Pasó una semana entera sin noticias de Alvin. Aunque algunos se mostraban optimistas al respecto, otros más sensatos creían que cada día que pasaba era más tiempo para que los Marginados prepararan su estrategia y sumaran aliados. La ansiedad y la espera los tenía agotados. Sobre todo a Hipo, que sentía todo el peso sobre sus hombros, además de la pena de estar lejos de Annie.

Habían sido días muy tristes. La muchacha había cumplido su palabra y desde aquella noche en el acantilado, actuaba como si Hipo no existiera. Lo que era aún peor, habían días enteros en los que no la veía por la aldea. ¿Dónde podría meterse? Sabía que Annie gustaba de dar largos paseos por las tardes junto a Ajax, pero volvía religiosamente antes de que acabase la tarde. Y las mañanas no contaban. No había forma de hacerla despertar hasta que el sol ya estaba bien asomado por el horizonte. Sin embargo, Hipo la veía salir muy temprano de casa, cargando un morral alargado y una cesta en la que parecía llevar algún tipo de vianda. Se internaba en el bosque y no volvía a saber de ella hasta que oscurecía.

El problema no era dónde iba, si no con quién.

No sabía qué era peor, si su indiferencia o su desprecio. Habría sido más fácil soportar el segundo. Al menos significaba que aún existía para ella. Resultaba desolador darse cuenta que, cuando cruzaban sus miradas al encontrarse por los senderos, parecía como si Annie pudiera ver a través de él.

Definitivamente hubiese preferido el desprecio.

Luego de las patrullas que solía hacer por las tardes con Chimuelo, volvía a casa cabizbajo y abatido. La extrañaba demasiado, y cada día se estaba poniendo peor. Estoico lo notaba, y se preguntaba cuánto tardaría su muchacho en recobrarse de la separación. No sabía si sentir coraje o pena por él. Algún día sería el jefe de Berk y no podía dejarse amilanar por los sucesos triviales de la vida. Pero también era su hijo, y le dolía el alma verlo sufrir.

Mientras cumpliera con sus deberes no debía preocuparse. El tiempo ya sanaría las heridas.

Una mañana, Astrid se encontró con Annie camino a su habitual entrenamiento en el claro. La muchacha se alegró de verla.

¿Qué tal, Astrid? ¿Vas a practicar hoy?- Le preguntó

Habría preferido quedarme en casa. Hace un frío endemoniado hoy, pero ya sabes… tenemos que estar preparados para lo que se nos viene… - Le dijo apuntando hacia algún punto lejano en el mar. Reparó en el morral donde Annie guardaba sus espadas y la miró con curiosidad. -¿Qué llevas en la bolsa?-

Annie pensó en ocultar la enorme funda tras de sí, pero no habría servido de mucho.

Pues… nada en particular. Cosas.-

Cosas- repitió Astrid incrédula. Se cruzó de brazos y la escrutó con la mirada. –Cosas que necesitas llevar todos los días al bosque, porque últimamente has pasado bastante tiempo allí, ¿verdad? -

Esas son algunas de las desventajas de vivir en un pueblo pequeño… -Se lamentó acomodando el morral sobre su espalda- … no puedes hacer nada sin que se enteren hasta las ovejas. –

¿Y bien, no vas a contarme?- Le preguntó sonriendo con picardía.

Annie se quedó mirándola en silencio por uso instantes, como si estuviera evaluando la situación.

No. –Respondió finalmente. Dio media vuelta y siguió por su camino.

¡Oh, vamos, tienes que contarme! ¡No podrás ocultarlo por siempre!-

La verdad, sí puedo.- Respondió sin dejar de caminar. Astrid comenzó a seguirla.

¿No le contarás tu secreto a tu amiga Astrid? Recuerda que ahora somos amigas.-

Si hubiese sabido lo fisgona que eres, habría preferido seguir como estábamos.-

Astrid rio de buena gana.

Está bien, tienes razón. No debo abusar de tu confianza…- Dio media vuelta y se dispuso a volver a casa. -…Avísame si algún día quieres practicar tus movimientos de espada con alguien más que con tu propia sombra.-

Annie se detuvo. Volteó y la miró confundida. ¿Cómo lo sabía? Es decir, era un morral poco usual, pero podría haber sido cualquier cosa, además de espadas. Astrid sonrió satisfecha al percatarse de que había dado en el clavo.

¿Es ese tu secreto? ¿Practicas con las espadas a escondidas? No es algo que debiera avergonzarte, menos en Berk.-

No me avergüenzo… –respondió confundida ante la extraña interpretación que Astrid había hecho de la escena- …¿por qué habría de hacerlo?-

¿Y por qué te escondes de todos para practicar, entonces?-

No de todos… –Annie hizo una pausa, como si estuviera evaluando sus próximas palabras.

…-

…-

¿Y bien?-

¿Y bien qué?-

¿Quieres que juguemos a las adivinanzas el resto del día o vas a decirme de una buena vez?-

La pelirroja se sintió tentada a compartir su secreto, pero había algo que la detenía. Había tratado de contarle a Hipo sobre Jack en más de una ocasión, pero éste no le daba mayor importancia, suponiendo que sólo se trataba de algún extraño juego que a Annie le gustaba inventar. Si él no le había creído, lo más seguro era que Astrid pensara que era una completa demente. Sin embargo, conocer al Espíritu del Invierno era algo tan genial que quería compartirlo con alguien más. Era algo similar a lo que debió haber sentido Hipo cuando entrenó a Chimuelo y no podía contárselo a nadie más.

