"Un carruaje para Cecile"


Capítulo 13: " El destino no admite ensayos"


DISCLAIMER: "Hey Arnold!" no me pertenece. Ella y todos sus personajes son propiedad de Craig Bartlett y Nickelodeon, excepto los que inventé para darle sentido a mi historia. Este fic no tiene fines de lucro.


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Nunca había experimentado unas sensaciones de mayor impotencia y tristeza, fusionadas en ese nivel de indescriptible dolor, cuando de cuestiones románticas se tratase. Arnold creía que el amor era más simple, que solo requería una mutua correspondencia y una amistad inicial, quizás. Pero todos sus principios, pensamientos y teorías, estaban viniéndose abajo últimamente. Esa noche, solo pudo ver cómo la chica de la que creía estar enamorado, se alejaba junto a Phoebe en un intento de ocultar sus lágrimas y evitarse una serie de interrogatorios que seguramente, la chica no querría soportar, pero eventualmente la oriental le haría. ¿Él la había hecho llorar? ¿Desde cuándo, él se convirtió en esa clase de chico? Arnold sabía que el problema radicaba en la falta de sinceridad de la joven rubia.

¿Podía ser más estúpido?, se reprochaba, tratando de conciliar el sueño en un sinfín de idas y vueltas entre las sábanas. ¿Podía ser tan estúpido de creer que a Cecile 'nada la ataba' a Hillwood? ¡No, por supuesto que no! Porque así dicho, sonaban a palabras superfluas, a mentiras que ni siquiera podrían engañar a un niño, pues, ¿Cecile 'no volvería a aparecer'? Partiendo del hecho antiquísimo pero no irrelevante de que, indudablemente, Cecile no era quien decía ser; ella había ocupado otra identidad para estar cerca de él, hacía un año atrás. Entonces, por lógica básica, debía ser alguien que aunque lo conocía, no podía tenerlo frente a frente como para admitir tales sentimientos. Cecile, o quien sea que ella fuera, jamás desaparecía completamente de su vida, o de Hillwood; era disparatado creer que esa frase dicha por la chica se concretaría. Sin embargo, no sería visible para él, como lo venía siendo.

Y si Arnold tuviera que hacer un mea culpa, era dable que reconociera su propia imprudencia. Si tan solo fuera una décima de buen observador, habría podido advertir, antes que nada, que esa persona lo amaba; y segundo, no hubiera caído en la nebulosa constante del "¿Quién será en realidad Cecile"? Era ingenuo, la había herido —con o sin justificación, dependiendo desde dónde se lo mire—, y todo eso, no podía continuar. Él había llegado a la conclusión de que estaba enamorado de la persona que era quien fingía ser Cecile, aunque no la conociera. Porque, a pesar de escudarse en una mentira durante un año, estaba seguro que los sentimientos de esa chica, eran reales. Y averiguaría la verdad, a como diera lugar...

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—Solo tienes que aguantar dos días más.

—Dos días más son una eternidad, Phoebe... Hoy, por ejemplo... —decía mientras recogía cientos de libros de su casillero—. Hoy, tengo que ir a ese estúpido taller de poesía para fingir que estoy 'ocupada en algo más' y justificar así, mis ausencias reiteradas a clase. ¿Puedes creer mi suerte? —concluía con fastidio.

—Sí, bueno, pero al menos, es poesía, algo que te gusta...

Helga le dedicó una mirada de enfado.

—Phoebe... —comenzó, rodando los ojos, pausa mediante—. Lo que leen en estas porquerías de taller —dijo fingiendo comillas en el aire— son puras basuras, a comparación de la Literatura que suelo disfrutar.

—Ehm...la verdad, desconozco ambos, Helga...

—Oh, olvídalo... —dijo la rubia, negando con las manos, recordando la dificultad de su amiga para con el género.

—Te alcanzo luego, Helga... —saludó la oriental.

—Bien, te veo por ahí... —acotó, con desánimo.

—Sé cuidadosa con todo lo que hagas. No puedes fallar a estas alturas del plan. —advirtió la pelinegra.

—Lo sé, Phoebe. Lo sé... —agregó, cerrando la puerta de su casillero.

Dio media vuelta para encaminarse hacia los salones de computación, la asignatura que tendría en la hora siguiente, pero alguien la detuvo.

—Hel-Helga... —dijo sin aire—. ¿P-Puedo hablar con-tigo?

