Disclaimer: Los personajes de Harry Potter son propiedad de J.K. Rowling . No hay ninguna intención de lucro ni de infringir el copyright. La trama es enteramente mía así como los personajes originales que puedan llegar a aparecer.


ADVERTENCIA: Sepan que no siempre apruebo lo que mis personajes hagan, son solo eso, personajes.


Los Límites de Hermione Granger

Capitulo 13:

Desesperado abrí el libro. Leí la introducción. Una, dos, tres… doce páginas. La introducción más larga del universo y al reverendo pedo.

No entendí nada. Granger, para variar, le estaba mandando literatura filosófica sobre los derechos de alguien en desventaja. En este caso, no era sobre muggles, centauros o elfos domésticos, sino que se trataba de la mujer. La mujer como género, como concepto, como idea, como icono, rol, individuo, psique, agente social y un montón de cosas más que tampoco sé que son ni a qué se refieren. El libro se trataba sobre la opresión ejercida sobre ellas (desde la perspectiva muggle) y de cómo ellas misma, a veces, son gestoras de esa opresión.

Granger le estaba mandando un libro con mucho potencial a mi madre, mujer que, personalmente, considero extremadamente poderosa y autosuficiente, pero que, de una u otra manera, siempre estuvo bajo el mando de algún hombre: primero su padre y luego su esposo.

Si bien me había quedado con la sensación de no entender lo que el libro quería transmitir, algo en él despertó mi curiosidad. La lectura era lo suficientemente compleja como para mantenerme atento, por ello devoré dos capítulos esa noche, uno en el desayuno del lunes, y tres más entre el almuerzo y la hora libre posterior a éste.

Esta señora, Simone de Beauvoir, me tenía muy intrigado. No obstante me molestaba en sobremanera la mitad de las cosas que venía leyendo. Me revolvía el estómago y mi mente buscaba excusas y motivos para mandar el libro a la mierda, prenderlo fuego y gritarle a Granger que deje de creerse víctima por ser mujer, que los hombres no buscamos dominarlas y tenerlas como simples objetos. Pero luego, Simone decía algo enteramente cierto y revelador. Una y otra vez, traía claridad a mi mente y me cerraba la boca, dándole cachetones a mi ego.

En fin, la lectura me tenía atrapado, entretenido, ansioso y deprimido. ¿Podría ser cierto todo esto? A cada página me cabían menos dudas. Pero también, ¿cómo es que no me di cuenta antes? Pero por suerte Simone lo explica: habla de la normalización y naturalización de ciertas conductas violentas en las relaciones humanas.

Y sí, por muy muggle que sea la autora, ella habla de la humanidad, y nosotros, los magos, entramos en esa categoría. Y así es como no pude evitar ver reflejada nuestra comunidad mágica, más puntualmente, la supremacía Sangrepura comparada con la "Superioridad Viril".

¿Me pregunto si Granger habrá notado esto? Debería decírselo. Seguro le complacería tener una conversación filosófica con alguien sobre temas que ella claramente conoce…

Aunque, para hacer eso, tendría que revelarle que no le había entregado el libro a mi madre. Se pondría furiosa. ¡Ambas lo harían!

Cerré de un golpe el objeto que me tenía tan atrapado este día y rebusqué en mi túnica la varita. Con un par de sacudidas y susurrando la palabra Gémino, conseguí una copia idéntica de "El Segundo Sexo".

Ocultando temporalmente la copia bajo mi almohada, me llevé el original dentro del bolsillo.

Recorrí algunos pasillos, hasta llegar al que conducía a la habitación de mi madre. Llamé a la puerta, dije la contraseña y, luego de que ella abriera, entré.

— Buenas Tardes, madre. — le saludé, dándole un abrazo y un beso sonoro en su mejilla. Ni lenta ni tonta aprovechó mi iniciativa cariñosa y repitió el gesto de los besos, sucesivas veces hasta hacerme reír. — Ya, ya… mamaaaa…

— Me sorprendes, hijo. — comentó con el rostro brillante de felicidad al verme a los ojos.

¡Pero qué tonto eres, Draco! Claramente ella se siente sola y aburrida acá, necesita más compañía.

— Bueno, te traje esto. — le entregué el libro. — Lo envía Granger.

