Recordatorio incesante: Yu-Gi-Oh! Y Death Note pertenecen a sus respectivos creadores hasta el final de los tiempos.
Anécdota de Katsura: ¡Un saludo teñido de dulzura para ustedes, mis amores! No quiero aburrirles con esta nota de autora ni asustarlos como en el meme de Homero, pero a esta historia solo le resta 3 capítulos (con este que he actualizado) y el epílogo, de manera que a partir de hoy dejo inauguradas las publicaciones de un capítulo a diario hasta que lleguemos al inminente final, de este modo, y si Dios así lo permite, esta historia vería su final el próximo sábado 22 de septiembre de este año. ¿Coincidencia? ¡No lo creo!
¡MILLONES, BILLONES, TRILLONES DE GRACIAS POR LEER!
Capítulo 11: Regresión
Un delincuente con buen corazón, aquellas habían sido las palabras más recurrentes a la hora de entrevistar a los allegados de Jōnouchi Katsuya. Crecer en el seno de una familia disfuncional lo había precipitado a las calles, buscando en las pandillas la familia que había perdido tras la firma del divorcio y en las peleas callejeras el dinero que le hacía falta para sortearse una migaja de pan, así como pagar las deudas del padre viciado con el alcohol.
No conocía los confines de una celda porque nunca había ido a prisión, la razón por la cual le merecía ser llamado delincuente se debía a que las peleas callejeras eran penalizadas en la jurisdicción japonés. La influencia de Yugi Mutou, Honda Hiroto, Mazaki Anzu, Ryō Bakura y su posterior relación con Yura Sutori lo rescató del azaroso destino que le avecinaba de continuar apostándose a los azares de la vida nocturna, sin embargo, la principal motivación de L para no etiquetar un porcentaje considerable de culpabilidad pese a dicho historial, era la misma con que, al principio, se había conmiserado de Seto Kaiba: toda la Ciudad Domino profesaba ser testigo de que Jōnouchi daba la vida y— en sentido figurado— un poquito más por Yura, llegando a la misma conclusión si se invertía el orden de los sujetos en la oración. La amaba tanto que se obligó a soltar todo atisbo de inmadurez, convirtiéndose en el hombre que trabajaba como un burro para sopesar la carga de mantener un hogar; ella lo amaba tanto que le valió un comino perder la bendición de su familia con tal de amanecer todos los días a su lado, y la combinación de ese amor enloquecido les volvía marido y mujer auténticos pese a no haber acta matrimonial con sus nombres en el Registro Civil.
L no podía impartir cátedras acerca del amor ni contaba con la experiencia necesaria que le facilitara identificar cuando era verdadero o cuando falso. Era un arte desconocido para él, por tanto, no podía juzgar lo que no conocía, así que no le quedó más remedio que valerse de los testimonios. Mas en su vida profesional y recurriendo a la base científica del sentimiento, se sentía capaz de afirmar que la persona que experimentaba el supuesto "amor verdadero" era capaz de cualquier cosa, pero nunca de herir al ser amado. En el mundo de Jōnouchi, Yura era ese ser, de manera que sería incapaz de cicatrizarla de por vida con asesinar a Kisara, contrario a lo que el verdadero asesino al parecer tenía por meta. Sumado a la justificación el hecho de que, según la psicología con demostraciones en la vida real, cuando las personas se arrepentían con verdadera intención de sus malas acciones, preferían la muerte antes que repetir sus errores. Y siendo la cereza del pastel, las evidencias no lo aludían como posible sospechoso en comparación con Seto Kaiba, por mencionar un ejemplo.
Aunque libre de porcentajes considerables, existía cierta característica de Jōnouchi con miras a entorpecer la investigación: su rebeldía. El muchacho era famoso por pisotear las reglas de no ir acordes con su moral, lo que L traducía en un aliado menos si las acciones a tomar entraban en conflicto con sus principios. Era un riesgo que estaba dispuesto a tomar, sobre todo a razón de que todavía consideraba su estrategia inicial de que, suponiendo que Jōnouchi fuera el auténtico asesino, con involucrarlo en la investigación tenía la oportunidad de matar dos pájaros con la misma bala.
