Carol realmente se había ganado el título de madre del grupo, siempre estaba pendiente de las necesidades de los demás y tenía palabras de aliento para todos. Rick era el líder indiscutible, todos le querían y obedecían sin preguntas, era amable pero sabía imponerse, conforme le fui conociendo mi respeto por él aumentó. Glenn era un chico muy divertido y su novia Maggie me caía muy bien. Shane y Lori no parecían llevarse demasiado bien, en verdad Shane no parecía llevarse bien con casi nadie del grupo a excepción de Rick, de Andrea y de mí.

A pesar de llevar varios días con ellos seguía sintiéndome incómoda, como si no hubiera encontrado mi lugar y en mi conciencia me parecía estar traicionando a John, le había prometido que nada me distraería de llegar a un refugio. Dos días después me quité la venda, la hinchazón me había bajado y había salido con Shane a practicar la puntería pero seguía haciéndome daño cuando el arma retrocedía por el disparo.

Las cuatro latas seguían intactas sobre las rocas. A mi lado Shane dejó tres armas contra el tronco de un árbol, Daryl estaba sentado sobre un trozo de valla con Chucho a sus pies. Las latas estaban a unos diez metros de distancia, elegí el rifle y lo cargué con la munición que me dio Shane. Un calambre de dolor me recorrió el brazo al cargarla. Disimulé al igual que lo había hecho los días anteriores y me coloqué apuntando a las latas. Miré por la mirilla y me fijé en una lata roja que en su día había contenido algún tipo de legumbre. Acaricié el gatillo, el brazo me tembló por la tensión que estaba soportando y el dolor. Disparé, el arma reculó hacia atrás clavándoseme en el hombro. Acerté pero no conseguí verlo. El arma se me cayó de las manos. Shane se agachó a mi lado y Daryl también se acercó.

- ¿Estás bien?

- Sí, vale, ¡déjame! - de un empujón aparté a Shane de mi lado.

- Creo que será mejor volver – apuntó Daryl.

- No pasa nada, he dicho que estoy bien.

- Voy a ver si a Dale le quedan calmantes.

Shane se alejó corriendo. Me levanté y cogí el rifle, Daryl me observó en silencio. Intenté cargarlo de nuevo.

- Espera – cogió una escopeta y me la tendió – Te será más fácil cargar esta con la mano izquierda.

Le cambié el arma. Tenía razón, me fue más fácil cargar la escopeta. Apunté, me la puse contra el hombro derecho, pesaba menos que el rifle. La segunda lata salió volando por los aires cuando la bala impactó contra ella.

- Mierda – susurré agarrándome el hombro dolorido. Daryl cogió la escopeta que había caído al suelo.

- ¿Necesitas ayuda, pequeñaja? - ¿por qué me tenía que llamar así? Lo odiaba.

- No – me levanté y puse cara indiferente a pesar de que sentí las palpitaciones de mi corazón en la zona del dolor. No dijo nada más y guardó las tres armas - ¿Por qué lo has hecho? ¿Por qué me has dejado disparar de nuevo?

- Porque lo habrías intentado aunque te lo hubiera prohibido – respondió - ¿O no? Eres muy cabezona, y no me refiero al tamaño de tu cabeza – me llevé las manos a mi cabeza preocupada por lo que había dicho.

Me senté mientras le miraba recoger y descargar las armas. Cuando terminó se volvió, Chucho se acercó para ponerse a mi lado.

- ¿Por qué no esperas a que se te recupere el hombro para empezar a disparar? - me preguntó.

- Quiero poder disparar cuanto antes para seguir a Fort Wallas.

- ¿Por qué quieres ir tú sola para allá cuando podrías venir con nosotros? - la pregunta me pilló por sorpresa.

- ¿A qué viene tanta curiosidad por lo que vaya a hacer? - pregunté desconfiada.

- Solo intento comprender ese afán suicida.

- No creo que un grupo sea mejor que ir por ahí sola. Vosotros avanzáis más lento que yo y hacéis mucho más ruido.

- Si no hubiera sido por nosotros aquellos caminantes del pantano te habrían comido, pequeñaja.

- No necesitaba que nadie me protegiera, sé cuidarme solita, cateto.

