El exacerbante silencio zumbaba en mis oídos, mientras las preguntas no dichas revivían como las noches de insomnio hicieran hace meses. El por qué unos días lejos de Japón se convirtieron en promesa de una nueva vida, una distinta, mucho más ajena, más prestada, más caduca, más triste. El por qué me quedé donde no quería estar, el por qué no volví a ese rinconcito del mundo, construido con recuerdos y compañía, con momentos intensos y mañanas largas. Una a una las dudas traían respuestas tortuosas a mi cabeza, y mientras las palabras se agolpaban en la punta de mi lengua para morir antes de nacer, el silencio solo se hacía más intenso. Cerré los ojos para descubrir que estaba despierta, que este encuentro al otro lado del mundo, era tan real como los kilos que había perdido el último año, tan real como haber dejado el chocolate, tan real como mi condena a permanecer en el nuevo mundo, el que para mí no tenía nada de nuevo. Y es que saber que él, justamente él, Kaede Rukawa, nadie más que él, había detenido mí huída del gimnasio, era la realidad del día. Separé los labios como el primer paso para pronunciar palabra alguna, di vueltas en mi cabeza buscando lo que fuera: un saludo, un no molestes, un idiota, unas disculpas, un te extrañé, lo que fuera. Pero mi cuerpo se negaba a decir algo, a no hacer otra cosa que reconocer esa presencia, a sentir a ese otro cuerpo a solo centímetros de distancia, a ansiar por un abrazo como lo hiciera desde hace meses, en la soledad de mi cuarto de infancia. Cómo decirle en silencio que le debía una respuesta, cómo decirle que la historia que le debía era la peor de las verdades, cómo simplemente recordar y no llorar.

Volver a sentir su mirada, me hizo pensar en lo distinta que era hoy a lo que probablemente era su recuerdo. Me sentí infinitamente pálida, raquítica, mi pelo corto ya no era negro, el castaño había vuelto a reaparecer, y pensé que difícilmente para alguien podría ser la misma chica que fui a los quince. Menos extravagante, más silenciosa, mucho más triste, menos interesante y por cierto, más falsa. Fugazmente la idea de no ser reconocida pareció un alivio, para instalarse, finalmente, como una idea terrible. Pero desde el silencio más intransigente la respuesta fue dada.

Estás más flaca.


El fantasma era real y tenía nombre, tenía cuerpo y ese mismo olor de siempre. Antes de poder pensar o entender cómo había llegado hasta este punto del camino, donde tenía la respuesta a los peores miedos que se pueden tener, mi cabeza divagaba comparando la imagen frente a mí y los recuerdos de juventud. Repentinamente la idea de estar completamente confundido, de ver a alguien tan solo similar, pero no a ella, me pareció terrible pero probable. Y es que desde mi partida de casa la necesidad de una respuesta, de una explicación real y no una imaginaria, había rondado mis sueños. Pero esta vez no podía equivocarme, porque este fantasma, tenía el mismo olor a chocolate que nunca encontré en nadie, por que este fantasma era el correcto. Claro, ya no parecía la niña mimada e infantil que se reía conmigo hace más de un año, y su cabello no era oscuro como el de los recuerdos, sino que mucho más claro, igual que el de las fotografías que escondía tras los libros, pero esa presencia silenciosa me era tan familiar como solo la de Aiko Tanaka, un día, hace mucho, pudo ser.

Rondando, entre las comparaciones, las dudas y las preocupaciones. La desaparición de su asiento en la preparatoria, ese viaje relámpago que era de apenas unos días, y la única noticia, la pregunta del señor Yamamoto, porque ese señor la adoraba como el gato que quedó solo, y preocupado hasta la raíz de su ser me buscó creyendo que yo tenía una mejor respuesta que la de él. Pero nada, se equivocaba, porque la orden de cerrar para siempre las puertas, sin embalar, sin que nadie nunca más apareciera, fue hasta este momento, lo más parecido a una noticia.

Pensé en tomarle las muñecas hasta recibir una respuesta, pensé en que me quedaría justo donde estaba hasta que ese fantasma, hecho de preocupaciones, desapareciera para siempre, porque estaba cansado, harto, asqueado de tenerlo como única compañía. Pensé que esto era el fin de algo, pero no sabía de qué. La vi abrir los ojos mientras me escuchaba, y me pareció que intentaba esconder esa delgadez excesiva detrás de sus brazos, la vi más silenciosa que nunca, menos segura de lo que jamás pensé que sería, creí advertir un intento de respuesta, hasta que desde el otro extremo del pasillo una voz se oyó gritar.