En ese orden organizaba las ideas cuando la puerta que había tocado cuatro veces abrió paso a la figura del susodicho. En franela, en bermudas y con la expresión común de incertidumbre que cualquiera hubiera gesticulado si un desconocido tocaba su puerta. Por las gotas de agua que relucían en su cabellera no le calculó mucho tiempo fuera de la cama.
—Disculpe…
—Buenas, lamento si he causado alguna molestia, pero necesito saber si es aquí donde vive la Señorita Yura Sutori.
Tocó desde el comienzo —y sin dobleces— su nervio sensible, sabiendo que con Yura de por medio le limaría el camino hacia sus confidencias. No pudo evitar sentirse un tanto vil al usar a Yura como una tarjeta de acceso a las puertas restringidas, con mayor ahínco tras vislumbrar la incertidumbre degradarse a reticencia en el rostro de Jōnouchi.
—¿Tú quién demonios eres?
Primer apunte— se mentalizó L—, el rubio, a diferencia de Seto, no tenía reparo al poner en evidencia sus sentimientos, además de ser de fácil irritación.
Antes de servirse a responder, el detective estiró el cuello hasta cruzar el rango de audición donde Jōnouchi pudiera oírle, aunque hablara en voz baja para decir lo que diría a continuación.
—Me llamo Ryuzaki, soy un enviado del Señor L.
La nariz no se veía fruncida y el entrecejo se había relajado, mas el semblante que lo secundó parecía gobernado por la conmoción a parte igual con la tristeza. El muchacho respiró hondo antes de aprobar su paso empleando un código de lenguaje corporal.
—Puede sentarse donde quiera— dijo mientras cerraba la puerta a sus espaldas. A L le resultó extraño y en sumo grado descuidado que no le pidiera confirmar su identidad, dejándolo pasar cual si fuera una visita ordinaria. El apartamento era tan comedido que le costó cuatro pasos tomar asiento en el comedor, situado en lo que —intuía— era la sala de estar, sin considerar necesario prestar atención a las demás características de la pieza.
Negándole su mirada, perseverando en esa actitud desdeñosa e impropia según la descripción de su perfil en los reportes, Jōnouchi se dirigió a lo que, supuso, era la cocina. Desde allá preguntó, con un perceptible tono de cansancio, si prefería té verde o café. Motivado por la oportunidad de catar por primera vez el té verde— pues la mayoría de las veces lo tomaba negro—, decantó por el té, y al contemplarlo poniendo las tazas encima de la mesa luego del tetero por si deseaba servirse más, le fue imposible no hacer un paralelismo de su anterior encuentro con el castaño, quien no le había ofrecido algo de tomar en su oficina.
«Fascina como uno es el polo opuesto del otro».
—Disculpe, pero… ¿Se siente bien? — Señaló con cierta grima su extraño modo de sentarse.
—Oh, pierda cuidado— alentó, a su vez soplando la taza de té—. Sucede que, si no tomo asiento de esta manera, mi capacidad de entendimiento se reduce en un cuarenta por ciento.
El rubio asintió, aunque sin dejar de mirarlo cual si fuera un bicho raro.
—Señor Jōnouchi…
—Por favor, no me llame así. — Un haz de aflicción destelló en sus ojos—. Dígame Jōnouchi a secas, no quiero ser llamado igual que mi Viejo.
—Lo siento. —Corroboró la mala relación que tenía con su familia—. Entonces, Jōnouchi, iba a decir que me ha parecido curioso que usted me haya dejado entrar sin más. Quiero decir, incluso el asesino podría tocar su puerta y decir que es un enviado de L. Debería ser más cuidadoso.
El nombrado se conservó mirando su reflejo en la taza de té, a lo mejor buscando ideas para responder. Lucía triste a la par de cansado, como si respirara porque no había otro remedio.
—El té verde es la bebida favorita de Yura— dijo, con una sonrisa igual de taciturna que su rostro—. Ella cree que no me he dado cuenta, pero comenzó a gustarle porque nuestros ingresos apenas alcanzaban para comer. Con el té, ella engañaba el hambre.
—Perdone, ¿pero eso qué relación guarda con…?
—Si usted fuera el asesino, yo me habría dado cuenta, al igual que con Yura y el té verde.
L dejó la taza de té a medio camino, la mirada inexpresiva que Jōnouchi le había destinado se replicó en él como un susurro escalofriante al oído.