Nos quedamos mirándonos seriamente, esperando que fuera el otro el que se rindiera. Debía de admitir que era muy rudo y violento, en algunas ocasiones incluso imbécil, pero tenía unos ojos azules preciosos, siempre me gustaron los ojos claros. Shane apareció en ese momento desviando nuestra atención hacia él. No traía nada en las manos.

- Dale no tiene más calmantes. T-Dog y Carol están viendo si queda algo en el campamento pero deberíamos volver.

Se echó las armas al hombro y volvimos con el grupo.

T-Dog había encontrado una caja de analgésicos medio llena. Cuando llegamos estaban todos reunidos junto a la ranchera de burdeos. Sobre el capó del coche habían extendido un mapa.

- Estamos cerca de esta población, deberíamos poder ir para conseguir suministros – decía Rick.

- Glenn y yo iremos. No parece demasiado difícil – propuso Maggie.

- Necesitamos medicinas y la comida que podáis encontrar. ¿Estaréis bien los dos solos?

Miré la cara de todos, estaban preocupados, pero por lo que me había contado Glenn, ellos siempre se encargaban de hacer la compra para el grupo. Daryl me miraba.

- Yo voy, mi padre era médico y conozco la mayoría de las medicinas que podamos necesitar – me uní al grupo.

- No creo que sea buena idea, no podrían estar pendientes de ti para protegerte – dijo Rick.

- Pero que...

- Yo también voy, así Glenn y Maggie no tiene que estar pendientes de ella – dijo Daryl cortando mi queja. Le fulminé con la mirada.

- Y yo – se unió Shane.

- No Shane, amigo, mejor quédate. Debemos proteger el campamento también.

Shane no se quejó pero vi la decepción en sus ojos. Me había comentado lo aburrida que era la vida en el campamento sin nada que hacer, yo misma lo estaba viviendo, y quería algo de acción.

Finalmente, Glenn, Maggie, Daryl y yo iríamos a buscar suministros. Andrea se nos unió en el último momento y cogimos la ranchera porque era el vehículo más grande. Glenn conducía y las tres chicas íbamos detrás. Pasé en silencio todo el camino, en parte enfadada porque Rick me consideraba una carga y en parte por tener que soportar a Andrea. Miraba por la ventana viendo como el paisaje cambiaba, de campo a casas aisladas y después al polígono industrial. Había algunos caminantes por las calles, demasiado lentos para seguirnos.

Me llamó la atención una enorme construcción a un lado de la carretera. Tenía un cartel en el que ponía que era un centro comercial.

- Glenn, va hacia allá – le indiqué.

- ¿Seguro?

- Haz lo que te digo, confía en mí.

Giró en la salida hacia el centro comercial. No había ni un coche en el parking y los cristales más bajos estaban rotos por los saqueos.

- Iremos por parejas y no os separéis – dijo Daryl.

Entramos los cinco por una ventana rota. El interior estaba iluminado por la luz que entraba por el techo de cristal. Estábamos en un pasillo central que recorría todo el edificio conectando las tiendas, tenía dos pisos y las escaleras estaban junto a un ascensor parado. Glenn y Maggie subieron al segundo piso y nosotros tres nos quedamos en el primero.

- Debería haber una farmacia por algún lado – dije.

- Id a la izquierda y yo iré a la derecha.

Me horrorizó saber que me iba a quedar sola con Andrea. Daryl se acomodó la ballesta sobre el hombro se alejó caminando. Miré de reojo a mi compañera, tampoco parecía hacerle gracia quedarse conmigo.

Eché a andar y oí que me seguía. Pasamos tiendas de ropa y una joyería, el pasillo desembocaba en una especie de plaza. Tenía una fuente aún con agua en el centro junto a las escaleras para bajar al parking. Un letrero de farmacia, con las letras verdes, resaltaba enfrente de nosotros. Su escaparate estaba intacto, los saqueadores solo se habían llevado televisiones o aparatos eléctricos, no se habían dado cuenta de que la comida era mucho más importante.

Yo forcé la puerta mientras Andrea vigilaba. Todo en el interior estaba intacto. Salté el mostrador y pasé a la trastienda.