—¿Brainy? —resopló sin ganas—. Mira, no te golpearé hoy, pero no porque esté "de buenas", amigo, ¿entendiste?

—Debes hablar conmigo. —dijo el chico, sin titubeos.

Helga abrió los ojos en su totalidad, sorprendida de semejante determinación. Como no se sentía lo suficientemente fuerte para discutir, le hizo caso.

—No aquí, Helga... —comentó él, alejándose y pidiéndole que lo siguiera.

Una vez que se aseguró de que nadie los viera, entró a un salón de clases todavía vacío.

—¿Y bien? ¿Qué quieres decirme? —dijo con un tono apagado de voz.

—Sé que estás en problemas...

—¿Qué? ¿De qué hablas?

—Toma. —indicó, extendiéndole un sobre blanco, pequeño.

La chica lo aceptó, abriéndolo y leyendo su contenido, mientras Brainy permanecía en silencio.

Helga levantó la mirada del papel, queriendo buscar una explicación razonable. Ahora, lo miró horrorizada, perpleja. ¿Cómo rayos…?

—Brainy... ¿Qué...? —dijo tartamudeando—. ¿Qué, por qué me das esto? ¿Por qué?

—No tienes que explicarme nada, pues... No tienes que...darme tus motivos, aunque sé que...los tienes.

—¿Cómo supiste que...? —preguntó azorada—. ¿Y cómo lo hiciste...? —continuó, señalando el papel.

—Mis padres... Ellos trabajan en el Departamento del Registro Civil de las personas...

Helga no podía creerlo.

—Me infiltré en la oficina... —continuó él diciendo— Y lo escribí y sellé... Al igual que al permiso que necesitabas... —comentó, jadeando levemente.

—Oh, Dios mío... Brainy, estás loco... ¡Fue muy arriesgado, es decir...! ¡Pudieron descubrirte!

—Sólo es para que se lo muestres a Wartz... No lo notará, está muy ocupado con el tema del comercial y demás.

Y ahí estaba otra vez, trayendo a colación que el favor que le había hecho, se basaba en una mentira de Helga, por motivos que la chica prefería no admitir en voz alta, aunque fueran conocidos por él. Helga se sonrojó levemente, al sentirse descubierta por el chico.

—Y-Yo... No sé cómo agradecerte, Brainy... Es increíble. ¿Cómo conseguiste las fotos?

—Programas de internet, Paint, editores, efectos...

—Wow...

—No tienes que agradecerme, ni pagarme, ni nada... Sólo... —dijo mirándola sin temor, por primera vez—. Sólo deja de fingir ser Cecile... No la necesitas, tú eres mejor que ella, y sé que todos estarían de acuerdo... —concluyó, alejándose del salón.

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Todo lo que había sucedido, aunque siguiera sintiéndose triste, era realmente emocionante. Obtuvo el permiso falso que tanto le preocupaba, firmado por sus inexistentes padres para poder actuar y permanecer en la escuela sin problemas, por el tiempo que fuera necesario. ¿Brainy había hecho todo eso por ella? Quizás su día no sería tan malo.

Llegó con prisa al taller de poesía, con toda la plática, se le había hecho bastante tarde. Para su sorpresa, Arnold estaba allí.

¡Por Dios, y las anestesias! Verlo allí, sentado en una de las butacas le dolió tanto como una patada en el estómago a ciento cincuenta mil kilómetros por hora y con todas esas leyes estúpidas de Física que le habían enseñado, pero no había entendido ni un poco.

Con nerviosismo, trató de hallar una ubicación lo más lejanamente posible del rubio. De solo pensar en tenerlo cerca, la punzada estomacal se hacía más fuerte.

La profesora se presentó y dio unas cuantas indicaciones, por cierto, aburridas. Helga sabía que este curso era para apenas principiantes ignorantes, a decir verdad.

No podía dejar de sentirse perseguida, descubierta, observada, como si en vez de discutir la noche anterior, ella le hubiese confesado todo. Quizás porque en su desesperación por conseguir asiento rápido, trastabilló, ganándose la atención de todos; o porque con su bolso chocó a algunas personas que estaban sentadas, o quizás porque guardó con histeria unos papeles que tenía en las manos al llegar, ruidosamente, Arnold la había seguido con la mirada, con intriga.

¿Por qué ahora vestía de colores beige, grises...? ¿O por qué blancos blanquísimos, como si denotara neutralidad?

