os pido una cosa, Zeus, y es que me concedáis el don de proteger a mi gente. Los humanos invaden mi colmena. Roban mi miel, y atemorizan y matan a mis obreras. Concededme el poder de herirlos" -añadió señalando a su aguijón-. Zeus era amigo de los hombres, y la petición de la reina lo puso en un aprieto. Pero le otorgó el poder de picar a cualquier hombre con su aguijón. Entusiasmada porque le había concedido aquel deseo, la reina volvió a su colmena. Al día siguiente, un hombre se acercó al panal y ella salió volando y le picó una y otra vez hasta que lo hizo caer al suelo. Pero algo extraño le sucedió a la abeja reina. Después de picar al hombre, perdió su aguijón, y al perderlo cayó al suelo y murió —hizo una pequeña pausa y sonrió al niño, que permanecía con los ojos cerrados—. La moraleja de esta historia es que si tienes malos deseos, acabas pagando las consecuencias. ¿Te ha gustado la historia?

—No. Es una historia tonta.

—¿Te gustaría escuchar otra?

—No —murmuró con el velo del sopor en su voz.

Elizabetha no pudo evitar sonreír enternecida. Le tumbó a su lado y le tapó con la sábana, mientras no dejaba de acariciar el cabello del chico.

—Ludwig, ¿te gustaría que mañana fuéramos a una librería después de dar clase? —preguntó en voz baja—. Podríamos mirar lo del libro ese que tantas ganas tenías de leer. Y a lo mejor, encontramos algún otro que te guste más.

—¿Lo prometes? —preguntó adormecido con los ojos cerrados.

—Ajá…

Ludwig murmuró algo, una respuesta incoherente que hizo sonreír a Elizabetha. Se quedó allí sentada, a su lado, mientras escuchaba como respiraba con tranquilidad. Cuando estuvo segura de que no le iba a molestar con su salida, Elizabetha se bajó de la cama y caminó hasta la ventana. El príncipe no había cerrado las cortinas, dejando al descubierto todo un cielo cubierto de estrellas que centelleaban delante de ella como si quisieran decirle que no estaba solo. Tocó con sus dedos el frío cristal y descubrió que uno de los cristales de la ventana no estaba bien cerrado, por el cual se colaba una pequeña ráfaga de aire. La suave brisa movía las cortinas como si alguien estuviera allí detrás. Pero, siendo un adulto como lo era, sabía que allí, nadie más aparte del niño que ya dormía, estaba con ella.

Elizabetha se colocó mejor la bata y se calentó con ambas manos los brazos, intentando entrar en calor. Observó la habitación en completo silencio y suspiró. Había una especie de vacío en aquella grande y tenebrosa habitación. Daba la sensación de que era necesario llenarla de vida; una vida alegre, ruidosa y llena de ruidos, no de susurros y miedos.

Observó las paredes. Estaban cubiertas de retratos de sus antepasados, recargadas y con un mobiliario por menos suntuoso. Este niño necesitaba ser eso, un niño antes de convertirse en príncipe y cargar a sus espaldas todos los problemas que una vida adulta conllevaba.

Se dispuso a cerrar las cortinas, medio escondida entre ellas, cuando escuchó un ruido. ¿Quién podría ser a esas horas?