- ¡japonés nos vamos a celebrar! ¡apúrate!

Y es que la huída emprendida hace minutos quedó truncada a mitad de camino. Ahora necesitaba cumplir, con esa parte, de ser parte del equipo que no entendía, que no era parte mía, pero que entendía inevitable. Tenía que retroceder el camino andado sin respuestas claras, solo con presunciones y posibles, pero reconocía lo distinto que era saber que ella estaba por aquí, bien, irreconocible, pero definitivamente la misma. Y dudé si es que era mejor o simplemente peor, porque la duda de saberla por ahí podía ser peor que la certeza de un nunca más. Retrocedí un paso para seguir al equipo, sin pensarlo me movía desde ese lugar, para dejar atrás esa rostro impávido y silencioso, hasta que sonó mi nombre, un Kaede dulce, casi mudo, uno que casi no era, pero que reconocía como un llamado urgente. Volví a plantar los pies en la misma esquina, dispuesto a escuchar de nuevo esa voz dulce, pero volvió la voz desde el extremo del pasillo, cada vez menos lejana, a llamarme. A llamarme japonés, como lo hacía la mayoría, sin maldad, simplemente como un hecho evidente, como se le llama árbol un árbol. Y la voz dulce, la que apenas sonaba, se despidió, me recordó que me estaban esperando, me felicitó por el juego y desapareció apenas me alcanzó el equipo.

Seguí inmutable y silencioso a la voz que me llamaba japonés, seguí a mis compañeros al bar de siempre, a la celebración vacía e innecesaria. Pero parecía tan importante el triunfo conseguido, el juego ganado, los puntos logrados, mi juego, el que por fin era tan bueno como quería, al menos por hoy, que debía seguir esa corriente ajena y ensordecedora. Sentados en la misma mesa de siempre, con los mismos amigos de siempre, con compañía distinta, igual que siempre. Reconocí la voz del alero como la del pasillo, era mayor que yo por tres años, como casi todo el equipo, un buen tipo, le gustaba dar consejos y hacer amigos, desde el inicio hizo el esfuerzo conmigo, pero más tarde que temprano se dio por vencido, y por eso me resultó extraño que se sentara junto a mí, me hablara despacio, sin que nadie escuchara y me advirtiera que era mejor mantenerse lejos de Amanda, porque esa chica era un gran problema. Y claro que negué conocer a ninguna Amanda, y pensé que pude haberla olvidado, incluso le pedí que no se metiera en mis asuntos, pero volvió a hablar. A decir que era linda, pero que no valía la pena, que mejor me buscara otra. E insistí en no saber de quien hablaba, hasta que me dijo que era la chica del pasillo, Amanda Tanaka, que no mintiera, porque me había visto hablar con ella.

Recordé haber visto ese nombre escrito en sus libros de biología, recordé haber oído mensajes en la contestadora con ese nombre y recordé que un día me dijo que era lo mismo que Aiko, pero en español, y tiempo después me contó que en realidad Aiko lo acaba de escoger para la preparatoria, porque estaba cansada de dar explicaciones.

Una hora más tarde, estaba seguro que estudiábamos en la misma universidad, que era posible que me la volviera a topar en una esquina, y que lo más seguro es que sería igual de silencioso, no sabía si sería capaz de seguir suponiendo respuestas, así que cuando encontré, camino a mi dormitorio, a ese otro japonés que sabe de cada nipón que estudia en este lugar, y que siempre insiste en el tema de la comunidad, en el apoyo que deberíamos darnos y los lazos lejos de casa, le pregunté por ella.


Di vueltas por la universidad indecisa sobre lo que debía y sería capaz de hacer. Divagué una y mil veces por lo días compartidos, por la mañanas de domingo, por los panqueques, las tardes de estudio y las noches en la cama. Divagué recordando todo lo que había querido olvidar, lo que me había olvidado de olvidar, inhalé profundo el aire frio de la noche cercana y hasta mi nariz llegó ese olor cítrico, a maderas y a inciensos, retomé las ganas de volver a sentirlo sobre mi propia piel y desde su piel blanca, límpida. Me sentí ridícula cuando pensé en el gran absurdo que era mi cabeza, porque nada decía que lo volvería a ver, porque nada decía que él recordaba lo que yo, porque sentía que le debía una historia pero no sabía si él la quería oír, porque había pasado tanto tiempo desde la última vez, debían haber pasado tantas cosas en su vida, muchas más de las que yo tenía idea, y después de todo, yo estaba lejos.