- ¡Me cagó en...!

Saqué el cuchillo y me lo cargué. Andrea apareció al escucharme gritar.

- ¿Qué ha pasado?

- El farmacéutico, que me ha pedido la receta – ironicé.

Retiré el cuchillo de la boca del caminante, iba vestido con una bata y por la ficha identificativa supe que se llamaba Wilson. Limpié el cuchillo en su bata y lo guardé. Andrea se quedó un momento en la puerta antes de decirme que iba a vigilar fuera. Abrí la mochila y me puse a buscar medicinas. Oxitocine, Ibuprofeno, Amoxicilina, paracetamol, morfina... Intenté coger variedad de todos losa tipos de medicamentos; analgésicos, sépticos, antibacterianos, antiinflamantes, antibióticos, anestésicos... Llevaba la mochila a reventar incluso me costó cerrarla. Salí para pedirle a Andrea la suya pero no la vi.

- ¿Andrea?

No me contestó. Salí de la farmacia y tampoco estaba por el pasillo.

- Será cerda la tía. Mejor para mí, así no tengo que cargar con ella.

Sin saber qué hacer, fui a las escaleras del segundo piso. Me encontré con Glenn a los pocos minutos.

- ¿Y Andrea?

- Y yo que sé, cuando salí de la farmacia ya no estaba. Supongo que andará con Daryl.

- Maggie está en esa tienda de la esquina, ve con ella mientras estoy en el baño.

Fui a donde me dijo, la tienda era de ropa, una tienda a la que solía ir con mis amigas antes de que todo se fuera a la mierda. Entré y me sentí como si nada hubiera cambiado, miré la ropa y busque la talla de aquella que me gustaba. Vi unos tacones que me encantaron, además eran de mi número. Miré a mi alrededor, no había nadie. Me quité los botines y los sustituí por los tacones. Fui corriendo a mirarme a un espejo.

- ¿Sue?

Maggie apareció a mi espalda asustándome.

- No vuelvas a hacer eso, menudo susto me has dado – solté el mango del cuchillo que había agarrado inconscientemente.

- ¿Qué haces con esos tacones?

- Los vi y me gustaron. Hacía tiempo que no me ponía unos.

- Yo solo me puse tacones dos veces. En mi pueblo no había muchas oportunidades para ponérselos, fue en la fiesta cuando terminé la secundaria y en la boda de mi hermana mayor.

- Yo me los ponía todos los fines de semana, aunque fuera para andar por la casa. Hubo una vez que me fui con ellos a montar a caballo y perdí uno por el camino, no veas la bronca que me echó mi madre – nos reímos por la anécdota - ¿qué tal si nos cambiamos de ropa y sorprendemos a Glenn cuando vuelva?

- Venga.

Fuimos juntas a elegir ropa. No sabíamos si elegir pantalones, faldas, vestidos, todo era nuestro y podíamos llevarnos lo que quisiéramos. ¿Pero para qué? No podíamos cargar con cosas innecesarias, me decía esto cada vez que pensaba en llevarme alguna prenda. Nos pusimos dos conjuntos de vaqueros y camisetas con abrigos incluidos, yo elegí unos tacones y Maggie unas botas que le encantaron.

- Te sienta muy bien el azul – le dije.

- Gracias. Nunca había hecho esto, las tiendas de mi pueblo no tenían mucha variedad.

- En mi ciudad tampoco pero íbamos a la capital dos veces al mes. ¿Glenn también vivía en tu pueblo? - me picaba la curiosidad por la historia de esos dos.

- No, llegó con los otros cuando ocurrió la epidemia. Yo vivía con mi padre, mi hermana y su novio, y los hijos del vecino, en la granja de nuestra familia. Un día aparecieron Rick y Shane que traían a Carl porque mi cuñado le había disparado sin querer. Todo el grupo se instaló en la granja y entonces conocí a Glenn.

- ¿Porqué os fuisteis de allí? Por lo que cuentas parece un lugar seguro.

- Mi padre estaba convencido de que los caminantes eran personas y no toleraba que los matasen. En el granero escondíamos a todos nuestros vecinos que se habían transformado y un día se enteraron los demás. Shane forzó la puerta y los mataron a todos. Mi padre no pudo con ello y les echó de sus tierras. Yo me fui con Glenn porque aquello ya no me parecía seguro.

