Capítulo 13: Charla de amigos

Harry golpeó a la puerta y aguardó. Escuchó pasos desde el otro lado mientras que la dueña de la casa se aproximaba a la puerta.

—¿Quién es? —preguntó la voz de Scarlet Raven desde el otro lado.

—Soy yo… Abre la puerta, por favor —prácticamente le rogó Potter.

Hubo un largo silencio, y por un instante, Harry pensó que Scarlet lo estaba ignorando. Pero entonces, la puerta se abrió, dejándolo pasar.

—Hola, Harry —lo saludó Raven, la misma expresión seria e inquebrantable a la que él ya se había acostumbrado. Y sin embargo, algo en aquellos ojos violetas era distinto.

—¿Puedo pasar? —preguntó él con precaución.

—Claro, adelante —lo invitó a entrar mientras se hacía a un lado.

Tras aceptar la oferta de Harry Potter para unirse a la Orden del Fénix, Scarlet Raven había abandonado su discreto y escondido hogar en Cuzco para trasladarse de regreso al país que la había visto enamorarse y sufrir. Había comprado una pequeña residencia en las afueras de Londres y allí se había instalado de manera silenciosa, sin llamar la atención de sus vecinos. Y allí la había ido a buscar Harry aquella tarde, tras comprobar que una vez más su vieja amiga se había ausentado a la reunión general de la Orden.

—¡Señor Potter! —lo llamó una vocesilla alegre, mientras que la delgada figura de una muchachita de doce años se aproximaba, sonriente.

—Nina, ¿cómo estas? —le devolvió el saludo con una genuina sonrisa.

—Extrañando a Lily… ¿cómo está ella? —preguntó Nina, curiosa.

—Oh, ella y James se están encargando de destruir mi casa —comentó Potter mientras que le guiñaba un ojo cómplice. Nina soltó una risita divertida. —¿Quieres venir el fin de semana a visitarla? —le propuso Harry. Los ojos de la muchacha se iluminaron ante la propuesta.

—Mamá, ¿puedo ir? —suplicó la chica. Scarlet lanzó una mirada penetrante a Potter.

—No lo sé, cariño… ¿No tienes ganas de pasar el verano conmigo? —le preguntó ella. Nina frunció el entrecejo.

—Claro que sí… Pero no puedes pretender que me quede aquí contigo todo el tiempo. Es asfixiante, mamá —se quejó Nina, y acto seguido, se dio media vuelta y abandonó la habitación de forma ruidosa.

—Vaya, qué carácter. ¿Me pregunto a quién habrá salido así? —comentó Harry sarcásticamente. Scarlet simplemente suspiró mientras que meneaba la cabeza.

—¿Quieres tomar algo? —le propuso ella.

—Me encantaría —aceptó Harry la propuesta.

Ambos avanzaron hacia la pequeña pero acogedora cocina. Raven abrió la heladera y sacó dos cervezas de manteca de la misma. Lanzó una hacia Harry, quien hábilmente la agarró en el aire, y con un giró de muñeca, la destapó.

—Adoro esta bebida… Es una de mis cosas favoritas del mundo mágico —confesó Potter. Scarlet rió por lo bajo.

—Con qué poco logras encontrar la felicidad, Potter —le susurró mientras que se sentaba. Harry le sonrió de lado.

—¿No es esa la idea, después de todo? —puntualizó él. Scarlet no le respondió, sino que dio un largo sorbo a su cerveza. —¿Por qué no dejas que Nina venga conmigo un fin de semana a visitar a Lily? Ellas dos son muy amigas y de seguro se divertirán mucho… —argumentó. Scarlet desvió la mirada.

—Es que… No quiero que Nina esté lejos de mí. Ella es lo único que me queda, y si algo llegara a sucederle y yo no estuviera ahí para prevenirlo… —le confesó la mujer frente a él, acongojada.

—Scarlet, no siempre puedes evitar que las cosas sucedan. Nina está creciendo, y quieras o no, tendrás que dejarla ir en algún momento —intentó hacerla razonar Potter.

—Tú no lo entiendes…—susurró ella.