Recordé ese "hasta luego" antes de partir al aeropuerto, mi promesa de volver en menos de una semana a clases, mi certeza de regresar al pequeño mundo que habitábamos hasta cuatro días más tarde, cuando mi padre llegó desde Japón, hasta la casa de mi madre, solo para decirme que ya no tenía hija, así que yo, ya no tenía padre. Una vez más mi vida fue decidida sin consultarme, me quedaría en esa casa y terminaría mi último año, después iría a la universidad donde diera clases mi madre, porque según sus palabras, hasta que fuera responsabilidad de ella, me quería cerca, lo suficiente para saber en que problemas me estaba metiendo. Y pensé caminar hasta ella, quien vivía a pasos de la casa de estudios, saludarla, quizás contarle la parte dela historia que me negué a contar durante esos cuatro días, pero deshice mis pasos y volví hasta el camino que da a mi dormitorio. Mientras dudaba entre lo que significaba el reciente encuentro, e intentaba retomar el control de mi cuerpo y mis emociones, se anidó en mi ser la certeza de que lo ocurrido, hace más de un año, no debía significar mucho más allá que la separación de una compañera de salón, y que era yo, nunca él, quien tenía en esta historia una carga emocional profunda, porque las consecuencias de esos días compartidos me habían arrastrado por momentos difíciles y oscuros, pero eso nada tenía que ver con él, porque él ni siquiera lo sabía, porque él estaba lejos, allá al otro lado del mundo. Y retomé mi calma, disfrazada de indiferencia, con la certeza falsa de que no habrían preguntas por responder, de que no volverían los encuentros mudos, si por casualidad una vez más nos topábamos en una esquina sería igual, silencio y nada más.

Caminé por el pasillo de la residencia hasta las escaleras, apenas vi una que otra persona durante el camino, apenas quedaban luces encendidas, quienes salían a festejar ya no estaban, y quienes se quedaban a estudiar ya estaban dormidos o concentrados. Los pasillos, a esta hora, se veían desiertos, tranquilos, silenciosos, unos a media luz y otros oscuros. Tan escasos de ruido y ánimo como para hacer juego con mi día. Faltaban pocos peldaños cuando nuevamente ese olor inconfundible pareció burlarse de mis sentidos, busqué en mis bolsillos la llave y seguí caminando hacia la puerta, y entre la oscuridad de la noche que apenas empieza y mi mente siempre maliciosa, me pareció ver una figura espigada contra el muro, y unos ojos azules, iluminados apenas por la luz que escapaba por mi puerta.

Inhalé, exhalé, cerré y abrí los ojos, para volver la mirada hasta ese punto que mi imaginación insistía en poblar. Lo hice de golpe, como cuando los niños encienden las luces para ahuyentar los monstros bajo la cama, pero el efecto fue contrario, y entre más insistía más fuerte se hacia ese olor y la certeza de que era real, y entonces esa voz profunda, casi dormida, tan familiar me reclamaba una vez más mi demora. Avance hasta esa esquina del pasillo y estiré el brazo hasta su pecho, el mismo latido ensordecedor de siempre, e inconteniblemente lo abracé, como si no hubieran pasado meses, ni semanas, ni siquiera días desde la última ocasión. Y por segundos enteros me quedé refugiada en ese lugar el mundo que logró ser mi hogar favorito hace tanto.


Sentí su frente apoyada en mi pecho y sus manos en mi espalda, el silencio del pasillo, y nuevamente el olor a chocolate, saqué las manos de mis bolsillos sin ser consiente de cual era el lugar al que me llevaría ese acto, la apreté por la cintura, confirmé que pesaba menos que nunca, y esa sensación de otro lugar y otro tiempo me hizo olvidar las dudas.

-¿un día terrible?

-Tan solo un año terrible.

La primera respuesta que obtuve esa noche, apenas una muestra de lo que escondía su ausencia y la falta de noticias. Se sentó en el borde de su cama, mientras la miraba desprenderse de sus zapatillas, observé ese espacio casi vació que era su habitación, tenía unos cuantos libros y algo de ropa, nada parecido a lo que había visto en otros tiempos. Me senté en el borde de la ventana abierta, con la certeza de que no podía seguir sin saber la historia entera.

-¿por qué no volviste?

Y la respuesta vino calmada, como si esperara hace mucho por salir, como si hubiese sido ensayada frente al espejo, cada noche, antes de dormir.