- He notado que Shane no le cae demasiado bien a la gente.

- No es alguien con el que quiera tener una relación estrecha, y tú tampoco deberías confiar tanto en él. No es bueno.

- No creo que... - algo llamó mi atención.

- ¿Qué?

- Shh – la mandé callar.

Husmeé el ambiente y arrugué la nariz asqueada por el olor. Me asomé un poco por un lado de las estanterías que tenían colgada la ropa. Una cabeza desfigurada caminaba entre las perchas. Me agaché rápidamente y tiré de Maggie para que me imitase.

- ¿Qué pasa? - preguntó alarmada por mi reacción.

- Hay un caminante ahí detrás.

Fue a asomarse pero la frené. Le señalé un espejo en la pared, en él estaban reflejado el caminante que olisqueaba la ropa.

- Es solo uno, podemos matarlo rápidamente – susurró sacando su pistola.

- No, tienen que ser más, un solo caminante no huele tan fuerte.

Miré al espejo, efectivamente, tres zombis más aparecieron detrás del primero.

- ¿Los reconoces por el olor?

- Más o menos. Vámonos de aquí.

Agachadas nos retiramos al final de la tienda. Rodeamos las cajas registradoras y volvimos a la zona de los escaparates. El olor a putrefacción se hizo más fuerte. En el pasillo había otros cinco caminantes parados.

- ¿Pero de dónde han salido tantos?

- Mira, los centros comerciales tienen un falso techo por donde pasan los conductos del aire acondicionado. Si entramos en ellos podemos recorrer todo el edificio y salir al exterior – expliqué en susurros.

- ¿Y como llegamos hasta ellos si están en el techo? Porque saltando no llegamos.

- Vamos, nos subiremos sobre las cajas registradoras.

Volvimos al interior de la tienda, a la zona de pago. No se veían zombis por ningún lado pero el olor se me había metido en la nariz. Encima de una caja había una rejilla de ventilación. Miramos por última vez que no hubiera ninguno cerca. Maggie se subió sobre el mueble y retiró la rejilla con la mano. Saltó para impulsarse y subir al interior del falso techo, después subí yo. Uno de los caminantes se dio cuenta y fue a por nosotras, pero era demasiado lento.

Ya dentro del conducto, avanzamos arrastrándonos.

- Espera, tengo que avisar a Glenn.

Maggie sacó un walkie-talkie e intentó contactar con el chico. A la segunda llamada, contestó. Le contó lo que había en la tienda.

- Sí, aquí en el baño han entrado otros dos. ¡Mierda! - se oyeron golpes y gritos - ¡Están intentando entrar, no puedo salir!

- ¡Glenn, mira el techo, puedes escapar por las rejillas de ventilación!

- Sí, un momento – escuchamos ruidos y golpes antes de que todo se quedara en silencio, preocupadas prestamos atención – Vale, ya estoy dentro de los tubos.

- Nos vemos en el coche – se despidió Maggie.

- Espera, tenemos que avisar a Daryl y Andrea – le dije.

Les llamó por el walkie-talkie pero no contestó ninguno de los dos. Acordamos ir a buscarles. Nos arrastramos tragando polvo. Vimos una rata corriendo por delante de nosotros y una sensación de asco me invadió. Íbamos parando en cada rejilla para ver a donde daba. El edificio era más grande de lo que habíamos pensado, eso o que nos costaba más recorrerlo con la barbilla tocando el suelo. Al asomarnos por una que daba a una tienda de maquillaje, reconocimos a Andrea de espaldas.

- Andrea, Andrea – la llamamos. Miró en todas direcciones antes de darse cuenta de que estábamos en el techo.

- ¿Qué hacéis ahí arriba?

- Hay caminantes por todo el centro comercial, rápido sube aquí.

- Estáis locas o...