—¿Crees que no te entiendo? —repitió Harry, escéptico. Yo también he perdido a personas amadas y he temido por ellos… Durante demasiados años. Todavía hoy me despierto en la noche atormentado por pesadillas repletas de personas a las que no pude salvar —le confesó esta vez Potter—. Pero debes aprender que no siempre puedes ser el héroe… Y que no puedes salvar a todos.

—A veces tengo la sensación de que estoy maldita —comentó Scarlet, con la mirada perdida—. Llevo destrucción a donde quiera que vaya… Y las personas que amo, están destinadas a sufrir por mi culpa.

—Scarlet… No fue tu culpa. Ni la muerte de tu esposo, ni la muerte de Krauss —afirmó Harry mientras que tomaba la mano de ella entre las suyas.

Para su sorpresa, Raven no rechazó el contacto. Permaneció en silencio, su mano reposando entre las manos de Harry, sintiendo el cariño que años de separación no habían logrado amedrentar. Una amistad que se había forjado en tiempos de cambios, y que todavía prevalecía.

—La Orden te necesita —retomó la charla Potter tras varios minutos de silencio.

Scarlet asintió.


Hacía horas que estaba allí sentado, pensando. La mirada perdida en el desvencijado jardín de la Masión Malfoy. Incluso a pesar de los años de abandono y destrucción, todavía se podía apreciar restos de la antigua belleza que aquel lugar había guardado. Caminos de adoquines bordeados por altos cercos verdes. Cientos de rosales que alguna vez había sido cuidados. Árboles que antiguamente solían podarse para adquirir distintas formas de animales mágicos. La fuente de agua central, que ahora contenía agua podrida y estancada, pero que solía contener agua pura y cristalina, capaz de atraer a las aves sedientas más bellas de Inglaterra.

Incluso en medio de tanta decadencia, Philipe podía percibir el resplandor que aquel lugar había tenido años atrás. Sonrió con ironía al pensar que aquella Mansión se parecía mucho a su dueño, Draco Malfoy.

—¿Te molesta si te hago compañía? —preguntó Zaira, de pie junto a él.

Philipe levantó la mirada y la posó en la muchacha rubia y bella junto a él. Sintió que la lengua se le entumecía dentro de la boca mientras que intentaba articular una palabra. Finalmente, se resignó y simplemente asintió con un movimiento silencioso de cabeza. Zaira Levington se sentó en las escalinatas junto a él.

—¿Puedo preguntar en qué piensas? —rompió el silencio la joven mujer. Philipe evitó mirarla, pues si lo hacía, no podría responderle.

—Pensaba en Rusia —le respondió él, escuetamente.

—¿Extrañas tu hogar? —insistió ella. Philipe negó con la cabeza.

—Ese lugar ya no es mi hogar —explicó él. Zaira alzó una ceja, sorprendida, y Philipe pudo verla por la comisura del ojo. —¿Puedes llamar hogar a un lugar donde ya no queda nadie que ames, donde ya no queda nada de ti o de tu vida? ¿Puedes llamar hogar a un lugar que es tan distinto al que te vio crecer?

—¿No tienes familia esperándote en Rusia? —se atrevió a preguntar Levington. Marcier tardó en responder.

—No… Mis padres eran franceses, y ambos murieron en un accidente cuando yo tenía cinco años. Mi única pariente viva era una tía abuela, que vivía en Moscú, así que me trasladé allí. Ella me crió. Y cuando tenía diecisiete años, también falleció. Si me preguntas, creo que esperó hasta que yo llegara a la edad adulta para finalmente descansar. Luego de mucho esfuerzo, conseguí un puesto en el Departamento de Seguridad Mágica, bajo la tutoría del señor Solcoff… Y él era la última persona con vida a quien podría llamar familia —Marcier le contó su historia.

—Lo siento mucho —se disculpó Zaira.

—Sí, yo también… —lamentó él en un susurro—. Supongo que venimos solos al mundo, y solos nos iremos también.

—Tú no estás solo—le aseguró Levington—. Nos tienes a nosotros.

Por primera vez desde que Zaira se había sentado junto a él, Philipe se animó a mirarla. Los ojos amarillos de aquella mujer lo penetraron, dejándolo inválido. Podía leer tanto en aquella mirada… Tantos sentimientos encontrados… Tanto dolor, tanto deseo de venganza, entremezclados con un fuerte sentimiento de justicia y verdad.