- El llamado urgente fue de mi hermano, el quería que estuviera unos días por acá, quería contarle algo a la familia, así que le hacía falta. La verdad, es que iba a ser padre, y no quería enfrentar solo la decepción y el berrinche de su madre. Así que saliendo del aeropuerto fuimos a cenar y nos contó. Me fui con ella, por el que me lo pidió, quería ver si se calmaba, y veía todo el asunto de mejor manera, pero nada. Mi padre llegó cuatro días después, viajó en cuento pudo hacerse un tiempo, y discutieron como siempre. El sospechaba que de alguna manera yo ya no era su niñita, que mis conductas no distaban mucho de las de mi hermano, por que claro a la madre de su hijo apenas la conocía. Y esto para él era el gran problema. Supongo que mi madre por el simple hecho de ser mi madre, supo apenas me vio que distaba bastante de lo su ex creía que había criado, que en realidad el escándalo de la promiscuidad de mi hermano debía ser de familia. Y cuando todo quedó claro, no hubo más opciones de ser la hija de mi padre, porque el señor que un día conocí había perecido bajo el conservadurismo de su madre y toda su clase. Así que me dejó acá. Así de simple, no nos hemos vuelto a ver, ni hablar, ni nada parecido. Vivo bajo las condiciones de mi madre desde entonces. Hasta cumplir la mayoría de edad me tengo que olvidar de hacer lo que sea, escogió la universidad, el dormitorio, todo.

Desde ese punto entendí la historia, no volvió porque no pudo, porque su padre la había dejado amarrada a su madre y esa era la historia, no hubo llamadas porque nunca intercambiamos teléfonos, ni siquiera el correo, porque simplemente nos encontrábamos por ahí. Quería saber cómo no hizo algo, lo que fuera por dar noticias, por decir simplemente que estaba bien, pero resultaba absurdo pedir explicaciones, porque en realidad nunca nos debimos nada.

-Creciste, estás más alto.

-Un poco. ¿y tú?

-Igual desde los trece. Pero bajé de peso.

-Demasiado.

-Es que dejé el chocolate.

-No debiste.

-Si mi memoria no me fallas, eras tú quien me repetía que comiera como la gente y no como si tuviera cinco.

-¿por eso lo dejaste?

-En realidad no sé. Supongo que ya no es lo mismo.

-¿por qué ahora si creciste?

-Ja ja, que gracioso. Ya dije que no sé.

Y el resto de la noche fue lo mismo, historias simples, detalles inocuos, preguntas por los amigos dejados, por el señor Yamamoto y su esposa, Ayako, el equipo y otras tantos que yo no recordaba. Me dijo que ya no le importaba lo de su padre, que podía hacer lo que quisiera con su vida, que era igual que su abuela, que había elegido hace tanto que cuando pelearon descubrió que no le importaba como debía. Y me pareció imposible creer que la chica que lo adoraba no hubiera llorado con la historia, que riera, como en los recuerdos, de una cosa y otra. Confesó que lo que todavía dolía era el gato, al que un día nombro Rukawa, porque dijo, que simplemente era igual a mí. El mismo gato que mi hermana adoptó como mascota tiempo después que ella desapareciera, el mismo que me esperaba cada mañana para acompañarme a la preparatoria, el mismo que buscaba, en mí, noticias de su ama. Y estuvo a punto de llorar cuando le conté las novedades, respiró hondo y me dijo que era un alivio, pero que esperaba que a Misao no se le ocurriera castrarlo, y volvió a sonreír con solo imaginar a ese gato arisco envuelto en mimos y pompones.

-¿qué estudias?

-Biología.

-¿y tú?

-Literatura. Aclárame cómo llegaste a estudiar biología. – entre risas e incredulidad, me miraba sin saber que era ella la responsable de tal elección, porque sin conocerla nunca hubiese llegado a esa decisión, porque sin conocerla mis notas nunca me hubieran llevado a donde estaba.

-No es gracioso, así que no te rías. Claro que es absurdoque tú estudies literatura y que yo me esfuerce estudiando ciencias.

-Yo también me esfuerzo, a veces.

Y volvió a reír divertida, por todo, hasta que vimos la claridad del amanecer, hasta que se hizo demasiado temprano para estar despiertos, y nos tendimos sobre la cama para descansar, para sentir que todo estaba bien, para sentir que seguíamos siendo los mismos, solo que en otro tiempo y en otro lugar.