—Vivir en las calles y convivir con delincuentes me ha concedido un don— bebió de la taza, disfrutando el sorbo con los ojos cerrados—: puedo ver la maldad en los ojos. Además, usted fue muy específico a la hora de preguntar si aquí vivía Yura, lo preguntó por cortesía y para guardar las apariencias. L siempre lo sabe todo o, al menos, es lo que sé por Yura. Eso sin mencionar que nadie se atrevería a jugar bromas con algo que puede costarle la vida.
«Interesante. Según la investigación preliminar, la inteligencia de Jōnouchi está muy por debajo de la de Seto Kaiba. No obstante, su deducción— si bien no ha sido la mejor— es bastante acertada, quizás todo lo sucedido le ha enfriado los sentimientos y le mueve a pensar con la cabeza fría. Esa mirada particular… No puedo abandonar mi sospecha inicial hacia él, sería insensato de mi parte, pero su convivencia con delincuentes puede beneficiar sobremanera este caso».
Mientras Seto Kaiba era gurú en el mundo de los negocios y la tecnología en general, advenedizo entre las cúpulas de la clase alta, Jōnouchi era gurú en el mundo de la delincuencia y advenedizo entre las cúpulas de la clase baja. En la opinión de L, la perspectiva de Jōnouchi era más realista.
—Se equivoca, el Señor L no siempre lo sabe todo. —Imitó el sorbo a la taza de té, mirándolo con aparente neutralidad—. Por esa razón estoy aquí. ¿La Señorita Sutori no está?
El rubio hizo visible su escepticismo entrecerrando los ojos, se le quedó mirando por unos segundos antes de contestar.
—Está dormida. Cualquier asunto que quiera tratar puede hacerlo conmigo.
—Es mejor así, de hecho. —Aunque su sentido de alerta se apaciguó, el rubio seguía mostrándose desconfiado. Mas el punto que L había ido a tratar no priorizaba su confianza—. Jōnouchi, ¿alguna vez ha leído o visto historias detectivescas?
—He visto una que otra película policial, pero no creo que sea eso importante, ¿o sí? Es ficción, después de todo.
—Está usted en lo cierto, es ficción. Pero, ¿qué es la ficción? Son como pequeños cristales que al juntarse forman el lente a través del cual se percibe la realidad, ¿no le parece? Incluso, si profundizamos ese argumento, la ficción no es más que la realidad distorsionada al gusto de quien la escribe o la vive.
— ¿Puede ir al grano?
L dedicó los primeros cinco segundos a dar otro sorbo a su taza de té.
—En las historias detectivescas todos los personajes son sospechosos, justo como en el crimen. El autor presenta una infinidad de posibilidades para despistar a los lectores, a fin de sorprenderlos cuando el asesino resulte ser quien jamás les cruzó por la mente. El patrón puede variar desde un viejo amigo del pasado hasta el personaje que apareció de soslayo en el primer capítulo.
— ¿Eso qué tiene que ver con este caso?
—Lo mismo que tiene que ver la observación que hizo con respecto a la Señorita Sutori y el té verde.
Jōnouchi abrió los ojos que hasta el momento mantenía entrecerrados a modo de alerta, de inmediato quiso disimular ese indicio de comprensión bebiendo de su taza.
—El asesino, al igual que en dichas historias detectivescas, puede ser la persona que jamás nos haya cruzado por la mente, alguien que sea tan cercano a usted, la Señorita Sutori, Seto Kaiba y Kisara Sutori como para pasar desapercibido, o alguien que sea tan lejano como para olvidar con facilidad su recuerdo. L piensa que la posible solución a ese dilema está en un solo lugar: el pasado.
— ¿El pasado?
—Sí, el pasado marca los pasos que nos han llevado al presente. Nos muestra las personas que nos han dejado atrás, a las que hemos dejado atrás, las que han permanecido a nuestro lado y de las que nosotros hemos permanecido al lado. Esas personas, ese pasado es el que L desconoce y desea conocer a través de usted.
—Ya veo. Pero, mi pasado no es solo mío. Es el de Yura, el de Kaiba, y el de… Kisara.
—En efecto, L me ha enviado aquí porque confía en su narración de los acontecimientos.
El muchacho emitió una risilla discreta que por un instante desconcertó al detective.