—Gracias —fue todo lo que pudo articular bajo aquella mirada ambarina.

—¡Señorita Levington! —llamó repentinamente la voz de Victoire Weasley, mientras que corría emocionada hacia ellos—. ¡Zaira! —volvió a llamarla, con una sonrisa dibujada en el rostro.

—Victoire, ¿Qué sucede? —le preguntó ella, poniéndose de pie.

—¡Scarlet ha vuelto! —le anunció la chica, radiante de alegría y contagiándole una sonrisa a Zaira.

—Ven, tienes que conocerla, Philipe —lo invitó Levington, mientras que extendía una mano hacia él.

Philipe tomó la mano de manera vacilante y se dejó arrastrar por Zaira hacia el interior del castillo. Se encontró con una mujer alta y esbelta, de rostro afilado y mirada seria. A simple vista Marcier supo que aquella era una mujer recubierta por una fuerte coraza. La comisura de sus labios apenas se curvaron al ver llegar a Zaira y a Victoire, y sus ojos violetas se clavaron en Philipe con curiosidad e intriga.

—Tú debes ser Philipe Marcier —habló la voz de Raven. Philipe hizo una suave reverencia respetuosa.

—Y usted debe ser Scarlet Raven —respondió el muchacho. Raven alzó una ceja.

—¿Nos conocemos? —preguntó al comprobar que él conocía su nombre.

—No, pero he escuchado hablar mucho de usted —le confesó Marcier. Hubo un breve silencio.

—Victoire, ¿por qué no entras en calor antes de iniciar el entrenamiento? —sugirió repentinamente Scarlet. Los ojos de Victoire se iluminaron al escuchar aquellas palabras. —Zaira, ¿me harías el favor de asistirla mientras que yo converso unos minutos con el señor Marcier? —le pidió luego a su amiga.

—Por supuesto. Vamos, Vicky —aceptó Levington, mientras que se encaminaba hacia la zona de entrenamiento con Weasley siguiéndola de cerca.

Philipe y Scarlet quedaron a solas por primera vez. Raven dio un paso hacia el frente, acercándose a él.

—He querido hablar contigo desde que supe de tu llegada, muchacho —le confesó ella, su rostro impasible. Marcier tragó saliva, nervioso.

—¿De qué desea hablar, señora? —preguntó él respetuosamente.

—Háblame de Krauss —le pidió ella.

Philipe sintió que la garganta se le hacía un nudo. Repentinamente, no podía hablar. Desde su huída de Rusia, Marcier había hablado varias veces sobre Krauss Solcoff… Había conversado con Potter y con el resto de la Orden del Fénix. Había relatado varias veces su escape del Ministerio, y aquella charla final con quien había sido como un padre para él.

Y sin embargo, ésta era la primera vez que sentía que el corazón se le contraía en el pecho al escuchar el nombre de Krauss. Allí, de pie frente a aquella misteriosa mujer, se sintió repentinamente abrumado por la realidad. Porque podía leerlo en aquellos ojos violetas: la misma pena y el mismo desconsuelo que él sentía. Jamás la había visto en su vida, y sin embargo, en ese instante Scarlet Raven era lo más parecido a una familia que tenía. Ambos compartían el dolor por la muerte de Krauss Solcoff, y por extraño que pudiera sonar, eso los unía.

—Él me enseñó a dominar mi Patronus —confesó Philipe, repentinamente—. Nunca había logrado realizarlo con éxito hasta que lo conocí al señor Solcoff—explicó mejor. Scarlet rió por lo bajo y una sonrisa se dibujó en sus rígidos labios.

—Sí, siempre pensé que terminaría siendo profesor… Era muy bueno enseñando y entrenando a su gente —recordó Raven.

Pasaron horas hasta que Scarlet recordó que había quedado en entrenar junto a Zaira y Victoire. El tiempo se había pasado volando en compañía de Philipe Marcier. Habían compartido historias y anécdotas. Raven le había contado sobre la infancia y la adolescencia de Krauss, y Marcier la había actualizado sobre sus últimos años de vida. Los minutos habían transcurrido uno detrás de otro entre palabras, risas y cada tanto alguna lágrima. Ambos habían evitado hablar sobre la muerte de Solcoff, posiblemente porque ninguno de los dos estaba listo para discutir al respecto.