— Srta. Granger, hijo…

— Sí, sí… ella. Bueno, no te preocupes, no se trata de sexo. Ya lo revisé. — nos observó al libro y a mí intercaladamente, y una sonrisa contenida se asomó por sus ojos. — De hecho, es muy buena lectura, creo que la disfrutarás.

Rio sutilmente asintiendo con la cabeza.

— Agradécele de mi parte y también invítala a almorzar mañana, ¿sí? — me instó. — Tú, claramente, puedes venir. Pasar un rato juntos, los tres, conocernos…, abrir lazos…

— Madre… — comencé en un tono de advertencia, reprimiéndola también con mi mirada. — No intervengas. No conoces a Granger…

— Srta. Grang…

— No. Justamente, de eso se trata. Ella no es "Srta. Granger" — la contradije dibujando las comillas en el aire. — Ella es Granger, sabelotodo, cabeza de arbusto, come libros o simplemente Hermione. Tienes que entender que antes la llamaba Sangresucia, escoria, inmundicia o cosas peores. — le expliqué con repulsión hacia mí mismo. — No sé en qué términos tratarla la mayor parte del tiempo. No sé si seguimos en estado de tregua o si ya podemos llamarle amistad o algo parecido. No sé si puedo, debo o quiero tener una relación más cercana con ella…

— Hijo…

— Sólo estoy muy confundido, mamá. — froté mis palmas contra mi rostro.

— Tranquilo, todo lleva tiempo. Y para ustedes dos estos días han significado el progreso que normalmente se da en meses o años para algunas personas. O, al menos, eso parece. Terminar una enemistad… no es asunto simple. — me sobó el hombro en gesto de consuelo. — Ten paciencia. Prometo no insistir. Yo también me encuentro confundida y algo ansiosa por no saber qué ocurrirá en tu futuro, nuestro futuro. Temo por tu vida, Draco, siempre lo hice, pero ahora es agobiante por la cercanía de la explosión de la guerra y el hecho de que estoy desprovista de mis herramientas usuales para defenderte.

— Lo siento, mamá. — la abracé, por el simple motivo de que un nudo en mi garganta me empujaba a hacerlo.

— Es por eso que quiero hablar con ella. — me dijo en tono suave, acariciando mi espalda. — Parece una persona con sensatez y con una meta fija en su mente. Una meta con la que empatizo y no podría estar más de acuerdo. — hizo una mueca que representaba incomodidad— Créeme, lo he pensado demasiado luego de hablar con ella ayer por la tarde. — me miró fijo con un semblante sombrío. Le dolía admitir que estaba de acuerdo con una nacida de muggles, porque justamente los orígenes de la susodicha eran el dilema, la piedra en el zapato, la pestaña en el ojo. — Sólo ella puede brindarme las respuestas que necesito sobre qué ocurrirá en el futuro inmediato.

— Ella también se siente un poco abrumada últimamente. Me lo dijo anoche.

— ¡Obviamente, por Merlín! ¡Si ustedes son sólo unos adolescentes! — exclamó frustrada. Ella me había soltado de su abrazo y caminaba hasta una mesita alta con una lámpara donde depositó con cuidado el libro de la gryffindor. — Pero la realidad es, hijo, que Dumbledore no confía en mí ni por asomo. Y tu padrino, Severus, no lo veo desde la noche que llegué a Hogwarts y no puede arriesgarse a mantener tanto contacto conmigo. Ya sabes, a estas alturas, mi desaparición habrá llamado la atención del Sr. Tenebroso, por lo que tiene que cuidar su mente y recuerdos, porque, por más excelente Oclumante que sea, él es un Legermante abrasivo. Casi que me supera a mí, que tengo el don natural.— le asentí comprendiendo, pero no le aclaré que sabía por experiencia propia a lo que se refería.

El linaje de los Black posee esos atributos. Tenemos mucho talento para la Legeremancia, pero más aún para la Oclumancia. Aun así, más de una vez nos habíamos encontrado en aprietos con las capacidades del Innombrable. El muy bastardo taladraba tu mente al punto del dolor con tal de pispiar tus pensamientos ocultos. Y disfrutaba de hacerlo, lo que era peor. Él dice que nosotros representamos un desafío, y a él le gusta practicar con nuestra Oclumancia. Juraba superarnos algún día para ser "El mejor Mago en las artes mentales" de toda la tierra. Un megalómano, sin dudas.