En el pequeño receso, se le acercó.

Helga se sobresaltó en su silla.

Resultaba que era una polera a rayas, en sinfonías grises, blancas y beige. Colores anti-Helga. Llevaba una cadenita dorada, con un corazón microscópico, aunque si la vista no le fallaba, era de pequeñísimos brillantes, tipo cubic zirconia.

—Hola, Helga. —saludó mirándola con atención.

La energía que había tenido durante toda la mañana, deseando nunca más oír hablar sobre Cecile, o que su nerviosismo desapareciera, o bien, simplemente criticando al taller de poesía, se había esfumado, por escucharlo dirigirse a ella.

Su expresión nula retornó a su rostro, ilustrando la imagen que en los últimos días, Helga había hecho habitual.

—Hola... —dijo con un suspiro sin ganas.

—Te quería decir que ya está listo el proyecto... Anoche, yo... Bueno, Cecile y yo... Lo terminamos de revisar. —mintió.

—Ah. Genial. —espetó sin importarle.

Realmente, no le importaba. Cualquier cosa tenía más relevancia que el estúpido proyecto, como por ejemplo, el saber que estaba dejando ir a la Helga que era; a la de siempre. El personaje se había 'comido' a la persona, y si, no era como Cecile, ya no sabía cómo actuar frente a Arnold. Era paradójico, que aborreciendo tanto ser quien no era, ya no supiera cómo ser ella misma.

— ¿Quieres que lo repasemos hoy, o...?

Helga pareció pensarlo por un momento.

—Sí, sería lo mejor. —Acotó, aun sin ganas—. Porque mañana... Tienes la filmación, ¿no?

—Sí. —asintió tragando saliva con intranquilidad—. Además, la exposición es a primera hora del viernes y...

—¿Cuál de los dos hablará primero? —preguntó Helga, interrumpiendo.

— ¿En la exposición? —le dijo—. Eh... No lo sé...

—Entonces empezaré yo.

—Bien—bien, Helga...

Ella hizo una mueca, minúscula, que pretendía ser una sonrisa de circunstancia. Arnold notó que no le había dirigido ningún apodo, insulto, o ninguna de sus típicas bromas. De hecho, hacía días que no lo hacía... La pregunta sería, ¿por qué? ¿Por qué la Helga de siempre estaba desapareciendo día a día? ¿Phoebe sabría algo? De repente, sintió que finalmente su mente estaba ocupada en algo más que el asunto 'Cecile', y eso era algo bueno. El silencio de ambos, invadió el ambiente de dudas.

— ¿Nos vemos hoy, en el salón? —dijo Arnold.

—Bien. —saludó sin un atisbo de expresión.

El chico se alejó, sabiendo que no lograría obtener más palabras de Helga, y preocupándose todavía más por esa actitud. ¿Qué lo había llevado a asistir al taller de poesía? Pensó que allí encontraría a ambas chicas, a sus compañeras de proyecto. Teniendo en cuenta que Cecile —o quien fuera— era una chica dulce, tranquila, inspirada, pensó que podría verla allí y tratar el asunto del trabajo grupal, con menos incomodidad por el hecho de estar presente Helga. Sin embargo, algo extraño estaba sucediendo últimamente, con las dos; parecía una sincronización o alineación de planetas para acordar cambiar sus comportamientos, en forma sideral.

Cecile ya no era Cecile, Helga ya no era Helga. Y ambas eran compañeras de proyecto. ¿"Compañeras de proyecto"? Jamás las había visto juntas. ¿No se toleraban, quizás? Nunca escuchó a Cecile hablar mal sobre Helga, pero recordó con claridad haber oído a esta última, dedicar frases ponzoñosas para con la chica 'francesa'. ¿Por qué todo se había vuelto tan complicado? Naturalmente, las dos chicas no coincidirían allí, y algo no encajaba. Helga estaba asistiendo —según aclaró el Sr. Simmons días atrás— a una actividad que Arnold ignoraba que ella disfrutara. La poesía parecía ser algo más típico de una chica como Cecile, aunque... ¿Quién era Cecile? Si él, aún no lo sabía… No estaba en condiciones de afirmar o negar absolutamente nada sobre la impostora.

Una sensación del pasado, lo invadió. Como una corriente de viento que lo envolvía en una nube repleta de recuerdos, de imágenes giratorias.