—Usted ha dicho que en un crimen todos son sospechosos, supongo que "todos" también me incluye. ¿Por qué habría entonces de confiar en mi narración de los acontecimientos?
«Sorprendente, Jōnouchi Katsuya me ha salido más inteligente de lo que esperaba. Sin embargo, él tiene algo que el asesino —al menos hasta el momento— no».
— ¿Usted se considera capaz de matar a Kisara Sutori con el único fin de beberse las lágrimas de su mujer?
«Un punto de débil de nombre Yura y apellido Sutori».
Seguido a la conclusión de tal pensamiento, L fue atravesado por una especie de revelación que, de poder llevarse a los hechos, completaba el 0.01 por ciento que le restaba a la posibilidad de que Seto Kaiba fuera el verdadero asesino. La teoría se iluminó en su cabeza de manera tan impresionante, que prefirió guardarla para sí.
—No…—Los ojos de Jōnouchi se tornaron acuosos y titubeantes, luchando por reprimir las lágrimas que, aún permeando la humedad ocular en la esclerótica, daban a sus ojos el brillo inusual de la tristeza—. No soy capaz, pero a la vez tampoco creo que alguien lo sea de odiarla a ese extremo…
— ¿Quiere usted decir que aún valora la posibilidad de que Kisara se haya suicidado?
—No. —Se percató de que el rubio bebía de la taza cada cuanto era su propósito disimular sus impresiones. Después de engullir todo lo que quedaba del té en un solo trago, se remojó los labios con la lengua—. Valorar esa posibilidad significa desvalorizar la palabra de Yura. Solo quise decir que, al menos a mí, se me hace difícil pensar en alguien con ese grado de maldad. Kisara era lo más parecido a un ángel en la tierra… ¿Quién puede odiar a una persona con esa descripción?
—Por eso mismo, y porque usted sería incapaz de matar a Kisara Sutori con el único fin de beberse las lágrimas de su mujer, es que L confía en su narración de los acontecimientos. Confía en que usted puede transportarlo a esa línea de tiempo que le conecta a usted, a la Señorita Sutori, a Kisara Sutori y a Seto Kaiba. Si cruzamos esa línea, si nos adentramos en ese pasado, quizás encontremos los orígenes de ese ser con semejante grado de maldad.
Jōnouchi— tenso a sus ojos— se sirvió más té. Sopesando las palabras, como si el líquido de pronto incrementara su valor, se regaló el primer trago antes de mirarlo a los ojos y decirle, sin la necesidad de palabras, que haría su mejor esfuerzo.
—Yugi, Anzu, Honda, Kaiba y yo cursábamos la secundaria en la Escuela Domino cuando la familia de Yura se mudó a la ciudad— inició, de vez en cuando repartiendo la mirada entre Ryuzaki y la taza—. Yura y Ryō se presentaron a nuestra clase como los nuevos estudiantes de intercambio, Kisara estaba en el mismo grado, pero de diferente literal. Puesto que los tres habían ingresado a poco menos de la mitad del año escolar, la directiva decidió reducir un año a la secuencia del curso que debían pasar, por eso fueron a parar en nuestra clase. Se preguntará por qué Kisara fue asignada a un curso de literal diferente, en esa época yo también me lo pregunté. La respuesta es simple. Su madre, la señora Yusura, hizo una petición especial al director para que así fuera.
Ceñido a su papel de oyente, Ryuzaki comenzó a dimensionar el favoritismo que la madre de las mellizas parecía dirigir a Kisara.
—Por supuesto que Kisara no se contentó, pero, ¿cómo desobedecer una orden de su todopoderosa madre? Ni ella ni Ryō se atrevían a enfrentarla, Yura era la única con esas agallas y por eso se ganó el título de la oveja negra de la familia.
—Comprendo que Kisara era la niña consentida de la familia. ¿Sabe usted si se debía a una característica suya en especial? Por ejemplo, algún padecimiento biológico, alguna parte del cuerpo más frágil que las demás, etc.
—No que yo sepa. El dilema de Kisara era que… Ella era demasiado frágil. —Dejó la mirada fija en la taza, como si en el té viera pasar los acontecimientos que relataba—. Era tan buena persona que parecía irreal, por eso todos la veíamos y tratábamos como un vaso de cristal, creo que la señora Yusura también la veía del mismo modo. Cuando uno sostiene un vaso de cristal, teme romperlo o dañarlo, el amor de madre de Yusura llevó esta visión al extremo, de allí su ansiedad de protegerla de todo y de todos.