Nos sentamos en la mesa junto al ventanal. Nuestras espaldas rectas, hombros tensos pero de apariencia relajada. Entramos en modo "Nobleza Prístina" con ensayada y naturalizada facilidad, dejando atrás nuestras emociones compartidas y expuestas. Ella aplaudió dos veces. Adrika apareció.

— ¿Comprendes la gravedad de esto?

— Sí. Tenemos poco tiempo antes de que él comience a unir puntos y se dé cuenta de que algo está pasando en Hogwarts. — conversamos con las máscaras de serpiente bien puestas. — Tengo algunas ideas para proponer a Granger. Pero necesitaré tu ayuda para llevarlas a cabo.

— Tráenos té y tarta de almendras, por favor. — dijo con gentileza mi madre, dirigiéndose a la elfina que esperaba pacientemente. Una vez ésta se retiró con un "plop", continuó. — Te escucho.


Llegó el lunes, y con eso la rutina. En cierta forma, me proporcionaba un sentido de paz. No tenía que preocuparme por andar corriendo, ahorrando tiempo en cada actividad, omitiendo comidas y durmiendo poco, ya que, se suponía, los horarios estaban finamente organizados, dándome el espacio suficiente entre tarea y tarea.

Las cosas estaban estables luego de un fin de semana de locos. Pero sabía que era temporal. No duraría tanto la calma. Algo en mis entrañas me lo decía. Y, por supuesto, esa sola idea ya me ponía los pelos de punta y el cerebro a trabajar a mil por hora.

Por más de que yo anhelara mi preciada rutina, el destino no me lo pondría tan fácil.

Me encontraba estudiando en mi rincón favorito del ala de Aritmancia al fondo de la biblioteca, después de cena. El silencioso pasar de páginas, el suave rasgar de plumas contra pergaminos y la sutil sensación de estar rodeada de paz se vio interrumpida con el golpe seco de tres libros contra el mesón donde me encontraba. Me enderecé, sobresaltada, con el regaño en la punta de la lengua, dispuesta a explotar de enojo contra el ser osado que hizo tremendo ruido, cuando mis palabras se atragantan al ver a la rubia serpiente.

— ¡Shhh! — se escuchó a lo lejos el seco rechistar característico de Madam Pince.

Lo ví hacer una mueca de burla y desprecio en dirección a la bibliotecaria, pero nadie más que yo lo vería, ya que estábamos ocultos de los pasillos principales por una enorme cantidad de libros y estantes.

No supe si reírme o molestarme por su gesto tan infantil. Decidí ignorarlo. Mejor no meterle leña al fuego.

— ¿Qué quieres, Malfoy? — le susurré.

— Estudiar, así que no me distraigas, por favor. — contestó altivo, agitando su mano en mi dirección como si yo fuese una mosca y me estuviera espantando. Ni siquiera se dignó a mirarme a los ojos.

Bufé cual equino. Mis fosas nasales tan dilatadas que el volumen de aire que expiré removió las hojas en las que escribía hacía tan solo unos segundos.

Supe que contuvo una sonrisa, sus comisuras cedieron por una milésima de segundos, pero su entrenamiento en mantener la máscara slytherin era tan impecable que sostuvo su expresión en blanca neutralidad.

¡Disfruta de hacerte enojar! Solo es un pequeño bastardo, Hermione. No le lleves el apunte.

Volví a mi trabajo de Aritmancia. Los minutos pasaron, y sentí su mirada penetrar mi cráneo. Levanté los ojos para verlo inquisitiva, pero no dijo nada y desvió sus ojos al libro entre sus manos.

No comprendía qué demonios hacía él ahí. No es que me molestara…, bueno si me molestaba. Pero, ¿por qué?

Había una inmensidad de biblioteca para estudiar, ¿por qué hoy decidía sentarse a mi lado? ¿Estaría buscando provocarme para ir a la Sala de los Menesteres? ¿Querrá decirme algo?

La noche anterior ni siquiera contestó mi carta donde le pedía que llevara el libro a su madre.

— ¿Malfoy? — levantó sus ojos sin mover ningún otro músculo. — ¿Por qué, entre tantas posibilidades, decidiste sentarte tan escandalosamente frente a mi hoy? ¿Por qué interrumpes mi concentración?

— ¿Te desconcentro, Granger? — preguntó ladeando su sonrisa, con ojos picantes de diversión.