Se quedó callada y se agachó rápidamente. Gateó hasta quedar debajo de nosotras. Retiramos la reja, aprovechando que estaban distraídos, Andrea saltó intentando agarrar nuestras manos. La animamos a saltar más y al segundo salto nos tocamos los dedos. Fue al cuarto salto cuando pudimos cogerla de las manos y la alzamos usando todas nuestras fuerzas. El conducto era muy pequeño y tuvimos que avanzar de una en una. El extremo del tubo daba a las escaleras para bajar a la primera planta. Salimos mirando a nuestro alrededor por si había caminantes cerca, les vimos al final del pasillo pero no parecieron percatarse de nuestra presencia. Bajamos las escaleras corriendo y saltamos los últimos escalones. También había zombis aunque estaban muy dispersos.

- Son lentos, avanzad rápido y matad solo aquellos que estén solos. No disparéis o llamaréis la atención de los demás – les dije.

Saqué el cuchillo y eché a correr. A todo aquel que se me acercaba se lo hincaba y lo retiraba inmediatamente para ir a por el siguiente. Miraba al interior de las tiendas para ver si veía a Daryl. Un cartel anunciando la venta de armas para cazar me llamó la atención. Me dirigí hacia ella con las otras dos mujeres siguiéndome.

- No, salid vosotras. Nos veremos en el coche.

- No puedes ir sola Sue.

- Podría haber muchos ahí dentro, nos necesitas.

- No, os he dicho fuera. Puedo protegerme yo sola, lo he estado haciendo todos estos meses. No quiero tener que preocuparme por proteger tu culo también – dije mirando significativamente a Andrea.

Dentro dos caminantes andaban hacia el final del establecimiento. Distinguí a Daryl atacando a otros dos un poco más delante. Uno se le acercaba por la espalda.

- ¡Daryl detrás de ti! - le grité.

El zombi al que estaba siguiendo se dio la vuelta al escucharme. Le clavé el cuchillo en la sien, el compañero también se había vuelto. Intenté sacar el arma pero se había enganchado con el hueso.

- Maldita sea.

El otro se estaba acercando. Daryl le arreó un golpe a uno que tenía enfrente con una estantería. Le pegué una patada al cadáver pero el cuchillo no se movió. Al mirarme los pies me dí cuenta de que aún llevaba los tacones. Me quité uno y se lo clavé. Me quité el otro y corrí hasta donde estaba el caminante acosando al hombre. Le atravesé la coronilla con él. Daryl se me quedó mirando, su pecho subía y bajaba agitado por el esfuerzo.

- Para que luego digan que los tacones son inofensivos – bromeé.

- Ayúdame a coger todo lo que podamos.

Creo que era la primera vez que le escuchaba pedir ayuda para algo. Cogí tantas cajas de munición como me cupieron en los bolsillos, dos pistolas en la cintura y dos escopetas colgadas. El hombro derecho me molestaba desde hacía rato, saqué un bote de analgésicos y tomé varias pastillas a la vez, me fijé en que no me diera una sobredosis por la medicina. Le seguí al exterior de la tienda. No aparecieron zombis cerca pero les oíamos acercarse. El pasillo sí estaba infectado por ellos por lo que tuvimos que salir por una ventana. Daryl se vendó la mano derecha con un trapo que tenía guardado en el bolsillo trasero del pantalón.

- Estás loco, te vas a hacer polvo la mano.

- Es esto o recorrer el pasillo hasta la puerta principal.

Lo pensé un momento.

- Mejor reviéntate la mano – le sonreí inocente.

Levantó una ceja y se volvió hacia la ventana. Creí ver un amago de sonrisa en su rostro. Golpeó la ventana que solo se agrietó. Lo golpeó dos, tres veces. Agitó la mano dolorida, el trapo estaba oscureciéndose. Miré la bolsa con las armas. Que tontos habíamos sido al olvidarlas. La inteligencia humana. Estúpida inteligencia humana. Cogí una escopeta y golpeé la ventana con la culata. Se hizo añicos y el ruido del cristal al caer al suelo alertó a los caminantes del pasillo. Quitó los trozos del marco de la ventana con el pie y saltó al exterior. Me aupé sobre el marco y le seguí. Noté su mano sobre la mía, ofreciéndome apoyo para que saltara.

Sin mirar atrás corrimos hacia el aparcamiento. Había algunos zombis sentados o quietos en el camino. Nos siguieron con la mirada en nuestra carrera. Cuando llegamos al lugar donde habíamos aparcado el coche no estaba.