—Ya veo. La fragilidad y bondad en Kisara hacía quedar a Yura como un conjunto de todo lo opuesto, por este contraste a la madre le nace tratarlas haciendo acepciones.
—Es irónico, pero fue gracias a que ese rechazo de Yusura hacia Yura llegó al colmo que ella y yo estamos juntos. La señora Yusura, que al día de hoy tanto me odia, fue quien la precipitó a mis brazos. —Sonrió, al parecer orgulloso de tal cometido—. Sucedió casi un año después de su ingreso a la Escuela Domino. En ese entonces Kaiba asistía, aunque cuando le venía la gana o cuando rara vez le picaba no se qué tipo de mosca. Todavía me hierve la sangre cuando recuerdo que a pesar de sus inasistencias todos los dieces eran para él. —Dio un sorbo violento a la taza, seguro dejándola por poco vacía. Jōnouchi era muy transparente e impulsivo con sus sentimientos, recapituló—. Si ha escuchado los rumores o L ya lo ha investigado por su cuenta, a lo mejor no le sorprenda lo que le voy a decir, pero para esa época, yo odiaba a Yura porque era la única amiga de Kaiba en toda la clase, o quizás hasta en toda la escuela.
L agudizó los sentidos ante el lujo de semejante detalle. Era lógico, para ser dos enemigos en potencia como definían a Kaiba y Yura, antes debieron ser amigos. Muy buenos amigos tal vez.
—A mi modo de ver las cosas, si Yura era amiga de Kaiba debía ser porque ambos compartían los defectos. Ella era como la versión femenina de él. Mi yo de ese tiempo creía conocer a Kaiba mucho mejor que ella, probado sus insultos mucho mejor que ella, y por eso me irritaba pensar que ella fuera una copia femenina de él. Me esmeraba en hacerle llegar toda suerte de malas palabras que me vinieran a la mente, juzgándola solo por eso, por ser amiga de él. Sí, lo sé, demasiado estúpido e inmaduro. Así era yo en el pasado.
Yura le devolvía los insultos con igual efusividad, aunque no comprendiera del todo las motivaciones del rubio e ignorando los intentos de los demás por buscar la reconciliación. Con el paso de los días, esa correspondencia de insultos adquirió la santidad de una rutina, ya que un día sin bombardearse fango Jōnouchi lo comparó a pasar un día sin cepillarse los dientes.
—La realidad me despertó ese día, por cierto. El día en que Yura no respondió a un insulto. Tampoco le había visto conversar con Kaiba como de costumbre, es más, tomó asiento en el pupitre más alejado del resto.
— ¿Tiene usted alguna idea con respecto a cuáles eran los temas de conversación entre Seto Kaiba y la Señorita Sutori?
—Prefería no saberlo. No obstante, nadie puede reprimir la curiosidad, así que un día me enteré de casualidad por los compañeros que no podían creer que Kaiba tuviera un verdadero amigo en clase.
— ¿Así de intratable era Seto Kaiba?
—Antes le hubiera dicho que sí, porque pensaba que era él quien no sabía tratar a las personas. Pero con el tiempo, con el ejemplo de Yura, mejor dicho… He caído en cuenta de que éramos nosotros quienes no sabíamos tratar con él. —En los ojos mieles resplandeció un atisbo de remordimiento—. Es fácil juzgar lo que no se conoce. Podríamos decir que había tres grupos con tres diferentes razones para no trabar amistad con Kaiba. El primero se sentía basura comparado con su grandeza, de manera que ahorrarle la molestia de juntarse con la chusma era su modo de idolatrarlo. El segundo, al contrario del primero, no se sentían basura delante suya, pero estaban seguros de que Kaiba era tan engreído para mirarlos de esa manera, por lo cual preferían no acercarse y evitar sus ofensas. El tercero lo componían las minorías como yo, que lo detestaba por el simple hecho de ser inteligente, rico, y por creerse rey del universo.
—Oh, ya entiendo. El hecho de que Yura sí haya conseguido trabar amistad con él los hizo reflexionar y preguntarse: si Yura pudo, ¿por qué nosotros no?