— Por supuesto que sí, Malfoy. — le contesté seriamente, imitando un poco a nuestra estoica Profesora McGonagall. — Creí que eso había quedado más que claro a este punto. — su rostro de burla se desarmó con el baldazo de sinceridad que le aventé. — La pregunta es, ¿por qué me distraes intencionalmente? Ayer te dejé en claro que no tengo mucho tiempo para juegos.

— Aagrh… — gruñó. Se acomodó en el asiento. Parecía levemente frustrado, pero también nervioso. — Mira, lamento distraerte de tus estudios. Admito que quise molestarte a propósito, un poco…

— Pero, Maaalf… — comencé indignada.

— Disfruto nuestras riñas, Granger. Sobre todo ahora que son sin intención de herirte, sin veneno… Pero ese no es el punto. — se acomodó unas cuantas mechas para un costado de su cabeza, enganchando, aquellas que estaban lo suficientemente largas, tras su oreja, mientras unas cuantas seguían haciéndole cosquillas en la frente.

Se veía muy atractivo, pelo recién alborotado en un intento de quitarlo del camino de sus ojos; ojos que reflejan inseguridad y determinación al mismo tiempo, en una batalla interna por el dominio de la mente. Con su rostro algo colorado, sin esa estúpida máscara que lo deshumaniza tanto, pero que a su vez es lo más humano que Draco Malfoy tiene.

— ¿Cuál es el punto, Draco? — pregunté curiosa, cansada de esperar a que hablara.

— Emm… — me sonrió cohibido, desviando su mirada. — Quería proponerte una serie de cosas. — eso atrapó totalmente mi ya presente curiosidad. Le miré fijo y con los ojos bien abiertos. Me devolvió la mirada. — Tenemos que tener un plan de acción. En cualquier momento, El Señor Oscuro sabrá que algo está pasando conmigo y lo conectará con la desaparición de mi madre. Si es que no lo ha hecho ya.

— Um... ¿quizás no deberíamos hablar de eso aquí?— pregunté tentativa mirando a los costados.

— Probableme…

— ¡Hermione!

— ¡Señor Weasley!

— Lo siento…

— Ven, debe estar donde siempre. — se escuchó a Harry decir no muy lejos de donde estábamos. Segundos después aparecieron mis dos amigos dando la vuelta por el cuerpo de estantes que nos cubría del pasillo principal. — Te dije. Hola, Hermione…

— ¿Malfoy? ¿Qué haces aquí? — demandó Ron con acritud.

— Besuqueándome con Granger, comadreja, ¿qué creías? — le contestó el rubio con rostro desinteresado, mirándose las uñas.

Porque, por supuesto, para Draco Malfoy, sus propias uñas iban a sersempre más interesantes que Ronald Weasley.

— ¡Ha! ¡Como si eso fuera posible! — rebatió el otro.

Decidí intervenir antes de que la Sra. Pince nos echara de las instalaciones de por vida.

— Muchachos. Bajen el volumen. — les ordené. — Estamos hablando sobre ya saben que mientras fingimos estudiar. — comente seria, con mi irritación claramente a flor de piel. — Ahora, tomen asiento. Quiero poner un maldito hechizo silenciador. — Automáticamente mis amigos se sentaron, oyendo el tono peligroso en mi voz.

Agité mi mano silenciosamente con el ya acostumbrado movimiento de Mortuus Silentium. Los tres me miraron sorprendidos por mi acto de magia tan avanzada. Los ignoré descaradamente acomodando mis útiles, pergaminos y libros. Dejé todo prolijamente ordenado en un costado. Miré a cada uno de ellos, advirtiendo así, con mis ojos intencionados, que deseaba que rigiera la paz y el orden en esta pequeña reunión improvisada.

Un aire de resignación se asentó en el rostro de los muchachos. Habían comprendido mi mensaje.

Bien. Me conocen lo suficiente como para saber que yo nunca pretendo menos.

— Bueno, como sabrán, hace unos días he interactuado con Malfoy en pos de algo. Ese algo en un principio fue sabotear su misión como mortífago...

— Y lo hiciste maravillosamente, Granger. Muchas gracias. — dijo en un tono entre irónico y burlesco.

— Por supuesto, Malfoy, como todo lo que hago en la vida. — le contesté sonriendo con sorna.

— ¡Ahí está! ¡A eso me refería, Hermione! ¡La tensi…!