Pero durante aquellas horas, ambos lograron compartir el recuerdo de quien había sido importante en sus vidas y que, de distintas formas, los había marcado para siempre. Y mientras que Scarlet caminaba hacia la Zona de Entrenamiento, sintió que algo dentro de ella había cambiado, y sin previo aviso, rompió a llorar y se dejó caer al suelo, incapaz de soportar su propio peso.

Lloró por su amigo caído, y por los buenos y malos momentos que habían compartido. Lloró por no haber estado a su lado en el momento final. Lloró por no haberlo salvado. Y tras varios minutos de llorar desconsoladamente como si fuera una niña pequeñas, finalmente se calmó.

—Perdón, viejo amigo —susurró en la soledad de aquel pasillo oscuro y vacío, despidiéndose finalmente.

Jamás lo olvidaría, como no olvidaba a ninguna de las personas que había amado y ahora estaban muertas. Pero no podía vivir en el recuerdo. No podía detenerse allí. No podía darse por vencida. Comprendió que si no lo hacía por ella misma, entonces debía hacerlo por las personas que amaba, vivas o muertas. Harry tenía razón, ella no podía ser siempre la heroína. No había podido salvar a su esposo ni a Krauss, y viviría el resto de sus días conciente de ello. Pero no era su culpa.

Lentamente se puso de pie, secó las lágrimas de su rostro con la manga de su túnica… Y siguió adelante.


—¡Llegué! —anunció Albus mientras que apoyaba su baúl junto a la puerta de entrada de la casa de los Potter en el Valle de Godric.

Escuchó los pasos acelerados desde la planta alta que corrían a toda velocidad hacia las escaleras y pronto pudo divisar la figura pelirroja de su hermana menor abalanzándose hacia él.

—¡Volviste! — exclamó Lily mientras que lo abrazaba y le plasmaba un beso en la mejilla.

—En realidad, se trata de un espejismo, Lily. Él no es Albus —comentó con voz misteriosa James Potter, quien se encontraba al pie de las escaleras.

—Eres un tonto, James —le recriminó Lily mientras que le daba un puñetazo en el brazo.

—Bienvenido a casa, Al —lo saludó James mientras que le palmeaba amistosamente la espalda.

—Me alegra estar de regreso —confesó Albus.

—Buenos días, sobrinos —saludó Ron mientras que entraba a la casa y lanzaba una rápida mirada al lugar. —¿Sus padres? —preguntó al ver que ninguno de los dos estaba cerca.

—No están —respondió James, tajante.

—¿Ninguno de los dos? —se sorprendió Ron Weasley.

—Papá se fue temprano al Ministerio. A mamá la llamaron hace unas horas de El Profeta y se fue hacia la Imprenta. Dijo que volvería para la cena —le explicó mejor Lily.

—Bueno, avísenles que pasé por aquí y que deseo hablar con ellos, ¿quieren? —les pidió Ron con una sonrisa amigable, y luego, abandonó la casa.

—¿Así que estamos solos? —se sorprendió Albus, mientras que cerraba la puerta y se encaminaba hacia su dormitorio, seguido de sus hermanos.

—Sí… La verdad es que no te esperábamos de regreso hasta mañana por la noche, así que ni mamá ni papá se preocuparon por estar hoy aquí —le confesó Lily. Albus asintió.

—Mejor. Así podremos conversar tranquilos… —anunció Albus.

—Ustedes también recibieron la invitación, ¿verdad? —se adelantó James, ansioso, mientras que se acomodaban en la habitación de Albus.

—Sí, ¿ustedes también? —quiso asegurarse Albus. Tanto James como Lily asintieron.

—Todas las personas con las que he hablado han recibido la invitación. Parece que todos los estudiantes de Hogwarts participaremos del Torneo de Merlín —le explicó James, mientras que se recostaba en la cama.

—¿Tú que piensas al respecto, Albus? —quiso saber Lily. Albus tardó varios minutos en responder, meditando cuidadosamente sus palabras.

—No estoy seguro de qué pensar… No tiene mucho sentido que hayan organizado una competencia internacional justo en este momento. Supone poner en riesgo a un montón de estudiantes si la guerra estalla este año —compartió sus pensamientos con sus hermanos.