—Ninguno se lo preguntó. Las personas evitamos la culpa a toda costa. En el fondo, nadie quería reconocer esa verdad. —Entonó una risilla escueta que al detective le sonó a ironía—. El día en que Yura no respondió a mis insultos por primera vez, sentí un inmenso vacío en el mismísimo centro del estómago. Probé con escupirle los mejores de mi repertorio, pero era como si de repente me hubiera vuelto invisible. No soporté la ansiedad por mucho tiempo. En el transcurso del receso, le halé por el brazo hacia la parte del campus donde el resto de la clase no pudiera escucharnos y le grité a la cara que quizás fuera una mierda, pero que ni siquiera la mierda era invisible. Ella… Ella solo cayó al suelo hecha un mar de lágrimas.
Se le aguaron los ojos, él fue lo suficiente rápido para disimularlo con parpadeos.
—No sabía que las personas de carácter "fuerte" como Yura, que siempre cubrían sus emociones con una cáscara de indiferencia y que daban la impresión de ser bohemios a los que les daba igual el mundo, podían quebrarse así. La mayoría de las personas ocultan su tristeza tras la máscara de una sonrisa falsa, en ese momento, darme cuenta de que con Yura sucedía todo lo contrario fue algo impactante para mí.
Yura se confesó con él, desahogando la pena de cargar con el favoritismo de su madre hacia Kisara.
—Me pregunté si con Kaiba ocurriría lo mismo, si él también guardaría una pena que le hiciera plantar las rodillas al suelo. Peor aún, me pregunté cuántas veces yo había doblado el peso de esa carga con mis insultos. Me sentí tan miserable… Todos somos villanos en la vida de una persona alguna vez. —Le temblaron las comisuras al sonreír, indicio de su esfuerzo por contener las lágrimas. En silencio, L agradeció y elogió su valentía—. En fin, a partir de ese día, algo comenzó entre Yura y yo. No sé si amistad sea el mejor modo de llamarlo. En una de nuestras "conversaciones pacíficas" le pregunté cómo había logrado lo imposible.
"Cuando tomé asiento en el pupitre a su lado e intenté hablarle, él muy desgraciado me ignoró. Ah, pero eso no se iba a quedar así, si él no sabía tratar con la gente yo le daría una buena lección. Le seguí hablando hasta que no le cupiera ni un gramo más de fastidio y tuviera que notarme a la fuerza. Al principio nos insultábamos, un día nos felicitamos por lo buenos que éramos insultándonos y así empezó una especie de guerra fría que, si me lo preguntas, no creo que pueda llamarse amistad, pero tampoco enemistad. Es raro".
—Los demás, conmigo en el paquete claro está, nos habíamos resignado a no acercarnos a Kaiba luego del primer pensamiento negativo o después de la primera ofensa, pero Yura no se resignó. Esa había sido la diferencia.
— ¿Qué pudo haber hecho una grieta entre los dos?
—Yo.
L continuó la ingesta del té sin apartarle la mirada.
—Debido a mi progresiva cercanía con Yura, procuré de manera insólita "ser amigo" de Kaiba con ella mediando entre nosotros, pero ya era demasiado tarde para redimirme. Lo tomó como un intento de pisotear su dignidad, y pese a los muchos esfuerzos de Yura por convencerlo de que los tres fuéramos buenos amigos, Kaiba no se tocó el corazón. Desde entonces me odia a muerte y lo entiendo, parte de la culpa es mía, mas no por eso voy a permitir que haga picadillo mi dignidad cada que le venga en gana.
—En resumen, los papeles se invirtieron. A medida que su relación con la Señorita Sutori se fortificaba, la del Señor Kaiba con ella se debilitaba.
—Seguimos intentando, pero Kaiba nos puso distancia. Con suerte asistía un día a la semana, después no le veíamos hasta dos o tres. —De súbito, Jōnouchi endureció el rostro y frunció las cejas—. Lo que le voy a decir a continuación no le aconsejo que lo tome muy en cuenta. De hecho, puede considerarlo un arrebato de celos como Yura lo nombra, pero… Siempre he tenido la sensación de que Kaiba estaba enamorado de Yura y, para despecharse, inició su relación con Kisara. Al final acabando por enamorarse de ella.
Ryuzaki esbozó una sonrisa capciosa.