La profesora hablaba, hablaba y no cesaba en sus acepciones, detalles, ejemplificaciones y citas de autores. De repente, le comenzó a doler la cabeza. Volteó, para ver a Helga unos asientos más atrás, en la otra fila, y la descubrió una vez más, con esa expresión triste, neutral, de vacío. Parecía una estatua incapaz de exteriorizar sentimiento alguno... Aunque podía asegurar, que algo la estaba perturbando demasiado.

Los minutos pasaron y la clase terminó, finalmente.

Todos habían empezado a irse con rapidez, ni bien la campana sonó y luego de que la profesora se despidiera; todos, excepto Helga, que lucía inmutable, en su pupitre. Tenía su cabeza recargada sobre sus brazos, apoyados en la mesa, ocultando su rostro. No pudo evitar acercarse.

Tomó asiento en otro pupitre, próximo al de ella.

—Helga... ¿Te encuentras bien? —le preguntó.

La aludida levantó su cara con lentitud y resignación.

—Sí. Mejor que nunca. —le respondió poniéndose de pie, yéndose sin volver a mirarlo.

Su desconcierto aumentó. Arnold podría jurar que cuando la vio atravesar la puerta, su mirada era una cristalina antesala de lágrimas. Helga no era ella misma. No estaba bien.

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—Nadine... —le habló, como quien busca con desesperación un consejo—. Necesito que me ayudes...

La chica giró a verla.

—¿Qué sucede, Rhonda? ¿En qué puedo ayudarte?, dime. —sonrió, transmitiendo tranquilidad a su amiga.

—Es complicado... Pero haré la versión breve... Tengo una amiga que... Está entre la espada y la pared.

—Oh... —dijo Nadine, con preocupación.

—Ella está metida en un menudo aprieto... Verás. ¿Qué harías si fuera ella? ¿Hacer lo correcto, aunque eso arriesgara su pellejo; u obedecer, con tal de que su secreto esté a salvo?

Rhonda parecía nerviosa.

—Depende... —dijo pensativa—. Si salva su pellejo, ¿lastimará a alguien?

—Pues, podría ser, sí... Podría lastimar a uno o a más personas.

—Entonces, Rhonda, —dijo reflexivamente—, creo que tu amiga debería saber ponderar qué es más importante: hacer lo correcto, aunque la perjudique, o no hacerlo, y ocasionar daños colaterales a más personas...

Rhonda parpadeó con fuerza, lanzando un profundo suspiro.

—Muchas gracias, Nadine.

—Cuentas conmigo, amiga. —sonrió complacida.

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El día del ensayo final había llegado. Arnold lamentaba profundamente tener que volver a actuar junto a Cecile; no la veía desde ese día en que habían discutido, ya que, afortunadamente, el destino impidió que se cruzaran.

—Oye... ¿La has visto?

—No, aún no llega, Gerald...

—¿Te diste cuenta de que mañana, quizás sea el último día que la ves?

—Sí... —respondió en un suspiro triste—. No sé por qué todo tiene que ser tan difícil entre nosotros...

—Yo no puedo dejar de pensar en quién será, Arnie... ¿Estará entre nosotros? —dijo con intriga—. ¿Por qué no la espiamos? Así descubriríamos quién es, viejo...

—No, Gerald... No corresponde hacer eso... Estaría mal, y, supongo que en cierta forma, me lo merezco... —concluyó, bajando la mirada.

—¿Qué? ¿Por qué dices eso, Arnold?

—Porque no pude darme cuenta de que yo era especial para esa persona, Gerald... Fui un ciego.

—Nada de eso, Arnold. No puedes culparte. La chica tiene algo de locura, ¿no? Es decir, se robó la identidad de alguien más para...

—No. —lo frenó—. Eso no quita lo que ya dije; y creo que fue muy valiente de su parte, el haber ideado ese plan para estar cerca de mí...

—¿"Valiente"? —cuestionó el moreno.

—Valiente, y doloroso, Gerald... Cecile fue valiente, porque tuvo las agallas para fingir ser alguien que no era; para usar ese velo y mostrarse tal cual ella es... Y además, para soportar la fama inesperada... —reflexionó, mirándolo—. ¿Te das cuenta? Quien sea que fuera, tuvo nobles motivos para ocultarse... Y debe haber sido doloroso... Para mí lo es; pues, no la volveré a ver...

—¿Has intentado hacerla entrar en razones...? ¿Asegurarle que no te importará su verdadera identidad?