—Talvez el Ministerio no cree que la guerra vaya a estallar este año… Talvez creen que pueden detenerla a tiempo —propuso Lily, pero Albus rápidamente descartó esa teoría.

—¿No les sorprende que justo organicen un Torneo de Duelo en vísperas de una guerra, y que involucre a todos los estudiantes, desde primero hasta séptimo año? —intervino James, serio—. Si a mí me lo preguntan, esto parece un entrenamiento "encubierto" —sentenció.

Albus meditó aquella idea. Tenía sentido, disfrazar un entrenamiento detrás de un Torneo de Duelo… Eso les daría la oportunidad a los estudiantes de Hogwarts de aprender a pelear con magia, a estar más preparados para la futura guerra por venir. Pero aún así, había algo en todo aquello que no terminaba de convencerlo.

—Nuestro padre nunca aceptaría arriesgar a estudiantes de otro país con el objetivo de entrenar a los de Inglaterra —dictaminó Albus, convencido—. Tiene que haber algo más… Algo que se nos está escapando.

—Posiblemente una vez en Hogwarts podamos tener una mejor idea al respecto —dijo Lily, dando el tema por zanjado.

—Posiblemente… —le reconoció Albus, algo abatido. Nuevamente, se encontraba ante un pasillo sin salida.


—¿Querías verme? —susurró Hedda en la oscuridad del bosque.

—Me alegra mucho que estés de vuelta —le confesó Lancelot, mientras que se bajaba la capucha y dejaba al descubierto su rostro, iluminado únicamente por la luz de la luna. Hedda le devolvió una sonrisa.

—Yo también te he extrañado, pero podrías haber esperado hasta mañana para decirme esto… No era necesario hacerme abandonar la cama a las tres de la mañana —le sugirió ella.

—No te cité aquí por eso —le explicó él. Lucía nervioso, algo poco frecuente en él, y Hedda comenzó a preocuparse.

—¿Qué sucede, Lance? —le preguntó, aproximándose a él. Wence suspiró.

—¿Recuerdas cuando el verano pasado tú fuiste sincera conmigo y me contaste lo que había sucedido con Potter y el profesor Primus? —se animó a hablar finalmente.

Hedda lo recordaba a la perfección. Tras largo tiempo de debatirse, la muchacha había razonado que si deseaba ayudar a su amigo a que eligiera el camino correcto, entonces tenía que ser sincera con él y contarle la verdad.

Así, le había revelado que los rumores de que Icarus Primus había secuestrado a los hermanos Potter e intentado matarlos eran ciertos. También le había hablado sobre el Templo de Hades, y sobre la existencia de una sociedad llamada La Rebelión de los Magos que intentaba derrocar al Ministerio de Magia.

Sin embargo, había obviado la información referente a la relación entre el Mago de Oz y los Guardianes Negros, así como también el resurgimiento de la Orden del Fénix. Hedda se había limitado a proveer la información necesaria para que Lancelot tuviera una noción de lo que estaba sucediendo. Quería que él supiera que se aproximaban tiempos de cambio… Y que él también tendría que elegir qué postura tomar.

—Sí, recuerdo —le respondió Hedda, algo confundida.

—Pues yo no he sido del todo sincero contigo —le confesó Wence. Ella retrocedió, sorprendida por aquella confesión de último momento.

—¿De qué hablas? —pidió explicaciones.

—Después de que tú me contaste eso… Yo estuve más atento a lo que sucedía a mí alrededor. Y noté algunas cosas fuera de lo común —continuó Lancelot.

—¿Cómo qué? —insistió Le Blanc al respecto.

—Personas… Visitas a mi casa —respondió él—. Lo empecé a notar en las vacaciones de Navidad pasadas. Pita Cartier frecuentaba más de lo usual a mi madre, y se pasaban horas encerradas en la Sala de Té, conversando. Al principio pensé que estaban cerrando un negocio entre ambas familias y no le di importancia —le relató Wence—. Pero estas últimas semanas que he estado en casa, noté también varias visitas de los Avery… Y hoy llegó un hombre que yo nunca antes había visto, pero cuyo apellido creo que ambos conocemos bien —Lancelot hizo una pausa y posó sus ojos verdes sobre Hedda, para ver el efecto que sus palabras tenían en ella. Le Blanc tenía toda su atención puesta en él. — Un hombre llamado Blaise Zabini, ¿te suena? —comentó sarcásticamente.