Aun cuando le revelara su secreto, lo que en verdad resultaría difícil era lograr que Astrid pudiera verlo. Hacía falta más que saber que existía. Tenía que creerlo con todas sus fuerzas.

De acuerdo, Astrid… -Dijo finalmente. Sopló uno de sus rizos y se mordió el labio tal como lo hacía cuando trataba de concentrarse en algo complicado.- Me acompañarás a la hondonada y ahí te lo contaré.-

De camino, Annie eligió con mucho cuidado las palabras que usaría para convencer a Astrid. Tenía que ser lo suficientemente persuasiva como para hacerle creer en Jack, de lo contrario, nunca llegaría a verle y quedaría como una demente frente a la muchacha. Si bien ahora eran amigas, no sabía si podría tolerar las burlas y las ironías de la rubia vikinga.

¿Crees que Thor en verdad existe?- Le preguntó sin levantar la vista del camino.

Pues claro que sí. ¿Qué clase de vikingo no creería en él?-

No lo sé. Tal vez alguno que no le haya visto…-

Yo no lo he visto jamás, pero aun así sé que existe-

Es un poco difícil pensar que algo existe si no puedes verlo, ¿verdad?- Annie tenía la habilidad de hacer que las personas actuaran y pensaran como ella quería haciéndoles creer que la idea provenía de sus propias víctimas.

Creo que… de eso se trata la fe. – Respondió pensativa.- No hace falta verlo, con tal que puedas sentirlo.-

¿Sentirlo?-

Sí, sentirlo. Algunas veces a través del trueno en una tormenta, otras veces en el valor que nos llena el pecho cuando tenemos al enemigo enfrente.-

Es decir que es posible que algo que no puedes ver, pero sí sentir, exista en realidad.- Concluyó Annie bajando por las rocas que llegaban hasta el fondo de la hondonada.

Básicamente, sí. ¿A dónde quieres llegar con todo esto, Annie?-

Sonrió satisfecha. Tenía media batalla ganada. Una vez que las dos estuvieron junto a la laguna, Annie removió un poco de nieve de un tronco y se sentó en él. Miró fijamente a Astrid como si estuviera tramando alguna travesura. La rubia vikinga, a su vez, le devolvía el gesto como si sospechara que su amiga se traía algo grande entre manos. Luego de unos momentos de incómodo silencio, arqueó las cejas impaciente.

Cierra los ojos.- Dijo finalmente. Astrid no obedeció de inmediato. Se imaginó lo ridícula que se sentiría si todo esto se tratase de una jugarreta de Annie. Sin embargo, ahora era la pelirroja la que arqueaba las cejas en señal de impaciencia. Chasqueó la lengua con fastidio y le hizo caso.- Es un día muy frio, ¿verdad?-

Pues… sí. Es invierno. En invierno hace frío-

Qué lista… – Le dijo con sarcasmo. - … y si tuvieras los ojos abiertos, ¿podrías ver el invierno?-

No. –

¿Qué tal el viento? ¿Puedes ver el viento?-

No, Annie, no puedo ver el viento.- Respondió con un dejo de cansancio en la voz.

Pero ahora si puedes sentirlo en tu rostro, ¿verdad?-

En ese instante, una ráfaga azotó la cara de Astrid.

Sí…-

Y si tuvieras los ojos abiertos, ¿podrías verlo?-

Negó con la cabeza

¿Y si fuera un viento muy fuerte?-

Esta vez, la borrasca fue más intensa. Tanto, que Astrid tuvo que plantar sus pies con fuerza sobre el suelo para no moverse del lugar. Sintió cómo se comenzaba a arremolinar el aire alrededor de ella, silbando con furia. De un momento a otro, se había desatado una tomenta. Se sintió un poco asustada. ¿Estaba Annie controlando el clima?

¿Crees en el viento, Astrid? No puedes verlo, pero sí sentirlo. Es algo parecido a lo que me has dicho sobre Thor.-

Asintió.

¿P…puedo ver ya?- Sintió algo de vergüenza al notar que le temblaba la voz. Sin esperar respuesta alguna, abrió los ojos.

¿Te has preguntado alguna vez por qué se congelan las lagunas, o cómo es que, de un momento a otro, el frío se hace insoportable, o de dónde viene la nieve?-

Ante la mirada atónita de Astrid, unos finos copos de nieve se precipitaron desde el cielo. La chica se sobresaltó y soltó un ahogado gritillo de sorpresa.

¿Cómo es que haz…? ¿Acaso…?-

Hay cosas que no podemos ver pero aun así existen. Y sabemos que están allí porque las sentimos, o porque se manifiestan de maneras que no comprendemos del todo.- La miró fijamente, como si estuviera tratando de decirle algo sin tener que usar palabras .- Sólo hace falta creer.-

Espera un momento, Annie. – Le dijo atropelladamente. Con un hijo de voz, le preguntó:- ¿Has sido tú la que ha provocado esto?-

Annie negó con la cabeza y sonrió. Apuntó hacia un abedul desnudo en la otra orilla de la laguna.

No. Ha sido él. Jack Frost-

Miró hacia donde Annie le estaba indicando. Palideció. La boca se le abrió tan grande y de una manera tan graciosa, que la pelirroja no pudo evitar imaginar que un yak habría podido entrar en ella fácilmente. Del otro lado, Jack les hacía un saludo con la mano.

Astrid podía verlo también.