— No es el momento, Harry. — le corté presurosa. No fuera a abrir la boca en este momento y despertar la furia de Ron. — Como estaba diciendo, antes de ser interrumpida, al principio solo quería asegurarme de neutralizar el accionar de Voldemort a través de Malfoy. Pero luego tuve que ayudar a Malfoy con algo, que…

— ¡Granger!— me gruñó, arrugando su nariz y mostrándome los dientes como un verdadero lobo.

— ¿Qué?— pregunté exasperada— ¡Deja de interrumpirme!

— ¡No puedes hablar de eso! ¡Lo sabes!

— ¿Hablar de qué? — preguntó Harry.

— ¡Tú no puedes decidir por ella, Hurón! ¡Siempre nos contamos todos!

— ¡Cállate, Comadreja! ¡No sabes nada!

— Él tiene razón, Malfoy, nos decimos todo…

— ¿Todo, todo, Granger? — me dijo sonriendo de lado, como desafiándome a escupir todo nuestro encuentro íntimo en ese preciso instante.

— ¡Claro que no! ¡Hay límites! — le gruñí.

— ¡¿De qué diablos está hablando este oxigenado niño-de-papá?!

— ¡No me provoques, pobretón bueno para nada!

— ¡BASTA! — grité exasperada, agradecida de que el hechizo que nos mantenía en una cápsula silenciosa fuera tan efectivo. — ¡Ni una palabra más! ¿Me entienden? ¡O prometo tenerlos a los tres enmudecidos colgando de sus pies!

Asintieron, con miedo en los ojos. Los tres conocedores de mis acciones nacidas de la ira. Los tres víctimas de mi magia enfurecida.

— Lamentablemente para tu estúpido orgullo, Malfoy, Ron tiene razón.— respiré profundo buscando calmarme.— Confío en ellos. Ella estará a salvo.

— ¿Lo prometes?

— Lo juro por mi magia.

— De acuerdo, Granger.

— Harry, Ron. La noche del sábado nos escapamos con Malfoy hasta Hogsmeade. Y, a través de un hechizo compuesto, rescatamos a su mamá de su propia casa; casa que está invadida por mortífagos despreciables. De hecho, el mismísimo Voldemort vive allí.

Mis amigos tenían los ojos como platos y las mandíbulas levemente desencajadas. No estaba segura si les sorprendía más la primera parte de la información que acababa de darles o la segunda. Pero no dijeron nada, por ello Malfoy se dio la libertad de agregar detalles.

— Cuando Granger me quitó el acceso al armario evanescente, puso en riesgo a mi madre, quien estaba siendo vigilada por la inmundicia de Greyback. — escupió con asco en su rostro; un asco de lo más genuino. — Ahora ella está a salvo aquí. Escondida en una habitación que le proporcionó Dumbledore en las mazmorras.

— Así es. Sólo el director, el profesor Snape y nosotros, sabemos que Narcissa Malfoy se encuentra en el castillo.— aporté. Las aguas se habían calmado, claramente por la influencia que tenía la seriedad del tema tratado.

El silencio reinó unos minutos. En ese tiempo, observé a mis amigos y a Draco. Este último, frente a mí, tenía sus manos unidas en la mesa, su cabeza levemente agachada, ceño profundamente fruncido y la mirada clavada en sus tensionados dedos. Estaba perdido en sus propias preocupaciones. Probablemente, pensaba en su madre y los terrores que él mismo había vivido a causa de las amenazas sobre ella.

Harry estaba a mi lado, con sus manos unidas frente a su rostro, mordisqueaba un cayo en el lateral de uno de sus pulgares ansiosamente, mientras miraba al slytherin con penetrante observación. Parecía contemplar la idea de que algo en Draco había cambiado, por ende su atención estaba comprometida con sacar la mayor información posible de este instante de calma.

Ron, junto a Malfoy, estaba recostado contra el respaldo de su propio asiento, sus manos sosteniendo la parte posterior de su cabeza, la cual estaba inclinada levemente hacia arriba. Su mirada estaba perdida en el techo de la biblioteca. Sus expresión facial estaba relajada, como cuando uno se encuentra en la zona de confort. El azul de sus ojos se veía eléctrico, efecto que yo había aprendido a encontrar cuando mi amigo tenía su mente trabajando a toda máquina, previendo jugadas, posibilidades, caminos, factores. Sus ojos en ese instante reflejaban al Ron estratega que pocos conocíamos. El Ron más pragmático.

