13. Destino


De una manera u otra, siempre había sabido que el desenlace sería entre ellos dos, frente a frente, preparados para luchar, certeros de sus propios triunfos.

"Ha pasado mucho tiempo," comentó Lucifer, con tranquilidad. Aún no se había acostumbrado al cuerpo de Sam, pero podía entender a la perfección por qué el destino los había unido. Así, viendo a Míchaël a los ojos de Dean, todo parecía perfecto, como una predicción pintada sólo para complacerlo a él.

"Demasiado, pero no es tarde."

El cielo estaba oscuro, la antes firme tierra temblaba bajo sus pies y con toda la destrucción de por medio, todavía podía oír los pensamientos humanos intentando gobernarlo y convencerlo de rendirse. Eran igual de fútiles que las miradas llenas de compasión de Míchaël.

El momento que había esperado durante un centenar de años por fin había llegado. Cuando derrotara a Míchaël, las legiones de ángeles caerían, los demonios tomarían cada rincón del planeta y se desharían de los humanos indignos de continuar viviendo.

Sería un nuevo orden, un nuevo Reino.

"No puedes detenerme."

"Ya lo hice una vez, puedo hacerlo de nuevo."

Y así fue que la historia empezó a repetirse. Llegaron los otros arcángeles y lo rodearon. Esta vez, Lucifer les sonrió, pues no tenía miedo… Había estado esperándolos.

Su primer ataque lo dirigió a Raphaēl, pero Gabriēl se interpuso y fue el primero en caer. Murió como tantas de sus víctimas, casi como si hubiese sido una broma. El único arcángel que no había querido tener nada que ver con el Apocalipsis había sido el primero en dar su vida por otro. Tan irónico, tan conveniente.

Ahora era clara la diferencia, Lucifer ya no era ese arcángel que había quedado encerrado en las llamas. Después de una eternidad conviviendo con ellas, él era esas llamas y su fuego era más abrasador que el de Míchaël, podía consumir el poder de cualquier arcángel con la simple voluntad de hacerlo.

Todos esos años de castigo no habían hecho más que enfurecerlo y volverlo hambriento de venganza. Y ese hambre que no le había permitido vivir en paz, lo había fortalecido. Cuando decía que no podía ser detenido, no era sólo su ego hablando, realmente era más poderoso que Míchaël y los demás. Realmente ganaría la guerra.

Se peinó algunos cabellos que le tapaban la vista y dio unos pasos hacia delante. Se arrodilló junto al cuerpo de Gabriēl y le acarició una mejilla. Hasta podía oír los gritos de frustración de Sam en su mente. Sin dudas, el otro Winchester también estaba furioso, desilusionado y se sentía traicionado por haber confiado en Míchaël, quien claramente no podía hacer nada.

"Descansa, hermano" le dio un beso en la frente y se puso de pie. "Pueden irse unírsele… O pueden venir conmigo."

No había necesidad de respuestas, Lucifer sabía que ningún arcángel iba a cambiar de parecer, mas le parecía propicio darles una última oportunidad antes de matarlos. Después de todo, él los había visto nacer y había cuidado de ellos.

"Tienes el poder de matarnos a todos." La voz del humano que habitaba Raphaēl sonaba quebrada, demasiado dolida para expresar lo que sentía. Gabriēl, su eterno compañero estaba muerto. Ya no tenía sentido que él siguiese vivo. "Pero no te daré la satisfacción de matarme."

Y así, su cuerpo resplandeció por un instante, hasta que toda la luz se escapó de él y no quedó nada. El cuerpo cayó al lado del de Gabriēl y parecía estar sonriendo.

"Entonces, somos sólo tú y yo," sonrió Lucifer, mirando a Míchaël directo a esos ojos color avellana, que le rogaban que se detuviera. "La épica batalla entre hermanos que todos esperaban. Siempre creí que sería más… escandalosa."

"No esperaría menos de ti."

Claro, Míchaël siempre había esperado todo de él, aún lo hacía. Podía estar rodeado de cadáveres mientras el mundo se caía a pedazos, pero todavía tenía fe… Su fe era lo último que le quedaba, fe en que Lucifer se arrepentiría de su muerte. Aferrado a ese pensamiento, dio un paso hacia delante y le pidió un último deseo.

"Lo que quieras."

"A ti… un abrazo. Él último."

Tras tantas vidas separados, el calor de sus cuerpos se sintió como un viaje al pasado, como si no hubiese gente muriendo alrededor. Míchaël iba a morir y lo sabía, mas estaba feliz porque ahora sí estaba seguro de que Lucifer todavía conservaba su alma.

Cerró los ojos y se dejó consumir por la mortífera luz que emanaba el cuerpo del otro arcángel. Le pidió disculpas a Dean y justo antes de que todo se volviera oscuro, pudo escuchar una simple y dolorosa palabra en su mente:

'Sam…'