—Oh, ¿por qué lo cree así, Jōnouchi?
—Quizás fuera mera coincidencia, pero Kaiba mantuvo su amistad con Yura conforme asistía todos los días a la escuela, conforme la amistad con Yura se fue rompiendo él comenzó a faltar y, apenas unos meses después de formalizar mi relación con Yura, resulta que empieza a "salir" con Kisara.
—Pero si la Señorita Sutori era la única "amiga" del Señor Kaiba y conforme su amistad con ella se fue rompiendo su inasistencia fue aumentando, ¿cómo es que sucedió el famoso enamoramiento?
— ¡Exacto! ¡Ese es mi punto! — Aspaventó, como si al fin alguien en todo el vasto universo compartiera su opinión—. Debo decir que Kaiba no solía salir del aula durante los recesos. Se quedaba leyendo algún libro o tecleando en su computador. Yura le acompañaba muy pocas veces y algunas otras Kisara terminaba de completar el trío, pero eran tan pocas que creo me bastan los dedos de solo una mano para contarlos. Además, si Kaiba hubiera desarrollado un interés "genuino" hacia Kisara, no habría dejado de asistir a la escuela incluso cuando su amistad con Yura finiquitara.
— ¡Muy bien! — Bebió el último sorbo de la taza. Pese a la temperatura del té, la nueva información dio al trago un toque refrescante—. Llegados a este punto, ¿solo el Señor Kaiba mostró interés amoroso hacia Kisara? ¿No hubo de las famosas "cartas de amor" en los casilleros o algún "admirador anónimo"?
—No que yo conozca. Es más, cuando Yura se enteró de que estaba saliendo con Kaiba escupió la soda que con placer bebía. Es como le he dicho antes, todos veíamos a Kisara como un vaso de cristal que temíamos romper, la sobreprotección de su madre tampoco ayudaba mucho.
—Tengo entendido que su grupo de amigos, conformado por Yugi Mutou, Anzu Mazaki, Hiroto Honda, Ryō Bakura y, al final, Yura Sutori, tenía más integrantes. ¿Ninguno de ellos insinuó inclinaciones amorosas hacia Kisara?
—No lo creo. Uno de ellos es Otogi, mejor conocido como Duke. Sin embargo, después de la graduación se fue a vivir a América para promover su juego, Dungeon Dice. Anzu está persiguiendo su sueño en ese mismo continente. Yugi, en la actualidad, continúa viviendo en Alemania para dar las terminaciones finales al juego que creó. Bakura trabaja como arqueólogo junto con mi suegro y Honda trabaja en la fábrica de su padre, gracias al cual hoy tengo un trabajo digno. Es difícil pensar en quien pudo haber cometido esa barbaridad…
—Ya veo. —L meditó su siguiente accionar presionando el dedo pulgar contra sus labios—. ¿Me puede facilitar una hoja y un bolígrafo?
— ¿Tomará nota de lo que hemos conversado?
—No. Más bien, he llegado a concluir que, si existen pocas probabilidades de que el asesino sea alguien tan cercano a usted, la Señorita Sutori, Seto Kaiba y Kisara Sutori como para pasar desapercibido, entonces queda la opción de que sea alguien tan lejano como para olvidar con facilidad su recuerdo. En todo caso, para no dejar puntos ciegos, me gustaría crear una lista de los delincuentes más peligrosos que usted conozca en esta ciudad. Quizás ninguno sea el asesino, pero puede ser cómplice del verdadero. Con un poco de suerte, podemos sacarle información.
«Si hubiera escogido a Yura como narradora de los hechos, a lo mejor hubiera omitido ese cariz de su relación con Seto por considerarlo un absurdo estallido de celos por parte de su pareja. Si, por otro lado, hubiera elegido a Seto Kaiba, me habría contado la versión que más le conviniera. Ya que Jōnouchi es un tercero, la grieta entre ambos, no pude haber hecho mejor elección. Jōnouchi, espero que cuando este caso llegue a su final puedas disculparme por no confiar del todo en ti y despistarte con este asunto de los delincuentes…»
Gracias al relato del rubio, la teoría guardada con llave en sus pensamientos se ceñía cada vez más a la lógica y quien sabía si a la verdad. A contrapelo, el caso, en vez de simplificarse, acababa de complicarse.