—¿El padre de Taurus y Circe? —quiso asegurarse Hedda. Lance asintió con la cabeza—. Ese hombre es despreciable, Lance. Es una mala persona con todas las letras. ¿Qué hacía en tu casa? ¿Qué hacen todas esas personas en tu casa? —exigió saber ella. Lancelot alzó una ceja y se cruzó de brazos.

—Esperaba que tú pudieras responderme esa pregunta, Hedda —le retrucó él.

—¿Acaso piensas que esto puede tener quer ver con lo que yo teconté aquella vez? —se sorprendió Hedda.

Lancelot no respondió, sino que desvió la mirada, escapando de los ojos inquisitivos de Le Blanc. Hedda comenzó a sentir mareada, y tuvo que apoyarse en un árbol para no desplomarse en el suelo. Se sentía abrumada por la información que su amigo acababa de revelarle. Porque si realmente aquello significaba lo que ella estaba pensando... Si realmente la familia de Lancelot estaba involucrada...

—Por Merlín, Lancelot... Esto es terrible —le confesó ella, la voz temblorosa.

—Lo sé —reconoció él—. Esperaba que tú pudieras darme una mejor explicación, pero veo que has pensado lo mismo que yo.

—Yo...

Hedda no supo qué responder. No tenía una mejor explicación. Varias familias oscuras reuniéndose de nuevo... Sólo podía pensar en una cosa: La Rebelión de los Magos. Era la mejor, o incluso la única explicación que pudiera justificar que repentinamente los Avery, los Carter, los Zabini y los Wence se reunieran nuevamente, y en vísperas de una guerra. Ellos estaban con el Mago, o si no era así, pronto lo estarían.

—¿Tú qué haras, Lance? —se atrevió a preguntar finalmente. Las miradas de ambos se encontraron, y Hedda pudo leer la vacilación en los ojos de él.

—No lo sé... —le confesó Wence.

Hedda no supo porqué lo hizo, simplemente se dejó llevar por el impulso. Sin pensarlo y sin dudarlo, acortó la distancia que los separaba con rápidos pasos y los abrazó. Lo envolvió en un abrazo como nunca antes lo había hecho. Intentó poner en aquel momento todas las palabras que sus labios eran incapaces de decir. Que lo quería más de lo que jamás había querido a alguien. Que confiaba en él, incluso con su propia vida. Que lo conocía, y sabía que él era una buena persona y que merecía una oportunidad. Que no estaba solo... Ella estaba con él.

Supo que él había recibido el mensaje oculto en aquel abrazo, porque Lancelot también la envolvió en sus cálidos brazos y la sujeto on firmeza y dulzura, como si temiera que ella pudiera escapársele. Su mentón apoyado sobre el hombro de ella, confiado en los brazos de la única persona en la que él confiaba.

Hedda sintió la mano de Lancelot rozándole la mejilla y una corriente eléctrica la recorrió de pies a cabeza. Lo dejó acariciarle la piel blanca y fría de su rostro, y cuando él le levantó el mentón para obligarla a mirarlo no opuso resistencia. Las miradas de ambos se encontraron, y Hedda pudo leer en aquellos ojos el amor que Lancelot sentía por ella. No, no eran amigos. Hacía tiempo que él había dejado de verla como una amiga... Y ella también.

Se dejó llevár por aquel impulso que en primer lugar le había dicho que lo abrazara, y esta vez fue Hedda quien acercó su rostro peligrosamente al del muchacho frente a ella. Las comisuras de los labios de Lancelot se curvaron levemente en una sonrisa antes de posarse suavemente sobre los de Hedda.


Feliz Navidad y Feliz año nuevo a todos!

Espero que disfruten de este regalo de fiestas... Gracias a todos por sus reviews y sus deseos de navidad! Espero que todos hayan tenido unas felices fiestas.

Espero ansiosa sus comentarios respecto a este capítulo... Y dentro de poco, regresaremos a Hogwarts. Esten listos.

Saludos,

G.