- ¿Pero qué coño...? - se enfureció Daryl.

- Será mejor que salgamos de aquí cuanto antes – propuse.

Miró a su alrededor como si esperara verles aparecer de repente. Yo sabía que no lo harían, habían elegido vivir aunque tuvieron que dejarnos atrás, si hubiera estado en su lugar yo habría hecho lo mismo. Le cogí de la camiseta y tiré de él, o salíamos de allí ya o nos rodearían. Volvimos corriendo a la autopista, al llegar a la entrada a la carretera volví la mirada, a lo lejos podía ver a los caminantes saliendo del parking del centro comercial. El motor de un coche sonó acercándose. La ranchera apareció a toda velocidad y frenó en seco delante de nosotros.

- Llegáis a iros sin nosotros y os pego una patada en vuestros culos blancos al llegar al campamento – rugió Daryl al entrar en el coche.

Entré en el vehículo tras él. Glenn arrancó rápidamente, las ruedas chirriaron contra el suelo dejando marcas. Respiré tranquila cuando entramos en la autopista y nos alejamos de allí. A mi lado Daryl se frotó los pantalones con la mano que tenía libre, me fijé que la sangre se los había manchado.

- Para, déjame ver.

Le retiré el pañuelo que se había puesto, tenía la mano ensangrentada con numerosos cristalitos clavados.

- ¿Qué te ha pasado?

Ignoró la pregunta de Andrea y yo no pensaba contestarle por nada del mundo. Le quité aquellos trozos qué eran más grandes y los tiré por la ventana. Le vendé la mano con las vendas que había robado.

- En el campamento intentaré quitarte los cristales más pequeños – le dije.

El coche comenzó a hacer ruidos raros al llegar al sendero de tierra. Glenn no quiso pisarle más por si nos dejaba tirados. Justo cuando estuvimos junto a la caravana, la ranchera empezó a echar humo y se paró en seco. Hizo un ruido extraño como si algo en el motor se hubiera caído.

- Que suerte hemos tenido – concluyó Glenn antes de bajarse.

- Hemos traído lo que hemos podido, el lugar estaba infectado y no nos dio tiempo de bajar al supermercado.

- Había hijos de puta por todas partes. Mamones de mierda – Daryl se alejó susurrando insultos contra los caminantes.

Se lamentaron de que no trajésemos comida pero recibieron alegres las armas y las medicinas que habíamos traído. Chucho me saludó alegremente al verme volver. Después fue a tirarse sobre Glenn y demostrarle todo el amor que le tenía.

Estaba guardando los medicamentos en un armario de la caravana cuando entró Daryl. Me mostró la mano vendada como saludo.

- Siéntate – le ordené.

Cogí lo que iba a utilizar y me senté frente a él en la mesa. Le quité las vendas, parecía que se le había hinchado un poco. Con unas pinzas le saqué todos los cristales que se me habían resistido en el coche, contenía la respiración cada vez que le hacía daño. Le desinfecté las heridas y le apliqué un antiséptico.

- Tienes cojones para ser una cría y pegas muy fuerte – se llevó la mano sana al sitio donde le había golpeado la primera vez que nos vimos.

- ¿Se supone que eso es un cumplido o una disculpa por haberme maltratado? - pregunté sin mirarle.

- ¿Quién te dijo que tenía que disculparme? – me dedicó una mirada asesina.

- Pensaba que te disculparías por pegar a una mujer, que tonterías ¿no? – sonreí cínicamente. Le vendé la mano con vendas limpias – Que buen paciente, que pena que no tenga una piruleta que darte – bromeé, me dedicó una mueca que pretendía ser desagradable.

Shane entró en la caravana llevando unos zapatos en la mano.

- Sue, Carol me ha dado estas botas para ti – me las dio y me las puse al momento, se me habían quedado los pies fríos - ¿qué pasó con tus botines?

- Es una larga historia.

- Y la moraleja de esa historia es que no te metas con ella cuando lleve tacones – le dediqué una mirada asesina a Daryl pero no pude disimular la risa. Shane no pareció pillar la broma.