—Todo, Gerald... Ella quiere dejar esto atrás... Desaparecer. Y eso, comenzará mañana. —dijo Arnold con tristeza, yendo hacia Pataki y Vermicelli.

Gerald sintió una gran tristeza por la situación de su amigo.

En ese instante, Cecile arribó con prisa. El auditorio estaba colmándose de gente, ansiosa por ver el ensayo final. Una gran producción de asistentes, vestuaristas y peinadores habían arribado, también.

—¿Y todo este despliegue? —preguntó Harold.

—Nuestro comercial tuvo tanto éxito, que este será filmado con mayor tecnología. —justificó Vermicelli.

—¡Oh...! —exclamaron los chicos de la clase, asombrados.

—¡Bueno, bueno! Me da mucho gusto verlos nuevamente, jovencitos. Hoy me acompañará mi esposa, Miriam... —anunció Bob, señalándola.

—Ah… Eh... Hola. —saludó esta, saliendo de su letargo—. Mucho gusto, niños... ¿Dónde está Helga? —preguntó.

Helga se sorprendió por el hecho de que su madre la buscara.

—Debe andar por ahí... —afirmó Bob—. Nunca entenderé su desinterés por mis comerciales.

Helga gruñó para sí, al oír esas palabras.

—¡Bob! —lo reprendió—. A Helga no le interesa la fama. Ella es artista en otras escalas.

Bob rodó los ojos, mientras esa frase no pasó desapercibida para Arnold.

—Qué gusto me da verlos, señores. Madeimoselle... —saludó Leichliter, dando aviso de su llegada.

—¡Oh! Miriam, él es el Maestro de Teatro, el crítico del que te hablé...

—Oh, mucho gusto, Señor. —dijo ella, presentándose.

Maldita rata... —balbuceó Helga, viéndolos de reojo—. Si Miriam supiera que me encerró en el armario...

—El gusto es mío, Sra. Pataki. ¿Dónde estará Helga? —preguntó Leichliter, mirando a Helga con sorna.

Gerald no le quitaba los ojos de encima a 'Cecile'. Una parte de él deseaba que la chica revelara su identidad, con ansias. Si el amor de ambos era tan genuino, ¿qué le impedía hacerlo? Un sentimiento de incertidumbre lo azotó. ¿Parecía ser conocida? Quizás, pero no sabía con certeza de quién podría tratarse.

—Vamos a hacer una pequeña producción de fotos, para ilustrar la folletería que acompañará nuestras publicidades. —avisó Bob, mientras todos se miraban con sorpresa.

—Trajimos una pantalla verde, donde ustedes dos posarán. —afirmó Nick.

Cecile se había unido al resto de chicos en el escenario. Esa noticia no significó una alegría para ninguno de los rubios.

Arnold la saludó con cortesía, ella asintió el gesto. Nadie tendría que sospechar que las cosas entre ellos andaban mal.

Bob le presentó a Miriam, a Cecile, incomodidad mediante y gusto a bizarra situación. La mujer quedó maravillada con la educada muchachita.

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Al tiempo en que ambos se vestían para las fotografías, Leichliter decidió acosar a Rhonda una vez más, para lograr su cometido.

—Y bien, Srta. Wellington Lloyd... ¿En unos minutos, tendré el placer de contar con su ayuda? —dijo enarcando una ceja. La chica sudó en frío.

—Usted... Cuente con ello.

El sujeto sonrió sombríamente.

—Así es como habla una estratega, mi estimada... —sentenció, yéndose.

Las dudas y la culpa por lo que iba a hacer, la carcomían.

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Todo ya estaba acomodado y perfecto, para el ensayo final. Las luces niveladas en el ángulo perfecto, las distancias trazadas a tiza casi imperceptible en el piso de madera del escenario y las líneas bien aprendidas. Arnold iba en el falso córcel, en busca de su falsa amada.

"¡Aquí, mi amor! ¡En la Plaza de las rosas! ¿Dónde estás?" —pronunciaba Cecile.

"¡Pensé que estarías en la Plaza de las estrellas, amada mía!"

"No, ven pronto. No puedo esperar más para verte..."

"En un momento estoy allí" —dijo Arnold.

Helga, por su parte, estaba sentada en el carruaje que manejaban ocultamente Lorenzo y Park, desde la estructura interna del aparato, muy similar, a la que utilizaron aquella vez, para el carro alegórico.