Tres individuos tan distintos, con realidades tan distantes. Pero que yo misma, al menos en ese instante, pude vislumbrar en un futuro entrelazado. Un futuro donde podrían dejar las riñas infantiles de lado, y trabajar en conjunto como adultos.

¿Es esa una previsión? ¿Una probabilidad? ¿O será un deseo inconsciente? Atenta, Hermione, no te dejes engañar por tus propias fantasías. La realidad está frente a tus ojos.

— Malfoy— llamó Ron en tono suave luego del extendido silencio. —, creo que no tengo en consideración todo lo necesario respecto del armario evanescente, lo que es una desventaja.— comentó amablemente sin despegar su vista del techo. — Podría ser un arma a nuestro favor pero también en nuestra contra. Y creo que, si me contaras todo lo que sabes de él, podría armar algo concreto con ese objeto mágico.

Malfoy se removió en su asiento, buscando relajar su postura, pero aún con su semblante serio. Me miró con inseguridad. No supe comprender el motivo exacto, pero me arriesgaba a adivinar que a la serpiente le costaba confiar en el león. Después de todo, tienen naturalezas muy distintas.

Un asentimiento diminuto de mi parte le aportó la valentía necesaria para animarse a hablar. Probablemente no se daba cuenta, pero a mí también me había ocultado detalles; detalles que nos iba a revelar en este instante.


— La mañana siguiente a ser marcado, — empecé, llevando mi mente al recuerdo más escabroso que poseía.— me condujeron hasta el salón donde debía presentarme ante el Sr. tenebroso. — sinteticé. Ellos no necesitaban todos los detalles del dolor inhumano que estaba padeciendo, y que más que ser conducido fui arrastrado brutalmente por mi propia tía, Bellatrix. — Luego de que él me diera su asqueroso discurso sobre lealtad, me explicó mis misiones. Me advirtió que, si no me apresuraba, le daría permiso a Grayback de disfrutar de mi madre.— escupí, apretando mis puños tan fuerte sobre la mesa que mis brazos llegaron a temblar.

Como aún no despegaba mis mirada de la mesa, solo pude percibir por la vista periférica como los gryffindor se enderezaban abruptamente.

— Me explicó que existía en el castillo un Armario Evanescente escondido en una habitación muy especial. — miré a Potter y Weasley. — La Sala de los Menesteres, como bien conocen. — asintieron. — Su par está en Borging&Burkes. Me explicó su uso — luego de haberme torturado por responderle que no sabía que era un Armario Evanescente, por ignorante. Pero eso tampoco se los iba a decir.— Tenía que reparar el de Hogwarts, para que pudieran enviarme lo necesario para mi segunda misión: matar a Albus Dumbledore. También quiere que sea funcional para meter mortífagos al castillo y usarlo para huir de ser necesario.

Granger, sorprendida, se llevó las manos a la boca, susurrando por lo bajo: "Como lo sospechaba".

— Y lograste arreglarlo… — comentó Potter.

— No del todo. Sólo funciona parcialmente. Puede trasladar objetos inanimados. Por eso pude recibir el collar maldito, que ustedes confiscaron, y las notas previas. — expliqué, recordando con amargura mi desesperación al descubrir el armario evanescente desvanecido. — Se suponía que trabajaría esta semana en probar otros hechizos reparadores para conseguir que seres vivos lo pudiesen utilizar.

— ¿Cómo planeabas matar a Dumbledore? — preguntó el pelirrojo.

— No lo sé. Probaría con el collar de ópalos. Tiene un conjuro letal, pero ni siquiera sabía aún cómo hacérselo llegar al viejo.

— Más respeto, Malfoy. — me exigió la persona más mandona del universo. — ¿Algo más que quieras comentarnos? — me preguntó de forma expeditiva.

— Bueno… — dudé no estando seguro de que decir. — Creo que no, pero he de mencionar que la desaparición de mi madre de su propia casa no pasará desapercibida. Y yo no me he reportado a través del armario en días. Puede atraer atención innecesaria a mí, por ende, al castillo. El Sr. Oscuro no dudara en pensar que está pasando algo importante y a sus espaldas.

— Tienes razón.— comentó Weasley.

No lo puedo creer…

— Hay que hacer algo urgente. — declaró Potter.

¿Por qué tengo la extraña sensación de que me están incluyendo en su plan?