Cada uno dijo su parte, bajo la atenta mirada de todas las personas allí presentes, hasta que algo en el mecanismo, falló, o parecía haberse atorado, de manera en que el carruaje no podía avanzar más.

Rhonda palideció. Y aunque ella nada había tenido que ver, debía hacerlo en ese preciso momento. Le advirtió a Arnold que socorriera a Cecile, en una milésima de segundo, sabiendo que Leichliter había hecho lo que a ella le encargó: aflojar las ruedas de la carroza, para que 'Cecile' cayera y se lastimara.

A continuación, saltó rápidamente desde las bambalinas, hasta las butacas del público, con desesperación. Corrió hasta donde yacía sentado Curly, y lo miró, completamente aterrada, como avergonzada, aunque con determinación.

Leichliter no comprendía qué estaba sucediendo, como muchos más.

Arnold acató la orden de Rhonda, y corrió inmediatamente hacia el carruaje, lanzando su corcel de utilería.

—¡Ahhh! ¡Me voy a caer! —exclamó Helga, sumamente asustada.

El carruaje, tendría una altura de casi dos metros y medio. En menos de lo que parpadearon, ambas ruedas se ladearon, y el peso de la estructura colapsó, desnivelándose hacia la izquierda el aparato. Lorenzo y Park salieron como pudieron, al escuchar los gritos de Cecile. En cuanto Helga tambaleó cayendo, Arnold estuvo allí para sostenerla, quedando en sus brazos, alejándose rápidamente con ella a cuestas, de la carroza.

Bob, Miriam, Simmons y Wartz, que recién había llegado, no podían creer que nada grave hubiera sucedido.

—¡Oh, Arnold, salvaste a Cecile! —gritó Simmons, corriendo hacia el escenario.

Helga se sostuvo del cuello y espalda de Arnold, y le sonrió, aun asustada.

—Y-Ya puedes bajarme, Arnold... Gracias por salvarme. —le dijo con una voz muy suave, sin fingir su trillado acento francés mal actuado.

—No fue nada... ¿Estás bien? —le preguntó, con consternación.

—Sí, estoy bien... Gracias, Arnold...

Él asintió, y la descendió lentamente. Todos fueron a verla, para cerciorarse de que realmente estuviera bien. Mientras la interrogaban, a tan sólo un metro del rubio, Helga suspiró, levantando ligeramente sus cabellos con las manos, para apartarlo de su espalda, pues, tenía calor.

Aun conmocionado, como la mayoría, Arnold no dejó de mirarla, pensando en que pudo haberse herido...

En ese momento, cuando ella movió su cabello, algo cayó al piso, captando su atención. Se agachó a recogerlo, al tiempo en que oyó decir a Bob, la suerte que Cecile y los chicos habían tenido.

—Dios mío, Cecile... ¡Y justo hoy trajiste el permiso de tus padres, vaya ironía! —prosiguió Bob—. Me alegra que todos estén bien.

Arnold frunció el ceño. A Cecile se le había caído una cadenita con un pequeño dije, que por alguna razón, se le hizo muy conocido... ¿Dónde lo habría visto antes...?

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CONTINUARÁ…


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¡Hola, mis queridos, amados y venerados lectores! No me alcanzan las palabras para agradecer el apoyo que esta historia ha recibido, y las plegarias elevadas para que lo actualice. Lo siento, lo siento y mil veces lo siento, porque me tardé muchísimo tiempo en hacerlo. La inspiración me había abandonado, y no quería escribir cualquier cosa porque sí.

Los estudios me han tenido atada a la falta de creatividad, a solo poder avanzar con algunos fics de todos los que tengo, y de vez en cuando, nada más.

Muchas gracias: vivii-geraldine; sweet-sol; NoliEnchantrix; Pau97; SandraStrickland; santdy farro y Loag, por leer y comentar el anterior episodio; por suplicar que actualice y mandarme inspiración desde donde están :3 Les respondo por Pm.

¡¿Y bien?! ¿Qué decir? Estoy muy contenta con el resultado de este capítulo; aún faltan dos más y culmina esta historia. Nunca pensé en extenderla demasiado más que 15 capítulos, así que a mediados de Diciembre veremos el "14" y, si Dios es generoso, antes de fin de año, el último.

Gracias como siempre, perdón por la espera. El estudio me "anuló" esta vez.

Buen fin de semana!

MarHelga.-