— Si, para empezar, Malfoy, debes enviar alguna nota a través del armario, para, por lo menos, intentar desplazar alguna sospecha. — comentó Granger. — Tendría que ser esta noche.

— De acuerdo. — acepté sin dudarlo.

— Tengo una idea en mente… —dijo el pelirrojo, quien otra vez tenía la mirada perdida en el techo de la biblioteca. Llevaba un largo rato con la expresión más rara que yo le había visto. Parecía pensar.

Si claro, la comadreja pensando. ¡Ha!

— Debemos adelantarnos y usar su propia jugada en su contra. — continuó sonriendo triunfante. Se reclinó sobre la mesa mirando a sus amigos con entusiasmo. — Usaremos el Armario Evanescente para atraer mortífagos y atraparlos.

— ¡Sí! — Festejó de manera afirmativa el-niño-que-vivió-pero-desea-morir.

— ¡Es una idea fantástica, Ronald! — exclamó aplaudiendo muy contenta la cabeza-de-arbusto.

— ¡No! ¡Es una idea terrible! — contrarié. — ¡¿Están dementes?! ¡No tienen idea de la clase de capacidades que tienen los mortífagos! ¡Batirse a duelo con uno de ellos los dejaría muertos!

— Sí tenemos idea. Nos batimos a duelo en el Departamento de Misterios el año pasado. — comentó Potter encogiéndose de hombros.

— Además, la idea es no necesitar batirnos a duelo. Sólo debemos inmovilizarlos y desarmarlos apenas salgan. — explicó Weasley.

Suena sensato. ¿Por qué la comadreja suena sensata?

— Exacto. — confirmó Granger. Tenía un brillo determinante en sus ojos y su cuerpo se veía tenso, como si se contuviera a sí misma. — Merlín, debemos comenzar cuanto antes entonces. Tengo que ponerme a investigar de inmediato para reparar ese armario. Y buscar los mejores métodos para neutralizar a un enemigo. Ahh… tanto por leer… — se puso de pie, guardando sus cosas en la mochila de forma acelerada. Parecía apurada por irse.

Definitivamente a Granger le entusiasma investigar. Parece hasta excitada por ello. Siento incluso como se me contagia. Me excito de solo verla así.

¡Maldición!

— ¿A dónde vas, Granger?

— A buscar el mapa y la capa. Tengo que entrar a la Sección Prohibida para buscar la mejor información.

— ¡Hermione! — le reclamó Potter molesto.

¿Por qué le molestaba que su amiga entrara a la Sección Prohibida? Seguro no sería la primera vez, ¿o sí?

— ¿Qué?

— ¡Nada! ¡Seguro y ya le mostraste las dos cosas a Malfoy!— comentó enojado e irritado. No terminaba de entender a qué se refería.

— Pues sí, Harry. Usamos el mapa y la capa para rescatar a su madre. No pensé en ocultar tus cosas en momentos tan urgentes. — refutó con los brazos en jarra. — Ahora, hay que organizarnos. Ustedes dos vayan a buscar el Armario Evanescente donde lo ocultaron. Yo volveré aquí a investigar. Nos encontraremos en dos horas en el pasillo de la Sala de los Menesteres. Tú — continuó, señalándome. — debes prepararte para enviarle un mensaje a quien sea que debes responder a través del armario.

Se cargó la mochila y aplaudiendo nos dijo:

— ¡Vamos! ¿Qué esperan?


N/A: ¿A alguien le llegan mis MP (mensajes privados) enviados por acá? A veces logro responderles sus reviews pero no estoy segura de que les llegue…

Miles de gracias por sus palabras y apoyo incondicional queridas lectoras! En serio! Cada uno de sus reviews es un empujoncito para mi a seguir escribiendo… Amo cuando me dejan más de un comentario porque sienten que más de un capítulo se lo merece. Amo cuando me dan sus impresiones sobre los personajes. Amo sus palabras por más simples que sean.

Sigan dejando sus reviews porque me hacen muy feliz! Me alegra mucho compartir esto con ustedes.

Gracias Mary por tu hermosa ayuda y compañía, en esta trayectoria que es escribir.

Les recomiendo la historia "Superficial Love" de Mary Eagle Med… es un fic excelentísimo basado en la película "To All the Boys I've Love Before"


Sus críticas y opiniones son bienvenidas,

no nos abandonemos,

ya les amo!

Abrazos Cósmicos!